Capítulo 9: Mientras más preciada sea la carga, más pesada y difícil es el soportarla


Luego de la intensa batalla en esa bodega abandonada, Gintonick permanecía de pie y a espaldas de Tsukuyo, la Judy de ese mundo, con la sensación de que algo no iba bien.

—¡Gintonick, cuidado! —La coneja advirtió horrorizada cuando vio que su antiguo maestro, Jiraia, el Jack Savage de ese lugar, se puso de pie con un kunai en pata y apuntando a la nuca del zorro malherido, en un punto vital que ella sabía muy bien que aniquilaría al depredador.

Pese a lo precaria de la situación, Nick no se inmutó para nada, no le dio la cara a su mortal enemigo ni suplicó por piedad, simplemente dejó soltar un pesado suspiro y alzó la mirada al techo carcomido de esa oscura habitación apenas iluminada por la luna llena.

—Ya ríndete. Sabes tan bien como yo que esto ya terminó y no tiene sentido prolongarlo más. Estás acabado, Rayitas. Sabes que no ganarás… nadie lo hará hoy. —Miró a lo lejos el cielo despejado de la noche—. Así que sólo lárgate antes de que te humille aún más. Ten un poco de dignidad.

Esas arrogantes palabras le hicieron hervir la sangre a la liebre, quien apretó con más furia la cuchilla ninja que cargaba en una de sus ensangrentadas zarpas, ¿Acaso ese maldito zorro no era consciente de la posición en la que estaba? ¿No se había percatado que estaba jugándose su vida? Parecía actuar como si ya supiera el destino que le avecinaba… ¿acaso él…?

—¡Jiraia, detente! —Los gritos desesperados de Tsukuyo hicieron reaccionar a la liebre—. ¡Por favor, te lo suplico! ¡Déjalo en paz! ¡Ya no quiero que nadie más muera hoy! —le rogaba la hembra entre sollozos— sólo vete, por favor.

¿Irse? ¿Ella también? ¿Lo dejaba irse como así, sin más? ¿Cómo si no hubiera hecho nada? No, eso no, él no saldría de esa habitación, nadie lo haría, no sin antes cumplir con su objetivo principal. O morir en el intento.

—Ya lárgate de una vez, orejón —Le comentó despreocupado el vulpino—. No hay nada por que pelear aquí, tú telaraña está vacía. Sólo está lo único que ha habido siempre: Una patética araña tejiendo hilos a el cielo, viendo a lo lejos una luna inalcanzable.

La liebre rió con sorna sin quitar el filo de su arma del cuello de su despreocupado adversario.

—¿Qué idioteces estás balbuceando? Eso ya lo sabía desde hace mucho. —Alzó su brazo y se dispuso a terminar con el zorro hablador—. ¡Esto terminará ahora!

—¡DETENTE, JIRAIA! —exclamó fuera de sí la Judy de ese mundo en un intento desesperado para evitar que la libre de horrendas cicatrices faciales lastimara a Gintonick.

Gotas de sangre comenzaron a caer del piso podrido de madera en ese instante. El repentino silencio que se dio en ese momento hizo que el vulpino por fin abriera los ojos con preocupación.

La punta de un kunai se clavó en el cuello del desafortunado mamífero, unos instantes después unos chorros de sangre salieron debajo de la nuca del macho. El cuerpo de Jiraia cayó al piso boca arriba casi enseguida, mientras que una Tsukuyo con los ojos llorosos tenía su brazo extendido, en señal de que había acuchillado a la desquiciada liebre para salvar a su amigo. Nick por fin se dio la vuelta y vio con estupefacción la terrible escena, más preocupado por la coneja que por su rival caído.

—Así es como debe ser… —comentó el Jack Savage de ese mundo desde el piso— la araña desaparecerá en un charco de sangre… —Tosió sin mucha energía—… pero no se siente tan bien como pensé… que sería mi propia muerte.

Tsukuyo abrió los ojos con asombro antes las últimas palabras de su antiguo maestro. ¿Acaso el estaba esperando esto todo este tiempo?

—Jiraia… —musitó la coneja confundida—… ¿acaso tú…?

—Jiraia… —dijo desde la ventana Zenzou, el ninja, el Yax de ese mundo que había regresado luego de salvar a Hinowa y las demás del incendio—… tu presa final… ¿eras tú mismo, cierto? Tu meta nunca fue asesinar a la chica que estuviste preparando por años para pelear igual que tú, sólo querías que tu propia estudiante te asesinara con sus propias patas. ¿No es verdad?

La Judy de ese mundo abrió la boca muy sorprendida y quedó ensimismada por lo que sus orejas escuchaban. Por su parte, un moribundo Jiraia que permanecía en el suelo con un kunai clavado en su cuello, hizo uso de sus pocas fuerzas y levantó el rostro para ver al portador de esa voz acusadora.

—¿Eres el hijo del jefe, cierto? —mencionó la liebre con dificultad— ¿Has venido de nuevo a vengar a tu padre y a tus camaradas?

—Feh, no, perdí el interés de vengarme hace mucho. Cuando te encontré la última vez, lo único que vi fue una araña que había caído al piso. No tenía sentido aplastarte, Danzou.

La liebre alcanzó a mover las orejas tras escuchar un nombre que no había oído en mucho tiempo.

—Así que… terminaste tu investigación sobre mí, ¿eh? —murmuró débilmente.

—Jiraia la araña, Jack "Putas" Savage o conocido por tu verdadero nombre, Tobita Danzou, —Zenzou, el Yax de ese mundo, comenzó a relatar la historia del pasado de la liebre a los otros:

Danzou era una prestigiosa liebre macho que había nacido en una familia privilegiada y el heredero legítimo de la casa Tobita. Desde muy joven mostró habilidades innatas en las técnicas ninja, por lo que se le consideró un prodigio. Sin embargo, el prestigio de su familia era tanto que tenía bastantes enemigos que querían exterminarlos, logrando su objetivo eventualmente, donde sólo sobrevivieron Danzou y su hermana menor, quienes terminaron en la calle sobreviviendo de las sobras y la caridad.

Con su hermana tomada como rehén de parte de los hombres del Shogun, quienes habían orquestado el asesinato de su familia, Danzou sólo pudo asegurar el bienestar de ella vendiendo sus habilidades como ninja al peor postor, y como si eso no fuera suficiente castigo, Danzou se vio obligado a jurar lealtad y completa obediencia a su enemigo más odiado por el bien de su querida hermana.

Sin tener en nadie en que confiar o creer, Danzou se entregó a su trabajo al cien por ciento, y pese a verse forzado a ocupar sus habilidades para cometer los peores crímenes para beneficio del Shogun, soportó él solo la pesada carga de mantener a su única familia con vida a costa de su sufrimiento. Mientras su hermana no supiera los sacrificios que él hacía y el trabajo lo distrajera lo suficiente para no pensar en ella, podría soportar un poco el dolor. De ahí nació su retorcido sentido de devoción que lo ayudaba a sobrellevar sus misiones, pero que al mismo tiempo carcomía su alma por dentro.

Sin embargo, su hermana menor no tardó mucho en presenciar los actos atroces que cometía Danzou por su bien y el silencioso pesar con él que él vivía por su culpa, así que, tras una sanguinaria misión que su hermano realizó en lo alto de un risco, ella misma lo encaró para expresarle su pesar.

—No más, por favor ya no más, —dijo una joven liebre que estaba a espaldas en la cima de un acantilado— No quiero que te sigas sacrificando por mí, ni seguir siendo una carga para ti. —Los llorosos ojos de la hembra vieron con ternura a su único pariente con vida—. Se libre y vive tu propia vida , querido hermano…

Ella se quitó la vida sin más. Pese a haber sacrificado su propio ser y todo por ella, Danzou no pudo salvarla, y en su frustración, terminó quemando su rostro con hierro ardiente y se hizo esas brutales cicatrices en el rostro como recordatorio permanente de haber fallado en proteger lo más importante en su vida.

—Y desde entonces, trataste de matarte de la peor forma posible. —Continuó el yak contando los desafortunados eventos que llevaron a Jiraia o el Jack Savage de ese mundo a cometer tan terribles actos—. Querías convertirte en el enemigo de la estudiante que tú mismo creaste y morir por sus propias patas.

La coneja entonces vio con otros ojos el cuerpo moribundo de su antiguo exmaestro. Lo atisbó con una tristeza inmensurable y poco a poco cualquier sentimiento de hostilidad que sintió estos últimos días por él, comenzaban a desvanecerse poco a poco. Gintonick por su parte, continuaba viendo la escena estoico y más callado de lo habitual, sin atreverse a abrir su hocico para nada.

—Querías autoinfligirte un castigo por haber fallado en proteger a tu hermana.

—No… —Finalmente, el yak fue interrumpido por la voz grave y apenas audible de Jiraia, quién alzó un poco la cabeza para hablar—… solamente tenía miedo… —Esta vez, dirigió su mirada, no de odio, pero de vergüenza hacia la coneja, y luego, a Nick—… Como me dijiste, tenía mucho miedo de perder a alguien más… sólo fui un cobarde que tenía miedo de soportar una pesada carga… aunque fue por eso mismo por lo que me sentí tan atraído a ella la primera vez que la vi.

Aunque su cuerpo permanecía en un charco de su propia sangre, su mente recordó la primera vez que vio a Tsukuyo unos años atrás; era una joven coneja, pequeña, revoltosa y poco refinada, pero muy decidida a proteger Yoshiwara y a Hinowa, lo más cercano a una familia y una madre respectivamente que ella tenía.

—Eras una cachorra que quería soportar todo en esa pequeña espalda, —le confesó Jiraia a la hembra mientras esta le regresaba la mirada sin palabras—… por eso te enseñé todo lo que sabía. No quería que fueras lastimada, no de la forma en que pensaba —Con un nudo en la garganta y un amargo sabor a hierro en la boca, el Jack Savage de ese mundo encontró la fuerza para continuar con su relato—. Si estamos condenados a experimentar el sufrimiento de perder a alguien, entonces para empezar, ¿por qué soportar esa carga? No es necesario tener un hogar o amigos en quién apoyarse…

Tsukuyo seguía sin creer en lo que su antiguo maestro le decía, miraba en silencio y con una mezcolanza de emociones lo que quedaba de esa sanguinaria liebre, pero por más que quisiera, no podía odiar ni maldecir a ese agonizante mamífero.

—Pero tú excediste mis expectativas… te las arreglaste para hacerte de amigos, de un hogar… tú poseías una fuerza que yo nunca tuve, la fuerza del lidiar con el dolor que causabas, del dolor que soportabas… y eso me aterró. —Con un poco de pesadez en su voz y embriagado por sentimientos de arrepentimiento, Jiraia siguió con su justificación sin esperar que ella le creyera, y no podía culparla—. Tenía miedo de perder a alguien de nuevo, todos esos camaradas y esos amigos tuyos te llevaban a un lugar muy lejos de mí y al que no podía ir… yo, intentaba que fueras una copia del mismo destino que yo había sufrido, pero al final, no te estaba protegiendo ni a ti ni a mi hermana… me estaba protegiendo a mí mismo, y estaba cansado de mí ser… eso era todo.

Un breve ataque de tos rompió la concentración de todos, Gintonick se lo quedó viendo pensativo, sudando frío, sintiéndose débil por la batalla previa y por las heridas ocasionadas por esa misma liebre, pero incapaz de parecer indiferente ante la confesión final de un digno oponente que parecía intentar alcanzar un poco de redención al final de su vida. Por mucho que detestara a esa copia de Jack Savage, Gintonick estaba consciente de que él aún tenía que decir algo muy importante a su antigua estudiante.

—Pensaba no volver a soportar otra carga, —continuó Jiraia abriéndose con todos ellos—, pero me las arreglé para hacerlo de nuevo… pensé que no volvería a forzar a alguien más para que soportara mi carga, pero me las arreglé para hacerlo otra vez… Tsukuyo, te obligue a que soportaras esta despreciable carga, —pronunció la liebre con un hilo de voz y con lágrimas de arrepentimiento nublando su visión—, lo siento, lo siento tanto…

La liebre sollozó y cerró los ojos esperando su inminente muerte, ansiando que llegara pronto para no soportar más el dolor que le causaba a la última criatura que lo ataba a este mundo, pero antes de que aspirara su último aliento, sintió cómo de pronto unas patas lo levantaron y lo comenzaban a cargar para apoyarse sobre débiles pies.

Tsukuyo tomó del brazo a Jiraia, su único y verdadero maestro, lo alzó con cuidado y lo recargó sobre uno de sus hombros para ayudarlo a que caminara despacio; juntos se dirigieron hacia la salida que daba con el exterior del edificio. La liebre quedó sorprendida y miró desconcertado a la coneja que alguna vez llamó con orgullo su alumna.

—Hubiera deseado que me hubieras dicho esto antes, y haber compartido contigo tu carga, quizás hubiéramos podido encontrar otra solución —le dijo la coneja a su maestro con toda sinceridad.

Zenzou se apartó del camino de la coneja y la liebre, parándose a un lado de Gintonick. Ambos mamíferos veían como el par de lagomorfos salían despacio de la habitación, hombro con hombro, en una extraña reconciliación silenciosa entre dos animales que se habían perdonado después de tantos años.

—Si el deber de un maestro es cargar al estudiante junto con su dolor, entonces, ¿cuál es el deber del estudiante? —Luego de decir esto, Tsukuyo finalmente llevó a Jiraia al borde del balcón, donde una blanca luz nocturna bañó el pelaje de ambos mamíferos—. Crecer lo suficientemente fuerte para cargar al maestro. —Jiraia, o mejor dicho, Danzou, estaba sin palabras, pese a estar a nada de dejar ese plano existencial, la tranquilidad y bondad inmerecida con la que lo trataba Tsukoyo lo mantenía embelesado y tranquilo—. Eres resplandeciente… tan resplandeciente. Nunca imaginé que resplandeciera tanto, ¿puede verlo, maestro?

Jiraia por fin se atrevió a mirar a su querida alumna a la cara y trató de entender el enigmático significado de sus palabras, pero en su lugar se quedó admirando los ojos brillantes de la chica que reflejaban el plateado resplandor de la luna, y luego, tras unos segundos de admirarla con detenimiento, vio en el rostro de la chica la faz de su hermana menor, una joven liebre con una flor entre sus orejas, una hermosa liebre que tenía unos bellos ojos que le decía sin palabras que todo estaba bien entre ellos. La liebre de singulares cicatrices por fin comprendió que fue lo que había visto en esa coneja y porque le había llamado tanto la atención desde la primera vez que la conoció.

Con lo último de sus energías le sonrió y luego perdió su vista en el basto cielo estrellado.

—Sí… puedo verlo… —susurró con un tono lleno de dicha y paz—… la luna más hermosa… que haya visto antes…


Dentro de la bodega, el yak y el zorro admiraban a su manera ese momento de reunión entre las dos presas, y no queriendo arruinar la atmósfera que se había formado, Zenzou o el Yax de ese mundo se dirigió a Gintonick.

—¿Así que el deber de un estudiante es crecer lo suficientemente fuerte para cargar a su maestro, eh? Yo siempre confié en mi viejo, así que yo nunca… ¡Oye, Gintonick!

Antes de que pudiera acabar de hablar, el vulpino se desplomó en el piso y alarmó al yak, quien se arrodilló enseguida para auxiliarlo.

—¡¿Oye Gin, estás…!? ¡Mph!

—Guarda silencio, greñudo —Nick cubrió el hocico de Zenzou con una pata para evitar que hiciera más ruido— No arruines el momento especial de Zanahorias, por favor… —susurró para no atraer más la atención hacia ellos.

El zorro apartó su zarpa de la boca de el Yax de ese mundo y se recostó bocarriba en el piso, revelando que la herida mortal que tenía en su vientre se había extendido y manchado con su propia sangre su yukata blanco. Como ninja experimentado, Zenzou conocía la fatalidad de esa lesión, y supo enseguida que poco o nada se podía hacer al respecto.

—¡Estás muriendo idiota! ¡Debemos avisarle a…!

—¿Para qué? Tú lo has dicho, estoy muriendo y toda la ciudad está ocupada atendiendo a los heridos por el incendio; para cuando logren encontrar a alguien que me cure, yo ya habré muerto —sentenció Gintonick sabiendo que le quedaba poco tiempo de vida—. El otro sujeto también está en las últimas, pero si Zanahorias tiene que elegir entre despedirse de su antiguo maestro o de mí… prefiero que lo elija a él… como debió ser siempre…

Zenzou quería discutir con él, pero no hallaba fallos a su lógica. Intentó ponerse otra vez de pie para llamar a la coneja, pero una garra zorruna lo contuvo con debilidad. El yak suspiró pesadamente y accedió a conceder la última voluntad de un moribundo.

—Tú ganas, Gintoki, te dejaré morir lejos de la hembra que amas, pero al menos déjame burlarme a tu lado de tu honorable pero estúpida decisión hasta que dejes de respirar.

—Siempre y cuando no recuestes mi cabeza en tu regazo, sobre todo si todavía no te has puesto pantalones —sonrió sin energías.

—Genio y figura hasta la sepultura… literalmente… —hizo una mueca fingiendo divertirse ante la ironía de la situación.


A pocos instantes de despedirse de este mundo para siempre, Danzou o el Jack Savage de ese mundo recordó de pronto un último pendiente, un último pecado que debía expiar antes de irse.

—Tsukuyo… mi niña, lo lamento tanto…

—Ya no hable, maestro. Sea lo que sea, no se preocupe, ya quedó todo perdonado, no tiene porque…

—Yo lo sé, y te lo agradezco, pero hay algo por lo que no puedes perdonarme así de fácil.

—Ya se lo dije, no…

—Asesiné a tu novio…

La Judy de ese mundo levantó las orejas casi por reflejo.

—Ma-maestro, ¿de-de-de qué está hablando? Yo nunca tuve novio…

—Sabes que me refiero a ese zorro, Tsukuyo.

—¡Pe-pero él no es mí novio…!

—Sea como sea, yo lo asesiné… aunque quizás aún puedas verlo con vida si me dejas aquí.

—No comprendo, Gintonick está sólo malherido, pero vivo, yo lo vi de pie cuando… ¡Maestro, no!

Sabiendo que no tenía tiempo que perder, la liebre se despojó de lo único que evitaba que muriera desangrado en cuestión de segundos y se arrancó el kunai del cuello. Antes de perder la consciencia, lanzó la cuchilla ninja dentro de la habitación donde se encontraba el yak y el zorro.

—Maes… ¡ah!

Danzou aprovechó la conmoción de Tsukuyo y se dejó caer al suelo, esperando que su alumna por fin lo dejará ir y fuera con el torpe zorro que dio la vida por ella y, aunque le fastidiaba reconocerlo, también por él. Se lo debía.

—Vete, mi niña… sé libre —Una voz menguante resonó en el aire.

Aunque Tsukuyo quería permanecer hasta los últimos instantes con la liebre, no pudo evitar ver hacía donde había ido a parar el kunai, ¿acaso su maestro intentó asesinar a Gintonick en un arranque de furia o locura? Pero al mirar adentro, observó que la cuchilla ensangrentada que lanzó Danzou se había clavado a pocos centímetros del piso cerca de un vulpino que estaba recostado en agonía.

—¡Gintonick! —clamó con aflicción y desesperación.

Tsukuyo no tardó en correr hasta donde estaba el zorro. Ya adentro no hizo más que confirmar sus temores y las palabras de su maestro. Nick estaba en el suelo y con un charco de un líquido oscuro que provenía de su vientre acuchillado.

—¡Gintonick, Gintonick! —Se arrodilló junto a él, muy aflijida—. ¡Por favor, resiste!

—Yax, ¡vaca estúpida! ¡Te dije que no la llamaras! —El zorro se quejó con apenas fuerzas.

—¡No fui yo, imbécil! —replicó Zenzou quitando un kunai incrustado cerca de él—. El bastardo de Danzou lanzó esto para llamar su atención y traerla aquí.

—Maldito seas Jack Savage, aún medio muerto sabes como fastidiarme… ¡argh! —Con su farsa al descubierto, no tenía caso seguir fingiendo que no le dolía nada.

—¿¡Por qué!? ¿Por qué no me dijiste nada? —exigió la coneja entre molesta y al borde de la desesperación.

—Upsy, no pensé que fuera tan grave, pensé que sólo había sido un arañazo… je, je…

—¡Gintonick… idiota! —reprimió las ganas de decirle lo que pensaba de él, pero pensó enseguida que no quería que su última conversación con él fuera una pelea sin sentido. Deseaba con toda el alma que no fuera la última vez que discutía con él—. ¡Dime porque no me avisaste, maldito imbécil! —Aunque quizás, no quería comportarse como si esa fuera la última vez que hablarían.

—Zanahorias… yo no… quería que las cosas terminaran así entre nosotros… pero por fin lo comprendí, él porque estoy en este mundo tan fumado y extraño…

—¿Ahora que idioteces dices…? ¡Tarado! —Los insultos no cesaban, quizás era un mecanismo de defensa para no derrumbarse, o una forma de canalizar su furia por lo que pasaba en esos momentos. Sea lo que fuera, más que animar al zorro o hacerlo reír, lo hacían forzar una sonrisa melancólica.

—Es mi castigo por no ser honesto contigo todo este tiempo, con la Zanahorias de mi mundo, Judy, mi Judy… por dejarme cegar por los celos, por no haber tenido el valor de confesarte lo que siento… Zana… Judy… no… Tsukuyo.

—¿Q-q-q-qué crees que estás haciendo, menso? —cuestionó furiosa y con varias lágrimas corriéndose por sus pómulos.

—Te amo, Pelusa —La tomó de las patas y se decidió a decirle aquellas palabras cursis y pomposas que nunca pudo decirle a la Zanahorias de su mundo. Quizás no era muy correcto dedicárselas a una coneja que se parece mucho a ella, pero algo en el fondo de su alma le decía que hacía lo correcto, por primera vez, en mucho tiempo—. Te quiero mucho, Zanahorias… sonará como sacado de una boba película romántica de esas que juras y me perjuras que no te gustan, pero que yo sé que ves; pero me enamoré de ti la primera vez que te vi… quizás, no fue un amor honesto en ese momento… es decir, ¡Dulces moras! Tenías un precioso trasero que el uniforme de policía no dejaba nada a la imaginación…

Quería golpearlo y reírse al mismo tiempo de sus ocurrencias, en verdad quería hacerlo. Pero ya no era el momento ni el lugar para hacerlo. Con una risa que no tardó en convertirse en llanto, se llevó la cabeza del vulpino a su regazo y la abrazó con suavidad y terneza.

—Entre otros atractivos tuyos que no noté hasta que nos vimos más de cerca y de frente. Aunque afuera de la cafetería, todo cambió —continuó un moribundo Nick narrando su extraña historia de amor con la coneja de su mundo—. Aunque era un zorro de la peor calaña e iba en contra de mi propio código de estafador, te di mi nombre confiado en que no nos veríamos de nuevo, me hubiera encantado haber salido contigo de manera más casual y sin compromiso… pero luego descubriste mi estafa y vi en ti algo más que un cuerpo o una cara bonita: tenías un intelecto que rivalizaba con el mío, y después me superaste en más de una vez, y entre más y más convivíamos, yo más y más me enamoraba de ti, Zanahorias; pero lo que te hizo dueña de este este torpe corazón fue el como salvaste mi vida en esa ocasión, y no me refiero a lo de jaguar salvaje, sino cuando me mostraste que confiabas en mí, que veías en mí algo más que un zorro charlatán: me veías como tú igual; me enseñaste que podía volver a confiar en los mamíferos. No sólo salvaste mi vida ese día, si no también mi alma, una sucia, cochina y poco pulida alma plateada, pero que volvió a brillar más que el oro más reluciente cuando me dejaste entrar a tu vida.

Aunque la Judy de ese mundo no era capaz de comprender al cien por ciento los detalles que el zorro le daba, la calidez de sus palabras, su tono sincero y ese extraño amor que tenía en sus ojos por ella lograron cautivarla y la hicieron capaz de recibir los sentimientos que el vulpino le podía transmitir con su ávida lengua y su curiosa forma de hablar.

—Aún así, pese lo mucho que estaba seguro por mis sentimientos hacía ti, no sabía si sería correspondido, igual que tu maestro, yo también tenía miedo, fui un cobarde que prefirió lastimarte y dejarte antes de que tú me lastimaras primero y me abandonaras. Todo por celos, todo por mi inseguridad, todo por no arriesgarme a buscar tu amor, y no luchar por él… lo lamento Zanahorias… lo lamento tanto…

Lágrimas de amargura cayeron por las mejillas de un malherido zorro física y emocionalmente, que aunque había liberado un gran peso bajo su pecho, sabía que no era suficiente y que ya era demasiado tarde. Después de todo, no eran tan diferente que esa tonta liebre. Su cobardía y su indecisión lo habían arruinado y se dio cuenta muy tarde de su error, y aunque ya le había confesado a ella lo que afligía su alma, Tsukuyo no era Judy, y al fin de cuentas, él no era su torpe zorro. ¿Para qué se había tomado la molestia?

Pero todo pensamiento de autocompasión fue interrumpido por un tibio beso que la coneja depositó en los labios de aquel guerrero caído.

Pese a su estado al borde de la muerte, Nick no lo pensó dos veces y correspondió enseguida la insolicitada pero bien aceptada muestra de afecto. Aunque la boca le sabía a sangre y la falta de respiración podría acelerar su propio deceso, nada arruinaría algo que estuvo esperando por mucho tiempo. ¿Era correcto corresponder un beso a quién se parece a la chica que amas, pero no lo es? Correcto o no, el zorro sintió en el fondo de su ser que finalmente había alcanzado los labios de la coneja con la que sueña cada noche desde que la conoció en esa paletería, no podía explicárselo ni le interesaba entenderlo, pero lo que sentía en ese momento era lo que siempre ha sentido con Zanahorias cerca pero mucho más. Y no quería que eso se terminara nunca.

Ignorando el dolor, lo extraño de la situación, que Yax los viera como un degenerado o que su vida estaba a nada de extinguirse, Nick besó apasionadamente a esa Judy como siempre lo quiso hacer, aún con una boca torpe, una lengua que exploraba una zona desconocida y unos colmillos que chocaban contra los enormes dientes de ella pero que al final lograron coordinarse en perfecta sincronía para darse la perfecta muestra de amor. Ambos amantes se complementaron por unos instantes con un tierno beso que duró más de lo planeado pero menos de lo pensado.

Con lentitud, apartaron sus hocicos unos milímetros del otro y aspiraron casi el mismo aire. Abrieron los ojos con pesadez luego de haberlos tenido cerrados lo que duró su improvisado beso y se vieron sonrientes.

—Te amo, Judy Tsukuyo Zanahorias Hopps Pelusa de mi corazón —musitó el zorro de corrido y sin respirar, con una ladina sonrisa triunfante.

—Y yo te amo Gin… ¿Gintonick? ¿¡Gintonick!? ¡NICK!

Quizás, el zorro no escuchó jamás las palabras que el amor de su vida le dedicó en su poco elegante lecho de muerte.

Y así como así, Nick dejó ese extraño mundo, para siempre.


Notas de…

En vez del ya acostumbrado cuarto de infinito blanco y el letrero pintarrajeado de siempre, el lugar estaba cubierto de negro en su totalidad, aunque unos instantes después, se iluminó un pequeño cuadro donde había un único cartel con la leyenda:

Preguntas y respuestas 8: El capítulo final

A los pocos segundos, esa luz se apagó y la habitación volvió a oscurecerse; enseguida, otra fuente luminosa se encendió, revelando a un zorro rojo que tenía una túnica blanca y un micrófono de diadema. Permaneció sin moverse y con las patas entrelazadas hasta que abrió los ojos y movió la boca para decir:

Dori meInterimo adapare, Dori me —cantó Gintoki a la par que se escuchaba una conocida melodía—… Ameno, ameno, latire latiremo… Dori me… ¡Auch! —interrumpió su solemne canto, quejándose de dolor—. ¡Oigan, que les pasa, tarados!

El vulpino les reclamó furioso a sus compañeros, quienes lo habían interrumpido de un palmazo en la nuca para luego arrebatarle el micrófono con el que se disponía a interpretar el tema de Ameno.

—¡Corta las payasadas, Gin! —le regaño furioso Shinpachi, el carnero de lentes y baja estatura—. ¿No ves que el fanfic del autor acaba de terminar en algo muy triste y tú sales con tus tonterías?

—El gafotas tiene razón, tarado-aru, —agregó Kagura, una zorra voladora que no puede dejar de decir 'aru' antes de cada pausa—, Un hombre acaba de morir-aru…

—Zorro. —El carnero la corrigió.

—¡Tu mamá-aru! —Lo miró alzando el puño amenazantemente—. Acaba de morir el protagonista de la historia dramáticamente y tú lo arruinas con un meme rancio del año pasado-aru. Eso es caer muy bajo hasta para ti-aru.

—¡Bueno ya, perdón mocosos! Pensé que estarían tan alegres como yo de que esta basura termine y volvamos a la normalidad.

—Pero Gin, ¿cómo vamos a hacerlo si te sigues burlando del autor? ¡Es la razón por la que nos convirtieron en furros en primer lugar!

—¡Y tampoco hemos respondido las preguntas aún-aru!

—Tranquilícense, mocosos. Por esa razón es por la que estaba tan feliz.

—¿Q-q-quieres decir que tenemos preguntas? —cuestionó ansioso Shinpachi.

—Así es, Patsuan. —Asintió Gintoki mientras sacaba unas tarjetas de su bolsillo—. Nos mandaron por fin una buena cantidad de preguntas por las que espero sea suficiente para… ¡argh!

Kagura se abalanzó contra el zorro y le arrebató los papeles. Shinpachi no se quedó atrás y tomó otra de las hojas.

—¿Y qué estás esperando, Gin?

—¡Terminemos con esto de una vez-aru!

Enseguida Gintoki se reincorporó, sacudió sus ropas y de una de sus mangas extrajo un pedazo de papel.

—Mocosos impacientes, y dicen que yo soy el inmaduro. ¡Ja! Pero en fin —sacó unos lentes, se los puso y comenzó a leer la nota—. Bien, bien, todas estas preguntas fueron enviadas por la misma seguidora loca…

—¡Gin! No insultes a nuestros lectores, ¡nos puede costar regresar a la normalidad!

—Sí, sí, sí, como si no nos pudiera ir peor. Pero como les iba diciendo, estas últimas preguntas las hizo la seguidora LagrimasSolitarias, que además de dejarnos unos comentarios hermosos donde nos reconoce a nosotros, los chicos de Yorozuya como los bestos personajes de este ficucho.

—Y tú la llamaste loca-aru…

—Sí, ¡loca pero por nosotros! así que con mucho gusto, responderemos tus dudas. Entonces, aquí va la primera pregunta: Los personajes de Gintama se quejan de ser furros pero dentro de si ¿realmente les gusta? A ver, díganle chicos, empieza tú, Patsuan.

—Pues… realmente no es tan malo como parece.

—¡Lo sabía-aru! ¡Eres un furro de closet-aru!

—¡Kagura! No, no es eso, pero realmente no es tan malo, puedo hablar y actuar casi como cuando era humano, puedo usar mis audífonos y escuchar la música de mi dulce Otsu-chan. El exceso de lana es inconveniente y es un fastidio esquilarme.

—Típico de otakus-aru, pasarsela en su cuarto encerrados "esquilándose" la marmota-aru…

—¡Esquilar significa cortar mi lana! ¡Ejem! Pero sí, realmente no veo que sea tan malo. ¿Y tú Kagura?

—Pues realmente me gusta la idea de volar y tener alas-aru. El problema fue que al menso del autor se le olvidó ese pequeño detalle todo el fic y prácticamente nunca pude hacerlo-aru, pero lo malo es que mi cuerpo es pequeño como el de una loli y eso quiere decir que soy un imán de degenerados furros lolicones y que mi estómago es pequeño y no puedo comer como antes-aru. ¿Y tú, Gin-aru?

—Pues yo realmente prefiero mi cuerpo de humano, y ya que no es la primera vez que me transforman en un animal, al menos esta vez fue uno más parecido a un humano, puedo caminar en dos patas, hablar y jugar pachinko sin problemas, aunque extraño mis firmes y bien torneadas pompis de humano, debo admitir que tener una cola suave y esponjosa en su lugar no es tan malo. Creo que eso sería la única mugre cosa que voy a extrañar de este cuerpo de furro —comentó Gintoki con melancolía rascando una de sus orejitas zorrunas.

—Bueno, bueno. —El carnero de lentes tomó la palabra—. Pasando a la siguiente duda de la señorita LagrimasSolitarias, dice así: Y Chinpachi ¿me dejas quitarte la virginidad en esta época festiva? Les pagaría al otro par si es una afirmativa. ¿Esperen, qué? ¿¡E-e-en serio preguntó esto!? —El de lentes se puso rojo de la cara

—¡Yo la respondó-aru! —Kagura alzó un ala emocionada

—¡Pero tú no puedes responder eso, yo soy Shinpachi! —gritó nervioso y muy sonrojado.

—¡Me vale-aru! A cambio de la virginidad de esta oveja casta-aru, tendrás que darnos una tonelada de algas secas-aru.

—¡Y otra de leche de fresa!

—¿¡También tú, Gin!?

—El trato se hará hoy a la media noche y en el puerto-aru. Tú trae lo que te pedimos y nosotros te entregaremos a este corderito amarrado para que le quites lo virgen de una vez-aru.

—¡Chicos, ya basta! Obviamente esto fue una broma de la lectora, y aunque fuera real, lo siento, ESO NO ESTÁ EN VENTA. —gritó furioso, avergonzado y muy, muy ruborizado.

—Ay, qué dramático-aru. Como si valiera mucho-aru…

—Yo que tú aceptaba, Patsuan. Es la primera y última chica que de segura querrá hacerte un macho… al menos, gratis…

—¿¡Podemos responder otra pregunta, mejor!?

—¡Buh-buh! —balbuceó Gintoki imitando un bebé—. Bueno, bueno, continuaremos con las negociaciones más tarde. La siguiente pregunta que nos mandaron es: ¿Nick y esa Judy se enamoraron? Esta yo la respondo. Aunque el autor hace un esfuerzo por hacernos creer que se enamoran de verdad, ya que este fic no es más que un Nicudy disfrazado, yo creo que no. Hay atracción, seguro, pero no pasa de eso, y si se enamoraran, ¿sería raro, no? Estarían amando a la versión del mundo alterno y no a sus verdaderos amores, aunque por alguna razón tanto Nick como la Tsukuyo de su mundo los ven como iguales.

—Pues yo digo que si se enamoraron-aru Por eso la pechugona de Tsukuyo y el otro Gin se besuquearon-aru. Quizás no fue la mejor historia romántica del mundo-aru, pero estoy cien por ciento segura que es una mejor historia de amor que Crepúsculo-aru.

—Y yo opino que es simplemente una duda abierta que dejó el autor a libre interpretación.

—Vaya, pero que flojo nos salió ese tipo entonces. Oh, por cierto, Patsuan, dale vuelta a la tarjeta, ahí está la última pregunta de tu novia. Toda tuya.

—¡E-e-e-ella no es mi novia! —El carnero bramó con la cara roja de la pena—. Pero lo leeré, dice: PD: Sigue en pie lo del comentario pasado Shinpachi, aunque el autor tarde en actualizar cualquier época es festiva para quitarte la virginidad. ¡Wey, ya! Diga, ¡chicos, ya basta! ¡Ya les dije que no!

—Amiga, ya deja de hacerte la difícil —Gintoki le respondió con ironía al carnero de lentes—. No te hagas del rogar y acepta. Es por tu bien.

—Y por el nuestro-aru. Yo quiero esas algas y comerlas como puerca-aru.

—¡Con mayor razón no lo aceptaré, Kagura!

—No estás ayudándome, mocosa…

—Pues dejemos al virgen-aru, pasemos a la siguiente pregunta-aru.

—Esa era la última —Gintoki indicó relajándose de hombros.

—Eso quiere decir-aru… ¿Qué ya acabamos-aru? ¿¡Qué ya podemos volver a la normalidad-aru!? —La chica murciélago preguntó emocionado y con ojos brillosos.

—Técnicamente sí, pero no creo que sea inmediato, habrá que hablar con el autor primero y…

—Pfff, tonterías Patsuan, nosotros ya cumplimos lo que nos pidió el autor, incluso nos sacamos preguntas de la manga el 80% de las veces porque prácticamente nadie lee este ficucho ni lo comenta, hasta debería darnos dinero por el trabajo extra que le dimos, pero pues yo no quiero nada más de él, con que nos vuelva humanos es suficiente para mí, así que… ¡Morfosis, amigos!

Detrás de sus cinturas, los tres animales sacaron una extraña hebilla dorada que tenía una imagen con su rostro humano, y al ritmo de cierta tonada poderosa, la mostraron delante de ellos y enunciaron lo que mejor los representa.

—¡Azúcar! —clamó Gintoki.

—¡Flores-aru, diga, algas secas-aru! —bramó Kagura.

—¡Lentes! —espetó Shinpachi confundido— Espera, ¿qué diantres estamos haciendo? ¿¡Y porqué yo soy sólo lentes!?

Pese a sus increíbles poses y asombrosa sincronización en su coreografía, ninguno de los mamíferos presentes se transformó en humano ni en un ranger del poder ni en nada.

—¿Qué pasó, Tommy-aru, diga, Gin-aru? ¿Por qué no regresamos a la normalidad-aru?

—No tengo idea, Kagura, tal vez no debí comprar esos Power Morphers piratas, oh, espera, se los compré a un tipo español, quizás habrá que decirlo en castellano: Tíos, ¡a metamorfosearse! —aulló Gintoki en un acento andaluz.

Pero nuevamente, nada extraordinario pasó.

—¿Y ahora qué, Gin-aru?

—No lo entiendo, ¿por qué no podemos regresar a la normalidad?

—No lo sé, Gin, pero creo que será mejor ir con el autor del fic y preguntarle, quizás aún nos quiere para algo más o…

—¡No Patsuan! ¿De eso se va a tratar ahora? ¿Vamos a estar de sus secretarias toda la vida? ¿Nos pedirá otra cosa para hacernos creer que volveremos a la normalidad? —le cuestionó Gintoki con antipatía—. No gracias Patsuan, ya soporté muchos capítulos de hacer estupideces con ustedes para nada, tanto huir y correr del Furronator, hacer payasada y media, complacer a los pocos fans que tenemos y ser ignorado por la mayoría de los lectores que ni un mísero comentario preguntando por nosotros nos han hecho. Ya estoy cansado de esto, Patsuan.

—Pero Gin… —el carnero de lentes lo intentó refutar, pero no pudo, en el fondo se sentía igual—… odio admitirlo, pero esta vez creo que tienes razón…

—Ya para que el gafotas esté de acuerdo contigo-aru, quiere decir que está fea la cosa-aru… oh, y ahora-aru, ¿quién podrá defendernos-aru?

—¡YO!

De la tierra no emergió ningún simpático insecto rojiamarillo, sino un colosal y nada amigable ogro verde con la cabeza pixeleada y dispuesto a hacer lo que mejor hace: aterrorizar a los peludos protagonistas de esta sección.

—¡Por fin! ¡Los tengo! ¡PIIIIIIIIINCHES FURROS!

—¡Aaaaahhhhhhh!

Debido al estrepitoso movimiento del suelo, la tercia animalesca terminó siendo lanzada a unos cuantos metros de la zona de impacto, para enseguida, levantarse con prisa ante una inminente persecución que amenazaba sus vidas.

—¡Oh, no! ¡Gin, nos volvió a encontrar, huyamos… ! —chilló Shinpachi asustado.

Sin embargo, la zarpa zorruna de Gintoki contuvo a su amigo.

—No Patsuan, no volveremos a huir. No más.

—¡Pero Gin-aru! ¡Él es muy grande y fuerte-aru! ¡Cómo el Tigre Toño-aru, pero más grande, verde, feo y que odia a los furros sin razón-aru!

—Puede que sea cierto, y puede que no tengamos oportunidad contra él, pero si nuestro destino es estar atrapados en estos peludos cuerpos y viviendo en estas aburridas notas de autor improvisadas para toda la eternidad, prefiero no hacerlo corriendo siempre de un meme feo que nos detesta sin un motivo claro. —En ese momento de tensión, Gintoki observó a sus dos compañeros a los ojos—. No puedo obligarlos a seguir mi camino u obligarlos a exponer sus vidas, pero como yo lo veo, prefiero por una vez en esta asquerosa historia dar pelea y luchar con ese desgraciado apalea furros o morir en el intento. ¿Están conmigo chi…?

El zorro no pudo completar la pregunta aunque tampoco necesitaba hacerlo, pues la ala de la chica y la pezuña del carnero lo tomaron de ambas garras para responderle sin palabras, estarían con él hasta el último aliento de sus furras vidas.

—Chicos… —Gintoki los miró sorprendido, mas luego les sonrió orgulloso y decidido a terminar con el gigante verde—… Muy bien, mocosos, enseñémosle a ese traga cebollas cómo resolvemos las cosas en Gintama.

Los otros dos mamíferos asintieron y le regresaron el gesto con seguridad.

—¡Oh! ¿Pero qué veo? —bramó el Shr… incógnito ogro verde—. A los pinches furritos les crecieron las pelotas, ¿eh? ¡Pues adelante! ¡Así me ocuparé más rápido de ustedes, Pin… ¡UUUUHHHHHHHH!

Sin dejarlo terminar de insultarlos, la intrépida Kagura se lanzó contra él de un fuerte cabezazo que impactó en su entrepierna.

—¡AYYYYYY, MI PICHU… —La reacción dolorosa del ogro verde no se hizo esperar, mientras colocaba ambas manos en su ingle.

—¡Kagura! —La llamó el carnero de lentes con preocupación corriendo hacia ella.

—Estoy bien-aru— la vulpina voladora estaba tambaleándose de pie y con la mirada perdida—… bien mareada-aru. Siento que fui a estrellar mi cabeza en unos huevos-aru…

—¡Kagura!

—Pero de avestruz-aru…

—¡Shinpachi, cuidado!

—¿Oh? ¡Ah!

El monstruo verde apartó una de sus manos para intentar aplastar al mamífero de lentes con su puño, pero la alerta oportuna de Gintoki lo hizo reaccionar a tiempo y esquivar la acometida.

—¡Shinpachi, ataquémoslo nosotros en lo que Kagura se repone! —el zorro ordenó desenvainando una espada de madera que no había tenido el valor o necesidad de usar hasta ahora—. ¡Es hora de que hagas todo lo que te enseñé! —Se colocó en posición ofensiva listo a pelear en cualquier momento.

—¡Pero tú no me enseñaste nada! —Sin dudarlo, Shinpachi también desenfundó una katana de acero y la colocó delante de él con ambas pezuñas, en posición defensiva—. Además, necesitamos un plan.

—Tranquilo Patsuan, yo tengo un plan: ¡atacar! ¡AHHHHH!

Sin miedo a nada, Gintoki corrió con su bokken en pata dispuesto a terminar con la amenaza antifurros.

—Lindo mondadientes —Shr, que diga, el misterioso ogro se burló con una risa estruendosa— ¿Qué vas a hacer? ¿Sacarme la comida de los dien…? ¡Ah, argh… ahhhhhh! ¡Furro asqueroso!

El comentario sarcástico del coloso verde fue acallado cuando Gintoki osciló su sable de madera, y pese al material aparentemente débil de su espada, fue capaz de arañar su tosca piel.

—Cuidado, don comedia, tanto chiste podría matarte… —el zorro le respondió con sorna.

—¡PIIIIIIIINCHE FURRO! —bramó Shr… ¡ya saben quién! Mientras se abalanzó contra el vulpino samurái.

—¡Shinpachi, tu turno!

De un gran salto, Gintoki esquivo el feroz puño de la bestia del pantano y mientras este estaba confundido, lo recibió un enfurecido carnero que usó su espada metálica para herir al monstruo a los ojos, consiguiendo sólo arañar uno de ellos, pues de un fuerte manotazo, el ogro mandó a volar al joven carnero espadachín.

—¡Argh! —el mamífero de lentes escupió sangre tras chocar brutalmente contra una pared del lugar.

—¡Shinpachi! —El zorro volteó a ver el estado de su aliado, pero enseguida regresó la vista a su verde oponente—. ¡Desgraciado!

Cegado por la ira, Gintoki trató de vengar a su compañero herido, pero pese a lograr encestar un par de cortes con su espada, el coloso verde hizo retumbar la tierra con sus poderosas piernas, y cuando el samurái zorruno perdió el balance, Shr, es decir, el ogro apalea furros lo tomó con una mano y con la otra le dio un puñetazo que lo lanzó a unos metros lejos de él, pero cerca de un malherido Shinpachi.

—¡Me lleva la chingada con ustedes, pinches furros! —rugió un tuerto y muy furioso ogro—. ¡Los haré abono para mi huerto, puti…! ¡Argh! ¿¡Tú otra vez, pinche furrita!?

Kagura se había recuperado y al ver a sus amigos en apuros, enterró sin dudar sus colmillos vampirescos en la pierna del temible monstruo, sin embargo, este no se inmutó ante su ataque y sin pensarlo, la tomó de sus alas y la despegó de su extremidad. Para su infortunio, la mordida de la chica murciélago fue tan profunda que terminó por arrancarle la piel y hacerlo sangrar tras separarla pierna.

—¡ARRGGGGGGHHHHHH! ¡Maldita hija de tu furra madre! —rugió con potencia dirigiendo su voz a la zorra voladora— ¡Te mataré en este…!

—Guácala de perro-aru, sabes peor de lo que hueles-aru —se quejó sin miedo Kagura mientras le escupía a la cara sangre y trozos de carne que le había arrebatado—. No sé en qué estaba pensando-aru…

—¡Muere!

Sin tentarse el corazón, el horrible ogro ensangrentado azotó el cuerpo de la vulpina voladora contra el suelo, luego le dio un fuerte pisotón y luego, otro, y otro, y varios más en lo que una nube de polvo se alzaba tras la sucesión de fuertes golpes.

—Que maldita peste… —El monstruo verdoso se limpió las manos aliviado, pero tras disiparse la polvareda, los ojos inyectados de sangre del 'Furronator' se abrieron al no notar el cuerpo de la molesta hembra—… ¿Dónde se metió esa pende…?

El ogro se ahogó en cólera cuando sintió que la zorra vulpina se encontraba parada encima de su calva como si nada.

—Muy lento, Nappa-aru —dijo Kagura cruzada de alas.

Cegado por la ira y dispuesto a terminar con esa molesta peste, el coloso verde se dio un fuerte manotazo en la cabeza al fallar en aplastar a la murciélaga que había esquivado su acometida y ahora permanecía sentada en el hombro de la bestia.

—¡Fallaste de nuevo-aru!

—¡AAAAHHHHHHHHH, PIIIIIIIIIIICHE FURRA!

El grito del verdoso titán iba acompañado de una apestosa nube que mareó a la vulpina voladora y la hizo perder su balance, cayendo al suelo casi desmayada por el pestilente hedor que salía del ogro.

—¡Puaj-aru! ¡Apesta a cebolla podrida-aru! —La chica abanicó sus alas no para intentar volar, si no para disipar el desagradable olor que la desconcentró—. ¡Y lo peor es que hasta los ojos me arden-aru! ¡No puedo ver nada-aru!

—¡Ahora verás el infierno, PINCHE FURRA!

Pese a estar casi ciega, Kagura logró rodar en el suelo y esquivar las veloces acometidas del coloso verde, por desgracia no fue capaz de eludir una patada espartana que la dejó fuera de combate y a merced del Furro Slayer.

—Ahora sí, ¡MUERE!

—¡Kagura!

Gintoki se lanzó por la chica murciélago y logró tomarla de sus brazos para salvarla a tiempo, luego la arrojó cerca del desmayado carnero y sostuvo con ambas patas su espada de madera, dispuesto a proteger a sus amigos con su vida.

—¿Así que tu quieres ser el primero en morir? ¡Perfecto!

Sin importarle las heridas ni la sangre que ya escurría por su frente, el samurái zorruno se abalanzó contra el gigantesco ogro para retenerlo, pero sus reflejos estaban tan alterados por la contusión que, sin mucho esfuerzo, fueron contenidos por la enorme mano de la bestia fétida.

—Yo me quedaré con esto, gracias —Shr… el monstruo verde respondió con ironía, arrebatándole su bokken y partiéndolo sin dificultad en dos—. Y ahora, te haré lo mismo que a tu mondadientes, ¡o mejor aún! ¡Se lo haré primero a tus pinches amigüitos!

El ogro se giró para intentar tomar a uno de sus inconscientes compañeros, pero las pequeñas zarpas de Gintoki apenas retuvieron la enorme y colosal mano del ogro

—¡Sobre mi cadáver! —bramó apretando sus colmillos.

—¡Y así será!

Sin más contemplaciones, el ogro usó su extremidad libre y capturó con su palma el cráneo zorruno de Gintoki, haciéndolo gritar de dolor. Dado a la presión con la que lo sometía, el vulpino no tardó en perder las fuerzas y voluntad de sostener al ogro con sus garras y lo liberó.

Con ambas manos libres, la horrenda bestia apalea furros tomó la cabeza del zorro y lo elevó unos metros en el aire, viéndolo a los ojos entre sus dedos.

—¿Unas últimas palabras antes de que te aplaste como una uva, pinche furro?

Unos segundos pasaron sin respuesta, y el ogro estuvo a punto de comprimir su sangrante cabeza, pero logró escuchar una débil contestación.

—Seh… por qué… ¿por qué…? ¿¡Por qué odias tanto a los furros!? —bramó a todo pulmón con las pocas energías que le quedaban.

—¿Por qué? ¡Es sencillo! —le replicó el ogro en un tono burlón y socarrón— ¡Porqué todos los furros son unos zoofilicos degenerados que tienen perversiones sexuales con animales y comparten sus fetiches y manías asquerosas con toda persona que se encuentran! Son un cáncer para todos que debe ser erradicado. Todos son seres repugnantes que no conformes con su propia especie quieren hacer cochinadas con cualquier cosa que se mueva y tenga pelos, o plumas, o escamas o hasta robots con formas de animales. ¡Me dan asco, me repugnan, y si nadie va a hacer nada contra esos enfermos mentales, ¡yo lo haré! ¿Satisfecho pinche furrito…? ¿Uh?

Tras su no tan breve explicación, el malvado ogro calló tras escuchar algo que no se esperó. Una risa del zorro que estaba entre sus palmas a punto de ser aplacado para siempre.

—¿Qué te parece tan divertido? ¿Acaso estás delirando y perdiste la razón antes de morir?

—¿Sabes que es gracioso? —el vulpino dijo con voz firme— Yo solía pensar casi como tú antes de comenzar esta historia, tenía una fuerte aversión ante los furros y su fandom, incluso cuando el desgraciado del autor me transformó literalmente en uno, mi opinión no cambió mucho —comentó Gintoki en un tono irónico—. Pero conforme los capítulos pasaron, leyendo los comentarios de los seguidores de esta historia, conociendo a los lectores y con la historia misma, me di cuenta que los furros no era nada como los comentarios en Internet los expresan. Es cierto, hay enfermitos y casos extremos, y cielos, esos horrendos fetiches, jamás veas páginas furras sin los filtros adecuados, pero en sí, la comunidad no es tan mala, hay personas como tú o como yo, que sólo tiene una forma de ver distinta la vida y quieren a los animales y furros de otra forma, pero en el fondo, no son muy distintos a nosotros. Hay más gente agradable con la que vale la pena juntarse. Ser furro… no es tan malo.

—¿Qué pendejadas dices, pinche furro? ¿¡Dices que soy igual a ellos!? ¡No me hagas reír!

—Claro que no lo eres, a diferencia de ti, no todos generalizan y no ven más allá de sus ojos, no odian sin razón o basados en cosas que leyeron, se informan y conviven con las personas y furros que en verdad valen la pena y no se dejan guiar por estereotipos y el odio barato. Si hay algo rescatable de cosas como esa pelicucha de Zootopia, es a tolerar y respetar a otros sin prejuzgar, algo que parece que tú, no aprendiste ni en tu propia película.

—¡Cállate, pinche furro! ¡Ni siquiera soy el mismo ogro estúpido de esa película!

—Lo sé, el verdadero ogro del pantano sabe lo que significa ser rechazado y no lo hace, incluso su verdadero amigo es un furro, un burro hablador, molesto y que nunca caería en un truco barato como este…

—¿Qué dices… ?

—¡Kagura, Shinpachi, AHORA!

—¿¡QUÉ!?

El monstruo verde volteó a todos lados y ya no vio al carnero ni a la zorra voladora.

—¿¡Dónde, DÓNDE CARAJOS ESTÁN!?

Muy tarde, el ogro se percató de que arriba de él estaba una chica murciélago, sobrevolando encima de él con un carnero entre sus patas, al que soltó enseguida y este, con una katana de acero cayó a una gran velocidad producto de la gravedad y se dirigió contra él.

—¡AAAAHHHHHHHHHHHH!

De un fuerte tajo, Shinpachi hizo lo que mejor sabe hacer en su serie y cortó una de las muñecas de la bestia, soltando enseguida al zorro y haciéndolo perder una de sus manos.

—¡ARRGHHHHHHHH, PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIINCHES FURROSSSSSSSSSSS! —el enorme monstruo del pantano exclamó soltando un alarido infernal. —¡MALDITOS, PINCHES FURROS ASQUEROSOS, LOS MATARÉ, LOS MATARÉ A TODOS EN ESTE… ARGH!

La bestia, pese al inmenso dolor que sentía por su extremidad amputada, trató de acabar de una vez por todas con ellos, pero enseguida se vio inmovilizado de su pierna lastimada por Kagura, mientras que de su brazo aún intacto era sostenido a duras penas por el carnero de lentes.

—¡Vamos Gin-aru, acábalo-aru! —chilló la zorra voladora.

—¡Termina con esto de una vez, Gin! —Shinpachi le rogó al vulpino mientras retenía al monstruo con apremio.

—Chicos… —decía Gintoki mientras se ponía de pie— ¡No los defraudaré!

Más decidido que nunca, el zorro rojo y de alma plateada recogió la espada de acero del suelo con la que Shinpachi le cortó la mano al furronator y se encaminó a exterminar a su agresor.

—¡SUÉLTENME, SUÉLTENME PINCHES FURROS PARA QUE PUEDA MATARLOS! —se agitaba el ogro con desesperación.

—Oye, Furro Slayer, ya tengo listas mis últimas palabras para ti. —Sonrió colocando la espada para un ataque final.

Y de un gran salto, Gintoki se elevó por los aires al mismo tiempo que ponía ambas patas y el sable detrás de su espalda, para finalmente descender con gran aceleración cerca de la cabeza de la horrenda bestia verde, oscilando su arma de atrás para adelante, de arriba hacia abajo para encestar el golpe final.

—¡SOME… BODY!

De un corte limpio, la espada de acero atravesó el cuello del verdoso ogro decapítándolo enseguida y acabando con su vida en un abrir y cerrar de ojos. Luego de que los pies de Gintoki tocaran el suelo y la pesada cabeza desprendida del cuerpo del ogro hiciera lo mismo, una lluvia de sangre roja empezó a empapar a los tres furros presentes.

—¿Lo hicimos-aru? ¿Ganamos-aru? —dijo Kagura, soltando el enorme cadáver.

—Gin… —Shinpachi susurró viendo al zorro.

—Si mocosos, lo hicimos, lo hicimos juntos. —Gintoki sonrió cansado pero con sinceridad a sus queridos compañeros.

Sin importarles mojarse demás con los fluidos corporales de su enemigo caído, los tres animales se acercaron entre sí y se dieron un fraternal abrazo acompañado de una felicidad comunal.

—Gracias chicos, los amo #NoHomo —el vulpino bromeo inclinando su frente con la de ellos.

Enseguida los tres amigos rieron entre hombros y con los ojos cerrados, manchados de una brisa roja hasta que después de un par de minutos, la inusual lluvia se esfumó y dejo en su lugar el cuerpo de tres personajes de anime de proporciones humanas.

—Oye Patsuan, soy yo o te acaba de crecer la mano.

—Gin de que estás… ¿dijiste mano? —Abrió los ojos de repente.

—Sí, mano, como solías… —Gintoki hizo lo mismo.

—¿Por qué se separan-aru? ¿Qué son, gays… aru… ? ¡Gin, chicos-aru!

Finalmente se dieron cuenta que habían regresado a la normalidad. La sangre así como el cuerpo del su antiguo rival se había esfumado y ellos habían recobrado su verdadera apariencia.

Incrédulos, comenzaron a tocar sus propios cuerpos para comprobar que eran los mismos. Shinpachi sintió sus dedos de la mano, Kagura comprobó que seguía siendo copa B, pero que algún día crecería y Gintoki se llevó ambas palmas a sus posaderas y sintió sus glúteos que había añorado hace bastantes capítulos.

—¡Regresamos a la normalidad!

Otro abrazo grupal no se hizo esperar pero este fue seguido por lágrimas de felicidad y uno que otro moco de parte de la chica peliroja, Kagura.

—¡No puedo creerlo! —El chico de lentes y peinado de hongo exclamó gustoso— Somos nosotros mismos de nuevo.

—¡Sí! ¡Mis bebés están de vuelta! —proclamó glorioso el hombre de cabello plateado, ojos de pez muerto y amado líder del grupo. ¡Ya no somos más unos furros asquerosos!

—¡Gin! ¿Qué no aprendiste nada? ¿Qué fue ese discurso de que no era tan malo ser un furro?

—¿Qué, eso? Pffff, por favor Patsuan, sólo lo dije para hacer tiempo y que ustedes lograran tomarlo desprevenido para acabar con él, no fueron más que patrañas. ¿Gustarme ser un furro? ¡Vaya estupidez! ¡Ni la cola más suave y esponjosa del mundo puede compararse a mis firmes y bien paraditas nalguitas! ¡Ja, ja, ja…! —Se rió el arrogante samurái mientras se daba palmadas en el trasero.

—¡Por favor, Gin! ¿Qué no recuerdas que eso fue lo que provocó que nos convirtieran en furros en primer lugar? Seguro que tu discurso fue lo que nos regresó nuestra apariencia natural y no la sangre de Sh… el furronator.

—¿Qué tonterías dices, gafotas-aru? ¡Obviamente regresamos a la normalidad al derrotar al jefe final de este feo fanfic-aru!

—¡Los fanfics no tienen jefes finales, Kagura! ¡Y tampoco hables mal de los fics! ¿Quieres que el autor nos vuelva a volver furros!

—Meh, el autor me tiene sin cuidado, ya demostramos que el autor no hace nada y actualiza cuando le de la gana, ese furro otaco brownie…

—Es otaku, y brony, ¡y no le digas así al autor!

—¡Lo que sea, Patsuan! Ese follamulas no me asusta, no es más que palabras… además, ya acabó su feo fic, ¿qué va a hacer? ¿Repetir el mismo chiste con el que comenzó la historia? Ja, ja, ja, ja, ja…

Inmediatamente, del cielo cayó un potente rayo de energía que estaba formado por los siete colores del arco iris que impactó a nuestros tres protagonistas, quienes sólo gritaron en agonía hasta que la luz multicolor se disipó y dejó en su lugar tres cuerpos recostados.

—Argh… yo y mi bocota —dijo la voz Gintoki desde el suelo.

—¡¿Tenías que hacer exactamente lo mismo que nos metió en problemas la primera vez!? —exclamó la voz de Shinpachi con un tono desesperado.

—¡Gin, eres un baboso-aru! —la aguda voz de Kagura también reprendió a su líder.

—Oye, tranquilo viejo… y niñita. Si nos volvió a hacer furros sólo tenemos que volver a derrotar a su respectivo furronator y… oigan, que pasa, ¿por qué no puedo pararme en dos piernas…?

—¡Gin(-aru)! —Los otros dos dijeron al unísono sorprendidos.

—¿Qué establos está pasan…? ¿Chicos?

Gintoki vio con horror que sus compañeros habían sido transformados nuevamente, pero esta vez no en un carnero o una zorra voladora como la ocasión anterior, esta vez ambos habían sido transformados en… ¡unos ponis! Shinpachi era un unicornio enano, Kagura una potranca con alas y Gintoki un poni terrestre con una cabellera plateada y muy peinable.

—Oh no… me convertí en aquello que juré destruir hace mucho tiempo… ¡ME CONVERTÍ EN UNA ASQUEROSA BURRA DE COLOR! ¡SOMOS UNOS MALDITOS BRONIES!

Como si no pudiera empeorar las cosas, de la tierra emergió un gigante mucho más grande que el apalea furros, sólo que este no tenía piel verde, era de tez morena y usaba unos enormes lentes de botella, además de portar una hoodie morada que recordaba a cierta princesa alicornio de una caricatura.

—¿BURRA DE COLOR? ¿MALDITOS BRONIES? —repitió el gigante con una voz grave— ¡OYE VIEJO, ESO ES UN INSULTO PARA MÍ!

Los tres ponis se quedaron con el hocico abierto tras ver el nuevo enemigo a vencer.

—Gin…

—No digas más… Shinpachi, Kagura. ¡Corran por su vida!

Y así, nuestros tres valientes protagonistas de las pseudonotas de autor huyeron galopando y lejos del Niñote Poni quién estaba dispuesto a darle a esos tres equinos maleducados una pequeña lección sobre la magia de la amistad.

~Fin~


—¡AAAAAAHHHHHHHHHHH!

De un fuerte grito en la noche, Nick Wilde despertó de una horrenda pesadilla en la que moría en un mundo distinto al suyo.

Respirando con dificultad y sudando frío, el vulpino cayó en cuenta que se encontraba sano y salvo en una habitación de su mundo, o al menos eso parecía. Luego de verificar que no tuviera ninguna herida mortal en el estómago, el zorro suspiró aliviado.

Quitándose el exceso de sudor de su frente y poniéndose de pie, Nick se dirigió a la ventana con prisa, y al levantar las cortinas, reconoció la iluminada noche de la ciudad que no duerme: Zootopia. No había antiguas casas japonesas, ni naves de vela volando en el cielo ni nada de las cosas extrañas que vio en esa realidad alterna donde Judy tenía pechos enormes y era una ninja asesina. Definitivamente estaba en casa.

—Así que… sólo fue un sueño… ay, dulces moras, que alivio…

El zorro se relajó de hombros con una enorme paz y sin dudarlo pasó al baño de su departamento para responder al llamado de la naturaleza. Luego de lavarse las patas y notar que aún era de noche, decidió reanudar su descanso e intentar dormir en su extraña cama matrimonial; para cuando Nick se había acurrucado cómodamente en el colchón, una pata conejuda muy familiar lo abrazó por detrás.

—¿Pero qué…? —susurró Nick confundido, abriendo los ojos con premura.

Antes de siquiera protestar, pudo percibir en la oscuridad la pata que parecía ser de Judy, con un anillo de bodas en uno de sus dedos, al mismo tiempo que notó que su propia zarpa vulpina tenía una sortija matrimonial que hacía juego con la de la coneja.

¡Claro! ¿Cómo pudo haberlo olvidado? Él estaba casado, era un feliz zorro que se había desposado con…

—Amor… ¿Todo bien? ¿Tuviste una pesadilla, corazón?

Sin embargo, Nick reconoció la dulce voz de la tierna presa con la que había contraído nupcias.

Y no era la de Judy.

Mientras el vulpino perdía el color del rostro y volvía a sudar frío, volteó lentamente la cabeza para confirmar a quién pertenecía esa voz grave pero extrañamente familiar.

—¿Quieres hablar de eso o… te conformas con uno de mis masajes que tanto te gustan, mi zorrito especial?

A Nick casi se le salen los ojos de las cuentas cuando aún en la oscuridad pudo notar el rostro del estúpido y sensual Jack Savage.

Intentando encontrar una explicación lógica a su situación, Nick Wilde hizo lo único que cualquier macho 100% heterosexual hubiera hecho en su situación.

—¡AAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!

Gritar a todo pulmón dramáticamente.

¿El Fin?