Creo que ya se me hizo costumbre de pedir disculpas en cada capítulo...
Pero, esta vez, fue por algo que estuve preparando. Así es: si es que todo sale bien, publicaré algo especial para este Halloween. Así que sabrán de mí en unos días...
Mil gracias por los reviews.
Sara: espero poder seguir así de bueno con esto del yaoi. Cualquier cosa para mejorar, por reviews.
wherever: no hay problema si no siempre te conectas; también me pasa lo mismo.
sophie: aquí está el capítulo. Espero no decepcionar.
Sin más demoras, aquí el esperado capítulo siete:
Capítulo 7
Algo se traía entre manos
El primer día de la tregua obligada fue algo aterrador para Neo Cortex, quien se la pasó maldiciendo entre dientes a su desconsiderado enemigo desde que regresó a su querido laboratorio del iceberg. Ninguno de sus compañeros de equipo, Brio y N. Gin, se animó a preguntarle qué le había pasado en la isla N. Sanity, ya que parecía que la ira del medio pelón estallaría ni bien pronunciaran palabra alguna. Fue por eso que estos dos recurrieron al maestro del tiempo durante una reunión improvisada en la cocina. Sin embargo, el otro no tenía ganas de hablar; estaba cansado después del viaje, según decía, y admitió que fue un error grave tomar sol sin protección.
Pero, como el de las sustancias químicas y el del misil insistieron, Tropy fue contando seriamente lo que pasó entre quejas por su piel quemada. Cuando llegó a la parte en que el amarillento cayó encima de Crash, quien llevaba tornillos a los lados de la cabeza fue el primero en insinuar burlonamente que entre esos dos podía haber algo. Eso fue motivo para que sus socios estallaran en risas, imaginándose lo que pasaría si eso fuera cierto. De enemigo a más que un amigo; esa fue una píldora difícil de tragar y, antes de que el viejo se enojara más de lo que está, decidieron penosamente que no le harían bromas, hasta que tuvieran más evidencia.
De la bronca que tenía, quien llevaba la letra de su inicial en la frente decidió que calmaría sus pesares si se iba a dormir, y así nomás lo hizo. Generalmente, él se dormía un poco más tarde pero, después de un largo bostezo, cerró sus ojos ennegrecidos por las ojeras.
Un quejido de su puerta lo despertó pero aún él seguía soñoliento, con lo que simplemente lo ignoró. No podía hacer lo mismo con el clic sonoro que hacía la puerta al cerrarse y ahí sí se sentó en su cama. La oscuridad le obligó a prender el velador y, a lo lejos, pudo distinguir una figura: no estaba solo en su habitación. Aquel extraño se iba acercando poco a poco y la escasa luz del lugar resolvió el dilema: el mismísimo Crash Bandicoot había llegado descaradamente a la alcoba del científico.
―¿Qué demonios haces aquí, mamífero entrometido? ―gruñó el hombre en voz baja y se inclinó hacia su mesita de noche―. Ahora veras… ¿Eh? ¿Dónde está mi arma de rayo?
Mientras que el doctor buscaba con desesperación ese objeto, un ruido que aparecía cuando ya estaba listo para disparar llamó la atención del hombre sólo para ver que el mutante tenía la cosa buscada entre sus manos. De por sí el anaranjado ya era peligroso peleando sólo con su cuerpo, armado sería peor, y cuando todo era un horror para el barbudo, el bichejo sonreía malicioso apuntando el arma ajena al dueño de esta. Cuando quiso protestar, el portador del paralizador, entre otras cosas, le expresó que se callara mediante gestos. Cada vez más el chico se acercaba y Cortex sólo podía seguirlo con la mirada.
―¿Qué es lo que quieres? ¿Matarme? ―preguntó al haber sólo un par de pasos que los separaba―. Recuerda que estamos en una tregua; no puedes matarme.
El sonriente pareció escucharlo esta vez y fue dejando lentamente aquel objeto dañino en la mesita; el alma le volvió al cuerpo a quien estaba en la cama con un comienzo de ataque de pánico al ver que ya no estaba a merced de su enemigo. Los intentos por recuperar su querida arma fueron frustrados por el intruso, quien atrapó el brazo del amarillento. Antes de pronunciar palabra para protestar, su boca fue tapada por la otra mano de quien portaba guantes de motociclista. Para desgracia de Neo, su hijo tenía más fuerza que él con que luchar era en vano y poco a poco, el marsupial se aproximaba más hasta que lo aprisionó sobre la cama.
El pánico se apoderó de él nuevamente. Sentía que esa sonrisa maliciosa dibujada en el rostro del mutante no le daba buena espina y por momentos esperaba a que terminara de hacer lo que se proponía. Nada de eso: el joven se quedó observando con todo el tiempo del mundo los ojos del doctor como si se tratara de una obra de arte, sin tener en cuenta que el apresado no la estaba pasando bien con todo esto. Sabía que las intenciones de este no eran buenas y antes de dar comienzo a otra lucha por liberarse, el científico forcejeó tanto que se cayó de su cama con un fuerte golpe.
—¡Déjame! —gritó con todas sus fuerzas.
No sabía lo que había pasado: parecía que el intruso se había esfumado y la oscuridad del lugar hizo que demorara un buen tiempo para encontrar el interruptor de la lámpara de su mesita. Ahora que podía ver, Cortex no encontró a simple vista al bandido y se propuso a buscarlo por todos los rincones de su habitación. Nada; ni un rastro. Ya cansado de buscar, consiguió resolver el dilema: había tenido un sueño, o más bien una pesadilla. Sin embargo, esto no lo calmó ya que fue muy real y nunca en sus viajes al subconsciente se había envuelto en semejante situación que, cualquiera que los viera, habría malpensado.
Para distraerse, se fijó en su reloj despertador; aún faltaban horas para el amanecer y este juego en su mente hizo que se despabilara. Habría optado por levantarse pero, si se cruzaba con alguno de sus colegas, este podría pensar que ya el viejo Cortex se estaba haciendo más viejo. Con todo desánimo, intentó dormirse de nuevo aunque eso le pareció una verdadera batalla ya que temía que su pesadilla continuara. Pasó una hora y nada, así que recurrió a uno de sus libros que estaban abandonados en uno de los cajones de su mueble. Por lo menos, eso sí funcionó.
—¡Tío Cortex, despierta! —gritó alguien de repente. Esa voz chillona hizo que diera un salto del susto, interrumpiendo su descanso que le había costado mucho conseguir, y enseguida fue en busca de aquella cruel persona por más que sus ojos todavía no le permitían ver claramente—. ¿Te encuentras bien?
—¡Nina! —le respondió lo más fuerte que pudo aunque su garganta no estaba preparada—. ¿Por qué rayos tuviste que despertarme a los gritos?
—Porque ya es tarde —dijo de lo más tranquila y luego se fijó en el libro que estaba abierto sobre la cama—. ¿Cómo fue que llegó uno de mis libros hasta aquí? No sabía que te gustaban las novelas, especialmente las de la saga Crepúsculo.
El amarillento se horrorizó con aquella revelación, no se había fijado en la tapa del texto, y la chica sonreía burlonamente. Luego de eso, el hombre echó a su sobrina de su cuarto para prepararse para enfrentar este día que ya había comenzado hace mucho. Él trató de seguir con su rutina pero sus ánimos estaban por el piso, con lo que se tardó un poco más. Mientras caminaba por los pasillos con poca iluminación, ya que la luz exterior sólo se quedaba afuera, por alguna extraña razón no se encontró con sus compañeros de equipo. Otra pregunta se agregó a su listado de sucesos misteriosos…
Por medio de la joven gótica, el barbón se enteró que sus aliados se marcharon bien temprano a sus respectivas guaridas, haciéndolo sentir un poco rechazado. Por el resto del día y de los siguientes se encargó de las cosas pendientes para hacer en su laboratorio, así como cuestiones acerca de la academia y construir recursos para un posible enfrentamiento contra el Bandicoot y compañía. Había mucho por hacer y menos mal que Tiny Tiger y Dingodile estaban ahí para ayudar, quieran o no. Por desgracia, el tiempo pasó volando y ya era hora de un nuevo encuentro con el pesado marsupial.
—¡No quiero ir! —protestó Neo, sonando bastante infantil, y a punto de empezar a patalear.
—Vamos, tío —comenzó diciendo la adolescente ya harta de las quejas—. Tendrás que ir.
—De acuerdo, iré —dijo luego de una larga discusión—, pero si alguien me acompaña.
—Lástima, pero yo no puedo —respondió ella después de ver la cara suplicante del doctor—. Tengo mucha tarea que hacer, así que busca al primer tonto que se te venga a la mente.
—¡N. Gin!
Por un instante, la cyborg pensó en preguntarle por qué justamente se le ocurrió decir ese nombre pero quizá buscaría cualquier excusa, así que ella fue a su cuarto no sin antes despedirse de su tutor. Por otro lado, el casi calvo tenía que apresurarse para su encuentro con el bicho, antes de que lo denunciaran por llegar tarde, así que sin más fue a toda prisa a teletransportarse al barco de guerra. Ese lugar era repulsivo para él, ya sea por sus peligros y por los mutantes que rondaban por ahí. De por sí, estos le tenían respeto y debe ser por eso que detestaba ir allá porque sus secuaces no tenían esa lealtad con él.
Mientras apretaba los dientes al buscar al cyborg, el de la frente marcada tuvo que admitir que no podía arreglárselas solo, así que pidió indicaciones al primer animal marinero que vio. Aunque trató de memorizar las palabras que le decía un rinoceronte conserje, lo único que hizo el hombre fue perderse en un laberinto hecho de paredes de metal y suelo de madera. Parecía que estuvo dando vueltas por años, sintiendo desesperación y rabia, hasta que de repente encontró lo que buscaba. Él no pudo evitar gritar del susto que se pegó e intentó hacer como si nada, pero nadie se lo creería.
—Quizá debería poner carteles con indicaciones; esto le va pasando muy seguido, doctor Cortex —dijo el del misil con una sonrisa burlona.
—¡Por supuesto que sí! —le gritó con toda furia, obligando al otro que borrara su expresión—. Pero ahora no; tenemos que ir a la casa de esos Bandicoot.
Antes de que el almirante pudiera negarse, este ya estaba siendo arrastrado, aunque el captor lo soltó al rato ya que no sabía hacia dónde ir. Fue así que los dos científicos fueron de mala gana a la isla N. Sanity, pero el malhumor fue peor cuando aparecieron en medio de una tormenta. La fuerte y pesada lluvia los mojó de cabeza a los pies en cuestión de segundos y esto también les impidió ver la casucha de los marsupiales. Parece ser que la ducha inesperada los desinhibió y se insultaron con todo, echándose la culpa mutuamente. Podrían haber regresado, de no ser porque el dispositivo transportador se dañó por tanta agua.
—¡Ya es suficiente! —exclamó el de la piel grisácea ya harto de todo—. ¡Me largo que aquí!
—¿A dónde crees que vas, cabeza-cohete? ¡No me dejes hablando solo!
Desapareció sin responder palabra y, aunque el barbudo quiso seguirlo, otra vez tuvo que admitir que se perdió. Otra cosa que volvió a pasar fue que se encontró inesperadamente con su compañero que, aunque este no le dijo nada a pesar de que veía molesto, este lo guio hacia quien sabe. Al poco tiempo de caminata, ellos se detuvieron y fue allí que el líder del N Team pudo ver que estaban frente a la casa de los mutantes. Semejante sorpresa se llevó Crash al fijarse quien había llamado a la entrada de su hogar, y le costó identificar a esos dos perros mojados como sus colegas de terapia. Al minuto, Coco se unió a su hermano para poner juntos sus mejores caras de asombro.
—¡Por Dios! Nunca creí que respetaran tanto la agenda —dijo ella mientras mezclaba algo en un bol—. No puedo creer que se aparecieran aún con esta tempestad.
—¿Y cómo iba a saber que había un mal clima? —gritó Neo una vez que dio unos cuantos pasos adentro de la vivienda y se exprimía el pelo para sacarse el agua.
—Debiste poner el canal del clima antes de que me arrastraras hasta acá —le respondió Gin.
—Siempre hace un calor de mil demonios en este lugar —le dijo con cierto tono de desprecio y mirándolo de reojo—, así que supuse que siempre lo haría.
—¡Pero olvidaste que aquí hay un maldito clima tropical y que, tarde o temprano, llovería!
Y con eso, la discusión se puso cada vez peor y los Bandicoot no sabían qué hacer para detenerlos. Por un lado, tal parece que se pelearían en cualquier momento, y por otro les estaban mojando la casa. Ambos hermanos se enfurecieron y, como pudieron, los echaron a patadas hacia afuera, con la condición que les dejaría entrar si se comportaran como se debe. Un nuevo baño helado calmó las cosas, y como castigo, los marsupiales les impusieron que los dejarían entrar si pedían por favor y de rodillas, con una promesa de que no se volverían a pelear, por supuesto.
A regañadientes, los dos hombres regresaron a la cabaña y, con ello, el agua que tenían encima. A pesar de ser los invitados, la rubia les ordenó que limpiaran o, en caso contrario, los echarían de nuevo, sólo que esta vez no los dejarían entrar ni aunque tiraran la puerta abajo. Aclarado el asunto, ella volvió a la cocina, mientras que el chico les traía toallas y les indicó que podían secarse junto a la chimenea perfectamente encendida. Esa era una buena idea, en parte, pero aún corría el riesgo de que aquellos dos se pescaran algún resfriado. El anfitrión se dio cuenta al rato, cuando vio que algo andaba mal porque los científicos temblaban como hojas.
—¿Qué rayos quieres, Crash? —preguntó Neo al ver las señas y gestos que hacía el joven.
—Creo que dice que lo sigas —comentó el cyborg también confundido.
Pesadamente, el barbón se levantó del asiento hecho con tronco de árbol y anduvo como si tuviera pegamento en sus pies. Al principio, fue cansancio lo que sentía: tal vez el animalejo lo llamaba para una tontería, pero después le invadió el pánico al recordar su pesadilla. ¿Por qué justo a él lo nombró y por qué se acercaban hacia las habitaciones? Tal como en su sueño, ahora no tenía nada con qué defenderse y no quería gritar pidiendo ayuda por una cuestión de principios. Una vez que pasaron por estrechos pasillos, el muchacho le entregó algo que suponía que era una toalla de color azul y apuntó con el índice hacia una puerta.
Después de unos cuantos minutos, el de piel amarilla se apareció en la sala llevando una bata azul y tal parece que lo que buscaba el silencioso era que se quitara la ropa mojada. El bicho sonrió al verlo, conteniendo lo más que pudo la risa burlona, con lo que el hombre se dio cuenta que la prenda tenía bordado el nombre de su enemigo. Luego era turno del otro integrante del N Team, quien trataba de arreglar el transportador en forma de muñequera. Pasado un tiempo, Coco regresó al lado de su hermano y los peculiares invitados, con la simple intención de que la comida ya estaba lista.
Aunque las cosas estuvieron más que raras al principio, no hubo más inconvenientes graves a lo largo de la jornada. Sin embargo, había ciertos problemas que necesitaban tiempo para arreglarse, como el hecho de que el artefacto transportador no funcionaba y la ropa tardaba en secarse. Luego de varias partidas de póker, el único problema era cómo regresar y a pie no era una buena idea ya que la lluvia seguía como si nunca hubiera llovido. Cuando el especialista en robótica comentó que necesitaría herramientas y repuestos, la rubia lo invitó a ir a su laboratorio que estaba en el sótano.
Mientras tanto, el de la N en la frente y el anaranjado sonriente se quedaron en un ambiente bajo un silencio incómodo, y antes de que al anfitrión se le ocurriera una idea ridícula para pasar el tiempo, el hombre bajó escaleras hacia el sótano. Como la charla entre la chica y el cyborg era bastante técnica, comentando sobre lo último en laptops, el de la idea de crear un ejército de súper animales vio como el arreglo tomaba su tiempo por tantas distracciones y, antes de empezar una nueva pelea, se decidió a recorrer el lugar. De esa forma, él estaría al tanto de con qué cosas se defenderían sus enemigos en caso de que se diera un nuevo atentado, y mientras iba caminando, unos ojos verdes lo seguían constantemente.
Acuérdense de los reviews, para saber si marcha bien la cosa o no.
