Buenas. Son libres de insultarme por esta gran ausencia. Pasen por reviews así lo ven todos.
Dejando esto de lado, gracias por dejarme sus reviews que realmente me sirven de mucho, ya sea para saber cómo reaccionaron ante semejante locura, y también para alegrarme la vida; en verdad que sí necesito reír más a menudo.
Espero que les guste el nuevo capítulo:
Capítulo 11
¿De qué me perdí?
Cierta chica de piel azulada no sabía cómo reaccionar cuando se enteró que su escuela, la Academia de madame Amberley, cerraría sus puertas por días debido al fallido experimento de uno de los alumnos. A pesar de que por sí el lugar contaba con varios peligros para darle un toque de emoción a las grises vidas de los chicos que se pasaban ahí días y días, saber que todo olería terriblemente mal por una broma con una súper bomba apestosa, hizo que la rolliza directora tomara esa drástica decisión. Lejos de saltar de alegría tal como hizo todo el alumnado al saber que no tendrían clases, Nina Cortex permaneció estática puesto que le estaban sacando las tierras en las que gobernaba: ella era la reina en su curso. Pero la felicidad no duró mucho para nadie, ya que los maestros mandaron tarea para casa.
La mayoría de los seres que frecuentaban por la gran escuela salieron ilesos y se salvaguardaban de los químicos dañinos convertidos en vapor en las cercanías del portón principal. Algunos no fueron tan afortunados y los inconscientes fueron rescatados por un equipo especial, vestidos como para enfrentar una reacción nuclear. Como sabían que no podían quedar en la intemperie mientras limpiaban todo, la dirección ordenó que cada alumno llamara a que vengan por ellos. Mientras que la de las manos robóticas se hacía la idea de volver con su tío al frío laboratorio, sus amigas trataron de levantarle el ánimo diciéndole que organizarían una fiesta cuanto antes. Eso consiguió sacarle una sonrisa pero, al llamar a su tutor, él no respondía. Por eso llamó a N. Gin, pero él le decía que estaba ocupado en algo, aunque le enviaría a Nitrus Brio.
―Algo es algo ―dijo desanimada al final de su conversación y cortó la llamada en su móvil. Comenzó a quejarse―. Justo que quería que viniera, está ocupado en sus tonterías.
Sólo restaba esperar, algo a lo que a ella no le gustaba para nada, y, mientras tanto, se preguntaba por qué demonios su pariente no le contestó sus llamadas. Pasaron horas y fue aún más desagradable ver como los padres de sus compañeros venían de inmediato a rescatarlos mientras que ella refunfuñaba sentada en el pasto. Muchos se iban en helicópteros y demás artefactos voladores, aunque otros por medio de embarcaciones lujosas. Esto era así porque la condenada escuela estaba situada en una isla. Sin embargo, un sonido distinto a los motores se acercaba al lugar, una especie de aleteo y de algo grande. Por supuesto que eso llamó la atención de los que estaban reunidos en las afueras de los edificios, y comenzaron a mirar hacia todas direcciones. A lo lejos se veía algo que estaba volando en círculos y cada vez más se acercaba al suelo.
―¿Es un pájaro? ¿Es un avión? ¿Es Superman?―se preguntaban aquellos individuos, sonando como unos verdaderos idiotas.
―No, es Brio ―respondió la de dientes de conejo en voz baja, sorprendiéndose luego de que la directora también lo reconociera.
Fue así nomás que el científico llegó a suelo firme convertido en un gran pterodáctilo verde, que llevaba puesto su bata de laboratorio a medio destruir y sus característicos tornillos a los lados de su cabeza. Luego de unas felicitaciones por parte de la que tenía un monóculo, orgullosa de haber formado a un buen villano, la cyborg fue trepando hasta llegar al lomo de la ahora bestia, para asombro de los pocos alumnos que quedaban. Surgió un fuerte viento producto de los aleteos y con eso el monstruo se despegó del suelo alcanzando cada vez más altura. Aunque la pasajera se las arreglaba más o menos bien soportando el viaje, a ella le hubiera gustado más viajar en un vehículo como la gente normal, sin importar si era el dirigible de su tío o una de las naves voladoras de N. Gin.
Menos mal que era un día soleado y con un toque de calor porque, si no lo era, de seguro que pescaría una pulmonía con semejante vuelo de velocidad. Pero lo importante era que ya estaba a medio camino hacia el laboratorio del iceberg, sin embargo, el pelón decidió de antemano dar un giro inesperado y regresar a su casa. Nina, por supuesto, que empezó con sus reclamos pero la voz demasiado grave y extraña que tenía el bicho hizo que ella no le entendiera ni jota. Por fin llegaron a la guarida del químico: una casa de clase media alta, no muy grande, de dos plantas, pero en el medio de la nada. Sólo tenía de vecinos a unos cuantos árboles y debía serlo así puesto que sus experimentos llamarían la atención de cualquier ciudadano. Aterrizaron no precisamente como una pluma, y la adolescente se bajó lo más rápido que pudo.
―Gracias por traerme o lo que sea ―agradeció ella sonando no muy convencida en lo que dijo y entró a la casa ajena, porque ya sabía que al científico le tomaba cierto tiempo para volver a la normalidad y también porque había un tele-transportador dentro del edificio. Sin dar más vueltas, ya que había tenido un día estresante, oprimió unos cuantos botones para poder ir de una buena vez a su casa a descansar. No tenía ni idea de lo que le esperaba…
Luego de caminar por los pasillos metálicos apenas iluminados del laboratorio, la chica gótica fue directo hacia el living que, seguramente, pensaba que alguien debía estar allí. Al llegar a ese sitio, confirmó sus pensamientos: allí estaba el del misil en la cabeza perdiendo el tiempo viendo una película. ¿Eso fue lo que lo mantenía ocupado? La respuesta a eso era un no, puesto que él tenía compañía. Tardó unos instantes en reconocer a ese algo envuelto en frazadas como Coco Bandicoot y, por su parte, ella abrió los ojos sorprendida al ver ahí parada a la sobrina de Neo. El pelirrojo también se vio atónito y, desde el sillón en que estaba sentado, algo cerca de la rubia, él la llamó con cierto entusiasmo para que los acompañara. La morena se acercó poco a poco, preguntándose cómo fue que llegó hasta acá la bicha esa.
—¿Acaso no tenías que estar en la academia? —le preguntó el experto en robots, aunque no de mala manera, una vez que ella se dejó caer en un sillón. La dientona fue explicando lo que pasó y sus oyentes arrugaron la cara imaginándose tener en frente a una cortina de humo apestoso. Como a ella le gustaba hacer sufrir de alguna manera a la intrusa por diversión, no omitió detalles desagradables e incluso los inventó, todo para lograr que la anaranjada se pusiera verde del asco. Continuaría con su labor de no ser por el pedido de detención por parte del doctor y, ella accedió a duras penas aunque le dio cierta lástima el que la marsupial pareciera que estaba enferma.
—¿Y por qué ella está aquí? ¿Es por la terapia? —interrogó la de piel azulada sin importarle si su pregunta sonaba algo grosera—. ¿De qué me perdí?
Ahora fue el turno del accidentado en explicar: el incidente sobre aquel libro de cocina, lo cual hizo que la estudiante se partiera de la risa; el rescate en la tormenta de nieve, con lo que ella trató a la blonda como una reverenda idiota, ganándose una mirada de odio por eso; el héroe inesperado, otro motivo de risa, y la depresión de Cortex, que fue a ahogar sus penas con alcohol. La historia de por sí parecía inverosímil a oídos de la de pelo oscuro y aún faltaban detalles qué no se explicaron, como por ejemplo, dónde estaba Crash con todo esto; la respuesta la impresionó. Otra más que saltó de su asiento fue la engripada, que recién ahora se enteró sobre el paradero de su hermano. Ambas chicas le gritaron a los cuatro vientos al de media cabeza metálica y él no sabía qué hacer para que se calmaran.
—Iré a buscarlo, no me importa lo mal que esté —decidió firmemente la de ojos verdes.
—¡No! Mejor voy yo —interfirió la otra, sonriendo con malicia—. Quiero ver su expresión en su rostro cuando lo encuentre viendo a todas esas mujeres. De seguro que se traumará.
—¡Basta! —gritó enojado N. Gin, tanto que salió un poco de fuego del misil en su cabeza. Esto llamó la atención de las dos adolescentes que se quedaron en silencio para que pueda escucharse una respiración profunda por parte del cyborg que buscaba calmarse—. Iré yo. Quédense aquí y no incendien nada.
No hubo protestas ni nada, y fue así que él se tele-transportó al Moulin Cortex en busca de esos dos personajes. Cuando apareció en un ambiente totalmente distinto al laboratorio, se alivió que el edificio aún seguía en pie ya que, al parecer, el Bandicoot no había hecho tanto desastre como se lo imaginaba. Semejante escándalo armaría la dueña del lugar y quizá la culpa recaería en él por no haber cuidado a esa bestia como se debe. Sin embargo, el escaso personal de seguridad estaba a las corridas; eso significaba que algo no estaba bien, posiblemente por cierto mutante de brutal energía, o quizá por un cliente pasado de copas. Rápidamente se encontró con una de tantas empleadas que lo reconoció como un socio de Neo y le comentó alarmada que había un animal suelto en las instalaciones. La descripción coincidía con la del anaranjado.
Como sabía que no se iba a poner a recorrer hasta el último rincón buscando, por razones obvias y por simple vagancia, él empezó primero en los salones, por donde se desarrollaban las funciones. Al principio no tuvo suerte, aunque debía admitir que el espectáculo mejoraba cada vez más. Se decidió a darse prisa, antes de que la clientela emprendiera la huida al ver a alguien que parecía disfrazado como para la noche de brujas. Sí, debió dejar su odiosa bata de laboratorio por ahí, antes de llegar al lugar, pero no serviría de nada ya que no podía ocultar las secuelas de su accidente. Dejando de pensar en esto, él se encontró con un salón casi a oscuras y, tratando de ser optimista, pensó que ahora tendría un poco más de suerte. Al acercarse a la barra, por fin dio con los fugitivos, pero las cosas parecían algo raras.
—Te quiero… —se oyeron esas palabras de la boca del barbudo, en dirección hacia el marsupial que estaba en el taburete contiguo. Tanto como el chico de ojos verdes como el pelirrojo se veían confundidos—. Te quiero pedir… que me lleves a casa.
—No te preocupes, Crash —interrumpió el cyborg, acercándose por fin a esos dos—. Te ayudaré a salir de aquí. Por lo que sé, te están buscando, y no para darte un premio.
Mientras iban llevando a un pesado ebrio que apenas podía mantenerse en pie, el temor volvió a la mente del evolucionado, más por su hermana que supuestamente se había quedado sola. Debía darse prisa aunque el moreno los estaba retrasando y las cosas se complicaron aún más cuando dos guardias dieron con ellos. Fue en ese momento que el científico de ojo robótico intervino diciéndoles que ya se iban y que se aseguraría de tenerlo al animalejo encadenado para que nunca volviera a este lugar. Finalmente los gorilas los dejaron en paz, teniendo en cuenta que estaban tratando con conocidos del hijo de su jefa, para no acarrear más problemas. Parecía interminable el trayecto hacia el tele-transportador, y fue todo un desafío oprimir las teclas en esa estrecha habitación haciendo lo posible para que el amarillento se quedara quieto un rato.
Una vez ya en la guarida del jefe del N Team, toda la carga fue a parar a manos del adolescente ya que el almirante sabía que él tenía más fuerza y así también estaba libre para indicarle en cuál cuarto había que ir. Ningún incidente ocurrió durante ese sendero, tal como se había imaginado el fabricante de robots, en el que quizá el mutante golpearía al viejo accidentalmente a propósito con cualquier cosa que se encontrara. Parecía ser que la terapia funcionaba de alguna manera, ya que esos dos no se agarraban a golpes, sino todo lo contrario. Tal vez más adelante, se olvidaría toda esta enemistad, a pasar por lo menos a tratarse como unos conocidos. Tratar de ser amigos después de todos estos años sería algo muy difícil de lograr, aunque la vida está llena de sorpresas.
Por fin dieron con la habitación de Cortex, y mientras que N. Gin prendía unas luces, Crash dejó al casi pelón con cuidado en la cama. El chico no sabía con exactitud qué le había pasado al cabezón como para que estuviera de esa forma, en la que no podía caminar bien y a veces decía incoherencias. Él supuso que estaba enfermo, así que antes de dejarlo en paz para que se durmiera, le dio un beso en la frente marcada con la letra N, tal como hacía su hermana a veces. El cyborg, quien alcanzó a ver mientras cerraba las cortinas porque se estaba haciendo de noche, miró al marsupial que se alejaba de manera extraña y después él también salió de la alcoba. Había cosas más importantes en qué pensar, como qué estarían haciendo Coco y Nina en este mismo instante. Sólo esperaba a que ellas dos no se mataran la una a la otra.
—¡Crash! —exclamó su hermana con alegría cuando lo vio e, instantáneamente, ella recordó en qué clase de lugar se había ido. Aunque estaba enojada, la seriedad tan ajena en él que mostraba en su rostro la preocupó—. ¿Todo está bien?
—Ajá —respondió él, alzando el pulgar y mostrando sus dientes dentro de una sonrisa. Al notar la presencia de la chica gótica, agitó una mano para saludarla—. ¡Nina!
—Así que estuviste en el Moulin Cortex, ¿no es así? —le preguntó ésta con una mirada pícara mientras que él se dirigía a uno de los sillones. Él, por su parte, no entendía a qué se refería; por eso ella siguió hablando—. ¿Había chicas lindas?
Ahora que lo pensaba, al recordar a esa joven humana que se horrorizó al verlo y que después contagió el temor hacia las demás, provocó que arrugara su cara en señal que no la había pasado bien. La morena sonrió con perversidad y, en cuanto a la rubia, se mostró paralizada, levantando sus manos como para tapar su boca y tratando de adivinar qué le había ocurrido. Antes de seguir escarbando en el tema, el pelirrojo se apareció y parecía que algo lo estaba molestando por la cara de preocupación que tenía. Pero como a la estudiante no le gustaba ser metiche en ciertas cosas, ella le preguntó si había alguna novedad en relación con su tío. Él le comentó que su pariente está en su cuarto como una cuba y fue allí donde los presentes le explicaron al silencioso qué significaba eso. El bicho se agradeció a sí mismo por no seguir tomando más y terminar como aquel hombre.
—Sin embargo, hay un problema —interrumpió el almirante aquel espacio didáctico—. La tormenta está lejos de terminar y creo que ahora está peor que antes. Además…
Al terminar de decir eso, la sala quedó a oscuras y esto por supuesto que inquietó a los más jóvenes, especialmente al par de hermanos. Tan sólo se veía el ojo mecánico de cierto doctor pero éste tenía en su bata de laboratorio un tubo de luz fosforescente. Los rostros de aquellos cuatro individuos apenas se veían con ese resplandor verdoso, pero uno de ellos desapareció en la oscuridad. Mientras que los chicos discutían por quién de ellos se haría cargo de aquel tubo, como un modo de apoderarse de él, unas luces más fuertes surgieron de la nada. En realidad no era tan así, ya que la iluminación mejoró gracias a unas linternas que el del misil en la cabeza había conseguido y las depositó en la mesa ratona. Ahora como él era el mayor en ese grupo, debía adoptar una actitud de responsable, aunque sabía que los adolescentes le complicarían el asunto.
—¿Entonces querías decir que la tormenta tiraría los cables de la luz? —preguntó la cerebro del equipo Bandicoot, aun abrigada, aunque sentía que ya sabía la respuesta.
—Sí, pero no creí que pasaría tan pronto.
—¿Podrá arreglarse? —se interpuso la azulada—. Quiero cargar la batería de mi teléfono.
—Será difícil: si el problema es afuera, quien salga, se congelará. Así que deberíamos esperar a que se vaya el mal clima —respondió desanimado y los demás parecían asustados.
Ahora ellos estaban encerrados en el laboratorio y no sabían por cuanto tiempo.
¿Se creyeron que era una especie de confesión? En primer lugar, así lo era pero, en vista de que fue apresurado, hice esta vuelta para que todo siga como antes.
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