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" "(...)¿Qué ha sucedido? ¿Qué cosa me atormenta? Nada, yo no lo sé. ¿Es acaso que Dios castiga el exceso de amor, haciéndole un martirio?" (Gertrudis Gómez de Avellaneda. Carta a D. Ignacio Cepeda).
Me despertó una voz de soprano en alto registro. Abrí los ojos y vi a Catalina, sonriendo a los pies de mi lecho, muy entretenida en cantar una letra que llevaba implícita mi nombre.
—"Fraaanziska, te estoy llamando,
corre, por favor, que su corazón está lloraaando.
Eres su vida, no te le vayas,
Dale tu calor, que eso es lo mejor, por toda la viida."
Lo primero que pensé, incorporándome nerviosa, fue que no esperaba encontrarme al espectro en plena mañana, tan entusiasta como si estuviera a punto de involucrarse en una aventura emocionante. Por lo visto, no le habían alcanzado los años para colmar su sed de frenesíes y buscaba más, aún después de pasar a un mejor estado. Recordé su voz, antes de quedarme completamente dormida; "ahora te permitiré descansar, porque mañana comenzarás a vivir". Cumplía su promesa y allí estaba, esperando para mostrarme lo que había sido su mundo.
—"Alóo, ¿quién llama? Alóo, óyeme…" —se burló haciendo como que intentaba contactarme por teléfono. Claro, a juzgar por la posición de las manos, era un modelo como el que mi padre tuvo en su biblioteca, e insistió en usar sin importarle cuán obsoleto estuviera. Obviamente, logró atraer mi atención con la pegajosa melodía que terminó metiéndoseme en el cerebro y de allí no pude borrarla.
"Tsk, es imposible que haya una canción dedicada a alguien con mi nombre", pensé abandonando el lecho y me dispuse para el aseo. Catalina leyó mi pensamiento, como era usual y rió divertida.
—"Por supuesto que no es Franziska, se llama Ofelia, pero se puede adaptar y suena de maravillas ¡Qué lástima que no tuvimos algo como eso en mis tiempos! Habían otra clase de bailes…, si existe una cosa que extrañe además de amar intensamente con la piel, es danzar —suspiró—. A veces oigo estas melodías en esas cajas divinas que tienen ustedes. Juancito me compró una, pero mucho más tosca si las comparamos."
—¿Significa que la canción es de otra época y la conoces? —abrí los ojos atónita, al saber que las ánimas podían estar al tanto de las nuevas tecnologías como de la música. El afán por lo mundano situaba a Catalina en contacto directo con lo material y espiritual de nuestro siglo— Tampoco te asustan los medios tecnológicos, o como dices tú, "las cajas divinas" ¿Por eso te has podido adaptar a estos tiempos?
—"Creo que soy un espíritu de todas las eras. Al igual que la canción, el amor carece de tiempo específico, pertenece a todos. Cambia de año y de nombres, pero el contexto es el mismo —acto seguido volvió a entonar.
Fraaanziska,
tú no comprendes, no, no, no,
que su corazón vive para ti, eternameeeente"
—¡Ack, protesto! ¡La estúpida de Ofelia y yo no tenemos absolutamente nada en común! —mi voz retumbó en el cuarto de baño. Por desgracia, no pude acompañar el reparo con unos puñetazos sobre el lavamanos de loza— ¡El día en que ese estúpido de Miles Edgeworth sea capaz de tener algo distinto en el pecho que un simple órgano hueco y lleno de venas...!
—"O eres ciega o tienes un problema muy serio. He visto más allá —Catalina espió con discreción hacia el interior. Al notar que solo preparaba mi cepillo de dientes, acabó apostándose junto a la puerta—. Ya que no lo hiciste mientras estabas en vela, agradezco que me lo contaras todo mientras dormías."
—¡Hmph! —El espejo devolvió mi rostro indignado mordiendo el cepillo. Recapitulé un sueño vago donde revivía otra vez aquella experiencia y el rostro de Miles cerca del mío.
—"Te ves muy chistosa —rió al percibir mi desconcierto, pero se contuvo de soltar la carcajada—; sin embargo, tu situación no lo es. Mejor nos concentramos en el asunto. Siendo franca, pensé que debía tratarse de un hombre amable, capaz de atraerte con sus modales, pero físicamente horrible para que lo rechazaras de ese modo. En verdad me aflige que no sepas aprovechar tu era, ¡por un hombre como ese hice, deshice y pasé lo indecible en la mía!"
—¡¿Qué clase de mujer piensas que soy?! —. La vergüenza dio paso a la furia, no tenía el látigo a mano y solo pude canalizarla arrojándole mi cepillo. Frunció el ceño, encogiéndose de hombros— ¡Entras sin pedirme la venia y pretendes cambiarlo todo! ¡Exijo un respeto a mi privacidad!
—…Disculpe usted, señorita. Vuelvo más tarde a cambiarle la ropa de cama y las toallas, o no se las cambio si tanto le molesta —vi a la arrendadora detenerse junto al ánima, temerosa de mi reacción. Llevaba el cepillo de dientes atorado en el moño e intentó quitárselo; luego de disculparme con ella le aseguré que no lo requería y la despedí sin más, estableciéndole un horario para limpiar la estancia. Catalina musitó algo por lo bajo.
—"Te tomarán por loca si continúas gritándome y arrojando cosas. Mejor usa tu pensamiento, nadie podrá oírlo salvo yo… u otros espíritus que vaguen."
—"Pues si me retiran el hospedaje, tendrás que buscarte alguna otra que molestar —Abandoné el cuarto de baño, más calmada porque la mujer se retiró sin espavientos. Claro que ayudó mucho el billete de cien extras que le ofrecí para que se atuviera a mis horarios—. No creo que a ninguna de las dos nos convenga hacer escándalos."
—"Solo pretendo ayudarte a superar los temores. Pero tienes razón, en este siglo cuesta muchísimo trabajo encontrar a alguien traumatizado por los cánones impuestos —dijo ella suspirando, no de manera trágica sino más bien impaciente. Percibí cuán difícil le resultaba la idea de que una mujer radical no diese rienda suelta a su pasión. Imaginé la sociedad en esos años de 1900 y pude conjeturar que no debieron existir términos medios en los carácteres de las féminas burguesas. O eras beata pudorosa, aunque fuera de apariencia, o bien díscola, rebelde y feminista. Yo entonces calificaba como una media tinta, acarreando elementos de ambas. Pero igual Catalina se adaptó a mi situación particular, con el empeño de sacarme del hueco y volvió a la carga—. "En todo son extremadas las mujeres de la índole de Isabel: o aman, o aborrecen; las medias tintas de sus pasiones se quedan para casos raros""
—"¿Quién es esa estúpida con el aún más estúpido nombre de Isabel? —lo pregunté sin ganas de que respondiera. Simplemente, ya me agobiaba el hecho de que metiera sus narices en mis pensamientos— ¡Y continúas violando mi privacidad, sonsacándome información!"
—"Te lo advertí, cuando no quieras compartir algo, debes bloquear la mente para que tus ideas no me lleguen como un río caudaloso. La Isabel es un personaje secundario de la más exquisita de nuestras novelas costumbristas —explicó usando el tono de las viejas maestras cuando sus alumnos preguntan con timidez. Adoptó una pose con los puños en las caderas, inquiriendo socarrona—, ¿jamás oíste hablar de Cecilia Valdés? Creo que la obra transcendió y sigue considerándose un clásico. En sus tiempos causó revuelo porque trataba sobre una relación incestuosa, Leonardo Gamboa termina enamorándose de su hermana bastarda."
—"Qué argumento más idóneo —el retintín con que había remarcado ese detalle me importunó sobremanera—, para tu información Miles y yo no somos consanguíneos, solo crecimos juntos —la camiseta se atoró al pasar sobre los aretes, luego con una de las tantas monedas de mi pulsera— ¡Y ahora sumas a una Cecilia! —Tantos nombres de mujer envueltos en amoríos singulares comenzaban a fastidiarme."
—"Oh, hay muchísimas. Mercedes, Longina, María La O e incluso una tal María Cristina que siempre trataba de gobernar a su marido —no perdió la ocasión de reírse al escuchar mi débil ¡Protesto!—. Lo siento, en esta ciudad, las damas y el sentimiento patrio son el motivo principal de la inspiración."
—"No me interesa que compongan un estúpido tema musical con mi nombre."
—"Claro, tampoco desearías una serenata cuando te asomas al balcón, ni que te regalen una rosa o a veces hasta una casa y te ofrezcan quererte hasta que la muerte los separe ¡Pamplinas! Bueno, en mi caso ni la muerte pudo con nosotros —dijo Catalina, sentándose de costado en la silla del tocador y cruzó una pierna. Descansó el brazo sobre el espaldar, para después mirarme acusadora. Por más aristócrata que fuese, parecía una tabacalera al estilo de Carmen, ¡otro nombre de mujer, con historia de coqueteos y traiciones!—. Tú misma lo has dicho, aunque esa no era habanera, sino española, pero para el caso es lo mismo —canturreó en tono de mezzosoprano— "El amor es un pájaro rebelde, al que nadie puede enjaular…""
—"Yo no tengo nada que ver con una gitana perdularia —sin darme cuenta había adoptado una pose con las manos en las caderas, que muy bien podría asociarse a ella. Por supuesto, la maldita de Catalina rió sin ambages. Como ya estaba lista, preferí abrir las mamparas y dejar correr el aire; cuando la forma etérea palideció ante la claridad me sentí ligeramente vengada— ¡Hmph, si ese estúpido de Miles Edgeworth se dedicara a tocar la guitarra debajo de la terraza, me darían ganas de arrojarle esa vasija llena de cactus que está sobre el muro!"
Quedé estática al oír un hombre cantando al ritmo de un instrumento. Sólo que la letra, música y voz no tenían nada que ver con lo que Miles hubiese elegido.
—Ella es la que quiero pa' mí
yo lo sé, que se muere por mí
cada vez que me ve por ahí.
Vamos pa' un hotel,
o pa' un alquiler. Dale, Tati,
estoy pa' party.
Y tú va' a ver lo que te voy a hacer,
Toy' pa' sexo, toa' la noche en eso.
Por instinto, salí de inmediato al balcón e hice justo lo que había dicho y lancé abajo la maceta. El improvisado artista no era otro que el estúpido sumamente estúpido de Driguito.
—¡Ohéee! —Gritó cuando el proyectil de barro casi le arranca una oreja y prácticamente le dislocó el hombro— ¡Mima, contra, que yo soy bailarín y ahora no puedo ni sacudir los omóplatos!
—¡Tienes lo justo, idiota, y esa palabra es muy rebuscada para tu hablar profano! —le devolví gritando. Para mi desagrado, sentí que la comunicación vulgar buscaba cómo anidarse en mis poros; aguardando a que perdiera la paciencia y así poder colarse, volviéndome una ciudadana más. Por cuánto en Europa…— ¡Tsk! ¿Cómo se le ocurre ponerse a berrear esa cosa impúdica, usando una tumbadora? —La Habana comenzaba a parecerme intolerable— ¿Qué idea de serenata es esa?
—"Una bien grotesca, pero verás que aquí hay de todo. En materia de conquista, recibirás desde las galanterías más bellas a lo peor de lo peor —dijo Catalina desde la estancia, sin atreverse a salir—. Nadie quiere tener la pasión atravesada en la garganta. El amor no es un asunto de cobardes."
Volví junto a ella, ni se había movido del asiento, aunque ahora la silueta era bastante difusa. Conservaba su postura de tabacalera o de griega abandonada lánguidamente sobre el espaldar de la silla.
—"Esta ciudad se nutre de sus leyendas y las agradece inmortalizándolas. Podía estar segura de que cuanto viví trascendería con el paso de los años —exhaló un suspiro nostálgico—, aunque jamás llegué a imaginar cómo sería. La nuestra se volvió una historia de la que muchos beben y toman fuerzas para encarar el qué dirán. Me siento muy orgullosa de fomentar el ímpetu en aquellos que carecen de él —se incorporó ágil, recobrando la vivacidad en su expresión—. Ya sé que me tacharás de presumida, casi lo leo en tu mente —lo cierto es que no llegué a pensarlo—, sin embargo, dime si no valió la pena el sacrificio. Veo tantos rostros felices cuando visitan mi casa o mi panteón —al percibir que comenzaba a deprimirse, resolvió enmascarar su ánimo variando el tema. En eso nos comportábamos igual—… Voy a darles una llave que nadie les ofreció para que abran la puerta de su felicidad. A cambio, apenas vuelvas a tu país natal, harás desaparecer de una vez y por todas ese maldito expediente que tanto nos hizo sufrir."
—"Después de esto, no creo que desee conservarlo —musité, encogiéndome de hombros. Catalina había conseguido mi afecto, del modo más inusual. Era latosa, importuna, pero aún así cautivadora en toda la extensión de la palabra… e imperfecta perfecta, justo como yo. Procuré que tales pensamientos no llegaran a ser descubiertos por ella, o se volvería el doble de insoportable—. Te oyes muy segura cuando afirmas que él vendrá."
—"Un noventa y siete por ciento probable, dejo tres a causa de las eventualidades; el barco en que viaje puede hundirse, ¡oh, lo del Titanic fue horroroso! —al parecer lo recordaba con mucha impresión porque olvidó todas las demás contingencias posibles. Terminó recostándose con ambos brazos y el mentón sobre el espaldar—. No importa, mentalidad positiva… ¿Cuándo terminarás de vestirte? —abrió los ojos al ver que iba junto a ella dispuesta a peinarme— ¡Demoras más de lo que yo tardaba! ¿Él te lo reprocha? Juan intentó apresurarme dos veces, luego me dio por incorregible y lo amé muchísimo cuando no me lo dijo una tercera vez."
—"Nunca ha osado mencionarlo y espero que jamás se atreva."
—"¡Qué maravilloso! —casi palmoteó de satisfacción para después observarme indignada— Pero… ¿cómo puedes renunciar a un hombre tan excepcional? Lo difícil sería controlarse, yo apenas tuve a Juancito en mi…"
—"No te atrevas a seguir con tu razonamiento libertino —solté el cepillo sobre el tocador y le advertí con el índice, aunque lo dije motivada por los celos. Oírla expresarse de esa forma me hacía pensar que habíamos trocado nuestros tiempos—. Siquiera lo conoces, no puede haber alguien más insoportable, irritante y molestoso."
—"Tras esas referencias, quedo convencida de cuánto te gusta —se volvió hacia el espejo queriendo también componerse el cabello. Parpadeó entre asombrada y afligida—. Siempre olvido que ya no puedo reflejarme en estas láminas ¡Me gustaban tanto los espejos!"
—"Eras… eres una mujer casi perfecta —rectifiqué a tiempo, y por alguna razón, lamenté su naturaleza etérea—. Debiste ser muy popular dentro de la sociedad."
—"Fui de extremo a extremo, querida. Me aborrecieron a morir por ser tan emancipada y otros me catalogaron como la reina de los salones. A veces pienso que el odio empezó al resultar ganadora de dos concursos de belleza, era esposa cuando gané el segundo…, entenderás que para muchas damas jóvenes y solteras aquello fue una especie de afrenta —se apartó de la cómoda, tornándose hacia mí, y sonrió con un deje melancólico—. La envidia las puso verdes. Yo no podía estarme quieta, organizaba muchos bailes, viajaba y aprendía todo lo concerniente a moda para después contribuir con los periódicos de la época. Según los redactores yo era su Maga Halagadora… ¿Vas a seguir usando esas faldas que casi muestran hasta el pipisigallo?"
—¡Ack! Mi reputación no será puesta en duda por algo como eso—el sobresalto hizo que vocalizara mi pensamiento, aunque di unos tirones discretos al bajo de la saya—; y si así fuera —tomé mi arma de bajo la almohada, colocándola en el bolso—, ¡cien latigazos serán más que suficiente para hacerles cambiar de idea! Tsk… "pipisigallo". Qué término más rústico.
Ya estaba dispuesta para enfrentarme a lo que Catalina deseara mostrar en su residencia.
Bajé las escaleras hasta la puerta principal, ella había desaparecido y me tocaba ir sola hasta el pórtico de la casona. Escuché un silbido desde la sala y vi a otro de los estúpidamente estúpidos hijos de mi arrendadora, Leyva, que me gritó sin tapujos; '¡Niñaaaa, antes de salir ponte señalización, que con tantas curvas, matarás a cualquiera!' Divisé en el portal a la dueña, que barría los restos de la maceta con tierra y cactus, mientras le decía una retahíla de improperios al tal Driguito por atreverse a importunar a los clientes que mejor pagaban. Calló al notar mi presencia, aunque yo no me detuve y al cerrar la verja oí con satisfacción que le era prohibido a ese idiota usar la computadora en seis meses, como escarmiento.
Para llegar a la entrada de la mansión, solo debía caminar unos cien metros. En ese pequeño tramo de distancia, me topé con la mirada libidinosa de varios hombres y sufrí diversos requiebros, desde los más sublimes hasta los más graciosos. Justo como ella me lo había predicho. Enrojecí de vergüenza y furia, ¡siquiera me dieron tiempo a sacar el látigo!
Transité por el pasaje de adoquines que llevaba a la puerta, hasta llegar a los peldaños de mármol rojo. Los dos leones quedaban ahora a mi espalda, inmersos en las personas que transitaban por la acera.
—"Esas cosas jamás formaron parte de mi casa —intervino por vez primera Catalina desde que abandonara la habitación—, de haberlos querido, Juancito nunca los hubiera mandado a hacer de ese material sumamente ordinario. Mármol de Carrara o el mismo Languedoc hubiesen estado bien —rió para mortificarme— ¿Cómo pudo tu apreciación de fiscal no advertir el detalle?"
—"Hmph" —más valía no discutir con ella, preferí admirar el nada común Languedoc de los peldaños. Casi me daba lástima pisarlo, tan caro y hermoso, así que los subí prácticamente en puntillas. Las hojas de hierro forjado, ahora abiertas de par en par, invitaban a todos los que pisaran el recibidor a sucumbir de envidia. No queriendo perder el mínimo detalle, aventuré unos pasos. El piso del vestíbulo era también de mármol, donde predominaba un diseño de pirámides truncas y rectángulos con cuadrados negros.
—"Aquí habían dos fabulosos huevos de Carrara sobre pedestales que yo adoré mientras viví —era su voz, pero no se dejaba ver—. Qué ironía, terminaron adornando los salones de un museo donde antes vivió mi rival en sociedad, la condesa de Revilla Camargo. Debe ser cosa del karma, le hice una broma muy enojosa."
Preferí no indagar los pormenores de aquella historia y busqué concentrarme en satisfacer la curiosidad que me condujo hasta esa morada. La simple concepción espacial del sitio, con su techo elevado, resucitaba la grandeza de los templos egipcios.
—"Ah, ese detalle en particular de Juan me llevó a creer que yo era la propia Isis. Ahora sé que siempre tuve su energía irradiándome. Por eso adoro tanto a los gatos, ahora hay muchos en mis jardines… También la arena que mi adorable Juancito encargó para los revestimientos fueron traídas de las orillas del Nilo."
—Tsk, eres una soberana mentirosa.
—No, señorita. Son dos pesos la entrada, si quiere ver toda la casa —pestañeó confundida la muchacha de la recepción, entregándome el ticket—. A no ser que venga a hacer un donativo o un hermanamiento.
—Disculpe usted —musité, disgustada con mi guía turística espiritual—. "Como vuelvas a hacerme pasar una vergüenza…"
—"¿Y acaso te pedí que vocalizaras? —me reprochó sin aparecer y su voz me daba cosquillas en el tímpano— Insisto, lo que desees hablar piénsalo, que yo inmediatamente lo sabré."
—Este es el recibidor, comience por la izquierda —me indicó la joven cobradora e hizo un gesto al portero para que me siguiera—. El paseo termina en los jardines.
Avisté al final del salón el acceso a éstos, donde una escultura de la diosa Venus mostraba claramente a quién y a qué se le había rendido tributo en esa mansión. Sin embargo, siendo metódica en todas mis cosas preferí continuar en el orden que la mujer me señalara. Giré hacia la izquierda y caminé hasta llegar a una puerta de madera preciosa, que abrí sin vacilación. Múltiples estanterías de caoba en las paredes indicaban el uso que tuviera dicha cámara. El mobiliario de cuero negro era del mejor gusto, si bien algún sanacrápalo estúpido había tenido la genial idea de cubrir la mesa con un mantel de horrible color verde chillón.
—"¿Por qué tú crees que Juancito decidió que nos quedáramos cerca de la casa, pero no aquí? —ella se dejó ver, aunque prácticamente no logré distinguirla por la claridad, salvo el contorno pálido de su forma. Las mamparas eran bastante grandes e igual de hierro y cristal, así que la brillantez solar se colaba a borbotones en la pieza. Recorrió con la vista el recinto e hizo un mohín apesadumbrado—. Casi muere otra vez cuando vio su preciosa biblioteca desprovista de todos los libros y una mesa comedor en lugar del buró. Aquí recibía a sus socios, hizo grandes negocios y por supuesto, degustaba sus habanos. Cuando se ponía a fumar, era mejor esperarse a que terminara, por el humo."
—"Qué asqueroso. Papá jamás fumó y Miles ni hablar —pensé, cruzándome de brazos—. No entiendo por qué los hombres necesitan esas cosas para reafirmar su virilidad."
—"Bueno, tampoco se le pueden prohibir los gustos, hay que saberlos respetar en tu pareja. Sobre todo, si él se desvive por satisfacer los tuyos —con su andar etéreo fue hasta la esquina más oscura y allí se quedó para que pudiese observarla. Se encogió de hombros, enseñando las palmas de sus manos. El mismo gesto de Miles, pero en Catalina lucía muy femenino—. Eso es algo en lo que necesitas profundizar; cada quien es un mundo y algunos son bastante complejos, pero en un matrimonio tiene que haber equidad."
—"Debió hacer mucho dinero como para llevar esta vida de lujos ¿A qué se dedicó?" —por un segundo imaginé que a Miles le gustaría esa biblioteca, pequeña y acogedora.
—"Como ya no tenía los ingenios, puso oficinas en el banco y se consagró a los negocios de bienes raíces y capitales. La verdad era muy bueno en lo suyo porque su caudal aumentaba por día… Pobre, gastó dinero a montones buscando recuperar la aceptación de la burguesía —la oí suspirar, con un dejo de resentimiento—. Jamás lo consiguió, así que para nosotros la vida social no fue tan intensa, pero a cambio, vivimos dentro de estas paredes y sus jardines la más entrañable intimidad ¿Comprendes ahora? No importa cuánto señalen los demás o te den la espalda, si posees una casa igual a ésta y la felicidad de compartirla con quien te adora a morir."
Dio unos pequeños toques a la puerta, luego de inclinarse un poco sobre la misma. Ya no sentía el aroma rancio del tabaco y ni las palabras al otro lado. Sin dudas, la reunión de Juan Pedro Baró había concluido momentos antes, algún asunto del banco que a ella no le causaba interés. Escuché su voz desde el interior, calmada y suave. Catalina abrió la hoja con una sonrisa, conteniéndose para no caer de lleno en sus brazos.
—¡Juan! ¡Hemos recibido el encargo! ¡Qué bello es! ¿Lo has comprado para llevarme de paseo a donde no puedo ir andando? —Juntó las manos con gracia, la sonrisa no se desvanecía de sus comisuras.
—Por supuesto, querida. El viejo Packard ya era una vergüenza ¿Creerás que nuestro chofer estuvo a punto de renunciar por su causa? —la mano de Juan Pedro Baró descansó tranquilamente sobre el brazo del sillón, en su voz prevalecía aquel tono bajo y suave. Se trataba de un hombre alto, delgado y atlético, con bigotes enhiestos; caballero de sociedad exquisito, elegante y a juzgar por su posición, bien ilustrado. Aunque los modos para con ella fueran todo complacencia, se notaba en su actitud una firmeza capaz de poner coto a los excesos de ser necesario. Hallé de repente que no había mucha diferencia entre Miles y él, ambos gentiles, de un mirar álgido que inflamaba, la sonrisa como un regalo que merecía la pena atesorar— Y te lo ruego, Cati. Por más que lo desees no intentes echarlo a andar. Si te pusieras al volante, seguro que perderíamos los escalones de la entrada ¿No puedes aguardar por el chofer?
—¡Estoy tan impaciente! —Catalina observó cómo preparaba la pipa, sin decir una palabra sobre aquel vicio que no era de su agrado. Mujer ingeniosa al fin, mantuvo su actitud expectante y de arrebato por el hombre que la hacía feliz— ¿Qué tal si me llevas tú, Juan? —Unió las palmas y lo miró abatida— No importa lo que digan, ¡ya echamos abajo millones de reglas juntos! Los automóviles de lujo nuevos todavía son una rareza para mí… ¿Damos una vuelta y pasamos frente a la residencia de la condesa de Revilla Camargo?
—Cati, Cati, no más travesuras a costa de esa mujer ¿Entendido? —alzó las cejas, advirtiéndole con una mirada de aparente desaprobación, mientras le apuntaba usando su pipa. Luego sonrió, colocándola sobre el cenicero, y dando un palmetazo en el escritorio, como si fuera letrado, abandonó el asiento para ir junto a ella. Catalina le devolvió el gesto; alzándose, lo tomó de las solapas intentando besarlo en la mejilla, cuando él giró de improviso el rostro. Al parecer, no la había tomado de sorpresa, a juzgar por su respuesta. Más bien debía ser un juego común entre ambos, en el que sorteaban los momentos y los sitios donde besar. Fue Juan Pedro quien detuvo la caricia de prolongarse más, quizás porque terminaría satisfaciendo otra demanda de Catalina que nada tenía que ver con un paseo por el Vedado. Sin dejar de mostrarse divertido, le ofreció el brazo para que lo entrelazara con el suyo— ¡Qué remedio! Si tanto quieres dar una vuelta, entonces… Para luego es tarde.
Salieron como dos muchachos, plenos de felicidad. Él de complacerla y ella de que le diesen gusto, mientras Juan Pedro Baró le narraba las ventajas del auto nuevo, Catalina sonreía imaginando los futuros viajes que completarían su ambición de reina.
—"¿Entiendes cómo funciona? —insistió en el asunto, por lo visto no desistiría hasta que me viera igual— Y ni creas que Juancito es melado de caña, tiene un genio horrible cuando las cosas no salen como quiere, o cuando alguien intenta desvirtuarlo ante sus amigos. Ya estuvo a punto de batirse en duelo por eso, ¡con la excelente puntería que tiene y ni hablar de cómo esgrime el florete!"
Al abrir el portero las hojas de par en par, mi sobrecogedora compañera había desaparecido y volví a toparme con el recibidor. Fui guiada por él mismo hasta la habitación contigua, totalmente a oscuras. Había un olor arcaico, a humedad y vieja caoba. Encendió las luces, que produjeron leves chisporroteos, luego un sonido de estática y finalmente iluminaron el salón, mostrándome otra gala de mármoles del antiguo paraíso que visitaba.
—"Esto sí que es un asco —rezongó Catalina, furibunda. Siquiera se preocupó de aparecer en el recinto—. Lo único que se conservan originales son las paredes y el piso. Ah, y esa lámpara con pétalos movibles hecha por mi buen Lalique —señaló una al estilo Art Decó que colgaba del techo, semejante a una flor semiabierta de hierro y cristal—. En esta sala ofrecía mis recepciones, me pregunto dónde habrán llevado todas las mesas de mármol negro Portoro. Sólo quedan unas pocas decorando el vestíbulo, ni quiero hablar de las porcelanas y el resto de los adornos."
—"Ahora es un salón para conferencias. Proyectas lo que quieres discutir sobre esta pantalla. Otras personas lo ven, para después comentarlo —expliqué, intentando que mi descripción le sonara como algo práctico y hacerle olvidar un poco lo terrible que podría ser la necesidad del progreso—, luego es muy usual que se haga un brindis. Así que no ha variado mucho el concepto..."
—"¡Pamplinas! El brindis era sólo el punto clave dentro de toda una noche de jolgorio ¡Ninguno de los "encopetados señores" que hoy visitan esta sala han bajado una copa de champaña por sus gaznates igual a las que yo servía! —su lenguaje había perdido cuanto recordaba al de una burguesa, tanto era su enojo— ¡Tú misma podrás afirmarlo!"
Me vi con un cáliz lleno de burbujeante champaña en la mano, vestida a la usanza de los años 20 en Europa. Una libélula de cristal Claro de Luna lanzó sus destellos sobre la palma de mi mano. Bastante próximos al sitio donde me hallaba, gran cantidad de señoras y caballeros de alta sociedad unían sus copas en honor de la feliz propietaria. Cerré el puño sobre la miniatura para no extraviarla y buscando habituarme a la nueva situación, bebí lentamente del cáliz.
—Espero que sea de su gusto el regalo, madeimoselle —comentó un distinguido caballero de grandes bigotes y aire bonachón que se hallaba tras de mí—. Puse mucho empeño en esa miniatura, me siento tan orgulloso del nuevo cristal que pienso llevarme la fórmula conmigo al Más Allá.
—Lo supuse, que se trataba del Claro de Luna —ya nada lograría impresionarme, Catalina me llevó a romper con todo lo que yo consideraba inverosímil y le devolví una reverencia—. Por lo tanto, hablo con el eminente joyero, maestro René Lalique ¿Cierto?
—Mon Dieu! Ni tanto, ni tanto, apenas un artista —respondió sonriendo, mientras acompañaba la negación con el gesto de su mano—. Pero eso significa que algún sentimiento causó en usted mi obra y por ella me recuerda. Un simple cristalero jamás pediría otra cosa que ser amado por su trabajo.
—Quisiera preguntarle, sin pecar de impertinente, ¿qué hace usted aquí, tan lejos de su Francia? —solo después de formular esa cuestión, recordé mi primer vislumbre, sentada en el taxi. Me sentí extremadamente imperfecta por no usar la lógica, Juan Pedro Baró lo había mencionado antes como alguien muy cercano a él.
—No se preocupe, madeimoselle. Soy invitado del señor Baró, quien es mi actual Mecenas. Uno muy espléndido, a decir verdad, si tenemos en cuenta el nuevo taller que me costeó —alzó su copa en dirección a él con un ademán de agradecimiento y volvió a sonreír—. Pero más que inversor, es preciado amigo.
¡Si él supiera a cuánto ascendería el costo de su obra en mis tiempos! Papa guardaba figuras decorativas y juegos de cristalería Lalique por los que pagara una buena suma, catalogándolas de trabajo perfecto.
—"Suficiente, vámonos de aquí. Creo que tengo jaqueca" —la imagen se disolvió, encontrándome a una Catalina hastiada que me arrastró puerta afuera. Siquiera me dio tiempo a sentir la pérdida de la cara libélula, quizás había remontado el vuelo junto con mi ensueño.
Otra vez estaba en el hall, donde percibí el uso de otros mármoles exóticos a la par que caros, allí estaban el negro Portoro y el Giallo di Siena. Elevándose frente a nosotras, una escalera helicoidal de pasamano laminado en plata, donde justo a mitad de la misma, un vitral con dos escudos de armas le ofrecía más distinción al inmueble.
—"Es francés, fue diseñado por Gaetan Jeannin, de la casa Billancourt de París. Lo gracioso del asunto es que mi progenitor era un noble con su bonito escudo de armas, aunque no podía usarlo ni tenerlo en el frontis de la puerta, debido a que pertenecía a la tercera línea de sucesores de la familia. Por otro lado, Juancito siempre quiso mostrar el doble título nobiliario que poseía, herencia de su abuelo; I marqués de Santa Rita y I vizconde de Canet de Mar —Catalina señaló con el índice, henchida de orgullo, como si se tratara de una fiscal segura de la victoria—. Así que nada ni nadie lo detendría de mostrarlos en nuestra propia residencia. Colocó el de los Lasa a la izquierda y el de los Baró a la diestra."
—"Presumo entonces que los dormitorios estaban en la planta superior, ¿cierto? —Hice un ademán de avanzar peldaños arriba hasta el tope de la escalera—. Justo donde ahora se hallan las oficinas."
—"Esta es la parte con la que más incómoda me siento —bufó, conforme aparecía en sus manos un abanico de plumas amarillas. Fue divertido verla fingir que aquello aliviaba una falta de aire inexistente—. No subas, es demasiado triste cuando te percatas que no queda nada de los mármoles rosa del baño, o los espejos enmarcados en plata de mi vestidor. Solo el dormitorio de Juan conserva las paredes recubiertas de caoba —aún en su incomodidad, se permitió una broma—. Por más que me tiente descubrirte cómo se abrieron las puertas del Edén junto con las de esta casa, no voy a mostrártelo."
—¡Hmph, preferiría que tal desfachatez la dejaras enterrada en lo más profundo de tu mente! —le solté sin ambages, ya predispuesta con su liberalidad. A eso le sumaba el hecho de saber que tan bellas obras de arte, fueran de la índole que fueran, terminaran masacradas bajo la justificación de consagrarlas a mejores propósitos—¡Ahora, solo tengo deseos de subir y ofrecerle una buena tanda de latigazos a esos estúpidos. Lo que han provocado no es nada en comparación con lo que mi látigo puede hacer…, pero son capaces de intentar a toda costa que haga un hermanamiento de Alemania con La Habana! ¡Y no estoy de humor para los negocios!
—Señora, ya sé que los antiguos dormitorios no existen y ahora son oficinas, pero no es para tanto ¡Cada vez que viene un turista es lo mismo! —gruñó el portero, siguiéndome los pasos— Que si no conservan la casa igual a esos tiempos, que si se pintaron los alabastros…
Preferí obviar la verborrea de mi acompañante, a quien Catalina acababa de bajarle de golpe la cremallera. El hombre lo notó y erizándose, me dejó sola para ir al baño a componerse, balbuceando algo que sonó como '¡Sía, caráj, desprende muerto oscuro!'
—"Más razones tengo yo para sacarlos de aquí, pero ya me aburre infartarlos del susto y no resolver nada —me señaló hacia la esquina inmediata a la escalera—. Como por ejemplo, la tentativa de reducir a polvo esa cosa tan horrenda."
Solo un objeto rompía con el gusto exquisito del vestíbulo, cierta escultura de titanio que buscaba representar unas manos estrechándose. Por supuesto, alguien la había donado como un símbolo que reafirmara el uso actual del inmueble como Casa de la Amistad.
—"Esto es repulsivo. Otra clásica representación del estilo 'Pereza Postmoderna'".
—"Cuando la trajeron, estuve toda una noche intentando hacerla trizas con un martillo, pero lo único que conseguí fue que al guardia le dieran espasmos. El hombre corrió afuera y buscó a otro, luego vino otro más parecido a un doberman. Vio los destrozos que yo había logrado hacer, entonces le dijo a sus compañeros; —Catalina imitó con voz grave— 'aquí no ha pasado nada ¿ustedes no saben que esto es zona volcánica? ¡Eso fue producto de una sacudida telúrica! ¡Nos la llevamos, la arreglamos y ya está… pero aquí no pasó nada! ¿Entendido?' Luego de una semana estaba de vuelta, recompuesta y afeando el vestíbulo ¡Imagínate, volcanes debajo de mi residencia!"
—"¡Ack, eso es algo tan estúpido que ya me puse furiosa! ¡Y ahora estoy sumamente hambrienta!"—con todo gusto le propiné un buen latigazo a la bazofia de titanio. Mucho que me había contenido. La joven de la puerta se volvió, pero no dijo nada y prefirió atender a la nueva pareja de turistas que llegaba. Oí una voz de hombre arriba en las oficinas gritar '¡Recontra, Manolo, dile a los extranjeros que no choquen más con la escultura, que la van a deformar!... Yo no sé para qué tenemos portero.'
—"Mejor nos vamos, antes de que ese tipo salga del baño. Si tienes hambre puedes tomar un refrigerio en el jardín."
—"¿No hay salón comedor en esta residencia?" —la miré aturdida. Por supuesto, era un imposible, pero Catalina me indicó nerviosa que la siguiera. No comprendí por qué me limitaba el acceso a un lugar tan común.
—"Lo hay, pero sin comida. O sí la tiene, pero lo reservan con antelación para diversas celebraciones. Ahora lo está, sugiero que atravieses el Portal del Sol para llegar a una especie de fonda que han construido en el lateral de la casa —al seguirla, imaginé cuán mal debía sentirse respecto a esos cambios burdos. Por un momento la perdí, a causa del sol y reapareció bajo la sombra del Portal—. No se llevaron mi escultura de Venus porque está pegada al suelo. Era mi diosa favorita, justo como Isis. Tampoco es cierto que posé para ella, pero muchos lo creyeron. La que había junto a la escalera desapareció, vaya usted a saber dónde habrá ido a parar. Hay algunas representaciones que eran de mi propiedad en la mansión de la condesa de Revilla ¡Pobre dama, tiene que ser feliz ahora que ha visto algunos de mis bienes trasladados a su residencia de verano… ¡Perdón, Museo de Artes Decorativas!"
—"Um, esto parece un buen sitio para descansar" —intenté cubrir el bostezo con la palma de la mano. La verdad es que el consabido Portal del Sol invitaba a quedarse allí y pasar horas enteras leyendo o simplemente, relajándose con una bebida fresca. Opté por sentarme en una mesa junto a la fuente de mármol gris con piso de cerámica vidriosa, luego de llamar a una joven mesera. Trigueña de piel y cabellos, sus ojos negros tan vivaces parecían sonreír a par que sus labios. Vestía el uniforme con sencillez y decoro, luciendo en la corbata un alfiler de brillantes que me pareció de muy buen gusto. Inquirió solícita mi orden y tuve a bien pedirle unos bocaditos de queso y una piña colada.
Luego de retirarse la joven, centré mi atención en las paredes recubiertas de tabloncillos hasta el techo, por donde iba trepando la enredadera que revestía esa pequeña estancia al aire libre. Con una opresión contenida, solté peligrosamente la lengua—… "es más bien parecido a esa trepadora, ¿sabes? Lo que sea que ambos sentimos. Creció equivocando el rumbo, se enredó y tardó más en hallar la luz del sol, asiéndose a lo que podía para no marchitarse, negándosele el agua..."
—"Pero aún así, retoña y consigue expandirse —afirmó Catalina, más experta que yo en asuntos del corazón, ocupando el asiento vacío frente a mí. Como lo hubiese hecho cualquier amiga. Desató el hermoso cabello rubio, dejándose caer hacia atrás y buscó relajarse—. Aquí solía leer, con tantas personas ya ni eso puedo. No, no voy a quejarme. Las historias de muchos visitantes son mejores o peores que cualquier novela, solo tengo que oír atentamente… ¿Conoces algo de literatura cubana, poesía quizás?"
—"No mucho —casi me avergoncé al decirlo, me consideraba poseedora de una cultura universal bastante amplia. Quizás el término jamás incluyó a esta pequeña isla, por desgracia—. Apuesto a que preferías el tema erótico."
—"En la poesía, modernista y romántico. Juancito bromeaba diciendo que sólo podía traicionarlo con Julián del Casal o su tocayo Juan Clemente Zenea —sonrió ella, inmersa en los recuerdos—, claro, nunca lo hubiera propuesto de estar vivos. 'Nos juramos fe constante, dulce gozo y paz eterna, y llevar al otro mundo un amor y una creencia' —entonó sublime los versos, como si los cantara—. Juan estudió hasta las inflexiones que debía brindarle a cada estrofa para hacerlas más intensas, cuán astuto. Como todas las parejas, a veces discutimos…, entonces abría con suavidad la puerta de mi habitación y lo sentía próximo a mi espalda. Luego su bigote me hacía cosquillas en el lóbulo mientras susurraba 'Nunca turbamos con ceño adusto la paz del sentimiento; y nos bastaban para dicha y gusto, modesta casa y corazón contento... Dejémonos de tonterías, Catalina. Estamos desaprovechando el poco tiempo que Dios nos ofrece'. Su voz en mi oído y mi espalda contra su pecho, los brazos poderosos rodeándome y buscando que lo sintiera en su totalidad vertical —suspiró, tan abstraída que temí se desvaneciera por causa de las memorias ¡Lo que más me contrariaba era mi cada vez más creciente deseo de vivir en carne propia ese bienestar ajeno! Escuchándola invoqué a Miles para que no demorara su viaje, me prometí en silencio a él, jurándole sin una palabra la entrega más febril y voluptuosa que hubiera experimentado—. Perfecto, no lo eches a perder ahora."
—¡Ack! —la fantasía de mis ofrecimientos se quebró al oírla. Di un puñetazo en la mesa que hizo saltar plato y copa— "¡Otra vez esa actitud de alcahueta pomposa! ¡Ya basta de meterte donde no te llaman!"
—¿No le gustaron los sándwiches, señorita? —me preguntó la dependienta con preocupación, retirando los utensilios antes de que cayeran al piso. Yo aún no terminaba de comer los bocaditos— ¿O la piña tenía mal sabor?
—Lo siento, es que había una salamandra lengüilarga frente a mí —dije, mirando a Catalina fijamente—. Saltó de improviso, quitándome el apetito, así que puede retirarlo todo sin problemas.
—Debió caer de la enredadera —musitó la jovencita, observando el techo para después sugerirme—. Por favor, si lo desea cámbiese para el otro portal.
La seguí de mala gana, Catalina se veía puerilmente ofendida por la comparación y quedó atrás. Doblamos a la izquierda justo donde se hallaba la cafetería, vi otra serie de mesas y sillas bien dispuestas llena de ocupantes, en un portal aún más amplio al que daban las mamparas de la biblioteca y el salón ya visitados. Se abría en ese lugar una especie de patio con fuente y bancos. A cierta distancia, los setos delante de la reja limítrofe impedían ver de uno u otro lado. Alcé la vista para notar un poco hacia la diestra, una casa en la acera del frente que reconocí de inmediato.
—"Esa es la terraza de la pieza que renté, ¿verdad?" —me ruborizó el gozo infantil de mi pensamiento. Sin embargo, no hubo respuesta—. "Tsk, di luego que soy inmadura."
Ocupé la única mesa que no tenía más que una silla y pedí a la dependienta otra piña colada. Si Catalina quería hacer silencio, mejor. Bastante habíamos compartido y temía que lograra precipitarme de lleno a los brazos de Miles si continuaba escuchándola. El gusto dulzón de aquella bebida embriagadora me hizo relajar y sólo percibía el suave maullido de los gatos que vagaban por el jardín.
—"Me pregunto qué harás ahora, Franziska vonKarma" —Catalina estaba frente a mí, apenas visible por la claridad. Noté su expresión solemne, como si al igual que la gitana a Carmen, hubiese predicho mi caída.
Se desvaneció, y observé las mamparas de la habitación contigua a la mía abrirse. Reconocí la figura de mi arrendadora, seguida de otra que me hizo estremecer involuntariamente. Un As de Copas se deslizó por mi regazo.
