4

"Si el sol estaba presente, tan presente que a las diez de la mañana su realidad se hacía harto deslumbrante para las mujeres de la casa, había que modificar, atenuar, repartir, sus fulgores: había que instalar, en la casa, un enorme abanico de cristales que quebrara los impulsos fulgentes, pasando lo demasiado amarillo, lo demasiado áureo, del incendio sideral, a un azul profundo, un verde de agua, un anaranjado clemente, un rojo de granadina, un blanco opalescente, que diese sosiego al ser acosado por tanto sol y resol de sol."

(Crecieron las mamparas cubanas. Alejo Carpentier)

Sentí un movimiento incómodo luego de aparcar el auto rentado, como si algo tirara hacia abajo. Abrí de inmediato la puerta y observé que la parte delantera izquierda se había sumergido en un charco lodoso frente a las puertas de la residencia colonial. Intenté no moverme con rudeza buscando evitar que aquel barro mugriento se colara dentro del automóvil, pero la tentativa de poner el pie sobre el contén, salir después y sacar a empujones la goma del hoyo, derivó en un mal giro del tobillo así como terminar hundiendo por completo uno de los zapatos y el bajo del pantalón en el agujero. Sumado a eso, las presiones de la rueda contra el filo de éste provocaban que se agrandara al estar quebrado el asfalto. Lamenté no tener el refuerzo de Gumshoe, tan útil para esta clase de labores y sin darle más vueltas al asunto, puse todo mi empeño en liberar el auto. Me felicité al conseguirlo después de un enérgico tirón, cuando la rueda explotó con un ruido estridente desinflándose junto a mi victoria. Abrí los ojos espantado, mientras retrocedía evadiendo las salpicaduras. El coche fuera del hoyo, pero lleno de mugre hasta las puertas. Al dar el paso atrás, me topé con una persona a mis espaldas; su gemido hizo que me volteara y reconocí a la dama que me rentó la habitación. De físico era muy semejante a la señora de edad indescifrable envuelta en el caso de repostería, Delicia creo que se llamaba.

—¡Ay, qué pena! ¡Qué vergüenza! Mira eso… Acaba de llegar y ya se le poncha la goma ¿Cómo no vio el hueco? Bueno, es que se llenan de agua hasta el tope y parecen un simple charco —la forma en que la mujer repetía una y otra vez mis desgracias provocó que le hablara con resentimiento.

—Si pudiera dejar a un lado el tema, le estaré agradecido.

—¿Quiere que mis niños lo ayuden? ¡Driguito! ¡Leyva! ¡Ramsés! ¡Oscarito! ¡Vengan a darle una mano al señor! —Ese afán propio del cubano de ser tan solícito y al que yo no acabaría de acostumbrarme nunca, dado mi carácter desconfiado… La propietaria hizo señas a ciertos individuos más allá del muro de la entrada para después observar con detenimiento el coche, luego el bajo de mi pantalón. Debí suponer que se repetiría el conteo de infortunios y escabullirme reja adentro antes de que me atrapara de nuevo en sus lamentaciones— ¡Ay, Dios mío, pero qué pena! ¡Si mira como tiene el pantalón! ¡Y debe ser carísimo! Cuando se lo quite me deja lavarlo, quedará nuevo de paquete.

—Lo siento, pero he de negarme —¡Solo eso me faltaba! Años atrás, retener como evidencia la camisola interior de la vieja Oldbag había desatado un torbellino de latigazos, mejor ni figurarse lo que vendría a continuación si Franziska viera mis pantalones en mano de la casera. Por supuesto, no me preocupaban sus celos infundados y pueriles, o que se le ocurriese pensar cualquier insensatez morbosa; era el método con que los hacía evidentes la causa de mi precaución—… Mmph, sería un gran alivio si pudiera ir a mi estancia de inmediato.

—Despreocúpese, los muchachos van a encargarse de todo. El papá de Ramsés tiene una ponchera —señaló a uno de los jóvenes mal encarados que se acercaban, el más rechoncho de todos. Al inicio creí que su malestar se debía a las insistencias de la madre porque colaboraran en el negocio, luego me percaté de que los motivos del encono eran otros muy diferentes— ¡Y no empiecen a quejarse o les suspendo a todos el jueguito en el traste ese que me tienen conectado al televisor!

—Ño, asere, la pura se pone del diablo. Primero le alquila a un tipo que nos sapea con la jevita y luego nos quiere dejar sin recreo —escuché decir al mulato de grelos, quizás el que peor me ojeaba, para luego sumarse a quitar la goma junto con el llamado Ramsés ¡Argh! Por más aversión que le tuviese a la jerga mundana, la conocía tan bien como ellos mismos, aunque no pretendiera usarla jamás… ¿Qué modos eran aquellos de referirse a su madre? ¿Y quién era la "jevita"? ¡Vaya forma de llamar a una dama!—. Ahora sí que se nos chivó el invento.

—Dame un chance, puro —el rubio de ojos verdes me apartó para cargar mis maletas de pésima gana—. Una mano ni una mano… Mano e gaznatones es lo que se merece por hacernos papilla las esperanzas. Y lo buena que está la alemana.

—¡Andrés Clemente Leyva! —mi casera hizo lo imposible porque yo no le prestara interés a la bravuconería de su hijo, poniéndose entre ambos y dándole un soberano cocotazo— El señor entiende muy bien el español y no es manco, ¿me oíste? ¡A ver si me buscas un problema con los Estados Unidos! ¡Tantos años para normalizarse las relaciones y vienes tú a formar un lío internacional!

—Vaya, Leyvita, se cayó tu atardecer y tu besito en el Malecón —se burló el más oscuro de todos, creo que Oscarín de nombre. Imploré mentalmente porque no sacudieran más las maletas ni trataran de pelearse con ellas—. ¿De verdad te pensaste que la niña iba a caer con algo tan fuera e' vista?

—Yo no soy fuera e' vista, soy romántico. Pero tú sí eres tronco de tacaño ¿a dónde la ibas a llevar, a montar bote en el Río Almendares?

—Hmph, la juventud de hoy en día. Qué talento más desaprovechado —manifesté con aire de superioridad ofreciéndoles la espalda y me dirigí hacia la entrada de la casa. No pude evitar una sonrisa irónica; la idea de Franziska hecha una furia obsequiándole sus latigazos al hijo de la dueña para lanzarlo al río después, hizo que olvidara por un instante las contrariedades.

Mi arrendadora se apresuró a tomar la delantera y abrir la puerta. Yo quedé en pie junto al pórtico, esperando que los dos impertinentes se dieran el gusto de hacer un maratón desde el muro hasta el sitio donde me quedaría, con mi equipaje a cuestas. Los tales Ramsés y Driguito jugaban a rodar la goma entre ellos, hasta que su progenitora les gritó una palabrota con la misma entonación con que se diría un ¡Protesto! Cuando los otros hijos regresaron de su obligación, sentí que me lanzaban un reto con la mirada. La casera se volvió para susurrarme.

—No les haga caso, están medio alborotados desde que tenemos a esa muchacha de Alemania ocupando la pieza frente a la suya. Es lógico, joven y bonita, les trastorna el juicio. Aunque Oscarito, que sabe idioma, la escuchó maldecir en su lengua toda la tarde y la noche de ayer —nerviosa, la vi frotarse las manos en el delantal—. Espero no sea un inconveniente, quiero mantenerlos a los dos sin que hayan disgustos entre ustedes.

—Le aclaré desde que hice la reservación, que soy fiscal general en mi país. Estoy acostumbrado a tener que lidiar con problemas bastante serios y ella no lo es, o para mí no lo será —deseé que la susodicha estuviera a unas cuantas millas del pórtico, si llegaba a escucharme quedaría convertido en algo similar a pulpa de guayaba. Hice un gesto con la mano, indicándole que le daba la prioridad—. Damas primero.

—Venga, venga —respondió agradecida y me condujo hasta la planta superior. Opuesta a mi cámara, separadas por un pequeño hall, estaba la de mi compañera—. En esa otra es donde se hospeda la chica, pero salió hace un buen rato, no va a ser posible que se la presente.

—"Me alegro de que así sea" —pensé, imaginando la reacción de Franziska si la pobre mujer le soltaba de buenas a primeras la noticia de haber alquilado el cuarto aledaño… "a cierto fiscal de Los Ángeles porque por semejanza en sus trabajos, deberían llevarse muy bien"— ¿Le importaría si le pregunto algo? —ante lo absoluto de su gesto negativo, indagué sin rodeos— La joven alemana, ¿está sola? Cuando salió ¿alguien la acompañaba?

—¡Válgame el cielo! Esa muchacha tiene un mundo atrás ¿Usted también va a ponerse a la par de mis hijos? —al notar cómo yo enrojecía de rubor y furia, decidió no incomodar a su cliente— Bueno, eso ni me preocupa ni me incumbe. Si pagan, tanto da que la galantee o monten una orgía, siempre y cuando no haya escándalo.

Definitivamente, no estaba acostumbrado a tales niveles de libertinaje, pero la mente humana es traicionera y me jugó la pésima carta de imaginar a los cuatro salvajes que habitaban la casa irrumpiendo en la cama de Franziska, dando saltos a su alrededor, mientras ella intentaba golpearlos con el látigo.

—¡Ack! —intenté borrar de inmediato la espantosa visión.

La casera observó consternada el sobresalto en mi rostro.

—¿No le gusta el cuarto? Lo arreglé ahora mismo, está limpio, todo nuevo.

—Discúlpeme, acabo de figurarme un homicidio —dije, conforme dejaba correr mis dedos por la frente, secando unas pequeñas gotas.

—¿Aquí? —la arrendadora me ojeó asustada— ¡Aquí nadie se ha muerto! ¡No vaya a decirme usted que aparte de fiscal, es médium!

—Ngh, olvídelo. Fue una asociación de ideas.

—¡Ah! Porque yo le aseguro que ni mis padres fallecieron aquí ¡La casa estará vieja, pero limpia de todo eso!

—"Casa vieja, pero limpia" —sonreí con ironía, la graciosa propaganda seguro la adaptaba a disímiles circunstancias. Lo mismo a la hora de arrendar que al recibir a un inspector sanitario.

Mi habitación era la típica de los comerciales para rentas, donde se mostraba las maravillas de alquilar un dormitorio colonial. La cenefa con motivos art noveau dividía la pared un poco más arriba de la mitad, todo pintado en matices pastel. Abajo un azul cerúleo y hacia lo alto, celeste. El único detalle anacrónico era el climatizador; por lo demás, tanto el lecho como sus mesitas aledañas, armario incluido, formaban un elegante juego al estilo colonial. Este último con sus tradicionales puertas de espejo enmarcado, todo en madera preciosa. Me agradó sobremanera y despertó cierta nostalgia encontrar una percha muy semejante a la que tuviera mi padre. Conjurando esos recuerdos, preferí centrar todo interés en el escritorio de la esquina izquierda, próximo a las mamparas que debían abrirse hacia una especie de terraza. El mueble semejaba un secretaire, con su espacio abultado para ocultar lo que se decidiese y le seguía una hoja plana en la que podría colocar mi laptop, momentáneamente sobre la cama.

—Si quiere le abro las ventanas y puede salir al balcón. Aunque a esta hora el sol está muy fuerte y no corre aire —la dueña parecía muy contenta al verme satisfecho, de seguro pensando en alguna propina—, mire cómo se reflejan los cristales en el piso.

—Ah, es cierto. Mejor absténgase o el dormitorio se convertirá en un horno, creo que será más práctico encender el climatizador —le indiqué con un gesto del índice y la mujer hizo inmediatamente lo que pedía. En tanto, admiré la pieza de arte criolla realizada en madera y cristal—. Me siento relajado con solo mirarlas.

No me eran ajenas las famosas mamparas que habían sido inspiración de algunos pintores y literatos cubanos. Aquellos abanicos de colores vistosos en el tope de éstas eran una barrera efectiva contra los chispeantes rayos de sol. El útil ornamento difería de las rígidas ventanas con vitrales, impuestas en la isla por sus habitantes europeos. Consideré meritorio que esos tintes barrocos, impensables para usarlos en otros elementos arquitectónicos, se combinaran tan bien logrando una verdadera obra de arte.

—Bueno, si desea otra cosa estaré en el salón de abajo —mi arrendadora sonrió, ansiosa todo el tiempo de agradar— ¡Y no se preocupe, yo me hago cargo de que Ramsés le tenga la goma lista para esta misma tarde!

—Así lo espero, si me disculpa, tomar un baño relajante es lo que más necesito.

Conforme la propietaria cerró las hojas tras de sí, la horrible sensación vivida muchos años atrás retornó a mi ser. Temí quedar asfixiado, solo que esta vez la causa no era el encierro en un elevador… Sino el aroma peculiar del típico habano llenando la habitación, seguido por estelas de humo que partían desde cierto punto en la esquina del cuarto. Advertí la forma translúcida de un hombre junto al escritorio, que se volvió para encararme. Lejos de lo que pensara, su expresión no era la de otro mortal resentido sino la de un caballero digno, que me observó calculador. En su mano derecha, la pipa causante de aquel entorno brumoso, con la siniestra aferraba un libro al que había marcado la página usando el índice. Con un talante de gallo que no cede terreno y al que respondí cruzándome de brazos, sostuvimos la mirada. Esperé por el término de aquel duelo silencioso, en el que ambos nos medíamos sin otra razón que ser un par de hombres ocupando el mismo sitio. Mi lógica de ajedrez por vez primera quedó en tablas contra la suya. Finalmente, lo vi sonreír con sarcasmo y rompió el silencio.

—"Escuché que una fiscal de Interpol decidió tomarse vacaciones en esta ciudad, justamente aquí. Ahora lo veo a usted, que por el temperamento no me da otra cosa que lo mismo —sorbió de la pipa, expulsando más humo. El tono calmo y razonable, se tornó jocoso al ver el bajo de mi pantalón—…, aunque su traje deja mucho que desear, caballero."

—Disculpe —llevé el puño a los labios y tosí repetidas veces, casi ahogado—, supuse que mi habitación debía encontrarse vacía.

—"¿Por qué habría de estarlo, por ventura? Excelente lugar para leer y fumarse un buen habano. Perdóneme usted, acabo de percatarme que no le he brindado uno —colocó la pipa en el cenicero que había sobre el escritorio y me presentó una lujosa tabaquera. Su figura espectral se tornó algo desagradable al mezclarse con los destellos rojos de las mamparas—. No tenga vergüenza, puede quedarse los que apetezca."

—Se lo agradezco, pero fumar no está entre mis hábitos —por costumbre, traté de acomodarme los espejuelos para denotar más gravedad. Quizás los nervios provocaran el olvido, porque justo entonces reposaban en el bolsillo de mi chaqueta ¡Si nada más los usaba en las horas de lectura! Apenas disimulé la humillación del equívoco, llevando mis manos a los bolsillos. Para mi suerte, pareció ignorarlo.

—"Excúseme, cuán lamentable…, pero sí reconozco a un buen lector solo de verlo —agitó el libro cerrado, sin permitir que se desmarcara—. Compartirá mi opinión respecto a esta novela de Flaubert, ¡no le hallo nada extraordinario, por mucho que leo!"

—¿Eh? ¡Definitivamente, —apreté los puños, tragándome la rabia—…! En mi profesión el tiempo de ocio es muy escaso como para invertirlo hojeando esa clase de género.

—"Yo también carecía de horas libres, ahora tengo exceso de ellas e intento relajarme con la lectura. Esto fue una pésima broma de mi esposa, ¡Madame Bovary! —Golpeó la cubierta del libro con la pipa—. Hacemos tonterías con tal de agradar a una mujer e incluso, nos sentimos felices de realizarlas si logramos que ella sea feliz. A veces me pide imposibles, como que pase de la página veinticinco y así poder comentarla después ¡Mire usted, un hombre severo como yo leyendo novelas! —dijo con tono de resignación, ciertamente debía estimar a su cónyuge para haberse doblegado a tal penalidad— ¿Cree en eso de que los buenos libros tienen una frase ingeniosa doquiera que los abran? Veamos —enmudeció unos segundos; observé con interés el súbito cerrar y abrir del libro en una página cualquiera. Sus ojos reposaron sobre alguna frase que apoyaba esa teoría, pues lo vi sonreír incrédulo—… Escuche, escuche; 'Ojalá nuestros agricultores fuesen químicos', definitivamente no es lo que se dice un texto profundo."

—Me parece que nos distanciamos por completo del tema que corresponde —enarqué una ceja—. No quiero mostrarme grosero, de forma que le vuelvo a preguntar —y lo señalé acusadoramente con el índice— ¿qué hace aquí, cuando esta habitación ya me fue rentada?

—"Señor mío, llevo años viviendo en este pequeño espacio sin causarle inconvenientes a nadie. Le aseguro que jamás tendrá un compañero de cuarto más tranquilo. Puedo garantizarle que los demás ni me ven."

Distaba de considerarme pesimista, sin embargo, ya había pisado la ciudad con el pie siniestro. La mala experiencia del aeropuerto, donde casi llego a los puños con un agente de aduana que pretendía confiscarme el portapapeles con la figura del Samurái de Acero, aparcar en una ciénaga de petróleo, desechar mi traje a causa de ella y como ingrediente final una bienvenida rencorosa por parte de cuatro reproducciones de Larry. Añadir la inverosímil aparición de un hombre, ¡no! de un fantasma en el cuarto rentado era la gota colmando el vaso.

—YO puedo verlo, no entiendo cómo ni por qué —inconforme conmigo mismo por seguir aceptando manifestaciones sin garantía científica, traté de buscar la razón que explicara mi nueva aptitud de médium— ¡G-gaaah! Esto debe ser consecuencia de los intercambios con Maya, y aquel talismán que me dio.

—"Ah, la atractiva dama tiene un nombre tan divino como ella —mi asombroso compañero me dio la espalda con aire jovial. Contemplando los vitrales por donde se colaba el sol, prácticamente desapareció en aquella mixtura de colores irradiados y lo cierto es que ansiaba su total desvanecimiento. Sin embargo, lo único que se disipó fue el ejemplar de Madame Bovary—. Pues bien, Diosa de la primavera, Pléyade en el cielo nocturno de invierno. Entiendo que haya venido a reclamarla."

—¡¿C-cómo se atreve...?! ¡Maya Fey es una amiga! —exploté por segunda vez e hice un esfuerzo para no llegar a la tercera— La fiscal a la que usted se refiere y es digna de respeto lleva el nombre de Franziska von Karma ¡Y usted viola mi privacidad con su impertinencia!

—"Entonces, no debiera tener intercambios con esa joven de la que habló, ni aceptarle joyas que comprometan su objetivo. Caballero, se lo digo por experiencia propia —volvió a tomar su pipa, exhortándome amablemente, a la par que me advertía con ella—, si la joven de Interpol es la que ha elegido, absténgase de cualquier aventura con esa otra dama."

—Grrrr. Creo que siquiera merece la pena intentar explicarlo, no lo entendería —musité cruzándome otra vez de brazos, el dedo índice punteó rítmicamente sobre la manga. Necesitaba recobrar mi ecuanimidad—. Apreciaría que no juzgara tan a la ligera. Hablando de cosas que me disgustan…, la intromisión en mis asuntos privados es una de ellas.

—"Tenemos eso en común. Si bien los agentes de Interpol hicieron lo imposible por husmear los míos hasta el fondo y nada ni nadie los detuvo. La cacareada evidencia está sobre un escritorio en Alemania —abrigaba la sensación de que lo había visto antes. El viejo expediente que me había conducido hasta Franziska contenía dos fotos de los amantes prófugos—. Ahora usted se preguntará; '¿y por qué la toma conmigo, irrumpiendo aquí sin razón aparente, metiendo las narices en mi vida emocional? ¿Para vengarse por lo que Interpol le hizo?'"

—Acabemos con esto, ya de por sí es desagradable pensar que hablo con un… ser etéreo —calmé los instintos de soltarle algo más brusco—. Sus motivos los desconozco, pero le advierto que juega con fuego si pretende hacerle algún tipo de agravio a la señorita vonKarma.

—"¡Válgame Dios, señor mío! ¡Yo agraviar a una dama! —las bombillas emitieron un destello, como si el voltaje se hubiese disparado—Posiblemente usted creyó las patrañas de mi ex mujer o cuanta infamia derramó sobre nosotros la ex cuñada de mi actual esposa, ¡es una calumnia todo lo que se redactó en ese legajo de Interpol! Busque la verdad y no hable a la ligera —pude notar que su creciente disgusto provocaba cortes eléctricos en la estancia; de no hacer algo para controlarlo, mis bombillas terminarían rotas— ¡Por una insinuación como la que acaba de hacer lo hubiese retado a duelo! ¡Usted me ofende!"

—En ese caso, entenderá como me siento yo si después de haber leído tal expediente y arribar a un país extraño, me tropiezo con el fantasma —creí que debía excusarme por el modo de referirme a él—…; lo siento, la energía sin canalizar de aquel supuesto villano, dispuesto a inmiscuirse en mi situación con la señorita von Karma.

—"No fui un alma de Dios, sin embargo tengo la conciencia tranquila, y me gané el derecho a serlo ahora. '¿De mujer? Pues puede ser que mueras de su mordida; ¡pero no empañes tu vida diciendo mal de mujer!'. Tal fue y es mi credo; insignes palabras las de nuestro Apóstol —me soltó arrogante, para después componer su bigote—. Si aquellas que más se empeñaron en cubrirme de oprobio jamás recibieron una afrenta de mi parte, no tengo motivos para tomar venganza de la cautivadora señorita."

Excelente, acababa de ofrecerme una lección de moral, con todo aún no me decía las razones del vivo interés que lo llevó a motivar nuestro encuentro.

—Le ruego me cuente la verdad, ponderando lo anteriormente visto, algo o alguien le ha puesto en mi camino y sabe más de lo que pudiera inferirse a simple vista. Dígame, ¿acaso mintió a sabiendas con tal de no exponer a Maya Fey? —la suposición hizo que mi ánimo se aplacara. Coloqué ambas manos en los bolsillos, pero si bien estaba exhausto, no bajé la guardia, sosteniéndole la mirada— Puedo someterlo a interrogatorio hasta descubrir si es ella quien está detrás de todo esto.

—"Joven, me preocupa usted. Continúa insistiendo en la otra dama —el hombre arqueó una ceja y me observó con desconfianza, esta vez fue él quién se cruzó de brazos—, ¿está seguro de que no va tras la hermosa fiscal por mero capricho? ¡Y luego me tacha de bribón, señor mío!"

—¡Nnghoooh! Es hora de poner las cosas en su lugar, la señorita Maya Fey sólo es mi amiga. Se trata de una médium, tiene la facilidad de… u-uhm —me llevé la mano a los labios y tosí, buscando aclararme la garganta—, canalizar y relacionarse con… entes espirituales. Nada me asombraría que dado su talento para meterse donde no la llaman, lo hubiese conducido a usted a seguir mis pasos.

—"¡¿Pero qué clase de hombre piensa que soy?! —la pavorosa combinación de su imagen etérea bajo los fulgores encarnados, y las bombillas apagándose una tras otra, vaticinaron poco de bueno— Hierra de parte a parte si cree que obedezco los requerimientos de cualquiera, solo por que sea mujer. Se trata de algo especial o jamás me hubiese molestado."

—"Me niego a creer que… ¿Pearl?…, aunque sería lógico pensarlo. Esa obsesión… —los gritos de los mal encarados Leyva y Oscarín '¡Manda esto! ¡Apagón! ¡Ahora que tenía fundío al jefe de nivel!' Y la consiguiente respuesta '¡Larva, eres una larva, el apagón te salvó!' me llegaron desde la planta baja, aunque no consiguieron abstraer mis cavilaciones— Ya es mayorcita para seguir fantaseando igual que cuando era niña, pero…"

—"¡Vaya deshonor el suyo, caballero! Entendí que la muchacha con nombre divino era una conocida —aferró los puños a las solapas, observándome grave— ¿También la jovencita de sus pensamientos? ¡Eso es más degradante que la sórdida acusación de forzar a una esclava en mi propia residencia!"

—Odio decirlo, pero quien está a punto de retarlo a duelo SOY YO —habíamos terminado a centímetros uno de otro, mirándonos como si un careo fuera cuanto necesitábamos para sacudirnos las mortificaciones. En ese instante siquiera medité lo que podía ganar lanzándole un buen derechazo a su mandíbula etérea.

—¡Dios mío, casi pensé que me hallaba frente a los gallos de Mariano! —el timbre primoroso de aquella voz se convirtió en visión hechicera. Una joven de antaño que podía eclipsar al sol de mirarlo y éste, preso en sus fulgores, someterse a la voluntad de ella, floreció de la nada. Comprendí al instante los motivos de mi antagonista para declararse feliz complaciendo sus gustos. No tenía que interponerse entre los dos, bastaba una palabra y la hubiéramos obedecido. Repentinamente pensé en Franziska, de algún modo guardaban cierta similitud; el aura de ambas gritaba 'Mujer orgullosa, aún incorpórea, lo es'. Con paso grácil fue junto a mi rival; ya a su lado, le sonrió para después reclinar tiernamente la cabeza sobre su pecho.

—"Es por una dama…, o por dos, que accedí a ser partícipe de una situación como ésta —dijo, exhalando un suspiro que mitigó su gesto furibundo—. No es para nada mi proceder; cada quien a su batalla, que en la mía no tuve más ejército que yo mismo. A nuestra causa únicamente se unió el vacío, los supuestos amigos voltearon las caras debido a la reprimenda moralista que impuso la sociedad ¿Qué saben los abogados del amor, cuando juegan con él a su antojo en esos casos que no sienten ni padecen?"

—"Por favor, Juan. Dejemos atrás los recuerdos, te lo suplico" —ella lo miró implorante, aunque su carácter distaba mucho de parecer resignado.

No lo había vivido en carne propia, sin embargo, una de las cosas que más temía Franziska era justamente la perniciosa labor de los paparazzis. Levantar calumnias y acabar con la vida privada de cualquier personalidad que consideraran de interés, era su aliciente. Decidirnos a estar juntos implicaría tarde o temprano levantar una barrera contra ellos. Seguía encontrando muchos puntos comunes en nuestras vivencias, a pesar de tratarse de dos casos completamente distintos.

Conocía de sus años convulsos, a partir de ser descubiertos en el hotel Inglaterra y verse obligados a huir a Europa; cuando Interpol los persiguió y toda la parafernalia que sufrieron más tarde, ocultándose y brincando las fronteras usando toda clase de disfraces hasta llegar al Vaticano y lograr la dispensa papal que les otorgó Benedicto XV. Por supuesto, el Papa se conmovió no sólo con la historia de sus amores tan duramente repudiados, sino ante el generoso donativo de Juan Pedro Baró, gracias a esto al menos lograron casarse bajo la ley francesa. Toda la parafernalia estaba bien descrita en aquellos documentos. Catalina, víctima de su tiempo, que permitió al primer esposo negarle la solicitud de divorcio y quitarle sus hijos. Juan Pedro Baró, víctima de la ignominia, calumniado por la alta sociedad habanera que lo tildaba de Don Juan. La misma que le abrió meramente las puertas cuando regresó con la dispensa, luego de enviar costosísimos regalos, incluyendo a la esposa del entonces presidente ¿Qué justicia se les hizo? Lo peor de todo radicaba en que yo sabía del amargo final, por desgracia.

—"Bien, es de mi parecer que ambos ya hemos tenido suficiente careo de testosterona cuando en realidad hay que ocuparse del bello sexo —él siempre al tanto de las damas. Quizás por eso muchas apreciaban ese atractivo que sumado al físico, lo habían convertido en un Tenorio—. Guardemos el orgullo para las cuestiones de honor."

—"Discúlpenme los dos. Pensaba que tendrían un intercambio más ameno y los encuentro a punta de escopeta ¡Juancito, al final, si las cosas terminaron de esta manera fue culpa mía! —Llevó gentilmente una mano a su pecho y abrió los ojos aún impactada por las circunstancias—. Los hombres son como niños, aún no acabo de aprenderlo. Buscan la mínima justificación para violentarse. Apuesto a que siquiera han intercambiado los nombres."

—"Querida, esto es vergonzoso —Juan Pedro Baró se atusó el bigote, justificando sus acciones—. Te aseguro que el señor Eduvigio y yo estábamos a punto de entendernos por las buenas."

—¡¿E-eduvigio?! —protesté con sobresalto ¡Jamás supuse que mi apellido pudiera tener una variante tan ridícula en el idioma castellano!

—"Mi adorado Juan, te conozco bien como para saber lo mucho que añorabas entrar en pugna con otro ente masculino, aunque después terminaran haciendo las paces —ella lo miró de soslayo, con toda picardía, a la par que le arreglaba las solapas—. El atroz bautismo del señor Edgeworth prueba que ni memorizaste su nombre —Inmediatamente dirigió sus atenciones a mi persona, excusándose por compararnos con las aves al óleo de Mariano Rodríguez— ¡Cuánto lo siento! Pero si usted se niega a perdonar tal descalabro, al menos considerará mi pretensión de convertirme en su amiga. Soy Catalina Lasa del Río, señora de Baró."

—Arnngh… Miles Edgeworth, es un gusto conocerla —no sólo la edad me había suavizado, imposible oponerse al gentil encanto de esa mujer. Podía tildársela de frívola, pero sus ademanes eran propios, la gracia un don y nada ficticia. '¡Capaz de llenar un salón ella sola!', tales fueron las palabras de un testigo que habló a su favor. Al tenderme la mano, pude besar una esencia cálida con olor a rosas. Por momentos olvidé su condición espectral, y tanto Juan Pedro Baró como Catalina Lasa comenzaban a verse naturales—. Nunca rechazaría el ofrecimiento de una dama.

—"Pues, ¿cómo puede hacer esperar a una? La señorita Franziska von Karma, por lo que sé, aguardó lo suficiente y no somos eternas —Catalina me observó contrariada—. Ella tiene un problema…, yo quiero ayudarla ¿Qué le impide hablarle de sus intenciones, ser más persistente?"

—Comprendo lo que quiere decir, pero no es tan simple como usted refiere. Franziska padece un mal, producto de la estricta educación recibida. Teme al contacto físico, a la dependencia que genera esa atracción —Alcé las palmas de mis manos con desaliento—. Su padre hizo lo imposible por extirparnos cualquier átomo de sensibilidad, en el afán de volvernos rivales. Todo su empeño lo dedicó a volvernos la existencia un infierno; convertirnos en dos personas incapaces de aceptar algo tan obvio, aún cuando él ya no estaba. El nombre científico es Hafefobia.

—"No entiendo mucho de las cosas modernas, pero intento adaptarme y estar al corriente, ahora puedo aprender sin verme limitada —comentó ella, feliz de su nueva libertad. Intuí que podía ser una de las causas de su atadura material a la tierra. Pronto cambió la expresión a otra descontenta — ¡Qué hombre tan infame! Le arrojó leña al fuego para después regocijarse en verlo arder."

—También es mi culpa, Franziska solía echarme en cara que yo trataba de ir siempre dos pasos delante y acababa descuidándola —musité, encogiéndome de hombros—. Solo puedo alegar que no lo hice a ex profeso, más bien por mero desconocimiento. Tras muchos años ignorando la verdad, la misma que busco a diario, tenía que suceder algo para despertarnos del craso error en el que estábamos. Ella es muy avispada, seguramente lo advirtió primero, aunque su orgullo jamás le permitiría dar muestras de un afecto semejante.

—"Señor Edgeworth, está usted perdido a la hora de interpretar el corazón de una mujer —rezongó Juan Pedro, lanzando otra bocanada de humo que hizo carraspear incluso a Catalina—. Perdone la observación."

—¿C-cómo sabe que Franziska me repetía eso mismo siempre y cuando se le antojaba? —quedé atónito al escucharlo.

—"¡Elemental! Pobre muchacha —el maldito se estaba divirtiendo a mi costa—, debió vérselas negras siendo usted tan despistado. Hará el favor de ofrecerle ahora un poco de confianza ¡Proporciónele fuerza y seguridad, como le corresponde hacerlo, señor mío! —con aire de entendido, retomó su pipa, vaciándola en el cenicero y volvió a prepararla dispuesto a propiciar más humareda— Impulse su audacia, no sus dudas."

—"¡Oh, Juan, debo ir con ella! Le sugiero que se ponga a tono —me indicó, mirando jocosa los bajos de mi pantalón. Volví a ruborizarme ¿por qué todos reparan en la desdicha ajena cuando más deseas ocultarla?—, justo ahora la dejé tomando una bebida en el portal contiguo al jardín de la fuente —su tono se volvió apacible como esas tardes primaverales que me hacían estornudar debido al polen de las flores—. ¿Te acuerdas, Juan? Nuestra fiesta de inauguración, aquellas lámparas que importamos para adornar la entrada, la champaña… ¿y el brindis de los amigos por muchos años de felicidad? ¡Resumidos a tres, que por felices transcurrieron breves! —suspiró, abatida. La vi dominar sus lágrimas al igual que Franziska solía hacerlo y por más fortaleza que yo tuviera, me hallé inmerso en una densa aflicción— Aún siento la textura de los lienzos que obsequiamos, las joyas… ¡las miniaturas! hechas por la talentosa mano del buen Lalique."

—"Ya basta, Catalina —La voz de Juan Pedro se volvió algo irritada —. Perdona si el matiz que uso para hablar de lo que otrora nos fue sagrado es muy áspero a tus oídos, bien mío. No hay sosiego posible cuando siento que he fallado en todo, esa residencia jamás volverá a llamarse un paraíso ¡Si al menos hubiese albergado a una pareja de amantes, los más pobres, desprovistos, harapientos; aunque vendieran hasta el último trozo de mármol para sobrevivir, era preferible! ¡Un refugio para los artistas y aquellas almas creativas que necesitaran de inspiración! ¿Quién pidió extranjeros, hipócritas, burócratas? —Estalló de furia, como si condenar de palabra todo lo sucedido con su vida, hogar y muerte fuese ahora la única solución a la cólera que sentía— ¡Cuánta insolencia! ¡Cuánta insolencia han cometido aquellos que se dicen superiores, con lo que fue el patrimonio de una de las mejores familias de toda Cuba! ¡A ellos acuso de infames por destruir lo que con mis manos forjé para la mujer que hoy día es una leyenda! A quien mi corazón todavía puede amar aún, quebrando la muerte misma. Tú, Catalina, que fuiste y eres dueña de esos jardines y de mi vida."

La declaración había sido rotunda, tan plena de emotividad que hizo empalidecer lo que yo concebía por amor. En vida, fustigados por la sociedad moralista; ya exánimes, contemplaban los restos de una masacre que no respetó su memoria ¿Y les sobraba el coraje para seguir adelante? A su lado yo era un medroso…, que debía redefinir mi concepto de valor.

—Siento haberles hecho recordar esa parte amarga de su existencia —dije con un profundo suspiro, analizando los próximos movimientos en el tablero de ajedrez que era mi vida—. "Todavía estoy a tiempo" —pensé—. "Va a ser difícil, pero me mantendré firme."

No sabría decir si me hallaba en Francia o en La Habana. Podía tratarse de cualquier palacete que tuviera un salón adornado con muebles de damasco y oro. Espejos a todo lo ancho de la estancia, donde se bailaba el cotillón, las parejas hacían uso de abanicos o miradas para enviarse misteriosas promesas, y lo que parecía la crema y nata de la alta sociedad. Oculto en la sombra generada por las cortinas, me di a observar a un hombre que reconocí de inmediato como la molesta presencia que me importunara minutos atrás. Vestido con impecable gusto, haciéndose blanco de los cuchicheos, prometedoras sonrisas y atisbos tras los numerosos abanicos, estaba Juan Pedro Baró. Ignorante a cuanto sucedía fuera de su rango de interés, la mirada firme en una pareja que se retiraba del baile para tomar asiento junto a otra señora mayor. No lo culpé de su total enajenación, la dama que ojeaba era como la luz de aquel festejo. Al abandonar el cotillón e ir a una esquina de la sala, parecía haber llevado consigo todo el esplendor del sarao. Cuando escruté aquel expediente de Interpol, Juan Pedro tenía una fama bien ganada de rompecorazones…; sin embargo, su fascinación por tan hermosa mujer, los ojos brillantes de felicidad como si a partir de ese día hubiese reconocido que no habría de considerar a ninguna otra, me hicieron pensar que realmente hubieron muchos falsos testimonios en su caso. La joven Catalina se percató del caballero que la distinguía y le devolvió el gesto con una sonrisa vivificante, capaz de incitarlo a mayores lances; y el rubor provocado a pesar de los cuarenta años, un ligero temblor de la mano que afirmaba la copa, le dijo a ella que solo de saberse correspondido por sus ojos, ese hombre le pertenecería hasta el final de su tiempo. Osada como supe que era, mantuvo sin turbarse aquel intercambio en silencio, quebrando la hipocresía propia de su época.

Noté el gesto contrariado de su acompañante, que le tiró con discreción del brazo, a lo que ella replicara molesta. Ya estaban unidos por el matrimonio, sin embargo, coincidí en el hecho de que su anterior esposo jamás podría satisfacer los bríos de Catalina. Imaginé un maridaje tan funesto como lo sería el de Franziska si se le antojara casarse con Sebastian DeBeste, no por la diferencia de edad sino de carácter. Las mujeres de ímpetu silvestre usualmente persiguen la ilusión de 'domesticar' a los hombres más difíciles, recalcitrantes y viriles… aunque terminen siendo felizmente poseídas bajo esos mismos atractivos. Todo un ritual para la conservación de la especie, que busca siempre las mejores perspectivas genéticas. Lamenté verlo de una forma tan poco atractiva, guiada por mi punto de vista científico. Posiblemente una de las causas que llevaron a Franziska a olvidar toda posibilidad de relación afectiva más allá del amor filial.

Detesté oír la voz de Wright en medio del ambiente romántico que reinaba, "contémplalo de otro modo, hombre. Igual soy yo que tengo una imaginación febril, pero alguien acaba de llevarse la joya del baile sin ponerse a meditar siquiera que el esposo no le pierde pie ni pisada. Míralo, qué satisfacción al saber que sin haberle dirigido la palabra, la muchacha más codiciada ya le pertenece ¿Necesitó algo más que un vistazo? Bueno, anunciar su corazón y agallas."

—"Grrr ¡Cállate, Wright! Dame consejos cuando decidas cambiar los rescates por requiebros. Aunque comiencen igual, estoy seguro de que Maya prefiere los segundos." —gruñí para mis adentros, exorcizando su molesto fantasma.

Pasamos al jardín, y tomé del sirviente un farolito eléctrico. A poca distancia, observé un lago con varias góndolas, donde algunos invitados cantaban. Justo delante de mí pude ver a Catalina y a su esposo, Pedro me parece que se llamaba, discutiendo mientras iban tomados del brazo por el sendero.

¿Qué más requiere tu vanidad, Catalina? ¡Ese hombre me ha ofendido al mirarte de manera deshonesta y tú le correspondes a pesar de saberme presente!¿No te bastó el escándalo de haber sido elegida en un certamen de belleza, siendo mujer casada?

¿No te bastan los siete años que pasé junto a ti en una tediosa rutina?¿Los tres hijos que tuvimos? —lo enfrentó ella, con una entereza muy parecida a la de Franziska— Tu madre detestándome porque soy incapaz de vivir atada a una casa, su hermana Rosalía envidiando todo cuanto hago, incapaz de aceptar que puedo brindarle ideas sobre moda a un periódico, por mi condición de madre y esposa ¡como si eso nos limitara de pensar! y… ¿Quieres añadir tus celos insoportables a mi lista?

Es impropio de una mujer de familia y con hijos encandilar a otro caballero que no es su marido. Todo esto es consecuencia de la fama que te dio "El Fígaro" al escogerte reina de belleza, ¡no por una sino dos ocasiones!

¿Realmente piensas que ha sido culpa del certamen, o del diario? —noté una sonrisa extremadamente irónica— ¡Por favor, Pedro! Será mejor que dejes en paz a ese hombre; si mueres por retarlo a duelo, el mío durará poco tiempo. Eso lo sabes.

Había sido una respuesta cortante, no pude saber cómo reaccionó su compañero pues todo se volvió confuso. Esta vez me vi a la orilla del lago, próximo a Juan Pedro Baró, que contemplaba la góndola, pensativo.

Tiene que ser mía, ¿lo entiende usted? Es como una yegua desbocada que no conoce freno…, tampoco voy a imponérselo —sonrió, positivamente rendido a sus plantas. Me avergoncé al saber que veía a Catalina igual que yo a Franziska ¿Cómo lograba apropiarse de mis frases?— Nadie se roba una mujer, ella siempre será quien escoja. Solo podemos ganarla, y rogar a Dios porque nos mantenga en su corazón… Pero si tal milagro se ofrece, nada vale más que tenerla junto a uno, como reina y señora de sí misma. Comprendiendo que puede levantar el vuelo cuando guste, y no lo hace porque te ama con el mismo fervor que le has demostrado. Merecer esto y disfrutarlo será mi gloria.

¿Y cómo pretende abordarla, si el esposo no se le despega? —esa pregunta había estado carcomiéndome desde que lo viera en el salón, acechándola como un perro de presa— Resulta impropio de un caballero llegar a tales extremos por una dama que tiene dueño.

¡Señor mío! Estuviera lamentando con usted mi situación, si ella no me hubiese dado una mínima señal para que la rescatase —masculló, crispando los puños al ver que Pedro besaba a Catalina— ¿Qué clase de hombre es? ¡Nada, nada en el mundo puede ser un obstáculo cuando la persona que ama le implora por que la libere y la haga feliz!

Encontré a Catalina mirándome curiosa, no me había movido, la vista fija en el cristal de la mampara. Debía empezar la tarde, por los numerosos rayos que incidían sobre las losas. Juan Pedro, recostado al secretaire, terminaba de fumar su pipa, observándome de soslayo.

—"¿Se halla usted bien, señor Edgeworth? —cuestionó ella, algo preocupada— Recuerde que iba a darse un baño y cambiar ese atuendo. Yo debo regresar con la señorita Franziska, me preocupa que beba en exceso."

—Em, ¿qué hago actuando de esta manera? Les ruego me permitan unos minutos —reaccioné de inmediato, disponiéndome a buscar la ropa que usaría. Los perversos hijos de mi arrendadora, habían colocado las maletas como si se tratara de una instalación de arte contemporáneo. Volviéndome hacia la pareja con una sonrisa cómplice, apunté hacia ellos el índice—. Y sobra decir que los acuso de haberme abierto los ojos.

En ese preciso instante, la casera tocó a la puerta. Catalina y Juan Pedro se fundieron en los rayos de sol que se filtraban a través del vitral. Cuando le permití acceder, mi arrendadora llegó excusándose porque había olvidado colocar las toallas y disimuló una mueca al sentir el humo que llenaba la habitación.

—No me había dicho usted que fumaba, señor Edgeworth. Menos mal que dejé un cenicero sobre el escritorio —lo recogió para limpiarlo, algo disgustada—, pensé que se nos incendiaba la casa.

—Lo siento, será mejor que abra las mamparas —apagué el aire acondicionado, apresurándome a poner un billete en su palma—. Creo que le debo una disculpa por las molestias.

—¡Oh, ni se preocupe usted! Solo que la mayoría de los clientes lo dicen con antelación, para que les asegure las condiciones —el dinero se desvaneció en su bolsillo con más rapidez que cualquier escamoteo mágico de Trucy Wright. La mujer lucía una sonrisa clase A y se lanzó sin pensarlo hacia los ventanales, abriéndolos de par en par— ¿Aún no ha visto la terraza, verdad?

—Tiene razón —me dirigí al sitio, contemplando el panorama de pasada. Justo frente a mi balcón, podía vislumbrar el amplio jardín lateral de la residencia de los Lasa y Baró. Esa que tanto añoraban, pero a la vez los mantenía apartados por el dolor y la inadaptación a los cambios que sufriera durante años. Había gran variedad de mujeres, pero descubrí en el acto a Franziska. Lánguidamente recostada al espaldar de una silla, mientras la dependiente de ocasión depositaba sobre la mesa una bebida. Por más que deseara presentarme ante ella con todo el arresto que podía caracterizarme y tratar en primer lugar de concretar nuestros lazos, el hecho de que viese y hubiese tantas copas vacías en su mesa conllevó a otra situación.