¿Esperaban que volviera justo hoy?

Holas, ¿qué hay? La verdad, es que no esperaba reviews pero debo agradecerlos por la buena onda de los mismos.

*KICOLOVERS239: aquí va parte de tu respuesta en este capítulo y gracias. Qué bueno que te guste.

*Stephdragonness: gracias, nunca esperé un review en inglés. Espero que se entienda lo que escribo.

Nota: si no describo lo que usan los personajes, es porque están vestidos como siempre.

A leer se ha dicho:


Capítulo 2

Yendo a lo de los Bandicoot

Una vez que el acorazado repleto de todo tipo de armas de N. Gin se acercó lo más que pudo a las costas de la isla N. Sanity sin atentar contra las buenas condiciones del navío, el capitán (por así decirlo, ya que él se consideraba sólo un almirante) y su pegajosa compañera, la joven Nina, tuvieron que continuar su viaje a través de otra embarcación más pequeña: una lancha. Sólo el ruidoso motor del navío acallaba la voz de la chica, quien se empecinaba en hablar hasta por las orejas. Muy pronto, para desgracia del tipo del misil en la cabeza, llegarían a verse las caras con los Bandicoot.

Luego de tocar tierra (o más bien arena) el almirante, la muchacha Cortex y el rinoceronte traído por seguridad tuvieron que continuar a pie, adentrándose por la jungla. Aparte de atemorizado, el científico estaba malhumorado al acceder a otra propuesta de la adolescente. El lector pensará "¿Por qué caminando? Si N. Gin tiene naves voladoras que lo harían llegar en menos de lo que canta un gallo". Fue allí donde se metió la chica goth punk, pidiéndole que salga a caminar un rato por su bien y por el de los botones de su camisa.

La de piel azulada no quería aceptar el hecho, o en su "cabecita" no cabía, que el exceso de peso de su compañero de equipo se debía a las malditas pastillas que tomaba de hace años para el dolor de cabeza. Por eso, ella lo trataba de vago, pese a que él había explicado una y otra vez que siempre iba y venía, de popa a proa, por su buque de guerra. En esta ocasión, Nina estaba más pesada que una mosca y lamentablemente él tenía que soportarla, sin demostrar ninguna queja.

—Al final no le preparaste algo para Coco. Ella nunca te va a querer si actúas de esta manera —dijo la estudiante luego de darle su merecido a una planta carnívora, golpeando y estrujando al vegetal hasta matarlo con sus manos metálicas.

—No vine por Coco… Vine por Crash —respondió de mala gana, mientras mandaba con una patada a volar por los aires cual pelota de futbol a un cangrejo agresivo.

—Ah, ya sabía que bateabas para el otro equipo —bromeó ella, soltando una carcajada.

—Nina… —reprendió canturreando pero en tono de reprenderla—. Ya sabes para qué estamos así que deja de inventar cosas, por favor.

—Bueno, ya sé que a algunos les cuesta admitirlo —siguió ella con sonrisa diabólica.

Como deseaba el cyborg ordenarle a su rinoceronte marinero que calle de una buena vez a la enganchada de Nina con esas manazas que tenía, y sin embargo, él marchó más a prisa para que todo este asunto se termine de una vez por todas. Luego de pasar y sobrevivir por varias trampas hechos por los indígenas (que nadie sabía por qué los hacían, si ellos se la arreglaban con wumpas y jabalíes) finalmente lograron dar con la simple casa de los marsupiales mutados que estaba a pocos metros de la playa.

A varios pasos antes de la puerta de dicha casa, N. Gin se detuvo como si estuviera ensayando lo que tenía que decir en su cabeza. Fue por eso que la inquieta adolescente no quiso esperar más y ella fue quien se decidió a tocar la puerta, haciendo un gran escándalo por su mano de acero.

—¡Abran la puerta! —gritó además ella a todo pulmón, para causar más estragos.

—Nina, por favor, no hagas nada estúpido —musitó él sintiendo vergüenza ajena.

Tanto fue el ruido, que también llamó la atención del dueño de la casa de al lado, propiedad del grandote de Crunch, quien se acercó lentamente con una cara de pocos amigos hacia los cyborg y su acompañante; tal parecía que lo habían despertado de su siesta. Volviendo a la residencia de Crash, este mismo fue quien atendió al llamado estruendoso con una seriedad que parecía extraño para él.

El muchacho anaranjado se los quedó mirando de forma rara, esperando a que los malosos digan a qué demonios vinieron, y al poco tiempo la chica rubia se hizo presente. Ella los miró furiosa, y el genio de la robótica bajó por un momento su mirada ante tal actitud.

—¿A qué vinieron ustedes? —preguntó con tal sequedad la chica de ojos verdes.

—Hola —fue lo primero que dijo el del misil alojado en el cráneo, levantando una mano tímidamente y no olvidando la educación básica—. Es que vinimos a avisarles que Crash debe asistir a una nueva sesión con el terapeuta junto con el doctor Cortex el día…

—¿Qué? ¿Acaso están locos? ¡No de nuevo! ¡Ni crean que se los permitiré! ¿Por qué quieren hacer esto otra vez? —interrumpió vociferando Coco totalmente hecha una furia.

—Es que mi tío está muy depre y no quiere hacer otra cosa más que vagar por ahí. Nosotros ya nos cansamos de verlo así y suponemos que esto podría ayudarlo o, por lo menos, estamos haciendo algo, ¿no? —se adelantó a responder la chica de ojos azules.

—¿Y qué problema hay con eso? Mientras que el cabeza de Dorito no amenace al mundo ni a nosotros, está todo más que bien. ¿Qué importa si él se siente mal? Además, sinceramente, se lo merece —respondió con seguridad la blonda.

—Sí, lo sé. Pero… —se quedó dudando ya que no supo cómo continuar el doctor.

—¿Pasa algo? —preguntó el Bandicoot de brazo mecánico con un tono amenazante.

—Nada. Sólo que estos vinieron para llevarse a Crash al terapeuta con lo que ya sabemos todos que no sirvió para nada y que todo siguió igual, o incluso peor —contestó de igual de agria su hermanastra, recordando lo sucedido hace poco.

—¡Ah! ¡Qué mala onda que tienes, Coco! —exclamó exagerando la de las manos de acero sintiéndose ofendida—. Acabamos de llegar luego de una larga caminata bajo este sol radiante y no nos ofreces nada para beber. ¡Eres una pésima anfitriona!

—¡Pues claro! Yo les dejaría pasar y les convidaría un vaso con agua fría de mil amores, pero ustedes no se merecen nada luego de que casi nos matan al participar en esas carreras en lo de Von Clutch. O… creo que sí, ya sé que ofrecerles: ¿No quieren un vaso con veneno para ratas? Pero no se sientan mal si no los acompañamos, ¿eh? —exclamó con tono ácido la chica naranja.

—Coco, por favor. Déjame explicarte algo —pidió N. Gin angustiado ante tanta agresión. La rubia no tenía intenciones de escuchar palabra alguna.

—¡Dale, Coco! ¡No seas mala! Con razón no tienes ningún amigo por esa actitud que tienes —insistió la de las manos de acero.

—Se quedan acá dije o mejor, ya saben bien la respuesta de su aviso, así que… ¡Se van ya de mi casa! —gritó con todo y se acercó más a los visitantes para ensordecerlos y señalándoles el camino de vuelta.

Ante esas duras palabras, N. Gin dio media vuelta despacio para regresar por donde vino con la mirada gacha y los pasos pesados, mientras que la chica del jumper color oscuro se enfadó aún más y se preparó a responder ante tal agresión, (ella tanto como su tío tenían un humor de mil demonios cuando se enfadaban). Pero ella, al ver al del ojo robótico, desistió con su réplica aunque no acalló del todo.

—Por lo menos, déjanos descansar en esos muebles de jardín (si es que se lo puede llamar así, claro) —dijo ella algo sarcástica y fue así que Nina fue caminando y se acomodó sin invitación en uno de tantos troncos a modo de silla que había a un costado de la casa.

La Bandicoot se enrojecía mucho más de la furia por el atrevimiento y ya se había decidido a echar a la de piel azulada a patadas por donde no le daba el sol pero su hermano la detuvo, justo a tiempo, sujetándola con suavidad por uno de sus hombros con intenciones de echar paños fríos a la situación.

—¿Acaso estás considerando aceptar la propuesta de estos, hermano mayor? —preguntó ella a su verdadero familiar totalmente confundida.

—Ajá —él respondió con apenas una sonrisa, moviendo su cabeza de arriba abajo.

—Pero Crash… —se quejó pero ella no pudo continuar al saber que él no la escuchaba porque él quería tomar asiento en uno de los bancos-troncos.

Detrás de él le siguieron los demás: la descortés de Coco y el perverso de Crunch, N. Gin y su secuaz guardaespaldas. Se mantuvo un silencio durante un buen rato hasta que el almirante lo rompió hablando con algo de inseguridad.

—Tal vez piensen que si ayudan al doctor Cortex, él volverá a atentar contra sus vidas pero lo que tratamos de hacer que es ambos bandos lleguen a una tregua. A nosotros no nos gusta el hecho de que siempre nos sale mal los planes por culpa de ustedes y estoy seguro que a ustedes no les agrada tanto impedirlos. Por eso, queremos hacer que Cortex se olvida de esta enemistad por el bien de todos.

Diferentes emociones se vieron en los oyentes: al Bandicoot que no podía hablar le pareció algo esperanzador; a su hermana, sospechoso; al hermanastro y a la estudiante, demasiado extraño o no entendieron nada; y al rinoceronte, aburrido como un hongo. Pero como Crash tenía la última palabra (ya que él era el comprometido principal en esto) él solucionó el dilema alzando el pulgar y con una sonrisa, demostrando así que estaba de acuerdo.

—Puede que mi hermano mayor haya accedido, pero nosotros lo acompañaremos porque no les creemos ni una sola palabra —gruñó Coco poniéndose de repente de pie y con sus brazos en jarra.

—¡Genial! Eso está bien. También los amigos de mi tío irán a acompañarlo, así tienen con quienes charlar por si se aburren (que es más de seguro) —respondió animadamente pero con sarcasmo la chica de pelo corto—. Los acompañaría pero yo no puedo ir porque me voy a una serie de recitales con N. Gin. ¿No es cierto? —y le dio un leve codazo al científico.

Seee —contestó asintiendo desanimado el susodicho.

—¿Cuándo y dónde? —preguntó el Bandicoot adoptado, sin abandonar por ningún momento su semblante amenazador.

—En Sídney, en el estadio…

—Me refiero a la cita con el terapeuta —interrumpió viéndose más enfadado, tratando de no perder los estribos ante las tonterías que decía la Cortex.

—Tienen que estar a las cinco de la tarde en este lugar —respondió el experto en robots, entregándole a una tarjeta al Bandicoot y, como sentía que ya nada tenía que hacer en ese lugar, se levantó y se despidió con una sonrisa forzada—. Bueno… hasta… luego.

Y con eso, Nina también se incorporó y se alejó saludando con la mano, mientras que el mutante marino no dijo nada y mantuvo esa expresión de pocos amigos todo el tiempo. A la chica del grupo le había parecido con sabor a poco esa visita; era una lástima que se llevaran así porque ella pensaba que podían ser grandes amigos. Pese a la malicia que le había inculcado su tío y la Academia a la fuerza, la chica quería ser normal y con muchos amigos. Pero debía dejar de pensar en esto y concentrarse en otra cosa, como el hecho que se estaba quedando muy atrás de sus colegas.

—¡Hey, espérenme! —gritó ella y se echó a correr como una cuadra para alcanzarlos.

—Y luego me tratas a mí de vago —se quejó el del misil cuando la joven estaba algo cerca.

—Lo que me pregunto es… ¿Por qué tienes tanta prisa por llegar? Si el día está tan lindo para caminar tranquilamente. Dale, no seas tan sedentario y aprovecha la caminata.

—Este es un lugar peligroso, Nina —respondió seriamente mientras espantaba a unos zorrillos con unas pequeñas granadas de mano.

—¿Y tu semejante barco qué entonces?

—Cualquiera que quiera ingresar por la sala de máquinas, por supuesto que le será difícil ya que ese lugar no es para todos y por eso pasé meses entrenando a mis marineros. Además, aquí hay toda serie de trampas y demás amenazas. Por eso no me gusta este lugar.

—¿Cómo qué no? Pero si aquí vive tu novia —volvió a buscar pelea la estudiante.

—¡Que no es mi novia! —vociferó y volvió a arrojar más de esas granadas pero a una planta carnívora que estaba muy cerca de la joven Cortex; la venus atrapamoscas se las comió y explotó pero su savia y demás partes de su ser llegaron a la chica en miles de pedazos.

—¡Qué asco! ¿Por qué no me dijiste antes que ibas a hacer eso? ¡Qué asco! ¡Te odio!

—Perdona, pero te lo mereces —contestó él con tranquilidad y con media sonrisa.

El rinoceronte mutado no pudo evitar sonreír ante eso aunque a Nina (por supuesto) no le hacía ninguna gracia. Todo el camino de regreso se la pasó quejándose y tratando inútilmente de sacarse la mugre de encima. Lo peor era que cuando más o menos quedaba limpia, aún seguía la sensación pegajosa así que, ni bien pusiera un pie en el acorazado, ella iría directo a bañarse. N. Gin estaba de lo más contento ya que por fin la azulada dejó de molestarlo, aunque sólo fuera por unos momentos.

Tal como ella lo tenía planeado, Nina fue directo a la ducha dando pasos tan fuertes como de tiranosaurio por todo el trayecto y, mientras tanto, el genio de la robótica fue tranquilamente hacia la sala de control de su buque. Él debía avisar a sus socios, Tropy y Brio, que ya cumplió con su parte del plan y además que no podía hacer de guardia durante la terapia. Sus colegas protestaron por esto pero al final, después de mucha lucha, ellos entendieron que el pobre de N. Gin no tenía otra alternativa.

—¿Ahora nos vamos a casa, Nicky? —preguntó Nina en bata de baño y con una toalla envuelta en su cabeza al almirante, quien se encontraba revisando los monitores.

—Sí, Nina, así es. Y deja de llamarme así. No sé para qué te dije mi verdadero nombre.

—¿No te acuerdas? Estábamos jugando a hazaña o secreto y, si no lo decías, tenías que… —y se quedó pensando por un momento—. Ahora no me acuerdo pero debió ser algo feo.

—Tratándose de ti, seguro. Ah, y será mejor que te vistas antes de que te resfríes.

—Sí, está bien pero con la condición de que después vamos a jugar —propuso ella con malicia, frotándose sus manos.

—Ahora no. Tengo cosas qué hacer —respondió fingiendo estar ocupado.

—Entiendo… Cobarde —dijo eso último tosiendo de por medio para que no se entienda—. ¡Qué tos! Será mejor que me abrigue un poco.

—Sí, Nina. Y no te preocupes; será para otra ocasión ese juego —contestó él sonriendo aunque escuchó lo que la adolescente quería ocultar.

Luego de que la estudiante de la Academia de Amberley estuviera lista (donde pasaron como unas dos horas de espera por parte del almirante), los dos semi-cyborg se teletransportaron al Iceberg Lab. Mientras que la de ojos azules se iba directo a su cuarto, el ex pelirrojo se reencontró al rato con sus socios del N Team: Tropy y Brio. Él se los encontró allí, haraganeando en el living, concentrándose en la caja boba pero de alta resolución, poniendo cara de que lo que veían no les gustaba o era muy aburrido.

—¿Acaso me estaban esperando? —preguntó N. Gin al ver tal escena.

—… No —respondió el integrante más alto del equipo N—. Bueno, en realidad sí. Ahora Brio tiene que hacer su tarea y te esperábamos por si sucede algún problema.

—Pero, ¿qué creen que pueda suceder?


Siguiente capítulo, ya saben... Cuando se me ocurra.

Otra nota: ni siquiera sé bien cómo terminará así que puede pasar cualquier cosa *más risas siniestras*.