disclaimer. ojalá hetalia fuera mío, pero no lo es. es de hidekaz himaruya. puto suertudo.


La vida de Natalya Arlovskaya se puede resumir en la siguiente palabra: sencilla. No tiene grandes preocupaciones, más allá de vigilar regularmente a su primo Iván (del cual está un poquito enamorada desde que tiene uso de memoria), realizar las tareas que sus maestros ordenan hacer, cepillarse los dientes por las noches y las mañanas, comer vegetales como lo ordena su mamá. No obstante, Natalya sabe que no es una jovencita cualquiera.

Así como su amor por Iván no tiene fecha de inicio, tampoco lo tiene aquella condición. O lo que sea que tenga. No está muy segura de qué es, porque aún es una niña y hay cosas que no comprende muy bien, pero tampoco le interesa demasiado. Su mamá lo llama «sinestesia». Es una palabra complicada, así que Natalya (en esas ocasiones donde tiene que contarle a algún nuevo amigo) simplemente dice siento sabores en mi lengua con hablo. Así se lo explicaron a ella cuando era muy pequeñita. Le advirtieron que sentiría sabores cuando dijera palabras en particular, y a partir de allí, cada palabra nueva puede verse (o no) configurada con un sabor.

La palabra «mariposa» sabe a chocolate. La palabra «huracán» tiene un sabor más bien picante. «Ajedrez» es como tener algo amargo en la boca, y «tráquea» hace que sus papilas gustativas se pongan de mal humor. Pero todo está bien, porque mientras Natalya es niña, y durante la mayor parte de su adolescencia, no se encuentra con muchas palabras que le provoquen sabores. Se las arregla para evitar «tráquea», y tampoco es que sea muy difícil, ¿en cuántos contextos puede usar dicha palabra?

Cuando Natalya cumple los diecisiete, se encuentra con una «tráquea» que no puede evitar. Solo que no se llama «tráquea». Su nombre es Alfred F. Jones. Un nombre asquerosamente americano, como su dueño. Americano como sus ojos azules, americano como sus hebras rubias. Se lo presentan como el nuevo amigo de su primo Iván.

—Él es Alfred F. Jones. —le dice Iván. —Lo conocí en clases. Американский.

—Alfred F. Jones. —repite Natalya, y se arrepiente al instante.

La boca le estalla cuando el sabor explota en su boca. No logra identificarlo, nunca ha probado algo similar. Pero sí puede asegurar que sabe horrible. La sonrisa de Alfred F. Jones empeora su estado, porque quiere maldecirlo, porque de hacerlo, el sabor sólo se incrementará.

Es extraño, nunca ha sentido un sabor que se manifieste con un conjunto de palabras. Generalmente el sabor reacciona a palabras en solitario. Es la primera vez que un nombre propio hace que Natalya quiera, básicamente, arrancarse la lengua. Su primo la observa preocupado.

—¿Estás bien? —le pregunta.

—No. Él es el problema. —fulmina al americano con los ojos. Lo mira como si fuera el culpable. ¡Es el culpable! Pero tiene que controlarse, porque no quiere verse mal frente a Iván. Alfred F. Jones parece ser, además de un sabor desagradable, un idiota. Ignora la expresión de irritación en el rostro de Natalya, quien sólo puede pensar en golpear su americana y tonta cara.

No sabe cómo reaccionar ante la nueva información que le regalan sus papilas gustativas. Piensa que hay algo extraño con este americano. No le agrada. Quizás tiene malas intenciones con su primo y es por eso que su lengua reacciona negativamente ante él. No se le ocurre otra explicación razonable, y Natalya es una mujer simple, así que acepta la primera teoría que se le cruza por la cabeza.

—¿Por qué tu prima tiene cara de querer asesinarme? —ah, parece que el americano finalmente comprende que no lo quiere cerca. —¿Entiende bien el inglés? ¿Debo hablar en ruso?

¡Que no ose faltarle el respeto a Madre Rusia! Afortunadamente, Iván lo detiene.

—Mi prima tiene sinestesia —explica, y Natalya quiere besarle toda la cara porque él siempre sabe a qué se deben sus cambios de humor, una razón más por la que piensan que están hechos el uno para el otro. Pero el americano no comprende.

—¿Y qué es eso?

Por supuesto que no sabe qué patrañas es. Primero, por americano; segundo, Natalya tiene que aceptar a regañadientes que su condición no es algo común y corriente.

—Sucede que pronuncio palabras, —decide tomar la palabra ella, porque no, puede amar a Iván cuanto quiera y desea, pero es una mujer que se vale por sí misma. —algunas tienen sabor. Tu nombre completo tiene sabor. Y sabe horrible.

La confesión de sopetón le produce un cambio en el rostro al americano. Ya no tiene esa tonta sonrisa bailándole en los labios. Natalya se siente un poquito mal. Tampoco es que fuera su culpa que su nombre supiera a mierda absoluta. Es que su paladar está demente, y funciona así, haciendo caso omiso a las reglas de la lógica. No es culpa de nadie, en realidad. ¿Quizás de sus padres por crearla así? Pero ella ama a sus padres, así que no los hace responsables por esto.

El americano sale por fin de su letargo y vuelve a hablar ruidosamente, como ha estado haciéndolo desde que abrió su tonta boca. Natalya se pregunta si todos los americanos son así; ruidosos, explosivos y representando un peligro para personas diagnosticadas con sinestesia.

—¡Entonces pronuncia mi nombre por partes!

—No me parece una buena idea, Alfred. —opina Iván, pensativo. Es la segunda vez en lo que llevan de hora que Natalya quiere ducharle el rostro a besos limpios. Él nunca la decepciona, contrario al americano. Cuando piensa que Alfred F. Jones no puede ser más tonto, consigue decir una estupidez peor que la anterior.

—Pero si mi nombre completo tiene un sabor en particular, ¿no sientes curiosidad por cómo saben sus partes? ¿Alguna vez te ha pasado antes? ¿O soy el primero? ¡Un héroe siempre es el primero en todo!

—Eres el primero. —reconoce Natalya, se pone pensativa. Sí le da curiosidad, pero también le asusta. Es prácticamente un desconocido y en lo que llevan de hora ha logrado demoler sus barreras y la obliga a estar en un terreno desconocido. ¿Qué pasaría si dice sólo su apellido y sabe aún más horrible? —Nunca he sentido sabor con otra persona —agrega.

La alegría de Alfred F. Jones exaspera a Natalya. Ella no está precisamente alegre de su descubrimiento. Le recuerda a la primera vez que pronunció la palabra «tráquea» y casi vomitó. Es el miedo que siempre la posee cuando va a decir ó pensar en una palabra nueva. Pero Alfred F. Jones no parece intimidado porque su nombre sea una patada para su garganta. Parece... entusiasmado.

Como un puto niño.

—¡Dilo, dilo, dilo, dilo! ¡Di mi nombre! ¡Di mi nombre! ¡Ó mi apellido!

No atiende a razones cuando Iván intenta volver a decirle que es una mala idea, y honestamente está poniendo de los nervios a Natalya, que opta por tomarle del cuello de la camiseta y le observa con ojos que amenazan enterrar un cuchillo en su americana cara.

—¡Cierra el pico, Jones! —grita.

Cae en cuenta que termina por hacerle caso al tonto americano. Exhala y le suelta bruscamente de la camiseta, con las manos tapándose los labios. El primer pensamiento que tiene es que «Jones» no sabe a «tráquea». «Jones» eclosiona como caramelo en su boca. Ó algo increíblemente empalagoso, que no llega a ser molesto.

—¿Y bien? —quiere saber el americano. Iván la observa con desasosiego.

—Dulce.

No se explaya más que eso. Las dudas la abruman. ¿Por qué? ¿A qué se debe el brusco cambio de sabor? Quiere explicaciones científicas que alejen su incertidumbre. Quiere que Iván ya no esté cerca de ese tipo americano, porque pone patas arriba la seguridad de ella. Pero no hay ningún médico cerca que pueda someterla a estudios científicos, sólo tiene cerca a Alfred F. Jones que se ríe otra vez.

—Como es de esperar de un héroe. ¡El apellido de un héroe sabe a chocolate!

—No sabe a chocolate. —asegura. Presiona los dedos contra su frente. —Sólo sabe dulce. No lo sé. No lo entiendo.

Iván se muestra compasivo a ella. Oh, bendito sea su primo. Por ésa y más razones está enamorada de él hasta las trancas.

—¿Quizás puedas ir luego al médico y comentarle tu hallazgo? —sugiere, refiriéndose al americano que sigue con las putas risotadas. ¿Es que este hombre no sabe hacer otra cosa que reírse? —Ó para saber si hay otras personas que padezcan lo mismo que tú.

¿Padecer qué? ¿La desafortunada llegada de un americano? Natalya espera que nadie más pase por lo mismo. Nunca.

—No creo que existan más personas así. —dice ella con sinceridad.

—También lo pienso. —la secunda el americano. Qué tonto. No necesita que ningún hombre valide su opinión. Si tan sólo pudiera disparar rayos láser con los ojos, el americano estaría hecho añicos. —Aún puedes probar decir sólo mi nombre. —añade, por si las moscas. Por si Natalya había olvidado ésa alternativa.

Pero Natalya no lo ha olvidado, es sólo que quiere lo más lejos posible al americano que destroza su zona de confort. Iván decide tomar partido otra vez por su prima, al observarla tan callada.

—No lo hagas si no estás segura. —y sonríe. Iván es el bálsamo para los nervios que Natalya definitivamente necesita. Hasta que el americano decide hacer cosas de americanos de nuevo: joderlo todo, por ejemplo.

—Los héroes y las heroínas abandonan su miedo por la humanidad. —sentencia. Lo ha dicho las veces suficientes para que Natalya conozca su afición por los superhéroes, piensa que es otro rasgo tontamente americano de él. Detesta eso; detesta el hecho de empezar a conocerlo. No quiere conocerlo.

—Yo no soy una heroína. —replica Natalya.

—Siempre es buen momento para convertirte en una. —contraataca Alfred F. Jones.

Natalya quiere reírse de lo absurdo de la situación. Éste completo don-nadie ha provocado los dos sabores más intensos que ha sentido su paladar en menos de un día; ha conseguido crisparle los nervios y ahora, no contento únicamente con eso, también se apodera de las entrañas de Natalya para hacerla reír. Los americanos son tan dañinos. Agradece mentalmente a Madre Rusia no ser americana, porque no cumpliría con los rasgos necesarios para el trabajo.

¿De dónde ha sacado Iván éste nuevo amigo suyo?

—Alfred, eres un idiota.

Inesperadamente, el nombre por sí solo, no sabe a nada. Abre los ojos bien grandes ante ésta revelación de sus papilas gustativas, y se enfrenta a la mirada curiosa del americano.

—Tu nombre es insípido. No sabe a nada.

—¿Qué? ¿Cómo que mi nombre no sabe a nada? ¡He sido estafado! ¡Prueba de nuevo! —lucha Alfred F. Jones como un niño, quejándose y siendo un grano en el culo como lo ha sido desde que le conoce, hace quince minutos. Iván ya no se esfuerza en hacerle entender a su amigo.

—Tranquilo, Alfred, seguro hay alguna explicación...

Natalya se pone a pensar en cuántas personas con sinestesia han tenido la desgracia de cruzarse en la vida de americanos inoportunos. Y como Natalya es una mujer sencilla, resuelve que el destino (ó lo que sea) sus razones tendrá de hacela padecer tal desafortunio.

No todos los días conoce a alguien que le haga experimentar un sabor con su nombre. Menos aún, a una persona que le haga experimentar dos sabores completamente distintos.

Decide entonces que «Alfred» sabe a nada, «Alfred F. Jones» es una tráquea con patas y que «Jones» es su nuevo sabor favorito.