5
"Catalina de cierta forma es La Habana y es mi amor por La Habana. Es una metáfora, yo la persigo a ella, pero ya ella se fue como aquella Habana que tampoco está. La de hoy quisiera que se quedara."
(Arq. Mario Coyula Fowley. Catalina)
Las bebidas cubanas eran todas estimulantes, conocía las más populares, sin embargo no lograba ocultar mi inclinación por la piña colada. El sabor de la fruta en suave mezcla con la crema de coco y ron blanco, añadiendo su revestimiento de canela, podía tentar a un abstemio. Por supuesto, las que tomara dentro de mis límites no fueron el dilema, sino las consumidas luego de percatarme a qué se refería Catalina diciendo 'Me pregunto qué harás ahora'.
Los nervios provocaron que asiera a la dependiente por la manga, exigiéndole que dejara la botella de Havana Club. A duras penas recordaba cuándo terminó la piña colada y empecé a tomar el ron en straight como una autómata. El símbolo de la ciudad en la etiqueta, esa mujer altiva conocida por el nombre de Giraldilla, me hizo un curioso guiño y empinó aún más la nariz.
—¡Ja! Tú sabes tan bien como yo lo insoportable que es aguardar a un hombre ¿Cuántos años estuviste pegada a la ventana, esperando por Hernando de Soto? ¿Tres? ¡Yo perdí la cuenta! —sentí una rabia imprevista escalar desde mis entrañas hasta las mejillas, cáustica y dolorosa como si hubiese utilizado garfios para sostenerse. Vivifiqué mi frustración dándole un soberano puñetazo a la mesa, conforme resistía las ganas de gritar a los cuatro vientos que su alma huérfana de sentimientos era el problema cardinal. Estuve a punto de quebrar mi pulsera de monedas con la violencia del gesto— ¡Miles Edgeworth! ¿Por qué tiene que resolverse todo cuándo y cómo tú lo entiendes? ¡Si te intereso, a partir de ahora te aplicarás más en conseguir mi atención!
—La tiene usted por completo desde que la vi, petit moi —sentí el aliento cálido y la voz profundamente atractiva de quien sabía el arte de susurrar al oído. El sobresalto hizo que me cubriera el pecho, pero él deslizó levemente la punta de sus dedos a lo largo de mi otro brazo, mientras daba un rodeo a la mesa. Al detenerse, nos hallábamos frente a frente, la caricia retenida junto con mi mano en la suya, tierna y agradable. Buscó elevarla un poco a la altura de sus labios, dejándome impreso el vestigio de un beso gentil pero exaltado. Parpadeé estupefacta, sin explicarme tanta osadía—. Excúseme por escuchar su monólogo, pero me resulta deshonroso el hecho de que un caballero, si es que puede llamársele así, la dejase aquí esperando.
—Hmph, nadie me abandonó en este lugar, vine por mi propia cuenta —murmuré apartando la mirada con un gesto de reproche, conforme también retiraba la mano. Todo me decía que aquel hombre desquiciadamente apuesto, en el punto más crítico de mi vida, sería un verdadero conflicto. Él simuló estar ajeno a la reacia expresión porque sin encomendarse a Dios o al diablo, terminó sentándose frente a mí—. Largo, no estoy de humor para charlatanerías.
—Pues yo nunca la dejé atrás, sin embargo, prefiere ignorar las buenas intenciones que siempre le demostrara ¿Y siquiera se acuerda? —sonrió con un donaire que me hizo cruzar las piernas, ruborizada. No tenía razones para tal vergüenza, descontando el hecho de hallarme en presencia de un temerario alfa, peligrosamente cálido y solícito—. Discúlpeme la impertinencia, escogeré su desdén al olvido. El primero muchas veces puedo volverlo simpatía, de ofrecerme usted el consentimiento.
Detestaba la jerga cubana, pero viendo a mi acompañante olvidé todo el alemán y me vino a la cabeza una frase tan ordinaria como "qué clase de semental, como para domarlo en el acto". Tsk, detestable, lo peor es que no se borraba por mucho que lo intenté. Repetí para mis adentros múltiples veces tratando de corregir la ponderación "un hombre perfecto, Franziska, un hombre perfecto… ¿Quizás demasiado?" Ante descalabro semejante, agradecía la ausencia de Catalina. Él continuaba observándome, como si hubiera leído mi pensamiento y sonrió malicioso. Lo había sopesado con la vista cuando estaba erguido, y calculé unos cinco pies más seis pulgadas de estatura. No era precisamente un hombre alto, pero su porte bastaba para sobrepasar a muchos que sí. La raya meticulosa del peinado, sus cejas de frunce natural, ojos insondables y labios de misterios envolventes, junto a un afeite impecable, hacían de aquel perfil el rostro de varón más apetecible que hubiese apreciado jamás. Era su moda bastante a la antigua, sin embargo el buen vestir hacíase notar por encima de tal nimiedad. El chaleco armonizaba con su traje a la medida y bajo el cuello, sobresalía un lazo como elaborado por un artífice, los pliegues del pañuelo, la leontina de oro, todo en su conjunto podía llamarse único.
Al vislumbrar mi discreta curiosidad en su persona, dejó el bastón reposar contra el muslo, en un símbolo de erecta virilidad que combinó con el aire reverente de quitarse el sombrero. Primera vez que un hombre distinto a Miles conseguía perturbarme.
—¿Ningún recuerdo agradable? Bueno, al menos permitirás que te tutee —volvió a sonreír, dueño de una verdad que yo ignoraba y tamborileó juguetón con los dedos sobre la mesa—. Bella ingrata, no puedo culparte, ha pasado más de una centuria.
—¿Por qué debería conocerte? —volví la cabeza con indignación y cruzándome de brazos, antepuse mi carácter a sus galanteos sin motivo—Tanta insistencia resulta empalagosa. Ve al grano y dime tu nombre —quería perderlo de vista, incómoda por su franca postura de conquistador, cuando yo me resignaba a la tardanza del mío—…, la posibilidad de haberte visto antes debe ser menor que el sueldo de Cutre.
—Por tu causa, hoy estamos en mundos opuestos, mi petite Berthe —se inclinó un poco, mirándome intenso. El matiz de su voz era tibio, como fuego persistente al disolver un metal con pocas llamas—. Después de muchas vueltas, mira dónde te encuentro.
—¿Qué significa esa insensatez? —mi explosión fue más intensa que la del viejo incidente de Hiroshima— ¡Gah! ¿Berthe? ¡Ese nombre suena a cortesana barata!
—Créeme, no eras mujer de poco valor cuando tu anterior dueño y yo decidimos caernos a tiros. Debiera añadir que la reencarnación te ha evolucionado notablemente. Lograste materializar tu espíritu en una joven educada, de magnífica posición, y conservar la belleza que te hacía la diosa más apetecida, bien que repites lo de pequeña.
—Grrrr. Si te refieres a mi tamaño, cosa de lo que debieras abstenerte de hablar por no ser un tipo alto —enfaticé a la par que tensaba el látigo sobre la cabeza, devolviéndole un vistazo de soslayo pleno de mal talante—, ¡sé hombre y prepárate a sucumbir!
—Tu estatura nunca fue motivo de vergüenza, petite. Contrario a eso —me irritó soberanamente oírlo reír a carcajadas—, sabías cómo arreglártelas para que tu talla fuese perfecta en los momentos precisos. Y como las esencias más inapreciables, solo conseguía de ti disímiles gotas cuando mayor era mi desvelo —peor aún fue verlo negar con la cabeza, mientras alzaba las palmas. El mismo gesto de Miles, lucía incluso dos veces más irresistible en él—. Triste mundo, al final vuelves a pertenecer a ese engreído.
—¡No le pertenezco a nadie! —propiné dos latigazos al suelo como aviso, no obstante, apenas logré inmutarlo— ¡Acabas de verlo, estoy soltera y soy capaz de valerme por mí misma!
Alzó una ceja, aún más interesado.
—Han puesto justo lo que faltaba en la receta magistral de tu creación, mi petite —su entusiasmo al respecto me parecía insultante, hasta que vi su rostro ensombrecerse a causa de la pena—. Me amaste y lo natural es que nos hubiésemos mantenido juntos. Te arrebaté a Louis Letot para llevarte conmigo, ahora él consiguió su venganza haciendo que me olvides y quieras morir en sus brazos. Todo San Isidro comentaba 'los hombres como tú no se enamoran', qué absurdo. Si todavía seguía buscándote es porque donde gobierna el corazón, está por gusto la cabeza.
—¿Pretendes que crea semejante patraña? ¡Intentas aprovecharte de mí porque bebí de más y no hay ningún ente masculino a mi alrededor! — alcancé a levantarme un poco del asiento, haciendo restallar el arma contra las losas del piso, a mi diestra— Si este látigo no consigue que recojas tu lengua, entonces ya buscaré otra forma ¡Tienes las agallas enormes para venir con ese porte de galán de novela barata a fastidiarme! ¡¿Y quién es el estúpido con el nombre aún más estúpido de Louis Letot?!
—Calma, petite ¿Qué necesidad tenemos de alzar el tono? —el intento de azotarlo había quedado en eso; eludió mi golpe y un giro hábil de muñeca detuvo la cinta de cuero, enrollándola en su puño después. Tironeó divertido, acercándome ligeramente a él para susurrarme—. Ya sé que te debo una explicación, si bien jamás las di a ninguna mujer; las circunstancias me obligan o nunca entenderás. Letot te obligó a venir desde Francia hasta La Habana para servirle de concubina, después de conocerme, por voluntad propia quisiste ponerte bajo mi custodia ¡Ni estando ciego extraviaría el rastro de mi archienemigo! Lo veo bajo la piel de quien te pretende ahora, aunque también su evolución lo ha beneficiado. Es un zorro astuto con suerte, por lo visto no se resignó a perder la vida ni su posición —musitó, frunciendo el ceño—. Lo envidio tanto que podría buscar la forma de pegarle un tiro y cobrármelas todas.
—Pensaré que te refieres a ese estúpido estúpidamente estúpido de Miles Edgeworth —torné a sentarme, casi halagada por despertar esos celos en un hombre tan imponente—. Si no fuera porque mi labor es atrapar homicidas, añadiendo el hecho de que no quiero arruinarme las vacaciones con un trabajo extra, yo misma te alentaría para que lo hicieras —todo aquello sonaba ilógico, pero de ser verídico, cuán bochornosa me resultó la historia. No por haber sido una meretriz en mi vida anterior, sino porque había conseguido amar sin tapujos—. Te lo aseguro, a veces quisiera estrangularlo con este látigo por idiota. Hmph, ahora despertaste mi curiosidad. Exijo una explicación de cómo ambos están relacionados, al igual que yo con esa… cortesana.
—Era 1910, el barrio de San Isidro no tenía más rey que tu servidor. Controlaba los burdeles de la zona de tolerancia y a las mujeres que allí ejercieron. La sociedad lo veía bien, tales fueron esos tiempos. Digo a mi favor que nadie pudo nunca hacerle daño a ninguna de las muchachas que servían bajo el manto de Alberto Yarini Ponce de León. El dinero ganado con el negocio, a ojos de muchos ofensivo, no sólo valía para mantener la vida lujosa que siempre me agradó. Igual soltaba las monedas a los niños de la calle, que a los viejos y pobres. Los estibadores del puerto fueron como un ejército contra mis enemigos, porque respaldé sus derechos. Pude ser un tipo racista, vende patrias y aprovechado, pero lejos de eso, tuve mi dignidad. Una vez le hice saltar los dientes a cierto americano al ofender en mi presencia a dos oficiales negros que habían luchado por la soberanía de Cuba, nunca perjudiqué a una muchacha que supiera virgen, ¡y las tenía a montones, siguiéndome los pasos! Todo lo resolvía de palabra, los puños únicamente para los casos muy conflictivos. Dicen que hubiera llegado a Presidente, no lo sé, quizás era posible. El caso es que Louis Letot, dueño de los prostíbulos extranjeros radicados en la zona, tronchó esa perspectiva. Había una rivalidad entre chulos franceses y cubanos, que se iba volviendo cada vez más notoria, por el dominio de la zona de tolerancia. Como dije, las mujeres venían solas a trabajar para mí, nunca le pedí a ninguna que lo hiciera, me mantuve al corriente y viví de aquellas que deseaban mercar su cuerpo. Los franceses no, ellos buscaban sus mujeres allende los mares y las traían engañadas. Fue cuando Letot vino con su cargamento de francesas que todo ese ánimo de afrenta halló la justificación ideal para un estallido —había escuchado apenas sin pestañear, cuando sentí que tomaba mi mano y la oprimía entre las suyas… Tal como debió hacerlo con el corazón de aquellas pobres mujeres de San Isidro—. Ahí estabas tú, petite Berthe, la joya de su burdel, la favorita de Louis Letot. Nos vimos un par de ocasiones y bastó, cuando el francés salió de viaje, corriste a refugiarte bajo mi techo prefiriendo mis brazos a los suyos. Por supuesto, al correrse la voz, los chulos extranjeros fueron objeto de burla por los cuatro costados. A estas alturas ya debes estar al tanto de cuán terrible puede llegar a ser el humor de los cubanos, implacable y capaz de intimidar a los individuos de la peor calaña. Letot no le dio importancia al asunto, él tenía un lema 'vivir de las mujeres y no morir por ellas'. Sin embargo, sus amigos no lo dejaron en paz incitándolo a eliminarme ¡Muerto el perro, se acabó la rabia! Tanto le insistieron con la cuestión del orgullo y la falta de pantalones, que apostó a varios de los suyos en las azoteas frente a mis prostíbulos e hizo que me enviaran una nota. Cuando fui hasta el sitio me cayeron a tiros, pero si ellos me hirieron de gravedad, mi gran amigo Pepe Basterrechea ultimó a Letot de un solo balazo en la frente —apoyó el codo en la mesa y puso el brazo en ángulo, inclinándose hacia mí con la prudencia de una fiera al acecho—. Ojalá consiguieras hacer memoria, petite, me he preguntado mil veces la razón por la cual no fuiste a trabajar aquel día ¿quizás tenías conocimiento de causa y el miedo fue mayor que tu idilio?
—¡N-no tengo idea de lo que hablas! —fui presa del sobresalto, ¿hasta qué punto los hombres consideraban su orgullo como para jugarse la vida en un duelo, todo por la más simple meretriz?— ¡Siquiera conocía de esa historia tan absurda! ¿Cómo una estúpida mujer los llevó a perder sus vidas de la manera más ociosa?
—Mi querida Berthe, no es la estirpe de la joven lo que se considera en este caso, da igual si es noble o de baja ralea. Se trata de una belleza codiciada por dos y es razonable que de ambos, alguno sobre. Tú das gracias porque no existen ya los duelos… Aunque lamentas esa incapacidad de apreciar qué significa ser tan apetecida, al punto de llegarse a tales extremos —hizo una pausa y se mordió el labio inferior, observándome como si analizara la reacción que tendría esa verdad en mí. Me atraganté al notar el deseo pellizcándome sin piedad el cuerpo, de solo contemplar su gesto—. Letot y tú consiguieron reencarnar, están juntos o al menos cerca y yo sigo atado a este mundo, al que me adapto sin más remedio —tomándome de la mano hizo un ademán de invitarme a bailar. Escuché las notas de cierta melodía, suave y pegadiza— ¿Puedo convidarte a que arrojes la pesadumbre a un rincón y te sientas halagada?
—Hmph. No conozco esa música —fue todo cuanto pude alegar para negarme a complacerlo, añadiendo que una cefalea insoportable me golpeaba las sienes.
—Considéralo una deuda a pagar, mi petite. Después de todo, es lo menos que puedes hacer por mí —aunque sus labios apenas rozaron la piel de mis dedos, vencieron toda reticencia. Cuando me vio incorporarme y a su gusto, sonrió persuasivo—. Es un típico danzón, 'La Flauta Mágica' de Antonio María Romeu ¿Alguna vez lo has bailado sobre un ladrillo? Soy el rey del paso.
—¡Ack! Eso haría que nos torciéramos un pie, ¿a quién se le ocurrió semejante desatino? —protesté clavando en sus ojos una mirada de franca irritación, él me devolvió la suya, radiante y cautivadora. La diferencia de tamaño entre ambos no era mucha, pero su espalda el doble que la mía. Percibí el calor de una mano en el bajo de mi espalda, donde la cintura breve comenzaba a transformarse en atrayentes curvas. Me atrajo contra él con un leve impulso, haciéndome sentir su cuerpo en toda extensión de la palabra. La otra mano aún sostenía mi diestra. El látigo quedó sobre la mesa y únicamente pude sonrojarme de pies a cabeza, tensa por completo e inútil para danzar.
—Este baile se creó precisamente para otorgarle intimidad a la pareja, saboreas los pasos y a la vez el caballero puede susurrar al oído de su compañera ¿Cómo esperas disfrutarlo con esa rigidez? —intentó dirigirme, pero yo aún estaba en shock—. Relájate, petite. Ya sé que tu nueva encarnación es bastante puritana, déjate conducir.
—Hmph, entiendo el por qué del ladrillo. Casi ni puedo respirar, en tan pequeño espacio —dije por lo bajo, molesta pero a la vez satisfecha de dominar una materia completamente nueva para Miles. Añadía que mi compañero de baile no estaba errado cuando se auto titulaba el rey del danzón—. Tengo que hallarme como una cuba para hacer este disparate.
—O quizás muy triste, lo cual es imperdonable —me adiestró en los giros lentos, sin apartar un segundo la mirada. Traté con entereza de no ser la primera en cortar el mudo intercambio, por más que mi rostro ardía y el cuerpo enardecido principiaba a darme tirones—. No trates de imponerme tus movimientos, recuerda que soy yo quien lleva la primacía.
—¡Tú eres el que está por debajo de mí! ¡Recuérdalo! —me opuse a refrenar mi naturaleza competitiva, siquiera por un baile. Lógicamente, Alberto Yarini rió a carcajadas al percatarse de que perdía el ritmo.
—¿No te sientes bien conmigo? Rabio de ver cómo añoras a un hombre que no ha sabido valorarte. Siguió tu rastro, pero eso no significa gran cosa ¿qué ocurrirá si te desprecia? Eres una dama arrogante, ¿vivirías con esa humillación? Petite, una palabra tuya y corregiré nuestro fatal destino —me aferró más contra él e intenté comprender por qué las mujeres lo deseaban, a pesar de ser un truhán explotador. Sí, tenía un físico perfecto, cada vez que dialogaba lo hacía con mesura, el buen gusto y ese carácter que destilaba masculinidad aún cuando era delicado en su trato bien podía tentar a cualquier fémina… Pero esas pobres, o yo misma si en verdad pertenecí a tal calaña en vida anterior, nunca supieron de Miles Edgeworth.
—"Lamento mucho verte deambular por mi residencia sin que halles tu sosiego —distinguí entonces a Catalina; muy próxima, reteniendo el puño de Alberto Yarini del que a su vez sobresalía un estilete. Reaccioné de inmediato, apartándome de ambos—. No tienes derecho a quitarle la vida porque sea tu petite Berthe, la que conociste de ninguna forma volverá. Portamos un solo juego de cartas en cada existencia, según las manejamos así nos veremos después."
—"¡Mi querida Catalina de Pedro Baró! Te doy la razón. Pero jamás me agradó perder, quería intentarlo de cualquier modo —recibió la intrusión con una sonrisa irónica y vi el estilete desvanecerse. De pronto me ignoraba para corresponder a la otra, solo en ese breve lapso de tiempo sentí aflorar mi presunto yo ancestral y maldije su inconstancia—. Igual me aflijo porque no eras de esas aristócratas insatisfechas del marido. Cuando recibía la solicitud de una señora casada, rogaba porque fuese tuya ¿No te acompaña, el muy villano? Pesa reconocer lo simpático que me cae."
—"Descontenta de mi primer esposo, claro que sí. Pero jamás al punto de irme corriendo a ponerle los cuernos, en todo caso, no con alguien de vida en extremo licenciosa —declaró ella sin reservas—. Tanta demanda genera a veces mucha fatuidad y eso es lo que nunca tuvo Juan a pesar de sus admiradoras. Primero muerta que descender escalones, es mi lema favorito."
Catalina había dado en uno de los puntos cruciales. Miles podía tener medio universo implorando su atención, que semejante fama de ninguna manera lo volvería un Yarini, menos aún algo parecido a Larry Butz.
—"Hubiera valido la pena ganarte —rió el maldito, despreocupado por completo de que lo escuchara—; si accedías estaba dispuesto a renunciar a mis tres favoritas e incluso proponerte matrimonio."
—"Lo que hubiese sido un imposible para ti, gallo de San Isidro —Catalina se encogió de hombros, restándole importancia—. Eras el soberano de aquella república gracias a la reputación que te daba esa virilidad envidiada por tantos hombres."
—¡Serás canalla y miserable! —propiné un soberano puñetazo a la mesa que la hizo estremecer y a cuanto había sobre ella, enfrentándolo después con mi látigo— ¡¿Te atreves a intentar engañarme con tu sofisticado lenguaje, para después hacer gala de conquistador en mi presencia?!
—"Petite, hablamos de un pretérito. Hoy quise llevarte conmigo y no aceptaste renacer otra vez junto a mí. Nada me queda excepto recuerdos. La leyenda que soy la debo a esa mala reputación achacada por mi amiga —dijo simplemente, observando a Catalina con un rictus amargo en sus labios—. Qué gracioso, de toda mi prestigiosa familia de doctores, la única bóveda con ofrendas y coronas ¿de quién es? La de Alberto Manuel Francisco Yarini Ponce de León."
—"El entierro más concurrido y suntuoso de la historia, por mucho tiempo. Casi puedo imaginar al centenar de meretrices que te servían, y otras pobres damas influyentes a las que diste satisfacción, lanzándose sobre tu ataúd para arrancarte los botones de la portañuela —refirió ella, sonriendo malintencionada. Consideré lo imponentes que uno y otro lucían, la Catalina triunfadora que no se dejaba seducir y Alberto Yarini, cuya personalidad magnética podía conquistar a un mundo con solo proponérselo—. Agradezco a Dios que ya estaba en París cuando sucedió o únicamente por denigrarme más, la sociedad me hubiese involucrado al espectáculo."
—"¿Las mujeres de La Habana se lanzaron a quitarle los botones de…? —olvidé mi admiración por ambos y me dejé caer en la silla, con la imagen de Oldbag intentando hacer lo mismo a Miles invadiéndome el cerebro— ¡Ack, qué repulsivo!"
—"Bueno, la diferencia radicó en que tú preferiste otra clase de escándalo, uno de igual forma legendario —el tahúr recogió el bastón, que antes abandonara junto a la silla y recuperó también el sombrero, dedicándole una sutil reverencia—. Gracias a eso te volviste la heroína recalcitrante que hoy eres a los ojos de tus devotos"
—"Radicó en mi condición femenina, querido Alberto. Dime, si le hubiese ocurrido a un macho como tú —recalcó la palabra sonriendo mordaz— ¿a quién le hubiese importado que abandonara a su esposa y huyera con la querida? Primeramente, esa infeliz no hubiese podido negarse al divorcio, aunque deseara hacerlo. Tampoco me parece que a un hombre lo corretearan por bígamo… ¿Cierto?"
—"Le zumba el mango, Catalina —ya estaba visto; el cubano de modales muy exquisitos igual dejaba caer una frase bien criolla entre tanta fineza—, siempre dije a mi favor 'Alberto Yarini jamás va a casarse por ley'. Pero, sí, conozco a unos cuantos desaforados."
—"Muchos pensaron que llevé esta alianza hasta sus últimas consecuencias porque necesitaba una aventura. Satisfacer el capricho de mi propia novela o soliviantar las pobres almas de otras féminas que deseaban lo mismo, pero no tenían mis agallas —la muy atrevida se le acercó y se dio el gusto de ponerle la mano en el pecho y acariciarlo furtivamente. Para mi sorpresa, él la miró aturdido pero luego se rehízo—. La verdad era tan sencilla, que no merecía todo ese crédito. Me enamoré, simplemente, como puede sucederle a cualquier mujer."
—"Tienes razón, si hubiese optado por amar a una dama hasta la unión conyugal —Yarini le devolvió una de sus tentadoras sonrisas y atrapó su antepalma para besarla—, nuestra Sociedad jamás me hubiese perdonado. Hoy por hoy mi tumba sería una entre tantas. La jovencita que se dio a buscarme tras conocer la historia, no habría puesto una madera sobre mi losa donde se clamaba a gritos con esmalte de uñas 'El Rey de San Isidro'. Gracias a ella, todavía hay personas alrededor de mi última morada."
—"Siento la imperiosa necesidad de arrancarles el pellejo a los dos… Miles Edgeworth incluido, por supuesto ¿Qué les pasa a los hombres con el matrimonio? —ofrecí un par de latigazos a desgana contra el miserable chulo, sabiendo ya de antemano lo fútil de la acción contra su materia incorpórea. Él me sonrió e hizo un movimiento con la mano indicándome que esperara mi turno, pues hablaba con Catalina— ¡Gah! ¡Te daré una azotina que nadie podrá canalizar tu alma!... Uhm, canalizar… Eso me da una idea"
—… Si la conoce, por favor, llévesela que la pobre no está nada bien. Mire, arrancó un gajo de la mata y lo usa como si fuera un látigo —de seguro, el dolor de cabeza y los mareos eran cada vez más fuertes. La fantasía de la canalización de Alberto Yarini se había marchado tal cual vino. Catalina y él se evaporaron ante mis ojos. Entonces pude notar que la dependienta le hablaba a una mancha rojo vino… ¡Rojo vino! Aunque no vistiera el conocido traje, sino algo más a propósito con el horrible calor del trópico, lo reconocería a millas de distancia—. Tomó bastante, ¡imagínese que lleva horas conversando con el fantasma de Yarini y lo último es que sacó a bailar al jardinero! Lo apretujó tanto que el pobre viejo casi muere del infarto.
—¿No le pareció chocante que usara esa rama flexible como arma? —Tenía el odioso que preguntarlo, cruzándose de brazos y alzando una ceja…— ¿O que hablara sola?
—Mire, si luego de tomarme una botella de siete años consiguiera ver a un mango como Yarini, le aseguro que no permitiría a nadie interrumpir la conversación. Así que la dejé gozar su idilio —vaya, en ese momento a mis ojos, la dependiente mostraba una inteligencia clara. Podía ser lo más fatuo y mujeriego que hubiera existido, pero a ese hombre valía la pena conocerlo—. No será la primera ni la última extranjera que se baje unos tragos de más y empiece a ver a Benny Moré, los dueños de esta casa o se le monte un africano.
Comencé a sudar frío, la vergüenza apenas logró acalorarme las mejillas cuando vi a un viejo populachero dirigirse a mi mesa con la sonrisa de oreja a oreja y dos vasos en la mano. Al llegar junto a nosotros y advertir a Miles, supuse que todo su entusiasmo se le había caído a los pies ante la evidente comparación. El pobre jardinero quedó como una imagen pausada con los tragos en alto.
—Me disculpa, la dama ya tiene compañía —Miles tomó los vasos que traía el azorado anciano y los devolvió al mostrador. Cuando regresó, presumí que me cargaba en brazos, antes de perder totalmente la conciencia.
Cuando Franziska volvió en sí, estaba rodeada por los almohadones de mi lecho. Justo en ese instante, la casera le hacía tomar a la fuerza una jarra de limonada con bicarbonato. Ella degustó un poco el brebaje y arqueándose al costado, arrojó al piso cuanto llevaba en el estómago. Lejos de lucir molesta, nuestra arrendadora pareció aliviada.
—Yo me ocupo de limpiar, eso no es problema. Cualquiera se pasa de tragos el primer día en La Habana —sonrió, acariciándole la mejilla a mi díscola compañera. Temí que la mordiera, pero Franziska solo arrugó el ceño y sacó unos pañuelos aromáticos de la caja que había sobre la mesita contigua. Se limpió los labios, asqueada, mirándome de soslayo para luego beber un poco más de la jarra que la mujer le tendía—. Ahora el malestar se le pasa, a no ser que estuviera embarazada y…
—¡Ack! ¡¿Cómo se le ocurre, estúpida sumamente estúpida a la n potencia?! ¿Sin pecado concebida? ¡¿Yo, santa Franziska de Münich?! —Exactamente. Cómo se le ocurrió a esa mujer la idea... Todos íbamos a morir. Cuando le lanzó al rostro los pañuelos comprimidos en una bola de papel, intervine pidiéndole que me dejara a cargo. La casera lo admitió no sin advertirme su renuencia y fue a buscar los útiles de limpieza— ¡Por las barbas de Satán, ¿dónde infiernos ocultaron mi látigo?! —con una rabieta delirante alzó las almohadas y al no encontrarlo, se volvió contra mí— ¡¿Qué haces ahí parado como un auténtico estúpido, Miles Edgeworth?! ¡Un minuto! ¡Eso te doy para que me devuelvas mi arma o juro que después de una tunda, vas a conocer también a Alberto Yarini!
—Franziska —el primer almohadonazo me tomó de sorpresa, golpeándome de lleno en el rostro. Al segundo conseguí apartarme y atravesó a Juan Pedro Baró, quien junto a Catalina, acababa de hacer su aparición—… ¡Franziska, tranquilízate!
—"Caramba, no me habían atizado así desde aquella traviesa pelea de cojines que tuvimos en mi dormitorio —dijo él componiéndose la chaqueta muy digno, pero con una sonrisa villana—, por consideración a la señorita me abstengo de ofrecer detalles."
—"Sí, creo que será mejor no mentar la soga en casa del ahorcado —Catalina hizo un gesto negativo, cubriéndose los labios con la punta de los dedos, esta vez con guantes—. Ella está bastante irritable."
—¡Largo todos! ¡Y tú principalmente, sangre de horchata! —no era la primera vez que hacía uso del término, mi ecuanimidad siempre la molestaba. Desprovista de almohadas para tirar, me lanzó la jarra con todo su contenido, que no me atinó y terminó estrellándose junto al escritorio— ¿Quién pidió verte? ¡Regresa a tu país de estúpidos! ¡Y odio la Habana! Espera… ¿Por qué no estoy en mi habitación? ¡Miles Edgeworth! ¿Qué hago acostada aquí, pepino de mar lujurioso?
—Franziska, preferí no invadir tu privacidad y por eso te traje al mío —hice un acople de paciencia, cruzándome de brazos y me dispuse a contar mientras golpeaba el antebrazo con el pulgar—. Es de pésima educación acceder al cuarto de una dama sin su permiso.
—"Dios santo, querida. Yo pensaba que tu vocabulario de insultos era único, pero esta joven lo sobrepasó —Juan Pedro sonrió visiblemente divertido, mirando a su cónyuge y se dirigió a Franziska sin perder la vivaz expresión del rostro—. Señorita, modérese usted. Le dará una apoplejía y no podrá cumplir su objetivo en la vida ¿O es que la tentó acompañar para siempre a Rompe Tarros… perdón, a Yarini?"
—Váyase al demonio, ¿qué sabe de mis propósitos? —A todas esas, ella continuaba buscando con la mirada su látigo por toda la habitación, luego la emprendió con la señora de Juan Pedro— ¿Es tu adorado esposo, Catalina Lasa? ¡Un momento! ¡Tú, tú le contaste, desfachatada!
—"Le ruego que no ofenda a mi esposa. Todo está en su mente, ¿necesito más? —al igual que yo llevó el índice a la sien, como para mortificarla—. Queremos tan solo asegurarnos de que van a estar bien antes de marchar —otra vez deseé que tal cosa ocurriera pronto, me urgía conversar detalladamente con Franziska—… ¡oh, solo por esta noche, no se preocupen! Iremos a los patios del Museo de Artes Decorativas, a contemplar la luna desde el jardín, después de todo, nos sobra el derecho y… el izquierdo también."
—"Muy gracioso, pero bien dicho —al parecer, a Catalina la complacía secundar los chistes del marido. Si tan solo Franziska se mostrara menos reacia conmigo…—. Dame tu palabra de que intentarás conversar al menos —quiso dejar establecido y salté al imaginarme un 'Niña, deja de tratar mal a tu novio' en la mirada con que fulminó a mi compañera."
—Hmph —estaba visto que no podía contra ella. Contuve de súbito el pensamiento, a este ritmo hasta Franziska era capaz de leerlo y ponerse aún peor las cosas entre nosotros. Por suerte, se cruzó de brazos ya más calmada, haciéndoseme obvia su resignación—. Debo estar loca para tratarlo, pero si con eso me libro de tu presencia, de acuerdo.
—"Tonta, vuelve la hoja, ya te acordarás de mí —el bello espectro le guiñó un ojo ladina y se ajustó el sombrero que recién le había aparecido en la cabeza. Dándole su brazo a Juan Pedro, tomaron rumbo a la puerta si bien ella se volvió por un segundo para soltarle— ¡Ah, y mi lengua no es más larga que la tuya! ¡Pude verla cuando estabas frente a Alberto!"
—¡Franziska von Karma jamás se rebajaría ante un charlatán! ¡Alma insolente! —comencé a inquietarme respecto a ese personaje, sobre todo por el modo en que ella reaccionaba— ¡¿Quién te crees que soy?!
—"Oh, qué violentos nos comportamos los hombres ¿verdad, querida? Buscando la mínima oportunidad para desafiarnos —sonrió el señor Juan Pedro, atusándose el bigote y demandó mi apoyo con una mirada intencional. Le respondí encogiéndome de hombros, con las manos en los bolsillos del pantalón—. Ustedes arreglan sus asuntos delicadamente, de forma razonable."
—"Esto es distinto, Juancito. No aguanto una ofensa —dijo a la par que levantaba graciosamente la nariz y haló suave al esposo—. Vamos a dejarlos entenderse o morir en el intento."
Apenas atravesaron las hojas de cedro, suspiré y me dispuse a enfrentar los embistes, no de la yegua desbocada, más bien de una vaca tipo cebú.
—Es fácil decir quién es el culpable de todo cuanto ha ocurrido hasta este punto ¿cierto? —Mirándome fiera y casi resoplando, se incorporó a medias en el lecho… Bien, si quería saber cuál era la impresión de un torero cuando le ofrecía el pecho al toro, aquí estaba la muestra ideal.
—¿Tengo esperanza de ser absuelto alguna vez de los errores no cometidos por mí? —Aún de pie junto a la cama, intenté sonreír pero sólo conseguí un rictus irónico— Parece que deberé contratar a Wright.
—¿Cómo te atreves a mencionarlo? —apretó los puños— Adelante, hazlo, será la mejor ocasión de vencer su tosca defensa ¡Porque no tienes excusa esta vez para declararte inocente, Miles Edgeworth!
—Oh, sin dudas fui yo quien bebió sin límites, obligó a bailar al jardinero —creí que debía mostrarme fuerte, sobre todo en el tema de los excesos. Cruzándome de brazos, tomé aire antes de confesar algo más que se me atoraba en la garganta—… y apartemos ciertos pasajes donde alternaste muy amistosamente con un proxeneta que ya pasó a mejor vida.
—Q-qué diablos estás diciendo…
Los toques a la puerta fueron como la campana de un ring, Franziska me observó furiosa y gritó el '¡Adelante!' más ácido que le había escuchado. Vi asomar el rostro del hijo rechoncho de la casera, con su expresión de cansancio prenatal. Definitivamente, aquel muchacho debió venir al mundo de mala gana.
—La vieja me dijo que subiera a limpiar, ella está complicá preparando la comida —supuse de inmediato que nuestra arrendadora prefirió librarse del asunto de una manera ingeniosa—. Permiso.
Imaginé la terrible amenaza de prohibirle jugar consola durante meses o años de que fue víctima, como para obligarlo a soportar una tarea doméstica. En todo caso, procuraba un intermedio al round que estaba a punto de librarse.
Franziska enrojeció, mirando alternativamente al muchacho y a mí. El freno imprevisto a su naturaleza emotiva hizo que volcara la frustración en el primero.
—¡Tu lentitud me da migraña! —rezongó, al verlo exprimir la frazada sin un ápice de soltura. Inesperadamente, hallé la forma de mitigar su rencor hacia mi persona. Quien llegara a conocer a Franziska sabría bien que la lógica de ajedrez era inútil cuando su valquiria interior se canalizaba. Le hice un guiño rápido, indicándole la gaveta del secretaire y recé porque no malinterpretara el gesto.
Para mi suerte lo captó al vuelo, lanzándose hacia el mueble buscando recuperar su más adorada posesión. Solo tuve que apartarme y dejarla hacer.
—¡Esfuérzate o añadiré este juego a tu rutina! —lo enorme de la vivienda fue un alivio, dudaba que los chasquidos del cuero y los gimoteos del muchacho se oyeran en la otra pieza— Cuando termines… ¡Tu mama deberá agradecerme por esto porque vas a ayudarla todos los días!
De más está decir que las losas de mi estancia quedaron deslumbrantes. Aunque me preocupó reconocer tras la expresión inalterable del chico, un brillo escondido en sus ojos…, como si le hubieran explicado la dirección al Edén.
—¡Y ahora largo! —Franziska lo arrastró puerta afuera, cerrando de golpe y me encaró. Le devolví una mirada grave, pero lejos de mostrarse violenta, recogió la cinta del arma para después arrojarla sobre la cama. Retornó a ella, juntando las almohadas por el camino y las acomodó, para luego recostar la espalda sobre el plumón con un suspiro de alivio. Se metió bajo la manta, quedando en segundos encantadoramente adormecida. Respiré, sin saber qué vendría más tarde.
—No quiero ni gastar el ánimo contigo levantando mi látigo —dijo a modo de justificación—. Puedes agradecer a esta estúpida jaqueca que vaya directo al grano —quizás fuera su imagen casi desvanecida entre los almohadones, lo que me hizo ¿admirarla? Quizás 'adorarla' era una palabra que concordaba más con el hecho de ver la belleza en una mujer puramente ebria. Sabiendo que gracias a mí no lo estaba de pura felicidad y movido por el sinfín de recuerdos, pensé "debo mostrarle que nos hallamos a tiempo"—… Tuve la oportunidad de triturar esos viejos expedientes y preferí dejarlos para una consulta posterior. Está visto que no puedo hacerlo contigo merodeando por Alemania, vas de inmediato a husmear en mis asuntos. ¿No encontraste nada mejor de lo que preocuparte?
—Aún sin dejar esa nota o la pista de los antiguos casos, tarde o temprano iba a dar contigo ¿Me permites? —señalé hacia los pies del lecho y me invitó a sentar con un gesto de su mano. Traté de acomodarme de manera que pudiera inclinar el cuerpo ligeramente sobre ella, sin llegar a tocarla—. Solo necesitas mirarme de frente para darte cuenta, Franziska —por más determinación que tuviera, me afligí al verla palidecer e intenté suavizar su carga emotiva con una sonrisa y la frase más común de mi repertorio—, que hubiera sido capaz de inspeccionar cada rincón o agujero sospechoso hasta encontrarte.
Me observó atónita, para después reír ante la ocurrencia. Una risa franca que muy pocas veces había visto y no dañó mi orgullo en lo más mínimo, todo lo contrario. Velándose los labios con la mano, pretendió mostrarse comedida y ocultar su regodeo ¿Qué hombre podía clamar satisfecho tal victoria? Ninguno, aposté. Sin embargo, pronto volvió a la expresión huraña que siempre la caracterizaba.
—Incluso ese día, sólo era una chiquilla que significaba cualquier cosa, menos la única importante ¿Creíste acaso que alguien con sangre von Karma iba a ceder a la primera muestra de interés? ¡Ya deberías saberlo, no soy un perro faldero que menea la cola si le ofrecen alimento!
—Franziska, pongamos las cosas en su lugar. Cuando era novato me aconsejaron 'Siempre que se encuentre con una pared y no haya donde ir, fíjese en lo esencial' —vi en su rostro la clara expresión de 'qué diablos tiene que ver eso conmigo' y apresuré el resto—. Aquel día hallé una tapia formidable en tu actitud…, sin embargo pude vislumbrar cómo escalarla paso a paso, ajustándome todo el tiempo a su rigidez y los pequeños resquicios que me ofrezca para continuar ascendiendo.
—Me placerá muchísimo volverla todavía más escabrosa. Te oí clamar a los cuatro vientos que no tenías intenciones de asentarte junto a otra persona —Había una conexión hipnótica entre sus ojos y los míos; como si buscara los dichosos lococandados en el fondo de mis pupilas— ¿Esperabas que creyera luego una confesión tan súbita e inverosímil?
—Nunca presumí que fueras indulgente y valoro mucho tu reserva, para yo intentar hacerlo más fácil. Por desgracia, impersonalicé a esa "otra persona", porque para mí tú eras TÚ, Franziska von Karma —acerqué mi mano a la suya, rogando porque su reacción fuese lo más temperada posible. Se alarmó cuando entrelacé nuestros dedos, estremeciéndose y haciéndome estremecer... A pesar de todo, se mantuvo apacible—. Lo normal para otros nunca lo fue para los dos. Pero aquel día supe también que podía morir por tu causa, física y espiritualmente, y me vi dispuesto a ofrecerlo todo con tal de saberte a salvo... Es la clase de sacrificio que se puede hacer por los amigos, pero hay una sutil diferencia… Con ellos no lamentaría perder la vida sin haberme quemado antes en cierta piel de lava —Gaaah, había pisado un terreno escabroso por culpa de mi subconsciente. La intimidad del sitio y lo próximo de Franziska me jugaban la peor de las cartas. Ella tragó en seco. Temí que confundiera las cosas o bien, empezaba a complicarlas yo que ahora veía juntos el amor y el deseo, sin lograr diferenciarlos.
No duraban mucho sus momentos de pasividad, solo necesitó pestañear un poco y volver el rostro, apartándose ligeramente de mí.
—Jamás te importó abandonarme y seguir adelante, ¿alguna vez supiste lo que es vivir envuelto en sombras, con un dolor perpetuo imposible de arrancar, por más que lo intentas? —Creí que volvería a estallar en lágrimas, pero cerró los puños y toda la desolación pareció concentrarse dentro de su pecho, agitado asimismo por la cólera— ¿Tuviste urgencia de creer que tu otra mitad no había muerto y lanzarte a buscarla? ¡No! Esperaste cómodamente a que las circunstancias te pusieran delante la oportunidad para obtenerme, de un modo fácil, a tu forma… Y eso difiere mucho de lo que yo considero devoción.
—¿Olvidas por quién he viajado hasta aquí? Desde tu adolescencia me guardaste un rencor profundo, que a instancias de tu padre se volvió enfermizo y visceral. Sin embargo, yo era inocente al desconocer tu sufrimiento, mujer —oprimí con el puño la tela de mi camisa a la altura del pecho, tratando en vano de ocultar un franco nerviosismo—. Te ruego que me concedas ahora la posibilidad de aspirar a ti merecidamente. Dada la inexperiencia, puedo apresurarme demasiado para llegar a la cima o resbalar al intentarlo y cuando esto suceda, te pido humilde que me ayudes a encontrar de nuevo el camino.
—Las flores bellas tienen espinas dolorosas, Miles Edgeworth —el tono distante de su voz, unas lágrimas apenas y la Franziska lacrimosa resultaba una tentación peor que si estuviese completamente desnuda—. No me culpes si en tu empeño te llenas las manos de púas.
—Resistiré todo lo que sea necesario —me respondió 'ya veremos' y al incorporarse levemente su rostro dio contra el mío. Noté un brillo criminal en sus ojos, el ansia de hacerme sangrar gota a gota mi elección de perecer. Su mano tanteó buscando el arma y la vi aferrar el puño, cuando mi tendencia dominante reaccionó primero, atrapándole las muñecas. El grito quedó sofocado en su garganta por un beso violento e irrefrenable capaz de atemorizarla hasta la agonía, románticamente incompatible con la noche habanera de plenilunio y estrellas. Sin abandonar su preciado látigo, que ahora sentía a mi espalda, los dedos de su mano diestra se aferraron a mi cabello de tal forma que percibí el dolor en la misma raíz. Igual no iba a detenerme; podía hacerme sangrar o morir si lo deseaba, robándome sin paz el aliento, buscando mi lengua en todos los sentidos, mordiendo, succionando, empapándonos uno de otra y viceversa, como jamás creí que se pudiera. Hundidos ya entre la marea de sábanas y almohadones, presionándola de un modo que jamás usaría con mis testigos, sentí una punción aguda en la zona lumbar. Franziska, imposibilitada de usar su arma como solía hacerlo, optó por golpearme con el extremo del mango en un punto bastante sensible.
—Miles Edgeworth, te lo advertí —al ver que me dejaba caer junto a ella, oprimido por el dolor, me aseguró muy digna mientras recomponía su atuendo—. Vuelve a jugar en los zarzales, que no llegarás a tocar la cumbre.
—¡Dios, Franziska! —suspiré, frunciendo el ceño aún resentido. No tenía caso molestarme porque al final, había ido contra las reglas. Pasé los dedos entre mis cabellos, intentando peinarme y le hice un guiño. El gesto no pareció disgustarla, juzgando por el momentáneo rubor que cubrió sus mejillas. Le acaricié un pómulo con el índice, deslizándolo suave hasta el mentón y al retornar otra vez a contemplarme en su mirada, estaba tan húmeda como la mía—. Las zarzas no matan, solo podrían enredarme o acabar con mi ropa.
—¡Sigue pensando que el chicharrón es carne! —me soltó abandonando el lecho con prisa y llevó consigo el látigo. Ya en pie, arregló nuevamente su indumentaria e hizo restallar el cuero junto a la cabecera—. ¡Miles Edgeworth, nunca imaginé que un dicho cubano tan prosaico viniera bien a tu repentina desfachatez! Si canalizaste al estúpido de Larry Butz, poseo una técnica infalible para expulsarlo de ti —sentí el ardor del cuerazo en el lateral de mis costillas— ¿Desde cuándo te permites esas batallas de doble sentido conmigo? No te equivoques.
Mucho después comprendería por experiencias ajenas que las mujeres, incluso las más hafefóbicas, eran siempre quienes procuraban los avances de acuerdo a su voluntad. Luego uno de estúpido, creía por entero que había sido a iniciativa propia y cantaba la gloria del primer movimiento… En este caso, la dama le había dado jaque al rey, en lugar del rey comerse a la dama.
—¿Qué piensas? —preguntó mirándome de soslayo, al percibir que abandonaba la cama para ir junto a ella. Entonces retrocedió hasta topar con el escritorio.
—'Que es un error capital y tremendo equivocarse de mujer; pero lo es aún mayor, vivir sin una buena compañera', eso decía Martí y no he conocido hombre más extraordinario —debió leer en mis pupilas el anhelo de abrazarla porque de pronto me vi envolviendo su admirable figura sin habérselo insinuado— ¿A qué ignorar su consejo?
—Pues debiste haberte leído hace años sus Obras Completas a la par que los libros jurídicos —musitó cansada—. Miles Edgeworth, conoces las reglas tan bien como yo. Pruebas, más que palabras… u otras cosas —dijo, punteándome el pecho con el dedo y escapó de mis brazos—. Alberto Yarini me hizo comprender eso, no valen de nada las segundas ni las últimas sin las primeras.
—Te ruego que no me compares con un proxeneta —rezongué, sonrojado por la indignación y el rubor— ¿Por qué seduce tanto a las mujeres un pésimo ejemplo de integridad?
—Hmph, no eres el más adecuado para tirar la primera piedra —sonrió mientras agitaba el índice, disfrutando mi recelo—. Se trata de algo confidencial. No tengo la obligación de decírtelo.
—Por supuesto que no —me crucé de brazos e intenté parecer indiferente pero lo cierto es que comenzaba a odiarlo—. Estaría loco si empezara a sentir celos de un difunto.
—Lo supongo, pero según Catalina, es mejor abstenerse de investigar lo que puede o no hacer en estado etéreo. Muchas veces las mujeres le dejan su ropa interior sobre la bóveda —¿qué diablos sucedía con Franziska? ¿Es que verme furioso por causa de aquella sombra del inframundo le causaba tanto placer? Luego añadió mirándome por encima del hombro—… Y ni se te ocurra preguntarme lo que estás imaginando ¿Por qué los hombres son tan groseros?
—¿Ahora puedes leer mis pensamientos?
—Solo hay que verte la cara… Es tarde, voy a mi habitación. Buenas noches, Miles.
Antes de que me ofreciera la espalda, tomé su muñeca y quise desearle lo mismo con una simple caricia. Franziska mudó su serena expresión, abriendo los ojos con manifiesto pavor. Sentí el roce frío del metal contra mi sien y el sonido inconfundible de quien amartilla un revólver. Intenté observar de soslayo a mi posible asesino, advertí a un hombre no muy alto pero de buena prestancia que me observaba sarcástico.
—"Hemos sido tan idiotas… Uno va hasta los confines buscando la mujer que te hará feliz y resulta que luego de volvernos locos la encontramos en casa —lógicamente, no podía ser otro que Alberto Yarini—. Este revólver y yo hemos esperado muchos años por ti, Letot."
