Buenas... Ya no sé qué pasó: hace como un mes terminé el capítulo y no lo subí...

Son libres de enviar tirones de oreja por reviews por esto.

Thanks a lot, Stephdragonness, for leave me your review!

¿Y qué les pasó a los demás? ¡Vamos! Quiero saber qué opinan.

Sin más, aquí está el capítulo:


Capítulo 12

Arreglando algunos problemas

La espera parecía interminable. Ellos no sabían qué hacer para matar el tiempo. Al final, no fue una buena idea esperar a que el problema del corte de energía se arreglara sin que ellos movieran un solo dedo. No sabían por qué rayos este supuesto genio de la robótica se tardaba tanto en reparar algo tan común como la interrupción eléctrica. Lo peor de todo era verse entre sí, con esas caras de puro aburrimiento, apenas iluminados con las linternas. Crash se entretuvo durmiendo, acurrucado como si perro se tratara, ya que la oscuridad le daba un poco de sueño. Mientras tanto, Coco y Nina tenían que soportar los ronquidos del marsupial no hablante y eso fue algo que desmejoraba el ánimo de ambas. La azulada se estuvo entreteniendo con los juegos de su teléfono móvil, hasta que decidió apagarlo para no agotar la batería por completo. La rubia, por su parte, observaba la luz fluorescente.

De repente, una luz se acercaba, iluminando de a poco el oscuro living en donde se encontraban los jóvenes. Al rato, ellas vieron que se trataba de N. Gin y, al saber que las cosas seguían igual de mal, supusieron a que éste traía malas noticias. El problema es afuera, dijo él primero, que había que ir a revisar los generadores. La voz del científico hizo que el anaranjado abriera sus ojos con pesadez: le habían interrumpido su sueño de un mundo de frutas wumpa. Cuando el del misil en la cabeza ya quería retirarse luego del aviso que recién dio, las chicas se levantaron de sus asientos con intenciones de acompañarlo, aunque sólo lo hicieron para sacarse el aburrimiento. Por supuesto que esto sorprendió al cyborg pero esas dos no querían escuchar objeciones ni nada por el estilo. Por otro lado, el mutante dormilón quiso seguir con su actividad en recorriendo el mundo de los sueños.

Fue así que esos dos humanos más la bandicut se dirigieron con cautela hacia el garaje del laboratorio, aunque antes fueron por algo de abrigo para hacerle frente a la gran tormenta. No se sabía si era sólo exageración o qué otra cosa, porque el almirante les repitió mientras caminaban lo que escuchó del pronóstico del clima en la tele: que la tormenta se parecía a la de la película El día después de mañana, quien saliera, se congelaría. Llegaron al ropero que estaba cerca de la cochera, y un abrigo similar a los esquimales cayó en manos de las féminas. Ellas lo miraban con cierto desagrado, ya sea porque pesaba demasiado para un abrigo y también por el olor a humedad que tenía. A duras penas se lo pusieron ya que su espíritu de aventura era más fuerte y los tres esquimales fueron en busca de su vehículo. Fue un poco difícil hallarlo por la oscuridad, pero antes de subirse, el pelirrojo fue por una caja de herramientas.

—¿Me dejas conducir? —preguntó la gótica con cierta confianza, haciendo que su voz no sonara tan fuerte debido a la gruesa capucha que tenía sobre su cabeza. El adulto comenzó a dudar, aunque realmente no quería perder más tiempo con las tonterías de la Cortex.

—El camino es traicionero —le respondió para no ser tan cortante como para decirle que no, porque en parte lo era, con los estrechos caminos de hielo, sin mencionar la ventisca.

—¿Y acaso las pistas en el parque temático del motor no lo eran? —insistió mientras que se ponía frente a la puerta del conductor para que nadie pudiera entrar—. Recuerda que eran mucho más peligrosas. Vamos, déjame por sólo un ratito. ¿Sí?

La blonda observaba la escena sin ánimos de entrometerse, aunque esperaba que la singular discusión terminara de una buena vez. Todo llegó a su fin cuando la morena ganó ya que iba a llevar el asunto hasta su tío, esté o no esté disponible para hablar. La ganadora saltó de alegría, sin que le afectara las advertencias que le decía el mayor, y sin más se colocó tras el volante. Una vez todos adentro, la conductora encendió el motor así como el mecanismo que abría la puerta metálica. Luego de mover la palanca de cambios, el transporte se dirigió de repente hacia atrás, asustando y golpeando un poco a los pasajeros. Al mirar hacia atrás, para ver con qué chocaron, vieron que se abolló una parte de un auto de color rojo, el llamado "Imperium". A la chofer mucho no le importó eso ya que estaba segura de que su tío la perdonaría como siempre y, además fue un accidente; nada por qué preocuparse, pensaba.

Ahora sí recordando sus clases de manejo, Nina llevó el vehículo hacia afuera del edificio encontrándose con una fuerte nevada. Rápidamente accionó el limpiaparabrisas, pero la nieve era abundante; estaban casi a ciegas marchando hacia quién sabe dónde y fue allí donde la estudiante se arrepintió de su idea, aunque jamás lo admitiría. Marcharon de esta manera por unos cuantos metros pero, para no seguir tentando al destino, decidieron que era mejor parar por un momento y pensar bien qué hacer. Un termómetro en el tablero indicaba que la tormenta estaba cesando, así como también la cantidad de nieve. Antes de que terminara del todo, había que seguir adelante antes del anochecer, y fue por eso que la automovilista pisó el acelerador. Ya estaban próximos a uno de los varios puentes angostos y, con una mirada decidida y una sonrisa de lado, la joven siguió como si nada. El terror se fue apoderando de los viajeros, ya que había riesgo de caerse hacia el vacío.

—Debí haberme quedado —susurraba Coco, aferrándose con fuerza sus manos al asiento.

—Mientras que… vayamos por el medio del sendero…, todo estará… bien —dijo N. Gin con voz temblorosa, aunque también estaba molesto porque la azulada buscaba el peligro zigzagueando apenas de vez en cuando. Al parecer, a ella le gustaba ver el sufrimiento ajeno.

—Dejen de poner esas caras de miedo —pidió ella con una sonrisa siniestra en sus labios negros—, o mis manos empezarán a fallarme. Tal vez necesite unos ajustes…

—Déjate de bromas, Nina —exclamó el científico ya nervioso, pero sus palabras lograron el efecto contrario, porque esta vez el vehículo se inclinó de manera peligrosa.

La rubia lanzó un grito de terror y ya esperaba encontrarse en la otra vida, pero las orugas de la máquina lograron estabilizarse. Ya un poco más tranquila, se le cruzó por la mente observar desde qué altura estaban, sin embargo, al más mínimo acercamiento a una de las ventanillas, hizo inclinar nuevamente al transporte. Volvió a su lugar de inmediato, en el medio del asiento, y escuchó que el cyborg le pidió con cierta calma que se quedara quieta. Finalmente llegaron a suelo un poco más firme y el rumbo continuó hasta quedar cerca de uno de esos aerogeneradores. De nuevo las dos chicas insistieron en acompañar al doctor y él tuvo que aceptar a regañadientes; quizá si no lo permitía, aquellas dos se iban a ir con el auto si él y no tenía ánimos de regresar a pie al laboratorio. Con algo de dificultad por la caída de nieve, ellos observaron que las turbinas estaban totalmente detenidas.

Sin más demora, el almirante se fue hacia la puerta de una de estas estructuras, encontrándose con que el picaporte estaba congelado. Él tuvo que dejar la caja de herramientas en el suelo y fue hacia el vehículo en busca de algo que le ayudara a destrabar. Las adolescentes aprovecharon ese momento para intentar abrir la puerta por sus propios medios: la gótica utilizó sus manos mecánicas sin ningún resultado bueno y, antes de romper todo, abandonó su tarea. La marsupial, por su parte, tomó carrera para darle una buena patada, consiguiendo que sólo se abollara apenas el metal, pero de abrirse, nada. Cuando regresó el experto en robots, él traía consigo un soplete y, al echar un vistazo a sus colegas, ellas hacían como si nada pasó recién. Recién ahí la manija funcionó y se notaba la oscuridad del interior. Mientras que él apagaba la llama y se hacía con la caja de instrumentos, las féminas tenían intenciones de entrar también dentro de la máquina.

—¿Por qué no van a ver si la otra puerta puede abrirse, eh? —les preguntó él sonriendo.

Por un momento, ambas se miraron extrañadas ante esa pregunta, aunque les llegó rápido la indirecta: quería que lo dejaran trabajar en paz. Ellas se mantuvieron estáticas, algo ofendidas por un lado, y con pasos pesados se alejaron de quien les negó salirse con la suya. Mientras ya casi llegaban a la siguiente torre, unos ruidos mecánicos se oyeron detrás de ellas. Al voltearse, vieron que las palas comenzaban a moverse con lentitud así que pronto ya estaría solucionado el problema. Al llegar a la próxima entrada, la historia se repitió pero, esta vez, con el golpe de karate se consiguió no sólo abrir la puerta, sino también derribarla. Ambas se sorprendieron y, antes de ser regañadas por aquel singular integrante del N Team, pusieron la placa de metal donde correspondía y se fueron cerca de los pinos. Tiempo después, una expresión de sorpresa indicó que él ya descubrió el accidente; la responsable sólo continuó con su guerra de bolas de nieve.

—Oigan, ya podemos irnos —anunció N. Gin en voz alta, porque las chicas estaban tan ocupadas jugando y con cierta brutalidad. Fue así que todos ya iban regresando al vehículo.

Como él fue quien llegó primero, se puso tras el volante antes de que alguien más se lo arrebatara. Al rato vinieron las adolescentes, conversando en voz alta acerca de que cierta morena hizo trampa al utilizar sus manos extensibles. Al retomar por el mismo camino, a lo lejos podía verse que la gran letra N que adornaba el laboratorio volvió a brillar, y eso quería decir que la energía se reestableció. Esta vez, fue todo un poco más tranquilo el regreso a la fortaleza de metal, ya que no hubo bromas de mal gusto; aunque Nina amenazaba con tomar el volante en cualquier momento. Por fin llegaron al garaje y Coco tenía prisa con reencontrarse con su hermano. Tanto fue el apuro que aventó el grueso abrigo que tenía puesto y se echó a correr con una sonrisa en su rostro. La mutante incluso llamó en voz alta mientras corría, y el hecho de que el lugar ya contaba con luz, permitió que pueda moverse sin problemas.

—¿Crash? —preguntó ella entre extrañada y asustada al ver que el susodicho no estaba en el living, donde creyó que estaría—. ¡Hermano mayor! ¿Dónde estás?

Sin parar de llamarlo a gritos, la que se peinaba con una coleta empezó a recorrer las instalaciones sin oír los característicos balbuceos del chico sonriente. El del misil en la cabeza logró alcanzarla, yendo a un par de pasos detrás de ella, para asegurarse de que no activara alguna peligrosa máquina por ahí. Ya ella empezaba a impacientarse y a pensar en lo peor, que quizá él salió a buscarla y ahora está por algún lugar convertido en un cubo de hielo, o que activó por error el Psicotrón y fue a parar en alguna extraña dimensión. Todo podía pasarle y, al no hallarlo en la planta baja, la búsqueda continuó por las habitaciones. A pesar de que el pelirrojo no creía que el desaparecido fuera capaz de explorar los cuartos, ya que era más probable que buscara comida, la blonda siguió adelante sin importar los comentarios de nadie. La primera habitación era del viejo Cortex, y ella llamó a la puerta.

—¿Qué es lo que buscaría tu hermano en este lugar? —preguntó en voz baja el científico del ojo robótico a la insistente chica—. Busquemos en otro lado.

Ningún sonido se escuchó tras la puerta, hasta que unos pasos se oyeron luego de un rato, justo cuando la Bandicoot pensaba que allí no había nadie. Los dos esperaban ver al dueño de esa alcoba hecho un desastre, pero quien atendió el llamado era el mismísimo Crash en persona. Su hermana quedó petrificada y con una sola pregunta en su cabeza: ¿Qué diablos estaba haciendo ahí? No dudó en preguntárselo, sin importarle mucho su ira repentina, y el de los guantes de motociclista trató de responder mediante gestos pero se encontraba bastante asustado. Lo más llamativo no eran sus señas, sino que era que él no tenía puesto sus zapatillas y todo parecía que se acababa recién de despertar. Llevaron esta "conversación" en el pasillo, para que cierto cabezón siguiera descansando; aun así, Neo se levantó y exigió saber el porqué de tanto alboroto. El único que podía aclarar las cosas no podía hablar convencionalmente, así que tuvieron que descifrar el código con paciencia.

—Crash, no debiste hacer eso —dijo Coco tristemente, cuando entendió aquella explicación. Mientras tanto, los científicos se preguntaban de qué demonios estaban hablando—. No puedes confiar en Cortex para esos "problemas". Aunque no lo parezca, es nuestro enemigo.

—Explícate, Bandicoot —interrumpió el hombre amarillento, hecho una furia con la fémina, e indignado de que hablaran de él como si no estuviera allí—, ¿a qué te refieres con esos "problemas", eh? ¿Qué fue lo que pasó?

—A veces, mi hermano tiene… pesadillas y… se calma cuando duerme conmigo —respondió ella luego de dudar mucho—. Parece que ahora tuvo una y, como no me encontró,…

—¡Miserable marsupial! —gritó Neo, entre enojado y avergonzado, luego de adivinar cómo terminaba aquella frase—. ¿Cómo te atreviste a dormir conmigo? ¡Fuera de mi vista!

El chico ante eso sólo bajó la vista y luego lo miró con unos ojos vidriosos, mostrando que estaba apenado; la misma mirada que puso cuando lo acusaron de ser el causante de los misterios en el parque temático de Von Clutch. El viejo se mantuvo firme en su decisión, aunque al final no resistió y decidió hacer como si eso nunca pasó; los demás estuvieron de acuerdo y este asunto murió ahí, o eso se creía. Era difícil no relacionar lo que pasó recién con ciertos sueños un tanto extraños, como si fueran éstos alguna clase de señales a lo que vendrá. Dejando esto de lado, lo que faltaba por hacer era terminar de una buena vez esta cuestión de la visita y, como la plataforma transportadora ya funcionaba, era mejor que ellos se vayan por ese medio, antes de tener que esperar el bote de los nativos. Los mutantes y los doctores se pusieron en marcha para llegar a dicho lugar.

—¿Por qué hiciste eso? —preguntó la chica en voz baja a su familiar, quien le había dado un codazo no muy fuerte para llamar su atención.

El muchacho empezó a hacer señas junto con una sonrisa sospechosa; al parecer, al ver a su hermana observando el caminar de cierto villano experto en robots, le hizo recordar lo que ella le dijo en el parque. Ella al rato lo recordó, y se culpó por haber pensado en voz alta aquella vez. No creía que su hermano le diera importancia y, ahora, él estaba bromeando acerca de eso. La chica palideció cuando el silencioso fue a compartir el chisme ante el involucrado, y ella sólo esperaba a que el otro no lo entendiera de una. El living fue escenario de un nuevo dígalo con mímica, aunque la rubia trataba de frenar inútilmente a su molesto aliado. Era bastante difícil comprender qué decía el sonriente mientras que luchaba con la experta en artes marciales así que, mientras que esperaban a que el de la N en la frente volviera luego de ir por un medicamento, al cyborg se le acababa la paciencia.

—Coco, ¿podrías explicar qué quiere decir Crash con esas señas?

—No es nada importante —respondió aun forcejeando, sosteniendo unas manos enguantadas para evitar que siguiera "hablando"—. Sólo se está haciendo el gracioso.

—¿En serio? —preguntó mostrándose que estaba sospechando algo; ella sólo asintió con rapidez—. De acuerdo. Cuando nos volvamos a ver, no tendrás más ese problema, Crash.

—¿Listos para que se larguen de una vez de mi casa, plagas anaranjadas? —interrumpió la escena el barbón, con la misma actitud gruñona de siempre, señalando hacia donde se encontraba el tele-transportador.

Los cuatro fueron hacia dicho lugar y, luego de fijar las coordenadas, era el momento de la despedida. En lugar de eso, ellos se mantuvieron en silencio ya que ninguno se atrevía a decir adiós o algo por el estilo, por más antipático que sonara. Tampoco hubo agresiones por parte del casi calvo, algo que llamó la atención, pero se veía algo molesto por alguna razón.

—Nos volveremos a ver en la próxima sesión de la maldita terapia —dijo y activó la máquina.


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