Sakura POV
Llevabamos ya un rato corriendo, aún nos quedaba algo de camino antes de llegar a la torre donde tenían encerrada a Rukia.
No podía evitar sentirme preocupada. Hace ya un buen rato que no podía sentir el reiatsu de Ichigo o el de Kenpachi. Todo parecía apuntar a que el combate ya había finalizado, pero… ¿A favor de quién? ¿Habría sido Ichigo el victorioso? No quería imaginarme el escenario opuesto. Si Kenpachi fuese el vencedor, había posibilidades de que el pelinaranja ya no estuviese con vida.
– Tranquila… –escuché a Chad hablando a mi lado. Instantáneamente dirigí mi mirada hacia él. Él me ofrecía una sonrisa cálida. – Ichigo no se dejará vencer tan fácilmente, estará bien… –dijo. Al parecer se había dado cuenta de mis pensamientos.
– P-Pero… –traté de argumentar, pero rápidamente fui acallada por Ganju quien lideraba el camino.
– ¡No hay tiempo para pensar en él! –exclamó efusivamente. – ¡Tenemos una misión que cumplir!
Me quedé perpleja observándolo por varios segundos antes que una pequeña sonrisa se dibujara en mi rostro.
– Tienes razón…
Continuamos moviéndonos hasta que finalmente nos acercamos a la entrada de la celda de Rukia. Como era de suponerse, la entrada estaba custodiada por guardias.
Antes de que pudiese hacer o decir algo al respecto, Ganju y Chad se encargaron de ellos, dejándolos inconscientes.
– Ahora… el único obstáculo que nos queda es la puerta… –murmuró Ganju parándose frente a la misma.
Me acerqué a la puerta tomando entre mis manos la llave de la puerta.
– Hime-sama, antes de que se vaya… Tenga esto. –dijo nerviosamente Hanatarou extendiéndome un extraño objeto. Lo observé confundida esperando que se explicase. – A noche luego de sanar a Ichigo-san, me escabullí en el almacén y robé la llave de la celda de Rukia-san… Esto le permitirá liberarla sin hacer un gran escándalo.
Utilicé la llave para abrir la puerta. Mi corazón latía ansiosamente.
– ¡Rukia! –exclamé feliz al verla de pie en medio de la habitación.
– ¿S-Sakura? –la oí murmurar con sorpresa.
Sus ojos estaban abiertos de par en par. Lo más seguro era que hubiese esperado ver a un par de guardias cuando notó que la puerta se abría.
Rápidamente corrí hasta ella, tomándola en un abrazo. Escondí mi rostro en su cuello sintiendo las lágrimas avecinarse en mis ojos.
– Estoy tan feliz de que estés bien… C-Cuando me desperté y me dijeron que habías sido traída aquí, y te ejecutarían… Estuve tan asustada… –hablé tropezándome con mis propias palabras.
– ¿C-Cómo es que estás aquí? –preguntó Rukia a penas reaccionando para corresponder mi abrazo.
– Ichigo no se iba a quedar de brazos cruzados… Papá lo ayudó a recuperar sus poderes de shinigami… Uryuu, Orihime y Chad también decidieron venir… –expliqué torpemente separándome levemente para mirarla a los ojos. – Yo tampoco podía quedarme atrás y dejar que ejecutaran a la persona que me reunió con mi padre y me devolvió la vida que había olvidado. No sería justo que te deje morir…
– No… –murmuró la pelinegra. – No me agradezcas. No me debes nada, princesa… No tenías que venir, yo… yo acepté las consecuencias de mis acciones.
– ¡No digas eso! –la regañé haciendo un pequeño puchero. – Entiendo que darle tus poderes a Ichigo no esté bien ante las reglas del gotei 13… pero, la muerte es un castigo muy alto.
– Pero…
– ¡Nada de peros! –exclamé. – Tu princesa quiere que vivas…
Ella me observó estupefacta. Parecía estar en un debate mental consigo misma.
Sonreí comprensiva y tomé su mano para guiarla a la salida de la celda. Sin embargo, me detuve al ver la expresión en el rostro de Ganju.
Parecía abrumado mientras miraba fijamente a Rukia. Era una especie de mezcla entre sorpresa y una ira irracional.
– Tu… –escuché a Rukia hablar. – ¿Tu eres parte del clan Shiba? –preguntó.
Alterné mi mirada entre ella y Ganju sintiéndome bastante confundida ¿Había pasado algo entre ellos?
– ¿Acaso ya se conocían? –preguntó Chad luciendo igual de confundido que yo.
– Si… Así es… –murmuró Ganju. Su tono de voz era realmente perturbador. – Jamás podré olvidar esa cara… Es ella… ¡La shinigami que asesinó a mi hermano!
Mi sangre se heló al oír aquellas palabras… ¿Rukia había asesinado al hermano de Ganju? No… No podía ser verdad… Rukia no era esa clase de persona, pero… Ahora que lo pienso… Tampoco es que conociese mucho acerca de Rukia. Aún así, me era imposible imaginármela matando a alguien que no fuese un enemigo. Algo debió haber pasado para que eso sucediese… Algo que evidentemente, Ganju desconocía.
– ¿De qué estás hablando, Ganju? –espetó Chad. – ¡Rukia jamás haría algo así!
– El cuerpo de mi hermano estaba lleno de heridas de espada. Tenía cortes en su cuello y en el pecho… –relató el castaño. – ¡El estaba luchando contra un Hollow! ¿¡Cómo pudo morir por heridas de espada!? –gritó furioso, no… más bien, sonaba herido. – ¡Además ella misma lo confesó! –volvió a gritar tomándome por sorpresa. – Me dijo… "Yo lo he matado".
– G-Ganju… –murmuré preocupada.
– Está bien… Lo que dice es verdad… –habló suavemente Rukia. Volteé a verla notando la mirada afligida en su rostro. Estaba segura que había más en esta historia de lo que ellos estaban contando. Algo no terminaba de cuadrarme. – Tu hermano… –murmuró. – Maté a Kaien Shiba con mis propias manos. –afirmó con un tono carente de emociones.
Ganju enfureció notablemente al escucharla, y rápidamente se lanzó hacia Rukia, tomándola por el frente de su yukata blanca. Chillé asustada ante su acción.
– ¡G-Ganju, detente! –exclamé.
Entendía la delicadeza de la situación. La muerte de su hermano era un tema bastante sensible para Ganju, una herida que aún no cerraba, y Rukia también parecía dolida al respecto. No podía permitir que Ganju la matase en señal de venganza, ni podía dejar que Rukia lo aceptase así como así, como si se mereciese eso.
– Adelante hazlo… –murmuró Rukia. Sus ojos habían perdido su brillo característico. – Tratándose de ti… No me importa perder la vida.
Chad se apresuró a sostener a Ganju, evitando que hiciese movimiento alguno para herir a Rukia.
– ¡P-Por favor basta! –exclamé. – E-Entiendo lo delicado que es el asunto, pero… Ganju, hemos venido aquí a rescatar a Rukia… p-por favor… –no pude terminar de hablar.
Un poderoso reiatsu se hizo presente en la zona. Mi corazón latió rápidamente sabiendo perfectamente a quién le pertenecía.
– ¿Q-Qué es eso? –preguntó Ganju con dificultad. El reiatsu era tan fuerte, tan aplastante, que incluso hablar parecía tarea difícil.
Los cuatro volteamos hacia la entrada de la celda. Notando como una figura masculina se hacia visible en el exterior.
– Alguien se acerca… –murmuró Chad preocupado.
Tanto él como Ganju adoptaron posturas defensivas, listos para pelear si era necesario. Pero antes de que alguno hiciese un movimiento, corrí fuera de la celda, colocándome en frente de ellos para detenerlos y hacerle ver a la persona que se acercaba que no permitiría que los lastimara.
– ¡Byakuya! –exclamé mirándolo seriamente. El no parecía inmutarse por mi presencia allí.
– Debí imaginarme que tu estarías metida en esto… Sakura… –habló con la calma y elegancia que lo caracterizaban. – Debes saber que sotaichou no está feliz con tus acciones.
– No me importa. –fruncí el ceño. – Sé perfectamente que estoy rompiendo las reglas, pero no voy a dejar que lastimen a mis amigos. –dije decidida. Aunque… mi determinación no duró mucho al ver como Byakuya desenvainaba su zanpakuto. – ¿Vas a levantar tu arma contra mí? –pregunté incrédula.
– ¿Para lastimarte a ti? Jamás lo haría. –contestó serio. – Dispérsate… Senbonzakura…
La hoja de su espada brilló con una luz rosada antes de que comenzase a dividirse en lo que parecían ser pequeños pétalos de Sakura. Nunca antes había visto la zanpakuto de Byakuya en acción… ¿Este era su shikai? A pesar de la situación en la que nos encontrábamos, no podía evitar sentirme sorprendida. Era un poder tan hermoso… pero mortal…
Los pétalos de Sakura volaron pasando por mi lado, dirigiéndose hacia Chad y Ganju. Un grito de horror escapó de mi garganta al ver como ambos caían al suelo ensangrentados, con un montón de heridas en sus cuerpos.
Los pétalos volaron de regreso a Byakuya, volviendo a formar la hoja de su espada.
– ¡Nii-sama! –exclamó Rukia igual de horrorizada que yo.
– N-No puedo creerlo… –balbuceé dolida. Las lágrimas acumulándose en mis ojos. – N-No puedo creer que hallas hecho eso…
El no parecía perturbado por lo que acababa de suceder. Seguía observándonos con la misma mirada carente de emociones.
– Ellos son considerados enemigos, hay órdenes precisas de arrestarlos. No pienso romper las reglas. –fue todo lo que dijo al respecto. – Ahora, tu volverás conmigo… Sotaichou ha pedido que te llevemos de inmediato ante él si te encontrábamos. Estás metida en muchos problemas…
Hice una mueca al escucharlo.
– Creo que sabes que no tengo intenciones de ir… –murmuré.
– Estás siendo caprichosa… –dijo él haciéndome enfurecer bastante.
– Tú… –gruñí dando pisotones para acercarme a él. – ¡Eres un grandísimo idiota! –grité dándole un golpe en el pecho. Él se mostró sorprendido por mi repentino arrebato. – Te lo he dicho una y otra vez desde que llegué aquí… –seguí hablando a la par que seguía golpeando su pecho. Sabía que mis golpes no le hacían ningún daño. – Y no te entra en la cabeza… –lo miré a los ojos. – No voy a ser como Yama-jii quiere que sea… Si eso significa quedarme de brazos cruzado ante una injusticia.
– Sakura…
– Me parece que ha sido suficiente… –una voz masculina se hizo presente desde atrás de Byakuya. Ambos nos volteamos para ver de quien se trataba.
– ¡Ukitake-san! –exclamé viéndolo con los ojos aún vidriosos por las lágrimas.
– Eso ha sido aterrador… ¿No crees, Kuchiki-taichou? –le habló a Byakuya antes de posar su mirada sobre mí. La sonrisa que llevaba en su rostro desapareció casi inmediatamente. – Eso es cruel… ¿Por qué has hecho que nuestra princesa llore?
– U-Ukitake-san…
– ¡Ukitake-taichou! –exclamó Rukia sorprendida desde donde se encontraba.
– ¡Oh, Kuchiki! –exclamó Ukitake cambiando nuevamente su expresión al percatarse de la presencia de Rukia. Una gran sonrisa adornaba su rostro ahora. – Parece que has perdido peso… ¿Cómo has estado? –habló casualmente como si nada de lo anterior hubiese ocurrido.
– ¿Qué significa esto… Ukitake? –inquirió Byakuya. No parecía muy contento con la aparición del peliblanco.
– Oye, oye… Eso debería decir yo. –se quejó el capitán de la decimo tercera división. – Liberar tu zanpakuto en un lugar como este es una violación muy grave… Aunque estés luchando contra unos intrusos… ¿En qué estabas pensando?
– Estamos en guerra. –argumentó Byakuya. – Ya no existe esa prohibición.
– ¿En guerra? –repitió sorprendido Ukitake por la elección de palabras del pelinegro. – ¿Contra unos intrusos? No tendrá nada que ver con la muerte de Aizen, ¿verdad?
Mi sangre se heló y los miré incrédula al oír las últimas palabras. Sentía las lágrimas acumularse una vez más en mis ojos, y mi cuerpo comenzaba a temblar.
¿Había escuchado bien?
– ¿M-Muerte? –repetí. La mirada de ambos se posó sobre mi con sorpresa. – E-Están bromeando… ¿Verdad? –pregunté con la esperanza de que lo que Ukitake había dicho fuese mentira. Al ver que ninguno de los dos respondía, retrocedí cubriéndome la boca horrorizada. Mi cuerpo se sacudió con más fuerza, ahora por culpa de los sollozos. – T-Tienes que estar mintiendo… N-No es posible…
– Sakura… –murmuró Ukitake preocupado mientras intentaba abrazarme. Pero rápidamente rechacé su contacto.
– É-Él no puede estar muerto… N-No puede… Oh dios mío…
Sentía mi mente darme vueltas, acompañada de unas fuertes náuseas.
No podía creerlo… ¿Aizen realmente estaba muerto? ¿Cuándo había ocurrido?
La mezcla de emociones era demasiado fuerte, y antes de que pudiese darme cuenta, estaba cayendo. Lo último que pude percibir fue como un montón de voces preocupadas llamaban mi nombre, antes de que todo se volviese negro a mi alrededor.
Autora POV
Byakuya se movió rápidamente para atrapar a Sakura antes de que el cuerpo de la pelirrosa impactara contra el suelo.
– Sakura… –murmuró con preocupación viendo a la princesa inconsciente.
– No debí mencionar eso… –se reprochó Ukitake. – Ella no estaba al tanto… Pobrecilla… La noticia le calló como un balde de agua fría…
– Si. –dijo secamente el pelinegro. – No debiste mencionarlo. –coincidió. El enfado era notable en él.
– Oye… –estaba a punto de argumentar Ukitake. Sin embargo, ambos se detuvieron al sentir una nueva presencia acercándose.
Ambos levantaron su mirada al cielo, a penas notando la figura de Ichigo antes de que este aterrizase en el suelo, interponiéndose entre ellos y Rukia.
La pelinegra observaba al pelinaranja con sorpresa y anhelo.
– Rukia… –murmuró el pelinaranja, sin embargo su vista estaba fija en los dos capitanes. – He venido aquí para salvarte… –declaró para luego voltear su mirada hacia la pelinegra, sorprendiéndose al ver la expresión afligida que se había dibujado en el rostro de la joven. – ¿¡A qué viene esa cara!? –exclamó. – ¡He venido a rescatarte! ¡Deberías estar contenta!
– Tonto… Te dije que no vinieses… Te lo dije… ¡Te prohibí que me siguieras!
– Está bien… –contestó el pelinaranja dirigiendo nuevamente su mirada hacia los dos shinigamis que los observaban atentamente. – Enfádate todo lo que quieras después. –su mirada se fijo en Byakuya quien aún sostenía entre sus brazos a una inconsciente Sakura. – Cuando… Me haya encargado de él… ¡Ustedes dos! –gritó llamando la atención de los capitanes. – Espero que no le hayan hecho nada a Sakura…
Byakuya frunció el ceño al escucharlo.
Tonto ryoka… ¿Cómo se atrevía a amenazarlo? Y para colmo lo estaba amenazando con respecto a Sakura.
Decidido a luchar contra el pelinaranja, el capitán de la sexta división se dio la vuelta entregándole la pelirrosa a Ukitake.
– Llévala con sotaichou, yo me encargaré de esto. –ordenó Byakuya.
El peliblanco parecía reacio a obedecer, sin embargo no objetó nada al respecto, y tras un pequeño asentimiento, desapareció junto a la pelirrosa. En ese momento, priorizar la seguridad de la princesa era más importante que cualquier otra cosa.
Ichigo comenzó a acercarse.
– Fíjate… Te quedas ahí parado tan alegremente… –hablaba el pelinaranja con una sonrisa confiada. No tenía intenciones de perder ante el pelinegro. – Ni siquiera has intentado atacarme mientras hablaba con Rukia…
– ¿Con quién te crees que estás hablando? –espetó Byakuya notándose ofendido por las palabras de su contrincante. – ¿Qué necesidad tengo de atacar por la espalda a alguien de tu especie? ¡Te lo tienes muy creído, basura insignificante! –gruñó mientras dejaba fluir su poderoso reiatsu, sorprendiendo a todos los presentes en el proceso.
A pesar de la sorpresa inicial que había sentido, Ichigo mantuvo la calma y tomando su zanpakuto entre sus manos, adoptó una postura de combate, mirando fijamente al pelinegro.
– Has soportado mi reiatsu sin moverte ni un centímetro. Parece que tu poder ha aumentado bastante… –comentó el líder del clan Kuchiki, aunque su rostro no reflejaba la misma sorpresa que mostraban sus palabras. – No sé cómo recuperaste tus poderes de shinigami, pero deberías haber vuelto a tu vida normal en el mundo mortal… En vez de venir a perder la vida que con tanta suerte salvaste… Eres estúpido.
– No voy a perder la vida. –objetó Ichigo. No parecía afectado por las palabras del contrario. – Voy a vencerte, y luego me iré a casa.
Byakuya frunció el ceño y entrecerró los ojos observando con molestia al ryoka frente a él. Ante sus ojos, Ichigo no era más que un insecto insolente que debía aprender su lugar.
– Ya te lo he dicho… –murmuró el pelinegro. – ¡Te lo tienes muy creído, basura insignificante!
En un abrir y cerrar de ojos el capitán de la sexta división había abandonado su posición a una velocidad impresionante. Ichigo a penas pudo reaccionar para notar que el pelinegro se encontraba a su lado, y poder bloquear su ataque, sorprendiendo de esta forma a Byakuya.
– Ha usado shunpo… –murmuró sorprendida Rukia observando el combate que había comenzado a desenvolverse entre su hermano mayor y su amigo.
– ¿Crees que me lo tengo demasiado creído? –preguntó con tono de burla Ichigo volteando su rostro para ver la expresión estupefacta en el rostro del pelinegro. – He visto cada uno de tus movimientos, Kuchiki Byakuya.
Sus espadas se separaron, y con ellas ambos oponentes tomaron distancia entre sí, observándose fijamente. Ichigo con una sonrisa decidida, orgulloso de si mismo por haber logrado bloquear los ataques que días atrás, en el mundo de los vivos, casi le habían costado la vida. Byakuya por su parte había recuperado una vez más la expresión seria que lo caracterizaba, dejando atrás la sorpresa inicial que le había ocasionado el hecho que el pelinaranja hubiese podido bloquear su ataque.
– Ya veo… –murmuró Byakuya. – Has mejorado más de lo que creía… –admitió. – En ese caso… –levanto su espada colocándola verticalmente frente a su propio rostro, llamando la atención de Ichigo y alertando a Rukia quien sabía lo que estaba a punto de hacer su hermano. – Antes de que te hagas demasiadas ilusiones voy a mostrarte… Algo que no podrías igualar ni después de mil años de entrenamiento. La diferencia vital entre nuestros poderes.
– ¡Ichigo! –el grito salió tan desgarradoramente de la garganta de Rukia, reflejando el temor que esta sentía. – ¡Corre!
– Dispérsate… –murmuró el pelinegro, más no pudo terminar la frase.
Una cinta blanca envolvió la hoja de su zanpakuto, y frente a él, una mujer de tes morena y cabello morado se hizo presente. Ella había evitado que Byakuya liberase su shikai.
– Tú… –murmuró con gran sorpresa el capitán de la sexta división, sus ojos abiertos como platos mientras observaba a la mujer que no había visto en tantos años. – ¡Yoruichi! –la mirada de la pelimorada era de desinterés mientras se ponía de pie, interponiéndose entre él e Ichigo. – Le excomandante del grupo de operaciones especiales… además… la excapitana de la segunda división, Shihouin Yoruichi… –murmuró recobrando una vez su postura seria, mientras que Ichigo y Rukia lanzaban miradas de sorpresa hacia la mujer que acababa de presentarse. –Cuánto tiempo sin vernos… Han pasado años desde que desapareciste, creímos que estabas muerta.
– ¿Y esa forma de hablarme, Bya-boo? –preguntó Yoruichi sin abandonar su expresión neutral. – ¿Así esperas ganarte el derecho a salir con mi hija?
El ceño del pelinegro se frunció levemente ante las palabras de la mujer de tes morena.
– Yoruichi-san… –murmuró Ichigo llamando la atención de la mencionada. Ella lo observó por el rabillo de su ojo, sin voltearse para encararlo. – ¿Has venido aquí para ayudarme? –preguntó el pelinaranja. – Gracias, pero, por favor apártate. Tengo que acabar con él.
– ¿Acabar con él? ¿Tú solo? –preguntó Yoruichi como si lo que acababa de decir el pelinaranja fuese alguna especie de mal chiste. – Estúpido… –murmuró antes de utilizar su shunpo para acercarse a él y golpearlo en el estómago, reabriendo algunas de las heridas que tenía en su abdomen, e introduciendo, sin que este se diese cuenta, un potente tranquilizante.
Los ojos de Ichigo reflejaron su sorpresa al ser atacado por quien creía que era su aliado.
– ¿Q-Qué estás haciendo Yoru… ichi…? –preguntó con dificultad antes de caer inconsciente en los brazos de Yoruichi, quien lo cargo sin muchas dificultades, demostrando la gran fuerza que poseía.
– Intentas salvarlo… –murmuró Byakuya. – ¿Piensas que voy a permitirlo… senpai? No vas a irte de aquí sin más…
Una pequeña sonrisa divertida se dibujó en los labios de la pelimorada.
– ¿Dónde has aprendida a ser tan chulo, Bya-boo? ¿Ya no te acuerdas que nunca me has ganado en el Onigoto? –preguntó como una especie de provocación al pelinegro.
Byakuya había sido criado para ser un líder noble de reputación impecable, lo habían entrenado para no reaccionar precipitadamente, ni causar escándalos. Yoruichi siempre había sido la única persona que lograba ponerlo con los nervios de punta, haciéndolo reaccionar de una forma poco aristocrática.
– Quizá deberíamos probar otra vez… –objetó el pelinegro aceptando el tácito desafío que Yoruichi había impuesto.
Pronto ambos se vieron envueltos en una especie de persecución, en la que ambos utilizaban su shunpo para moverse.
– No puedes escapar de mi… –dijo soberbiamente Byakuya tomando por sorpresa a la excapitana de la segunda división, al haberla alcanzado con facilidad. – No con un shunpo de tan poca categoría…
Uso su espada para atacar a la mujer frente a él, causándole varias heridas. Sin embargo, grande fue su sorpresa al ver que no era más que un simple señuelo, y la verdadera Yoruichi estaba junto a él, observándolo con una sonrisa burlona.
– No puedes atraparme con un shunpo de tan poca categoría. –se burló imitando las palabras del pelinegro. En un rápido movimiento, Yoruichi se colocó sobre el tejado del edificio que estaba a sus espaldas, viendo fijamente al líder del clan Kuchiki. – Tres días. –habló desde su posición. – Dentro de tres días, él será más poderoso que tú. –afirmó refiriéndose al pelinaranja que llevaba en brazos. – Hasta entonces, su combate queda pospuesto… Puedes intentar perseguirme si quieres. –dijo mientras comenzaba a desaparecer usando su shunpo. – Pero no te será fácil atrapar a… ¡Yoruichi, la diosa del shunpo!
Sakura POV
– Por favor no sea demasiado duro con ella… Ya está bastante afligida por la noticia de la muerte de Aizen-taichou.
– Eso no quita el hecho de los problemas que ha ocasionado.
Las voces se escuchaban distantes, como pequeños ecos en mi cabeza. Ugh… Mi cabeza dolía y me daba vueltas ¿Qué había sucedido?
Recordaba estar en la torre de arrepentimiento, intentando liberar a Rukia, entonces Byakuya apareció y atacó a Chad y Ganju, discutimos y apareció Ukitake, y luego el dijo… Ah… Es verdad, mes desmayé tras oír la noticia de la muerte de Aizen.
Aizen había muerto…
Mi corazón se oprimía de tan solo pensar en ello. Desde que había regresado a la sociedad de las almas, me había sentido extrañamente nerviosa en torno a Aizen, pero… eso no quitaba el hecho de que aún sentía un gran cariño hacia él. Ni siquiera había podido compartir tiempo con él desde que llegué, y ahora jamás podré volver a verlo.
De solo pensarlo sentía ganas de romper en llanto, ocultarme en mi cuarto bajo las mantas, y no volver a enfrentar al mundo. Pero… también un sentimiento de inquietud me invadía sobre todo este asunto.
Si Aizen había sido asesinado, mis sospechas de que algo malo estaba pasando en el seiretei se confirmaban, porque estaba totalmente segura de que ni Ichigo ni los demás serían capaces de hacer algo así. Solo queríamos rescatar a Rukia, no queríamos ocasionar más problemas a parte de eso.
¿Quién había matado a Aizen entonces? ¿Por qué?
La falta de información era como caminar sobre un campo minado. Todos podríamos estar en peligro y no lo sabríamos.
– No digo que no la regañe, solo… no sea tan duro con ella… –las voces se escuchaban un poco más claras ahora. Podía identificar esta voz como la voz de Ukitake.
– Siempre has sido realmente débil ante sus encantos. –Yamamoto-jiisan también estaba aquí… eso quiere decir entonces que me habían traído a los cuarteles de la primera división. Tenía sentido… – Ella necesita entender las consecuencias de sus acciones, no importa que tan duro suene.
Entreabrí mis ojos, cerrándolos de nuevo casi inmediatamente. Parpadeé un par de veces intentando acostumbrarme a la luminosidad del lugar. Luego, lentamente comencé a incorporarme. Un pequeño quejido escapó de mis labios mientras lo hacía, alertando así a ambos hombres de mi estado de conciencia.
Inmediatamente Ukitake se acercó a mi lado para ayudarme.
– Con cuidado… –susurró cariñosamente. Su brazo rodeó firmemente mi cintura y con su otra mano tomó la mía, ayudándome a ponerme de pie. – Sufriste un shock y colapsaste… ¿Cómo te sientes?
– Mi cabeza me está matando… –murmuré con algo de dificultad. Mi garganta estaba seca, y mi voz se escuchaba ronca gracias a eso.
– ¿Quieres que te traiga algo? ¿Quieres ir a ver a Unohana? –preguntó Ukitake mostrándose preocupado por mi bienestar.
Negué con la cabeza en respuesta y mi mirada se posó sobre Yamamoto-jiisan.
– Estoy bien… Además, si no me equivoco, jii-san necesita hablar conmigo… –murmuré.
– Sakura… –intentó hablar Ukitake, pero fue rápidamente interrumpido por sotaichou.
– Ukitake, por favor retírate. –ordenó el viejo hombre.
Ukitake parecía reacio a obedecer, pero finalmente, tras lanzarme una mirada de apoyo, se marchó dejándonos a solas.
Por varios segundos nos mantuvimos en silencio únicamente intercambiando miradas. Sabíamos a la perfección lo que iba a suceder, solo lo estábamos retrasando.
– Espero que seas consciente de todos los problemas que ha causado tu pequeña rebeldía. –dijo serio Yamamoto-jiisan. – Te has aliado con el enemigo, has obligado a honorables shinigamis a hacer tu voluntad, has actuado tan impropiamente mientras nosotros aquí teníamos que encargarnos de la muerte de un capitán.
Mi cuerpo se estremeció ante la mención de la muerte de Aizen.
– Yo no he obligado a nadie a hacer mi voluntad… –murmuré infantilmente a modo de defensa.
– Pero sabías que siendo considerada una princesa, cualquier persona aquí querría servirte… Y en vez de instar a los shinigamis a que sigan cumpliendo las reglas, te aprovechaste de la situación. –acusó él. – Estoy realmente decepcionado de ti…
Me mordí el labio y bajé la mirada, sintiéndome extrañamente herida por lo que Yamamoto-jiisan acababa de decir.
– ¿No estás esperando demasiado de mí? –pregunté. – A penas he regresado hace unos días, todavía estoy recuperando mi memoria, ni siquiera tengo un hogar propio, aún tengo que trabajar para recuperar el progreso que había hecho en mi entrenamiento para convertirme en un shinigami… Pero tú esperas que todo sea como antes, que yo sea una niña buena, modelo del cumplimiento de las normas, una especie de símbolo sagrado para todos. Me estás pidiendo mucho…
– Esperaba que por lo menos te quedases fuera de la discusión. Te lo dejé en claro el primer día que llegaste, pero ni bien tus amigos invasores llegaron, te pusiste de su lado.
– ¿¡Qué esperabas!? –espeté levantando mi cabeza, mirando con cierto enojo al hombre que consideraba como un abuelo. – Si no hacía nada les harían daño, cuando todo lo que quieren es rescatar a una persona inocente.
– Kuchiki Rukia ha roto las reglas. –intentó argumentar.
– ¡Pero la pena de muerte es un castigo demasiado grande! –exclamé.
– Ya te he dicho que fue la Cámara de los 46 quien decidió su sentencia. No hay nada que nosotros podamos hacer o decir al respecto.
– Te equivocas… Si no hubiese nada que pudiésemos hacer, no estaríamos intentando rescatarla.
– ¡Pero solo estás rompiendo las reglas al hacer eso! –objetó él. Parecía estar comenzando a perder la paciencia.
– ¿¡Por qué las reglas no pueden cambiarse!? –exigí. – Jii-san… No planeo ser igual que Byakuya, el epítome perfecto del cumplimiento de las normas… Sabes la clase de persona que soy, siempre lo has sabido… –murmuré. – Estoy tratando de hacer lo que creo correcto aquí, y si eso significa que tengo que romper las normas… No voy a quedarme de brazos cruzados.
– Sakura…
– Voy a aceptar el castigo que creas que debes darme… Pero no esperes que cambie mi forma de pensar. –finalicé. Mi mirada era firme.
– Entiendo… –habló Yamamoto-jiisan cerrando sus ojos y tomando un par de respiraciones profundas. – Urahara Shihouin Sakura… Hasta que la situación se controle, te prohíbo que salgas de Kuchiki Manor. Únicamente podrás salir si estás acompañada, y no podrás usar tu influencia para pedirles a otros que te ayuden. Si me entero que has intentado volver a acercarte a los ryoka, tu castigo será mucho peor ¿Quedó claro?
Suspiré y asentí.
– Lo comprendo… Antes de comenzar mi encierro me gustaría hacer una última petición. –hablé con una voz carente de emociones. – Me gustaría ver a Aizen…
