Buenas...
Primero que nada, gracias por los reviews:
sakurano: trato de poner los detalles para que sea fácil de imaginar para el lector. Qué bueno que va bien la cosa.
maya57: tome en cuenta tu sugerencia; espero que te guste. Además, me cae bien estas ideas, no por vago sino porque una parte de la historia es para los lectores.
Dejemos esto de lado para entrar al capítulo:
Capítulo 5
Villanos eran los de antes
—¿Eh? —se preguntó N. Gin al ver a la chica, con lo que ella también parecía sorprendida.
—Pensé que no vendrías —comenzó hablando Nina, quien se acercó a la chica petrificada al no poder creer lo que sus ojos veían, y extendió un brazo—. Aquí está tu entrada, Coco.
Sí, aquella chica era Coco Bandicoot, con ropa acorde al lugar, quien sin dejar de poner su cara de qué carajos pasa acá, tomó el ticket con desconfianza. Después de un rato (el suficiente como para que se le prenda el foco), la rubia se veía totalmente enfadada y todo parecía dar para que se lleve ahí mismo una escena, sin importar la gran cantidad de personas que transitaban por ahí. Las amigas de la cyborg también se veían confundidas ya que no sabían nada de que la azulada había invitado a una antropomorfa al recital, como si fuera una amiga más.
—Ya me parecía que todo esto se trataba de un simple vil engaño. ¿Por qué lo hiciste, Nina?
—Bueno… —empezó diciendo la de las manos metálicas con algo de pena—. Es que me sobraba una entrada y quería que vinieras. Eso es todo.
—Me voy a casa —bufó la mutante dando media vuelta para alejarse de ellos.
—Hey —gritó Wakanda a la Bandicoot—, seguramente viniste de lejos y, ¿te vas así nomás?
—¿Acaso no querías ir al concierto? ¿Para qué demonios viniste entonces? —agregó Brenda al ver que la marsupial se detuvo—. Chicas, parece que tenemos una gallina anaranjada.
Parece que el plan de las estudiantes de la academia estaba funcionando: Coco regresaba.
—¿A quién llamas gallina, idiota? —gritó la anaranjada a la pelirroja en posición de ataque.
—Pues a ti, ¿a quién más? —respondió confiada también preparándose para una pelea.
—¿No recuerdan que les dije que se portaran bien? —se metió el científico a los gritos, frenando la batalla justo a tiempo, antes de que los agentes de seguridad tomaran cartas en el asunto—. Entremos de una buena vez y se acabó, ¿sí? Pero antes…
El experto en robótica entregó una pulsera de metal a cada chica y la mutante aún seguía con sus dudas, mas luego de ver que no parecía peligroso, se la puso. Luego de ingresar al campo, Coco planeó irse a cualquier lugar menos cerca de donde estaban la joven Cortex y compañía. Desafortunadamente, sabía que se perdería en cuestión de segundos (y sabía que ese no era un lugar muy seguro para variar) y, como la mayoría de las personas la miraban algo feo, la rubia no tuvo más opción que estar en el grupo de estudiantes de madame Amberley más el cyborg.
Mientras que ella caminaba, tratando de seguir a los únicos que conocía en ese sitio, por entre el mar de gente, se estaba arrepintiendo de haber venido. Era la primera vez que iba a un evento de tal magnitud y no sabía bien por qué se había decidido a ir. El grupo de chicas llegó a donde quería ir primero: a un pequeño puesto de bebidas, y antes de que N. Gin comenzara el sermón de nada de alcohol, la de la n marcada en la frente pidió vasos con gaseosa para sus amigas. Cada una de ellas pagó la suya, a excepción de la Bandicoot, quien trató de ver el escenario para distraerse con otra cosa.
Para sorpresa de la anaranjada, quien estaba a cargo le había comprado un vaso y se lo dio con una sonrisa. Para empezar, a Coco le parecía muy extraño todo esto ya que siempre se acordaba de esa vez que ambos pelearon en la Luna con todo tipo de armamento y esta amabilidad le parecía sospechosa. Quizá sea como compensación ante la reciente mentira de la entrada, pero la cosa es que ella lo miró raro, tomó el regalo y ni siquiera se le escapó un "gracias" ni nada por el estilo.
En sí, N. Gin estaba más raro que de costumbre, pensaba la mutante, pero debía admitir que la ropa normal (camisa a cuadros gris, camiseta negra, jeans oscuros y zapatos negros) le sentaba bien, hasta parecía más alto y no tan gordo. Ella cerró los ojos fuertemente mientras ponía cara de dolor, tratando de olvidar lo que recién pensó, aunque se dio cuenta que esa bata de laboratorio arruinaba su imagen. Sin querer, aquel grupo notó su expresión, con lo que ella le echó la culpa al congelamiento cerebral.
Ya estaba sucediendo algo en el escenario: la primera banda comenzó a tocar y la gente se agolpó alrededor de este, como bestias salvajes ante comida. El grupo no fue la excepción, así que también se dirigieron hacia allá, tratando de identificar quién cuernos estaba tocando. Nina y sus amigas fueron las primeras en tomar la delantera, caminando tomadas de la mano para no perderse; incluso la de manos mecánicas agregó a la mutante a esa cadena. El cuidador, quien iba hasta atrás, le resultó sencillo poder seguirlas a ellas ya que Coco era llamativa en cuanto a ese cabello dorado y su pelaje anaranjado.
Para muchos, la Bandicoot era un bicho raro más pero, para el del misil, ella era como un ángel y, por lo tanto, era inalcanzable. Primero, ella era como unos veinte años menor que él, con lo que le hizo sentir como el peor de las basuras. Segundo, ella era una mutante, con lo que se sintió aún más de lo peor; por eso, odiaba y quería al mismo tiempo a Coco Bandicoot. Y ella no facilitaba las cosas: esa ropa ajustada hacía resaltar su perfecta figura y, el color negro le hacía pensar que quizá ella sería malvada. Él finalmente alcanzó al grupo y tenía a su lado a la chica de sus sueños.
—¡No puedo ver nada! —exclamó la rubia enojada ya que tenía en frente a un tipo de dos metros de alto con dos de ancho; éste no la había escuchado pero sí el que estaba a su lado, sacándolo de sus cavilaciones.
—La verdad, no sé qué hacer —se le ocurrió responderle, aunque prefería haberla ayudado.
Por otra parte, las alumnas de madame Amberley estaban como locas: gritaban tanto que parecía que, después de esto, tenían que ir al fonoaudiólogo con urgencia. Además, seguían cada palabra de aquellas canciones de violencia y muerte y, cuando no veían a la banda, ellas miraban como si quisieran participar del pogo que se había formado cerca del escenario. Pero Nina y sus compañeras sabían bien que el aguafiestas de N. Gin no les permitiría ir hacia allá, para quedarse con un par de moretones como suvenir. Sin embargo, cuando ella lo buscó (para intentarlo, por lo menos), se encontró que él tenía a Coco subida a sus hombros.
—¿Eh? ¿Me perdí de algo? —se preguntó la Cortex con su mejor cara de asombrada; no podía creer lo que veía—. Solo resta que Coco se mande un topless.
Lo que pensaba la chica de pelo corto ya era demasiado y, por lo tanto, no sucedió; aunque sí pudo notar que otras locas de por ahí si se animaban a tal acto.
—Nina, ahora que N. Gin está entretenido, ¿Por qué no vamos más adelante? —propuso la de origen nativo-americana con una sonrisa diabólica; las demás parecían estar de acuerdo.
La azulada aceptó, luego de pensar por una milésima de segundo, y aprovechando la multitud, se perdieron fácilmente de la vista del cyborg. Rápidamente, aquellas locas adolescentes llegaron a donde estaba la masa de descerebrados que la pasaban bien golpeándose y dejando a la vista el lado salvaje de la raza humana. Ellas no sabían bien por qué se iban a dejar pegar o a golpear a algunos infelices; quizá será para contar la anécdota y demostrar que no les importa nada. Pero la cosa es que se adentraron al pogo y justo cuando la canción permitía el momento.
Volviendo donde estaban N. Gin y Coco, la chica volvió a poner los pies en el suelo ya que el tipo tan grande como un ropero se había ido para irse para los baños químicos. Sin embargo, la visión era obstruida por momentos ya que la gente no paraba de revolear los brazos como si se los quisieran sacar del cuerpo. Cuando consideró que ya era tiempo de dejar de admirar a la curvilínea mutante y volver a su misión, el científico notó que Nina y las demás chicas no estaban por ningún lado. Sacando su Smartphone, una aplicación en este rastreaba la señal de las pulseras y fue así que ya sabía dónde estaban. La rubia se dio cuenta que el ex pelirrojo no prestaba atención a nada más que a su teléfono y se animó a preguntar.
—¿Sucede algo? —gritó ella ya que había tanto ruido alrededor, mientras trataba de mirar de reojo la pantalla del móvil.
—Nina y sus amigas se fueron hacia allá —respondió seriamente mirando hacia la dirección donde estaban las fugitivas—. Pero será mejor esperar a que se calme el asunto.
Eso último no fue muy tranquilizador para la anaranjada, quien se puso a mirar a donde se suponía que estaban esas chicas. No podía distinguirlas a ninguna de ellas, salvo por esa ocasión en la que la de manos mecánicas salió despedida por los aires y luego atrapada.
Por fin, las cosas se calmaron un poco y fue allí que el del curioso accidente decidió ir por aquellas que se fueron al ojo de la tormenta. Atravesar el mar de gente no fue un lecho de rosas; lidiar con personas borrachas y descontroladas fue algo repulsivo y daban vergüenza ajena su comportamiento. Sin embargo, algo más captó la atención no sólo de ellos dos, sino a todos (a los que estaban conscientes, desde luego). Algo se desarrollaba en el escenario que hizo que el baterista dejara de tocar. Alguien ajeno a la banda arrebató el micrófono y, a los cuatro vientos, lanzó una amenaza.
—¡Páguennos lo que nos deben o lo destruiremos todo! —exclamó una voz extrañamente familiar y, al ver más de cerca, Nina, N. Gin y Coco vieron que se trataba de Koala Kong.
—¿Pero qué demonios sucede? —preguntó la azulada en voz alta, con lo que muchos se preguntaban lo mismo—. ¿Cómo puede ser que esos mutantes llegaran hacia allá?
Pero no sólo aquel fortachón de pelaje gris estaba en el escenario espantando y enfrentándose a cualquiera que estuviera cerca. También estaban por ahí los hermanos Komodo y otro mutante pasado de esteroides: Tiny Tiger, y todos estaban vestidos con ropa informal. Ante la negativa en cuanto a la amenaza, el tigre de Tasmania se las agarró con el público rugiendo y quitando de su camino a cualquier persona que se le cruzara. Mientras que la gente huía despavorida, provocando una estampida, los dragones de Komodo tomaron de rehenes a la banda que estaba tocando. La Cortex y el del ojo mecánico sintieron que, de alguna manera, esto era su responsabilidad ya que los secuaces se vieron obligados a tomar otro empleo ante la inactividad del científico llamado Neo y, por eso, debían poner fin a esto.
—Quédate aquí, Coco —le pidió el del misil a la chica y salió hacia donde estaba el saltador.
—¡Ni hablar! —le gritó ella y fue detrás de él—. No quiero perderme de la diversión.
—¡Vamos, chicas! —exclamó la de los dientes de conejo a sus amigas y todas fueron corriendo hacia el escenario—. Tenemos que detenerlos y salvar a los chicos de la banda.
Después de atravesar la muchedumbre que corría por su vida, la rubia y el agrisado estaban a un par de metros de distancia de Tiny, y vieron cómo éste no podía ser derribado por ninguna persona. Pero la chica estaba hecha una furia, por la interrupción del concierto, y sin más salió al ataque con sus técnicas de karate. Pero los golpes no hacían mucho daño y el de los dientes filosos logró atrapar uno de los pies de la anaranjada, cuando esta quiso darle una patada voladora, y la lanzó por los aires. Pero ella no se hizo tanto daño al caer; el científico consiguió atraparla aunque eso representara que él también se cayera hacia atrás.
—Ahora sí espero que te quedes aquí —le recriminó algo enfadado a la chica impulsiva.
Ahora él estaba molesto con el tigre, por haber maltratado de esa manera a la chica, y arrojó su sombrero antes de que se quemara por el calor que estaba saliendo del misil. El mutante se sorprendió al principio al ver a alguien del N Team pero, como estaba en un estado salvaje, fue a enfrentarse con él sin importar nada. Pero cuando se venía, N. Gin le lanzó unas granadas a su gran hocico y Tiny no pudo evitar aspirar el gas anestésico, con lo que se veía atontado (más que de costumbre). De nuevo, Coco entró en escena y pudo concretar su patada voladora. Tiger quedó tirado en el piso.
Las alumnas de la academia se dividieron para el ataque: Nina y Wakanda fueron tras Komodo Moe, y Miyako y Brenda por la otra lagartija mutada. Las cuatro ya estaban en el escenario y, mientras que los hombres de seguridad peleaban con el gran koala, ellas observaron que los reptiles tenían en sus manos a los cuatro integrantes de la banda, agarrados por el cuello y, en cualquier momento, estos dos podrían asfixiarlos.
—¡Aléjense de aquí o ustedes serán responsables de las muertes de estos tipos! —amenazó el dragón pasado de kilos al ver que las chicas se aproximaban lentamente.
En un segundo, Nina estiró una de sus manos mecánicas para darle un certero golpe en la frente del lagarto, dejándolo algo desorientado, con lo que soltó a sus capturas. Para dejarlo fuera de combate, Wakanda le lanzó una bola de energía que hizo que el mutante se estrellara el fondo del escenario. Fue así que la cyborg y la bruja se deshicieron de ese bicho. Mientras esto pasaba, la castaña y la pelirroja discutían por quien primero iba a atacar, hasta que ganó la primera. Con pasos lentos, se dirigió a Komodo Joe y, con una voz amable le dijo:
—Mírame a los ojos —con lo que al reptil le pareció raro y la miró de todas formas; grave error, ya que ahora este parecía estar en trance—. Suelta a esos muchachos.
Él obedeció sin más y luego fue el turno de la otra chica, quien lo mandó a volar con golpes de karate. Fue así que la chica vampiro y la ninja dejaron fuera de combate al mutante flacucho. Sin embargo, nadie podía contra Kong hasta sufrió lo mismo que su amigo el tigre de Tasmania. Luego de que se calmó el asunto, los héroes del día se llevaron a rastras a los problemáticos aprovechando que estaban inconscientes. Todos volvieron al vehículo de N. Gin vuelto en nave voladora y regresaron al bosque. A pesar de que se arruinó la salida, las amigas de Nina parecían conformes con lo sucedido y regresaron con sus familias.
Después de eso, el resto regresó al acorazado del científico, incluso Coco, quien prefirió ir con ellos que a viajar sola en mitad de la noche. Al día siguiente, era tiempo de llevar a la Bandicoot a N. Sanity y fue así que ella llegó a su casa luego de viajar en aquella nave. Ella se despidió de los dos cyborg y, al entrar a su casa, Crunch y Aku Aku la estaban esperando.
—¿Dónde estabas? —preguntó el grandulón entre enojado y preocupado.
—Les dejé una nota —respondió la rubia algo atemorizada, señalando la misma que estaba pegada en el refrigerador—. ¿Acaso no se dieron cuenta?
—Perdona, Coco. Lo que pasa es que no sales mucho y me pareció un poco peligroso hacia donde ibas —respondió el Bandicoot aun sospechando algo—. Pero, no te ves… amanecida. ¿Acaso dormiste en algún lado?
Ella no contestó de inmediato, y en su lugar pensaba: "¿desde cuándo Crunch es tan metiche?". Su hermanastro se cruzó de brazos y le dirigió una mirada fulminante a la chica.
—Te lo diré, pero promete que no te enfadarás —dijo ella, evitando mirar directo a la cara, sin embargo, lo prometió—. Fui a un recital con Nina y N. Gin, pero no sabía que ellos irían.
—Está bien, Coco —habló la máscara mágica—. Eso va bien con lo que nos dijo el psicólogo.
—Ahora tú promete que no te enfadarás —interrumpió el del brazo metálico, con lo que Coco asintió pese a su sorpresa—. Crash y Cortex deberán pasar un tiempo… juntos.
—¿Qué? —gritó aterrada y se desmayó.
No se olviden de los reviews, sino no sigo escribiendo.
