7
"En aquellos tiempos de perfume y olvido,
hermosura y embriaguez, de infancia y gracia,
no hay abanico que ya en seda, ya en papel
no muestre travesura risueña
o mitológicos deleites de amor"
(José Martí)
Los numerosos encuentros judiciales con Wright me habían mostrado varios giros que podían tomar las acciones humanas, pero hasta ese momento no experimenté ninguno como aquel en que nuestra casera hizo a un lado a la propia Franziska para ser juez y parte de la situación.
—¡Vieja, no me pegues!
—¡Andrés Clemente Leyva! ¿Qué hacías tú con eso, muchacho? —la mujer le arrebató de las manos una pieza de ropa interior, que el susodicho contemplaba impresionado— ¡Nunca pensé que mi hijo se convertiría en esa clase de hombre! ¡¿Y quién es la vieja?!
—Vie… Mami, recontra ¡Te juro que no fui yo quien cogió la tanga de la yuma! Si hubiera querido un recuerdo suyo…
—¿Quieres acordarte de mí? Oh, en ese caso, ¡permíteme grabar mi firma en ti para que me tengas presente siempre que la mires! —Franziska le propinó un latigazo directo a las costillas, que me hizo reconsiderar el revelarle quién había hurtado la prenda. Conociéndola, posiblemente no creyera una palabra y al final, terminaría siendo yo la víctima de su arma— ¡Por sinvergüenza y además, tratarme con ese odioso apelativo con que ustedes se refieren a cualquier extranjero, sea estadounidense o no!
—Usted me perdona, la única que le va a sonar un par de gaznatones, soy yo ¡bien dados! —intervino la dueña. Obvió el cuero dispuesto a caer otra vez, apartándola y enfrentó al hijo. El modo en el que habló sobre abofetearlo casi daba miedo— ¿Desde cuándo te dedicas a robarle a mis clientes? ¡Yo no te eduqué para eso!
—¡La tanga me la dejaron ahí en la cama! —protestó éste, amparándose con ambos brazos ante la furia de su madre— ¡Ni sé como llegó!
—Claro, ahora quieres echarle la culpa a tus hermanos —los manotazos de la casera no se los deseé ni a Larry— ¿O vas a decirme que un espíritu burlón te lo puso bajo la almohada?
"Cuánta razón tiene y no lo sabe", pensé.
—Su desfachatez no conoce límites —Franziska parecía exasperada con el método ancestral de la mujer—, los estúpidos deben atizarse más enérgicamente.
—¡Ya le dije que le pego yo! Usted tranquila, esto no va a ocurrir de nuevo.
—"Lo más probable. Dudo que la señora de Baró quiera intentar otro acercamiento a la lencería de moda, pero le pediré que confiese todo a la yegua desbocada más tarde" —consideré, para después hablarle a mi compañera—. Su madre podrá hacerse cargo, Franziska. Tenemos un asunto importante que resolver y el tiempo corre.
—Hmph, de acuerdo — enrollando el cuero en su puño, me observó de soslayo—. Por lo pronto, unas cuantas bofetadas sustituirán mis latigazos.
—Y llévese lo que Leyvita cogió —la arrendadora, no sé por qué maldita razón me tendió la prenda de Franziska e hizo que su hijo se disculpara más de ocho veces— ¡No sabe cuántas ganas tenía de venderle la cosa esa de juegos! Ahora me dio la justificación ideal para hacerlo.
—Miles Edgeworth…
—Por favor, considérame como un mono sabio con respecto a esto —le dije completamente avergonzado, retornándole su tentadora lencería y me volví buscando la puerta—. Solo tengo cabeza para el otro dilema.
—¿En verdad? —Habíamos abandonado la habitación de Leyva, cuando ella me miró perpleja— Godot asegura no ver el tono rojo, pero extrañamente notó el provocador vestido con que Mía fue canalizada.
—Franziska —me detuve justo cuando llegamos al salón principal y suspiré, observándola grave—… Momentos atrás me acusaste de lujurioso por causa del robo de tu prenda, ¿y ahora soy culpable de no apreciar sus detalles? ¿Qué pretendes que te diga?
—N-no lo sé —fue su turno de ruborizarse. Por lo visto, quería saberse deseada pero siquiera tenía noción de cómo averiguarlo. Me tocaba poner al rey en una casilla donde se hallara a buen amparo.
—Tu sentido de la perfección me dice que debes tener un gusto exquisito aún para las cosas más reservadas —le sonreí, tomando la mano con que sostenía el arma y deposité un beso en ella. Me observó aturdida, estremeciéndose al contacto—. ¿Qué, no se me permite suponer tal cosa?
—Miles Edgeworth, ¿estás rivalizando con Yarini?
—¿¡Pero qué…?! —lo había mencionado solo para molestarme, a juzgar por su expresión irónica. Sin embargo, era una de mis tantas victorias sobre todo el sinfín de contradicciones que arrastraba consigo.
Cuando entré al auto y me dispuse a componerme la banda de seguridad, aún ponderaba las diferencias que podían existir en algo tan simple como besar la mano de una mujer. Hasta mi llegada a La Habana, siempre me había limitado a las reverencias y el uso de guantes impuso cierta barrera a los entusiastas de viejas costumbres. Pero debí toparme de frente contra la renombrada y antigua caballerosidad latina, sin guantes que mediaran a causa del horrible calor. El roce de unos labios masculinos sobre la piel de la antepalma era inquietante cuando menos. Las sensaciones variaban en dependencia del hombre de quien recibieras aquel gesto pleno de gallardía. Juan Pedro Baró se había cuidado de ofrecer a mi mano un beso prudente y respetuoso, casi efímero, pero tan natural y puro como la fragancia que huye al destaparse un frasco de colonia para hombres. Alberto Yarini sería un recuerdo imborrable de turbación, al acariciar con la punta de sus dedos mi palma, convirtiendo el sobresalto en duda. Esa mezcla del aliento acalorado y la humedad de sus labios succionando con placidez mis nudillos podían quebrar la más íntegra fortaleza. Miles, sin embargo…
—Recopilé la poca información que se brinda sobre Alberto Yarini en internet. Existe una lista de cuanto llevaba consigo el día que lo asesinaron. Objetos que después llegaron a manos de su padre o amigos.
—¡Ack, en lugar de fiscal deberías volverte médium! —le solté, odiándolo irremediablemente por hacer trizas mi apasionado análisis.
—¿Y canalizarlo para ti? —apartó la mirada de la extensa calle para observarme de soslayo, a la par que sus manos presionaban el forro del volante.
—No te hagas una idea equivocada, Miles Edgeworth —gruñí furiosa, extrayendo una guía turística del bolso. Él pareció ligeramente asombrado al ver que no se trataba de mi látigo y retomó el interés en la vía—. ¿Es que no tiene climatización este auto?
—Para tu conocimiento, está al máximo —lucía resentido y casi esperé que culpara a Yarini de mi temperatura. Era tan inusual verlo comportarse así, cuando los mortales jamás le hicieron sentir celos, al menos en apariencia… ¿Quizás porque no consideraba como posible rival a ningún hombre de carne y hueso?—. Pero si lo deseas, puedo abrir las ventanillas y dejar que la brisa marina nos golpee…
Señaló a su izquierda el litoral, donde un tabique iba extendiéndose hasta el horizonte y cumplía su función de retener las olas, por entonces no muy elevadas. Cientos de parejas se agolpaban en él, era notable la presencia de trovadores y los grupos de jóvenes o personas con edad respetable que iban a tomar el aire del mar. Algunos contemplando arrobados la gran extensión de agua, como si le dedicaran sus plegarias.
—Hmph, ese muro tiene un largo considerable… ¡Y aún así no parece suficiente para tanta muchedumbre! ¡Todos quieren sentarse en él!
—¿Nunca oíste hablar del Malecón tradicional, Franziska? Es uno de los sitios más comunes de La Habana —sonrió al ver que yo desconocía la ciudad más que él mismo. Al inicio me indigné por su arrogancia, luego pensé que sonreír le quedaba muy bien—. Por lo visto, entre sus costumbres hay una que lleva a todos los enamorados a besarse junto al mar, principalmente al ocaso.
—Tsk, vaya exhibicionismo —el resentimiento por tanta emancipación me hizo cruzarme de brazos y fruncir el ceño— ¿Qué ven de romántico en mostrarle su apetito venéreo a toda la ciudad?
—Los habaneros tienen otra forma de pensar, viven sin mucho sermón —dijo encogiéndose de hombros—; lo que para nosotros es ligereza capaz de avergonzar, ellos la vuelven una demostración de felicidad.
—¡Ack, estás actuando como la defensa! —Inconcebible que hablara como un habanero más— ¿Y apruebas esa práctica tan libidinosa?
—La vista del mar y el castillo de los Tres Reyes del Morro hacen un conjunto espléndido. Si eso los inspira, ¿quién va a decirles que no compartan su idilio?
—¡Hmph! —lo golpeé con la guía turística en el codo. Imagino el corrientazo que debió sentir, porque lanzó un corte que casi lo hizo golpear uno de esos taxis viejísimos, con una carrocería tan dura que pudo habernos convertido en latas de mermelada. El insulto del chofer traspasó los cristales de nuestro auto.
—¡¿E-es que no puedes guardar el lá… tu arma un segundo?! ¡No te he propuesto acompañar a la tradición local! —incapaz de retornar las ofensas al taxista, dada mi presencia y su inhabilidad para competir con semejantes groserías, solo consiguió apretar los dientes y quejarse por lo bajo. Lamenté su vergüenza y me propuse no volver a contrariarlo, al menos cuando estuviera frente al timón—. El tráfico es muy desorganizado en esta ciudad, Franziska. Intento concentrarme o lo único que besaremos será el Torreón de San Lázaro.
—Olvídalo… Me hablabas de una lista ¿Crees que nos guie directo a lo que buscamos? —Retraje las emociones obligándome a pensar en el objeto que petite Berthe sustrajera— Igual pudo quedarse con una pieza que se hallara en la casa.
—No tomaría consigo algo sin esencia. Deseaba conservar en el recuerdo al proxeneta, de forma que debió llevarse una de las cosas que todavía mantuviera su calor.
—Ugh, eso no es romántico, sino asqueroso —musité con desagrado. Lo primero que vino a mi mente fue la imagen de aquellas mujeres arrancando al cadáver los botones de su portañuela—. Déjame ver esa lista.
—Precisamente, iremos a buscarla —debió figurarse lo que yo acababa de imaginar, porque no insistió más sobre los objetos—. Está en un libro, "San Isidro 1910" de Dulcila Cañizares. Acabo de comprobar que actualmente no existen ejemplares a la venta e imposible que pueda comprarlo ahora vía internet. Solo tenemos una probabilidad y es el mercado de libros de uso.
—Según la guía, está cerca de la Plaza de Armas —preferí concentrarme en el mapa y borrar la idea del botón, que parecía sujeta con puntillas a mi cerebro—… ¿Por qué la calle aparece sin nombre?
—Tal vez Jacques de Sores lo robó cuando asoló la ciudad en 1555 —dijo sin apartar la mirada del volante. Casi estuve a punto de atizarle otra vez con la guía, pero me contuve… ¿Se había dignado a bromear?
—Miles Edgeworth, cuando abandones la fiscalía, reconsidera dedicarte al humorismo. Estarías mejor trabajando como presentador en un canal de noticias.
—Lo siento, pero me temo que dicho empleo me haría más popular entre las mujeres —dio un hábil corte a diestra, evadiendo un remolque lleno de grava, no sin antes advertirle con un buen par de claxonazos. Al ver mi rostro encendido de furia y la disposición de agredirlo, así nos matáramos, se aventuró a rozarme por un breve segundo el mentón con el índice y precisó de inmediato—. Mi bien, solo fue una broma. No tiene caso que te enfades por tan poca cosa.
—Tsk —respondí apartando el rostro ante la caricia y me crucé de brazos, prestándole atención a la ventanilla. Justo entonces pasábamos cerca de una pequeña glorieta donde el ángel más triste que había observado en mi existencia custodiaba un trozo de muro—, no te doy un buen correctivo porque serías capaz de estrellarnos contra ese monumento.
—Preferiría acabar embistiendo la farola —respondió grave, su expresión había mudado por completo a una taciturna—, dicho lugar es el mejor recordatorio que puede tener cualquier letrado de un juicio completamente falso y por ende, vergonzoso. Imagina que por chivo expiatorio de la creciente lucha independentista de esta isla contra España, se tomen ocho estudiantes del primer año de medicina al azar, de entre dieciséis y veintiún años, para enviarlos a un paredón de fusilamiento. Donde juez y fiscal dejaron mucho que desear, la defensa hizo excelente trabajo pero el gobierno español pidió a toda costa que corriera la sangre inocente, para "mitigar" su orgullo herido.
—¿De qué se les acusó? —ante soberana muestra de injusticia, olvidé incluso que la defensa era exaltada…, con toda razón. Solo pude morderme los labios.
—Les adjudicaron la culpa de profanar la tumba del periodista español Gonzalo Castañón, lo cual era una total falacia. Dicen que su defensor, Federico Capdevila, se negó incluso a firmar la sentencia. Otro militar español, Nicolás Estévanez Murphy, quebró la espada al verse impotente de salvarlos. Años después, el hijo del periodista vino a confirmar la inocencia de aquellos jóvenes, y pidió perdón a nombre de la sociedad española.
—¡Estúpidos que por necios son tres veces estúpidos! —me uní al disgusto de Miles. Por causa de semejantes patanes la justicia había sufrido una mancha más en su toga— ¡Ese tribunal era un fraude! ¿Qué hijo de Satán exigiría la pena de muerte sin pruebas que lo amparasen?
—Exacto, pero ya estaba convenido entre los militares que llevaron a cabo el primer juicio. Los soldados voluntarios españoles pedían sangre criolla, debido a sus fracasos para detener la creciente insurrección y esos jovencitos inocentes les vinieron de maravillas.
—Qué detestable, un defensor actuando con dignidad y el fiscal corrupto —solo de pensarlo me dio náuseas, de modo que intenté guiar mis cavilaciones por otro sendero. Fue cuando vi las dos torres campanarios— ¿Por qué tienes que buscar un parqueo tan lejos de la venta de libros? —incapaz de adivinar sus planes, lo reproché al ver que retrasaba la búsqueda— ¡Esto es la plaza de la Catedral!
Nunca la había observado personalmente, sin embargo, era fácil de reconocer por lo barroco de sus edificaciones, el adoquinado de las calles y la Catedral de San Cristóbal de La Habana, con una fachada también barroca y sus dos torres desiguales, dedicada a la Virgen María de la Inmaculada Concepción. La plaza la ocupaban en buena parte las mansiones de la nobleza habanera colonial, a juzgar por su aspecto de palacetes.
—Antes de ir por él, entremos a esa antigua casa de la colonia.
—Sí, parece tan arcaica como tu admiradora. Siendo esto la Habana Vieja ¿no estará ella por aquí? —Miles dio un respingo, mirando a su alrededor y sonreí al verlo tan alarmado— ¿Qué tiene la mansión de interesante?
—Usa tu guía para lo que realmente sirve y mira por tí misma. La casa de los condes de Casa Bayona, hoy es un museo de arte colonial —a su anterior disgusto por mi broma sobre Oldbag, antepuso el deseo de mostrarse afectuoso—. Posee una vasta colección de abanicos, que de seguro te agradarán —me ayudó a bajar del auto galantemente. Noté su esfuerzo por cautivarme y hacer que olvidara un poco el melodrama de Alberto Yarini—. Retrocedamos al siglo XIX, en los años cercanos a la Guerra de Independencia. Imagina que llevas un bello vestido tradicional, guantes…
—Y un látigo.
—Franziska, las aristócratas no iban armadas, a no ser que fueran dueñas de un ingenio y el mayoral hiciera pésimamente mal su trabajo. Una señorita usaría su mano para exhibir el abanico, en todo caso.
—Las mujeres de China los empleaban para defenderse y me parece genial. Un objeto hermoso del que no esperas daño, se convierte de pronto en arma con el simple gesto de tu mano —él se cubrió el rostro con la suya e hizo un mohín negativo—. Catalina tiene razón, cada mujer debe poseer el suyo.
—Llevas contigo algo bien peligroso como para que necesites más, Franziska ¡Hasta la guía turística se volvió un ladrillo en tus manos!
—Aquí tenemos al tacaño de Miles Edgeworth ¡Es increíble que no seas capaz de complacer el más austero de mis gustos! Ahora mismo, sería un alivio con este calor infernal, ¡hasta las suelas de mis zapatos están derritiéndose! —proferí, a la vez que me recostaba supuestamente a una columna, pero en su lugar toqué cierta protuberancia metálica— Ugh —retiré la mano de inmediato al ver el sitio donde la había colocado—…
—Tengo la molesta sensación de que a partir de ahora, el alma de un bailarín de flamenco también comenzará a molestarme. Creí que con Alberto Yarini era suficiente —observó ruboroso la escultura de Antonio Gades, tan bien proporcionada como lo fuera él en vida y luego a mí, que moría de vergüenza por haberme arrimado justamente a esa parte del gran artista. Por supuesto, cambió de tema en el acto— ¡No dije que me negaba a comprarte un abanico, sino a que lo uses también como arma!
Interrumpí su protesta halándolo por el brazo en dirección al museo de la colonia. Secretamente quería devorar el nuevo conocimiento que me ofrecía, sobre todo si se trataba de objetos refinados—.Ya estás de nuevo parloteando necedades, qué suerte la tuya que olvidara mi látigo sobre la cama.
—¿O-oh, lo dejaste atrás? —alzó una ceja, visiblemente intrigado y se dejó conducir— ¿Será el principio de una evolución?
—¡Todo por culpa del estúpido hijo de la casera! Ahora no tendría que usar algo tan incómodo como la guía para situarte —las muchachas de la entrada me recibieron amables y a él…, el doble de amables. Los cuchicheos propios de las hembras en celo no se hicieron esperar ante la presencia de un macho alfa. Si acaso estaba comprometido era un detalle que no parecía importarles.
—¿A qué te refieres con "situarme"? ¡No he hecho nada para merecer tu cólera!
—Sabía que dirías eso —rezongué, situándome frente a una estantería que mostraba dos preciosos ejemplares de abanicos españoles del siglo XIX, del modelo pericón. Los varillajes y padrones hechos en nácar calado, el país del primero en tela simple color ocre con decoraciones de guirnaldas y aves, llevaba por nombre "Primavera", mientras el segundo hacía ostentación de un encaje de bolillos pleno de lentejuelas—. Cuando regresemos voy a estar al tanto de tu salario mensual.
—¿Qué tiene que ver mi sueldo? Estás delirando si piensas que vas a podérmelo reducir. Mis superiores no creerán que un ataque de celos sea suficiente razón para tal cosa.
—¿Los superiores? Pse. Yo misma pienso cobrar todas y cada una de las que me hagas en este lugar —olvidé pronto mis amenazas, ante un hermosísimo abanico de novia igualmente del XIX, pero francés. El varillaje liso era de nácar y el país simple, de encaje sobre tul bordado. Lucía una cartela en el extremo izquierdo con una escena romántica pintada a mano sobre la tela—. Es lamentable que se perdiera la costumbre de hacer esos regalos a las futuras esposas.
—Supongo que las novias de hoy día son menos espirituales y más prácticas.
Habíamos llegado a las vitrinas donde, según decía el expositor, se hallaba parte de la colección que perteneciera a la poetisa Dulce María Loynaz.
—"El abanico no es un accesorio, sino un todo perfecto, una obra de arte en miniatura y como tal hay que respetarla. Dulce María Loynaz" —ilusionada cual si tuviera diecisiete años, le señalé otro pericón francés, con país de seda y varillaje de marfil labrado en filigrana. El padrón izquierdo mostraba la pequeña corona de oro y diamantes y la inicial Z que correspondía, según la clasificación escrita por la propia dueña, a la familia Zuazo o marqueses de Almeida y Rendón— ¿Por qué siendo yo Franziska von Karma, no se me había ocurrido poseer un artículo de lujo como éste?
—Quizás porque Franziska von Karma reside en Alemania, donde hace bastante frío como para tener la necesidad de uno, excepto por vana presunción. Además, en Europa esa moda ha caducado —dijo encogiéndose de hombros. Cambió de súbito al propinarle un golpe con la guía—… ¡Nnghoooh! ¿¡Pudieras dejarme terminar la idea, mujer!?
—Habla, pero te advierto que si vuelves a decir algo que no me agrade, mi fiel guía turística te hará ver las estrellas ¡y no precisamente las de este sitio que anuncian como Tropicana!
—Iba a decir que puedo regalarte uno para que lo uses en tus viajes a lugares donde el calor abrasa —concluyendo que había errado al tratar de motivarme, dejó escapar un suspiro. Casi escuché la voz de Catalina reprendiéndome, y verlo tan melancólico sinceramente me apenó—. Ya sé que te quedaste prendada de sus adornos, pero esto es una exposición.
Durante lo que siguió de la visita hice lo imposible por demostrarle que su interés era compartido. Terminamos incluso poniendo rejas imaginarias de estilo colonial a mi mansión, con bellos remates de hojas en punta; le propuse a Miles que hiciera uso de unas mamparas dentro de su residencia, nos llamó la atención la taza de porcelana con protector para el bigote y ponderamos si el señor Baró usaría una como esa. Todo fluyó de maravillas hasta que terminamos ante un quitrín, posiblemente usado por las aristócratas, debido a su menudo tamaño. El quitrín pequeño y las calesas ligeras se convirtieron en las carrozas favoritas de las mujeres con buen linaje. Sin embargo, ver el traje de calesero, los de los niños esclavos que tenían la obligación de acompañar el almuerzo de sus amos, abanicándolos todo el tiempo, y los látigos con que éstos eran bien azotados me hizo estremecer.
—La esclavitud es horrorosa —musité—. Esos pobres…
—Claro que lo es, ¿no deberías analizar entonces el uso que le das a tu arma? —indicó, señalándome con el índice.
—¡¿Acaso me estás comparando con uno de esos miserables rasca cueros, Miles Edgeworth?! —apreté los puños, soberanamente ofendida— ¡No soy una esclavista! ¡A-apenas sí rozo la piel de los mentecatos que osan pasarse de estúpidos! ¡Y tengo sirvientes, pero ninguno de ellos puede quejarse de mi trato! ¡¿Cuándo he azotado yo a un niño?!
—Ya está bien, Franziska. Recupera la compostura —intentó aplacar mi ánimo—, están observándonos.
—¡Que nos miren!
Escuché los comentarios de las dos guías de sala, riendo a causa de nuestra discusión.
—¡Ave María, mira esa yumita la clase de fajá que se está dando con el marido!
—¿Y qué estaban diciendo, tú que sabes inglés?
—Ay, niña no toques ahí. Parece que a ella le gusta usar el látigo en la cama y él no está pa' eso.
Enrojecí de pies a cabeza, no sólo por la idea que se habían llevado de algo totalmente distinto. Sino que además establecían que Miles era mi esposo ¿Acaso lucíamos como un matrimonio?
—Franziska… Vamos a comprar tu abanico —tan ruborizado como yo, me tomó de la muñeca y justo como aquel día nefasto en que me dispararon al hombro, caminó rápidamente, arrastrándome consigo varias cuadras sin levantar el rostro.
La tienda se veía bastante simple, una casa muy antigua pero bien remozada, como era característico en esa zona de la ciudad. Precisamente, no se le llamaba la "Habana Vieja" o "Casco Histórico" por gusto. Las estanterías de madera preciosa y cristal exhibían una serie de bellos pericones decorados a mano. Algunos incluso venían en combinación con estolas. Fui directo al mostrador, e hice mi solicitud a la joven que atendía.
—Muéstreme el abanico más caro que tenga.
—Los de color negro, señorita —la dependiente sonrió y tomando uno en la mano lo abrió de súbito. El varillaje, desplegado al característico rumor de un "chriiisshhh", semejó la cola del pavorreal exponiendo sus encantos—. Si es que desea personalizar un motivo en él, ahí está la decoradora. Es muy habilidosa con los temas florales.
—¡Pero estos no son de nácar o plata, siquiera de madera preciosa! Yo nací para usar algo más costoso y refinado —musité sin poder ocultar la decepción, volviéndome hacia Miles— ¡Quiero el de seda y marfil de la poetisa Dulce María Loynaz!
—Franziska, eso es imposible y no hablo del costo —dijo, mostrándome la palma de las manos, en un gesto de impotencia—. Simplemente, hay leyes que protegen los bienes patrimoniales de ser comercializados.
—Humph. Entonces voy a llevar éste, aunque la oferta en comparación es horrible.
—¿Quisiera decorarlo con sus flores preferidas? —me preguntó la señora mayor que los dibujaba, pincel en mano y sonriente—. Puedo añadirle sus nombres, hacen una pareja muy bonita ¿Primera vez en Cuba? ¿Están de Luna de Miel?
—Sí, y no. Me refiero a que —ofuscado, Miles olvidó que no llevaba el cravat y en su lugar, solo pudo asir el cuello de la camisa—… Recién comenzamos…
—Quiero unos lirios y rosas amarillas —le dije sin pensarlo mucho a la mujer ¿Desde cuándo me gustaban tanto las segundas?—. Escríbale con trazo perfecto "Catalina y Juan"… ¡Ugh, espere! Póngale "Franziska y Miles" —de repente sentí que debía rectificarlo de nuevo— "Para Franziska y Miles, un recuerdo de Catalina Lasa y Juan Pedro Baró"
—¡Oiga, pero decídase! —la señora me observaba ya con impaciencia, y luego me soltó— ¿Rosas amarillas, para una pareja?
—¿Qué tienen…? —de repente caí en cuenta— ¡Miles Edgeworth, el color amarillo en las flores es un símbolo de infidelidad!
—No te quejes, fuiste tú quien lo pidió —se había cruzado de brazos, visiblemente molesto—. Resulta que deseo regalarte algo y ahora debo pagar un recuerdo que no es mío, sino de ciertos personajes.
—Por favor, explíqueme, porque cada vez entiendo menos —la decoradora colocó el pincel sobre la paleta, suspirando— ¿Quiénes son ustedes, Catalina y Juan o Franziska y Miles?
—Si continuamos así, dentro de poco voy a terminar siendo Louis Letot —la mujer abrió los ojos, mirándolo como si estuviera loco—. Dibuje usted las flores, no importa el color y obvie la inscripción.
—¡Un momento! —la detuve al finalizar el ramo. Ella se sobresaltó, dejando caer la gota de purpurina que colgaba del pincel sobre los pétalos de una rosa— Escríbale "Franziska von Karma y Miles Edgeworth. Primera vez en La Habana".
Y realmente anticipé que sería la primera vez para muchas cosas.
Al salir de la tienda rumbo a la venta de libros, Franziska iba muy oronda intentando aprender el "abre y cierre" del abanico. Tranquilo de verla feliz, sonreí al notar cómo se deleitaba en obrar con él una serie de gestos extraños. No supe por qué razón movía aquel objeto exageradamente sobre el pecho o sujetaba el varillaje cambiando el número de los dedos; pero cuando se ocultó el rostro con él, observándome de una forma que no tenía más descripción que seductora, me percaté de sus intenciones. La pobre aún debía practicar mucho para lograr ese lenguaje secreto conque las damas cubanas declaraban su afecto, pero agradecí el intento.
—Nunca supe que conocieras el uso romántico del abanico.
—Tampoco sabías mi gran cultura de flores —me devolvió una sonrisa gloriosa; para demostrar cuánto apreciaba el regalo se asió de mi brazo, haciéndome partícipe del aire dulce que éste proporcionaba—. Y no me asombra, continuamente demuestras lo perdido que estás leyendo el corazón de las mujeres.
—Pues me dispongo a sorprenderte un día —observé que pasaba el abanico hacia su mano izquierda, agitándolo con movimientos leves—… El mío también te pertenece, Franziska.
—¿Cómo lo supiste? —me devolvió una mirada llena de sorpresa.
—Dije que te sorprendería.
Caminamos por la Calle de los Oficios hasta Baratillo, que al final sí tenía nombre, solo que por alguna peregrina razón jamás apareció en los mapas. Bien pronto vimos el pequeño espacio donde se apiñaban los vendedores de libros con sus estantes.
—¡Las memorias de mis putas tristes, arriba! —gritó un tipo con aspecto desconsolado. Al parecer llevaba tiempo ahí pregonando y la venta no prosperaba.
—Tsk, cuánta desfachatez ¿Por qué tiene que contar las vivencias de aquellas pobres mujeres, víctimas de su lascivia? ¡Solo alguien morboso querrá leer eso, todavía las "Memorias de una Geisha"! ¡Si estuviera aquí por cuestiones de trabajo, lo llevaría a la cárcel!
—Franziska, no hay motivo para escandalizarse. "Memorias de mis putas tristes" es una excelente novela de Gabriel García Márquez —le indiqué el nombre, impreso en la portada—; su autor fue el Premio Nobel, no este pobre tendero.
—Dime, amigo ¿estás buscando algo en específico? Tengo ejemplares de la vida del Ché, poesía cubana, las revistas del ballet —me soltó de carretilla un tipo moreno, grueso y pequeño con sombrero de yarey. Súbitamente puso ante mis ojos uno de los ejemplares expuestos—… Mire, una joyita; "Secretos del Futuro", son varios cuentos de ciencia ficción escritos a principios de los 2000. Si encuentra otro ejemplar, le pago yo el doble, vaya.
—Solo nos interesa un libro sobre Alberto Yarini, el título es…
—¡El gallo de San Isidro! Tremendo personaje, volvió locas a todas las mujeres de La Habana —por lo visto, el vendedor consideraba que pararse de puntillas y manotear como un poseso compensaría su falta de estatura… y ser más bajo que Franziska para un hombre debía resultar incómodo—. Aquí tengo la obra de teatro "Réquiem por Yarini" y "Flores para una Leyenda" ¿Se los envuelvo los dos?
—Por desgracia para usted, ninguno me interesa. Busco "San Isidro, 1910".
—Ese lo tenía, pero vino una extranjera medio arrebatá y se lo llevó. Pelirroja ella, con un afro. Me pagó tremendo billete por el libro. Imagínese, ¡el tipo aún muerto atrae a las mujeres de cualquier lado!
—¿Y no posee más ninguno?
—¡Qué va, difícil, difícil! ¡No lo hay ni en los centros espirituales! —Solo de oír aquella palabra referente a lo sobrenatural, compadecía a Maya y a todas las médiums por su labor— Pregunte a ver si mis colegas lo tienen, va y alguno puede ayudarlo.
Terminamos exhaustos de tanto deambular entre los tenderos, ambos literalmente convertidos en un par de pieles rojas bajo el violento sol; todo en vano. Finalmente, nos quedamos sin escudriñar en el pasado de aquel proxeneta que siglos después continuaba siendo leyenda, no solo en la ciudad. Todo el país lo conocía y la historia ya cruzaba el océano.
—Miles Edgeworth, ¿no te parece que deberíamos tomar algo? De seguro tienes ganas de consumir una golosina —estaba en verdad profundamente ofuscado, cuando ella desvió mi atención hacia su guía. Observé "Museo y Casa del Chocolate". Por supuesto, era el modo que Franziska usaba para anunciar sus deseos, involucrándome cuando yo siquiera pensaba en eso… Aunque para variar percibí que también lo hacía por infundir ánimo a mi espíritu—. Considero que pensarás mejor luego de tomar un chocolate frío.
—Muy bien. Ahora no tengo más opción, ¿cierto?
Transitamos por una estrecha calle lateral de nombre Amargura, como una clara alusión al sentimiento que nos embargaba hasta llegar a Mercaderes, plena de comercios y gente. La casa con una cruz verde y el delicioso aroma del cacao hirviendo indicaron que habíamos llegado al sitio correcto. Dentro, las mesas estaban dispuestas de manera que siempre lograra contemplarse parte del conjunto de porcelanas que allí se atesoraban, en vitrinas a modo de columna. Un juego de Sèvres trabajado con absoluta exquisitez me hizo rabiar de envidia. Sólo entonces comprendí la frustración de ella con el abanico de Dulce María Loynaz.
—¡Toma ya! —sonrió burlona, adivinando mi pensamiento— Qué triste, Miles, pero no te puedo comprar un bien patrimonial, ¿recuerdas?
—Ya lo sé, no tienes que refrescarme la memoria —rezongué al ver que mi conjunto favorito, igualmente había pertenecido a la familia de la poetisa.
Lo que sucedió luego, estoy seguro de que Franziska no lo hizo a propósito… Simplemente, aquel patiecito en calma, lleno de plantas, nos llevó a que lo prefiriéramos al ambiente bullicioso del interior. Ella se lanzó a ocupar un asiento sin esperar por mi obligación de caballero y sólo después de acomodarnos, vimos la piedra esculpida que representaba el ídolo del cacao. Nos observaba penetrante, como si aguardara una mala crítica a su chocolate para cobrar vida. Sin embargo, lejos de ser hostil, era un claro símbolo de fertilidad el que nos resguardaba.
—¡Miles Edgeworth! —otra vez mi nombre completo— ¿Qué pretendes al sentarnos junto a un fetiche semejante?
—Es tu culpa por salir apresurada y establecerte sin mirar —le respondí, sonriendo al darme cuenta de su ofuscación—. No te asustes, mi bien. Dudo mucho que tenga la virtud de fecundarte con la mirada.
—¡Ack, por las barbas de Satanás, qué repulsivo! —pero se abstrajo de golpearme, para cruzar los brazos amparándose de cualquier efluvio sobrenatural. Estaba claro que después de toparnos con almas errantes y toda una serie de situaciones fuera de lo común, Franziska había decidido que era mejor no confiarse.
Aguardamos por la dependiente, meditando sobre otras posibilidades de hacernos con la bendita lista. Cuando la mujer se aproximó portando la carta a fin de luego escribir el pedido, advertí la sonrisa traviesa de quien reconoce a una pareja en sus inicios. Observó maliciosa primero al dios del cacao y luego a nosotros, deseándonos perpetuo amor y una bella descendencia. Temí que Franziska decidiera irse de la chocolatería por causa de la indiscreción, pero únicamente apretó con fuerza la guía turística y refunfuñó en voz baja su palabra favorita. Al marcharse la dependiente, una seductora melodía nos acompañó, haciéndola olvidar su disgusto para escuchar mejor la letra.
Hoy mi Habana viste lo mejor y más coqueta que una flor,
Abre sus puertas y ventanas.
Ella se ha sentado en el balcón,
Abanicando la ilusión de que esta noche sea amada.
Hoy mi Habana espera a un señor mitad azúcar, mitad sol,
Con un clavel en la solapa.
Solo sabe que se llama Juan, o mejor dicho, don San Juan
Dueño de la mitad de su alma.
Dime, corazón, qué debo hacer con la ternura
Que adorné con el collar de la mañana.
Háblame de amor, que hoy es el día de los dos,
El sentimiento fue a pasear en barca…
Acaso motivada por el romántico entorno y la necesidad de ofrecernos mutuo aliento, colocó su silla junto a la mía. Obvió al ícono del cacao que tanto la sobresaltara, poniendo su mano sobre mi hombro y recostando la mejilla a mi antebrazo.
—Eres un hombre listo, lo conseguirás. Puedes obtener una copia en la misma editorial que lo publicó —su intento de consuelo fue como una grata medicina—. Y todavía existen dos lugares más de venta en la calle Obispo.
—Sí, o solicitar el listado en el archivo nacional —suspiré, agradecido por la momentánea paz—. Lo siento, Franziska, el tiempo corre y se me hace difícil combinar el paseo con la investigación. Por mucho empeño que pongo en agradarte, solo alcanzo a molestar.
No respondió presta, sino que se mantuvo en silencio mientras la dependiente servía los vasos de chocolate. Solo cuando se hubo marchado, Franziska sonrió para luego murmurar:
—A lo mejor te has hecho una idea equivocada —noté que se mordía los labios, pensativa. Titubeó antes de dar el siguiente paso— ¿Has visto cuántas parejas hay aquí, arrullándose? Esta maldita ciudad evidencia tanto su pasión, que casi deseo compartirla… Casi.
No me detuve a razonar cuánto anhelo había o no en sus "casi". Probablemente, si Osvaldo Farrés, autor del famoso bolero "Quizás, quizás, quizás" hubiera pasado a la acción, como yo, habría puesto fin a su larga espera. Estaba tan próxima que solo necesité inclinarme un poco. Anulé todo espacio entre nosotros y encerré un beso en sus labios, sentenciándola a compartir mi delirio por su boca, sin límites de recato ni de tiempo. Con ternura nos mordimos los labios y yo el anzuelo donde quedaba irremediablemente asido y perdía toda voluntad. Impregnado de su respiración, ella de mi valor, desvanecimos los temores a los juicios y veredictos de culpabilidad que pudiesen otorgarnos. Cierto que ambos detestábamos exponer nuestra vida privada o afectuosa en público, sin embargo, La Habana tenía sus modos de sacar a flote los sentimientos de quienes la visitaban. Se metía en los corazones más recalcitrantes, disfrazada de canción romántica o rincón inolvidable ¿Y quién iba a señalarnos con el dedo, si la ciudad en pleno festejaba sus amores?
—¡CLIC! —el sonido electrónico indicando el obturador de una cámara me sobresaltó. Lo primero que distinguí fue aquel afro de un rojo subido que ya conocía de memoria ¿Qué diablos hacía en La Habana esa maldita reportera?
—¡Lo sabía! ¡Mi sexto sentío me lo dijo! —la irritante periodista se inclinó sobre la mesa para mostrarnos su obra inoportuna— ¡Lotta Hart siempre está donde está la noticia! ¿Qué les parece, eh?
La foto solo mostraba el rostro de Franziska mientras que el mío quedó cubierto, pues quiso la suerte que en un súbito reflejo ella desplegara el abanico, buscando resguardarnos. Lejos de ofrecerme paz, me preocupó el doble ¿Qué turbios manejos haría esa periodista con dicha imagen? La reputación de Franziska estaba en juego.
—¡Ya imagino los titulares! 'Develao escándalo secreto de la Fiscalía' —puso los brazos en jarras y dio rienda suelta al entusiasmo— ¡Voy a ser la mejor fotógrafa de los juzgaos!
—¡Tranquilícese o pasará el resto de su vida sacándole fotos a las rejas de la cárcel! —estampé un palmetazo en la mesa, donde los vasos tintinearon— Dígame, ¿cómo supo que…?
—Ah, no. Eso es confidenciá, no digo ni mú —se cruzó de brazos, enfurruñada—. Ya tenía información valiosa, así que pensé ¿y si consigo una foto de prueba?
—¡Miles Edgeworth! ¡¿Dónde está tu caballerosidad?! —Franziska cerró los puños y dio un portentoso golpe sobre el cristal. De súbito, éramos el blanco de todas las miradas— ¿Vas a permitir que me ofenda? ¡Te ordeno que hagas algo respecto a esta mujer, ahora!
—Calma, Franziska. No es necesario armar espectáculos, ni poner las cosas aún peor —la tomé por la muñeca debajo de la mesa, de un suave tirón conseguí sentarla— ¿Es posible que me siguiera desde Los Ángeles, únicamente para obtener esa foto?
—La verdá es que husmeaba otra cosa. Me ofrecen buen dinero por un articulazo de prime… La leyenda del machongón de San Isidro.
—¡¿Qu…?! —ante la sorpresa, nuestro coro tuvo la perfección de los von Karma— ¿Sobre Alberto Yarini?
—Pues, sí. Ahora gracias a ustedes, conseguí dos en uno ¡Más billete y cámara nueva!
—¡No tan rápido! ¡De esta no te libras! ¡Ni mucho menos! ¡Lo juro por el honor de mi familia!
—Un momento, Franziska —era la segunda vez que lograba devolverla a su asiento y estaba seguro de que no podría controlarla a la tercera, de modo que torné mi atención a la señorita Hart— ¿Quisiera hacer algo útil por primera vez? Le propongo llegar a un acuerdo. Estoy dispuesto a ofrecerle una entrevista confirmando mi relación con la señorita von Karma, si usted a cambio me da ese libro que sobresale del bolsillo de su cartera.
—¿Por qué dejas que la miserable te fuerce a declarar sobre lo nuestro? ¡Aunque no tenga mi látigo, puedo golpearla! —protestó Franziska observándome tempestuosa, al creer que me pronunciaría obligado por las circunstancias— ¡Y el maldito ejemplar será mío!
—No voy a echarme atrás, en verdad quiero hacerlo. Un hombre da la cara, y no lugar para las especulaciones —alcé el rostro, enfrentándome orgulloso a la periodista; mi actitud la desconcertó un poco—. Mantengamos una postura elegante y evitemos cualquier tipo de pugna con ella. Las autoridades pueden sacarnos de aquí si continuamos llamando la atención.
—Hágale caso al fiscal malumorao, doña latigazo —la señorita Hart también había visto a los dependientes reunirse junto a la puerta de acceso al patio, esperando la reyerta. Sin que nadie la invitara, ocupó un asiento junto a mí—. Bueno, ya que vamos a negociar, págueme un batío.
—No voy a pagarle nada, bastante me cuesta darle la entrevista —me crucé de brazos muy digno y amparado en mi verdad, sentí que podía gritar al mundo sin vergüenza que amaba a Franziska. Ella me observó intranquila—. Comience de una vez, detesto perder el tiempo.
Percibí que los empleados iban retirándose, con el convencimiento de que yo era una figura internacional de renombre, que ellos por supuesto no conocían, y esa periodista me había capturado precisamente en su local. Después me harían otra interview, incluyéndome como propaganda por visitarlos y elogiar la excelencia del chocolate.
Nerviosa, Lotta Hart sacó toda una serie de trastos de su enorme bolso y luego de llenar la mesa con ellos, encontró su teléfono celular. Respondí sereno a la interrogante.
—¿Quién fue el primer decidío a enamorarse? ¿Tú o ella?
—Insisto en que no me tutee; y permítame decirle, que nadie "decide" nada en materia de sentimientos. La señorita von Karma, tanto como yo, lo supimos de forma natural. Existía una atracción que fue incrementándose más allá del amor fraterno compartido entre dos personas que crecen juntas. Obviamente usted se refería a quién abrió primero su corazón al otro —sonreí, dejándola expectante—... le diré apenas me ceda el libro. No sería justo que le permitiera incumplir su parte del trato y se marche con ambos.
A regañadientes, se lo tendió a Franziska. Ella le dedicó su mejor expresión de odio acérrimo, apoderándose del codiciado ejemplar.
—Usted toca un tema bastante sensible, y lo trataremos como tal. Si quiere saber cuál de los dos respondió primero al sentimiento, podría decirle que se trató de mí. Franziska siempre ha sido una espléndida compañera; independiente, resuelta e ingeniosa… ¿no es natural que yo terminara percatándome de sus atributos espirituales y físicos?
—Pue mucho que se demoró, saláo —el modo atroz con que hablaba me irritó más que su insinuación—. Ahora dime cuándo pensaron en hacer la cita ésta.
—Las citas, señorita Hart, no deben planearse nunca sino motivarlas a que se propicien de forma espontánea.
—Entonces, ¿qué? Declara estar prendido por la fiscal.
—Bueno, cuando un pez muerde el anzuelo es difícil que regrese al mar, a menos que el pescador lo arroje de vuelta. En fin, me declaro atado a muerte a Franziska y lo estaré hasta que ella decida lo contrario —la observé con gesto severo, invitándola a marcharse por donde mismo había venido—. Le he dicho todo lo que usted quería saber; por favor, déjenos continuar nuestra charla.
—¡Yo no he terminao! —Insatisfecha por mis confesiones, Lotta Hart se volvió hacia Franziska. Me decidí a intervenir antes de que articulara un vocablo más.
—La señorita von Karma no tiene nada que declarar. Puede retirarse.
—Voy pa la prensa —gruñó, mientras recogía sus bártulos—. Ahora mismito publico esto.
—Haga lo que desee con el artículo, pero déjenos en paz —musité a la par que miraba a Franziska. No había dicho palabra, muy atenta a las mías. Lotta Hart se levantó haciendo crujir la silla y el horrible chillido de las patas arañando el suelo me crispó los nervios. Verla salir de la tienda museo fue todo un alivio. Le pedí a Franziska el libro e inmediatamente volqué mi atención en sus páginas, dejando para otro momento cualquier diálogo que pudiera desatarse entre nosotros respecto a lo sucedido.
—Miles...
—Busquemos por el índice para ir al grano, el resto lo estudiamos después… Aquí solo aparecen los testimonios enumerados, tendré que leerlo todo —rezongué al reparar cuán inútil era el índice en este caso—. Mmm… Vaya, por lo menos los capítulos tienen una reseña… La muerte y el juicio deben hallarse al final, como es lógico ¿Ves? A partir de aquí comienza la descripción del tiroteo…, ahora el entierro…, liberación del amigo de Yarini y el resto de los franceses… ¡aquí está! 'Testimonio 30: Cirilo Yarini Ponce de León suplica a la Sala se sirva acordar le sean entregados los objetos ocupados a su hijo el Sr. Alberto Yarini' —leí rápidamente hasta el tercer párrafo y se lo señalé—. Escucha con atención, Franziska: '(…) entréguense al padre de Alberto Yarini los siguientes objetos, un botón de camisa dorado, cinco pesos plata española, un centén, un luis, una moneda de veinte pesos ame…
—¿¡Un luis?! —la forma en que reaccionó al escucharlo me tomaba por sorpresa— ¡Mein Gott!
La piel de Franziska, de por sí nacarada, lucía tan nívea como si hubiese perdido la sangre y unas diáfanas gotas en su sien no se hicieron esperar.
—¿¡Pero qué…!? —Solté presto el libro al verla a punto de desplomarse, atrayéndola contra mí— ¿Qué ocurre, mi bien, que te has puesto así de pálida?
—L-la pulsera, Miles. La pulsera que llevo —cruzó los brazos amparándose el pecho y se hundió en el mío—, fue un regalo de mi padre cuando pasé el examen a los trece años… Todas las monedas que posee tienen valor histórico. El único luis que cuelga de ella, lo consiguió Papa en un remate y provenía justamente de La Habana.
—Franziska, no demos las cosas por hecho —la oí sollozar, estremecido ante la fragilidad que raras veces demostraba. Pensé que la mejor forma de tranquilizarla era mostrarle otras probabilidades y así se lo hice ver, mientras le acomodaba tiernamente detrás de la oreja su cabello en desorden—. Luises como el tuyo abundan por doquier, siquiera podemos garantizar que haya pertenecido al famoso proxeneta.
—¡Papa me aseguró haberla mandado a hacer a un joyero con las monedas de su colección! ¡Todas relacionadas con juicios históricos fallidos! Así recordaría por qué debo ser perfecta en… Olvídalo —rechazó la idea tan pronto como la pensó. Deshizo mi abrazo para incorporarse y observarme angustiada, con cierto desamparo en la voz—.Y la única que procedía originalmente de esta ciudad, es el luis ¡Por eso Yarini estaba seguro de que yo era la encarnación de la petite Berthe!
—Todavía no estamos ante una prueba definitiva. La cantidad de juicios inexactos que tuvo esta isla en tiempos de la colonia y la república es alarmante —cruzado de brazos, esperé pacientemente a que se calmara un poco. Al conteo de cinco toques del índice, advertí que se hallaba mejor—. Déjame continuar la lista de objetos ¿sabes cuántos quedaron en manos de su padre, además de tu luis, y también del Juez Decano? Por supuesto, era más fácil que Berthe se hiciera con algo de los primeros, sustraer un elemento al juez sería considerado robo de evidencia.
—Cirilo Yarini debió colocarle la moneda en un bolsillo o en la mano al hijo difunto, como se acostumbraba en los viejos tiempos. Era el pasaje de Caronte —parecía dispuesta a hallar un argumento lo más rápidamente posible. Agradecí de corazón que, no obstante su desasosiego, se concentrara en el objeto de Yarini y la entrevista con la desagradable reportera pasara a un segundo plano—. La petite Berthe consiguió llevársela de recuerdo, porque Elena Morales nunca le dio el pañuelo con la sangre del proxeneta. Era la prenda más codiciada por sus meretrices.
—Admito que tu idea posee su lógica, si bien es una práctica demasiado arcaica y en desuso —analicé, pensando que no tenía sentido el mantener un hábito tan antiguo, incluso para esa época—. Ya que hablamos de costumbres y situándonos en la historia de cómo esas mujeres fueron capaces de hurtarle incluso los botones de… ahem, ¿no es más sensato quedarse con uno?
—La petite Berthe se consideraba especial, incluso por encima de las concubinas que vivían con él como favoritas. Elena Morales ya poseía el pañuelo, pero Celia Martínez fue la primera que arrambló con los botones y las demás la siguieron. Pensando como Berthe, yo nunca haría lo mismo teniendo una pizca de amor propio —se llevó la mano al pecho y gimió llorosa— ¡Oh, Miles, todo apunta a esta estúpida moneda!
—Franziska, ¡había un centén, otra de veinte pesos americanos y cinco pesos plata española! ¡Cualquiera pudo ser! ¿Tienes alguna de esas en tu pulsera?
—¡Sí, pero ninguna guarda relación con La Habana o su estúpido historial de juicios fraudulentos! —sollozó por lo bajo, conteniendo las lágrimas a la par que estrechaba mi mano— ¿Por qué tuve que venir a esta ciudad, llena de almas y leyendas? ¡Jamás podré conciliar el sueño si… por mi culpa ese maldito chulo te hace daño! ¡Y no tengo forma de hacerlo perecer a golpe de látigo, porque ya está muerto!
—Deja que te lo diga otra vez, y por desgracia, me veo poniéndome en la piel de Wright. Tus conclusiones son extremas ¡Limitándote a un objeto nunca verás otras posibilidades! —tomé su pequeña mano entre las mías. Estaba fría y temblorosa— Agradezco tu cuidado, sin embargo, necesito más que nunca de la fortaleza que te caracteriza… Y de tu absoluta confianza en mí.
—De acuerdo. Volvamos a esa lista, entonces —Aquella repentina seguridad, tan propia de su formación en tiempos de von Karma, era un escudo ante las dudas.
—Me alegra que estés de acuerdo, pero creo que mejor continuamos en la renta —sugerí cuando noté, bajo la impasible apariencia, una levísima expresión de fatiga—. Entre la periodista y ese luis has tenido mucho en pocas horas. Lamento que siquiera tomaras a gusto ese magnífico chocolate.
—Semejantes nimiedades jamás conseguirían estropear mi deleite. Miles Edgeworth, si hierras con el objeto de Yarini como lo haces conmigo —usó el abanico para amenazarme, por vez primera en broma—, juro que aprenderé a utilizar este bello artefacto como arma ¡y lo aplicaré de tal manera contigo, que siquiera el ídolo del cacao podrá hacer nada al respecto!
—¡O-oh, es impropio de una señorita proferir tales amenazas! —Hice un gesto negativo con el índice y le sonreí malicioso— ¿Aún pensando en los botones? Para tu información, el zipper es más práctico.
—¡Miles Edgeworth!
Reí como pocas veces al notarla tan escandalizada, y como pocas veces también me sentí feliz, a pesar de que todavía no daba con la solución del caso.
