Mil disculpas por haberme tardado tanto. Espero que no vuelva a suceder.

Mil gracias por los reviews. La verdad, me motivan a seguir escribiendo.

Paulina: estoy trabajando en ello pero será un fanfic aparte de este.

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Capítulo 6

Armándose de paciencia

Coco Bandicoot apareció despertándose súbitamente en su cama y su cabeza parecía que le iba a estallar por tanto dolor. Un analgésico le vendría bien; el problema era ir a buscarlo con lo adolorida que estaba y por la oscuridad que había por todas partes. Sin embargo, ella se decidió a ir por eso que necesitaba, mientras trataba de recordar lo último que le había pasado. Pensar con dolor de cabeza no era una buena idea y, mientras caminaba con apenas levantando los pies, llegó a la conclusión de que era mejor llamar a su hermano para que le ayudara. Yendo para allá, una frase resonó en su mente de repente:

"—Crash y Cortex deben pasar un tiempo juntos."

Al inmediato recordó que aquello le provocó que, en un segundo, todo se volviera negro, y tratando de pensar cuánto tiempo llevaba dormida, unos extraños ruidos llamaron su atención, que la llevó a crispar sus orejas involuntariamente. Lo peor de todo era que estaba segura de que venían justo del cuarto de su hermano y esos ruidos sólo los conocía por la televisión. Esto llevó a pensar que su único familiar quizá estaba viendo alguna película romanticona, así que sin más, ella miró por el ojo de la cerradura. Ella se asomó sólo para ver, con ayuda de la luz de la luna, lo que no esperaba encontrarse ni ahí: el mutante se estaba besando con alguien.

"Quizá el dolor me está causando alucinaciones", pensaba la blonda mientras se frotaba los ojos y volvía a ver por el agujero. Seguía viendo lo mismo y ahora trataba de identificar a esa persona extraña. Aunque le causaba una sensación rara ver así a su hermano (y más cuando la cosa se ponía cada vez más apasionada), se dio cuenta de que un hombre estaba con él. Mientras que ya sabía la razón del porqué el Bandicoot había rechazado a Pasadena, la zarigüeya, la rubia abrió aún más sus ojos y oídos al escuchar algo aparte de suspiros.

—Después de todo lo que pasó, no puedo creer que esto esté sucediendo.

Coco reconocía esa voz que sonaba entrecortada: no quería admitirlo pero se trataba de Neo Cortex; y ya no pudo soportar quedarse callada y gritó horrorizada.

La chica Bandicoot apareció en su cama; había tenido una pesadilla. Uno de los culpables de aquello entró a su habitación totalmente asustado y, detrás de él, estaba flotando Aku Aku.

—¿Estás bien, Coco? —preguntó el de las plumas muy preocupado—. ¿Por qué gritaste?

—Sí, eso creo —respondió oyéndose agitada—. Sólo tuve una pesadilla; nada importante.

Crash le dio un abrazo a su hermana, como diciéndole "ya pasó", y aunque sentía cierto rechazo, ella se lo devolvió ya que aquello sólo se trataba de un estúpido sueño imposible.

Cómo ya era de mañana, todos fueron a desayunar y parecía que todo se había normalizado, sin embargo, el chico que no hablaba bien se veía algo ansioso. Él miraba el reloj de pared a cada rato y sonreía mirando hacia abajo. Cuando se daba cuenta de que lo estaban observando de forma rara, él actuaba como si nada pasara pero algo se traía entre manos. Cuando la chica quiso preguntar, unos golpes se oyeron en la puerta. Inmediatamente, el marsupial salió disparado hacia allá dejando a la rubia sorprendida y con una simple pregunta en su mente: "¿Quién carajos es?"

Las sorpresas aún continuaban para la Bandicoot cuando vio en la sala a Cortex y a Tropy, pero una mirada de odio se posó en el primero. En el momento que Coco se decidió a echar a patadas de su casa a esos científicos, su hermano entró con una bandeja con una jarra con agua y dos vasos y se los ofreció a estos con una sonrisa. Ella no sabía de qué lado estaba el mutante y, antes de que empezara a los gritos, la máscara mágica le obligó a regresar a la cocina. Una vez allí, él le explicó lo sucedido en la terapia y, aunque entendió cada palabra, ella estaba en contra de todo esto. Hecha una furia, la chica fue a enfrentárselos.

—¡Se van ya mismo de acá! —gritó ella y señaló la salida—. Vienen aquí sólo para matarnos.

—¿Cómo? —preguntó tranquilo el de los relojes desde su asiento—. Si estamos desarmados.

—Admito que fue difícil dejar mi arma de rayo pero tuve que hacerlo —agregó el casi pelón.

Por un lado, parecía que esos dos decían la verdad y también porque no estaban vestidos con sus típicas batas de laboratorio, optando por algo más casual (si no fuera por los colores en la piel de cada uno, pasarían por personas normales). Era raro ver a tus enemigos bajo el mismo techo y fingir que los intentos de homicidio nunca pasaron, y antes de seguir protestando, la chica se acomodó por ahí cerca, en silencio, para escuchar qué planean hacer el día de hoy.

Por un buen rato, hubo un silencio mortal. Todo este ejercicio de terapia iba en picada hasta que el amarillento obligó al mutante a proponer una actividad con urgencia, ya que consideraba que ese era su deber como anfitrión. Ante eso, Crash optó por una opción y la compartió mediante gestos y palabras raras.

—¿A pescar? —preguntó al rato el inventor del Time Twister, algo sorprendido.

—Bueno, supongo que está bien —comentó el de la frente marcada no muy convencido.

Con una energía, como la de un rayo, el muchacho de verdes ojos fue en busca de lo necesario para la ocasión y, una vez que lo tenía todo (cañas de pescar, carnada, redes, y otras cosas que no tenían nada que ver con el asunto), hizo señas para que lo siguieran fuera de la casa. Los científicos fueron tras sus pasos aunque no con las mismas ganas que el chico y, por último, fue Coco, sin quitar su cara avinagrada. Una vez en la playa, Nefarious se negó a sacar del agua a algún infeliz pez y prefirió tirarse en una de las reposeras que había sobre la arena para tomar sol. Aunque el de barba candado le insistió a que le acompañara (para no quedarse solo con el Bandicoot, según este confesó en secreto), él tuvo que irse por allí cerca, donde caía el agua de la cascada, donde el sonriente marsupial lo esperaba.

—Escucha, torpe marsupial —comentó Neo de modo amenazante—. Más te vale que no hagas nada estúpido porque voy a echar para atrás toda esta maldita tregua, ¿entendiste?

El chico de los guantes sin dedos sólo sonrió, haciendo oídos sordos a la amenaza, y le entregó amablemente una caña de pescar al hombre del mal humor terrible. La captura de peces fue algo que salió medio raro: los ejemplares eran demasiados en cantidad (por culpa de la cascada que los hacían agruparse), así que con uno o dos arreglaron el tema de la comida y, el resto se volvió una pesca deportiva. Otro problema encontrado era que estos animales acuáticos eran bastante grandes, con lo que había riesgo de perder los dedos al sacar el anzuelo, más para el inexperto doctor. Esto llevó a Cortex a abandonar su tarea e ir al lado de su socio, como un auténtico cobarde.

Crash también dejó de pescar al rato y se acercó a esos dos integrantes del N Team, para acordar otra actividad. Los científicos dejaron de conversar cuando el mutante se les aproximó y la sonrisa de este no causaba buenas vibras para ellos.

—Espero que no hayas pensado en ir de excursión a la selva, Bandicoot, porque de este lugar no me muevo —amenazó de nuevo el amarillento, acomodándose más en su tumbona.

Caminar, con el calor que hacía, con las trampas de los nativos, con las venus atrapamoscas, con los agujeros en el suelo y con demás peligros, no era algo que Cortex quería hacer por las buenas. Otro motivo era que prefería quedarse a descansar, es decir, que era un vulgar vago que no quería caminar a menos que obtuviera algo a cambio, como un cristal precisamente. El anaranjado permaneció pensando, quizá en alguna alternativa ya que tenía que cambiar de planes. Luego de mucho pensar, el anfitrión chasqueó sus dedos una vez en señal de que se le había prendido el foco. Esto captó la atención de los científicos malvados, quienes interrumpieron su asoleo para ver con qué locura los entretendría.

—Más te vale que sea algo bueno, marsupial —gruñó el de la N en la frente. Luego de un idioma inentendible, el de los ataques giratorios apuntó con un dedo hacia los árboles de wumpas.

—¿Acaso quieres que recolectemos de aquella fruta? —preguntó Tropy arrugando la cara, con lo que Crash asintió con mucho entusiasmo.

—Lo que veo aquí, es que nos haces trabajar —se quejó el barbón cruzándose de brazos—. Voy a comentar esto con ese canguro desquiciado que tenemos por psicólogo.

Por su parte, el mutante pidió por favor haciendo su mejor carita de perro, con lo que el viejo apartó la vista para no ver el espectáculo que le estaba ofreciendo su "hijo". Los pedidos de que terminara con su actuación no hacían efecto con lo que no quedaba otra opción que ceder. El hijo de la dueña del Moulin Cortex extrañó ahora más que nunca su querida arma de rayo, así le cambiaría la cara a ese mutante persuasivo. Una vez que este último aceptó a duras penas, el anaranjado dio un doble salto de alegría y nadie sabía cómo él podía hacerlo. Luego, el sonriente se fue brincando hacia la arboleda.

"¿Cuándo terminará este día?", se preguntó Neo suplicando a quién sabe mientras seguía los pasos del inquieto Bandicoot, caminando como si la gravedad aumentara cien veces de más.

—Que te diviertas —le dijo el quien tenía por arma un diapasón gigante desde su asiento.

—No, no, no. Ni lo creas, Tropy. Tú te vienes conmigo, quieras o no —exclamó furioso y sacó a su colega de su tranquilidad a rastras.

En esta ocasión, Coco no los acompañó ya que tenía que encargarse de la comida antes de que se eche a perder los pescados. Pero, para no dejar sólo a su hermano con los peculiares invitados, ella le encomendó a Aku Aku de que vigilara a esos dos. Una vez que la máscara mágica llegó a donde estaban aquellos tres, él se encontró con que el de ojos verdes estaba trepado a un árbol alto, observando el horizonte y luego invitando a los doctores a subir; nada que ver con la recolección de frutas. Después de una pequeña discusión entre los doctores, el azulado fue el primero que se animó a trepar y casi con la misma agilidad que el animal evolucionado.

Luego fue el turno del cabezón, ya que tuvo que acceder porque su colega lo estaba desafiando. El enano se resistió por un tiempo hasta que tuvo que ir sí o sí, maldiciendo por lo bajo con cada centímetro que trepaba aquel árbol, que parecía ser un secuoya de lo alto que era. A él le costó un montón subir ya que no tenía las mismas condiciones que el mutante o su compañero de equipo. Por eso, Neo llegó al lado del cyborg con la lengua afuera como si fuera un perro y le costaba reponerse. Pero el paisaje, digno para sacarle una fotografía o reflejarlo en un cuadro, cambió su humor. Por eso los Gemelos Malvados hicieron un tour por la isla antes de decidir que querían destruirla; la N. Sanity era una isla de ensueño.

—¡Ya está la comida! —gritó Coco enojada, interrumpiendo la escena tan particular.

—Vaya que sí tiene pulmones esa chica —comentó el especialista en el tiempo, con cierto sarcasmo—. Mejor bajemos antes de que decida ponerle veneno al almuerzo.

Solamente Crash y Nefarious comenzaron a bajar, porque Cortex sintió un terrible vértigo que fue peor cuando miró hacia abajo. Él se imaginó que estaba a una altura cercana a estar en la cima del Everest y se aferró con fuerza al tronco principal de aquel árbol. El viento que soplaba en ocasiones no ayudaba a calmar al viejo y fue así que pensó que se quedaría a vivir allí, como los ecologistas que protegen a los árboles. Su socio del N Team lo notó recién cuando estaba a mitad de camino al suelo y preguntándose: "¿por qué carajos no baja?".

—¿Pasa algo que no bajas, Cortex? ¿No me digas que le tienes miedo a las alturas? —preguntó el de la extraña barba oriental, sin dejar de deslizarse por las ramas.

Por su parte, el nombrado no respondió nada para admitir que estaba totalmente asustado, como un gatito al que los bomberos rescatan. Esto le recordó cuando cayó desde su dirigible; esa vez en que fue derrotado por primera vez por el marsupial color naranja. Prefería en ese instante estar atado, como lo hicieron los nativos, dejándole en lo alto de aquel tótem. Sin embargo, cambió de opinión cuando recordó que cayó al río después, maniatado y pidiendo ayuda a gritos. Pero esta vez su orgullo no le permitiría gritar y, con todo el miedo del mundo, fue bajando a velocidad de una hormiga.

La cara lo decía todo: el tío de Nina estaba muerto de miedo; con lo que el que usaba armadura no sabía si ir por él o no. Sin embargo, el azulado llegó al suelo, junto con el bicho naranja, y levantó la vista para ver al miedoso de su aliado. Neo estaba a mitad de camino, y su compañero comenzaba a perder la paciencia, avisándole que se apure o que cortaría el árbol para bajarlo. Por supuesto que era una falsa amenaza (por el bien de la ecología), pero eso le bastó al amarillo para meterle pata y bajar de una buena vez. Al apurarse más, Neo pisó una rama débil y fue así que se cayó.

—¿Qué es lo que les pasa que no vienen? —exclamó la chica Bandicoot, de nuevo con su mal humor, viniendo hacia donde estaban ellos cuatro.

Ella, junto con la máscara y el zarco, pusieron una cara rara al ver dónde había aterrizado Cortex. Milímetros los separaban de rozarse las narices, entre el amarilloso y el chico sonriente, quien ahora estaba sorprendido, mirando con detenimiento el rostro de quien estaba encima de él. Por su parte, el barbón también lo estaba mirando, preguntándose cómo fue que terminó ahí, y sintiendo el calor del cuerpo del Bandicoot. Pero eso no duró mucho; al científico se le había pasado el susto con lo que se apartó del muchacho como si este tuviera lepra.

Quienes estaban allí cerca miraron boquiabiertos a los responsables de esa escena un tanto comprometida, hasta que el doctor cambió el tema haciéndoles acordar que se enfriaba la comida. En silencio, todos fueron hacia la casa de una planta pero el que usaba un arma de rayo se rompía la cabeza pensando en lo que acababa de pasar. Echándole por un segundo la vista al marsupial, este le sonreía como si nada, con lo que volvió rápidamente los ojos al camino. Se lamentó por haber pasado esos segundos arriba de este y no entendía por qué no salió de inmediato. Mientras buscaba una razón, él ya había entrado a la vivienda.

Una vez a la mesa de la cocina, el joven anaranjado se encargó de servir las porciones del guisado de pescado junto con una ancha sonrisa. Por fin, Crunch se hizo presente luego de su dosis diaria de entrenamiento y fue el responsable de que la pequeña mesa de madera quedara un poco chica para los cinco comensales. El espacio era escaso pero, por lo menos, los condimentos estaban al alcance. Otro aspecto positivo era que la rubia cocinaba bien, a pesar de que los miembros del N Team le tenían poca fe. La comida de la adolescente le sacó al medio pelón el mal sabor de boca que le dejó aquel incidente; por lo que tenía una razón para volver.

Antes de que pasara algo más, los ex alumnos de la Academia decidieron abandonar la isla y regresar al frío y gris laboratorio del iceberg. La próxima visita sería en una semana hábil, con lo que ellos descansarían de los animalejos por un buen rato. En lo que duraba una teletransportación, los hombres se encontraron en los oscuros pasillos del Iceberg Lab y, cada uno se fue por su camino. Por un lado, el más bajo fue a su habitación para cambiarse de ropa y los recuerdos de lo sucedido se adueñaron de sus pensamientos.

—¡Idiota de Bandicoot! —dijo por lo bajo y se encargó de insultarlo en silencio.


No se olviden de los reviews, ¿eh? Acuérdense que esa es mi recompensa.