*Nota de la Autora: Para mejor comprensión del fic, los pensamientos irán entre comillas "", las frases tomadas de otras referencias en cursiva y en cursiva y negrita las escenas retrospectivas que corresponden a recuerdos.
"Franziska prefiere olvidar"
1
A los 500 años que cumple mi Habana,
la bella ciudad que me vio nacer.
"El chofer me previno: cuidado, sabio, en esa casa matan. Le contesté: si es por amor no importa".
(Gabriel García Márquez. Memoria de mis putas tristes.)
El taxi limusina dobló hacia la izquierda para subir Paseo hasta la casa de renta donde me hospedaría. Un buen tramo de avenida, a la que dividía en dos sendas un área para descanso, llena de parterres y bancos a la sombra de árboles enormes. Qué le importaba a esta isla que fuera pleno invierno, conservaba un esmeralda intenso en su vegetación y el calor del trópico parecía adherirse a todo; los carácteres de la gente, el aire dulzón, los colores de la misma ciudad. Tanto verde comenzaba a parecerme harto esperanzador para mi ánimo resquebrado. Quizás huir a un sitio tan inusual para mi gusto había sido pésima idea. Busqué algún detalle que apartara de mi vista el ambiente veraniego de febrero, concentrándome en los estilos arquitectónicos de las casas. Desde la ventanilla las veía sucederse una tras otra, con la fugacidad de una chispa y aún las sostenidas por refuerzos parecían burlarse orgullosas de sus vecinas más jóvenes. Troqué mi desazón por un hondo respeto hacia todas aquellas mansiones que resistían los siglos; teníamos mucho en común… Quizás estuvieran a punto de caer, pero mantenían su dignidad. Convivían así en hilera lo actual y lo pretérito, sin que por eso chocara a la vista el inusual contraste.
Recién cruzábamos la calle 17 avenida arriba, cuando el chofer pisó enteramente el freno. La conmoción me impidió apreciar a gusto una casona escoltada por dos leones que llamó poderosamente mi atención.
—¡Señora, usted está loca! —gritó, sacando la cabeza por la ventanilla, del modo en que suelen expresarse los cubanos, absolutamente sin tapujos. Aunque hubiese una dama junto a él, igual podía estar un magnate, con ellos no valen rangos ni género cuando se ofenden. Extraje apenas el mango de mi látigo cuando el deslenguado se volvió, para dar rienda suelta a su enojo— ¿Vio eso? Esa mujer por un tin no nos desgracia.
—¡Ack! ¿Por qué un frenazo tan brusco? ¡Casi me golpeo con el cristal! Estúpido sumamente estúpido, que por estúpido no es otra cosa que un estúpido chofer —le solté, en un castellano insultante que sonó pueril comparándolo con el suyo— ¡No vi nada, excepto su incompetencia para conducir!
—Oiga, señorita, respéteme que yo no le he faltado el respeto a usted —me respondió muy altivo, el hecho de ser una pasajera de categoría no pareció inmutarlo—. Si cruzó desde su lado tiene que haberla visto, a no ser que estuviera muy embelesada mirando esa casa…
Enrojecí al saberme descubierta, resentida conmigo misma por exteriorizar mi interés y que un idiota lo notara. ¿Por qué tenía que abstraerme un lugar con el frente rosado? Sólo porque su mezcla de Renacimiento Florentino y Art Déco hacían de la residencia una visión maravillosa, con su pareja de leones guardando la entrada. Unas escalinatas de mármol rojo Languedoc invitaban a ascender hasta el pórtico, donde un par de gruesas columnas de terracota rematadas en capiteles dóricos se alzaban como dos centinelas a cada lado de la puerta de hierro forjado y cristal. Supuse que dicha combinación había sido escogida a propósito, concedía un breve atisbo al interior con el fin de endulzar el paladar a los curiosos y atraerlos, pero no los dejaba consumir el dulce a menos que tuviesen acceso a la casa. Era como un guiño coqueto y provocador a todos los que pasaban, despertándoles envidia, interés o admiración. Rodeando la casona, una reja servía de límite a los jardines, que apenas podían observarse por causa de los setos. Era la más imponente de todas las mansiones a la redonda, perfecta en su conjunto… Y se notaba, aunque no lo supiera, que fue hecha para complacer los gustos de alguien. Obviamente, una dama. El súbito aroma a rosas me hizo temblar, escuché risas de pura felicidad y un suspiro como si alguien estuviera compartiendo sitio conmigo en el auto.
"Oh, Dios… Dios mío, esto es… ¡Juan! ¿Es mía, de verdad?"
Me sobresalté, aquello era totalmente insólito, pero igual estaba dispuesta a plantarle cara. Una ilusión no me llevaría jamás a darle oportunidad al amor.
"Los que antes nos señalaron con el dedo, están prestos a disculparse —era una voz de hombre, tan irónica y cortante como la del propio Miles Edgeworth—… por unas cuantas obras de arte y las joyas que hizo mi amigo René. Tú serás la reina de estos salones, desde hoy no existirá una dama que no envidie tu suerte."
—La Casa de la Amistad —comentó el chofer, quebrando las palabras y toda la idea romántica que pudiera hacerme al respecto—. Si tiene alguna propuesta de intercambio entre su país y el nuestro, o quiere hacer alguna donación, que siempre nos viene bien —enfatizó por lo bajo, señalándome la residencia con un gesto que Phoenix Wright envidiaría—, vaya directo a las oficinas.
—¡Hmph! No estoy aquí para esas nimiedades —intenté mostrar indiferencia. De poco valió, porque el hombre buscaba ganarse algo extra y volvió a la carga.
—¡Pues, bueno! ¿Y qué quería? ¿La historia de amor, como todos los turistas? —me observó fijamente, a ver si lograba interesarme—. Haberlo dicho; aquí vivió una de las mujeres más bellas de La Habana, tremenda criolla si me lo permite. Su esposo tenía buen capital y levantó esta casona para ella.
Como un desafío a tanta reticencia, algo aventuró mi mente a través de la puerta principal; un hombre me tomó de la mano y condujo mis pasos hacia el interior. "Juan, Juan, no tengo palabras" ¿Qué nombre tan vulgar era ese? ¿Por qué una mujer lo evocaba de tan idílica manera, como si le hubieran robado el alma? De repente yo me deshacía en lágrimas.
—Bonito regalo, ¿eh? —sonrió amplio el chofer, esperando que su historia le deparara jugosa propina— ¿Qué haría usted con una mansión así? ¿A que a su marido no se le ha ocurrido algo tan original? ¿Eh?
Volvía en mí, sin rastro alguno de lágrimas. El auto ya se había puesto en movimiento y doblaba hacia la derecha en la calle 19.
—¿Qué clase de patraña es esa? Todo lo que has dicho hasta ahora no es más que una historia sacada de tu cabeza —la ira llenó la copa. Saber que había existido un hombre capaz de desvivirse por hacer feliz a su esposa incrementó mi enojo—. Mmpf. Me da igual. ¡Y no tengo marido!
—No digo yo…, con ese carácter —dijo esto por lo bajo cuando se detuvo a mitad de cuadra y me vio salir del auto. Un estallido del cuero sobre el capó hizo que protestara con más energía que el mismo Phoenix Wright.
—¡Oiga! ¡Esto es medio básico del gobierno! ¡Se la tendrá que ver con mi jefe! No le gusta que Olivia le llegue con arañazos a la piquera —contó el dinero que le tendía y pareció incómodo—. ¿Veinticinco redondos? Me dio el dinero exacto…
—Usualmente no entrego propina a los estúpidos habladores, pero ahora que lo mencionas… —al verme tensar el cuero y mirarlo de través, el chofer soltó el equipaje en la entrada, chasqueó la lengua molesto para después volver a su vehículo. Tuve que cubrir mis labios con la mano ante la nube de polvo y humo negro que levantó el auto al perderse calle arriba.
—Me hubiesen venido bien los guantes, de no ser por este endemoniado calor —la molesta sensación de tener cemento en la garganta me hizo carraspear y toser brevemente—. "¿Qué es esto? ¿Dónde vine a parar?"
Contemplé absorta los enormes agujeros en la calle, algunos cubiertos de agua, maravillándome de que el taxi no hubiese dejado una llanta al pasar sobre ellos. Por un minuto deseé que Miles viniera en mi busca y parqueara junto a la casa de renta su flamante auto rojo. Iba a llevarse una linda sorpresa cuando al descender notara las gomas nuevas hundidas en un hueco lodoso. Reí para mis adentros imaginando su expresión al percatarse de que los pantalones llevaban estampadas las salpicaduras del alcantarillado público. Un papelazo era lo menos que se merecía.
Olvidé toda venganza ilusoria cuando mi arrendadora llegó seguida por sus cuatro hijos de quince a veinte años, buscando ayudarme con las maletas. De no haberla conocido antes cuando solicité la habitación mediante la agencia, jamás hubiese imaginado que aquellos chicos tan diferentes en lo físico eran hermanos. Todos de un padre distinto, parecían demostrar con su familia cuán heterogénea en razas podía ser esa isla.
Hice desaparecer el látigo dentro del bolso que llevaba en la mano, antes de que pudieran notarlo. Bastante mal habían empezado las cosas, entre la nostalgia y aquellas voces extrañas.
—Bienvenida a La Habana, señorita. Deje que los muchachos le lleven su equipaje —dijo la mujer, observándome fijamente como si quisiera cerciorarse de que yo la entendía. Una señora madura pero con un brío envidiable. Si era capaz de llevar sola toda esa casa y torear cuatro tipos con pinta de niños de mamá, se había ganado mis respetos—. ¡Arriiiba, Driguito, Leyva, Oscarín y Ramsés, muévanse!
—¡Ño, tremenda niña viene a quedarse! —exclamó el llamado Leyva, rubio y de ojos verdes. Tenía un aspecto de Casanova que me hizo abrir el bolso y palpar el arma— Hoy saco la guitarra y le tiro una de Sabina.
—Lánzate que te vas a escachar. Ven acá, mi hermano ¿tú no sabes que a las europeas lo que les gusta es la salsa? —le contestó el tal Driguito, mulato de grelos, mientras cargaban mi equipaje como si acarrearan cubos de agua.
—Esta tiene pinta de gustarle comer bueno —rió el tercero, de piel negra brillante y rapado, volviéndose hacia Ramsés para lanzarle un maletín. Cerré los ojos y conté hasta cinco al verlo dar un giro en el aire, luego planear en las manos del muchacho, por cierto, el único pequeño y rechoncho—. A lo mejor vino buscando ébano.
—Qué gracioso, entonces tú eres el tipo ¿no? —le ripostaron los demás en un coro perfecto, como si lo hubieran ensayado.
—¡Cállense, partía de atrevidos! —les reprochó su madre, azuzándolos con un paño, como si fueran gallos de corral y me observó apenada—. Usted me disculpa, los jóvenes, ya sabe…
—Entiendo el castellano a la perfección y su jerga impúdica la tengo más que estudiada —mi puño se había cerrado en el mango de cuero, oculto dentro del bolso. Cualquier otro desatino y no iba a contenerme—. Si oigo una estupidez más, van a bailar pero a mi ritmo…
—No, señorita. Usted verá que los muchachos no van a molestarla. Ellos se quedan del otro lado de la casa —la mujer les hizo seña de que se apresuraran—. Lo que desee me lo pide. Ya sabe, si quiere langosta, camarones, tabaco…
—¡Ack! ¡Yo no fumo! —la miré insultada, llevándome la mano al pecho— Vine a descansar.
Efectivamente, lo había elegido por amplio y cómodo, según mostraba la página web, la vivienda colonial se veía muy bien conservada. Una vez que dejé atrás el muro límite del terreno, descubrí cuatro parterres, el garaje a la izquierda de la casa y una terraza de reja chica a la diestra, supuse que a ella sólo podría tener acceso desde las habitaciones interiores. Tras unos pocos escaños, se levantaba la única entrada a la ecléctica mansión. Las paredes eran de un material harto común en las grandes construcciones de la ciudad, la piedra Jaimanita, que no necesitaba pintarse y daba una sensación de firmeza igualable a cualquier baluarte medieval. Comprobé fascinada que los bloques de piedra marina todavía mostraban las huellas de organismos primitivos en la superficie, como había leído en una ocasión. Empezaba a motivarme con los pequeños descubrimientos, aunque acostumbrada a los lujos de una residencia, jamás esperé hallar salones dispuestos con tan buen gusto, auténticos mármoles y no simples losas de piso, lienzos maravillosos en las paredes ¿Cuán rica debió ser esa isla, que aún después de tantos años mostraba un atisbo de su esplendor? En el salón recibidor era muy gracioso el contraste que ofrecía un piano vertical contrapuesto al equipo de música de última generación. Sin dudas, La Habana se las arreglaba para combinar en todos los aspectos la modernidad y los retazos de las glorias pasadas. Era desde allí que podía accederse a la terraza, la puerta bien que se confundía con el resto de los grandes ventanales.
—No se preocupe, después que se acomode puede ir a donde guste, los salones son compartidos por los huéspedes —sonrió mi arrendadora. Tenía un rostro bonachón, y se notaba su deseo de agradar a toda costa—. La puerta frente a la suya es de otra habitación que todavía no la han ocupado.
Quise decirle que le pagaría si no la rentaba, pero en ese instante bajaron la escalera en tropel aquellos cuatro idiotas armando un soberano escándalo. Su madre les ordenó callar y subió con paso rápido, haciéndome una seña para que la siguiera.
—Mima, ten cuidado, que esta casa tiene espíritus —me soltó el estúpido con estupidez elevada a infinito, al que decían Leyva, interponiéndose en mi camino—. Si tienes miedito por la noche, me llamas sin pena.
—Asere, mira que tú eres anormal —excelente, su propio hermano debería recordárselo a menudo. Y aquella palabra que definía a un compinche, la detestaba solo de oírla— ¿Para qué asustas a la niña? Aprende, que no soy eterno —El tal Oscarín me lanzó una mirada que pretendía cautivarme—... "Ricura, si la belleza fuera pecado, tú no tienes perdón de Dios"
Lo miré de reojo y antes de que pudiera continuar, le propiné un latigazo con tal rapidez, que el cuero pareció una fugaz estela negra. El halago no había estado mal, pero debía mostrarles que conmigo era mejor no pasarse de listo. Había pagado por un descanso y exigía respeto hacia mi persona.
—¡Oye, te dejó el pellejo en carne viva! ¡Candela, esa mujer es candela! —más que asustados, parecían ojearme con admiración. Los dejé atrás comentando que yo necesitaba "mano dura y rienda corta". Hmph, solo eso me faltaba.
—¡Ay, mira que dan lucha! —se quejó la dueña, esperando en el descanso de la planta superior a que yo subiera. Caminó hacia la puerta que nos quedaba a la derecha y dijo mientras la abría—. Qué pena, usted no vaya a tomarse en serio todo lo que dicen ¡Aquí no se aparece ni mi bisabuela! Y mire que le gustaba su casa…
—Estamos perdiendo el tiempo —alegué incómoda, a la par que accedía a la habitación—. Ya conozco a una médium, sé bastante sobre el tema y si tuviera dudas, basta con hacer una llamada a Kurain.
—¿A dónde, a Kuwait? —la mujer se volvió por un segundo con los ojos muy abiertos— ¿No es ahí donde están los talibanes?
—Uhg —"contente, Franziska, contente". Mejor ignoraba el comentario y seguíamos adelante o me vería envuelta en una charla sobre guerra que no era de mi particular interés—. Quisiera ir a la terraza, necesito aire fresco.
Al igual que el salón recibidor, la pieza tenía no menos de cuatro mamparas con vitrales y dos eran puertas hacia la terraza balcón. Una luz divina se colaba por los vidrios de color, formando caprichosas imágenes en el mármol del piso.
—Como le decía, el único sitio en que se han visto seres de otro mundo es en esa casa que nos queda al frente —musitó la dueña, como si reconocer aquello la molestara. Dio un pequeño empujón a las puertas, abriéndolas de par en par y señaló la residencia que había logrado intrigarme. Ahora podría contemplarla desde aquel balcón, o al menos una buena parte de ella. Los jardines, así como todo el lateral izquierdo de la casona quedaron al descubierto como un misterio que se devela poco a poco. Ya la había olvidado por causa de aquellos estúpidos molestosos y mi afán por acabar de instalarme—. Hay mucha gente que se encandila con la historia de amor, luego van a buscar los fantasmas en cada rincón de esa casa y quieren arrastrarlos hasta los alrededores. Pero esta vivienda es muy tranquila, no tiene que ver con eso.
—No es problema, jamás permitiré que nadie, vivo o muerto, perturbe mis vacaciones —le aseguré y casi de inmediato volví a pensar en Miles ¿Habría encontrado mi nota? Bah, con toda seguridad la arrojaría en el cesto. Era más típico de él que le prestara interés a los expedientes de viejos casos que estaban sobre mi escritorio, aunque fueran candidatos a la trituradora—. Y mantenga a sus vástagos lejos de mi presencia, si no le importa.
—Claro, pero llámelos si va a cargar algo —volvió a cerrar las mamparas—. No le dejo los ventanales abiertos porque aquí en febrero hace un calor que parece mayo, de seguro quiere poner el aire acondicionado. Esto no hay quien lo aguante —se dirigió hacia la puerta, volviéndose antes de salir— ¿De verdad no necesita nada?
—Sí, que acabe de marcharse para dormir en paz —ella parpadeó sorprendida, mi respuesta debió saberle bastante mal pero yo ni me inmuté. Sentía el imperativo de quedarme sola, desempacar, tomar un baño refrescante y olvidarme de todo por un día hasta que despertara otra vez. Sin presiones, ni trabajos, con la única salvedad de querer adentrarme de un modo u otro en la maldita casa. ¿Por qué tenía que sentir tanta fascinación por una nimiedad como aquella?
Molesta con el tonto capricho que mi voluntad se había empeñado en satisfacer apenas se presentara la ocasión, preferí adelantar una ducha bien fría para después entendérmelas con las maletas. Lo que los cubanos llamaban "congelada" no era, por supuesto, ni remotamente lo que los alemanes entendíamos por una temperatura bajo cero. Pero igual sirvió para eliminar la sensación de llevar el calor adherido a la piel como goma de mascar. Vestí un pijama con kimono de seda, solté mi cabello mojado sin tener ganas de secarlo y me dispuse a ordenar las cosas que traía en mi equipaje, cómodamente sentada en la cama. Llevaba un buen tiempo desempaquetando, cuando solo me quedaban los documentos por ordenar, coloqué mi pasaporte y la identificación que me acreditaba como fiscal internacional y miembro de Interpol sobre una las mesitas de noche. Inclinándome, pretendí cerrar el maletín y llevarlo hacia la misma esquina donde había dejado a sus compañeros. De súbito, mi tarjeta de identificación voló del pequeño estante al suelo, como si le hubiesen propinado un soberbio manotazo. Giré la cabeza de inmediato para ver cuál de los ventanales podía haberse abierto, sobresaltándome al notar que todos permanecían cerrados. Era ilógico, además, dado el tamaño y grueso de sus hojas que una simple brisa pudiera hacerlos ceder. Y no circulaba otra corriente en la habitación que la gélida atmósfera del climatizador. Mascullé un insulto, disponiéndome a recoger la ficha cuando el resto de los documentos planeó sobre mi espalda.
—¡Ack! —vergonzosamente caí hacia atrás y quedé sentada frente a la mesa de noche con los papeles en la mano. Junto al mueble, un espectro apenas visible me observaba con indignación.
—"No puedo creer que aún tenga miembros de la Interpol siguiéndome la pista" —dijo e hizo un mohín desdeñoso. Ni aún mostrándose irreverente, el gesto desfavoreció la belleza de sus rasgos. Logré distinguir, a pesar de la transparencia, un cabello blondo y perfectamente recogido hacia atrás, como solían llevarlo algunas damas ricas a principios del siglo XX. Bajo el arco perfecto de las cejas, los ojos claros de un azul celeste grisáceo motivaron escalofríos en todo mi ser al verme reflejada en ellos. Una mirada suya hubiese bastado para helarme, si no tuviese el hábito de resistir las de Miles. Seguían a la nariz respingada y perfecta, unos labios llenos pero sin pecar de voluptuosos. El cuello altivo y las formas de su cuerpo hacían a la mujer divina, según los cánones de aquella época. "Treinta años, más o menos", aventuré para mis adentros, aunque imposible estar segura.
—"Cincuenta y cinco —esta vez sonrió, al parecer muy satisfecha de que mi apreciación estuviera tan por debajo de lo real y acortó la distancia entre nosotras con andar de pasarela. Vestía una ligera prenda color amarillo tenue que no me permitió ver sus pies… O la imagen se difuminaba justo en ese punto."
—¡¿Y esto qué significa?! ¡No creo en espíritus que aparecen sin canalizarse! —intenté recomponer mi aspecto, incorporándome y luego enfrenté aquello que otra vez me ojeaba de mal talante— Q-qué absurdo…
—"Absurdo es que mi ex cuñada no haya pedido el cierre de nuestro expediente —farfulló mi aterradora compañera—. Poco le importó que hubiese contraído nupcias formales con otro hombre, no puedo creer que el caso aún esté dando vueltas —dijo para luego inclinarse hasta casi topar su frente con la mía, era un poco más alta que yo— ¿Tienes idea de lo que soportamos? Interpol nos rastreó por toda Europa como si fuéramos un par de maleantes."
—Supongamos que no necesitas canalización y esto en realidad esté ocurriéndome, a mí de entre tantas personas —mascullé furiosa, pensando enviársela a Maya. Por desgracia, el ánimo investigativo de la fiscal triunfó sobre la reticencia—. Cinco minutos. Es lo que doy para que te expliques ¿Dices que Interpol te siguió? —le pregunté insidiosa, como si estuviera interrogando a cualquier testigo vivo. Por un minuto pensé que no debía tutearla, era mayor que yo, pero esta charlatana no merecía consideraciones.
—"Qué maleducada. Tienes el bonito semblante de aristócrata, pero la malcriadez de un crío arrabalero" —me soltó irónica.
Por lo visto, había encontrado la horma de mi zapato. Igual no iba a distraerme, consideraba esto ahora como una pesquisa.
—¿Mataste a alguien importante?
—"Casi —su risa iluminó la habitación—. A mi ex suegra, de una apoplejía."
—Eso no es gracioso.
—"Tampoco lo es que te ignoren cuando tratas de hablar. Quise decirle que ya no amaba a su hijo, intenté hacerle ver que un divorcio era lo más lógico —se encogió graciosamente de hombros y suspiró—. Ah... pero el temor al escándalo, las murmuraciones en la Sociedad. En fin, me vi obligada a encontrarme con Juan a escondidas. Cuando nos marchamos a Europa, mi ex suegra consiguió que nos persiguieran, acusándonos de bigamia."
—¿Es que Interpol no tenía nada más importante que hacer? —era una pregunta retórica. Fue cuando mi atención se concentró en el nombre que antes escuchara. "Ese Juan, ¿tendría algo que ver con aquel expediente que a duras penas hojeé…?"
—"Bueno, entre sus funciones estaba la de corretear por el mundo a los amantes acusados de bigamia. Pero hablamos de principios de 1900, supongo que tendrías mucho trabajo si en este siglo tan loco siguen igual las cosas."
Al decir aquello rió de forma tan argentina que la voz pareció brotar de su garganta como el agua de una fuente. Los colores aparecieron, aunque pálidos, sustituyendo las transparencias y aprecié mejor los detalles de su rostro y figura. El vestido se trocó en una vaporosa pero rica túnica con bordado mallorquín. Estaba sin dudas frente a una aristócrata que había vivido los finales del siglo XIX y principios del XX.
—"Me hubiera gustado lucir tan desenfadada como tú, con esa falda que llevabas. Casi muestra el camino a la perdición —usó un tono de falso puritanismo que me irritó bastante—. Si no fuera por todo lo que ya he visto, me gustaría reencarnar."
—¿Has terminado con esa historia? —la miré de soslayo, estaba divirtiéndose a mi costa y yo solo conseguí sentarme otra vez en el lecho. Detesté sentirme tan estúpida; el intercambiar con un ser del otro mundo, para colmo sin canalizar, iba más allá de toda lógica.
—"Por ahora. Ya veo que no estás aquí para husmear en los viejos escándalos matrimoniales de tu servidora —levantando una ceja, me contempló interesada para luego sonreír—. ¿Estás huyendo de algo… o de alguien? —A todas luces buscó molestarme sentándose junto a mí con desenfado— Espera, casi puedo adivinarlo; escapaste para olvidar… O al menos lo intentarás."
—"¡Miles Edgeworth, tú eres la causa de todo esto!" —visiblemente irritada me lancé a buscar el látigo, ahora bajo el almohadón. Con tan mal tino que crucé parte de su espalda— "¡Y sí que tiene agallas este ser del inframundo para venir a molestarme!"
—"Pues te doy esta pésima noticia; no vas a conseguir olvidarlo ¡Qué tonta eres! —la forma etérea se rehízo cuando abandoné su esencia para incorporarme y tensar el látigo. Sentí una vergüenza que mi piel debió marcar los cuarenta de fiebre. Ella ni se inmutó, parecía obsesionada en los pliegues de su túnica intangible, arreglándolos con precisión—. Y no vine a importunar a nadie, llegué aquí primero. Fuiste tú quien perturbó mi calma —observándome de reojo, chasqueó la lengua y su expresión de repente cambió a una de total curiosidad— ¿Quién es ese Miles Edgeworth?"
—¡Por las barbas de Satanás! —abandoné mi lecho y ofrecí dos latigazos al suelo, no atreviéndome a mirar un espíritu atravesado por el cuero— ¡¿Por qué acabas de decir SU nombre, si yo no lo mencioné a toda voz?!
—"Entonces bloquea la mente, leerla es tan fácil como si fuera una novela romántica —la mujer sonrió aún más burlona. Un perfume sutil a rosas llenó toda la habitación—… El brillo de tu aura se vuelve intensa cuando se trata de él. Déjame adivinar, ¿es tu amante?"
—¡Ack, qué estupidez tan estúpida! No hagas preguntas basadas en suposiciones sin fundamento —el enojo no enmascaró mi rubor y pateé con infantil arrebato el suelo— ¡Busca otra cosa de la que preocuparte o juro que te borraré del mapa!
—"Ya me doy cuenta de tu problema —esta vez su tono de voz era serio, enfatizado por la expresión adusta en sus ojos; el aroma a rosas desapareció—, no eres más que una chiquilla. El amor nunca puede tomarse a la ligera."
—¡Guárdate tus apreciaciones! —acompañé mi enojo con un latigazo resuelto a su costado. Ella parpadeó, sorprendiéndose de que montara semejante rabieta, solo por negarme a reconocer lo que sentía— Y mira quién habla de inmadurez. Tus cincuenta y cinco años parecen veinte, no solo por el físico.
—"Las almas no tenemos edad, siempre me he sentido joven. Dicen que volvemos a los años más felices. Me pregunto a cuáles volverías tú —la expresión de sus ojos cambió, ya no eran severos sino compasivos. De repente fue como escuchar la voz de mi madre—. Querida niña, aunque te mueras de miedo, todavía puedes aprovechar el tiempo. No sé cuan grave será el motivo por el cual escapaste de él para refugiarte aquí, pero estoy segura de que no fue por algo infame."
—Crees que lo sabes todo —apreté con fuerza los puños. Evocar lo sucedido era peor que un latigazo a mi estoica naturaleza, volviéndola frágil—. ¡Tú! Tú no tienes idea de lo que significa…
—"¿Ser condenada por toda la sociedad porque decidiste vivir con quien amaste? ¿No tener derecho a un divorcio legal, ser tachada de bígama y luego se apropien de tus vástagos? ¡No ver a tus hijos hasta la mayoría de edad, eso fue lo peor de todo! ¿Huir de Francia vestida de labriega, dentro de una carreta de heno? Y puedo seguir enumerando, tú sí que no tienes idea —de un gris claro sus ojos cambiaron a extraordinariamente verdes. La esperanza y seguridad que reflejaban, parecían brillar al unísono con su aura. Recordar aquello parecía brindarle una gruesa cadena con que aferrarse a este mundo—. Escucha, si vives para mantener las apariencias a la larga o a la corta perderás el juicio. La cobardía es más vergonzosa que una entrega por amor."
—¡Abandoné mi país con el único motivo de hallar tranquilidad y esto es lo que menos tengo ahora contigo rondando! —suspiré mientras enrollaba el látigo, que al final no iba a servirme contra ella y volví a la cama. Oculté la cabeza bajo un almohadón, intentando aislar su voz— Dudo mucho que una simple nota lo lleve a buscarme.
—"Irá tras la verdad, entonces —me dijo con un resoplido—. Las cargas pesan más cuanto más vuelta le das. Huir nunca es buena solución, excepto cuando tus posibilidades se agotan. Ahora debes convertir esa fuga en una ganancia de tiempo y buscar la manera de que triunfe el amor por encima del pánico —sentí una ligera opresión en la almohada, como si la tocara insistentemente con el dedo—. Si tal encuentro se diera, respóndele que sí y no importa si después te agobias, porque de todas formas vas a estar agobiada toda la vida si le dices que no."
—Cambiemos de tema —gruñí bajo la almohada. En realidad, buscaba quedarme dormida para librarme de su presencia. Fue la voz de Miles la que vino a recordarme "por más trágica que resulte ser la verdad, más trágico sería pretender ignorarla". Y ella estaba mostrándome precisamente eso; la verdad—. O mejor, lárgate.
—"En lo absoluto —canturreó algo mientras se tendía junto a mí de costado. Puso el brazo en ángulo y recostó la cabeza, velándome. Tenía el aspecto de una diosa griega—. Quiero saber quién es él y no me iré hasta que me cuentes qué sucedió entre ustedes, la razón de por qué estás aquí."
—¿Crees que puedes salirte con la tuya? —mascullé, alzando un poco el almohadón para devolverle una mirada de franco resentimiento.
—"De seguro. No duermo, no como, y dispongo de todo el tiempo que desee —me retornó una sonrisa triunfal, indicándome las desventajas de luchar contra un ser etéreo—. Juancito es muy considerado, nunca se molesta conmigo por tener que esperarme."
—Ya hablaremos sobre Miles Edgeworth, pero antes dime quién es ese Juan. Su nombre raya en lo vulgar —contraataqué. Si debía soportarla, mejor embestía primero—, supongo que se trata de tu esposo, ¿no?
—"Acertaste —contrario a lo que pensaba, ni se irritó—. Mediante una dispensa papal se convirtió en mi segundo cónyuge. Juan Pedro Baró; Pedro es su primer apellido, muchos lo confunden y piensan que se trata del nombre compuesto. Suena respetable, ¿cierto? —irguió la cabeza orgullosa en un gesto típico de la clase opulenta. Casi de inmediato recordé su nombre y apellidos escritos a tinta en uno de los viejos expedientes que reposaban sobre mi secretaire—. Fuimos los dueños de esa residencia que tanto te cautivó… Ya veo cuán astutamente cambias de asunto, ¿qué sucede? ¿Es que tu Miles Edgeworth nunca intentó hacerte feliz? ¿Jamás tuvo un detalle para contigo?"
—Eres una soberana molestosa —sus dudas me ruborizaron. Si algo nunca me habían faltado desde niña, eran las atenciones de Miles— ¿Por qué tenías que venir aquí, teniendo un lugar tan grande como esa mansión?
—"Incluso alguien habituado a las fiestas, no puede soportar el ajetreo constante que tiene la gente de tu época. Suben y bajan las escaleras más de treinta veces en un minuto, arman unos escándalos en mi patio que no me sorprenderá ver el piso hundido cualquier día. Eso, por no hablar de lo que han hecho con nuestras habitaciones… No, es muy doloroso contemplar un paraíso al que han pretendido rescatar y está más perdido que el de John Milton."
—Se llama evolución —dije, no muy convencida de que a mí me agradaran todos sus resultados.
—"Se llama desastre —ripostó ella, enojada pero algo triste—. Quizás fui muy terrenal, me apegué a un regalo hecho por amor y apenas logré disfrutarlo. Tres años… y morí sin poderle coger el gusto por completo —fue hasta las mamparas que se abrían hacia la terraza, para mirar entre las persianas. Suspiró, para luego clavar sus ojos en mí con una expresión acongojada—. ¿Quieres visitarla?"
—Yo… —puse las manos sobre el pecho, me oponía a reconocer lo mucho que me interesaba la propuesta.
—"Dios, tú sí que vas a morir sin permitirte saborear muchas cosas —me observó como si leyera dentro de mí, cruzándose de brazos. Era en verdad una dama cautivadora, quizás algo frívola pero segura de sí misma y supuse que algo inusual para la época que le tocó vivir—. A pesar de que te portas igual que una chiquilla, me has caído en gracia —volvió a sonreír como si preparara una travesura y se acercó para sentarse otra vez a mi lado, tendiéndome la mano—. Bienvenida a La Habana, agente de Interpol. Soy Catalina Lasa del Río, señora de Baró… Aunque creo que ya me conocías, al menos de nombre."
—Franziska von Karma —respondí a medida que me reincorporaba. Tenía razón, era la misma que acusaran de bigamia en aquel expediente que siquiera había revisado en su totalidad.
—"Y futura señora de Edgeworth —rió sin dejar de ofrecerme su palma—. Ahora te permitiré descansar, porque mañana comenzarás a vivir."
—Qué razonamiento tan estúpido, viva estoy —mascullé cruzándome de brazos y mirando de reojo su mano extendida.
—"No, no lo estás. Permíteme darte pruebas de ello."
—Hmph —no supe responderle y terminé ofreciéndole la mía. Quizás se tratara de un espectro, pero esta vez palpé algo casi real. Tocarla era como abrir las puertas a la salvación.
