Buenas, aquí les traigo la continuación. Pero primero unas respuestas a sus reviews:
nyaneko: no pienso dejarlo, a menos que dejen de enviarme reviews.
Sara. : tranquila, aquí está la actualización.
wehrever: sólo fue un sueño, pero bien que podría ser otra cosa. *risas siniestras*
Benton: ¿de verdad que pongo mal las comas? Si es así, dame un ejemplo. En cuanto a lo otro, quizá para la próxima lo haga más largo.
Estoy medio mal porque nadie me comentó en mis especiales de Halloween pero, por lo menos, agregué más fics al fandom.
A leer se ha dicho:
Capítulo 8
Un difícil regreso
Tenía que admitir, aunque no quería hacerlo, que ser vigilado por el torpe marsupial era como ser apuntado por un francotirador. No se sabía con qué iba a salir ese sujeto ya que era tan impredecible como las caídas de los rayos en una tormenta. Por eso el viejo Cortex estaba más que intranquilo y lo único que quería era salir de esa casucha para refugiarse en su laboratorio. Sin embargo, su pase a la libertad estaba en reparación y, quien trataba de arreglar el problema, estaba perdiendo su tiempo hablando como un bobo con la que le pateó sus cristales.
En ese momento, Neo estaba sintiendo un poco de miedo porque el Bandicoot no le quitaba los ojos de encima, ni siquiera lo disimulaba, y por supuesto una bronca porque no podía regresar a su casa como tanto quería. Pasaron horas, la cual estaba siendo controlada con desesperación por el barbón, y cada vez que este preguntaba para cuándo estaría listo, el cyborg le respondía algo nervioso que faltaba poco. Como unas cuantas veces él fue a saber si el artefacto ya estaba listo, tanto que parecía ser como esos niños que preguntaban una y otra vez cuando llegaban cuando estaban en un viaje largo.
El medio pelón ya estaba siendo bastante molesto y, cuando fue a visitar a esos dos intelectuales por enésima vez, el descolorido por fin le anunció que el tele-transportador ya estaba reparado. La felicidad en el científico, quien se atrevió a dar un salto de alegría que después reprimió porque los demás lo estaba viendo algo raro, fue apagada de repente cuando su colega de equipo le dijo que necesitarían recargar el aparato con un cristal de energía. El barbudo por poco se desmaya al oír eso, ¿cuándo se terminaría su mala suerte? Su desesperación por salir de ahí lo llevó a agarrarlo al del misil de su ropa prestada para agitarlo y gritarle que vaya urgentemente a buscar esa piedra.
—Pero, ¿de dónde lo voy a conseguir? —preguntó con voz entrecortada el grisáceo.
—¡De donde sea pero tráelo ya!
—Podrían utilizar nuestro transportador —comentó Coco por lo bajo aunque fue audible para el de frente marcada, quien soltó de su agarre a su compañero y sonrió esperanzado—, pero está en desuso y también necesita cristales para funcionar.
Aquella sonrisa se fue torciendo de a poco y tal parecía que el hombre iba a romper a llorar, cayendo lentamente hacia el piso. En busca de mejorarle el ánimo, N. Gin accedió a regañadientes a buscar la dichosa piedra y la rubia agregó que pueden encontrar alguna en las cavernas. ¿Las cavernas? Ese lugar en donde se libró una pelea a puño limpio entre Crash y Cortex y, mientras lo hacían, fueron recorriéndolo. Ni en sueños el flacucho quería volver a estar allí, aunque solucionaría el problema de volver a casa. Pero como no quería estar ni un minuto más en la flamante residencia Bandicoot, él tuvo que dejar sus miedos de lado y se decidió a ir a la búsqueda.
Los cuatro iban a ir y nada parecía impedirles eso ya que la lluvia torrencial paró hacía poco. Una vez que los científicos se cambiaron, ellos más los mutantes salieron de la casa, teniendo cuidado de los charcos de agua y de las cosas que aparecieron después de la tormenta. Aun el cielo se veía oscuramente nublado pero por lo menos debían aprovechar ese momento para hacer algo antes de pasar más tiempo encerrados en la cabaña. El grupo trataba de caminar lo más rápido posible, con la chica como guía, pero a veces había que esperar a cierto doctor de piel amarilla, inexperto en caminar sobre tierra mojada.
—¿Cuándo vamos a llegar? —preguntó este último, sonando algo infantil, y por poco acaba con la paciencia de la baquiana, quien simplemente le dijo:
—Ya falta poco.
Ir al trote fue una mala idea para los humanos del grupo, ya que los mutantes los superaban en agilidad, resistencia y fuerza, pero no había otra opción más que seguir con ese plan. Por suerte, Coco sabía de un atajo que no les llevó a tomar la ruta en donde Crash y Cortex entraron rodando y en caída libre. Por otro lado, a Neo le molestaba la idea de que tuviera que depender de las indicaciones de la pulgosa, haciendo echar a perder su gran intelecto, según él. Por eso, una vez que ya estaban por fin en las cavernas, este tenía su rostro fruncido. No sólo por eso, también intentaba con su mirada amenazar al responsable de sus pesadillas buscando que se alejara de él.
El lugar era bastante oscuro, con lo que a veces no se podía ver bien lo que estaban pisando o si estaban bajo un nido de murciélagos, sin embargo, había un sistema de iluminación suficiente como para que no se dieran la cabeza contra la pared. Los intentos por mantener distancia no sirvieron cuando tenían que bajar por un frágil e improvisado ascensor de madera y, cuando este dio un terrible temblor, el casi calvo tuvo que agarrarse de algo para mantenerse de pie. Cuando él vio a la cosa que tenía en su mano, se encontró con uno de los brazos del sonriente y enseguida lo soltó, como si este estuviera enfermo de lepra.
Quien solía viajar en dirigible se reprimió de insultarlo pero una idea corría por su mente: tenía que admitir que el de los ojos verdes poseía una piel suave y cálida, mucho más que Crash Malvado. El viejo cerró sus ojos con fuerza por tener ese pensamiento y trató de pensar en otra cosa, en lo que fuera, como en las cosas que tendría que hacer mañana. Al tocar el duro suelo, la apolillada caja de madera que tenían por ascensor dio otra sacudida y, esta vez, él hizo lo posible para no tocar a nadie. El sitio estaba en la completa oscuridad, ya que estaba abandonado, y fue por eso que la chica tenía consigo una linterna.
—¿No tienes más? —preguntó un poco nervioso el moreno, con lo que ella negó con la cabeza—. Seguramente había cristales en otro lado y en lugares con mejor luz.
Por su parte, quien había usado un auto rosa para las carreras decidió que era mejor no responderle al doctor ya que sabía bien que dichas piedras escaseaban y que no sabía si podían encontrar uno por donde estaban yendo. El hombre sólo soltaría quejas a montones y ella no contaba con mucha paciencia para aguantarle; estaba siendo demasiado amable en ese momento al intentar de arreglarle sus problemas. Aparte de su lámpara, también iluminaban los hongos fosforescentes, señalando si había algún pozo por el camino, así como la tenue luz del ojo robótico del almirante, pero eso resultaba ser algo aterrador en lugar de útil.
Después de los sonidos de las gotas y de algún mínimo desprendimiento de rocas, lo que se oía más era el ruido de los pasos al caminar. Esto duró por un largo tiempo hasta que se escucharon unos chillidos que iban en aumento. Los peores temores fueron confirmados y fue así que fueron invadidos por una nube de murciélagos. El ataque le recordó al tío de Nina su encuentro cercano con las abejas, en el cual ese día le picaron hasta el alma, y fue por eso entró en pánico. Como ya era tarde para que se fijara y copiara la reacción de sus compañeros de agacharse y hacerse a un lado, él quiso inútilmente de apartar a los quirópteros con sus manos y, mientras lo hacía, caminó sin ver hacia dónde.
Este no tardó en ir directo hacia un agujero en el suelo y, durante su intento por no caer por el mismo, agarrándose del borde, las piedras se desprendieron y fue así que se perdió en el abismo. El marsupial pudo ver todo esto, sin poder evitar el accidente, y sin importarle nada, él saltó para ir detrás del hombre. Su hermana y el cyborg tenían un poco más de cuidado y sólo se acercaron a la orilla del pozo, y con la linterna, trataban de ver dónde estaban. La rubia estaba muy preocupada, quien gritaba los nombres en busca de que le respondieran.
—Esto es grave —dijo ella tristemente en voz baja, llamando la atención de quien estaba cerca—. Ellos están en un lugar inexplorado. Nadie sabe lo que hay ahí abajo.
—La décima dimensión también era un lugar así y ellos pudieron regresar —comentó él intentando mejorarle el ánimo—. Después de todo lo que pasó, una caída no los acabará.
—Woah —gritó alguien de repente, pero se sabía que fue Crash, y se escuchaba que estaba bastante lejos. Su hermana rápidamente preguntó a todo pulmón si se encontraba bien, con lo que el chico sólo pudo responder algo con su limitadísimo vocabulario—. Ajá.
―Doctor Cortex, ¿qué me dice usted? ―exclamó N. Gin ya que nadie se acordaba del viejo.
―¡Te odio, cabeza-cohete! ―respondió este provocándole una cara rara a la rubia.
―Eso quiere decir que está bien ―comentó el insultado a la de zapatillas rosadas a medio sonreír, un poco dolido con lo que le dijeron.
Ya que de por sí que el lugar ya era bastante oscuro, en el nivel de abajo lo era aún peor y lo único que apenas iluminaba era la linterna de Coco. Las cosas se veían malas para Neo, quien con un golpe en la cabeza y posible fractura en un brazo, estaba al lado de su peor enemigo. Como si se tratase de un anciano, él se pudo poner de pie y comprobó con disgusto que el marsupial a su lado no había sufrido ningún daño importante. Él lo miró con cierto odio, pero al parecer eso no afectaba al bicho que estaba ocupado imaginando la trayectoria que tendría la linterna al caer. La suerte en este seguía a su lado ya que atrapó perfectamente ese aparato eléctrico que le había arrojado su hermana y no tardó en iluminar el sitio en busca de una salida.
Nada más que rocas había alrededor así como agua que les alcanzaba hasta las rodillas. El lugar era un poco más cerrado y lo era más hacia donde el Bandicoot vio un camino. Por supuesto que el científico protestó ya que su plan era esperar a que lo socorrieran pero algo llamaba la atención del mutante. Pese a que no estaba en las mejores condiciones, finalmente el de piel amarilla le dio el gusto al de pelo naranja y fueron hacia quien sabe qué había más allá. Quizá sólo era un camino sin salida pero, como el animal y la buena suerte parecían uña y mugre, al rato ambos vieron una luz rosada de algo que sabían bien qué era.
El dueño del Iceberg Lab se quedó sin reacción cuando vio el cristal que flotaba con delicadeza. Él se alegró de saber que su paso por la horrible cueva y los fuertes golpes que se dio valieron la pena para tener bajo su poder esa piedra tan preciada. Por fin él se libraría del pesado adolescente, de su hermana boba, y del clima desagradable para volver nunca más ahí. Sin embargo, el barbón dejó sus pensamientos atrás y borró su sonrisa diabólica cuando vio que el muchacho se acercaba peligrosamente a su llave que abría las puertas de la felicidad.
―Atrás, roedor ―le gritó desesperado pero acercándose de a poco―. ¿Acaso no recuerdas lo que te dije acerca de la locura del cristal?
Pero tratar de entablar conversación con el animal evolucionado era como hablar con la pared, o quizá a través de un teléfono descompuesto, en el que el mensaje se distorsionaba. Por eso el de ojos verdes no hizo caso a la advertencia y se aferró a la piedra, provocándole al hombre un ataque de ira que intentaba controlar. Aunque todavía estaba adolorido por la caída, eso no le impidió ir por el tesoro, pero no contaba con la agilidad y fuerza del animalejo. Eso le recordaba al mayor sus días de escuela, en donde los brabucones le sacaban sus cosas, incluida la jaula en donde tenía a sus loros.
―Ya dámelo, Crash ―le dijo en el momento en que se dio por vencido y luego le mostró el tele-transportador que tenía en su muñeca, que por suerte no se había dañado con la caída―. Si me entregas el cristal, podremos salir de aquí, y volverás a tu casa a dormir. ¿No es eso lo que quieres?
El sonriente se quedó pensando en la propuesta, moviendo la vista de un lado a otro y se tomó su tiempo para eso, para aumentar la ira del de pelo oscuro. Su decisión fue aceptar el trato y fue entonces que le entregó la roca con tranquilidad, para que el otro se la arrebatara de un tirón. Una sonrisa macabra apareció en su rostro cuando la tenía entre sus manos y en las caras brillantes de esta que mostraban su reflejo, sin embargo, tenía que cumplir con lo prometido para así abandonar la prisión en penumbras. Aunque fue algo complicado cargar y teclear esa máquina teniendo un brazo dañado, Cortex pudo por fin que estuviera lista para funcionar pero había un problema.
―Crash ―lo llamó sonando algo nervioso―, para tele-transportarnos, tendrás que… agarrarme del brazo.
Para tranquilidad del científico, el chico se fue acercando poco a poco, aunque le vino a la mente los recuerdos de ese extraño sueño que tuvo. Pero esta vez el mutante no estuvo a una distancia peligrosa, sino que solamente apoyó una mano a uno de sus hombros. A pesar de estar incómodo con el bicho cerca, él trató de terminar de una vez con este asunto y presionó el botón para comenzar el viaje. En el último instante, al marsupial le dio miedo y abrazó al doctor con todas sus fuerzas. Semejante espectáculo apareció frente a los ojos de Coco y N. Gin, mientras que estos discutían sobre cómo sacar a esos dos que se habían caído.
―¡Ya suéltame, marsupial! ―gritó Neo, luego de darse cuenta de las caras de esos dos y del contacto físico que no esperaba.
―Hermano mayor, ¿estás bien? ―quiso saber la chica ya que no sabía cómo fue que él se atrevió a refugiarse al lado de su enemigo de toda la vida. Él por su parte asintió apenas y se alejó del viejo para estar al lado de su pariente, un poco apenado por lo que pasó recién.
Mientras tanto, el amarillento rompió el silencio que había entre ellos, anunciando con entusiasmo que encontró un cristal y que el transportador estaba listo para usarlo. Él se reprimió justo a tiempo antes de expresar lo feliz que estaba por dejar la maldita isla N. Sanity y comentó por lo bajo los golpes que se había dado. En cuanto a esto último, los demás notaron que el supuesto brazo quebrado no parecía tan supuesto y fue la rubia quien se ofreció a tratar de curarlo, preguntándose ella misma por qué diablos era tan amable. Desde luego que el hombre no aceptó quedarse ni un segundo extra junto a los Bandicoot, antes de que ellos le rompan otra parte de su cuerpo, y fue por eso que hizo funcionar el aparato llevándose consigo a su colega.
Los dos científicos desaparecieron ante la vista de los anaranjados, quienes se sorprendieron por el semejante apuro que tenía el barbón por llegar a su casa, y luego ellos volvieron a la suya. Ni siquiera se despidieron aunque parecía que el almirante quería quedarse un poco más por la cara de preocupado que tenía, antes de irse de repente y sin previo aviso. Por otro lado, esos dos genios del mal llegaron al barco de guerra pero no todo fue paz ya que el de la N en la frente empezó a gritar de dolor, exigiendo un médico para su brazo roto. Al parecer, él se la aguantó para no ser atendido por los animalejos, sin embargo el doctor de la nave era uno de tantos rinocerontes marineros que rondaban por ahí.
Después de acompañar al paciente a la enfermería, soportando sus quejas exageradas, el cyborg quiso darse a la fuga porque ahora era el problema del mutante conocedor de medicina y fue así que se salió con la suya. Horas más tarde se conoció el resultado: no se rompió ningún hueso, con lo que los lloriqueos sólo fueron por gusto pero dolorosos para quien lo escuchara. Analgésicos en su mayoría fueron recetados para este sujeto quien ni siquiera intentó pagarlos, aprovechándose de su posición de líder de grupo. Mientras reposaba en su camilla, él pensaba que aún le quedaban más encuentros con el anaranjado.
Quiero más de sus preciados reviews. (Las consecuencias de ser fan de N. Gin)
