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"Te mando ahora a que lo olvides todo:

aquel seno de nata y de ternura,

aquel seno empinándose de un modo

que te pudo servir de tierra dura;

aquel muslo obediente pero fiero,

que venía de sierpes milenarias;

aquel muslo de carne y de me muero

convocado en las tardes solitarias (...)".

(Carilda Oliver Labra. Te mando ahora a que lo olvides todo)

"Franziska von Karma prefiere olvidar", el punto final de aquella oración sería el inicio de su vida. La letra hermosa y enérgica no daba lugar a la incertidumbre, lo había escrito antes de marcharse. Yo hice lo mismo cuando elegí una muerte falsa, pero ella en cambio… ¿Estaba resuelta en verdad a olvidarlo todo?

—Me parece inconcebible que viajara sin decir una palabra a nadie —repliqué intentando sacar información al ama. Ella no levantó la vista del suelo, vi cómo se frotaba las manos nerviosa y pronto noté su inocencia—. Usted acostumbra a limpiar a diario las habitaciones ¿No se percató de la minuta?

—La conoce bien, señor Edgeworth —sollozó la pobre mujer—, la señorita von Karma pidió que nadie tocara sus cosas en la biblioteca. Su orden fue rotunda cuando se dirigió al personal de servicio, el único que podía ir más allá de esas puertas era usted.

—"Franziska ¿por qué tienes que hacerlo todo más difícil?" —pensé, ahogando un suspiro. En materia de sentimientos, ambos comenzábamos a salir de la crisálida y por supuesto, quebrarla nos dolería— "¡Como si fuera a tragarme una mentira tan obvia! Esta prueba debería bastar para demostrarlo".

Coloqué de nuevo la nota sobre el escritorio, mientras ojeaba inconforme los files con viejos casos, que a Franziska le correspondía revisar y luego anularlos según entendiera. Descubrí uno particularmente antiguo sobre cierta pareja cubana del siglo XX, acusada de bigamia. Par de anotaciones atrajeron mi atención. "Revisar con detenimiento" y sobre todo, aquella palabra encerrada en un círculo ¿Por qué señalaría ese lugar, sino fuera con la intención de visitarlo? Me dispuse a ir tras ella, convencido al fin de que solo podría vivir en paz cuando lográramos encontrarnos.

—Subiré a mi habitación, debo hacer unas llamadas —acaricié la mejilla de nuestra sirvienta, intentando calmarla y sonreí—. No se preocupe, la traeré de vuelta conmigo así tenga que atarla con su propio látigo.

Decirlo era más fácil que hacerlo, e imaginarlo… Bueno, la escena de Franziska doblada sobre mi hombro, golpeándome la espalda con los puños, ofreciendo puntapiés a diestra y siniestra no doblegó mi ánimo pero hizo que lo pensara tres veces. Bien difícil me sería ponerle freno a la yegua desbocada.

Subí rápidamente las escaleras y tomando el pasaje de la izquierda hacia mi cámara, evoqué la causa de su determinación. Aquel último caso en que nos involucramos y a Dios gracias, no corrimos peor suerte.

Es una misión peligrosa y difícil... Asumí la responsabilidad por tratarse del área donde se halla. No podía dejarlo en manos de otro.

¡Sí podías! Tu palabra de Fiscal General hubiese bastado y tendría un hombre competente llevando conmigo el asunto —pateó el suelo furiosa, mientras esperaba junto al coche— ¡Tu preocupación está de más! Puedo cuidarme sola…

Sí, supongo que puedes —le respondí por responder, obviando que con sus últimas palabras había bajado el tono airoso hasta sonar meditativo e incierto. Ajeno a la evidencia oculta bajo el susurro de aquella simple afirmación, liberé las puertas del seguro, tomé el volante, y encendí el auto. Ella ocupó el asiento a mi lado, su rostro expresaba total inconformidad. Dio un portazo y tironeó del cinturón negándose a mirarme—. Lo harás bien, tus progresos en la investigación permitieron hallar el cubil de esos infames. Como tu supervisor, esta vez únicamente soy tu apoyo.

¡¿Y eso qué significa, Miles?! ¡Explícame la diferencia! —soltó, echa una furia. Por el acusador vistazo que se dignaba a lanzarme, se había dado cuenta de la trampa—. Consigues incluirte en mis casos de una manera o de otra —su respiración cedía, tornándose más calma. Suspiró antes de continuar—. Me descubriste tu camino, y pensé "la mejor forma de andar juntos por la misma ruta, será auxiliarlo cuando me necesite. NO interfiriendo cuando se me ocurra". ¡Y es justo lo que TÚ haces! Usar el pretexto de un "apoyo", para terminar de lleno en MI pesquisa. Tsk, qué vergüenza.

Que discutiera cuanto quisiese, confiaba en ella, pero no tanto como para dejarla ir sola contra un grupo de sádicos explotadores. Si bien tenía su látigo, un ímpetu indomable y su afán por el reto, Interpol subestimaba el riesgo. Así prometiera seguridad a los ejecutores de la maniobra encubierta, una cosa era investigar para darles la ubicación de los escondrijos y otra muy distinta meterse de lleno en el rescate junto a la policía.

Te lo dije cuando puse fin al anillo de contrabando y me ofrecieron esta posibilidad —desvió la mirada hacia la ventanilla, mientras dejaba el arma descansar sobre su regazo—. Las mujeres tenemos un amparo mínimo en las leyes, no solo en tu adorada tierra, sino a nivel mundial. Lucharé por cambiar esa idea primitiva de restarle compromiso a la justicia cuando se trata de mi sexo.

Estoy de acuerdo contigo, falta mucho aún por lograr en ese terreno —concedí sinceramente. Ambos nos habíamos propuesto llevar a buen término los casos donde las féminas eran víctimas de cualquier forma de violencia—. Trabajamos de igual a igual, no entiendo por qué no aceptas mi presencia en este caso.

¡Porque difiere mucho de los anteriores! Y quiero probarme como persona tanto como fiscal, ¿entiendes? Me pondrás en un trance muy complejo si el plan no sale como Interpol y yo lo discutimos —por un minuto creí que hablaba con otra mujer. Franziska ya no era una niña, pero me costaba mucho reconocerla en su madurez. Oprimí el timón al sentir el breve indicio de un alfilerazo en el pecho y su consecutiva respuesta a nivel carnal. Estaba sucediendo a menudo, para mi contrariedad, a veces motivado por una frase ingeniosa, o cuando acomodaba su cabello para liberarlo después y había cierta… seducción natural en sus maneras. Ella no debía intuirlo, me repetí hasta el cansancio, a pesar de cuán imposible resultaba ocultarle las cosas. Adivinar mi ánimo al mirarme, siendo la única que no temía verse reflejada en mis ojos, era su motivo de orgullo. Como si formara parte indivisible de mí.

¡Ngh! ¡¿Franziska?! —reclamé al sentir el dolor punzante del cuero.

¡Estabas pensando algo malo sobre mí justo ahora! ¿Cierto? —dijo, sondeándome. La inflexión de su voz cambió de inmediato— Desharé por completo ese grupo de buhoneros dedicados a humillar a las mujeres. ¡Para después reclamar a latigazos la sentencia que les corresponde!

Mucho había tardado… —suspiré, dándola por incorregible. Era ella otra vez.

—"Nací para dominar a tu sexo y vengar al mío" —saboreó la ironía, volviéndose hacia mí con una sonrisa entre ladina y perversa. Las Amistades Peligrosas era un libro que solo pudimos compartir ocultos de mi tutor—. Definitivamente, añadiré la idea de Merteuil a mi concepto de perfección.

Pse, no te recordaré cómo terminó la marquesa, entonces —devolví el sarcasmo y se me ocurrió enfrentar su mirada por un segundo—. Tampoco sugiero esa clase de competitividad.

¿Estás dándotelas de retorcido conmigo? —Chasqueó la lengua, su rostro reflejaba suspicacia pero igual sus manos tensaron el látigo—. ¡Miles Edgeworth! A pesar de tu empeño, JAMÁS, llegarás a ser un libertino al estilo Valmont… Y en todo caso, utilizarías las armas de la propia marquesa, por lo que no denigres su proceder en la historia.

Solo te advierto, Franziska. Merteuil también se creyó imbatible y confiaba en su capacidad para usar el engaño —Detuve el coche a las puertas del hotel donde Interpol había resuelto que se hospedara—… Ya tienes una bala de recuerdo.

Gajes del oficio, pero si continúas insistiendo en meterte conmigo dentro de la trata, voy a usarte como escudo antibalas —Con un movimiento rápido se deshizo del cinturón y antes de abandonar el auto se volvió, encarándome—. Quiero una respuesta, Miles ¡Ahora! ¿Cuánto sabes respecto a mi participación en este asunto y por qué decidiste acompañarme?

Si te digo la verdad, no conozco los detalles. El presidente de Interpol decidió mantenerlo como secreto, en parte supongo que tú se lo pediste. Sobre todo si era yo quien insistía —me crucé de brazos, observándola aprensivo—. La tarea es difícil y riesgosa, una vez aceptada esa rama de la investigación, no podrás renunciar a ella hasta ponerle fin… O te halles en peligro manifiesto. De ahí viene mi recelo.

Sabía que dirías algo como eso —musitó y creí notar un tono decepcionado—. Tsk, no tienes remedio. Quince minutos y me recogerás aquí mismo. Si vas a molestar, al menos gánate el sueldo fingiéndote buen chofer.

Abrió la puerta sin más rodeos, marchándose presurosa. No volvimos a encontrarnos hasta la hora convenida. Cuando tornó a sentarse junto a mí, me fijé que vestía de un modo informal. Quizás más práctico para la maniobra, pero del todo insólito. Nunca se había permitido hombros al descubierto, amén de la falda aún más corta, si tal cosa era posible. Comencé a preocuparme, Franziska hacía gala de que nunca tendría la costumbre de vestir parecida a una "mujer de la calle".

¡Miles Edgeworth! —últimamente oía mi nombre treinta veces al día como mínimo. Compartir este caso me llevaría a tener la paciencia de un monje budista— ¿Sorprendido con mi nuevo atuendo?preguntó irónica mientras tensaba el cuero de su látigo—, ¡estás mirándome de forma tan estúpida que me has enfadado!

¡¿Qu...?! Argh —decidí no seguirle la rima y volví toda mi atención al timón. Pero mantuve la idea para analizarla más tarde, solo entonces— ¡Nghoooh! ¡Franziska!

¡¿Osas decir MI nombre después de ofenderme con tu mirar impúdico, sátiro perverso?! —el segundo azote no se hizo esperar. Por suerte, acababa de encender el auto y aún estábamos detenidos— ¡Me haces perder el tiempo castigando tu lujuria, en lugar de poner este artefacto en marcha!

Si vuelves a levantar tu látigo, irás a pie —la miré agresivo, no sabía qué me disgustaba más, su afán por ser violenta o el hecho de mantenerme ajeno a tales cambios. Al fin y al cabo, trabajábamos juntos…—. No estoy aquí para servirte de chofer.

Limítate a serlo por ahora. Una vez en la escena del crimen, puedes jugar al fiscal de nuevo —recogió el cuero, enrollándolo y se cruzó de brazos, clavó la vista en el piso alfombrado del coche—. Si leíste mis informes, sabrás cómo sacan en la madrugada los cuerpos de las chicas para hacerlos desaparecer. Hoy veremos quién gobierna este grupo, írá en persona a dar las órdenes, sabe que tenemos a uno de los suyos.

Teníamos… El maldito buscó quitarse la vida, esa noticia no ha llegado aún a su jefe. Sin embargo, hay pruebas de otros dos muy cercanos a él —dije, conforme de que pasara a lo substancial. Volvíamos a ser uno y la sensación de complementarnos alejaba mis razones para considerarla una díscola sin remedio—. Confirmaremos nuestras sospechas in situ ¿Por qué llevas un equipo especial de agentes?

¡No te atrevas a cuestionarme! —otra vez regresábamos al mismo sitio. Doblé la esquina muy disgustado, al punto de chillar las gomas. El cinturón le impidió caer sobre mí, pero sentí su mano aferrarse a mi chaqueta. Se repuso de inmediato, soltándome como si hubiese tocado a un puercoespín—. Lo que haga o deje de hacer es mi problema, consigue revelar quién es el ruin capaz de vender a esas muchachas y habremos terminado con una parte del rompecabezas.

Una parte del rompecabezas. Recién empezábamos a desanudar aquella madeja intrincada. Su tercer trabajo en materia de tráfico humano la llevó a Los Ángeles, tras la aparición de una joven tailandesa, víctima de abuso y presunto secuestro para venderla como esclava doméstica. Ya Franziska tenía una reputación bien ganada como fiscal internacional. Destapaba cuanto refugio de tratantes aparecía en Alemania y había descubierto una red que conectaba mi ciudad con la suya. Dura labor fue convencerla de llevar los casos juntos, pero al final cedió si yo intervenía exclusivamente en los de mi jurisdicción, fuera de ella, si acaso podía ofrecerle consejo. Acepté y no pude imaginar cómo se las arreglaba para conseguir tan precisas informaciones. Nunca demerité sus habilidades, pero sin dudas, era una investigadora y fiscal prodigio no solo por su inteligencia, sino también por su agudeza.

Aquel caso me llevó a descifrar su misterio y el complejo sentimiento que, con un nombre supuesto, luchaba por ser descubierto.

El fuego cruzado entre los nuestros, los de Interpol y la buena cantidad de rufianes dentro del cubil, indicaron una encerrona. Por supuesto, me vi tras la barrera de hombres al servicio de la agencia internacional, que intentaron sacarme del allí. Sin embargo, mi única preocupación era Franziska. Por encima de salvar el pellejo, urgía saber dónde se hallaba. Cuando llegamos al área, se las arregló para desaparecer mientras consultaba un plano de la madriguera con el oficial a cargo. Maldije para mis adentros la confianza que habíamos puesto en capturar a un traficante sin necesidad de llegar a los extremos.

Aunque lo intenté, no podía luchar contra las órdenes que habían dado a los agentes de seguridad. Me debatí ansioso, exhortándolos a ir en busca de Franziska. Las balas callaron mi pensamiento haciendo que me concentrara en el tiroteo. Los miembros de la Interpol guarecidos tras las paredes abrían fuego constante sobre los bandidos. Acercarse fue algo difícil ya que la lluvia de proyectiles también nos cubría el flanco y la cabeza. No obstante, la seguridad en aquellas tropas y su desempeño en el avance nos procuraron una victoria ausente de bajas. Cuando me obligaron a retirarme, cesaba el fuego y los presuntos cabecillas eran capturados. Pude confirmar el efecto positivo de nuestra investigación, aunque un detalle me hizo estremecer como no lo hacía desde la muerte de mi padre.

¡Estos son miembros de la trata! ¿Dónde se hallan el jefe y los dos ex convictos…? —le indiqué al oficial a cargo de la operación— ¡Maldita sea, registren el sitio! ¿Comprobaron que todas las víctimas están ilesas?

¡No había nadie más en el escondrijo, señor fiscal! Excepto las muchachas en cuestión y las funcionarias están haciéndose cargo.

Todas las jóvenes retenidas eran puestas bajo la custodia de dos mujeres al servicio del Sistema de Protección a las Víctimas. Las conocía gracias a la propia Franziska y no sin trabajo conseguí llegar hasta ellas, dejando al oficial sobre ascuas respecto al escape de los criminales. Mi temor creció al escuchar el comentario de que faltaba una muchacha.

Sí, pero —musitó la primera—… No podemos hacer nada. Primero debemos consultarlo con Interpol.

Disculpe, no sé si me recuerden ustedes. Sr. Edgeworth, fiscal —volví a presentarme— ¿Podrían decirme si la srta. Von Karma culminó su tarea?

¿La srta. Von Karma? —la muchacha pestañeó confusa— Bueno, gracias a ella conseguimos liberar a estas pobres chicas, debe hallarse aún dentro o quizás fue donde la directora del Sistema.

Reparé que la otra le hacía un gesto velado.

Llevo muchos años de fiscal como para no reconocer ahora cuando alguien miente a sabiendas —dije, frunciendo el ceño. La rabia comenzó a ganarme—. ¡Pierdo el tiempo! ¡Necesito ver a la srta. Von Karma!

Las funcionarias me observaron asustadas, el oficial gritó una orden y maldije la incompetencia de aquellos individuos. La búsqueda y captura de los desalmados iría pareja con la de Franziska. Por mi parte, si conseguía encontrarla, iba a permitirle ofrecer un buen repertorio de latigazos a los guardias de Interpol.

Como si el nombre tuviera un sortilegio, escuché el ruido apenas perceptible de algo que vibró dentro de mi chaqueta. La fastidiosa costumbre de mi recalcitrante compañera se tornó una bendición. Podía seguir la ruta indicada en el GPS, con la certeza de hallarla. Le di las coordenadas al oficial y me lancé hacia el coche, pisando el acelerador. Necesitaba imperiosamente ganar tiempo, desconocía la condición de Franziska y si aquellos malditos la habían llevado consigo, debía temer lo peor. Me dirigí a los suburbios tomando los atajos que me acercarían a su posición, cuando vi el punto detenerse. Reduje la marcha solo cuando me hallé a tres callejones de la zona señalada, en extremo peligrosa. Consideré sensato despojarme de la chaqueta, el chaleco y el cravat, así no entorpecerían, si me veía en la obligación de luchar. A esas horas de la noche, siquiera podía reparar en detalles y la media luz de las farolas cubiertas de polvo mitificaban las sombras. Tomé con sigilo por una calleja de un solo farol, que apenas conseguía iluminar el reguero de basura. Me adentré unos pasos, siguiendo la oscuridad del muro a mi diestra y busqué ocultarme lo más próximo posible al espacio que el GPS me señalaba.

Un tirón a la manga hizo que me sobresaltara y capturé de un solo gesto la muñeca de mi oponente. La mala experiencia del encuentro en la oficina no iba a repetirse. Advertí los dedos afilados y las uñas largas exhibidas por Franziska en escasas ocasiones. Por instinto la atraje con dureza, como si mi cuerpo tuviese la virtud de hacerla invulnerable. Contuve la necesidad de exhalar un suspiro y morir aliviado en su abrazo, que ahogándome hacía renacer mi espíritu. La prudencia detuvo mi ansia de preguntarlo todo a la vez; debió notar la desesperación en todo mi ser cuando le alcé el rostro y busqué la respuesta en sus pupilas. Ella pareció confusa por un momento, luego sonrió e hizo un gesto con el dedo, indicándome silencio.

No eran solo pisadas, un murmullo comenzaba a escucharse.

Debió irse en el camión de carga, jefe. No pudimos detenerlo a tiempo —alguien carraspeó para después expectorar groseramente—… A esta hora una muchachita no tiene posibilidades…

Muy de acuerdo, jefe. Revisamos todos los callejones y solo hemos encontrado mendigos o prostitutas que no tienen lugar fijo.

Si la cojo voy a despacharla. Una vuelta más y nos largamos fuera del estado. La camioneta vendrá a recogernos en unos minutos. A partir de ahora, me buscarán a esa perra donde sea, no quiero testigos.

Este pasaje no lo hemos visto.

Si se metió aquí, la sacaremos fácil. ¡Esto no tiene salida!

La luz vaciló, prometiendo dejarnos a oscuras. Vi unas gotas recorrer las sienes de Franziska e intenté que no distinguiera las mías. Su temblor vibró a lo largo de mi figura y en respuesta enfaticé el abrazo. Estaba dispuesto a plantar cara a lo que viniese, no teníamos opciones, excepto rogar por la pronta redada de la policía. Debíamos ganar tiempo ¿y cómo lograrlo sino creando una distracción? Su agarre me detuvo de ir a buscar un careo. Intenté separar nuestros cuerpos, ella se resistió lanzándome un vistazo imperioso y gimió.

No hay mucha iluminación, jefe, ¡vaya, un gimoteo, y es de chica!

La sorpresa me hizo abrir los ojos, Franziska devolvió la mirada, repitió su gemir ansioso y comprendí. El instinto primario se olvidó del peligro cuando la vi alzarse en puntas y sus labios buscaron los míos. Tomé su rostro entre mis manos y correspondí sin preámbulos al roce, tornándolo un embiste fiero, exacerbado por el temor. El embate la obligó a dar más de lo razonable para un engaño y ofrecerme la entrada a una humedad innombrable, en la que mi lengua se perdió atacando sin piedad la suya. Los finos dedos afirmaron los mechones de cabello, halándolos en compensación a mi avance inmoderado. Sentí el clamor, sincero e irrefrenable, brotar ya no desde su garganta sino de algún sitio entre sus pechos y subir hasta los labios, exhalando el aliento cálido en el preciso instante que la redimía del asedio. Transformándolo en suspiro, volvió a recibirme y pugnamos por devorarnos. Con la certeza de vivir un milagro, descubrí que la amaba como solo podía quererse a una mujer y que su alma indócil nunca me aceptó sino como a su hombre. Nos robamos el aire sin clemencia, de venir la muerte siquiera repararíamos en ella, inmersos en la propia. Mis pulgares acariciaron sus mejillas, secando el trazo húmedo del llanto, a duras penas reprimido. Su respuesta no era parte de una simulación, podía jurarlo.

Es una pareja, y la están pasando bien. ¿Y si nos quitarnos la sed antes de…?

Ah, no sentía esto desde que me cogí a esas cabronas… ¡Ahora todo a la mierda!

Cállense de una vez.

Pudiera ser ella, jefe. No confío en las mujeres que saben escapar.

Giré bruscamente para cambiar las posiciones. Cubrí su pequeña figura con mi cuerpo y para suerte nuestra, la poca luz ayudó a enmascarar los rasgos. No alcanzarían a verla, hasta llegar donde estábamos. Y eso podía evitarse con una actuación lo suficientemente verosímil, como para hacerles pensar en el riesgo de seguir adelante. Era imprescindible convencerlos de que no se trataba de la muchacha buscada. Debía jugar mi papel quisiéralo o no, el respeto y la moral relegarse a los momentos de paz, si bien la segunda padecería notables cambios. Me sumergí en el aguamiel de su boca, deseando que la clara manifestación de mis sentimientos, le hiciera olvidar el miedo y la zozobra de tener la existencia pendiendo de un hilo. Recorrí su espalda hasta la suave concavidad de su cintura, tan breve, en antítesis con el volumen de sus curvas. Un estremecimiento involuntario de la carne al ser apresada por mis manos, me reveló extrema sensibilidad y lo inusual para ella de semejante caricia. Encontré las suyas deslizándose por mi cuello hasta los hombros, donde por toda respuesta, clavó sin piedad las uñas. En menos de unos minutos, Franziska había roto involuntariamente buena parte de sus cánones, pero no iba a consentir una osadía, por más que la situación lo justificara.

¿Me detengo? —susurré con la doble intensión de que me informase y sí, me permití egoístamente robarle un beso. Ella lo notó, por supuesto y como todo, me lo cobraría con creces después.

Franziska hizo un ligero gesto afirmativo. Se habían detenido a una buena distancia, aún inseguros. Precisaba saber dónde, si acaso decidían avanzar después.

Sus dedos se deslizaron ágiles por los botones de mi camisa, dejando un rastro de imprevisto deseo con el roce de sus uñas, al abrir cada botón. En el apremio por retirarla, sentí el ardor de un arañazo justo sobre la tetilla izquierda.

¿Aquí, en este punto? —Le detuve a tiempo la mano, sus ojos cuestionaron mi agitación, reflejando sorpresa e interés. No supe si hacía uso del doble sentido, pero el enojo inmediatamente me avisó de sus intenciones. Trataba de informarme la ubicación de los rufianes…. y casi me provoca un infarto

¿Podrías calmarte?

¿Qué te crees que soy, mujer? ¡Para ti es fácil decirlo! —musité, sin poderme dominar. Arrojé la camisa hacia la luz, haciendo más obvio para esos villanos por donde andábamos.

Me da lo mismo, yo sí voy a darme gusto —escuché a duras penas la voz de uno de ellos.

Sigue, aún no me convences —susurró medrosa. Debíamos ir un poco más allá para librarnos de la molesta presencia, que otra vez avanzaba en la oscuridad. El miedo la hizo temblar, volvió a gemir y elevó el pecho hasta fundirlo al mío—. Hazlo, o tus dudas nos van a perder. Tiene un puñal…

No podía negarme. Abandoné el glorioso relieve de sus corvas para en rápido ascenso recorrer parte del terso abdomen, hasta detenerme en la base de sus senos. Firmes y perfectos, podían ser motivo de envidia para cualquier adolescente. Me pregunté cómo pude ignorar su bella silueta, ¿dónde había ido mi ambición para no reclamarla, obteniendo lo que ningún hombre antes consiguiera? Mis dedos inseguros expusieron el encanto de sus formas, contenidas bajo la lencería los guardaba y contra la que parecían rebelarse. La diferencia entre un sostén y el traje de baño se me hizo evidente, aunque cubriera lo mismo. Noté que su piel era presa del escalofrío, en contraste con el rubor intenso de sus mejillas.

Mírame —dijo en un susurro apenas audible, y de inmediato me alzó el mentón. Sus pupilas estaban húmedas—. Lo que deseas ver está en mis ojos, el resto no te concierne.

Asentí, se imponía el respeto y no el delirio de los sentidos. Habría tiempo después para ordenar las mentes cuando esto acabara. Por el modo en que intentó deshacerse de mi cinturón, percibí su inexperiencia para tales faenas. La ayudé en el empeño y mientras ella lanzaba la prenda justo donde la otra, abrí el botón. Lo inconcebible se hizo realidad. Apenas descorrió mi cremallera, todo podía terminarse. Franziska me observó de reojo, pero no dijo nada. Sentí cuán incómoda se hallaba cuando alzó sutilmente la falda y me rodeó con su pierna, la planta del pie deslizándose por la parte trasera del muslo. Mi mano sostuvo el suyo, trémulo bajo la palma y los dedos sin control oprimieron la carne a intervalos, enfatizando los momentos en que luchaba por no embestirla. El tono de su rostro era de un rojo intenso, y yo no debía lucir diferente. Gimió aún más alto y no quise dejarla sola en su papel, mis jadeos le correspondieron, aunque mal representados, obligándome a ignorar el roce doloroso contra el hueso de su pubis, el ansia inevitable por hacerla mía justo cuando solo mediaban unos trozos de tela y… la vergüenza. Cerré los ojos… Era tan ilógico, el callejón repleto de basura, Franziska y yo, a punto de matarnos física y espiritualmente. Su temor a lo carnal superado por la necesidad de vivir. El mío sucumbiendo ante la más cruda de las evidencias. Mi garganta se negó a tragar en seco, la posibilidad de arrancarme el nudo y respirar se volvió nula.

Franziska me indicó que se retiraban con un gesto de cabeza y la expresividad de su mirada. Quizás no les convenía incrementar sus cargos dejando un par de víctimas detrás, tan solo por disfrutar de un placer efímero. En definitiva, la camioneta los recogería y nosotros a sus ojos estábamos tan ajenos…, difícilmente los podíamos haber visto. Entonces percibí la sirena de la policía de Interpol.

Rodeándome el cuello, se dejó caer contra mi pecho. Al sostenerla, me atrajo para murmurar a mi oído:

Se terminó. Por Dios, se terminó, Miles —suspiró abatida, pero de inmediato se rehízo. Bien pronto convirtió su rubor en orgullo, la pasión en carácter y las caricias en órdenes. Ocultándose en la sombra, me dio la espalda para recomponer su presencia— ¡¿Y bien, a qué esperas?! ¡Date prisa, o tendremos a los guardias aquí antes de que logres cubrirte!

A duras penas conseguí verme decente cuando apareció la tropa de Interpol. Habían capturado a los tres cabecillas del grupo y se juzgarían lo más pronto posible. Jamás en toda mi existencia estuve tan desaliñado y el oficial nos observó algo dubitativo. Pero la incomodidad por mi apariencia era solo una excusa para encubrir otra mayor: Franziska.

Se negó a dirigirme la palabra mientras intercambiábamos con los demás agentes. Evadía mi presencia y sobre todo, nuestros ojos no volvieron a encontrarse. Incluso titubeó cuando le propusieron llevarla de regreso, pero consideró volver conmigo. No porque tuviese alguna deferencia hacia lo que pasamos juntos, sino única y exclusivamente por guardar la forma.

Siempre me gustó el silencio y nunca pensé que tal deleite pudiera tornarse una maldición. No hubo palabras a la hora de discutir el escape de los miserables, ninguna cuando presentamos los expedientes a la fiscalía para su análisis, incluso dejó en mis manos todo lo relativo al juicio sin que mediara protesta. Siquiera tuve el consuelo de una mirada de soslayo, esas que me dirigía tan a menudo cuando deseaba fingir enojo. Durante el viaje de regreso, centró su atención en la ventanilla del auto, sumida en un mutismo desesperante. Sin embargo, tenía la molesta sensación de que yo mismo no conseguiría decir nada. Por más que lo intentara, el sonido quedaría atorado en mi garganta. De improviso, temí perder la capacidad de comunicarme ante mi torpeza para motivar el deshielo. Más bien, causaría un alud si no lograba encontrar la palabra exacta.

Observarla callado era mi única opción. Hasta dar con la punta del ovillo y una vez conseguido el hilo, desamarrar la madeja de confusiones que tanto la perturbaba. Por más que hubiese madurado al punto de tomar aquella decisión y mostrarse profesional en todo momento, su arrojo la había inducido a exponer la parte más vulnerable de su naturaleza. Una vez cambió su adoctrinamiento espartano, adoptando el sendero propio del corazón, ¿sería capaz entonces de aceptar que podíamos ir más lejos? ¿Después de haber mostrado lo que para ella era una "flaqueza"? ¿Y a quién? Al hombre que hasta entonces trató como un hermano, el único que poseía cierto beneplácito de su parte, considerando que la cantidad de latigazos nunca sobrepasó los de mis otros congéneres… No envidié su situación, debía sentirse mal en verdad, inconforme consigo misma, completamente dudosa respecto a mí.

Seguía pegada al cristal de la ventanilla, con el ceño fruncido y mordiéndose el labio inferior, sus brazos me revelaban la necesidad de amparo, cruzados sobre el pecho. Las manos oprimiendo sus antebrazos de tal forma, que le dejaba marcas rosáceas sobre la piel.

—… —era la décima vez que hacía el intento de hablar y explicarle que jamás dejaría de respetarla. Por desgracia, no iba a ser fácil razonar con ella. Si era cierto lo que había percibido tras aquel engaño para salvar el pellejo, me correspondía arrojar el temor de su alma donde no pudiera dar con él de nuevo. Una relación formal conmigo, nunca supondría uno de esos idilios cursis propios de la adolescencia. Quería un amor adulto, responsable, bien compenetrado, al punto de confiar en esa otra mitad como no había podido hacerlo nunca. Donde tres cualidades; inteligencia, disposición y autonomía me valían más que un frívolo atractivo...Y ahí estaba Franziska para dar respuesta a todo lo que yo apetecía, terriblemente bella por añadidura. ¡Siempre había estado! En silenciosa espera, quizás resignándose a la idea de que su corazón alimentaba un imposible. Había sido mi amiga, mi hermana, cuantos nombres le diéramos, excepto el que por derecho le correspondía. En mi caso, porque aún era ciego, en el suyo, porque nunca iba a ser la primera en admitirlo—…

... U-Umm —Ni modo, jamás me faltaron las palabras, menos aún le di tanto rodeo a una situación Pero ¿cómo explicarle que poseerla físicamente, sería en absoluto el móvil de mis intenciones? Máxime porque estaba claro de lo que suponía para ella admitir un acercamiento carnal. Si bien parte de aquella barrera física se había desmoronado, no significaba que por eso yo desvirtuara su persona. Todo lo contrario, desataba una pasión hasta entonces desconocida, por conquistar el nuevo misterio. Cuanto más difícil resultara, mejor… El monólogo interior podía convencerme a mí mismo, pero cuando me disponía a expresárselo, mis labios parecían sellados con adhesivo ¡Al final, terminaría ni más ni menos confesando mis sentimientos! Y aunque fuera un interés correspondido, el orgullo de su alma desdeñosa podía complicar aún más la situación ¿Lograría su confianza o todo se vendría abajo de una vez? Quien la viera podía creer que solo estaba meditando en silencio, imperturbable. Únicamente yo sabía de su oculto nerviosismo. El silencio era tal que podía oír sus latidos, o los míos, ambos en conjunto evidenciando que no había marcha atrás. Mi cabeza amenazó con estallar, tenía que hablarle costara lo que costara— Franziska...

Siquiera me devolvió sus comunes exabruptos, no hizo ademán de tomar el látigo y desahogarse brindándome un buen castigo. Aunque terminara bastante maltrecho, al menos me hubiese devuelto la calma. Su actitud me tenía desconcertado.

Para mí continúas siendo Franziska von Karma, la fiscal orgullosa, digna de todo mi respeto —solo entonces pude tragar en seco e intenté sonreír, pero apenas logré una mueca nerviosa. Ella ni se dio por enterada, sin embargo, ya roto el conjuro mi ánimo volvió y continué, decidido a sucumbir de ser preciso—. No importa lo impasible que parezcas, ni tú puedes ocultarme tus agonías ¿Acaso puedo juzgarte?, hiciste lo que creíste más oportuno y no estuvo mal para haberlo pensado justo en el momento.

¿De qué sinsentido estás hablándome, Miles Edgeworth? —se volvió para clavarme la vista encima, y casi me alegré de verla recuperar su mal talante— ¿De quién es la agonía? ¡Tuya, me imagino! —abrió la guantera de un manotazo y extrajo el arma, ¿no la había llevado consigo durante la operación? Cuán extraño. Sentí el ardor repentino entre el brazo y el hombro, indicándome que la punta de cuero me había tocado. Di las gracias de que no tuviera bolas de plomo en el extremo—. Acabas de interrumpir mis pensamientos ¡justo cuando me hacía una idea de cómo golpear a esos detestables acusados sin llegar a matarlos en pleno juicio! ¡Por las barbas de Satanás, debería comprobarlo en ti!

Bueno, al menos ya es algo —murmuré furioso tanto con ella como conmigo. Por lo visto, había optado por negar todo y ante la situación extremadamente desagradable, forzó su mente para que desalojara cualquier mal recuerdo. No era la primera vez que recurría a ese método y estaba dejándome sin fundamento para hablarle del otro detalle. Pero también me sentía frenético por una segunda razón, que exterioricé sin reparos—. Tus informaciones tan precisas… de modo que así las obtienes.

¡¿Cómo te atreves a cuestionarme?! —estuve a punto de impactar el auto contra una hilera de contenedores para basura y que a duras penas esquivé. Sentí la humedad pegar mi manga derecha a la piel, señal inequívoca de que esta vez había corrido la sangre. Franziska parecía haber canalizado una valquiria por la forma en que me observaba y blandía su arma, no eran usuales para ella los reproches del tipo suspicaz— ¡Miles Edgeworth! ¡Haré lo que tenga que hacer para capturar a todos los que se hallen implicados en la trata! ¡Es mi trabajo, así me cueste la vida!

Puede costarte algo peor si continúas, pero estás en lo cierto… No soy quién para decirte que lo abandones aquí —mis puños aferraron el cuero del volante y por un segundo mis ojos se reflejaron en los suyos—… Franziska, te ruego que me dejes apoyarte… Nunca me importó tanto alguien…

Tsk, no tienes remedio ¿y la Fey, o ese estúpido de Phoenix Wright? ¡Hasta el quíntuplemente estúpido de Larry Butz ha provocado que cruces el océano! Sí que tienes agallas para compararme con tus estúpidos amigos —Desvió la mirada, cruzándose de brazos. Noté de inmediato la tristeza en el fondo, necesitaba conocer la verdad y yo, defensor de ella, estaba ocultándosela.

No es que haya estado así de unido a nadie... ni que sea bueno estrechando lazos, pero a continuación de mi padre, no hay otra persona que distinga tanto —le solté más seguro de mi, deteniéndome bruscamente en una explanada—. Eres libre de mencionar a quién desees, los estimo a todos. Pero es distinto, contigo…

Ella abrió mucho los ojos, en su frente brillaron pequeñas gotas de rocío y los brazos volvieron a cubrir su pecho.

Contigo… siento que comparto algo más —mis dedos palparon con ternura su cabello y me vi reflejado, por vez primera, en aquellos ojos de zafiro.

N-no te atreverás —casi me divirtió verla pegarse al espaldar del asiento como si fuera a lanzármele encima. Su nerviosismo infantil era realmente adorable, a pesar de que su adolescencia había quedado atrás hacía un buen tiempo— ¡Detente ahora mismo!

Iba a replicar, cuando sentí en la herida abierta el escozor inconfundible de otro latigazo.

Hmph. Y no digas otra tontería si no quieres recibir un tercero en tu cabeza.

Para lo que has hecho este día y la forma en que te involucras buscando tus informaciones —decidí que presionarla sería el único modo de hacerla entrar en razón—, bien puedes actuar como una adulta.

¡¿E-estás dudando de mi honestidad?! —no conseguí evitar sobresaltarme. Lo último que calculé fue una tergiversación. Busqué ampararme con ambos brazos, la tormenta de azotes me hizo comprender muchas cosas… La ira se apaciguó conforme algo se quebraba dentro de Franziska, los golpes iban perdiendo intensidad y creí escuchar un par de sollozos— Que tú… Tú de todos los hombres me tache de…

N-no me refería… ¿Cómo piensas eso, mujer? ¿No te parece que estás interpretando mis palabras de una manera muy forzada? —Intenté reparar el agravio hablándole con un tono apacible, mientras le mostraba las palmas de mis manos y hacía un gesto negativo con la cabeza—. Siento que esto haya sucedido, te ruego me disculpes. Lo que quise decir es que —de una vez, tenía que revelarle mi propia verdad—…, has cambiado mucho y de un modo asombroso, Franziska. Me resulta difícil verte como una niña, cuando pudiste enfrentar unas circunstancias tan oscuras tú sola.

¡Déjate de juegos! ¡Años, han pasado años, ¿y solo ahora te das cuenta?! Es indignante que yo deba padecer una situación desagradable para que tú te percates de eso —Luchaba con fiereza tratando de contener el llanto, si bien una lágrima rebelde centelleó sin que pudiera evitarlo, declarando su pesar—. Cuánta paciencia debo tener para no darte ahora mismo una bofetada.

Franziska, pensémoslo de esta forma —le alcé el mentón con el índice y enfrenté su mirada inculpadora—. ¿Por qué avergonzarnos de tu audaz iniciativa, si conseguimos salir vivos? —sonreí, tratando en vano de aquietarla. Ella pestañeó confundida sin apartar sus ojos de los míos, dio un respingo al notar la proximidad, ruborizándose— No te enfades por tan poca cosa, ni me guardes rencor. De cualquier modo —hice correr el índice levemente por su mentón, buscando familiarizarla con mi caricia y dejar que la naturaleza respondiera por impulso—…, valdría la pena investigar esas nuevas emociones.

Hizo un gesto negativo e impaciente con la cabeza, esquivando reflejarse en mis ojos. No logré atreverme a tomar su rostro entre las manos, mis brazos se quedaron a medio camino de estrecharla. En ese preciso instante hubiese deseado que mi capacidad para deducir, me diera la respuesta de qué hacer.

No me incluyas en tus líos —Ella zafó nerviosa la traba de seguridad, buscando respirar con más soltura para después emprenderla con la puerta—. Quita el estúpido seguro, necesito salir a tomar el aire.

Entiendo —como lo pidió, accedí a que abandonara el auto para caminar hacia el canto de la explanada. Se detuvo allí, contemplando meditativa el paisaje, no dejó de morderse los labios y reprimir las inquietudes. Golpeó dos o tres veces el suelo con su látigo, pero sin la viveza acostumbrada—. "No irá a suicidarse —pensé mordaz—, sería la primera mujer que hiciese tal desatino, solo por causa de saberse correspondida…"

Regresó en apariencia más dueña de sí, pero al sentarse a mi lado, era muy difícil que pudiera ocultar el temblor de su pecho. Me observó retadora, determiné que ya se había formado su propio juicio y tenía para mí una sentencia. Esperaba de todo corazón que fuera positiva…

Ahora que te has callado un poco, me gustaría continuar el viaje, si no te importa —indicó bastante huraña, pero mantuvo su arma enrollada—. Este no es el sitio ni el momento para tratar asuntos personales. ¿Te olvidas de que aún debemos una visita al centro de detención, a Interpol y a la Fiscalía General?

Por supuesto que no —quizás me dejaba en una incertidumbre, pero el instinto me sugirió esperar—. ¿Cerramos juntos el caso, entonces?

No hace falta ni preguntarlo, Miles Edgeworth —dijo y tras un suspiro guardó nuevamente su arma en la guantera. Me sorprendió con una sonrisa maliciosa, iba a mostrarse todo lo implacable que pudiera conmigo—. Nos veremos mañana en el juzgado… Creo que te permitiré ocupar el banco junto a mí. Será una lección de lo que significa "victoria total".

Así como lo predijo, conseguimos para los traficantes el veredicto de cadena perpetua. En otra ocasión lo hubiera escuchado con más gusto, de no ser porque Franziska había resuelto marcharse y hasta ese momento lo mantuvo en secreto. Escapó sin despedirse, esta vez no me ofreció el beneficio de un localizador y cuando fui tras ella, solo pude ver el avión abandonando la pista.

En los años que llevaba de Fiscal General ya había lidiado con ella a causa del tráfico humano incontable cantidad de veces, e invariablemente siempre acababa perdiendo frente a sus razones. Aunque Franziska me jurase que sólo corría esos riesgos en aras de hacer justicia, sus motivos considerados ocultaban otros, algo mezquinos. Y su nota me dejó aún más claro lo que ya sabía; por causa de la educación moralista y canónica impuesta por su padre, amén de suponer que todo estímulo carnal acabaría volviéndola débil e insegura, terminó padeciendo una Hafefobia que la llevaba a rechazar el contacto físico.

Ya en la habitación, las ventanas cerradas, el olor a terciopelo que desprendían las cortinas y los almohadones sobre el lecho, me parecieron demasiado para una sola persona. Mi alcoba transmitía cierto aire de soledad, inspirándome a buscar a la única redentora capaz de poner orden a todo mi caos y encontrarla donde sea que ella hubiese ido. Con tal de huirle al amor, a su amor, era capaz de recorrer el mundo entero.

Apenas sonó el móvil, lo tomé con la impaciencia de tener alguna noticia que me confirmara el destino elegido por Franziska.

—Habla Edgeworth...

—La hermana solicitó a la presidencia de Interpol unas vacaciones para irse a cierta isla, no se lo pensó dos veces para sacar un pasaje al Caribe. Más precisamente a La Habana.

—¿Tiene alguna referencia del sitio donde se queda?

—¡Eh, no tan rápido, amigo! Ya dije bastante y mi deuda con ambos está cubierta. De todas formas, ella aseguraba que terminaría metiendo las narices y encontrándola.

—Grrr... ¿Por qué me haces esto, Franziska? —no debí hablar tan alto como para que permitiera a Lang escucharlo. Percibí un aullido del otro lado y comprendí que el maldito se divertía con mi situación.

—¡Hahahaha! LangZhi dijo: "El lobo que no sigue a la loba, no la monta"

—¡¿Pero qué…?! ¡Agente Lang!

—Ahora estoy muy ocupado, chico bonito. Puede llamarme después y me cuenta si dio con la hermana. LangZhi dijo: "Una vez que obtienes a la hembra alfa, mantenla hasta que estires la pata" —aulló de nuevo y decidí colgar sin pensarlo dos veces, irritado por la sonrisa tétrica del maldito agente.

Después de todo, ya tenía la confirmación que buscaba. El resto quizás podría hallarlo con un minucioso rastreo de los lugares de renta más probables. Tenía que darme prisa, dicha ciudad bien podía envolverla con sus historias y pasiones, tal como la contenida en el antiguo file de Interpol, liberándola como por milagro de cualquier pánico a los sentimientos.