Autora POV
– Entonces… Has estado mintiendo… A Hinamori… A mi… A todos los de tu división y al resto de los shinigamis… Incluso a Sakura… ¿¡Te has estado burlando de todo el mundo!?
La expresión en el rostro de Toushiro era de rabia pura mientras se volteaba a ver al culpable de su enojo. El interior del joven capitán era un torbellino de emociones con las cuales no sabía cómo lidiar.
Sentía cólera por la reciente revelación, por saber todo lo que Aizen le había hecho a Hinamori… a todos. También sentía confusión… ¿Cómo era que aquel hombre tan amable era en realidad un lobo disfrazado de cordero? ¿Cómo es que nadie lo había notado?
– No pretendía engañar a nadie, pero ninguno de ustedes ha comprendido mi verdadero yo. –fue la respuesta del hombre castaño. El brillo de sus lentes ocultaba sus ojos de la vista de los demás, y una suave sonrisa tiraba de la comisura de sus labios.
Toushiro podía sentir su propio cuerpo temblar levemente mientras intentaba contener su rabia. No podía dar movimiento en falso. Por más que deseara simplemente ir y cortarle el cuello a Aizen, debía de ser prudente.
– ¿¡Que no te comprendimos!? –repitió en un grito de enojo el peliblanco. – Seguro que sabías que Hinamori te admiraba mucho. Se unió al gotei 13 debido a esa admiración, y se esforzó tanto para llegar a ser teniente precisamente porque quería ayudarte.
– Eso ya lo sé. Es más fácil controlar a una persona si siente admiración por ti. –los ojos de Toushiro se abrieron con sorpresa y horror al escuchar la respuesta de Aizen. – Es por eso que pedí que la asignaran como mi teniente.
– ¿Q…? –la pregunta murió en la garganta del peliblanco. Estaba tan confundido, aterrado y enojado que le era difícil formular una palabra.
– Era una gran oportunidad. –comenzó a explicarse el castaño. – Ya deberías saber, Hitsugaya-kun, que la admiración es el sentido más alejado de la razón.
Se había dicho a si mismo que no debía ser imprudente con sus movimientos, pero escuchar a Aizen hablar tan altaneramente acerca de cómo se había aprovechado de Hinamori había provocado que algo en su interior se quebrara. Rápidamente el capitán de la décima división desenfundó su espada.
Una explosión. Aizen y Gin se movieron con facilidad para esquivar los escombros y no sufrir daños. La temperatura del lugar parecía descender. El humo cubría el lugar haciendo que fuese imposible ver el cuerpo de Hitsugaya. No… No era humo, era vapor… vapor de hielo.
– Bankai. –se escuchó la voz firme del peliblanco a la par que el vapor comenzaba disiparse revelando su figura. Sus piernas y brazos estaban completamente cubiertos de hielo, especialmente su brazo derecho con el cual blandía su zanpakuto. En su espalda podían verse un par de alas y una cola de dragón, también hechas de hielo. Y por detrás de él, flotando en el aire, yacían tres flores de hielo. – ¡Daiguren Hyorinmaru! –exclamó. Su expresión era más relajada, sin embargo, su mirada seguía fija sobre Aizen con un odio claro. – Aizen… Voy a matarte…
Una sonrisa burlona surcó los labios del mencionado.
– No digas cosas tan atrevidas. Te hacen parecer débil. –las palabras que salieron de la boca de Aizen eran una provocación clara, la cual tuvo su efecto cuando Toushiro intentó lanzarse al ataque con una clara intención asesina. Sin embargo, antes de que pudiese si quiera moverse…
Los ojos de Toushiro se abrieron con horror cuando su cuerpo se vio herido y la sangre comenzó a brotar manchando su uniforme ¿En qué momento lo habían atacado? No había percibido movimiento alguno… sin embargo, Aizen estaba detrás de él, con su zanpakuto en mano, siendo el claro autor del ataque.
– Im… posible… –murmuró Toushiro. Su rostro reflejaba su claro temor.
Sabía que Aizen era un shinigami habilidoso y bastante fuerte, no por nada había logrado convertirse en uno de los trece capitanes del gotei. Sin embargo, de todas las veces que había visto al castaño en acción… podía decir con certeza que lo que acababa de suceder no se asemejaba en nada a sus propias memorias. Era casi como… como si Aizen hubiese estado ocultando su verdadero potencial…
Con este pensamiento en mente, Toushiro se derrumbó sobre el suelo a causa de sus heridas.
Aizen observó su alrededor con cierto interés. Su zanpakuto aún estaba en su mano y de ella goteaba la sangre del peliblanco, cayendo al suelo y mezclándose con el hielo que el mismo Toushiro había creado.
– Una vista magnífica. –comentó el castaño. – Aunque no sea la época adecuada… Siempre es agradable ver hielo. Bueno, ¿nos vamos Gin? –preguntó volteándose a ver a su socio, sin embargo, se detuvo al ver que el peligris estaba observando algo, o más bien a alguien.
– Así que estás aquí como me imaginaba, Aizen-taichou. –la voz suave y elegante de una mujer llenó la habitación. Allí, frente a ellos, seguida de cerca por su teniente, estaba la capitana de la cuarta división, Unohana. – No… Ya no puedo dirigirme a ti como capitán. Criminal, acusado de alta traición… Sosuke Aizen. –dijo la pelinegra. Su expresión era seria mientras su mirada se clavaba en la persona que, hasta hace poco, había considerado un compañero.
– Unohana-taichou. –habló Aizen como si estuviese recibiendo a una vieja amiga a tomar el té – Sabía que no tardarías en aparecer ¿Cómo se te ocurrió venir aquí? –preguntó con interés.
– Solo hay un lugar realmente restringido a la mayoría de la gente… –contestó la pelinegra. – Si buscabas un sitio para esconderte y poder fabricar ese detallado cadáver falso está claro que este es el lugar idóneo.
– No está mal… –habló el castaño alabándola por sus suposiciones. – Es un buen razonamiento, pero has cometido dos errores: En primer lugar… no he venido aquí para esconderme. –hizo una pequeña pausa mientras observaba el ceño fruncido de Isane y la expresión seria de Unohana. – Y en segundo lugar… Esto no es un cadáver falso.
Los ojos de ambas mujeres se abrieron con asombro y horror al ver como Aizen sostenía lo que parecía ser una replica exacta de su cuerpo ¿De dónde había salido ese cuerpo? Si hace tan solo unos segundos no estaba allí.
– ¿C-Cuándo se lo ha…? –murmuró impactada la teniente de cabellos grises. Si ese cuerpo era realmente el cadáver que Aizen había usado para engañar a todos y fingir su muerte, se suponía que debía estar en los cuarteles de la división médica.
– ¿Cuándo me lo he llevado? –inquirió de forma retórica Aizen completando la pregunta que Isane no había logrado terminar de formular. – Lo he tenido en mi mano todo el tiempo. Simplemente… no quise mostrárselos hasta ahora.
– ¿Q…? ¿Qué quiere decir? –exigió Isane.
– No tardarán en descubrirlo, voy a mostrarles… –dijo Aizen mostrándose divertido ante las expresiones anonadadas de las líderes de la cuarta división. – Dispérsate… Kyouka Suigetsu.
En un abrir y cerrar de ojos el cadáver que Aizen sostenía tomó la espada de su propia zanpakuto la cual dejó caer, haciendo que quedara verticalmente clavada sobre el piso.
Las expresiones de Isane y Unohana reflejaban las emociones que estaban sintiendo en aquel momento frente a lo que acababan de ver: confusión, temor…
– Esta es mi zanpakuto, Kyouka Suigetsu. –habló el castaño. – Y su habilidad se llama "hipnosis total".
– No… –balbuceó la peligris. – Usted nos dijo que su Kyouka Suigetsu era una zanpakuto de agua… y se servía de niebla y corrientes de agua para hacer que sus enemigos luchasen entre ellos ¡Reunió a los tenientes y lo mostró delante de todos nosotros! –el tono de voz de Isane comenzaba a escucharse cada vez más desesperado mientras intentaba comprender qué era lo que estaba sucediendo.
– Entiendo… –dijo de pronto Unohana captando la atención de su teniente. – Eso es la ceremonia de la hipnosis, ¿verdad?
– Así es. –afirmó Aizen. – La "hipnosis total" es capaz de controlar los cinco sentidos de mis rivales, de forma tal que confundan la apariencia, peso, tacto y olor de cualquier objeto. Es decir, puedo hacer que vean dragones en lugar de moscas, o un jardín de flores en lugar de un pantano. Sólo es necesario que mi rival observe el momento en que libero mi Kyouka Suigetsu. Cualquiera que lo haya visto en algún momento queda sumido en una profunda hipnosis y se convertirá en mi marioneta cada vez que libere mi zanpakuto.
– Que lo haya visto en algún momento… –murmuró Unohana. Sus ojos reflejaron su horror ante la realización de lo que las palabras de Aizen implicaban.
– Te has dado cuenta ¿No? –preguntó Aizen mostrándose divertido ante las reacciones de la mujer frente a él. – Para quedar hechizado hay que ver la liberación al menos una vez… Y eso significa que las personas ciegas son inmunes a mi poder. En otras palabras, Kaname Tousen ha sido mi aliado desde el principio.
Sakura POV
Mis pasos eran lentos mientras avanzaba a través de las calles del seiretei de camino a la mansión Kuchiki. A unos metros por detrás de mi caminaban Torio y Chihiro, intentando mantener una distancia "respetable" con respecto a mí.
Un suspiro pesado escapó de mis labios dejando en evidencia mi mal humor.
Realmente no estaba feliz con la idea de volver a casa y refugiarme cuando algo grande estaba pasando en el seiretei. Podía sentir el reiatsu de todos, podía escuchar las explosiones a la distancia… varias batallas estaban llevándose a cabo. Incluso podía sentir que mamá también estaba metida en todo esto.
La situación me tenía sumamente preocupada por todos.
Doblé en una esquina, deteniéndome en seco al notar una figura corriendo en mi dirección. Mi primera reacción fue asustarme, sin embargo, al percatarme de quién se trataba, una sonrisa apareció en mi rostro: era Renji y en sus brazos cargaba a Rukia.
– ¡Renji! –exclamé para llamar su atención y que se detuviese.
– ¿¡P-Princesa!? –chilló sorprendido luchando por detenerse. Fue un tanto cómico ver como casi tropezaba y caía mientras que Rukia le reclamaba que tuviese más cuidado.
– Oh, me alegro tanto que ustedes estén bien. –dije envolviéndolos en un fuerte abrazo, interrumpiendo su sesión de disputas.
– ¿Qué está haciendo aquí princesa? –Renji fue el primero en decir algo.
– Oh… Estaba regresando a la mansión Kuchiki. –deje escapar un pequeño bufido. – No es que realmente yo quiera hacer eso, pero…
– Pero es más seguro para ti estar allí mientras todo esto pasa. –habló Rukia terminando mis palabras.
Asentí confirmando sus palabras.
– ¿Han sabido algo de los demás? –me atreví a preguntar.
Renji se apresuró a negar con la cabeza.
– Me fui de allí tan rápido como Ichigo me dijo que me llevara a Rukia. –explicó el pelirrojo. – Pero creo que se puede decir que la situación está algo movida… Incluso Yamamoto-sotaichou parece estar peleando. Es la primera vez que siento su reiatsu de esta forma, es… abrumador.
– Sakura-sama… No quiero interrumpir, pero, realmente debemos volver a la mansión. –habló tímidamente Chihiro. – Byakuya-sama nos ha dado ordenes claras de ponerla a salvo…
– Chihiro… –intenté replicar, sin embargo, me detuve al oír pasos acercándose a nosotros. Levanté mi mirada a tiempo para notar al capitán de la novena división acercándose a nosotros, deteniéndose a tan solo unos pocos metros de distancia.
– ¿T-Tousen-taichou? –oí a Renji hablar a mi lado. Su voz estaba embebida con miedo y confusión. – ¿Qué hace aquí?
El hombre de tez morena respondió, en cambio elevó su mano derecha, mostrando una cinta blanca.
– ¿Qué sucede, Tousen-sa…? –mis palabras murieron en mi garganta mezcladas con un chillido de sorpresa al ver como la cinta comenzaba a envolverse alrededor de nosotros creando una especie de domo.
– ¿¡Qué es esto!? –exclamó Renji mostrándose igual de impactado que yo.
Cuando las cintas se disiparon mis ojos se abrieron con sorpresa y confusión al ver que nos encontrábamos de vuelta en la cima del monte Sokyoku.
– ¿Qué significa esto? –inquirió Renji quien yacía de cuclillas a un lado de mí, aun cargando a Rukia en sus brazos.
– Bienvenidos.
La voz masculina tan familiar resonó a nuestras espaldas. Me volteé rápidamente para encontrarme con la imagen de Aizen, y a su lado yacía de pie Gin.
– ¿Aizen-taichou? ¿Cómo es que está vivo? –preguntó el teniente de la sexta división mientras miraba con asombro al capitán de la quinta división a quien, hasta hace unos segundos, había creído difunto.
– ¡Aizen! –exclamé aliviada al verlo allí.
A diferencia de Renji, yo era consciente de que el castaño realmente estaba vivo, y verlo allí de pie me dio un cierto aire de tranquilidad. Rápidamente me encontré a mí misma corriendo hacia él, ignorando los llamados de Renji y Rukia para que no me moviera. Llegué frente a él y sin dudarlo rodeé su torso con mis brazos, tomándolo en un fuerte abrazo. Pude percibir como me brindaba una cálida a la par que alzaba su mano para acariciar de forma cariñosa mi cabeza.
– Pareces realmente emocionada por verme, hime-chan… –comentó Aizen. – Descuida… Tan pronto como todo esto termine pasaremos todo el tiempo del mundo juntos.
Sus palabras me extrañaron bastante. No solo por no entender a lo que se estaba refiriendo, sino por el hecho de que sentía que ya había escuchado eso antes.
"Cuando todo esto termine"
Un agudo dolor atravesó mi cabeza mientras intentaba descifrar dónde había escuchado aquello. Perdida en mis pensamientos, a penas pude notar como Aizen le hacía un gesto a Gin antes de apartarme de él y tomar un paso hacia delante, manteniendo su visión fija en Renji y Rukia.
– Será mejor que dejes a Kuchiki Rukia en el suelo y te apartes, Abarai-kun.
– ¿Qué…? ¿Qué acaba de decir? –inquirió el pelirrojo. Aún lucía sorprendido por el hecho de ver a Aizen frente a él, pero también sonaba confundido por la orden que el castaño acababa de dar… Y debía admitirlo, también me sentía confundida al respecto.
– Vaya, vaya… ¿Es que eres sordo? Estúpido entrometido, no me obligues a repetírtelo. –un nudo se formaba en mi pecho conforme escuchaba a Aizen hablar ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué se comportaba así? – Más vale que dejes a Kuchiki Rukia en el suelo y te apartes. Eso he dicho, Abarai-kun.
"Para la princesa, los capitanes y tenientes del gotei 13, y para los ryoka" –me sobresalté al oír repentinamente aquella voz. Realmente no lograba comprender la situación en la que me encontraba. – "Soy la teniente de la cuarta división, Isane Kotetsu ¿Me escuchan todos? Mi capitana, Unohana Retsu, les envía un mensaje urgente a través de mí. Por favor escúchenme con atención. Lo que les voy a contar es la pura verdad"
A medida que escuchaba las palabras de Isane mis ojos se abrieron con horror y el nudo en mi pecho se acrecentaba. Mi mirada se posó sobre Aizen sin poder creer lo que escuchaba. Mi cuerpo comenzó a temblar, mis piernas me fallaron haciéndome caer de rodillas al suelo. Lágrimas se acumularon en mis ojos y de pronto sentía una repentina necesidad de vomitar.
Aizen… El hombre en el que había confiado, aquel que siempre me hacía sonreír cuando era pequeña… Él… ¿Él era el causante de todo lo que había estado sucediendo en el seiretei? ¿Él era el villano aquí?
Deje de entender lo que pasaba a mi alrededor, en lo único que podía pensar era lo traicionada y usada que me sentía.
Autora POV
– Me niego. –habló firmemente Renji.
Luego de escuchar lo que había escuchado por parte de Isane, estaba claro que no podía dejar que Aizen se acercara a Rukia. Incluso debía buscar la forma de apartar a Sakura de él.
Su mirada se dirigió brevemente a la princesa quien parecía estar atravesando una crisis nerviosa por la información recién adquirida. No había que ser un genio para saber que la traición de Aizen era un hecho que había afectado en gran demasía a la pelirrosa.
Nuevamente dirigió su mirada hacia el culpable del estado actual de la princesa, atento a cualquier movimiento.
– ¿Cómo dices? –inquirió el hombre de cabellos castaños luciendo entretenido por la repentina negativa del pelirrojo.
– Me niego. Eso es lo que he dicho, Aizen-taichou. –se repitió el teniente de la sexta división intentando mostrarse firme ante el traidor.
– Ya veo… –murmuró Aizen. A sus espaldas Gin hizo un movimiento dispuesto a desenfundar su zanpakuto y atacar al pelirrojo por haberse negado a las ordenes de Aizen, sin embargo, un rápido gesto del castaño lo hizo detenerse. – Eres un cabezota, Abarai-kun. Si no quieres alejarte de Kuchiki Rukia, no me dejas otra opción. Te lo pondré fácil: Puedes seguir rodeando a Rukia con tus brazos, pero aparta el resto de tu cuerpo. –dijo mientras comenzaba a desenfundar su espada.
