Hola y bienvenidos a un nuevo capítulo. ¡Gracias por sus reviews!

FlautaRara: lindo review y espero que te siga gustando la historia.

Guest: gracias por tus palabras. Realmente me gusta que me escriban.

Espero que les guste este nuevo capítulo:


Capítulo 17

Aclarando unas cosas

Mientras que Crash viajaba en el curioso bote de los nativos en dirección hacia el Iceberg Lab, él se arrepentía de no haber llevado una ropa más abrigada, aunque pensaba que se congelaría de todos modos, por más que se envolviera en frazadas. Así que él sólo esperaba llegar de una vez, y además tuvo que soportar un largo camino encontrándose rodeado por agua y más agua. Qué alegría sintió al ver hacia el horizonte esa gran construcción ubicada en un par de islas y se alivió al saber que no estaban perdidos, como creía. No viajaba muy seguido hacia ese lugar, y en esta ocasión él estaba nervioso por varios motivos: por tener que escaparse de su familia y también por tratar de arreglar las cosas con Cortex. Era una locura lo que iba a hacer, según lo que creían sus hermanos, pero él sentía que era lo correcto y que por lo menos debía intentarlo. En tanto se acercaba la barca a su destino, el vehículo tuvo que esquivar como podía algunos icebergs en miniatura, haciendo que por poco el chico se cayera a las heladas aguas. Mas eso último no le convenía a nadie: los nativos cuidaban al mutante ya que prometió trabajar a cambio del viaje.

—Sólo esperar media hora, luego irnos —aclaró uno de los indígenas ni bien el bajó el pasajero.

El bandicut respondió alzando el pulgar con el brazo tembloroso y enseguida se marchó, pero los vientos que echaban nieve le complicaban caminar. Con pasos lentos y casi a ciegas, el de los ojos verdes avanzaba hasta que finalmente llegó a la pesada puerta de acero y llamó esperando que se oyera del otro lado. Por minutos que parecían horas nada pasaba, haciéndole creer que ya era demasiado tarde, sin embargo, oír unos ruidos mecánicos le dieron esperanzas. Del otro lado de la puerta estaba N. Gin, quien lo dejó pasar de inmediato, porque el marsupial se estaba cristalizando de tanto frío. Qué demonios estaba haciendo aquí, le preguntaba el científico muy preocupado y le decía que afuera había una tormenta terrible. El anaranjado estaba aún tieso, no obstante, el calor del sitio lo estaba descongelando y, como no le respondía a la pregunta, el otro vio que no tenía el traductor que le regaló. Como pudo le expresó que el aparato se rompió y el humano no siguió hablando del tema para pedirle que lo siguiera a la sala. Antes de ponerse a caminar, el visitante tiró su abrigo cubierto de nieve al suelo, y de inmediato notó que había algo muy diferente en el lugar: los muebles no estaban, pareciendo todo vacío y abandonado.

—Crash, tienes que regresar a tu casa —pidió el ciborg sonando un poco nervioso, dejando al adolescente aún más intrigado por no saber qué carajos estaba pasando—. En unos momentos, el Iceberg Lab dejará de existir… Estamos tratando de alejarnos de ustedes, ¿por qué estás aquí?

—Listo, ya podemos irnos… Oh no —dijo eso último Neo al encontrarse con la visita inesperada. Él se acercó un poco y se veía enfurecido—. Eres una auténtica pesadilla, Bandicoot. Como me gustaría que te quedaras a ver cómo se destruye mi guarida por dentro, pero no. ¿A qué vienes?

El animalejo bajó la mirada apenado y esa fue toda su respuesta, con lo que el iracundo resopló y buscó algo en su maleta con ruedas. Un traductor exactamente igual al que desarmó Coco se vio entre sus manos y se lo entregó de mala gana al peludo. Mientras que la cosa escaneaba, el barbudo le explicaba que no iba a dar marcha atrás con el plan de mudarse y de volar el edificio, por más buenos que fueran sus argumentos, y que sólo le daba una oportunidad para hablar. Lo primero que se escuchó de esa máquina fue un montón de palabras de arrepentimiento, que no le gustaría que las cosas terminaran así, y que no se iba a rendir tratando de encaminar por el lado bueno al hombre. Con seriedad y tratando de no dejarse engañar por la cara de perrito que hacía su creación, aquel le advirtió que ya tomó una decisión, y le aseguraba que era lo mejor para los dos. El chico parecía no estar de acuerdo y Cortex le daba la razón: era verdad que le estaba sacando el propósito de su vida, pero le recordó que nada dura para siempre. Que tenía que buscar un nuevo objetivo, le aconsejaba, que vaya a molestar a alguien más que no fuera él.

—No es tan fácil —opinó el bandicut muy triste y el médico, quien estaba a dos pasos de él, no sabía qué decirle para que lo dejara en paz—. No quiero que te vayas… Quiero volver a verte.

—Mejor lo espero en el auto, doctor —interrumpió N. Gin para escapar de esa conversación.

—Crash, ¿por qué no entiendes que no quiero volver a ver tu ridícula cara? —preguntó ya harto el científico, cuando perdió de vista a su compañero del N Team, y desvió la mirada a otro lado.

—¡Pero yo si te quiero! —exclamó el anaranjado y bajó la vista, aunque el otro pudo ver que se le asomaban lágrimas en sus ojos, y encima lo que acababa de oír lo dejó bastante confundido.

¿Qué demonios significaba eso? ¿Ese traductor se rompió de repente? ¿Acaso sólo se trataba de una broma? Por supuesto que el humano quiso saber más al respecto, esclarecer de una vez esta especie de confesión o lo que fuera, y las respuestas lo sorprendieron. El adolescente no se sabía explicar, no obstante, el casi calvo intuía a dónde iba esto y resolvió con pesar que aquel estaba enamorado. Aquel estaba feliz por encontrar una explicación, sin embargo, se angustió al oír el silencio por parte del otro, como diciendo que no compartía lo mismo. Los dos quedaron callados en ese pasillo solitario y casi a oscuras, escuchando solamente el ruido del fuerte viento que golpeaba el edificio. La mente del hombre de piel amarilla era un desastre, preguntándose cómo fue qué pasó todo esto, si bien tenía en claro las razones por la cual la relación no iba a funcionar. Se las expuso con calma, porque no iba a ser cruel en esta situación, por más que se decía ser un científico malvado. Primero le decía que no era su culpa, que no debía apenarse, porque las hormonas de adolescente lo volvieron un poco loco. El de los ojos verdes no parecía entender, de todas formas, Neo continuó para ver si con los demás motivos tenía más suerte.

Luego habló sobre lo que pensarían los demás, que era obvio que todos estarían en contra, y de seguro habría problemas. Después estaba el tema en que eran muy diferentes en todo sentido y que nunca podrían ponerse de acuerdo con algo. Con cada palabra, el marsupial sentía golpes a su pobre corazón, mas no quería alejarse porque le gustaba escuchar la voz del otro. Lo que más le dolió fue oír que no lo querían y, como aquel lo dijo desviando la mirada y sonando un poco inseguro, él creyó que se trataba de una mentira. Él sonrió por descubrirlo y nada borraba su felicidad, ni siquiera que Cortex lo negara una y otra vez, porque sólo siguió confirmándolo. Más tarde lo admitió, aunque de la manera esperada: comentó que lo consideraba lindo, como uno quiere a una mascota, y nada más. Eso último le daba algo de esperanzas y sólo quería saber si eso era verdad, con una prueba. El mayor se horrorizó al oírlo y no quería averiguar de qué se trataba, así que empezó a huir lo más rápido posible. Eso no era algo que esperaba el adicto a las wumpas, si bien lejos de tomarlo para mal, lo entendió como juego y empezó la persecución.

—¡No es posible que me esté pasando esto! —se dijo el de pelo oscuro mientras escapaba, a tal desesperación que se acordó cuando le perseguían las abejas y después ese Crash Malvado.

Como el sistema eléctrico fue desconectado, las puertas mecánicas no funcionaban y por eso no había otra opción más que seguir escapando fuera del laboratorio. Él salió por el garaje, dejando perplejo al ciborg que aún estaba esperando a que su jefe se saliera y no sabía si ir por él o no. Menos mal que la tormenta de nieve desapareció, y aun así le era difícil correr, ya que se hundía y quedaba un poco atrapado. Él ni quería voltear para ver si seguía por ahí su perseguidor y, por más que se le congelaban las piernas y le costara respirar, continuó hasta refugiarse dentro de una cueva. Se escondió tras las estalagmitas para recuperar el aliento y, si podía recuperarse a tiempo, antes de que lo descubran, podría ir hasta el gran barco que de seguro tendría un buen escondite. Sólo esperaba que N. Gin viniera primero a rescatarlo y que el anaranjado entendiera de esta manera que no conseguirá lo que buscaba. Sólo había silencio dentro de la cueva, salvo el aleteo de los murciélagos de vez en cuando. La quietud lo hizo entrar en razón: debió agarrar su preferida arma de rayo, que estaba guardada en su maleta, y así poder paralizar al intruso.

—¡Soy un idiota! —se regañó por optar salir corriendo y congelarse, también por hablar en voz alta, sabiendo que se estaba escondiendo—. Ahora, ¿qué voy a hacer? Piensa, Cortex, piensa.

—¿Neo? —preguntó una voz que reconocía bien y enseguida se alarmó, ocultándose aún más.

Era Crash, de eso estaba seguro, y por hablar solo, ese bicho lo encontró. El marsupial se acercó sólo un poco hacia el hombre y le pidió que se tranquilizara, que todo iba a ser como él quería y que respetaría sus decisiones; no más quería que supiera lo que él sentía. El médico salió de su escondite aun desconfiando, pero la expresión ingenua del chico hizo que dejara de asustarse. El bandicut se disculpaba por asustarlo y le pidió oír de nuevo que no lo quería, para así poder dejarlo en paz. El otro aún no se decidía qué demonios hacer o qué decir, sin embargo, algo le llamó la atención, un ruido que luego pasó a ser un temblor bajo sus pies. En un instante, parte del suelo se cayó, llevándose al humano hacia el abismo, mas eso no sucedió porque el mutante lo agarró justo a tiempo. El pelón observó cómo los escombros caían hacia la oscuridad y luego se fijó en su salvador, que podría no serlo si le daba una respuesta que no buscaba. El héroe lo miraba con seriedad y bastaba con abrir su mano para dejarlo caer, si bien no lo hizo, con lo que lo ayudó a subirse al sendero y ambos se alejaron del agujero, por si volvía a desmoronarse.

—Gracias —musitó el de la N en la frente y desviando la mirada, aunque después lo vio a los ojos y se dio cuenta que todavía estaba esperando la respuesta—. Tú ganas, Bandicoot, como siempre… No puedo decirte que no te quiero… Eres lo mejor y lo peor que me pasó. Te quiero.

El cabezón miraba el suelo cuando decía esas palabras, pensando al mismo tiempo en que no podía creer lo que recién dijo. Por más que le costaba hablar de ciertas cosas y de que todo esto le recordaba a unas pesadillas, respondió por fin con la verdad, no obstante, aun pensaba en los problemas que causaría esta relación. Cuando le iba a explicar que esto no era una buena idea, él fue interrumpido por ese sonriente, quien lo sorprendió con un tierno beso. Eso resultó ser una sensación extraña al principio, tanto que quería apartar al muchacho, pero todo cambió en un segundo, pudiendo sentir algo que no experimentaba hacía mucho. Por ese instante, él se olvidó dónde estaba, de sus problemas e incluso del suelo que pisaba, hasta que volvió a la cruel realidad de no saber qué hacer con este asunto. Él trataba de pensar, aunque unos ojos verdes lo distraían y los dos permanecieron así por un tiempo. Volviendo a la realidad otra vez, el de la barba candado sugirió que todo esto se mantenga en secreto y el bicho aceptó ya que era mejor que nada. Ambos salieron de la cueva y notaron que la tormenta desapareció, dejando observar un cielo despejado. Como ellos veían hacia arriba, el amarillento tropezó y se cayó en la nieve.

—Deja que te ayude —dijo el joven después de reírse un rato, mientras que el otro seguía casi enterrado en una gruesa capa de nieve. Cuando le ayudó a levantarse, aquel quedó paralizado.

—Gracias. Regresemos al laboratorio —habló cuando se le fue un poco el frío y aprovechó ni bien el evolucionado se dio vuelta para tirarle una bola de nieve—. Eso pasó por burlarte de mí.

Como él sólo estaba bromeando, aquello fue el comienzo de una guerra de nieve, donde Crash dominaba con una fuerza y energía superior a la de su rival. Por eso Cortex sólo podía esquivar, y lo hacía bastante bien, a tal punto que el adolescente se cansó y se inclinó por saltar sobre ese sujeto, tirándolo de espaldas al frío suelo. A pesar de que el atacante tenía munición en mano, el que estaba tirado sólo recibió un beso apasionado y a ellos poco les importaron que estuviera comenzando a nevar con fuerza. El mágico momento fue interrumpido al escuchar el sonido del teléfono de Neo y, al otro lado de la llamada, N. Gin le preguntaba a su jefe si estaba todo bien y si planeaba regresar algún día. De mala gana, él le respondió que enseguida volvía y terminó con la llamada, para después invitar al marsupial que lo siguiera, no sin antes recordarle que actuara con normalidad. Luego de la caminata de regreso, los dos por fin llegaron al edificio y, antes de irse, tomaron sus cosas para después subirse al vehículo que el ciborg se hartó de esperar tras el volante. Los tres se mantuvieron en silencio durante el viaje, excepto cuando el médico les avisó que primero enviaría al intruso a su casa, antes de marchar hacia la nueva guarida del N Team.

—Pero no quiero ir todavía —protestó el mutante una vez que ya estaba dentro del dirigible y que el dueño del transporte se pusiera tras el timón. Para convencerlo, puso ojos de cachorro.

—¡Está bien, Bandicoot! No regresarás aún. Hay que aprovechar el momento —respondió el científico, consiguiendo como respuesta un alegre pero asfixiante abrazo por parte del otro—.

Pero primero, quiero que llames a tu casa y digas que estás bien. De seguro están preocupados.

Para eso el cejudo le prestó su teléfono y el chico tuvo que esperar un rato para que atendieran su llamada. Coco no podía creer que su hermano le estaba llamando con el móvil propiedad del que fue su principal enemigo durante años y la situación la tenía de mal humor y desesperación. Ella quería que su pariente se volviera ya mismo, aunque también avisó que muy pronto se tele-transportaría para buscarlo. Cuando él quería explicarle algo, una gran explosión se oyó, cosa que también asustó a la chica del otro lado de la línea. Como nadie respondía a su pregunta de qué rayos fue eso, la rubia se exasperó aún más, sin embargo, su familiar le comentó tranquilo que sólo fue el laboratorio destruyéndose con explosivos. A la pregunta de dónde estaba, él le dijo que estaba en el dirigible y, en ese momento, el conductor le pidió que se le regresara su dispositivo. El cabezón le contó a la muchacha sobre su plan de llevarlo a su casa al anaranjado, aunque la onda expansiva dañó un poco la nave, con lo que se retrasarían un poco. Desde luego que eso no dejó en paz a la joven bandicut, no obstante, no le quedaba otra más que en confiar.

—Espero que vuelvas pronto, hermano mayor —dijo al final ella y terminó con la comunicación.

—¿Es verdad que se rompió el globo? —preguntó el sonriente que ahora estaba preocupado.

—Un poco, pero puedo arreglarlo. ¿Te gustaría saber cómo pilotar el dirigible? Así lo mantienes en el aire mientras yo trabajo —propuso el doctor y el otro aceptó de inmediato y con alegría.

El que usaba guantes sin dedos no tomaba las lecciones muy en serio, bromeando cada tanto e intentando manejar como si estuviera conduciendo un kart. Aun así, aprendió rápido lo básico, calmando un poco al instructor, ya que le inquietaba un poco que aquel tuviera tanta confianza. Realmente no sabía cómo pensaba aquel animalejo: por un lado, parecía un niño, que parecería que estaba jugando mientras conducía la nave, y por otro, demostraba ser un experto amante, con sus besos y caricias. El barbudo se preguntaba por qué Crash tenía esos cambios de humor y, lo más importante, por qué sabía tanto, si recordaba que las cosas con Tawna no resultaron bien. Esas cosas le llamaban la atención, si bien, en realidad mucho no quería averiguarlas, ya que lo estaban distrayendo tanto que olvidó conseguir la herramienta necesaria para la última reparación. Se dijo en voz alta que necesitaba un destornillador, y una voz que no era la de su compañero le preguntó de qué clase quería. Él, que escuchó esa voz que venía justo detrás de él creyó haber oído mal, porque recordaba que esa persona debería estar en aquel acorazado. Al voltear despacio, observó a la culpable como si fuera una fantasma, la cual sonreía con malicia.

—¿Nina? —preguntó él y también se preguntaba con pavor qué cosas había visto y escuchado.


La advertencia no estaba por nada... Perdón si quedó medio raro.

Quiero saber qué opinan.