Autora POV
Renji respiraba agitadamente. Su cuerpo estaba cubierto de sangre y heridas, y aun así él luchaba por mantenerse firme, sujetando con un brazo a Rukia, mientras que con su mano libre empuñaba con Zanpakuto demostrando que aún podía dar pelea.
La mirada de la joven pelinegra se posaba con horror y preocupación sobre su amigo de la infancia. Temía por su vida, temía que Aizen lo matara solo porque él era tan terco para protegerla. Deseaba con tantas ansias ayudarlo, pero no poseía sus poderes, ahora mismo su fuerza era tal como la de un habitante de Rukongai.
– Qué lástima… –habló con calma Aizen sin inmutarse por la escena frente a él. – Te has convertido en un experto esquivando golpes, Abarai-kun. Has crecido, y eso me alegra… Sin embargo, preferiría que dejaras de resistirte. Es difícil controlar la fuerza cuando quieres apartar a una hormiga sin pisarla. –dijo.
Su mirada se dirigió brevemente a la joven princesa de cabellos rosados que seguía de rodillas temblando. Hizo una rápida nota en su mente para recordar crear una nueva ilusión en ella una vez que todo hubiese terminado. Después de todo… no quería que su amada futura esposa lo odiara.
Dirigió nuevamente su mirada al frente, donde Renji y Rukia estaban.
– Como tú antiguo superior, no quisiera tener que matarte. –comentó el castaño, aunque la verdad es que no podría importarle menos cuántas vidas tendría que acabar con tal de cumplir su gran objetivo.
El pelirrojo respiró pesadamente mientras su mirada se posaba con rabia sobre el traidor.
– Así que… No quieres matarme por haber sido mi superior. –habló Renji. – Entonces… ¿¡Por qué has matado a Hinamori!? –exigió colérico.
– Lo de Hinamori-kun era inevitable. –contestó Aizen restándole importancia al asunto, como si el simple hecho de haber atentado contra la vida de su ex teniente fuese equiparable a aplastar una mosca. – No puede vivir sin mí, yo mismo me encargué de eso… ¿No crees que le hice un favor matándola? –preguntó tomando por sorpresa a Renji
El pelirrojo al igual que muchos otros en el seiretei conocía desde hace bastante tiempo a la teniente de la quinta división. Eran amigos, y aunque generalmente no fuese algo que pronunciara seguido, Renji sentía un cariño fraternal por la castaña. Él sabía a la perfección el amor que Hinamori sentía por Aizen, por ende, al escucharlo decir con tanta naturalidad que haber matado a Hinamori había sido algo bueno, no hacía más que aumentar su ira.
– Lo cierto es que no quería acabar con ella personalmente. –admitió el castaño. – Por eso me tomé tantas molestias para que se peleara con Kira-kun y Hitsugaya-kun, y se mataran entre ellos… Pero no salió como esperaba, así que no tuve más remedio que matarla yo mismo.
– Ya veo… –murmuró Renji. – Hinamori… Kira… Eran como marionetas en tus manos…
– Igual que tú, Abarai-kun.
– Ahora tengo claro que no eres el capitán Aizen que conocía. –dijo con firmeza Renji. – No sé qué motivos tendrás, pero no me importa morir. Jamás te entregaré a Rukia.
– Así que no soy el capitán Aizen que conocías, ¿eh? –se burló el capitán traidor. – Lo siento mucho, pero eso es una ilusión, Abarai-kun. El Sosuke Aizen que conocías, jamás existió.
Aquellas palabras fueron como un detonante. Invocando la liberación de su Zanpakuto, Renji se lanzó al ataque, dispuesto a dar todo de sí mismo para detener a Aizen.
– Shikai… Supongo que es lo mejor que puedes hacer con ese cuerpo lleno de heridas… –murmuró Aizen. – Pero… Lo sabes de sobra. –dijo apenas moviéndose para bloquear el ataque con su propia Zanpakuto. – Tu shikai no te servirá de nada.
– ¿¡Qué sabrás tú!? –gritó enfurecido el pelirrojo antes de lanzar otro ataque. El cual, para su gran sorpresa, fue detenido con nada más y nada menos que las manos desnudas de Aizen.
– Como pensaba de los tres, tu eres el más problemático de todos, Abarai-kun. –continuó hablando Aizen con una naturalidad tal que indicaba que ni siquiera estaba haciendo un gran esfuerzo para bloquear los ataques del teniente de la sexta división.
Tomando la hoja de Zabimaru con una de sus manos y empuñando su Zanpakuto con la otra, Aizen logró destrozar el arma del pelirrojo quien abrió sus ojos de par en par al ver a su Zanpakuto ser destruida con tanta facilidad.
– Estaba seguro… –habló nuevamente el castaño. Renji aún no alcanzaba de salir de su asombro cuando el punzante dolor en su hombro, seguido de un torrente de sangre se hizo presente ¿En qué momento había sido atacado? Ni siquiera lo había visto moverse. – Desde el momento en que los conocí a los tres, sabía que me serían de utilidad. Por eso, cuando ingresaron al gotei 13, los tres fueron colocados en la quinta división. Más tarde, los dos más útiles pasaron a estar directamente bajo órdenes mías y de Gin. –explicó refiriéndose a Kira y Hinamori. Mientras hablaba, avanzaba acercándose a Renji quien se encontraba en cuclillas tres haber recibido el ataque. – Tú eras el que daba más problemas, por eso te envié a otra división. Ahora me doy cuenta de que no me equivocaba. Último aviso: Suelta a Kuchiki Rukia y apártate.
– ¡E-Espere Aizen-taichou! Yo… –intentó hablar Rukia.
– Me niego. –Renji la interrumpió tomándola por sorpresa.
La mirada de la pelinegra se posó con gran preocupación sobre su viejo amigo.
– Renji…
– Te dije que no hablaras, Rukia. –gruñó el pelirrojo gracias a las heridas que poseía. – No pienso entregarte ¿Crees que sería capaz de dejarte aquí, estúpida? –a pesar del dolor y la sangre que chorreaba de su boca, Renji se las había arreglado para esbozar una sonrisa a su amiga.
– Entiendo… –habló Aizen. – Es una pena.
El castaño traidor levantó su espada listo para darle el golpe de gracia al pelirrojo, sin embargo, el golpe nunca llegó. La Zanpakuto de Aizen había sido bloqueada por una espada negra, y su portador no era nada más y nada menos que Ichigo.
– ¿Qué haces ahí agazapado? –el pelinaranja le habló a Renji con una sonrisa confiada en sus labios. – Estoy aquí para ayudarte, Renji.
El pelirrojo se incorporó una vez más, su vista estaba fija sobre el ryoka a quien ahora consideraba un compañero.
– Ichigo… Gracias… Por habernos salvado…
– ¿¡Qué!? –exclamó el shinigami sustituto al oír el agradecimiento del teniente de la sexta división. Su mirada había abandonado a Aizen y ahora miraba con molestia a Renji. – Parece que cargar con Rukia te ha agotado ¿O es que escapar es demasiado duro para ti? –se burló logrando irritar al pelirrojo, comenzando así una infantil discusión en el momento menos oportuno.
– Lo había visto llegar, pero pensé que sería mejor no intervenir. –Gin le informó a Aizen mientras ambos observaban la escena frente a ellos.
– Oh, tranquilo. –respondió el castaño sin inmutarse. – Encargarme de dos motas de polvo en lugar de una, no supone ninguna diferencia para mí. –terminó de pronunciar llamando la atención de sus contrincantes.
– Así que… ¿Ese es Aizen? –inquirió Ichigo retomando su postura seria.
– Sí…
Su mirada se dirigió por breves segundos hacia donde estaba Gin. A unos metros de él yacía Sakura de rodillas, su cuerpo temblaba completamente. Las manos del pelinaranja se aferraron con más fuerza en la empuñadura de su Zanpakuto al notar el estado de la joven pelirrosa.
– ¿Aún te quedan fuerzas para correr? –le preguntó a Renji.
– Sí, pero no pienso huir. –fue la respuesta del pelirrojo.
– ¿Qué di…?
– Tengo un plan. –Renji lo interrumpió antes de que pudiese terminar de formular su pregunta. – Tengo un plan. –afirmó. – Aunque Zabimaru se haya roto, aún puedo hacer algo. Voy a luchar. –dijo con firmeza. – De todas formas, tenlo claro: No sirve de nada ponerse a correr. No puedo decir que pueda vencerlo, pero puedo intentar inmovilizarlo… Así podremos salir de esta colina…
Ichigo lo escuchó con cuidado.
– Bien… Entonces no hay otra salida. –murmuró el ryoka. – ¡Tenemos que unir nuestras fuerzas! –una sonrisa se plasmó en los labios del pelinaranja al pronunciar tales palabras. Parecía entusiasmado ante la idea de luchar a la par de Renji.
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El suelo temblaba debajo de ella gracias al combate que se estaba desarrollando, pero apenas lograba ser consciente de ello. Ocasionalmente podía sentir como Gin la tomaba por la cintura y la arrastraba para apartarla de las zonas de riesgo, cada vez que un ataque pasaba demasiado cerca de ella.
Su mente estaba tan lejos de aquel lugar. En ella se repetían una y otra vez las imágenes de sus recuerdos, aquellos en donde ella era pequeña y jugaba alegremente con un amable Aizen, aquel hombre que siempre la había consentido, aquel hombre que siempre la había cuidado… Aquel hombre que ahora resultaba ser un traidor para la sociedad de las almas.
El corazón de Sakura se encontraba dividido en dos. Una parte de ella quería aferrarse a sus recuerdos y decir que Aizen era un hombre bueno, que solo estaba haciendo todo aquello por una razón mayor… Pero la otra parte de ella se sentía tan dolida por las mentiras, tan decepcionada… Aquella parte era la que le incitaba a ponerse de pie y hacer lo correcto, evitando que Aizen concretara sus planes, pero… ¿Cómo podría? No poseía técnicas de combate, había estado lejos del seiretei muchos años, incluso su reiatsu aún no estaba al cien por ciento regenerado… ¿Cómo podría enfrentarse a un hombre tan fuerte?
"Sakura-sama…" –aquella voz susurro en sus oídos, casi imperceptiblemente. – "¿Se ha olvidado de todo? Llame mi nombre, y la ayudaré…"
Un destello brilló en los ojos jade de la joven princesa al oír aquellas palabras.
"Tú nombre…" –repitió en su mente la pelirrosa.
"Sí, Sakura-sama, diga mi nombre y estaré ahí para usted…"
"Tú nombre… Tú nombre es…"
El cuerpo de Sakura dejó de temblar. Levantó la mirada llena de convicción, posándola sobre Aizen quien se encontraba frente a una aterrada Rukia. Tanto Renji como Ichigo estaban tendidos sobre el suelo, llenos de sangre y heridas provocadas por el capitán traidor.
Lentamente se puso de pie y comenzó a avanzar hacia ellos.
– ¡Aizen! –lo llamó. Su voz era firme, su mentón se mantenía en alto. Toda su postura indicaba fortaleza.
Al escuchar su nombre en la voz de la pelirrosa, tanto Aizen como Rukia voltearon sus miradas hacia ella.
– S-Sakura-hime… –tartamudeó Rukia.
– ¿Q-Qué haces Sakura? ¡Vete de aquí! –habló con dificultad Ichigo gracias a sus heridas.
La pelirrosa negó en respuesta, y para sorpresa de todos apuntó a Aizen con una Zanpakuto… Su propia Zanpakuto.
– ¿A qué estás jugando, querida Sakura? –preguntó Aizen no tomando en serio las amenazas de su amada.
– No digas mi nombre con tanta naturalidad… traidor. –gruñó la princesa.
La sonrisa en los labios del castaño se transformó en una mueca ante la hostilidad de la mujer. No deseaba luchar contra ella, pero ella parecía bastante dispuesta en convertirlo en un enemigo.
– ¿Piensas que puedes hacer algo contra mí, querida? –inquirió con burla Aizen. – Las cosas ya están hechas, y pronto tú y yo estaremos lejos de aquí.
La princesa afirmó su agarre en la empuñadura de la Zanpakuto.
– Cuando era tan solo una niña… Este mundo decidió otorgarme el título de "princesa", algo que nunca antes se había visto en la sociedad de las almas. En aquel entonces no le daba mucha importancia al título, pensé que solo era un apodo de cariño, era demasiado inocente para notar las expectativas que tenían sobre mí… –murmuró Sakura. – Cuando recuperé mi memoria, pensé que el título era algo bastante exagerado… No creía tener nada en especial que me destacara de cualquier otro shinigami ¿Por qué querrían a una chica corriente como yo como su princesa? –hizo una pequeña pausa mientras miraba fijamente al castaño. – Pero si este mundo insiste en llamarme de ese modo, pienso honrar el título que se me fue otorgado. Sé que en mi condición actual no debo ser una gran contrincante para ti, pero mientras siga siendo Sakura, la princesa de los shinigamis, daré hasta mi último aliento para detenerte…
– Sakura-hime…
– Sakura…
– Hime-sama…
Antes de que alguien más pudiese hacer o decir algo, la escena se vio interrumpida por el capitán Komamura, quien había llegado a la escena planeando atacar a Aizen quien apenas se inmutó, deteniendo el ataque con sus manos.
– Hacía mucho tiempo, que no veía tu verdadero rostro. –comentó Aizen a Komamura, decidiendo ignorar por completo lo dicho por la pelirrosa. En su mente, la joven solo estaba confundida. Tan pronto como todo terminara, la llevaría con él, pues ella sería parte de sus planes, aunque no lo quisiera. – ¿Por qué lo has hecho, Komamura-kun?
– ¿Cómo…? ¿¡Cómo puedes seguir sonriendo de esa forma Aizen!? –gritó el hombre de aspecto canino, indignado por lo que sus ojos veían. – ¡Nunca te perdonaré que nos hayas traicionado! –despotricó planeando continuar con su ataque.
– ¡Komamura-san cuidado! –exclamó Sakura interponiéndose antes de que Aizen pudiese hacerle daño.
– S-Sakura-hime…
– Ara. Debo darte crédito… Incluso sin la destreza de un shinigami, tienes los reflejos suficientes para detener mis ataques. –elogió Aizen mirando a su amada. – No, no es eso… Es que no te ves afectada por la hipnosis total de mi Kyouka Suigetsu, lo cual es aún más impresionante ¿Cómo lo has hecho? ¿Acaso es el poder de esa Zanpakuto que empuñas? Tan fascinante y desafortunado, ya no podrás caer en mis ilusiones…
– ¿Por qué alguien que aclama amarme necesitaría mantenerme bajo la farsa constante de una ilusión? –atacó la pelirrosa ganándose una risa de parte de Aizen en respuesta.
– Eres realmente adorable cuando intentas ser agresiva… Como un pequeño gatito que ataca sin tener garras. –dijo con burla. Decidió ignorar a la pelirrosa y avanzar una vez más hacia Rukia. – Estábamos hablando, ¿verdad? –le preguntó a la pelinegra mientras dejaba una pequeña caricia en su mejilla. – Escúchame Kuchiki Rukia, lo primero que hice cuando te descubrimos en el mundo mortal fue matar a la cámara de los 46.
– ¿Eh?
– Seguramente Isane les dijo "Sosuke Aizen fingió su muerte y desapareció", "Más tarde mató a la cámara de los 46", pero se equivoca. Los maté a todos en cuanto te encontraron y luego liberé a Kyouka Suigetsu dentro de la sala de reuniones. A partir del momento en que conseguí simular que seguían vivos y reuniéndose, era imposible que alguien se diera cuenta, aunque entrara a la sala. De todas formas, ni los capitanes pueden entrar a la sala a menos que la cámara lo permita, así que uno de nosotros tres siempre estaba en la sala de reuniones. Hemos estado suplantando a los 46 miembros hasta ahora, emitiendo todas las órdenes.
Las miradas de todos eran de incredulidad. Si lo que Aizen decía era cierto, aquello significaba que todo el tiempo habían estado bajo la mentira de su plan, actuando como peones ignorantes.
– Para asegurarnos de que serías capturada, enviamos a buscarte a dos miembros de la sexta división. Y para alejarte de los humanos, hicimos que te quitaran el gigai inmediatamente y lo destruyeran. Con el fin de eliminar por completo tu alma y extraer el Hougyoku, decidimos utilizar el Sokyoku para tu ejecución. –Los puños de Sakura se apretaron con fuerza. Aquello lo explicaba todo… Si los miembros originales de la cámara de los 46 hubiesen estado vivos, jamás hubiesen dictaminado una sentencia de muerte. – Solo abandonamos la sala de reuniones unas cuantas horas durante las reuniones de capitanes. Después de eso, fingí mi muerte y me oculté, porque imaginaba que quizá lograrías evitar la ejecución. –hizo una pequeña pausa. – Solo hay dos formas de extraer un cuerpo extraño de un alma: Destruir completamente esa alma, "el cascarón", mediante el Sokyoku, que tiene un alto poder destructivo; O manipular de algún modo el alma para forzar que esta se descomponga. –A medida que sus palabras continuaban, rebuscaba entre los pliegues de su uniforme hasta sacar un pequeño artefacto desconocido para los demás presentes. Una especie de cilindro cuya funcionalidad era desconocida. – Si fallaba la opción del Sokyoku, había que descubrir la otra forma. Tuvimos que recurrir a la gran biblioteca espiritual donde está reunido todo el conocimiento de la sociedad de las almas… Estudié concienzudamente todas las investigaciones de Urahara Kisuke. Había inventado un método para introducir sustancias en un alma, por lo que supuesta que también debía existir un método para extraerlas.
La energía comenzó a fluir en el lugar. Ante la mirada de todos los presentes, el cilindro que antes se encontraba entre los dedos de Aizen, ahora envolvía el brazo derecho del hombre, mientras que con su otra mano sostenía a Rukia por el cuello de la ropa. Alrededor de ambas personas comenzó a formarse un circulo con picos.
Alarmada por la situación, Sakura comenzó a correr en dirección a ambos, pero no había podido ser lo suficientemente rápida. Sus ojos se abrieron con horror al ver como el brazo de Aizen atravesaba la delgada figura de Rukia.
Un agujero se formó en el pecho de la pelinegra, justo donde su mano había impactado, y en aquel mismo agujero, Aizen pude contemplar el objeto que tanto había estado buscando. Con cuidado tomó el Hougyoku, dejando caer a Rukia al suelo mientras que su brazo volvía a la normalidad.
– Que sorpresa. –murmuró el castaño analizando el pequeño orbe en su mano. – No esperaba que fuera tan poca cosa. Esto es… el Hougyoku. –afirmó para luego posar su mirada sobre Rukia, notando como el agujero en su pecho comenzaba a cerrarse gradualmente. Colocó sus dedos sobre la vena de su cuello, notando como su pulso estaba presente. – Oh, el alma no sufre ningún daño, ¿eh? –habló mientras guardaba el Hougyoku. – Un método excelente. –elogió. – Pero es una lástima… Porque ahora, ya no me sirves. –la agarró por el collar de retención que abrazaba su cuello, y la levantó en el aire. – Acaba con ella, Gin.
Los ojos de Ichigo se abrieron con horror observando la escena. Aún si Aizen ya había obtenido lo que deseaba, planeaba matar a Rukia de todas formas, y el aún no era capaz de moverse como para acudir en su auxilio.
– Es la única manera… –murmuró el peliplata acudiendo a las órdenes de su compañero. Comenzó a desenvainar su zanpakuto mientras daba un par de pasos avanzando. – Dispárale… ¡Shinsou!
La zanpakuto del capitán de la tercera división comenzó a alargarse a una gran velocidad, buscando como objetivo el cuerpo de la joven Kuchiki quien no podía hacer más que observar débilmente esperando el golpe que acabaría con su vida. Pero aquello nunca sucedió. Antes de que la zanpakuto de Gin pudiese atravesarla, dos personas se interpusieron salvándola.
Rukia observó con asombro como su hermano mayor la sostenía en brazos, mientras que Sakura bloqueaba el ataque con su propia Zanpakuto.
– ¡Hermano!
La espada de Gin comenzó a volver a su forma original tras haber fallado su objetivo. El rostro de Gin no presentaba emociones, mientras que su mirada estaba fija sobre la princesa de los shinigamis.
– Esto termina aquí. –anunció con seriedad la pelirrosa. – Si quieren asesinar a Kuchiki Rukia deben pasar sobre mí. –gruñó la pelirrosa. – Brilla… Hikari no Yosei.
La empuñadura de la zanpakuto de Sakura se volvió completamente dorada, mientras que la hoja de la espada comenzó a emitir una radiante luz.
Los presentes no podían estar más sorprendidos. Después de todo, no era común que alguien que a penas había obtenido su zanpakuto lograse liberarla tan fácilmente. Incluso Ichigo, quien lo había logrado en un tiempo récord, había tardado en lograrlo.
– Estás llena de sorpresas mi querida. –comentó Aizen con una sonrisa ladina. – ¿Una espada de luz? Sin duda una opción interesante para la princesa. Me encantaría descubrir el potencial de esa espada, sin embargo, no tengo deseos de luchar contra ti. Por favor, acabemos con esto rápido. –dijo mientras comenzaba a desenfundar su Zanpakuto, dispuesto a ser él quien le diese fin a la vida de Rukia.
A penas pudo moverse cuando dos figuras aparecieron repentinamente inmovilizándolo. Se trataba de Yoruichi y Soi-Fon quienes, tan pronto como habían recibido el mensaje de Isane, se habían apresurado a recuperar fuerzas e ir a ayudar a quienes estuviesen luchando contra Aizen.
– Vaya, vaya… Sus caras me resultan muy familiares… –comentó el castaño sin inmutarse ante el hecho de estar siendo retenido.
– Quieto ahí. –ordenó Soi-Fon seriamente. – Si mueves un solo músculo, tú cabeza podría rodar por el suelo.
Poco a poco, los demás capitanes y tenientes comenzaron a llegar al lugar, rodeando a Aizen, Gin y Tousen.
– Ya no tienes escapatoria. –dijo Yoruichi.
– Escapatoria… –repitió Aizen pensativo. Una pequeña risa surcó sus labios a la par que dejaba escapar una carcajada.
– ¿Qué? ¿Qué te resulta tan gracioso? –inquirió la mujer de cabellos morados.
– Perdona… Ya es la hora…
Yoruichi a penas había logrado reaccionar a sus palabras, indicándole a Soi-Fon que debían apartarse. Tan pronto como ambas mujeres se apartaron, un cuadrado de luz cayó del cielo, rodeando al traidor.
La mirada de todos se dirigió al cielo, al origen de la luz, donde un agujero comenzaba a abrirse, o más bien… un portal a Hueco Mundo.
– Im… Imposible… –eran los murmullos que se escuchaban de parte de los capitanes mientras observaban como en aquella grieta, las figuras de varios Menos Grande se hacían visibles.
Otros dos cuadrados de luz aparecieron, rodeando a Gin y Tousen. Los tres traidores comenzaron a ser elevados en el aire, ante la atenta mirada de todos.
– ¿¡Pretendes escapar, bastardo!? –exclamó el teniente de la novena división pretendiendo lanzarse al ataque.
– Alto. –lo detuvo el capitán comandante. – A esa luz se la llama "Negación". Los grandes Hollows la usan para rescatar a los de su especie. –explicó. – Una vez envuelto por esa luz, su interior queda completamente aislado del exterior. Todo aquel que haya luchado contra los grandes Hollows sabe que, al estar completamente cubierto por la luz, no podemos tocar a Aizen.
A ninguno le agradaba oír aquellas palabras, ver como aquellas personas que habían engañado a todo el mundo dentro del gotei 13 escapaban sin más, sin que pudiesen detenerlos.
El capitán Komamura fue el primero en tener un arrebato de ira.
– ¡Tousen! –gritó el nombre de quien había creído que era su amigo. – ¡Baja de ahí Tousen! –le exigió. – ¡No lo entiendo! ¿¡Por qué te convertiste en un shinigami!? ¿¡No fue por la muerte de tu amiga!? ¿¡Para que se hiciera justicia!? ¿¡Dónde está ahora tu justicia!?
El nombrado permaneció en silencio por algunos segundos antes de contestar.
– Ya te lo dije una vez, Komamura. Siempre seguiré el camino que menos derramamiento de sangre implique. Ahí es donde se encuentra la verdadera justicia. –afirmó el shinigami traidor. – El único camino que puedo seguir… es el de la justicia.
– ¡Tousen!
Ukitake tomó un par de pasos hacia adelante, fijando su vista sobre Aizen.
– Incluso se ha aliado con los Menos Grande… –murmuró con enfado el capitán de la décimo tercera división. – ¿Qué pretendes? –le preguntó al castaño que huía.
– Llegar a lo más alto. –fue la respuesta que obtuvo.
– ¿¡Cómo has podido caer tan bajo, Aizen!? –lo acusó Ukitake.
– Eres demasiado arrogante, Ukitake. –dijo Aizen. – Desde el principio, nadie ha gobernado en el cielo. Ni tú… Ni yo… Ni siquiera Dios… –a medida que hablaba, comenzaba a retirarse sus lentes y a acomodar su cabello, luciendo bastante distinto. Era como si se acabase de quitar una máscara y les estuviese demostrando su verdadero ser. – Pero los tiempos en que nadie se sentaba en el trono celestial se han terminado. A partir de ahora, yo gobernaré en el cielo. –afirmó. Su mirada se posó sobre la joven princesa de cabellos rosados. – Deseaba poder llevarte conmigo, pero desafortunadamente parece que no se podrá… Algún día volveré por ti… mí reina…
