Sakura POV
Dos días habían pasado desde entonces…
No podía salir de la mansión Kuchiki, por lo que gran parte del tiempo me la pasaba dentro de mi cuarto en compañía de Chihiro y, ocasionalmente, Torio. Había estado muy molesta como para acercarme a Byakuya, y el pareció entender esto, por lo que tampoco había venido en mi búsqueda. De vez en cuando Chihiro hacía algún comentario acerca de él, pero generalmente dejaba de prestarle atención cuando oía el nombre de Byakuya ser mencionado.
Tampoco había vuelto a ver a Aizen. Luego de su visita a mi cuarto, había vuelto a desaparecer. Me había dejado indicaciones acerca de no mencionar nada acerca de nuestro encuentro, y de que él continuaba con vida. Había afirmado que cualquier mínima palabra que pronunciase al respecto, pondría en riesgo mi seguridad y la seguridad del seiretei. Como una niña obediente había obedecido.
No había obtenido noticias nuevas sobre Ichigo y los demás, lo cual, de nuevo, lograba ponerme realmente nerviosa. Temía que el gotei 13 los haya atrapado y corriesen la misma suerte que Rukia.
Oh, y Rukia… Cuán sola ha de estar la pobre, esperando su destino…
– Hime-sama… –la suave voz de Torio me hizo volver a la realidad.
Estaba sentada en medio de mi cuarto, con mi vista fija en la taza de té que yacía frente a mí, mientras que Chihiro trenzaba con delicadeza mi cabello. Torio había entrado recientemente al cuarto, aunque no me había percatado realmente en qué momento había sucedido.
– ¿Si, Torio? –pregunté de forma amable haciéndole entender que le estaba prestando atención.
– Kuchiki-sama me pidió que le informase que mañana se llevará acabo el acto de sentencia de la señorita Rukia. Yamamoto-sotaichou espera que usted esté presente.
Un chillido de horror de parte de Chihiro. La taza de té volcándose sobre la mesa, rodando hasta llegar al suelo y romperse. Mi cuerpo temblando por completo.
Aquellas palabras, pronunciadas tan inocentemente por parte de Torio, habían sido como si alguien me hubiese tirada un balde de agua fría.
La ejecución de Rukia sería mañana… Mañana… Mañana ella moriría si no hacíamos algo…
Sin darme cuenta comencé a hiperventilar.
– ¡S-Sakura-sama! ¡P-Por favor tranquilícese! –Chihiro hablaba a mi lado. Sus manos se posaban suavemente sobre sus hombros, realizando pequeñas caricias en un intento de brindarme confort.
No podía. Simplemente no podía tranquilizarme. No sabiendo que, si no hacíamos algo pronto, el tiempo se acabaría, y no lograríamos nuestro cometido.
– D-Dime… D-Dime que es mentira… –no sé cómo me las había arreglado para pronunciar palabra. Mi cuerpo temblaba completamente de pies a cabeza, haciendo que cualquier simple tarea se volviese mil veces más difícil.
– Me temo que es la verdad, hime-sama. Una mariposa del infierno llego esta mañana a la mansión con las noticias. Kuchiki-sama no estaba seguro acerca de compartir las noticias con usted, hime-sama… –explicó Torio. Podía notar la duda en su voz, como si estuviese premeditando cada simple palabra con la intención de no herirme con sus palabras.
– E-Entiendo… –mi voz había salido tan suave que había sido un milagro que ambos sirvientes me escuchasen. – ¿P-Podrían dejarme a solas por favor?
– ¿Está segura, Sakura-sama? –se apresuró a preguntar Chihiro, expresando su preocupación hacia mi persona. – ¿Desea que le traiga algo? ¿Un té? ¿Algo de comida? ¿No quiere darse un baño?
– No. –la interrumpí. – E-Estoy bien… S-Solo… Solo quiero un rato a solas… ¿Podrían darme eso?
La habitación se vio sumida en un breve silencio antes de que ambos decidiesen hacer caso a mi petición. Chihiro se apresuró a limpiar el desastre de la taza de té, y tan pronto como termino, tanto ella como Torio realizaron una respetuosa reverencia hacia mí, antes de abandonar la habitación.
Tan pronto como la puerta se cerró a sus espaldas, me desplomé en mi cama, abrazando una de las almohadas más cercanas, hundiendo mi rostro en este mientras las lágrimas comenzaban a escurrirse de mis ojos.
Me sentía perdida, aterrada. No sabía cuál era el camino que debía recorrer a continuación… y en la soledad de mi cuarto, dejé que todos estos sentimientos fluyeran libremente.
Al día siguiente, mi día comenzó bastante temprano…
No sabía realmente cuándo había caído en brazos de Morfeo, pero si podía decir que una vez despierta, me sentía como un desastre andante.
Mi cabeza dolía fuertemente y mis ojos se sentían hinchados, ambos productos del llanto desconsolado que se había prolongado por varias horas el día anterior. Mi garganta también se sentía seca, y un aura deprimente parecía rodearme. Incluso mis entrañas se revolvían de la angustia quitándome por completo el apetito.
Incluso cuando Chihiro había llegado a mi habitación ofreciéndome una bandeja con un delicioso y nutritivo desayuno, no pude tomar ni un solo bocado.
Entendiendo por lo que estaba pasando por estos momentos, Chihiro no hizo comentarios al respecto y dejó a un lado la bandeja, para luego escoltarme al baño para acicalarme.
La gran bañera fue llenada rápidamente con agua caliente y aceites esenciales de lavanda y jazmín. Y tan pronto como mis ropas fueron retiradas de mi cuerpo, entré a la bañera dejando escapar un profundo suspiro al sentir el agua chocar contra mi piel y relajar mis músculos.
Me quedé completamente quieta y en silencio mientras dejaba que las criadas se encargasen de limpiar mi cabello y cuidar mi piel. Cuando salí del agua, me mantuve igual mientras dejaba que secasen mi cuerpo.
Chihiro me escoltó de vuelta hasta mi cuarto para ayudarme a vestirme y terminar de arreglarme.
Mis vestimentas eran bastante simples hoy. Un simple kimono de color negro liso, sin estampados o adornos. La falda me llegaba hasta los tobillos y los mangas hasta las muñecas; Alrededor de mi cintura, el obi se ataba con fuerza marcando mi delicada figura. El color del obi era el mismo negro exacto que el resto del kimono, y el moño en mi espalda no era demasiado ostentoso; Mis pies estaban vestidos con unas elegantes sandalias negras, las cuales poseían un taco bastante bajo, pero que aún así lograba estilizar mi figura.
Tan pronto como la ropa estuvo en su lugar. Chihiro procedió a arreglar mi cabello y hacer mi maquillaje.
El peinado también era bastante simple. Un simple moño en la sección media de mi cabeza, y unido a él, un pequeño velo negro que caía elegantemente por mi nuca, deteniéndose a la altura de mis hombros.
El maquillaje también era bastante discreto. Solo un poco de brillo de labios, y delineado alrededor de mis ojos.
– Se ve realmente hermosa, Sakura-sama… –me elogió Chihiro una vez que terminó con su trabajo.
– No es una ocasión en la que me gustaría verme hermosa… –murmuré inconscientemente. Mi tono de voz era bastante lúgubre. – Pero aprecio tu trabajo, Chihiro-chan… Supongo que ya es hora de ir.
– S-Si… –tartamudeó ella un tanto descolocada por mi actitud fría. – Kuchiki-sama se ha marchado temprano. Dijo que tenía asuntos importantes que atender, pero nos dejó a mi y a Torio, y a un grupo de guardias, para escoltarla, Sakura-sama. Si así lo desea, podemos emprender ahora mismo nuestro camino hacia la colina del Sokyoku.
Respondí con un leve asentimiento de cabeza para que luego ambas saliésemos de la habitación. Caminamos por los largos pasillos de la mansión hasta llegar a las puertas principales, donde Torio y el grupo de guardias nos esperaban.
A penas presté atención a mi entorno mientras avanzábamos, y en un abrir y cerrar de ojos ya nos encontrábamos allí. Los guardias se despidieron con respetuosas reverencias, mientras que Torio y Chihiro permanecieron a mi lado. Al parecer se les permitía quedarse aquí como mis acompañantes.
Levanté mi mirada para observar mi entorno. No había mucha gente presente… Yamamoto-jiisan y Sasa-jii. Soi Fon y quien, aparentemente, era su teniente. Unohana y su teniente, Isane. Kyoraku y Nanao. Byakuya también ya se encontraba presente.
No había rastros del resto de los capitanes o sus tenientes, lo cual me causaba una gran intriga la cual solo era superada por la angustia que toda esta situación me provocaba.
Por el rabillo del ojo pude ver como unos guardias se hacían presentes escoltando a Rukia hacia la estructura del Sokyoku. Guardé silencio dejando que la ceremonia siguiese su curso.
– Muy bien… –la voz de sotaichou era fuerte y clara a medida que hablaba. Su mirada seria estaba fija en Rukia quien, en contraste, poseía una mirada solemne y desesperanzada. – Que comience la ceremonia. –tan pronto como sus palabras fueron pronunciadas, la gran espada que conformaba al Sokyoku comenzó a liberarse. – Kuchiki Rukia… ¿Quieres decir unas últimas palabras?
Rukia cerró sus ojos, pareciendo meditar por unos segundos la pregunta de Yama-jii, antes de volver a abrirlos y responder.
– Si. Solo una cosa… –murmuró. – Me gustaría hacer una última petición antes de que mi momento llegue… Hace unos días el seiretei se vio invadido por mis amigos humanos, han llegado aquí buscando salvarme de mi sanción a pesar de que les he dicho que no me siguiesen… No son malas personas, y aunque sé que no estoy en posición de pedir nada, pero me gustaría… una vez que me haya ido, que los liberen, y los lleven sanos y salvos de regreso al mundo humano…
– Que así sea… –declaró Yamamoto-jiisan. – Al amanecer, tras tu ejecución, los intrusos serán regresados sanos y salvos tal y como has solicitado.
– Ah… –suspiró aliviada la pelinegra. – Muchísimas gracias…
No pude aguantar más. Las lágrimas comenzaron a surcar de mis ojos. Cubrí mi boca con mis manos, reprimiendo mis sollozos mientras apartaba la mirada. No me atrevía a seguir viendo, no me atrevía a contemplar el momento en el que el alma de Rukia fuese completamente destruida.
– Princesa… –la suave voz de Rukia llamándome hizo que mi cuerpo se tensara. – Por favor, no llore por mí. Ya he aceptado mi destino, estoy bien con esto… –murmuró con calma. – ¿Sabe? Estoy realmente feliz de haber tenido el privilegio de conocerla.
Las cuerdas que rodeaban la gran espada del Sokyoku terminaron de desintegrarse dejando libre la gran arma, dando inicio finalmente a la ejecución.
Cerré mis ojos, esperando que así todo terminase pronto. Mi corazón latía rápidamente con un sentimiento de angustia.
Rukia… Realmente lo siento…
– Nanao-chan. –escuché a unos metros cerca de mí. Era la voz de Kyoraku. – Alegra esa cara. Vas a conseguir que me ponga triste yo también.
El tono en su voz…
– ¿Alegrar? Tampoco es para tanto… –respondió Nanao.
Escuché algunos jadeos y expresiones de sorpresa. Pero aún así no me atreví a volver a abrir mis ojos.
– Hime-sama… ¿Quiere que nos marchemos? –Chihiro preguntó en voz baja al notar mi angustia. – Estará bien si quiere…
– N-No. –negué. – Me quedaré hasta el final… –afirmé volviendo a abrir mis ojos.
Mi vista se maravilló con la forma liberada de la lanza del Sokyoku. Una gigantesca ave de fuego que tenía su vista fija en Rukia.
– La verdadera forma de la lanza del Sokyoku. Es el ejecutor principal. –habló Yama-jii retomando la palabra. – Una vez que atraviese el cuerpo de la sentenciada, la ejecución llegará a su fin.
Los segundos parecían eternos.
Finalmente el ave comenzó a moverse y entonces… todo pareció moverse en cámara lenta. El ave yendo en dirección a Rukia, algo interponiéndose en su camino, el humo cubriendo la zona impidiéndonos a todos ver.
Parpadeé varias veces esperando que de esta forma mi visión se agudizara ¿Qué era lo que había pasado…?
Un jadeo escapó de mis labios cuando el humo comenzó a disiparse. La figura que se había interpuesto entre Rukia y el Sokyoku era…
– ¡Ichigo! –exclamé con una mezcla de incredulidad y alivio.
El estaba bien… El estaba aquí. El iba a salvar a Rukia.
– ¡Esto es ridículo! –exclamó una incrédula Soi Fon. – ¿¡Lo ha parado!? El Sokyoku tiene el poder de un millón de zanpakutos ¿¡Cómo lo ha detenido con una simple espada!?
– Es porque es Ichigo… –murmuré tomando un par de pasos para acercarme a ella. – Solo él podría lograr una locura tan grande…
– P-Princesa… ¿Usted sabía de esto? –inquirió la pelinegra con asombro.
– No sabía que Ichigo se presentaría aquí. –confesé. – Pero estoy feliz de que lo haya hecho…
– ¿A qué se refiere? –un deje de enfado inundaba la voz de la capitana de la segunda división al oír mis palabras. – ¡Son traidores! ¿Usted está de su lado?
– Son mis amigos. –contesté firme. – Rukia e Ichigo, ambos me guiaron de regreso a casa… Ichigo solo está tratando de salvar a Rukia de un destino injusto. No tiene nada en contra del seiretei.
– Aunque diga eso, no puedo aceptarlo. –gruñó Soi Fon.
El Sokyoku aulló llamando nuevamente mi atención. Se estaba preparando para una segunda embestida, y por lo que podía observar, Ichigo estaba listo para dar pelea con tal de proteger a Rukia.
Entonces… Ukitake apareció. Con el cargaba lo que podía recordar como una vieja reliquia de mi clan. Cerca de él lo seguían oficiales de su división.
El cuello del ave fue rodeado por una extensa cadena en cuyos extremos yacían espadas que se clavaron en el suelo. Era el shikai de Ukitake.
– Lamento la demora. Me tomó más tiempo del que creía para liberar el sello. –dijo el capitán de la décimo tercera división con una pequeña sonrisa en sus labios.
– Uff, desde luego. –habló Kyoraku siendo el único que no parecía impresionado con las repentinas acciones de Ukitake. – Has hecho esperar un buen rato a este playboy.
Ellos habían planeado esto todo este rato. Iban a detener la ejecución desde un principio.
Una pequeña sonrisa surcó mis labios mientras sentía una sensación de alivio recorrerme. Toda la preocupación que había sentido en los últimos días se había esfumado, y la esperanza había vuelto a mí.
– ¡Detenlos! –Soi Fon ordenó a su teniente. Por la desesperación en su voz podía ver que ya se había percatado de qué se trataba la reliquia que Ukitake cargaba. – ¡Esos tipos van a destruir el Sokyoku!
Pero antes de que alguien pudiese hacer algo, Kyoraku ya se encontraba junto al peliblanco, listo para llevar a cabo el plan. Envolvió sus manos alrededor de la empuñadura de una de las espadas que estaban clavadas en el suelo, y comenzó a hacer fluir su reiatsu. La energía envolvió las cadenas hasta llegar al ave, destruyéndola por completo.
Una fuerte ola de viento surgió como resultado de sus acciones. Torio se apresuró a rodear mi cuerpo para protegerme hasta que el ambiente se tranquilizó.
Podía sentir como todos estaban incrédulos ¿Por qué un par de capitanes del gotei 13 se habían revelado de pronto? ¿Cómo era posible que destruyesen el Sokyoku? La ira de Yamamoto-jiisan era bastante palpable a pesar de su postura imperturbable.
– Torio, Chihiro. –la voz de Byakuya me hizo sobresaltarme. Mi mirada se dirigió rápidamente hacia él. Su expresión se notaba mucho más rígida de lo normal. Un aura intimidante lo rodeaba. Era bastante claro que se encontraba molesto. – Por favor, escolten de regreso a la mansión a Sakura.
Lo miré incrédula ¿Estaba tratando de apartarme de la situación?
Antes de que Torio y Chihiro pudiesen responder me adelante. Mi mirada se posaba sobre la de él con fiereza.
– No tengo intenciones de irme. –declaré.
– No es algo que puedas negociar. –dijo el pelinegro en respuesta. – Es claro que este lugar se convertirá en un campo de batalla. Te quiero a salvo.
Bueno… Aquello me tomó por sorpresa. Sus intenciones no eran alejarme de Ichigo y los demás que se habían revelado, sino… estaba tratando de mantenerme a salvo.
– No soy tan débil como crees… –murmuré apartando la mirada.
– No te creo débil. Pero hasta que no hagas tu entrenamiento formal como shinigami, no estás en condiciones de pelear.
Apreté los puños con fuerza. Sabía que tenía razón, pero aún así era duro oírlo. Me sentía tan… impotente.
Suspiré con pesar y asentí resignada.
– Está bien, me iré… –murmuré.
El realizó un breve asentimiento en respuesta antes de mirar a los sirvientes que me acompañaban.
– Protéjanla. No podemos darnos el lujo de volver a perder a nuestra princesa.
– Hai, Kuchiki-sama.
Autora POV
– ¿Q-Qué demonios ha pasado aquí? –murmuró con horror Toushiro. Sus ojos se abrían con horror mientras observaba la escena frente a él.
La cámara de los 46, todos… todos estaban muertos. Habían sido asesinados.
Un escalofrío recorrió la columna del capitán. La imagen frente a él solo confirmaba las sospechas que hace tiempo él y Sakura habían estado teniendo: Algo mucho más serio que la invasión de los ryoka había estado sucediendo en las sombras del seiretei.
¿Quién era el responsable? ¿Quién era el enemigo que acechaba desde las sombras?
Tomó un par de pasos para acercarse a uno de los cadáveres. Rangiku lo seguía de cerca. Los dedos del peliblanco rozaron el charco de sangre que se esparcía debajo del cadáver frente a él.
– La sangre se ha secado… –observó de forma analítica. – Está muy oscura y se desprende con facilidad… –frunció el ceño. – No han sido asesinados hoy, ni siquiera ayer…
Su mente daba vueltas intentando encontrar una explicación lógica ¿Cuándo habían sido asesinados? ¿Y por qué nadie se había enterado hasta ahora?
Luego de que Abarai Renji hubiese sido derrotado, a los capitanes se les había informado que se preparasen para la guerra y la sala de reuniones de la cámara de los 46 había sido sellada de forma preventiva para que nadie pudiese acercarse. Hasta ese mismo día, las puertas seguían selladas sin señal de haber sido forzadas, lo que significaba que los concejales que integraban la cámara ya habían estado muertos en el momento que la sala había sido sellada. Todas las decisiones que se habían tomado entonces eran…
– Han sido falsas. –gruñó con enojo Toushiro ¿Cómo había sido posible que los engañaran a todos? La imagen del capitán de la tercera división surcó en su mente ¿Habría sido él? ¿Lo habrían ayudado otras personas?
– Ya me imaginaba que estaría aquí, Hitsugaya-taichou. –una repentina voz se hizo presente alertando tanto al peliblanco como a su teniente. Ambos dirigieron su mirada hacia el dueño de la voz, llevándose una gran sorpresa al ver quien era.
– ¡Kira! –exclamó con sorpresa Toushiro. Su vista estaba clavada sobre el teniente de la tercera división ¿Por qué estaba el ahí? ¿Por qué actuaba como si nada malo estuviese ocurriendo? ¿Acaso él también estaba involucrado en esta masacre? – Imposible… ¿Tú eres el responsable de todo esto? –exigió saber el peliblanco.
El teniente de rubios cabellos no contestó, simplemente les dirigió una simple mirada antes de salir corriendo. Toushiro no perdió tiempo en seguirle.
– ¡A por él, Matsumoto! –le indicó a su teniente quien le seguía de cerca.
Ninguno de ellos notó una silueta que se movía en las sombras. Había alguien más presente en la sala…
Tanto Toushiro como Rangiku continuaban persiguiendo a Kira, corriendo por los tejados de los edificios que conformaban el seiretei. El rubio se mantenía en silencio, limitándose a huir, mientras que Toushiro intentaba hablar con él.
El rubio no parecía tener ningún interés real en pelear con ellos, más bien parecía como si simplemente estuviese intentando distraerlos.
– ¡Espera, Kira! –gritó el capitán de la décima división sin detener su paso. – ¡Responde a mi pregunta! –exigió. – ¿¡Eres tú quien asesino a la cámara de los 46!?
– No… –respondió Kira manteniéndose imperturbable. – Alguien me abrió la puerta y me dejó pasar poco antes de que llegasen ustedes… –confesó.
– ¿¡Te dejó pasar!? –preguntó con sorpresa Toushiro. Por más vueltas que le diese, no lograba atar los cabos sueltos. – ¿¡Quién!?
– ¿No es obvio? –preguntó el rubio. – Los miembros de la cámara.
Una expresión de enojo pintó las facciones del capitán al oír las palabras de Kira ¿Acaso le estaba tomando el pelo? Lo que decía era algo totalmente imposible.
– ¿¡Te crees que soy idiota!? –exclamó con enfado el peliblanco.
– ¿Seguro que está haciendo lo correcto, Hitsugaya-taichou? –preguntó de pronto Kira descolocando a Toushiro por lo extraño de la pregunta. – En lugar de estar persiguiéndome… ¿No debería estar protegiendo a Hinamori?
Los ojos de Toushiro se abrieron con espanto al oír el nombre de su amiga de la infancia ser mencionado.
– ¿De qué hablas? –inquirió. – Ahora Hinamori está…
– Ella ya no está allí. –Kira lo interrumpió antes de que pudiese terminar la oración. – Se ha ido del cuartel de la décima división…
– ¿¡Q-Qué!?
– Usted mismo puso una barrera alrededor de la habitación donde dormía Hinamori, ¿verdad? Concretamente se trataba de una Kyoumon que repele los ataques que se realizan desde el exterior. Por eso la dejó allí sin preocuparse por ella. Pero la barrera puede ser destruida desde el interior más fácilmente de lo que usted cree. –habló el teniente de la tercera división. – Hinamori es una experta en kido, seguro que le resultaría fácil romper esa barrera y rodearse a ella misma con otra barrera para ocultar su reiatsu antes de irse. –los ojos de Toushiro se abrieron como platos. Las palabras de Kira de hecho tenían bastante sentido.
La teniente de la quinta división era, en efecto, bastante hábil con los hechizos de kido. Hacer todo eso sería pan comido para ella.
– ¿Es que no se ha dado cuenta? –preguntó entonces Kira. – Hinamori lo ha estado siguiendo todo este tiempo.
– ¡Matsumoto! –Toushiro llamó a su teniente. – ¡Dejo esto en tus manos!
– ¡Entendido! –respondió una seria Rangiku.
El capitán de la décima división cambió su sentido, volviendo de vuelta en dirección a la cámara de los 46, dejando a la pelinaranja para perseguir al teniente de la tercera división.
El paso de Toushiro era apresurado. Temía que si demoraba más tiempo algo malo podría suceder. Era casi surreal pensar en todo lo que había estado sucediendo bajo sus narices. El seiretei entero podría estar bajo un grave peligro.
Finalmente logró arribar a la sala de reuniones, pero quedó impactado al ver la escena que se desenvolvía frente a sus ojos.
Aizen, seguía vivo… Estaba allí de pie, en perfecto estado. Gin yacía a unos pasos por detrás de él con su característica sonrisa retorcida.
– Ichimaru y… –a penas pudo arreglárselas para pronunciar un par de palabras coherentes, pero fue rápidamente interrumpido por el capitán de la quinta división.
– Hola, Hitsugaya-taichou. –saludó con naturalidad el hombre de cabellos castaños.
– ¡A-Aizen! –exclamó incrédulo Toushiro. – ¿D-De verdad eres Aizen? ¿E-Entonces Sakura tenía razón? S-Sigues vivo…
Una sonrisa ladina surcó los labios de Aizen al oír el nombre de su amada.
– Soy el auténtico Aizen, como puedes ver. –contestó con calma. – En efecto, nuestra querida princesa tenía razón al decir que el cadáver que encontraron no era real… Aún me sorprende el hecho que haya podido descubrirlo, pero… eso solo reafirma mis teorías acerca de su poder. Es sin duda una mujer digna de ser llamada reina. –el peliblanco parpadeaba aturdido, sin saber cómo reaccionar. – De todos modos… –continuó hablando Aizen, ahora dirigiéndose hacia Gin. – Hitsugaya-taichou ha llegado demasiado rápido… Mucho antes de lo que esperaba…
– Lo siento. –se disculpó Ichimaru, aunque no parecía arrepentido, más bien… parecía entretenido con todo lo que estaba sucediendo. – Parece que Izuru no ha sido un buen señuelo.
– ¿De qué… están hablando? –inquirió el capitán de la décima división, aún sin poder salir de su estupor.
– ¿De qué? –repitió Aizen mostrándose divertido ante la actitud asustada del joven frente a él. – Es muy fácil… Hablamos de estrategia. La regla básica de un estratega es dispersar a sus enemigos, ¿no crees?
– ¿"Enemigos" has dicho? –murmuró incrédulo Hitsugaya. – ¿Dónde está Hinamori? –exigió saber.
– Es cierto… Me pregunto dónde estará… –comentó el castaño con inocencia fingida.
– Tú…
Los ojos del peliblanco se abrieron con horror al notarlo. Usando su shunpo avanzó hasta a la habitación que estaba a espaldas de Aizen y Gin. Su cuerpo tembló por completo al ver el cuerpo que yacía tendido en el suelo sobre un charco de sangre.
– H… Hina… mori…
– Que mala suerte. La has encontrado demasiado pronto. –habló Aizen por detrás de él. – Discúlpame, no pensaba darte una sorpresa así. Quizá si la hubiese cortado en pedacitos… Jamás la hubieses encontrado…
– ¿Qué significa esto? Aizen, Ichimaru… –inquirió el peliblanco sin voltearse a verlos. Su voz estaba vacía y su cuerpo se sacudía levemente con pequeños temblores de ira contenida. – ¿Cuánto tiempo hace que están juntos en esto?
– Desde el principio. –contestó con honestidad el capitán de la quinta división. Había sido descubierto ya, no había caso seguir fingiendo ser el amable capitán que todos en el seiretei conocían.
– ¿Eso significa que fingiste tu muerte… Aizen?
– Veo que te cuesta entender las cosas. –murmuró el nombrado. – He dicho "Desde el principio". Desde el momento en que me convertí en capitán… siempre he considerado que él era mi teniente. –dijo refiriéndose al peliplata que yacía de pie junto a él. La sonrisa retorcida de Gin se ensanchó.
– Entonces… Has estado mintiendo… A Hinamori… A mi… A todos los miembros de tu división y al resto de los shinigamis… Incluso a Sakura… ¿¡Te has estado burlando de todo el mundo!?
