Bueno, la verdad es que no sé por qué me tardé un mes en este capítulo pero en parte se debe a que estuve investigando para saber con qué estaba lidiando. Por no avisar de que estaba bromeando, ahora voy a tener que cumplir con el trato de wherever, quiera o no.

En fin, gracias por los reviews.

wherever: la verdad es que esperaba reviews de personas diferentes para ver qué pensaban y luego de investigar, voy a optar por el shōnen-ai para no quedar traumado, aunque puede que cambie de opinión.

Yuna-Tidus-Love: qué bueno que te va gustando.

NMLS: no pienso abandonarlo, aunque no sé bien cómo terminarlo.

Perdónenme por tardar y sin más, hora de leer:


Capítulo 4

Sucediendo cosas imposibles

Hacia el territorio de Australia sur se dirigían los tres científicos malvados para una sesión con el psicólogo en un no muy importante centro médico, pero tampoco del peor. Lo que sí lo era el edificio era discreto; por algo allí se llevó a cabo la anterior terapia entre el mutante de ojos verdes con el hombre amarillo. Los edificios alrededor de donde tenían que ir no se trataban de rascacielos, ni tampoco formaban parte de una moderna ciudad; por ello, era necesario ocultar semejante dirigible ya que la gran letra N pintada en este, decía a los agentes de la Interpol, el FBI, la CIA, y otras fuerzas de inteligencia así como una compañía de televisión digital que allí estaba el buscado de Neo Cortex.

Mientras el dueño del vehículo le ponía el escudo de invisibilidad al mismo, el resto de sus socios del N Team se preparaban para descender, cambiando su imagen para que no llame tanto la atención: un poco de ropa normal, venía bien de vez en cuando. Una vez en tierra, ellos sólo tenían que caminar como media cuadra para llegar al destino. Aún faltaba como unos treinta minutos para la hora estimada de la sesión pero, antes de ir una vuelta por ahí, los tres consideraron que era mejor entrar y esperar.

Al ingresar y llegar a la cálida sala de estar, una joven secretaria corroboró los datos y les invitó a tomar asiento amablemente, señalándole un sillón. Por un momento, Tropy y Brio se molestaron con su amigo cabezón ya que comenzaban a aburrirse tanto que ni las revistas viejas que estaban sobre una mesa ratona hacían pasar el tiempo. Pero Cortex ni les daba ni la hora; él estaba tan ensimismado en sus pensamientos que se ponía nervioso, pensando quizá en lo que tenía que decirle al psicoanalista o en los próximos ejercicios que haría.

El maestro del tiempo y el de las pócimas notaron esto pero decidieron que hablarían después, cuando empezara la sesión. Parecía que había pasado una eternidad y sólo transcurrieron unos míseros quince minutos. El azulado, con una cara de pocos amigos, dio un largo bostezo mientras estaba cruzado de piernas. A su lado, estaba el amarillento, quien sólo miraba sus manos que no paraban de moverse. Y, al lado de este, estaba el pelón despatarrado y le faltaba poco para quedarse dormido. Y de repente…

—Adelante —dijo la secretaria al recibir a nuevos pacientes.

Por lo menos, los científicos no esperaron tanto para descubrir que los Bandicoot los habían plantado de la mejor manera. No, nada de eso. Quienes entraron recién fueron Crash, Crunch y Aku Aku, y estos dos últimos miraron de manera desconfiada e incluso con enfado a los tres hombres. El marsupial de ojos verdes no acompañó en esto a sus aliados, sino todo lo contrario: él ensanchó más su sonrisa de oreja a oreja al verlos, en particular a Neo. El de barba candado no sabía del porqué de esto, pero supuso a que no sería nada bueno para él.

En un instante, transcurrió por su mente sus recuerdos de su última sesión y volvió a mostrarse intranquilo y atemorizado. Lo peor fue que el anaranjado no le quitaba la vista de encima ni por un momento, con lo que empeoró aún más la situación. Cuando él se armó de valor para decirle "¿por qué demonios me miras tanto?", notó que el mutante se concentraba en las pinturas abstractas que decoraban el lugar. Menos mal que sucedió eso: él iba a quedar mal por armar tanto escándalo antes de su cita con el terapeuta. Cortex respiró profundamente para ver si con eso se calmaba un poco, hasta que el sonido del teléfono llamó su atención.

—¿Cómo? —preguntó la secretaria algo aterrorizada; los seis individuos de la sala la miraron con cara de "¿qué carajos estaba pasando?", y esperaron a que vuelva a hablar—. No. No se preocupe, doctor… Sí, aquí están… No, yo les avisaré… Que se mejore, doctor.

Aquella conversación puso a ellos seis en estado de alerta: ¿acaso se trataba de su doctor? ¿Quizás ella se refería a ellos? ¿Qué le pasó al doctor como para que la mujer le deseara que se recupere? ¿Por qué se hacían tantas preguntas? Todo esto pasaba por sus pensamientos, excepto a Crash, ya que parecía que estaba en las nubes o quién sabe dónde. La situación se volvió más conflictiva cuando la asistente de los psicólogos los miró fijamente con cara de dar malas noticias, luego de hacer una llamada rápida.

—¿Ustedes tenían cita con el doctor Anderson? —preguntó ella; la mayoría de los seis asintieron apenas—. Pues, recién me avisó que no podrá asistir el día de hoy.

—¡¿Qué?! —gritaron Cortex, Tropy, Brio y Crunch enfadados y se pusieron de pie de un salto.

—Pero no se preocupen —pidió la joven con ademanes de que se tranquilicen—. Otro doctor puede reemplazarlo.

Por un lado, el viaje no sería en vano pero, por otro, no sabían quién era el otro doctor. A ellos no les quedaba otra alternativa que atenderse de todos modos. Un sonido en el comunicador de la secretaria se hizo escuchar y ella atendió al llamado. Una voz del otro lado dijo que ya podían ingresar los pacientes, y esto fue comunicado. Con lentitud, cada uno de ellos fue entrando y, al buscar al nuevo doctor, se llevaron la sorpresa de sus vidas.

—Vaya, pero que pequeño es el mundo, ¿no lo creen? —habló el asistente del doctor con tono irónico, acomodado al lado del escritorio.

—¡Ni crean que ustedes me atenderán, bichejos! —vociferó el amarillento, señalándolos.

—Vamos, Cortex. Somos casi como sus hijos, ¿y así nos tratan? Además, si desconfían del doctor, sería dar la espalda a todos estos diplomas —dijo este asistente mientras señalaba la pared decorada con múltiples certificados.

—Aún no puedo creer que un loco canguro mutado haya logrado tantas condecoraciones.

—Sí, así es. Sólo le faltaba un buen traductor para la comodidad del paciente y heme aquí: el gran Rilla Roo. Así que tomen asiento de una buena vez —comentó con aires de superioridad el gorila-canguro asistente del doctor Ripper Roo.

Mientras que los seis se acercaban hacia el escritorio, el canguro azul escribía unos informes usando sus manos, ya que no tenía más su chaleco de fuerza. Esto les llamó la atención a los pacientes ya que nunca habían visto al mutante tan bien vestido: él llevaba un traje negro y su conocido sombrero de copa estaba descansando en un perchero. Cuando Ripper terminó de escribir, fue hacia una de las sillas que estaban formadas en ronda y allí ellos notaron que aún no tenía ninguna especie de calzado. Así también estaba el híbrido, quien no tenía puesto su pantalón rayado pero sí uno de vestir color negro.

—Aún no estoy muy convencido de todo esto —murmuró el cabezón mientras se cruzaba de brazos y piernas—. Creo que mejor esperaré a mi doctor.

—¡Silencio, Cortex! —indicó el medio simio ya harto de la cobardía del científico—. Además, no creo que el doctor Anderson vuelva en estos días; él sufrió un ataque de pánico y fue directo al psiquiatra. Así que miren de lo que se salvaron.

—¿Podemos comenzar ya? —preguntó el mutante de pelaje rojo oscuro, también cansado.

—Bueno, estamos al tanto de lo que pasó en la última vez que estuvieron juntos en terapia —comenzó diciendo Rilla luego de escuchar los murmullos y ver las señas del canguro; las imágenes de aquel fatídico día volvieron a la cabeza del amarillento—, así que no realizaremos ningún ejercicio de confianza. En primer lugar, Cortex y Bandicoot, díganme qué piensan el uno del otro.

—Pues, como había dicho antes, es un idiota y no quiero confiar en él por nada en el mundo —comenzó Neo, señalando al culpable—. Me dejó caer la otra vez. Una semana, así es. Una semana estuve con ese dolor de espalda. Así que no quiero ejercicios que pongan en riesgo a mi salud.

Mientras que el experto en explosivos tomaba nota de todo esto, el híbrido siguió hablando.

—¿Qué me dices tú, Crash? ¿Qué piensas de Cortex?

—Bueno, dice que él tiene lo que se merece por ser tan malo y por poner en riesgo al planeta —respondió Aku Aku luego de que el anaranjado hablara en su idioma—. Además, si no hiciera estas cosas, tal vez podrían… ¿llevarse bien?

La máscara mágica miró extrañado a su socio por tener semejante idea, y los demás también lo acompañaron. El saltador no paraba de anotar mientras asentía y, luego de pensar por un momento, tuvo una idea. Los dos Roo conversaron en voz baja y de vez en cuando miraban de reojo al medio pelón y al mutante sonriente.

—Bien, Cortex, pasemos a otro tema: ¿cuál fue tu última hazaña como científico malvado y qué planeas para el futuro? —preguntó el mixture seriamente; el nombrado bajó la cabeza con pena, recordando sus fracasos.

—Si mal no recuerdo, por accidente, llegamos al parque de Von Clutch, por culpa de estos torpes Bandicoot, e intentamos apoderarnos del mismo. Y para el futuro, no pensé en nada... Estoy… esperando el momento.

—¿Y si el momento se daría en años? Lo ves, Cortex, la última vez fue por accidente, con lo que quiere decir que no lo planeaste. Así que tu trabajo como científico malvado está cada vez peor —ante las palabras del Roo, el de la frente marcada gruñó—. Por eso, consideramos que abandones tu profesión en este mismo instante.

—¡¿Qué?! —gritaron los miembros del N Team.

—¿Pero entonces qué haré? —preguntó el de barba candado entre furioso y asustado.

—Pues algo distinto —respondió con media sonrisa el medio mono—. No estamos para un solo propósito en esta vida. Piensa en algo, Cortex. ¿Acaso los loros te robaron el cerebro?

Al amarillento no le gustaba nada esta confianza demás que tenía el mono-canguro pero, para no armar revuelo, prefirió hacer otra cosa, como pensar en su próxima ocupación. Mientras tanto, ambos Roo volvieron con sus cuchicheos. Luego de esto, el mutante combinado le tenía noticias al barbudo.

—Mientras que piensas en algo, acá el doctor tiene una tarea para ti —dijo en tono tranquilo pero el hombre presentía lo peor—. Tomando en cuenta lo que "dijo" Crash, el doctor te propone que pasen tiempo juntos y que se conozcan uno al otro.

—¡¿Qué?! —los gritos se volvieron a oír en la habitación. Ya fue la tercera vez.

—¡Es imposible! ¡Ni crean que pasaré tiempo con ese marsupial como si fuera mi amigo! ¡Es imposible! —vociferó el de la inicial en la frente, poniéndose de pie de un salto.

—Nada es imposible —dijo Rilla Roo con una sonrisa sospechosa—. Además, si vas a otro especialista, te dirá lo mismo. Así que deja de gritar porque hubiera sido peor.

—No lo creo —susurró el cabezón, bajando la vista.

Después de esto, entre todos acordaron cómo se iba a llevar a cabo la propuesta del psicólogo, lo cual quedó en que el científico iría a visitar al Bandicoot cada tres días para empezar. Esta frecuencia tuvo que ser así porque precisamente uno no estaba a la vuelta de la esquina del otro. Sin embargo, por si alguno no cumplía este trato, bien podría denunciarlo y los Roo se verían obligados a realizar algún castigo por la falta. Los mutantes lo dejaron sin entrar en detalles, pero todos sabían que sería algo terrible. Todo este acuerdo les llevó un buen tiempo, con lo que finalizó la sesión.


El sistema de navegación en la nave de N. Gin le decía que ya faltaba poco para llegar a destino y rápidamente, los dos pasajeros pudieron ver el punto de encuentro: un claro en un bosque. Junto con ellos, aparecieron más vehículos a su alrededor, como un una camioneta 4x4, un helicóptero y un automóvil de alta gama. Mientras que Nina se bajaba a toda prisa de la nave para encontrarse con sus amigas, el del misil supuso que era mejor ir a saludar. Un griterío se armó cuando esas chicas se encontraron, con lo que desanimó aún más al cuidador.

Sin entrar en más detalle, tal como vinieron de repente aquellos transportes, se fueron dejando obviamente a las amigas de la chica de piel azul. Luego de que estas charlotearon animadamente, por fin la Cortex se acordó del científico acompañante y lo llamó con el fin de presentar a sus compañeras de la Academia. N. Gin se acercó a duras penas y puso su mejor cara de interés ya que no quería saber nada sobre esta situación.

—Chicas, él es N. Gin; un amigo de mi tío —dijo la de ojos azules y el mencionado sólo se le ocurrió sonreír forzadamente y levantar una mano.

—Hola —saludaron las tres chicas al unísono.

—Mi nombre es Miyako —se presentó con una sonrisa una chica de piel pálida, cabello lacio castaño claro y unos llamativos ojos rojos, mientras realizaba una reverencia.

—Soy Wakanda —habló una joven que parecía ser nativo-americana (por la piel tostada, cabello negro formando dos trenzas y por un adorno de plumas) y tenía unos ojos amarillos.

—Y yo soy Brenda —saludo seriamente la adolescente de cabello largo ondulado rojo oscuro, ojos verdes claro y venía armada con una espada samurái.

Después de la brevísima presentación, todos subieron a la nave del cyborg (que previamente se había convertido en un transporte terrestre) y las estudiantes se pusieron a hablar hasta por los codos. Tan mal la pasaba el del misil que pensó en saltar del vehículo en movimiento y llevar una vida de fugitivo. Sin embargo, él se la aguantó y fingió estar interesado en las historias que le contaban esas locas. Desgraciadamente, el viaje hacia donde tenían que ir estaba un poco retirado, con lo que las jóvenes se aburrieron y pusieron a todo lo que da el equipo de música, haciendo más llamativo al particular móvil.

Las congestiones en el tránsito hacían que este día sea más espantoso y parecía que cada vez más se ponía peor. El conductor sintió vergüenza ajena cuando las chicas descubrieron la ventanilla del techo, se asomaron por ahí y empezaron a gritar cualquier barbaridad a toda persona que veían. Finalmente, cuando comenzaba a anochecer, ya estaban muy cerca y las cuatro decían en voz alta lo que harían en pleno recital. Algunos de los planes sonaban bastante pasados de rosca, con lo que tendrían problemas con la ley, y a pesar de que ellas se convertirían en villanas en el futuro, era mejor poner unas reglas.

—A ver, chicas —comenzó diciendo N. Gin ya harto de todo—, será mejor que se porten bien así que nada de subirse al escenario, nada de exhibicionismo y secuestraré esa katana.

—Qué mala onda —se quejó la de las trenzas, cruzándose de brazos—. ¿Qué harás si no?

—Les diré a sus padres —respondió tranquilamente mientras ocultaba su misil poniéndose un sombrero, como el de Slash—. Además, lo tengo todo grabado, por si acaso.

Con eso último, las chicas cambiaron un poco sus planes pero se veía que no cumplirían del todo con el acuerdo. Sin más, los cinco individuos todos vestidos con ropas oscuras bajaron y se fueron dirigiendo hacia el campo. Al caminar, se dieron cuenta de que sería un evento muy concurrido y menos mal que cada persona se veía más rara que otra, así no los verían tan mal. Sin embargo, también notaron que había un problema en el puesto de entradas: una chica explicaba que había ganado una entrada y los tipos no sabían nada. Cuando el grupo se acercó ahí para por fin entrar, Nina y N. Gin conocían a esa chica.


Acuérdense de los reviews, ¿si?