— ¿Quién es tuyo? —preguntó Yuri mientras conducía, mirando a Yuki por el espejo retrovisor.
—Todos —respondió con simpleza. Para el menor, todos los que amaba eran suyos, por lo tanto no eran de nadie más, había heredado parte del egoísmo de su padre a la hora de compartir lo que era valioso para él.
—Pero, Yura es mío —le dijo el japonés con voz tranquila, intentando no reírse por la fea mueca de desagrado que hizo su hijo— si no te gusta... mmm, entonces yo soy de Yura ¿Eso sí?
Yuki frunció aún más su ceño, comenzando a inflar levemente sus mejillas por el enojo, pero había prometido portarse bien aunque eso requiriera que empleara toda su fuerza de voluntad. Para un niño, aguantarse sus palabras era complicado, pero ya sabía que Yuuri estaba enfermo y no quería que este se enojara, pero eso no le impedía atacar a su padre rubio.
—Tú, feo —le dijo a Yuri apuntándolo con su índice.
— ¡¿Ah?! ¿Y yo que hice? —preguntó el rubio frunciendo el ceño, dejando que su rostro mostrara una mueca idéntica a la de su hijo. Sería imposible que alguien no se diera cuenta del parentesco de ambos, a pesar de que el color de cabello era distinto, sus ojos y facciones eran casi iguales. Casi, porque los ojos del menor eran un poco rasgados debido a su ascendencia japonesa.
El menor solo le sacó la lengua para descargar su enojo y Yuri le devolvió el gesto. Yuuri se divertía con la escena, hasta que llegaron a un lugar de comida rápida, un Mc Donald's que tenía juegos en su interior para que los niños pudieran divertirse mientras comían, además de que recibían un juguete junto con el alimento que no era para nada saludable. Yuuri no tenía hambre, además de que se le había dicho que comiera cosas livianas y el menú del lugar era todo, menos liviano.
Yuri acompañó a su pareja sin comer, solo para hacer causa común y que este no se sintiera mal, además de que el hecho de que hubiera durado tanto con aquel malestar era su culpa por creer algo que no era. Yuki corrió a la piscina de pelotas apenas entraron, pero el rubio lo detuvo alzándolo en sus brazos antes de que se lanzara al lugar— tus zapatos —le indicó y el niño se los sacó moviendo sus pies con violencia, aunque no con la intención de golpear a alguien, sino con el afán de quitarse rápidamente esas molestas cosas que le impedían ir a jugar.
El rubio bajó a su hijo y Yuuri le ordenó recoger sus zapatillas para dejarlas en las repisas que habían para ello. El menor con mala cara lo hizo para luego por fin ir al lugar tan deseado y divertirse ahí.
—Yo iré a pedirle una cajita feliz, mientras lo vigilas —habló el rubio con algo de miedo, el japonés realmente imponía presencia cuando se trataba de regañar a alguien. Le dio un rápido beso en los labios a su pareja y se retiró al mesón para ordenar.
Yuuri buscó una mesa desde donde pudiera ver claramente a su hijo, quería mantenerlo vigilado, no sabía cuánto loco podía haber ahí y no tenía el GPS que siempre utilizaba con su pequeño. Desde que estaba con Yuri, se sentía protegido, como si el rubio pudiera cuidar al menor de cualquier cosa, cuando lo cierto era que nadie podía protegerte de todo lo que sucedía en el mundo.
Yuri llegó con la bandeja con comida y llamaron al menor para que viniera a comer. Lo primero que hizo Yuki fue sacar el juguete y entretenerse con él, mientras con su mano libre sacaba papas fritas y se las comía sin desviar su mirada del entretenido y extraño animal que parecía un gato de color negro el cual se iluminaba al presionar un botón.
El momento se sentía agradable, como siempre que estaban así. Yuuri pensaba que sería lindo continuar así para siempre.
Víctor comenzó a desesperarse, no encontraba a Lena por ninguna parte y ni siquiera estaba la señora que siempre la cuidaba. Caminó por todo el departamento buscando algo, aunque no sabía realmente que, estaba claro que su hija no se hallaba ahí, que debía estar en manos de aquel desgraciado.
Pudo ver manchas de sangre, entre otras cosas, pero ningún cuerpo o evidencia de matanza. Dudaba que le hubieran hecho daño a Lena, Georgi podía ser un desquiciado, pero jamás dañaría a la niña, además de que no era muy difícil llevarse a una niña de cinco años por lo que jamás necesitaría herirla. Entonces ¿De quién era la sangre? No quería pensar en la pobre mujer que hacía de niñera, si le había ocurrido algo a ella significaba que había sido por su culpa, por involucrarla en su vida.
—Mila —murmuró para sí mismo. Necesitaba contactarla, pero ¿Para qué? No era como si ella pudiera hacer algo, si la llamaba sería solo por su egoísmo al sentirse desprotegido y por sus ganas de refugiarse en alguien ahora que miedo lo atacaba y no lo dejaba pensar con claridad. Necesitaba palabras amables. "Yuuri", pensó en él y en su forma amable de ser tan parecida a la de la pelirroja, la diferencia era que con lo que conocía al japonés, sabía que él también era de los que se derrumbaban, en cambio Mila se veía fuerte, como un pilar.
Marcó el número de la chica sin darle más vueltas al asunto, tardó un poco puesto que sus manos temblaban, pero logró hacerlo. La llamada lo mando directo al buzón de voz, lo cual era extraño puesto que la chica siempre tenía el teléfono prendido en caso de cualquier cosa. "Si algo pasa, puedes llamarme siempre" le había dicho la chica desde que comenzaron a verse con mayor frecuencia. Mila quería estar al tanto de todo lo que le sucedía a Lena y a Víctor, aunque lo ultimo no lo decía en voz alta, siempre se lo guardaba para ella misma ya que le daba miedo admitir en voz alta que tenía sentimientos por aquel hombre que dejaría de ver en el momento que adoptara a la niña.
No sabía que podría haber pasado, esperaba que ella no hubiera estado en el departamento a la hora de lo sucedido, bastante ya tenía en su conciencia con pensar en la niñera, en su hija y ahora Mila. Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra una muralla para luego cubrirse el rostro con ambas manos, se sentía desesperado e impotente ante la situación. Pensaba que debía haber actuado antes, pero sus ganas de permanecer más tiempo junto a Lena le habían jugado en contra.
La tarde de juegos y comida terminó, Yuki agotó todas sus energías en el lugar quedando sumamente cansado, por lo que en el viaje de vuelta a casa se quedó dormido en el vehículo. Yuuri observó el rostro angelical de su hijo que dormía plácidamente a pesar de la incomodidad del asiento, Yuri por su parte se deleitaba con la hermosa sonrisa que Yuuri mostraba al ver al hijo de ambos.
—Deberíamos tener otro —le comentó con media sonrisa, era una broma no tan broma. Se había quedado con las ganas luego de hacerse ilusiones.
—Ya hablamos de eso —le respondió el japonés soltando una pequeña risa por la insistencia del rubio— aún no podemos tener otro bebé, pero… podemos ensayar como hacer uno —le dijo con una mirada sugerente. Yuki dormía totalmente cansado, solo debían dejarlo en su habitación y ellos compartir un intimo momento entre ambos, hace algunos días que no tenían ese tipo de contacto y el cuerpo comenzaba a exigírselos ya que siempre estaban uno cerca del otro.
—Creo que puedo conformarme con eso, por ahora —respondió acercándose un poco a Yuuri para darle un demandante beso ahora que el menor dormía. Metió su lengua en la boca de su pareja, saboreándola por completo y notando como este le daba pase libre para ello. Cortaron la acción cuando sintieron que el aire les faltaba, se regalaron una sonrisa y se dispusieron a salir del vehículo.
Yuuri le quitó a Yuki el cinturón y Yuri lo tomó en sus brazos— shhh —hacía el sonido con su boca para que el menor no se despertara, ya era de noche por lo que el japonés cubrió a su hijo con una manta.
Se acercaron a la puerta principal y la notaron semi abierta.
Yuri frunció el ceño, no sabía quién habría irrumpido en su hogar, pero no arriesgaría a su familia— vuelvan al auto —le dijo a Yuuri casi como una orden mientras le pasaba a su hijo, junto con las llaves.
—Pero…
—Ve, ahora —le dijo sin mirarlo y Yuuri simplemente accedió. Tenía miedo, si era un ladrón podría hacerle daño a Yuri, pero este no se dejaría intimidar por nadie. Era un idiota envalentonado que no tenía nada para defenderse, pero aún así ingresaba a la casa en vez de llamar a la policía.
Continuará…
