6

"Poesía y amor piden paciencia. Amor es espera y sajadura. Poesía es sajadura y espera. Y los dos, una vigilia dolorosa (...)."

(Dulce Ma. Loynaz. Poema CXVII)

Alberto Yarini podía resultar el más formidable antagonista, pero yo contaba en mi haber con un arma inusualmente poderosa. Nunca imaginé que planes futuros, deseos por consumar y la idea de afianzarme sentimentalmente, logrando la paz junto a Franziska, me ofrecieran el coraje necesario para desafiar su amenaza.

—Si es usted un caballero, permita que la dama se retire —exigí mirándolo de soslayo—. Ella no tiene por qué contemplar un acto de violencia ofensivo y absurdo.

—"¿Tanta consideración por parte de quien no la tuvo previamente? —levantó airoso la cabeza, retándome con su actitud insoportable—. La menospreciaste y decidió escapar de tu dominio. Siquiera te importaba cuando sostuviste que nunca morirías por una mujer. Pero sea, nadie dirá jamás que Alberto Yarini carece de honor —sonrió mordaz, para luego volverse hacia Franziska, todo gentileza—. Ve a tu cuarto, petite, déjanos aclarar los latines."

—¡Me niego a oír más estupideces! —mi alma sintió un alivio inconcebible al escucharla renegar sus atenciones. Aunque me preocupó el efecto de tal reacción a largo plazo— ¡Qué valor tienes! ¿Cómo te atreves a decidir por mí?

—Franziska… Ya estoy acostumbrado a los desatinos —preferí convencerla de mi astucia para tomar a Rompe Tarros por los cuernos—, cálmate. Sería un gran alivio saberte lejos de toda esta insensatez.

—¡Trato de velar por ti, Miles! —solo con oírla me bastaba, podía echar abajo un ejército entero— ¿Pretendes que muera de angustia en mi habitación?

—No me infravalores, te aseguro que pondré fin a esto sin necesidad de llegar a los extremos —llevé el índice a la sien que no amenazaba la pistola y le sonreí, ya más confiado—. Sé que es duro, pero mantente firme.

—¡Miles Edgeworth! ¡Te ordeno que aplastes a este charlatán, de lo contrario, nos veremos en el infierno! ¡Y apuesto a que ninguno de los dos podrá librarse de mi azotina, en presencia del mismísimo Diablo! —Restalló su látigo, impotente, como otras tantas veces. Lanzó una mirada de flagrante odio a Yarini y nos dio la espalda, marchándose a su cuarto.

—"Bonito discurso para mitigar sus preocupaciones —hizo un gesto de sardónico asentimiento y volvió a sonreír, con el índice dispuesto a presionar el gatillo—. En fin, zanjemos lo nuestro. Me permito solidificar la materia incorpórea cuando lo requiero, sin embargo, nada puedes hacer. No se puede aniquilar lo muerto."

—Decir "en fin" para cambiar de tema, vaya recurso más débil —musité, cruzándome de brazos y me di a observarlo torvamente; como si fuese él quien tuviera la pistola en su sien—… Lo es, puede sentirse todo lo incómodo que quiera y acabar de pegarme un tiro, ya estoy harto de amenazas. Si bien deja a un lado la verdadera esencia del problema: Ella. Según usted, es la encarnación de la joven cortesana que amó tiempo ha… ¿Cómo puede asegurarlo?

—"El alma conoce dónde va a reencarnar otra que posee una conexión especial con ella. Berthe lo era para mí, por su causa estoy muerto. Su aura fulgura a través de la mujer que vi en la mansión de Catalina Lasa, fui atraído por su destello."

—No lo considero una prueba concluyente. Aún si lo fuera, en esta nueva existencia, dicha mujer ha elegido y su decisión incluso por ley debe ser considerada. Lo estableció antes: su Berthe dispuso marcharse con usted y no con ese francés, ¿alguien lo impidió? No. Independientemente de cuánto sucediera después —noté que retiraba el cañón y supuse que había dado en el clavo. Aunque no mostraba indicios de escepticismo, a partir de mi razonamiento la duda comenzó a minarlo—. Para su información, dudo mucho que tal personaje y yo tengamos algo en común. Se necesitarían siglos, no años, para hacer evolucionar a un proxeneta egoísta como Louis Letot.

—"Le propongo un trato: Ya que se halla tan seguro, solo desistiré cuando me de una evidencia infalible de que su cautivadora señorita no es mi petite Berthe encarnada —guardó el arma dentro de una funda oculta bajo la chaqueta y encogiéndose de hombros, como si nada hubiese ocurrido, me dio unas palmadas en el mío—. Tendrá cinco días para demostrarlo y presentarme a la nueva candidata, de lo contrario, mucho temo que su romance terminará antes de que llegue la mejor parte."

—Convengo en resolverle su pesadilla sentimental si a cambio se abstiene de perturbar a Franziska.

—"¿Tan poco se fía de su amor? —alzó una ceja incrédulo, y muy festivo, hizo girar su bastón con la mano varias veces — Muy bien, Alberto Yarini le da su palabra."

—Muy poco me fío de usted, que no es lo mismo —ahora que lo veía retroceder, mantuve una postura digna. Todavía cruzado de brazos, con el dedo golpeando rítmicamente, aguardaba el mejor instante para ponerle el punto final a la situación—. Le ahorraré la molestia de buscar algo de su petite Berthe en ella, conozco a Franziska desde niño. Puedo asegurarle, con vergüenza pero con orgullo, que no he sabido de interés alguno por otro hombre que no sea yo. Igual espero que sepa cumplir su palabra.

—"Soy testigo presencial del acuerdo —escuché la voz grave, siempre calma de Juan Pedro Baró junto a mí. Apareció con su imagen de hombre sobrio, el traje de noche sin la mínima rugosidad, sosteniendo muy digno el bastón—. Alberto Yarini… Cuánto tiempo."

—"Estimado Baró, es un placer que sirva como tal a nuestro pacto. Alabo su oportuna disposición —saludó inclinando ligeramente la cabeza, advertí el respeto e incluso admiración— ¿Qué piensa del asunto?"

—"'En un día, dejan de amar los hombres a la mujer a quien quisieron entrañablemente, cuando en un acto claro e inesperado les revela que en aquella alma no existen la dulzura y superioridad con que la invistió su fantasía' —respondió él pomposamente, sabiendo que iba a mortificarlo—. Así pensaba Martí."

—"Le pregunté qué pensaba usted, no el Apóstol."

—"¡Hombre, para el caso es lo mismo! Estoy de acuerdo con él. Me parece que se ha hecho una fantasía de su petite Berthe. Ahora cree verla en la señorita von Karma, por más que la joven le indique lo contrario —abrió los brazos, mostrándole las palmas. Los gestos naturales de Baró y los míos eran prácticamente los mismos—… Pero nadie escarmienta por cabeza ajena, mejor que se de cuenta por sí mismo de su equívoco y evolucione como espíritu."

—"De modo que se pone usted a favor de mi rival."

—"A favor de un sentimiento a todas luces correspondido y no de su ofuscada condición espiritual ¡El señor Eduvigio no es Louis Letot, señor mío!"

—Mi apellido es Edgeworth… —tosí discretamente.

—"Creo que los imprevistos de la tarde noche nos han cansado a todos —Juan Pedro Baró hizo un gesto con la mano, afirmando que había terminado el revuelo. Me sorprendió su capacidad para tratar a ese engreído como un crío—. Dejemos al fiscal hacer su trabajo y convencerlo de tal obstinación, Yarini. Ambos empeñaron la palabra ¿qué más necesitan?"

—"Muy bien, nos veremos —el proxeneta sostuvo el bastón, me apuntó con él al pecho y segundos más tarde se despidió de ambos, cruzando la puerta con su andar pretencioso— Jé, ¿De qué forma un ser viviente podrá intuir dónde se halla un alma encarnada?"

—"Escuché todo. Créame que me gustaría darle una mano, pero no puedo intervenir en su duelo con Yarini —dijo el señor Baró, entrecerrando los ojos. Un minuto después su actitud meditativa cambió por otra laxa en apariencia—. Mejor descanse, mañana será otro día."

—Iré a contarle a Franziska —suspirando, agradecí que todo hubiese acabado sin derramamientos de sangre—… Dios, nunca pensé que me preocuparía tanto saberla pretendida ¡y por quién!

—"Vaya, vaya. No deje nunca a su mujer esperándolo inquieta o… ¡Cielo santo, Catalina…! —vi a Juan Pedro abrir los ojos, exaltado por primera vez. Sin dudas aquella demora en alguien como él era inconcebible— Excúseme usted, señor Eduvigio, pero hoy es noche de luna ¿Por qué no la comparte con su hermosa desde la terraza, mientras le consuela?"

Verdaderamente, necesitaba de un instante en paz junto a Franziska. Ella parecía ser la cura ideal para los sinsabores, aunque a veces el remedio se tornara un poco amargo. Rumbo a la puerta, mi pie golpeó algo cuadrado, que se desplazó girando hasta chocar contra las hojas de caoba. Supuse que a consecuencia de la prisa del señor Baró, se le había caído ese libro de dondequiera que lo llevara y lo recogí con extrema cautela, viéndolo bastante gastado. Era un viejo poemario de José Martí, sin dudas él veneraba al gran hombre tanto como los que conocían de su vida y obra. Curioso, abrí el libro en cierta página al azar.

—'Que viví sin amor, fuera mentira: / Todo espíritu vive enamorado: / El alma joven nuevo amor suspira: / Aman los viejos por haber amado' —su lírica era verdaderamente sublime y apasionante. Pensé— "Ya ningún hombre volverá a escribir así."

Lo llevé conmigo a la habitación de Franziska, asumiendo que podría serme útil ante mi carencia de palabras sensibles.

Preferí que la brisa nocturna me refrescara, quizás pudiera incluso escuchar qué sucedía en la estancia de Miles desde mi balcón. Cierta vez leí sobre el término literario que buscaba mostrar lo irreal o extraño como algo acostumbrado, la muerte se tomaba en cuenta y los personajes difuntos volvían a la vida con toda naturalidad… Alguien lo definió como "realismo mágico" y aseguraba que podías vivirlo en Latinoamérica… Qué maldita razón tenía. Siquiera Maya debió haberlo experimentado, porque obligatoriamente debía canalizar los espíritus y…

—"¡Maya Fey! —abandoné apresuradamente la terraza para ir en busca de mi teléfono móvil y volví a ella en un santiamén— Si existe alguien que pueda explicarme lo que ocurre, tiene que ser una médium."

Por desgracia, mi ansiedad y la pésima comunicación hicieron que demorara más de ocho minutos en el intento de dar con la maestra de Kurain. Mi orgullo trató de convencerme acerca de que no había otra solución, o entre Miles y yo hubiésemos podido acabar desde su inicio con tan molesto caso. Al escuchar un bostezo y su 'Hola' soñoliento le grité.

—¡No es hora de dormir, Maya Fey! ¡Esto es una emergencia, tienes que canalizar de inmediato a un chulo del siglo XX!

—¿A un qué de cuándo? ¿Eres tú, Franziska von Karma? —la escuché desperezarse al otro lado y cambió a la médium entusiasta que conocía— ¡Hola! ¡Desde hace mucho que no hablamos! Nick está conmigo aquí en Kurain, por si quieres darle unos azotes ¿Estás cuidando del señor Edgeworth?

Oí la protesta del estúpido Phoenix Wright ante la ocurrencia de su asistente. Esos dos no cambiarían jamás, aunque la edad corriera por sus venas.

—¡Pon atención, Maya Fey o cuando nos veamos otra vez cortaré a tu adorado Phoenix Wright en trozos con mi látigo! Mi pequeño her… er, Miles Edgeworth —rectifiqué de inmediato un error garrafal— necesita de tu ayuda. El ánima de un proxeneta cubano del…

—Espera, Franziska… ¡Nick! ¿Qué es un prexineta?

—Nada, porque tal palabra no existe. Supongo que sea "proxeneta". ¡Dios mío, sabía que Edgeworth podía caer bajo pero nunca pensé —el muy estúpido verdaderamente merecía la rutina de azotes—…! Si Franziska está buscando que la defienda porque desea obligarla a pros…

—¡Voy a inhabilitarlos a los dos! ¡Y ese idiota de Phoenix Wright no es requerido ahora ni para limpiar los aseos! —vaya manera de pensar tan liviana la de ese abogaducho de poca monta. Le aclaré a Maya rápidamente— ¡Eres tú quien puede canalizar a ese tipo! Un proxeneta es un hombre que se dedica a obtener beneficios mediante la prostitución de otra persona. ¡Aprende, que no soy eterna! —Ack, esta cultura con sus agudezas se volvía tan pegajosa que una terminaba envuelta quisiéralo o no.

—Uh, qué horrible ¿Y ese espíritu quiere que el señor Edgeworth se prostituya para él?

—No, pero quiere pegarle un tiro en la sien. Cree que su rival de principios de siglo reencarnó en Miles —cuánta paciencia había que tener para seguirle el ritmo a Maya—. Su nombre es Alberto Yarini Ponce de León ¡Anótalo con extremo cuidado, hay tantos Yarini muertos en su familia que puedes equivocarte! Convéncelo de que Miles no es Louis Letot ni yo la petite Berthe.

—¿Dé dónde has sacado esos nombres tan graciosos? Parecen de una ópera —sonrió tan inocente como siempre, luego suspiró meditabunda—. Umm, creo que resultaría mejor si Pearl lo canaliza. Entonces yo podría hacer una labor de persuasión y Nick me ayudaría como testigo, para que no suceda nada peligroso.

—Hmph, en todo caso, te lo advierto… Si alguna vez te interesó ese sanacrápalo de abogado, pisa firme, Alberto Yarini lo deja muy atrás —creí oportuno alertarla, sabiendo de antemano que Maya sería una presa bastante fácil para él—. Bien, guerra avisada no mata soldados…, eso espero.

—¿De qué hablas, come más que Nick? Hablaré con Pearl, estoy segura de que me ayudará —conté hasta diez, inconcebible que Maya fuera tan ingenua de adulta. Oí cómo le gritaba con entusiasmo al estúpido— ¡A trabajar, vago!

Colgué sin mucha esperanza de un buen resultado y suspirando me recosté al barandal de la terraza. Entonces me di cuenta del plenilunio, contemplándolo, me pareció escuchar muy lejanos unos toques en mi puerta. Me volví para ir hacia la habitación, cuando vi llegar a Miles y tuve que contener el impulso de lanzarme a sus brazos. Después de tantos años reprimiendo las ansias, resultaba muy difícil exteriorizar un arrebato semejante, aunque fuera en circunstancias excepcionales. Pero él no me forzó a demostrarle todo lo que bullía dentro de mí; contrario a eso, intentaba hacer de la relación algo cómodo para ambos. Aunque la sangre se me tornara una pócima de amor efervescente, escaldando mi piel con hervor de fiebre siempre que lo tenía cerca.

—Lamento entrar sin que me dieras el permiso, estaba nervioso por tu causa —dijo con toda sencillez, como si no lo hubiesen desafiado minutos atrás con una pistola—. Y si te habías rendido por el sueño, al menos asegurarme de que todo estaba perfectamente.

—Tsk, ¿cómo piensas que voy a dormir, Miles Edgeworth? —a veces me enfurecía que ignorara cuánto me importaba él, aunque no se lo demostrara explícitamente—. Déjate de tonterías y ve al grano, habla de una vez.

—Agradezco tu preocupación —susurró, llevando las manos a los bolsillos. Nuestras miradas terminaron encontrándose y por un momento vi en el acero inmutable de sus ojos, la luna en pleno hablándome de sueños—. Eso es todo, prometí que saldría ileso de la porfía y espero no decepcionarte por haber añadido un trabajo a nuestras mutuas vacaciones.

—Viniendo de ti, es lo más normal ¿Cómo piensas arreglártelas para ir a la caza de la petite Berthe?

—Todavía no lo sé —musitó, encogiéndose de hombros—, aún estoy aturdido por la experiencia que acabo de pasar.

—Llamé a Maya… Tampoco sé si hice bien, pero fue lo primero que se me ocurrió. Le pedí una canalización de Alberto Yarini para que intentara hacerlo razonar.

—Difícilmente lo consiga. En todo caso, las malas noticias llegan rápido. Ya sabremos qué pasó.

Como si lo hubiésemos presentido, el timbrazo de mi teléfono móvil nos puso en sobresalto.

—Permíteme contestar, Franziska. Tú no tendrías la paciencia que demandan estos casos —qué bien me comprendía. Para conocimiento mutuo, puso el altavoz— ¿Maya?

—¡Señor Edgeworth! ¡Me alegro de saber que no lo mataron! —a pesar de lo exaltada, su voz tenía una inflexión de alivio— ¡Pearl canalizó a ese pronexota y estuvo a punto de fajarse con Nick!

—Dime que no llegaron a los puños, con esa niña de por medio.

—¡Cuando traté de hablarle, creyó que lo estaba llamando porque lo extrañaba y me dijo que yo había sido una de sus mujerzuelas! —bufó la médium, aunque después no supe advertir si estaba enojada o sorprendida por el atrevimiento de aquel espíritu tan inusual— ¡Siquiera me dejó explicarle, en cuestión de segundos vino junto a mí para decirme cosas muy bellas pero terminó… pellizcándome el trasero! Entonces Nick se le lanzó encima y…

—Dios —Miles se ocultó el rostro con la mano, haciéndose una idea—. Lo siento mucho, Franziska no imaginó que las cosas pudieran llegar tan lejos.

—Sí que lo imaginé, y se lo advertí —musité—. Quién le manda a ser tan cándida.

Miles me observó de reojo e hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Entiendo que no desees volver a canalizar a ese hombre en tu vida, pero necesito…

—Ah, no se preocupe, señor Edgeworth. Le diré a Iris que lo traiga de vuelta si usted me lo pide… ¡Solo que mandaré a Nick antes de regreso a su oficina!

—Por favor, Maya. Aclárale a Wright que yo no tengo nada que ver con tu maquiavélica idea —el rostro de Miles adquirió una expresión de 'Señor, ten piedad de nosotros'—. Solo iba a pedirte que investigaras, como bien sabes hacerlo, dónde se halla el ánima de la petite Berthe.

—¡Princesa Rosa al rescate! ¿Al menos pudiera dormir unas horas? —bostezó ella— Con todo este revuelo, terminé muy exhausta.

—De acuerdo, pero deberás llamarme antes de tres días.

—Entendido ¡Cambio y fuera!

Miles y yo nos observamos en silencio, meditando si en verdad Maya lograría descubrir aunque fuera una mínima pista de quién sería la nueva petite Berthe en carne mortal; o nos veríamos obligados a buscarla por toda la ciudad.

—Esa tabla de salvación es peor que las del Titanic, pero no hay otra —decidí que mejor debía tener calma y permitirle hacer su trabajo—. Roguemos porque se mantenga a flote como la que soportó a los dos cubanos. Al menos llegaron al bote salvavidas.

—Tampoco voy a quedarme de brazos cruzados, esperando por Maya —dijo él, resuelto. Claro, bastaba cualquier motivo que lo llevara a investigar y era feliz, así le fuera la vida en eso—. Alguna evidencia hallaré para empezar el "Caso de lo Real Maravilloso", pero sin hacerte sufrir la presencia del "hombre consagrado a su trabajo."

—Miles Edgeworth, odio reconocerlo pero —le sonreí maliciosa— estás ganando terreno.

—Oírtelo decir me complace mucho, Franziska —el pobre de Miles quiso verme siempre como algo más que una díscola y ácida chiquilla. Secretamente, anhelaba un poco de ternura en mis modos para con él. Iba siendo tiempo de recompensarlo—. Voy a darme un baño ahora pero… ¿Tomarías a bien que te leyera unos versos antes de dormir?

—Por supuesto —volví a sonreírle cuando galantemente me cedió el paso y ambos retornamos a la estancia—, siempre y cuando regreses luego a tu habitación.

—Eso te lo garantizo, pero no sé si lo creerás —me devolvió la sonrisa. Iba a cerrar los ventanales, pero le advertí que sólo entrecerrara sus hojas. Me agradaba la brisa nocturna y los rayos lunares incidiendo en la terraza.

Contrario a lo que la mente de un hombre -por más íntegro no menos licenciosa-, pudiera imaginar, Franziska abandonó el cuarto de baño vestida con un pijama de seda gris plata compuesto por dos piezas. Fue ágil hacia el lecho y apartó las sábanas, mientras yo permanecía de pie observándola. Siquiera llevaba uno de esos negligés comúnmente escogidos con antelación y buen tino, capaces de trastornar el juicio incluso a un hombre que no tuviera interés en técnicas de seducción baratas. Sin embargo, la simple blusa de tirantes y el pantalón realzaban sus formas de manera perturbadora. El tono iridiscente de la seda glorificaba aún más la piel suave, fresca. Mulló las almohadas y al hacerlo, no pude menos que ruborizarme cuando el movimiento de sus brazos provocó que el pronunciado escote boqueara repentinamente.

La silueta gentil de Franziska era una sucesión de curvas agradables, como una especie de Venus pequeña y tallada en hielo ¿Sabría ella que no había ante mis ojos mejor obra de arte que su deleitable figura?

—¿Qué haces ahí plantado? ¡Estás pensando algo malo sobre mí otra vez! —buscó el arma debajo de su almohadón, mirándome recelosa.

—Nngh. Solo analizaba por qué me gusta más el art noveau que el art decó —gruñí, maldiciendo para mis adentros su capacidad de leer tras las apariencias ¿O es que el ardor conseguía insinuarse por encima de la tez?—. Deja quieto el látigo, no voy a poder concentrarme si cada vez que termine un verso me lo pones debajo del mentón.

—Los azotes reactivan las cuerdas vocales —sonrió perversa—, te ayudarán.

—Sí y quizás debería cambiar de temática —dije acomodándome a su lado. Aunque corriera el riesgo de que me golpeara con la punta del cuero, quise mortificarla y abriendo el poemario de Baró, hice como si leyera— '… El más corriente de los castigos era el azote. Se los daba el mismo mayoral con un cuero de vaca que marcaba la piel. El látigo también lo hacían de cáñamo, de cualquier rama del monte. Picaba como diablo y arrancaba la piel en tiritas…'

—¡Ack, eso no es lírico! ¡Miles Edgeworth! —pobre Franziska, dispuesta a escuchar algo entrañable, había terminado incluso recostando su cabeza a mi pecho. Y de pronto, la fantasía de oírme declamar el poema de amor se le esfumaba convirtiéndose en el retrato grotesco de un mayoral. Desechó con sobresalto el confort para volver a su pose amenazadora y me observó de mal talante— ¡¿A qué viene ese cambio brusco?! ¡Deja de andarte por las ramas o te haré vivir la experiencia que acabas de contarme!

—Heh, heh. Mi bien, fue solo una broma. Por lo visto no eres la encarnación de la petite Berthe, sino de un contramayoral del siglo XIX, según Miguel Barnet en su "Biografía de un Cimarrón" —sonreí, abrazándola por el talle y procuré brindarle sosiego, al reclinarla nuevamente contra mi pecho. Ella masculló un 'estúpido estúpidamente estúpido' pero se dejó atraer. Acaricié sus cabellos, aspirando la exquisita fragancia de jazmín que se mezcló con la brisa marina de la noche, colándose a través del ventanal abierto.

Más que en los libros amargos

El estudio de la vida,

Pláceme, en dulces letargos,

Verla dormida:—

De sus pestañas al peso

El ancho párpado entorna,

Lirio que, al sol que se torna,

Se cierra pidiendo un beso.

Leí apaciblemente, pensando en lo angustiada que debía estar con la situación de Yarini, a pesar de que sus bellas facciones jamás lo demostrarían. Noté que forzaba los párpados para mantenerlos abiertos, embelesada en el movimiento de mis labios, imagen que ningún hombre disfrutaría nunca; salvo yo, que pagaba gustoso el precio de ser conquistado por entero de una vez y para siempre.

Y luego como fragante

Magnolia que desenvuelve

Sus blancas hojas, revuelve

El tenue encaje flotante:—

De mi capricho al vagar

Imagínala mi Amor,

¡Una Venus del pudor

Surgiendo de un nuevo mar!

Cuando la lámpara vaga

En este templo de amores,

Con sus blandos resplandores

Más que la alumbra, la halaga; —a ese punto, Franziska había terminado prácticamente dormida sobre mí. Volví a sentir el nudo en la garganta y el placer contenido, al notar su mano reposando sobre mi pecho y en su rostro la sonrisa de quien es feliz pese a la zozobra.

(…) Cuando su seno desnudo,

Indefenso, a mi respeto—

Pone más valla que el peto

De bravo guerrero rudo;

Siento que puede el amor,

Dormida y desnuda al verla,

Dejar perla a la que es perla,

Dejar flor a la que es flor; —

Sobre sus labios podría

Los labios míos posar,

Y en su seno reclinar

La pobre cabeza mía,—

Cerré el libro para luego depositarlo sobre una de las mesitas, buscando la manera de no despertarla. Suavemente la acomodé en el almohadón y cubrí sus hermosas formas con la sábana, todavía susurrándole de memoria los versos.

(…) Dicen que suele volar

Por los espacios perdida

El alma, y en otra vida

Sus alas puras bañar;

Dicen que vuelve a venir

A su cuerpo con la Aurora,

Para volver —¡la traidora!—

Con cada noche a partir,

Y si su espíritu en leda

Beatitud los cielos hiende,

De esa mujer que se extiende

Bella ante mí ¿qué me queda?

Blanco cuerpo, línea fría.

Molde hueco, vaso roto,

¡Y viajera por lo ignoto

La luz que los encendía!—

Y ¿a mí que tanto te quiero,

Delicada peregrina,

Turbar la marcha divina

De tu espíritu viajero?—

¡Duerme entre tus blancas galas!

¡Duerme, mariposa mía!

Vuela bien:—¡mi mano impía

No irá a cortarte las alas!—

Le besé la frente con una ternura que también comenzaba a descubrir y deseándole buenas noches como lo hacía cuando éramos niños, salí de la estancia.

Dormí con la inquietud musitando en los oídos y arrancándome las sábanas. En mi letargo, adiviné el olor metálico y las detonaciones de pólvora en las calles. Vi a los franceses apostados sobre la azotea, disparando hacia una esquina. Reconocí las figuras de Yarini y Letot, muertos ya, sus cabezas en el regazo de las cortesanas favoritas. Los lloraban a lágrima viva, si bien, la de Yarini no era su petite Berthe sino la meretriz que regía una de sus accesorías principales. La vi desaparecer el revólver e intentar contenerle la sangre con su pañuelo. Un tribunal desastroso, que declaró a los franceses inocentes por falta de pruebas y les dejaba libres ¿Cuántas aberraciones había cometido la justicia en este país en los siglos XIX y XX? Merecía estudiárselo, para que sirvieran de ejemplo.

Un sonido extraño semejante a un gato afilándose las uñas quebró el sueño. Era de mañana y apenas me incorporé vi la imagen ya no tan espectral de Juan Pedro Baró inclinado sobre el secretaire, dándole vueltas a mi laptop.

—"Buenos días, excúseme si lo desperté —habló muy quedo, casi en balbuceos—. Su maletín es muy interesante, señor Edu... ¿Edgeworth me dijo? Tiene usted buen gusto."

—No lo llevo solo por buen gusto, o sea, que a primera vista parece un simple maletín pero es mucho más. Se trata del mejor instrumento de trabajo con que pueda contarse —maldije su repentino merodeo, frotándome los ojos y busqué desperezarme. Sin embargo, nunca rehusaba una buena charla sobre los avances de la ciencia—. Por lo que conozco, usted poseía una oficina en el banco. Imagine de cuántos cálculos pudo librarse de haber tenido esta máquina, que los resuelve por usted en menos de un segundo.

—"¡Formidable! Llegar al negocio con algo así y luego decirle a los contadores más holgazanes 'Adios, están despedidos'."

Mientras hacía el lecho, me acribilló a preguntas que no pudo aclarar con otros y ahora se deleitaba conociendo las novedades tecnológicas. Parecía muy interesado en los autos, había visto los que se parqueaban a diario en su mansión y algunos modelos de Mercedes Benz y Audi estaban entre sus favoritos. Indudablemente, prefería aquellos con nivel de lujo.

—"Pero hay otros que son propiedad de los que trabajan en las oficinas de mi residencia con un aspecto realmente bochornoso ¡Por cuánto hubiese permitido yo que mis coches tuvieran diez capas de polvo! ¿Creerá que vi a cierto chiquillo escribir "Límpiame, puerco" en el cristal de uno de esos? —gruñó, a la par que miraba por las celosías entreabiertas de la mampara. No sé porqué mantuvo tales residuos de materialización, si bien podían él y su esposa abandonar aquel estado propio de espirituales atrasados—. Por más que aborrezca el vandalismo de nuestra casa y del panteón, vivimos para ver los cambios y aprender. Incluso nosotros debemos instruirnos. Cuando percibimos dos almas empáticas como la suya y la de su damita, nos place mucho ayudarlos a encontrarse de una vez, hasta siempre."

—Franziska pareció muy entusiasmada cuando leí para ella su colección de poemas en un ambiente íntimo —sin dudas hacían buen trabajo, compartir ese pequeño instante fue realmente agradable.

—"Quédeselo, aprenda de él y bríndele satisfacción a la joven —el señor Baró esbozó una sonrisa, que su refinado bigote acentuó—. El verdadero goce y orgullo del hombre se halla precisamente en el hecho de lograr que la mujer se sienta halagada. Si usted consigue saciar esa vanidad encantadora que poseen, le aseguro un porvenir lleno de dicha —hablaba sin dudas alguien experto en la materia—. Tiene que conocerla muy bien, saber de buena tinta sus gustos para que se adelante a los caprichos, tolerar sin exasperarse y darle la vuelta a los distintos cambios de humor producto de… su naturaleza femenina. Poseen reglas más complejas que las del ajedrez, con todo sólo debe conseguir que no lo pongan en jaque y la dama será suya por completo."

—Franziska es el doble de problemática que una mujer normal, desafía toda lógica, mi paciencia y mi cordura.

—"No estaría tan interesado si fuera una joven común, eso mismo le da bríos para intentarlo. Nos semejamos bastante, si ahora no fuera yo un alma, Rompe Tarros lo hubiera confundido conmigo y jamás con Letot ¿Debería esta realidad tan insólita hacerlo meditar sobre su relación con la señorita?"

—Valorizo mucho la privacidad, es por eso que debo tener cuidado a la hora de sacar a la luz nuestro noviazgo, si es que podemos llamarle así. Usted sabe bien de lo que hablo. Paparazzis, gente indeseable…

—"Que no lo detengan las murmuraciones ni los chismes de quienes desean para sí la felicidad de los otros. La vida es corta, y cuando transcurre dichosa, más todavía —dio unos toques airados al piso con el bastón— ¡Mírese en mi espejo! Un palacio a gusto, la mujer que deseaba por esposa, ella con sus hijos finalmente recuperados, los negocios prosperando y todo en armonía ¿Cuánto me duró? ¡Tres años! Oh, Dios, no quiero acordarme del funesto día en que mi Catalina partió… Ya sé que es una frase manida, pero cielo y tierra colapsaron, todo se volvió negro ¡Lo juro! Me acostumbré a sus dorados, a sus verdes y de súbito… ¡Fue como aterrizar en el infierno! Siquiera el hecho de haberle concedido hasta el más ínfimo deseo me apaciguó."

—Lo lamento…

—"No, lo lamentará de verdad si continúa perdiendo el tiempo. Ella esperó como una Penélope, ¿qué más pretende? Le toca sorprenderla. Bríndele la seguridad que necesita, muéstrele su disposición de batallar contra el mundo y exhibirla del brazo, como lo merece quien ha de ser su futura esposa. ¿No la ama usted?"

Amar. Sentía el término como algo extraño a mi persona, quizás porque muchos lo usaban en el sentido más kitsch y no para evocar la grandeza del sentimiento. Eso estaba bien para Wright… Pero si aquella expresión significaba tenerla atravesada en la garganta, con el ansia de meterla bajo la piel de mi pecho y resguardarla allí por el resto de nuestras vidas, entonces podía declararme totalmente adicto al vocablo.

—"La verdad es que no estoy aquí sólo para contemplar ese portentoso maletín, o escucharlo exigir a Yarini que le devuelva su dama en sueños —¡Gah! Era lo último que hubiese imaginado. Juan Pedro rió por lo bajo, visiblemente de buen humor—. Voy a darle un consejo: donde vaya llévela consigo. Rompe Tarros cree que usted se involucrará demasiado en buscar a la petite Berthe y dejará atrás a la señorita. Obre con inteligencia, no deje de mirar los posibles indicios en cada sitio al que visite, pero igualmente hágala enamorarse perdidamente de la ciudad… y de usted."

—¿Qué me recomienda? Conociendo a Franziska, le atraen los látigos por sobre todas las cosas —llevé el índice a la sien, buscando aclarar mis pensamientos— ¿Algún museo de Arte Colonial donde hayan algunos expuestos?

—"Existen otros objetos más hermosos de la colonia que pueden atraer a una dama. Sí, se complacerá de ver los látigos pero no crea… También gusta de las bellas artes ¿O no se sorprendió usted cuando notó que le agradaban las flores, como a toda mujer sensible? Déjela a su aire, pero le sugiero que visite el Liceo Literario y el Gran Teatro —su rostro mudó a una expresión lúgubre, a la par que se cruzaba de brazos—. Hum, guardo recuerdos bastante impíos del sitio pero usted se beneficiará de un magnífico ballet."

Decidí no indagar sobre aquellas memorias tan dolorosas y le puse a Juan Pedro el Tannhauser de Wagner en mi laptop. Dio un leve respingo e inclinó después la cabeza, aprobatorio.

—"Cuando lo digo, usted y yo nos parecemos mucho, señor Eduvi… Edgeworth. Disculpe, me cuesta un poco de trabajo adaptarme."

Antes de que pudiera ir al cuarto de baño, el teléfono dejó escuchar el tono del Samurai de Acero. El señor Baró iba de una impresión tecnológica en otra y sinceramente me apené por su causa, estaba de más decir que los hombres talentosos como él eran la mayor necesidad del siglo XXI.

—Habla Edgeworth… Sí, Maya —la comunicación seguía comportándose de manera pésima—, dime que tienes buenas noticias.

—No lo sé —titubeó antes de asegurarlo—… Quizás esto siquiera es una ayuda, pero confirmé la reencarnación de la chica. Pude canalizar el ánima de Elena Morales, otra de las muchachas de Yarini. Ella me afirmó haber visto a Berthe apropiarse de un objeto suyo como recuerdo, antes de poner bajo tierra el cuerpo de su amor. Según dijo, la nueva encarnación lo lleva consigo, pero no está segura de lo que se trata —Maya emitió un suspiro—… ¡Entonces Yarini la sacó de la canalización y luego me dijo tantas cosas lindas! Nick se puso hecho una furia con él… porque se atrevió a enumerarle todos los motivos por los cuales nunca conseguirá a la mujer de su vida ¡Pero es la verdad!

—Olvidémonos por ahora de cuanto le haya dicho a Wright, quizás sea de las pocas cosas que yo le aprobaría a ese proxeneta —sentí el sudor humedecer mi frente— ¿Siquiera tienes idea de qué clase de objeto Berthe pudo tomar del cadáver?

—No, pero supongo que siendo tan astuto, puede hacer una lista de los posibles. A ver, si yo amara a Nick y el muriera —el grito de Wright respondiendo a la ocurrencia de Maya llegó a mis oídos—, me quedaría… ¿Con qué? Quizás le cortaría uno de sus pinchos… o mejor aún, conservaría la insignia de abogado.

—Gracias, es una información muy útil, Maya —respondí satisfecho y quise mostrarme obsequioso—. Cuando regrese, puedes contar con la colección limitada del Samurai de Acero en action figures.

—¡Genial, señor Edgeworth! —rió como una chiquilla— Si me necesita, puede llamarme cuando guste ¿Cómo está Franziska?

—Eh… Bueno, supongo que bien —le respondí sonrojándome y aclaré de inmediato—. No he ido a su habitación, pero debe haberse despertado.

—¿Y cuánto más va a esperar para ir a darle un beso y los buenos días?

—Franziska no es la Bella Durmiente, Maya —le aseguré, pensando "Si de casualidad no estuviera despierta, mi desayuno sería una buena ración de latigazos"

—A todas nos gusta la idea de que nos bese un príncipe —ripostó ella, con voz soñadora—, eso me dijo Yarini y estoy de acuerdo.

—Por favor, Maya —insistí preocupado—, no te dejes llevar por todo lo que te diga ese villano.

—Ya lo sé, pero me sirve para que cierto idiota se despabile —pobre, advertí la desesperación que también debió padecer Franziska hasta encontrarnos—… ¿Comprende, señor Edgeworth?

—Suena terrible, Maya, pero a veces los hombres necesitamos de una bofetada para ver las cosas más claras…, en sentido figurado.

—¡Gracias por tan maravilloso consejo! Las de Pearl no surten efecto, ya me las arreglaré —sonrió con una malicia que me dio muy mala espina, pero en fin, Wright se lo merecía— ¡Espero que solucione su problema y regrese pronto! Quiero ver ya esas figuras del Samurai de Acero.

—Bien, debo encargarme de ir tras la pista de lo que le sustrajeron a ese infame. Nos veremos —colgué y me dispuse a componerme para el día.

Minutos más tarde, cuando ya estaba listo e iba por Franziska, vi al señor Baró aún frente al secretaire. No se había marchado y se notaba un poco intranquilo. Nada común en alguien como él.

—"… Lo cierto es que ahora hay algo más, señor Eduviworth —admití el asesinato de mi apellido al verlo escoger las palabras. Empecé a sentirme preocupado—... Quiero disculparme de antemano por una tontería de Catalina. Ya sabe que ambos hemos querido verlo a usted y a la señorita juntos, porque reconocemos de inmediato a un amor legítimo; y nuestro estado solo nos permite la evolución espiritual cuando velamos por dos personas empáticas —a la sazón, me percaté de cómo secaba con un pañuelo el sudor ilusorio de su frente—. Por desgracia, de la misma forma que yo consideré llamativo su extraordinario maletín, Cati se sintió tentada por la moda femenina que se lleva en estos tiempos y —pudoroso, le dio vueltas al asunto hasta decidirse a contar la tragedia—… Lo siento, pero me acaba de confiar que desordenó la ropa interior de la señorita von Karma, entusiasmada con los nuevos modelos franceses e incluso le sustrajo uno para mostrármelo. Catalina es así a veces, ella estudiaba la moda para la prensa y todavía gusta de tales cosas. Pero le aseguro que me porté como un caballero y la insté a devolverlo de inmediato."

—Oh, imagino lo mucho que Franziska habrá odiado ver su… lencería fuera de sitio —musité igualmente ruboroso, mirando las losas del suelo con sus llamativas reflexiones producto de las mamparas. Coloqué mis manos en los bolsillos y encogiéndome de hombros, comenté—. Bueno, adivino que su esposa debió soportar un torrente de insultos en varios idiomas, porque ya siquiera se conforma con el alemán.

—"¡Ahí está el problema! La señorita von Karma pensó que usted tiene alguna clase de fetichismo y aprovechó el momento en que dormía para hurtar la prenda. Está sumamente irritada, siquiera Catalina se atrevió a sacarla de su error."

—¡G-Gaaah! —retrocedí un paso, me había librado del revólver de Yarini para morir bajo el arma de Franziska— ¡Cómo puede suponerme tan innoble!

De cualquier forma, ya era obligatorio dar la cara a la fiera. Sin pensarlo un instante, dejé al señor Baró en mi habitación y me dirigí a paso más bien lento hacia el cuarto de Franziska. Me aposté junto a la puerta y lo grueso de la caoba no logró mitigar el enojo de mi compañera. Luego de tragar en seco, di unos golpes apáticos a la hoja de madera.

—¡Si eres tú, Miles Edgeworth, lárgate por dónde mismo viniste!

—Por favor, Franziska, debes comprender que todo esto es un malentendido —traté de hacerla razonar—. Soy por completo inocente.

—¡Vete y olvídate de lo nuestro! ¡Adios!

—Necesito explicarte lo que sucedió.

—¡Miles Edgeworth, no hay nada más que hablar!

—Ábreme, por favor —insistí, acalorado por su necedad, si bien mi voz no se alzó a la par que la suya. "Paciencia", me repetí una y otra vez. El deseo de ofrecerle unos golpes a la hoja con el puño fue mitigándose y acabé llamando con la palma de la mano abierta contra la madera—. Franziska, ábreme la puerta.

La discusión, naturalmente, había llegado a oídos de la propietaria, que todos los días a esa misma hora cambiaba la ropa de cama y las toallas. Acabó de subir el último escalón y me observó con disgusto.

—Oiga, no quiero meterme en los asuntos de mis clientes pero esto ya pasa de castaño oscuro. Lo último que voy a permitir es un acoso —me soltó amenazadora—, usted llega y enseguida se pone a molestar a la joven como si la conociera desde hace mucho. Dígame qué se trae o llamo al jefe de sector.

—¡Argh, n-no estoy acosando a nadie! ¡N-ni tampoco escondo nada! —protesté bastante molesto. Sin embargo, debía considerar que estaba en juego mi reputación y hasta la perspectiva de seguir allí rentado. La verdad, como siempre, se imponía—. Lejos de ser el villano de la película, soy más bien la víctima… Entienda que la señorita von Karma y yo nos conocemos desde niños, vine a buscarla con el único propósito de —sentí el rubor quemarme las mejillas, pero finalmente hallé cómo soltar el motivo—… proponerle una relación. Las discrepancias son algo típico dentro del noviazgo.

—Ah, ¡por eso ya me parecía que estaba escuchando una canción de Pimpinela! —Mmph, solo me faltaba la vergüenza de ser comparados a ese dueto latino, que para colmo eran hermanos de verdad y actuaban como un matrimonio. La casera miró alternativamente la puerta y a mí, tras la hoja de caoba todo era silencio. Igual, ella buscó asegurarse de cuanto le decía— ¡Señorita Franziska! ¿Es verdad que mi cliente y usted tienen un amorío?

Detesté que la estúpida mujer lo acorralara de ese modo; con el rostro contra la madera, quise percibir lo que Miles respondería. Cuando abiertamente le declaró nuestra situación, di un golpe suave con el puño que sostenía el látigo a la madera y lo dejé correr. Segundos más tarde, a la estúpidamente estúpida se le ocurría preguntarme lo mismo, precisándome a otorgarle una contesta.

—"Quedará tranquila y en lo adelante va a dejarlos en paz —escuché la voz melodiosa de Catalina—. Si él tuvo el valor necesario para confesarlo, tú no puedes ser menos… Franziska, has vivido tantos años a su lado y sabes que es todo un caballero ¿por qué asumes que de buenas a primeras va a convertirse en el rufián capaz de robar tu lencería?

—"No se me ocurre quién pudiera tener las agallas suficientes para hacerlo" —apreté con fuerza el arma. Por un instante, creí que Catalina hacía un sobreactuado gesto de inocencia.

—"Hay más entes masculinos en esta casa, rivales de tu adorado fiscal —me dijo socarrona al oído—. Hasta el mismo Yarini pudo ser, aunque no lo creo… Le ha dado su palabra al señor Edgeworth y jamás ha sido hombre de faltar a ella, ni vivo ni muerto."

—"¡Ack, siquiera lo consideré! —propinando unos tirones al cuero, ya estaba pronta a salir y darle su merecido al culpable— ¡Obtendré la confesión de semejantes idiotas en menos de un minuto!... Hmph, y gracias."

Catalina hizo una genuflexión, radiante por el agradecimiento.

Al salir, lo primero que vi fue a la casera, observándome entre asustada y curiosa. Luego advertí a Miles, de brazos cruzados, esperando cualquier obstinación de mi parte respecto a su testimonio.

—Empiezo a cansarme de tratar con estúpidos —musité, preparando el arma conjuntamente miraba de reojo a la dueña de la casa—, nadie le dio vela en este entierro, ¿acaso no es obvio que teníamos un enfrentamiento de índole sentimental? —me volví hacia él— ¡Miles Edgeworth! ¡He descubierto gracias a mi enorme talento para deducir los crímenes, que eres inocente!

—Sí, Franziska, tu destreza legal es abrumadora —suspiró, a todas luces dándome por incorregible.

—Y la persona que cometió el delito… sufrirá los tormentos de los nueve círculos infernales cuando lo halle —lancé una mirada furibunda a la casera—, ¡en esta misma casa!