¿Qué hay?

Por fin llegué a los diez capítulos. Costó pero, como dijo Homero Simpson, "escribir es difícil".

Gracias por sus reviews.

NyaNeko: Nunca dije que lo abandonaría, sólo dije que se me hace difícil.

NMLS: ¿y si pondrías más palabras en el comentario para la próxima?

Ahora al capítulo:


Capítulo 10

Coco lo arruina todo, otra vez

Con todo el esfuerzo posible para escabullirse de la cocina sin que nadie lo notara, Coco estaba a punto de cruzar el umbral de la puerta y luego se había decidido por correr con todas sus fuerzas, llevándose a su hermano a cuestas, si era necesario. Luego de encontrarse con el libro de recetas en donde los bandicuts eran los platillos principales, la muchacha quedó en un estado de shock y lo que más quería era alejarse todo lo posible de esos científicos locos. Que se vaya al mismísimo diablo lo de la tregua y la maldita terapia; ella no iba a permitir ni en sueños formar parte de un guisado o lo que fuere. Sin embargo, su huida fue interrumpida cuando N. Gin le pidió que le ayudara a servir la comida.

La rubia se guardó en su interior todo su temor, su nerviosismo, y su enfado para poner su mejor sonrisa para llevar los platos y servilletas de papel. Ni bien tendría su oportunidad, agarraría el brazo de Crash para sacarlo y nunca más volver a esa isla de locos carnívoros. Una vez en el living, nada raro ocurría: padre e hijo estaban completando unos formularios con ridículas preguntas, aunque el viejo se quejaba una y otra vez por la horrible caligrafía del muchacho. En cuanto el moreno vio a su colega de equipo, se quejó por su tardanza aunque al instante sonrió, como al encontrar un cristal, cuando vio cómo la pizza se apoyaba sobre la mesa ratona.

Sin importar que la mesa aún no estaba preparada, Neo se llevó una porción a la boca, pero la única chica de ahí interrumpió el almuerzo porque quería hablar a solas con su pariente. Con la boca llena, el tirando a pelón protestó recordándole que no debía haber secretos entre ellos y la obligó a decir lo que tenía pensado frente a todos. Por supuesto ella se negó, ya sea porque no quería hacerlo y porque pensaba que no tenía que obedecer a alguien tan maleducado, aunque sí soportaba los eructos de su familiar. Su decisión era firme y fue así que intentó arrastrar al no hablante aun con una rebanada de pizza en su mano. Por su parte, el barbón reaccionó tironeando al bicho en dirección contraria.

―¿Por qué no lo dejas en paz? ―preguntó el médico ya un poco enfurecido mientras que ambos seguían tratando al mutante como una muñeca de trapo.

―Quiero protegerlo ―gritó ella, jalando todavía más fuerte―. Ya sé de tu nuevo plan.

―Mi, ¿qué? ―respondió viéndose sorprendido y un poco ofendido al mismo tiempo, que soltó el brazo del anaranjado pensando en lo poco que duró la esclavitud.

―Ya vi el libro. Ustedes piensan comernos. ¿No es así? ―espetó poniendo las manos a la cadera. Como respuesta a su pregunta, los demás se vieron las caras y estallaron en risas.

―¿Cómo creíste que ese era mi plan diabólico? ¿Comerlos? ¡Por favor! Si ustedes son unos errores de la naturaleza. Me pondría enfermo o peor si lograra tal cosa.

―¡Se acabó! ―volvió a vociferar, pateando el suelo con bronca―. No puedo confiar en ustedes, humanos, ni en un millón de años. ¡Ya nos vamos, hermano mayor!

Pero el susodicho no compartía la misma opinión y se volvió a acomodar en el sillón para probar de una buena vez la comida, ya que se moría de hambre. Esto hizo enfurecer a la blonda, quien veía que él no necesitaría más de su ayuda, y se alejó de ellos en dirección hacia la entrada. El cyborg, quien había observado el peculiar espectáculo sin intervenir, quiso ir tras la marsupial ya que sería peligroso si ella salía con la tormenta que pronto vendría. Sin embargo, el líder del N Team no se lo permitió y él volvió a su asiento pensando en que la adolescente no sería tan idiota como para salir al frío polar. Dejando de lado el mal sabor de boca que causó la de las zapatillas rosas, los dos científicos y el evolucionado pudieron comer en paz mientras miraban la caja boba.

―Espero que esa chica no esté curioseando mis cosas. Ve a ver qué está haciendo, N. Gin.

Fue así que después de media hora en que vieron por última vez a la fémina, ya comenzaron a preocuparse los demás. Tras su paso por el puesto de vigilancia, el cyborg les avisó alarmado a los flojos de Neo y Crash que Coco había salido sin más por la puerta principal. A eso también comentó sobre la tormenta explicando que aquel que intentara salir, se congelaría en segundos. El anaranjado fue el primero en horrorizarse, y con toda razón. Al instante, él se arrepintió por no haberla seguido y así evitar que hiciera esa estupidez. Pero no debía pensar más y salió a toda velocidad hacia la puerta. Los hombres intentaron alcanzarlo, aunque no tenían la agilidad del chico, aunque aprovecharon el momento en que el Bandicoot se ponía el abrigo para detenerlo.

―Espera un poco, torpe marsupial ―gritó el casi calvo, sujetando al mutante del brazo―. Vayamos mejor en mi auto. La encontraremos más rápido. Ven por aquí.

El adolescente estuvo de acuerdo con la idea y, yendo por un camino distinto, los tres llegaron hasta a un gran garaje. El de ojos verdes reconoció allí los karts que usó el barbudo y sus tres autos con los que corrió en las carreras de Von Clutch, entre otros objetos peligrosos que estaban fijos en las paredes. Entre el mar de malos recuerdos, él vio algo nuevo: un vehículo especial para nieve, con orugas en lugar de ruedas, y con prisa el del misil en la cabeza se colocó tras el volante. El animal se fue al asiento trasero y Cortex quedó como copiloto, y luego de que la cortina galvanizada se abriera, el grupo inició su búsqueda bajo una intensa nevada. En primer lugar, fueron hacia donde paraba el bote de los nativos, pero no había ni chica ni embarcación. Luego donde estaban las hélices. Ni rastro alguno.

―Vayamos hacia la cueva ―ordenó el amarillento―. Quizá fue a refugiarse en ese lugar.

El vehículo se movía a veces como si pasara por mil baches y el limpiaparabrisas funcionaba sin parar. Las malas condiciones climáticas llevaban a pensar que no encontrarían a salvo a la rubia y que tal vez ya fue escondida por un montón de nieve. El adicto a las wumpas miraba con desesperación por ambas ventanillas, y la semejante inquietud obligó al viejo a decirle que se calmara un poco. Al saber que la máquina contaba con un rastreador de calor, el bicho se tranquilizó aunque no mucho. Luego de cruzar por un puente metálico, por fin estaban llegando a la cueva y, al avanzar varios metros adentro, el más joven abrió la puerta y llamó a los gritos a su hermana en su idioma inentendible.

El cabezón después se sumó a los gritos, esforzándose en llamar a la desaparecida por su nombre y no con algún otro apodo. Ellos no lograron nada con eso, dándose cuenta que cerca de ahí ella no estaba, y volvieron rápido a la calidez del auto ya sea por el frío que hacía y también porque despertaron a los murciélagos que venían a atacarlos. Las orugas siguieron con su marcha, a veces yendo un poco más lento para no caer hacia el abismo, y mientras que N. Gin conducía por senderos peligrosos, el teléfono del médico sonó. Al atender la llamada, él no entendía lo que el otro le decía, así que le pidió que mandara un texto. Al minuto después, ya sabía de las novedades: encontraron a Coco.

Una sonrisa de oreja a oreja apareció en la cara del animalejo pero se desvaneció en milésimas de segundo cuando escuchó que fue Dingodile quien la encontró. De nuevo, él se puso inquieto, esperando con impaciencia salir de la cueva y dar con la cabaña del híbrido. Como él sabía el camino, quería llegar a pie hasta ese lugar, pero no pudo concretar su plan ya que esta vez las puertas tenían seguro. Con poca paciencia, el del curioso peinado le iba explicando que no debía preocuparse y que se dejara de saltar, sino darían media vuelta para nunca ir con la fugitiva. El joven captó el mensaje y difícilmente se quedó quieto, aunque se preparaba para reaccionar con violencia si ese medio reptil se atrevía a tocarle un solo pelo a su única pariente.

A pasos de la salida de la caverna, estaba la guarida del mixture que, por fuera, parecía una cabaña común y corriente. La chimenea torcida no paraba de echar humo y se veía que en las ventanas circulares había unas blancas cortinas. Realmente, la vivienda no se parecía en nada al laboratorio del iceberg, y no daba a conocer que un villano vivía ahí. Con prisa, los tres subieron los escalones del porche y el dueño de casa abrió la puerta para dejarlos entrar. La reconstrucción del hogar, luego de que fue bombardeada por una bola gigante de nieve creada por accidente por Crash y Cortex, fue bueno porque había más espacio. Mientras que el amarillento se ponía frente a la chimenea, el perro-saurio fue relatando cómo dio con Coco.

Por su parte, ella estaba dormida en un sillón, cubierta con una gruesa manta, y su hermano fue de inmediato a su lado. Dingodile comentó que la encontró tirada en el suelo nevado mientras hacía su recolección de leña de rutina. Admitió que, por un momento, se le cruzó la idea de dejarla ahí, como parte de su venganza contra el bandicut que lo dejaba siempre en ridículo. Aun no sabía por qué, pero cambió de planes esperando no arrepentirse luego y se la llevó a su casa. Además agregó que si ella ya estaba muerta, tendría algo de carne para los duros días del invierno. Fue allí donde el marsupial le dedicó una mirada furiosa, aunque luego fue suplicante para pedirle a Neo, ya que tanto decía que era médico, que viera cómo se encontraba la chica.

―Tiene fiebre. Será mejor darle algún medicamento y, cuanto más antes, mejor.

Luego ordenó su traslado al Iceberg Lab, así que fueron el Bandicoot y Gin quienes envolvieron a la paciente con la manta obligatoriamente prestada y se la llevaron hacia el auto. Mientras tanto, el de la N en la frente se veía muy pensativo y preocupado, tan ensimismado en sus cavilaciones que ni atinó a agradecerle a su secuaz. La vuelta al laboratorio no tomó mucho tiempo y, con rapidez, dejaron a la bolsa de papas que descansara en el sillón del living. El de cabello negro fue y volvió como un autómata a buscar la droga adecuada y, aprovechando un breve momento de lucidez de la muchacha, le convenció para que se la tomara.

Comentándole al de peinado punk que pronto mejorará su pariente y luego de haberle pedido a su mano derecha que preparara un caldo para la enferma, él se alejó de estos arrastrando los pies y no se supo nada de éste por horas. Tiempo después, la condición de mutante hizo que la joven se recuperara más rápido, aunque aún debía de descansar. En las ocasiones en las que ella se despertaba, le confesó a su hermano que lamentaba irse hacia su casi encuentro con la muerte y resolvió que, porque la habían salvado, quizá les daría una oportunidad a los villanos. Él sonrió al escuchar eso y, tan de buen humor lo puso esto, que quiso darle las buenas nuevas al científico afligido. Fue en ese momento que se dio cuenta que al que buscaba no lo vio por mucho tiempo y fue por eso que recurrió a alguien cercano.

―¿Qué sucede, Crash? ―preguntó el cyborg después de que el otro llamara su atención, impidiéndole que siguiera mirando su teléfono móvil. Ante esa pregunta, el bicho respondió con gestos e imitaciones―. ¿Acaso quieres saber dónde está Cortex?

El anaranjado asintió unas cuantas veces con entusiasmo pero aquel raro humano no sabía dónde rayos se escondió su jefe. Antes de que el particular visitante recorriera hasta el último rincón del edificio buscando, el ex alumno de la Academia del Mal se encargó de resolver el misterio, pidiéndole de antemano al sonriente que no se metiera en problemas. Al rato volvió con la respuesta: el viejo no estaba en ninguna parte de la residencia aunque supo que alguien recientemente se teletransportó al Moulin Cortex; era obvio que era él. Al parecer, el barbudo quería algo que lo reanimara, y como el de los guantes de motociclista no entendió mucho, ya iba dirigiéndose como si nada hacia la máquina transportadora.

―No, Crash. No puedes ir allí ―exclamó en voz alta N. Gin, con lo que el otro dio media vuelta para saber por qué, poniendo ojos de cachorro―. No te dejarán entrar.

El bandicut seguía aun sin entender y se preguntaba a qué clase de lugar se había ido el otro, entre otras preguntas, y como se decidió en escaparse sin que nadie se diera cuenta, volvió al lado de su hermana esperando el momento justo. Como el cyborg no podía quedarse todo el tiempo vigilando, luego de volver del baño, se dio cuenta de que el no hablante se borró de la escena. Fue inútil buscarlo en la cocina y cerca de ahí cuando sabía bien que el animalejo se fue a buscar a Neo. Pensándolo mejor, el problema no era tan grave y lo único que iba a pasar era que el chico perdiera su inocencia, así que sostuvo que era más importante cuidar a la que sufrió un golpe de frío.

Años teletransportándose a través del tiempo y del espacio, hizo que el marsupial supiera manejar a la perfección la plataforma transportadora, así que sin más, apareció en un lugar que nunca había estado. Parecía que estaba en una casa grande, bien decorada, y nada que ver con la rusticidad de su cabaña. Sin embargo, las cosas no iban como lo esperaba ya que no vio a sus alrededores lo que venía a buscar, pero sí a una joven humana que se horrorizó al verlo. La chica comenzó a gritar pidiendo ayuda y eso hizo que el mutante saliera corriendo hacia quien sabe dónde. Cuando miró hacia atrás, un hombre robusto, vestido de negro, quería atraparlo aunque eso jamás sucedería porque no se comparaba con otras cosas peores que lo persiguieron a lo largo de su vida.

Luego de asegurarse de que perdió al guardia, el anaranjado entró a una gran sala casi a oscuras, perfecto para esconderse. Al fondo de la escena, había numerosas mesas ocupadas con algunas personas y estos observaban con detenimiento algo que ocurría en el escenario. No le prestó mucha atención a lo que pasaba ahí porque tenía una misión por cumplir y escapar de la seguridad al mismo tiempo. El de ojos verdes aun no sabía bien en donde estaba y, al mover la vista hacia un costado, vio que estaba ahí lo que estaba buscando. Se acercó hacia éste, quien estaba sentado a la barra y aún se veía desanimado. Cuando llegó a su lado, el viejo todavía no notó su presencia y estaba mirando fijamente al contenido de la copa que tenía en su mano.

―Me parece que te he visto antes ―dijo de forma atropellada luego de que el sonriente le llamara la atención palmoteándole un hombro―, pero no recuerdo dónde. Siéntate.

En ese instante, el pulgoso pensó que aquel hombre estaba loco, más que de costumbre, o que simplemente, estaba bromeando. A pesar de que se sintió un poco raro por el hecho de que no lo reconocía, era mejor encontrarlo con ese humor que con la amargura de siempre, hasta le pidió un trago. El hijo de la dueña del lugar tenía un acceso más que vip y, por eso, el barman siguió las órdenes aunque no muy seguido atendían a mutantes. El de pelo naranja puso las caras más raras al darle un sorbo a su bebida y le sabía más feo que comerse la cera de su oreja. Por eso lo dejó a un costado y, pese a que le caía bien el nuevo Neo, trató de hacerle saber quién era realmente. Luego de unos intentos, que llevaron al cantinero a casi partirse de la risa, el científico recordó todo de inmediato y volvió su tortura.

―¿Tenías que seguirme hasta aquí? ―preguntó con desánimo, aunque como no esperaba una respuesta, él siguió hablando―. Tenías que quedarte a cuidar a tu hermana. Creo que ella tiene razón: llamaré a ese engendro que tenemos por psicólogo y le diré que la terapia se acabó. Me siento culpable por lo que pasó y, si no la encontráramos con vida, de seguro que me matarías sin piedad.

El oyente lo miró con compasión y trató de decirle que eso jamás lo haría. Como el otro no entendía nada, se lo escribió en una servilleta y se la dio.

―Gracias, Crash... Esto no lo digo con frecuencia, pero te quiero…


¿Creen que se me fue la mano con eso último? Cualquier cosa, lo edito.

Háganmelo saber por reviews.