Buenas. Últimamente estoy con un bloqueo terrible y encima el calor no ayuda, así que el capítulo nuevo puede que no sea tan bueno.

Antes que nada, las respuestas a los reviews:

NyaNeko: en cuanto a tu pregunta, no me gusta mucho los roles definidos así que lo dejamos en un "no sé".

AR-Chan: qué bueno que te guste el fic. Actualizaré lo antes posible.

Lazybutt: no pienso dejarlo, aunque las cosas estén difíciles.

sachaminimiau: no hay tiempo límite para un comentario. Lo importante es que comentes.

mariluu: si parece que me acostumbré es porque supongo que es eso lo que quieren leer, ¿no? Veré si para la próxima haya más participación de Nina y Crunch.

Ahora vayamos a lo importante: ¡a leer!


Capítulo 9

El nuevo plan malvado

A pesar de que en realidad Cortex no se había roto el brazo luego de caer accidentalmente por un agujero, los golpes que se había dado allí sí le dolían mucho. Fue por eso que terminó con su brazo vendado e inmovilizado y, a pesar de eso, él volvió como pudo a su laboratorio que tenía como hogar. Una vez en casa, se encontró con su amada sobrina y le fue comentando por todo lo que pasó, con una notable dosis de exageración. Ahora fue el turno en que a ella por poco se le estallaran los oídos de tanto escuchar a su allegado y vio cómo madame Amberley no se había equivocado en llamarlo llorón. En el momento en que pensaba que no resistiría más, se tapó las orejas y se alejó de allí tan rápido como sus piernas le permitían.

Él por su parte, no se esperaba semejante reacción por parte de su pariente pero no creyó en que fue simplemente por su culpa. Por eso Neo fue en busca de otro idiota para que pudiera escuchar de sus quejas pero, al no hallar a nadie en aquel gran edificio metálico y de curiosa forma, se sintió muy solo y se tiró en el sillón de su living. ¿Cómo sus colegas y secuaces se atrevieron a abandonarlo en su estado tan terrible? Esto no se iba a quedar así, con lo que se guardó sus lamentos y exigencias para la próxima sesión de la terapia.

Dicho encuentro fue al día siguiente y el barbón ya tenía un nuevo plan en mente, algo que cambiaría las cosas para muchos. Luego de un pequeño sorteo en el cual se definirían quienes serían los que acompañarían al amarillento en su reunión con el bandicut, N. Tropy y N. Gin fueron los afortunados que ocuparían ese puesto de guardaespaldas. Nitrus Brio se salvó en esta ocasión y comentó con cierta felicidad que aprovecharía ese día para hacer lo que se le viniera en gana. El azulado y el grisáceo miraron con odio como el de los tornillos se marchaba contento fuera del laboratorio y luego ambos caminaron con pesadez siguiendo al moreno, quien les estaba apurando para que no llegaran tarde.

El viaje en el dirigible fue algo de lo más aburrido para estos acompañantes que se quedaron en los asientos esperando a que llegaran de una vez a destino. Mientras tanto, a pesar de no contar con uno de sus brazos, el de la N en la frente se las ingeniaba para conducir la nave, e incluso se lo veía extrañamente contento. Su buen humor hizo que sus colegas se imaginaran que se animaría a silbar una canción, tal como lo hizo el ratón más famoso del mundo en su primera aparición. Por suerte, eso no sucedió y el experto en robótica y el maestro del tiempo se rompían la cabeza tratando de encontrar la razón de esta repentina felicidad que parecía sospechosa.

―Pronto ese roedor me las pagará todas juntas ―soltó el conductor para sí mismo entre risas siniestras, olvidándose que atrás estaban sus compañeros de equipo.

Ninguno de estos dos se atrevió a preguntarle cómo diablos lo hará; quizá se lo esté guardando para la terapia. Fue así que los científicos sólo se limitaron a poner su mejor cara de confundidos hasta que su líder les anunció a los cuatro vientos que habían llegado. Una vez en las calles de la ciudad, los tres marcharon por unas cuadras que por fortuna casi parecía un desierto al no haber gente que se les quedara mirando raro. Por fin dieron con el buscado edificio y sin tardar entraron. Por medio de la secretaria, se enteraron que los Roo ya estaban atendiendo desde temprano, así que sólo les restaba esperar a que sea la hora indicada.

―Espero que no se te haya ocurrido ninguna locura que nos afecte ―comentó con cierta aspereza el de los relojes al paciente. Este último por su parte, río por lo bajo y le respondió:

―Quédate tranquilo. Lo tengo todo planeado.

Eso no fue muy tranquilizador y, cuando el más alto de ellos quiso seguir con sus amenazas, los Bandicoot llegaron a la sala. Fue así porque sólo estaban los hermanos, sin la presencia de la máscara parlante. Parece que ese pequeño detalle le fue como anillo al dedo al calvo.

―Hola ―dijeron apenas levantando la voz los mutantes que podían hablar, mientras que el otro saludó con la mano junto con su característica sonrisa de oreja a oreja.

Los seis no tuvieron que esperar mucho y, luego de un incómodo silencio que parecía interminable, la asistente del grupo de psicólogos les indicó que ya podían entrar. Los evolucionados fueron los primeros en ingresar a la sala y seguido pasaron los villanos. El doctor y su asistente se encontraban detrás de un amplio escritorio, pero al saber de sus pacientes de turno, caminaron hacia donde estaban las sillas en círculo. Luego de un frío saludo hacia los profesionales, todos ellos se fueron a sentar, con una silla vacía que separaba los marsupiales de los humanos.

―Para comenzar esta sesión ―comenzó Rilla hablando con seguridad―, tendrán que contarnos qué fue lo que pasó en sus encuentros. Comenzaremos contigo, Crash.

Aquella fue una decisión algo rara ya que, por el hecho de que el susodicho no podía pronunciar palabra, el relato fue como un juego de dígalo con mímica. En síntesis, los antropomorfos resaltaron los aspectos positivos, dejándolos a ellos como los buenos en la historia y a cierto cejudo como no muy entusiasmado con la tregua. A pesar de que al principio los peludos contaron tal como fue lo sucedido, hubo ocasiones en que le agregaron una pizca de falta a la verdad para hacerse notar como santos. Como era el turno de ellos de hablar, el canguro le impidió muchas veces replicar al involucrado, de modo que no pudo defenderse en el momento.

―¡Todo eso es mentira! ―puso el grito en el cielo Neo una vez que le fue cedida la palabra.

―Bueno, entonces, ¿qué tienes que decir en tu defensa?

―Ese mamífero se está aprovechando de toda esta situación, como siempre, para vengarse de mí de una manera… discreta ―acusó mientras le apuntaba con un dedo―. Me hizo morir de calor, casi me comen los peces, me obligó a subirme a un gigantesco árbol y que luego me caí de este. Por su culpa estoy así de lastimado y todo parece indicar que me quiere ver muerto, no sin antes sufrir como un esclavo.

Luego de escuchar el exagerado discurso en el que casi el orador rompía a llorar, el psiquiatra y el híbrido iniciaron una conversación en privado antes de que los animales se defendieran y comenzaran con una discusión que no se sabía cómo terminaría. El resultado de esa charla fue que curiosamente estuvieron del lado del quejón ya que este les insinuó que presentaría una demanda si continuaban las incursiones hacia N. Sanity. El pacto fue el siguiente: ahora era el turno del anaranjado, más un acompañante, en ir al laboratorio del iceberg. Hasta ahí, todo bien, pero se armó semejante revuelo cuando el Roo dijo esto:

―No sólo irán como simples invitados, sino que deben hacer que Cortex se sienta bien.

―¿O sea que tenemos que ser sus sirvientes? ―preguntó a voz en grito la rubia, poniéndose de pie de un salto y totalmente hecha una furia―. ¿Y encima gratis? ¡No lo permitiré!

―No ―le contestó el medio gorila, haciéndole gestos para que bajara un cambio―. Eso ya sería algo extremo. Lo que buscamos es que traten de ayudarlo, en compensación por el daño que le hicieron.

―Pero nosotros no tuvimos la culpa de que él sea tan torpe ―agregó el fortachón, salvaguardando a su familia―. Él debía tener más cuidado, en especial, siendo un viejo.

Antes de que el amarillento empezara a discutir para no permitir tamaña acusación, el de los ojos en espiral ordenó a su traductor que callara a los presentes a los gritos. Luego el combinado comenzó a hablarles tranquilamente sobre algunas consideraciones: que todos merecían una oportunidad, que ya no debía haber más rencores, y que no debían echarle la culpa a Neo por no tener sesos como para dedicarse a otra cosa. Después este salió con que los Bandicoot debían demostrar cierto respeto al N Team ya que, si no fuera por ellos, no existirían, y demás cosas que le hacían ver el otro punto de vista. A regañadientes, los mutantes se dejaron convencer, pero siempre guardarían algo de desconfianza.

Fue así que una vez más siguieron las indicaciones que expresó como pudo el extraño psicólogo, aunque sentían en el fondo que todo esto terminaría mal, tarde o temprano. Los más afectados en todo esto salieron por la puerta con una expresión devastadora en sus caras, mientras que los demás tampoco parecían estar bien. Eso fue lo que aparentaba Cortex, quien explotaría de felicidad una vez que estuviera a bordo de su nave, ya que su nuevo plan estaba a pocos pasos de concretarse: tener a Crash como su esclavo personal.

Ahora que los colegas del casi calvo estaban al tanto de la extraña forma de venganza, estos aún no sabían cómo se iba a dar ya que, tal vez el anaranjado se las ingeniaría para hacer que todo saliera mal. Había muchos factores que arruinarían el loco plan y eso mismo fue lo que le explicaba Nefarious durante el regreso a casa, pero el médico parecía optimista y lo calló diciéndole que tuviera algo de esperanza para la oportunidad de sus vidas. Lo mejor que podía hacer el de la barba oriental era desaparecer por un tiempo, hasta que pasara el huracán que vendría a ser el gran problema que de seguro surgirá con todo esto.

―Escucha, Neo ―dijo el maestro del tiempo, una vez que llegaron a la guarida helada y mientras que bajaban las empinadas escaleras―. Estaré ausente por un par de semanas.

―¿Es en serio? Es una verdadera lástima ―sonó eso último con cierto sarcasmo―. Te perderás cómo ese marsupial se rebajará para obedecerme en lo que sea.

―Será el acontecimiento del siglo y no estaré ahí ―le respondió fingiendo estar angustiado―, y todo porque N. Trance quiere que le devuelva el favor aunque ya se desquitó un poco mientras competíamos en las carreras del emperador Velo XXVII.

―Mándale mis saludos al huevo podrido ―terminó la conversación con eso y fue a encerrarse en su cuarto para planear bien en lo que le hará a su pobre enemigo.

Para la suerte del medio pelón, los días pasaron rápido y en sólo unas horas contaría con la presencia de los visitantes obligados. Además, parecía que nada arruinaba su buen ánimo, ni siquiera la idea de que su pesadilla se volviera realidad al tenerlo al bicho sonriente aún más cerca. Aquello sólo se trató de un simple sueño que nada tendría que ver con la realidad, así que fue borrado de sus pensamientos por completo. Faltaba muy poco para estar frente a frente con sus adversarios, y se aseguró que su brazo lesionado se viera a simple vista.

Otra persona que no estaría allí para ver lo imposible fue Nina, quien hacía varios días que había retomado sus clases en la Academia. Su ausencia se notaba con facilidad y fue por eso que casi el laboratorio del iceberg quedó deshabitado. Eso fue un problema para el anfitrión, ya que no tenía a nadie quien estaría de su lado en caso de que los evolucionados se rebelaran. Podría llamarlo a su secuaz Dingodile, pero se tardaría en llegar porque vivía un poco lejos en la paz de su cabaña reconstruida. Por otro lado, estaba su leal creación Tiny Tiger, sin embargo, él no sabía dónde estaba ya que este se fue en busca de trabajo.

Por medio de una llamada, supo que Brio se había excedido con su plan de aprovechar el día, yendo a una fiesta algo descontrolada, así que fue un milagro que tuviera fuerzas para contestar el teléfono. Luego de insultarlo, el mejor alumno de la escuela de medicina malvada se dio cuenta que las opciones se estaban agotando, así que recurrió al conductor del buggy de la muerte. Sin embargo las cosas no fueron así de fáciles: la llegada del cyborg se demoraría un poco ya que estaba a mitad de un negocio de armas militares, con lo que el viejo tendría que esperar y eso es algo que lo ponía aún más de mal humor.

Finalmente el timbre de la puerta sonó y, por medio de una pantalla que mostraba a quien se encontrara afuera, este pudo ver que se trataba de los anaranjados. Esto era así porque aquellos eran ni más ni menos que Crash y Coco, bajo la mira de las cámaras con láseres rojos. Esta vez Cortex abrió la gruesa puerta de dos hojas sin ninguna complicación y dejó pasar a los mutantes que se estaban literalmente congelando, pese a que estaban bien abrigados. Luego de un seco saludo, él señaló el perchero y sus visitantes dejaron sus abrigos con movimientos torpes ya que el frío les había entrado hasta el alma. Por fortuna, adentro del lugar estaba calefaccionado y en seguida los Bandicoot recuperaron el color.

―Parece que afuera hay un clima terrible ―inició el humano la conversación, ganándose una mirada de furia por parte de la chica rubia, quien se quitaba la nieve que tenía encima.

―Terminemos con esto de una vez. Quiero volver a casa ―gruñó ella, cruzándose de brazos.

―Hola ―dijo N. Gin con cierta timidez cuando se apareció.

―Ya era hora de que vinieras. Lleva a la gruñona a la cocina y preparen algo para comer. ¡Ya!

Ninguno de los dos se movió al escuchar esa orden un tanto extraña, con lo que el viejo insistió y comenzó a empujar por la espada al cyborg fuera del living. Por su parte, la chica se alejó de su hermano sintiéndose intranquila aunque sabía que él estaría completando un cuestionario que le había dejado el psicólogo junto con el dueño de casa. A ella no le gustaba recibir órdenes, ella era quien las daba, así que no veía la hora de volver a estar cerca de su pariente. Mientras que recorría los estrechos y oscuros pasillos metálicos a pasos atrás de ese personaje asimétrico, la adolescente recordó aquella vez en que su intervención para rescatar al silencioso la llevó a quedarse paralizada durante horas. Por eso no le gustaba el Iceberg Lab; le traía malos recuerdos, y quería salir de ahí para nunca más volver.

Finalmente, ellos dos llegaron a lo que parecía ser una cocina, pero el metal reciclado que formaba parte de todas las cosas hacía ver el lugar como otra cosa. Sin embargo, el sitio era espacioso y contaba con muchos elementos, como si fuera propiedad de un reconocido chef. Como el del misil prefirió que la invitada ayudara poco y nada, le sugirió que prendiera el televisor para que se entretuviera un rato. Encontrándose durante el zapping con el canal del clina, se enteraron que una ola polar estaba justo donde estaban; motivo por el cual la chica soltó maldiciones hacia el genio que se ocurrió poner su guarida en la Antártida. La noticia la aterrorizó y más aún cuando la señal del satélite se cortó, con lo que no valía la pena que la tv estuviera encendida, así que la apagó.

―No puedo creer que esto nos esté pasando ―comentó la marsupial un poco enfadada, mientras se sentaba a la mesa y posó sus ojos sobre esta―. Trabajar para Cortex es un asco. Es una verdadera injusticia.

―Tal vez es sólo por poco tiempo.

―Eso espero ―respondió en voz baja y luego levantó la vista hacia el cocinero, quien recién ahora se dio cuenta que él estaba algo cambiado: volvió a tener el pelo anaranjado y su piel no estaba tan grisácea. No sabía qué era lo que le pasaba pero se levantó de su asiento para ver en qué cosa el otro estaba tan ocupado―. ¿Necesitas una mano?

El científico asintió apenas y le pidió que buscara los condimentos. Luego de eso y de verificar que la comida no estaría envenenada, la de ojos verdes se distrajo observando las cosas que había en los estantes. No había nada peligroso salvo por un curioso libro de cocina con un particular nombre en su portada: Cómo cocinar marsupiales. Ella se encargó de que el pelirrojo no la estuviera viendo mirar con horror cada página que leía y rápidamente lo puso donde estaba sin hacer el menor ruido. Una sola pregunta daba vueltas por su mente y ella se aterrorizó aún más cuando el accidentado le preguntó si se quedarían a cenar:

"¿Acaso quieren comernos?"


Acuérdense de los comentarios para que puedan alegrarme la vida.