8
"Amor del alma de la cintura para arriba y amor del cuerpo de la cintura para abajo"
(Gabriel García Márquez. El amor en los tiempos del cólera)
Desperté con un extraño remanente de albedrío, satisfecha de violar mi concepto moralista para descubrir el frenesí bajo el peso de su cuerpo. Luego de anhelarlo hasta la obsesión, había decidido que las disímiles quimeras por fuerza debían convertirse en realidad. Y allí estaba, como rosa desenvuelta de un celofán que la extinguía. Libre, dichosa, húmeda de mi propio rocío y floreciendo después de ser regada con torrencial fervor. Alcé el rostro para verlo dormitar, su pecho aún latía jadeante bajo mis manos. Deslicé la yema de los dedos apenas sin rozarlo desde el esternón hasta el vientre y sonreí al percibir un suspiro aletargado. Hacía la digestión de mi carne trémula, que cálidamente devorara, para luego meterme dentro de su pecho y yo alojarlo en mis entrañas… Advertí sorprendida que ya no habría más secretos entre los dos como no podía haberlos entre dos personas desprovistas de ropa.
Confusa, hallándome aún sobre él, no supe de qué forma reaccionar ante los toques a la puerta. Desconocía incluso aquella suite lujosa, que sólo podía ser de un hotel y no la habitación que rentara ¿Qué sucedió, de qué modo habíamos terminado Miles y yo en estas circunstancias? El puño contra la hoja repitió los insistentes golpes, acompañados por una voz masculina que tampoco supe identificar.
—¡Señor, señor! El detective… Los investigadores pronto llegarán aquí ¡Apresúrese!
Miles despertó presto a ocuparse de lo que nos viniese arriba. Siquiera me dio tiempo a cuestionar la realidad, cubriéndome rápidamente con una de las sábanas, me llevó hasta la puerta.
—¡¿Y esto qué significa, Miles?! ¡No recuerdo nada! ¡¿Q-qué hacemos en este sitio?!
—Después, mi bien. Ahora nuestra situación es harto delicada —me respondió apremiante y abrió la puerta. Solo atiné a envolverme un poco más en la tela, del otro lado de la puerta había un extenso corredor y ahí estaba el hombre que tan ansioso llamara—. Él te sacará del hotel sin que nadie te vea, el mismo coche donde vinimos hasta aquí te recogerá en la esquina. Todo fue arreglado, no tienes de qué preocuparte. Yo me haré cargo de los investigadores.
—¡¿Qué clase de mujer crees que soy?! ¡¿Es que te has vuelto loco?! —le grité, insultada— ¡Miles Edgeworth, con esto cavaste tu propia tumba!
—Por favor, Franziska. No es mi opción favorita, pero es la única que tenemos ahora mismo —dijo mostrándome las palmas y haciendo un gesto negativo con la cabeza— ¡Si el detective confirma tu intimidad conmigo, será una prueba concluyente! Nos volveremos a encontrar, lo prometo.
—¡Sí, en el mismísimo infierno! ¡No seas idiota! —Rechacé su promesa, con la bilis ascendiendo hasta la garganta y aquellas maneras inusuales en él me volvieron aún más ácida— Pensar que has sido capaz de… Me siento tan decepcionada.
—Venga, señora —el hombre del pasillo intervino apresurado—. Le aseguro que soy de fiar.
Suavemente, me haló por el brazo y al ver que Miles cerraba la puerta tras de mí, no tuve más remedio que seguirlo por aquellos amplios corredores de mármol. Iba descalza, pendiente de que la sábana mantuviera su forma y me cubriese sin enredarse ni hacerme tropezar. Bajamos una pequeña escalera y guardé silencio, hasta que nos detuvimos frente a una puerta de dos hojas elaborada en metal.
—¿De qué detective hablaban? —me volví hacia mi repentino "salvador"— ¡No puedo imaginar que Cutre tenga la osadía de meter sus narices en lo nuestro!
—Ignoro su nombre, señora. Estoy aquí solo porque sirvo al caballero y él me ha pedido que la saque discretamente del Inglaterra, para que ni el detective ni los investigadores la vean.
—¿Del Inglaterra?
—Sí, señora. El hotel estará siempre al servicio del caballero, quien ha reservado esa suite de modo casi permanente —mi guía propinó un empujón a las hojas, abriéndolas por completo.
Vi el auto de alquiler esperando en la esquina opuesta. Ni bien me notó, dio marcha atrás para parquearse frente a mí.
—¡Mein Gott, soy una von Karma! ¿Cómo pude rebajarme a esto?
La vergüenza, cual una pared que se desplomara, cayó sepultándome bajo el peso de la responsabilidad. Si había sido una entrega por amor, debía recordar ese momento y llevarlo impreso a fuego en mi memoria. Sin embargo, no guardaba siquiera los detalles más obvios que toda mujer atesora; los volúmenes y claro oscuros de un cuerpo largamente deseado. Me sentí morir por dentro. No veía el interior del coche, ni las ventanillas cerradas por las que pasaba La Habana en un santiamén. Todo quedó atrás y me forcé a recordar… Pero fue en vano.
—"Bienvenida a mi tarde en el Inglaterra, Franziska von Karma" —escuché la voz, muy seria, de Catalina Lasa.
Desperté asfixiada y a punto de la náusea. Junto a mí, estaba Miles completamente vestido con su pijama, durmiendo apacible. Oprimía contra el pecho el libro de Dulcila Cañizares sobre Yarini… Solo entonces recapitulé cuanto sucedió la noche anterior. Se había presentado en mi cuarto y mientras discutíamos las posibilidades de la condenada lista de objetos, nos quedamos completamente rendidos. La casera, después de lo que sucediera con su hijo y ante la declaración de Miles, ya ni se preocupaba de que ambos compartiéramos la estancia. Intenté bajar lo que tenía atorado en la garganta, pero solo conseguí una inexplicable amargura… y odio. No, no quería llorar, aunque el pecho se me reventara.
—"¡Serás infame! —la voz de mi pensamiento brotó más rota que colérica— ¡¿Por qué me haces esto?! ¿No te das cuenta de que ahora no podré mirarlo sin estallar de vergüenza?"
—"No tiene caso que te alteres. Al fin y al cabo nada sucedió, excepto en tu mente —Catalina se encogió de hombros, muy digna, parada a los pies de la cama. Su presencia etérea se había vuelto casi palpable—. Ojalá hubiese podido soñarlo tan solo, igual no me arrepiento. Salí de allí como Eva pero con la cabeza muy alta."
—¡¿Qué dices, charlatana?! ¡Y pensar que has sido capaz de ponerme en un contexto semejante! ¿Había necesidad de mostrarme tu impúdica escena en sueños, usándonos a los dos? —Incapaz de seguir con la discusión mental, vocalicé mi furia obviando las consecuencias— ¡Lárgate! ¡Eres peor que aquel proxeneta! ¡No te necesito, adiós!
—"Debería hacerlo y dejarte a merced de Yarini, puesto que fue él y no yo quien evocó esa vivencia —dijo, claramente descontenta— ¿Crees que siento un placer morboso al revivir esos recuerdos? ¡Para ti es fácil decirlo, a nadie se le ocurriría hoy por hoy enviar detectives a un hotel! ¡Si ya viviste mi experiencia, considera tus prejuicios!"
—¡No tengo ninguno!
—"¡Sí que los tienes y te volverán más débil, porque no hay amor donde no hay confianza! —me apuntó con el índice, objetando mi afirmación— Yarini te apartará de él tarde o temprano. Sabe cuánto te asusta la idea de ofrecer tu cuerpo y tu alma a su resguardo ¡Nadie que ama de verdad se avergüenza de amar, Franziska!"
El sueño abandonó a Miles apenas oyó la contienda, incorporándose vagamente a mi lado. Cerró el libro, para depositarlo sobre la mesita de noche.
—Si no es mucho pedir, me gustaría que LAS DOS hicieran silencio por un segundo —luego de observarnos, disgustado en su momentáneo papel de árbitro, quiso mostrarse tan galante como siempre—. Discúlpame, Franziska. Estaba tan exhausto que siquiera me percaté de cuándo empecé a caer rendido ¿Te importaría decirme la causa de tu enojo con la señora de Baró?
—Yo… yo —tragué en seco, ruborizándome solo de pensar en compartir aquel sueño tan bochornoso. Repentinamente, consideré que no debió ser agradable para Catalina retomar aquel pasaje de su vida. Yarini también había violado su privacidad al revelármelo. Por supuesto, elegí la vía usual para librarme de Miles—… ¡No es tiempo de charlas ociosas! ¿Cuál fue nuestra última deducción respecto a los objetos?
—Que tenemos el botón dorado y un alfiler de corbata con brillantes como los más probables, aparte del luis. Investiguemos el rumbo que tomaron estas dos piezas y quizás podamos descartar la moneda. Solo necesitamos informarnos más —exhaló despacio, llamándose a la calma, y devolvió su atención a Catalina—. Señora de Baró, le pido que resuelvan más tarde sus inquinas personales.
—"No vine a perturbar a nadie, contrario a lo que piensa la señorita von Karma —dijo ella con retintín, aún molesta, observando a Miles—. Aparecí en el instante menos oportuno, solo porque consideré disculparme. Tiene razón, Sr. Edgeworth, es molesto saber que otro soportó un castigo que no le tocaba."
—¿Disculparte? —la observé más intrigada que fiera— ¿A qué te refieres…?
—"Fui yo quien tomó esa lencería francesa de tu gaveta. Siempre me sentí atraída por la moda y sus avances, por los cambios que se producen al transcurrir el tiempo. Inevitablemente la curiosidad terminó asaltándome —cambió su actitud a una más jovial y se llevó el índice al mentón, abstraída—. Es increíble advertir lo mucho que ha evolucionado esa rama… Y para tener ideas tan prejuiciosas, eres bastante audaz en tus preferencias —sonrió e hizo una ligera genuflexión—. Si te sirve de algo, mil perdones."
—¡Tú! ¡Jamás conseguirás de mí un veredicto de inocente! ¡Debiste revelarlo cuando sucedió!
—No tiene caso que le guardes rencor, Franziska —Miles dejó el lecho y nos enfrentó en pie, de brazos cruzados—. Ahora, ¿podrías calmarte y hablar con un tono de voz más bajo? La dueña creerá que volvimos a pelearnos.
—"Bien, dije cuanto precisaba decir y me siento en paz —ya no se notaba molesta sino aliviada—. Pero no soy la única con secretos aquí. Los dejos solos para que puedan charlar."
Tal como lo enunciara, desapareció abandonándonos en medio de una atmósfera opresiva, impuesta por el misterio de sus últimas palabras.
—¿A qué secretos se refería Catalina Lasa, Franziska? —aún de pie, me miró como si quisiera extraer la verdad del fondo de mi alma. Debió percibir el acentuado sonrojo, porque suspiró e hizo un gesto negativo con la cabeza— No hay razón para que te asustes. Mi sueño se redujo a una duermevela cuando empezaste a medir las armas con la señora de Baró. Creí entender que sufriste una pesadilla y oí el vocablo "proxeneta"—al ver que no estaba dispuesta a confesar, sonrió para luego valerse de su método infalible— ¿Hay algún pormenor que desees compartir?
Me mordí los labios, humillada. Sin atreverme a levantar los ojos de las sábanas, rezongué—. Tuve… un sueño inoportuno.
—¿Con Alberto Yarini?
—Por favor, deja de fingir que no lo sabes. Es insultante —le devolví una mirada de real antipatía—. Me pregunto si morirás en caso de que decida golpearte de pies a cabeza ahora mismo.
—¿¡Qué estás pensando, mujer?! ¡Por supuesto que sí! —Exclamó sobresaltándose, aunque pronto recuperó su aplomo— Solo deseaba que lo dijeras tú misma, ¿por qué tienes que avergonzarte de algo normal?
—¿Que termine despertándome contigo en la suite de un hotel y me obligues a huir envuelta en una sábana es considerado normal? —apreté los puños, golpeando impulsiva el colchón— ¡Todo porque alguien quiso descubrir si estábamos juntos!
—¿En verdad ocurrió así? —llevó el índice a la frente como si analizara lo terrible de la situación y sonrió mordaz— Es increíble el pésimo concepto que tienes de mí, Franziska. Aunque la señorita Hart nos molestara de forma tan impropia, jamás osaría lanzarte fuera de mi estancia y menos con una vestimenta parecida ¿Eso es lo que temías contarme?
—¡¿Quieres más?!
—Si es de esa forma como Yarini pretende jugar, no accedas a que te atormente —dijo encogiéndose de hombros y reprimió un bostezo—. Dejará de hacerlo si le muestras que su infantil empeño fue del todo inútil —solo entonces me observó grave—. No será un mal sueño lo que conseguirá separarnos, a menos que tú lo permitas.
—El chulo parece nervioso ¿Quizás uno de los dos objetos que mencionaste nos esté acercando a la verdad? —Abandoné mi cama, disponiéndome a tenderla mientras estudiaba esa variante— ¡Podré sentirme tranquila si esta moneda nada tiene que ver con la petite Berthe!
—Abrigo la vaga sensación de haberlos visto días atrás, pero no recuerdo en qué sitio.
—¡Con semejante memoria a corto plazo deberías irte de la fiscalía! ¿Es posible que olvides una pista medular? —no era la primera vez que Miles divagaba sobre algo o alguien, si bien después conseguía sin problemas atar los cabos— Hmph… De repente siento como si yo también hubiese visto uno de ellos en algún lugar, pero es imposible que me acuerde.
—Pse, como le dijo la sartén al cazo "quítate, que me tiznas" —musitó, ayudándome con la faena de arreglar la sobrecama.
El timbre de su móvil me sobresaltó, poniéndonos en guardia. Miles oprimió el altavoz y el tono juvenil de Maya hizo que la oscuridad pesante sobre la habitación, huyera veloz bajo la puerta.
—¡Buenas noticias, señor Edgeworth! —debía estar sujetando el teléfono entre la oreja y el hombro, porque la escuché palmotear claramente— ¿Recuerda que le hablé de Elena Morales, una de las mujeres favoritas de Yarini? —su entusiasmo fue in crescendo— ¡Pues volvimos a canalizarla a través de Pearl! Esta vez nos guió hasta cierto espíritu, que pudo conocer a la petite Berthe antes y después de la muerte del proximeta.
—Proxeneta, Maya…, es igual ¡No esperaba menos de ti, excelente! ¿De quién se trata, pudiste lograr la canalización?
—Ahí está el problema —no sé por qué imaginé a Maya inflando sus carrillos y efectivamente, segundos más tarde la oí resoplar de impotencia—. Es un espíritu apegado al mundo que conoció y se resiste a abandonar su actual hábitat. No sé cómo podremos hablar con ella.
—Me niego a quedarme de brazos cruzados justo cuando hay una luz indicándonos el camino. Supongo que solo tenemos la opción de ir dondequiera que se halle.
—La señora Morales asegura que podrán encontrarla hoy si van a la función del Gran Teatro de La Habana. Es común verla recorrer el hall de la escalera principal que accede al balcón de la presidencia —contuvo una risita pícara—… y los aseos masculinos.
—¡G-Gaaah! ¿Pero de qué clase de espectro estamos hablando?
—¡Eres un hombre demasiado ingenuo, Miles Edgeworth! —Semejante vulgaridad me indignó y situándome frente a él retadora, lo amenacé con la mirada— ¡Está bien claro el tipo de mujer que fue! ¿Y cómo piensas interrogarla, de cualquier manera? ¡Tú no eres médium!
—Disculpa, Maya... ¿podrías no hablarme ahora? —Colocando la palma sobre el teléfono, lo aisló por un instante—. Franziska, es obvio que pienso ir acompañado y respondiendo a la segunda cuestión… Esta dama es fundamental para solucionar el caso ¡Hablaré con ella y le sacaré la verdad así tenga que…!
—¡¿Así tengas qué, pepino de mar lujurioso?!
—Uh-oh, no quería provocar el divorcio entre ustedes, tan solo ayudarlos a resolver el asunto del promexena —Maya suspiró deprimida— ¡Lo siento!
—Nada hay que perdonar, un divorcio entre personas aún solteras, no es tal —aclaró sonriendo ante la candidez que a veces descubría en ella—. Ahora, dime, ¿cuál es el nombre del espectro?
—El verdadero es Amalia… Amalia Sorg, creo. Sin embargo, solo responderá como "Rachel". Fue artista en un teatro ya derruido, por eso decidió irse al otro que ya le dije, señor Edgeworth… Ups, debo colgar de inmediato —cambió el tono reposado a uno entusiasta— ¡Nick ya regresó y no quiero que vaya a escaparse otra vez! ¡Me debe cinco hamburguesas! ¡Que tengan suerte!
—Primero el matrimonio de amantes con poca vergüenza —me crucé de brazos, dándole la espalda cuando finalizó la conversación—, luego un proxeneta y ahora la corista que visita los aseos masculinos ¿Qué más debo esperar?
—La verdad sobre quién es la reencarnación de la petite Berthe, mi bien —hizo el intento de abrazarme, pero terminó cohibiéndose ante la mirada furibunda que le dediqué por encima del hombro. Exhaló suavemente invocando a la paciencia—. Quizás sea buena idea ir a ver esa función de ballet, dicen que la compañía es muy profesional.
—Como se trate de Las Sílfides… Moriría si la acomodadora me encontrara dormida en una luneta de la presidencia —decidí suavizar mi actitud para con él, aunque no contuve la ironía —. Solo tú puedes aguantar esos interminables Nocturnos de Chopin.
—Franziska, hay millones de personas que gustan de su música —rebatió devolviéndome la mordacidad—. Entonces no eres la petite Berthe, sino el hijo de George Sand reaparecido, que lo detestaba.
—¡Argh! ¿Te estás burlando de mí? —con los brazos en jarras y puños cerrados lo enfrenté, de puntillas para vanamente imponer mi supremacía— ¡Está visto que deseas probar el ardor de mi látigo! ¿Tanto lo extrañas, Miles?
—Para tu información, no pienso dejar que me golpees cada vez que te den ganas, ni obedecer tus órdenes cuando las impongas —dijo apaciblemente, aunque por el énfasis de su mirada en la mía supe que lo haría cumplir—. Voy a solicitar el programa de hoy, Franziska. Llámame si el fantasma de Chopin viene a molestarte por causa de tu enojoso comentario.
—¡Déjate de juegos! —estaba más que harta de apariciones y él se atrevía a invocar otra vida del Más Allá. Cuando sonrió e hizo una exagerada reverencia buscando exasperarme, le señalé con gesto enérgico la puerta.
Las duchas frías eran una bendición en lugares tan calurosos como La Habana. Calmaban el vapor corporal y también las preocupaciones del alma. Listo para el día, bajé las escaleras hasta el salón de la entrada; quería sentarme a meditar sobre aquel botón y el alfiler de brillantes que fueran de Alberto Yarini ¿Dónde me parecía haber visto unos útiles por el estilo? Para mi suerte, no eran muchos los puntos que visitara en la ciudad. Simple, incluso podía enumerarlos con los dedos y no pasarían de una mano. Al cruzar el umbral de la puerta que daba acceso al vestíbulo y antes de poder acomodarme en la mecedora, hallé al señor Baró mirando fijamente un antiguo librero atestado de clásicos literarios.
—"Felices los normales... esos seres extraños (…) los que no han sido calcinados por un amor devorante" —dijo volviéndose hacia mí con rostro absorto—. "No es mío, por desgracia, pero qué bien me viene. Jamás pensé que un escrito del siglo XX me ajustara tan a la medida. Roberto Fernández Retamar debió padecer lo mismo que yo… o eso creo".
—"¿Señor Baró? —La inflexión de su voz, entre molesta y sombría, me desconcertó. Franziska ya me había dicho sobre la necesidad de no vocalizar— Mmm, ¿seguro que no malinterpreta esas palabras?"
—"Difícilmente, amigo mío. Se refiere a la gente común, que viven sin mucho dilema ni tienen grandes incertidumbres. Ellos no sienten esa necesidad de buscar y rebuscar en los libros para ofrecer un poema único, piensan que el dinero garantiza el buen gusto y los asuntos del corazón los resuelven llorando para luego pasar la hoja, dispuestos a que un clavo saque al otro. En fin, sus preocupaciones tienden a ser livianas —abandonó la envanecida postura de manos superpuestas atrás que antes luciera, llevándolas delante con el fin de apoyarse por completo en su bastón— ¡Y pensar que muchos creyeron que yo era uno de esos! Empero, sí fui "calcinado por un amor devorante". Usted también se halla fuera de la lista de esos normales, que a nuestros ojos lucen extraños. Por ejemplo, cualquier hombre común se hartaría de aguantar el carácter de su novia, y dándola por imposible terminaría buscando algún otro ideal. Sin embargo, está empeñado en que la pequeña demonio posee un alma de ángel y no conseguirá ser feliz hasta que la haga completamente suya… Lo digo sin ánimo de ofender."
—"Bueno, reconozco que tampoco pertenezco al tipo común —súbitamente, comprendí que me venía muy bien una típica charla entre hombres—. Ahora mismo siento que volví a los inicios con Franziska, luego de que tuviera un sueño… ehm, erótico. Para mayor desdicha, a la maldita desavenencia con Yarini se unió el hecho de tener que interrogar a una corista. Me pregunto cómo lograron sobrevivir ustedes al moralismo crudo y las apariencias que se vivían en sus años."
—"¡No me lo recuerde! Vaya tiempos rigurosos, la "decencia" por encima de todas las cosas... ¡y una mierda! —casi pareció anacrónico el término en un hombre tan refinado, por lo que entendí cuán amargo debieron serle aquellos años. Paseó de extremo a extremo la saleta e hizo desaparecer el bastón, indicándome con el índice que me sentara en la mecedora colonial—… Oiga esta historia, ¡la suya es una bagatela comparada con la mía, señor! Me casé por convenio, esa especie de contrato entre familias, ya sabe. Las riquezas y el buen nombre primero, el amor si es que llegaba, después —sacó del bolsillo su pipa, de la que absorbió varias bocanadas de humo, la mente fija en una situación x que necesitaba echar fuera o se ahogaría—. Es usted un ejemplar bien plantado, como diríamos aquí, eso se nota por encima del traje. Pues de hombre a hombre le digo: Imagine que su esposa lo espera la primera noche de bodas... No importa cuántas aventuras haya corrido uno, se va nervioso a la cama, esperando algo así como develar el mayor de los misterios, qué se yo, como si se fuera a profanar un templo... Y de pronto, vea usted a la mujer con la que compartirá su vida, a la que no ama pero espera amar en algún momento, ¡cubierta hasta la nariz con una sábana!"
—"Quizás…, la dama en cuestión era muy tímida —alegué, a esas alturas completamente avergonzado ¿qué hacía yo discutiendo esos temas con un ser etéreo? Pero nadie mejor que Juan Pedro Baró para entenderme —. Si ella debía cumplir con el deber marital en vez de ir a una entrega sublime por voluntad propia, es mejor no juzgarla..."
—"¡Válgame Dios, señor mío! Fui negociante, no un letrado. Para mí era tan simple como que deseaba intentar, al menos, que llegara a gustarme. Ah, ese puritanismo barato conque nuestros ancestros educaron a las aristócratas conseguía volver a muchas unas reprimidas."
Decidí, ante la similitud del caso, morderme la lengua.
—"Pues bien, allá estaba mi esposa, prácticamente momificada. Sentándome a su lado, intenté besarla para calmarle los ánimos y apenas correspondió, si bien logré que descubriera los brazos... ¿Adivine por qué motivo accedió a mostrarlos?"
—"No tengo idea" —en realidad, preferí NO hacerme la idea.
—"Con la misma timidez me señaló hacia la sábana. Justo a la altura de su vientre, había un agujero en la seda... El resto quede a la imaginación."
—"¡…! ¿¡Pero…?!" —intenté por todos los medios no pensar en Franziska bajo aquellas circunstancias.
—"Una práctica muy común en la época. Bueno, con tales comienzos, lo que mal empieza mal acaba. No hubo modo de que la relación se acotejara y la que consideraba tímida, preparó la mejor trampa que usted pudiera concebir. Arregló unas vacaciones de conjunto con Francisco de Herrera y Montalvo, sexto conde de Gibacoa, e hizo ver que yo había compartido la cama de su esposa María de Arango, incluso que la pobre mujer quedó embarazada por mi causa ¡La muy astuta sabía por confidencia que ambos intentaban conseguir un heredero y me achacó la paternidad de la niña, por coincidir en fecha con el viaje! —vi que apretaba los dientes sobre la imaginaria pipa y de súbito, apareció una compacta nube de humo—. Lo gracioso es que todo aquello lo hizo para terminar casándose con dicho conde. El abogado de mi mujer se encargó de llevarme a juicio y tramitar el divorcio. Un tipo mortificante, a decir verdad."
—"Lo comprendo a la perfección —asentí cordial, recostando la mejilla en el puño mientras oía su testimonio—. Ese es mi día a día."
—"También mi rutina por algún tiempo. Yo sé que tuve muchas imprudencias e hice daño si lo analizamos con la cabeza fría, porque cuando uno es joven y las mujeres gustan de ofrecer sus dones... Máxime si la oficial se niega a satisfacer esa demanda... Pero entienda usted —procuró buscar apoyo—, no tuve conciencia de mi ominoso proceder hasta que conocí a Catalina. Ella puede confirmarlo, jamás le fui infiel. Hice lo imposible por demostrarle que habiendo descubierto el amor a su lado, no necesitaba más. Después de conocernos, nada ni nadie logró separarnos ¿Entorpecer el idilio? Quizás, pero nunca ponerle fin."
—"¿Cree usted entonces que el amor supera todos los obstáculos?"
—"¡Absolutamente! —se encogió de hombros, risueño, aunque percibí cierta melancolía en sus ojos— Dígalo usted mismo, ¿quiere más pruebas que ésta, nuestra historia? Pues bien, le recomiendo que revise las evidencias que su dama le ofrece —regresó al viejo librero y extrajo un libro—. 'Solo porque alguien no te ame como tú quieres, no significa que no te ame con todo su ser' ¡Extraordinario este García Márquez! ¿Tampoco escuchó nunca la última copla de la fiera Carmen, 'si yo te amo, ponte en guardia'? La oportunidad puede ofrecérsele cuando menos la espere, y un hombre siempre debe hallarse presto a obtener la recompensa a su paciencia…, honrando a la brava caritativa después."
—"Primero debo solucionar este lío sobre la reencarnación de petite Berthe o Franziska no estará segura. La escuché discutir con su esposa, cuando le dijo que Yarini le había provocado el sueño que tanto la perturbó."
—"Comprendo perfectamente su disgusto, sabiendo que Rompe Tarros va en pos de la joven dama —cerró de un manotazo el libro, devolviéndolo a su sitio para suspirar inconforme. Fue de ventana en ventana y pretendió echar un vistazo al jardín, volviéndose de improviso a observarme contrariado, mientras se apartaba un mechón de cabello castaño que había caído sobre su ceja— ¡Esto es bochornoso, amigo mío! Perdóneme, usted ha sido hoy mi compadre y siento que debo confesarle algo… Estando vivo sorprendí algún que otro merodeador intentando atraer a mi esposa, pero bastaba que los llamase a contar, los amenazara con pegarles un tiro y se marchaban para no volver —de nuevo la emprendió con su pipa, lanzando bocanadas de un humo negro que casi me hizo retroceder por instinto— ¡Ahora siendo alma, surge de la nada ese arquitecto, pretendiendo a Catalina!"
—"Debe ser una situación harto incómoda, ya que no puede resolverlo con un disparo —dije alzando la ceja y me contuve de pedirle que no fumara más. Ver a un hombre sensato como Juan Pedro Baró perder el tino era inaudito y consideré darle mi apoyo—. Aparentemente es la hora de los oportunistas… ¿Dicho arquitecto vive?"
—"¡Tal parece que solo esperaba convertirse en alma para ir detrás de mi esposa! Ni se ocupe, yo lo situaré ¡como que mi apellido es Pedro Baró! —pero no dijo cuál sería su proceder al respecto. Señalándome con la pipa hizo alusión al otro asunto— ¿Mencionó usted algo sobre una cupletera?"
—"Sin dudas, ¿escuchó hablar de Amalia Sorg, artista de teatro, que responde por Rachel?"
—"Imposible no conocer a la gran estrella del teatro Tívoli y del Alhambra, después. Su melena y ojos de color negro hacían perfecto contraste con la nevadísima piel; obviamente, poseía busto y caderas llamativas o no hubiese prevalecido aunque fuera talentosa… Una mujer bastante honrada para el escenario en que se desenvolvía —su tono al hablar de la corista no era el de un galán cautivado, ni por la dama ni por su arte. Supuse que teniendo por esposa a la más bella de la ciudad, siquiera consideró seducir a otra—. No quería entregar el alma, se apegó a la vida de tal manera que todavía siente la necesidad de vagar por los teatros. Creo que aún puede vérsele en el Nacional… Perdón, siempre olvido que ahora lleva otro nombre, Gran Teatro de La Habana ¿Irá usted allá?"
—"Por supuesto, deseo esclarecer finalmente quién es la reencarnación de la petite Berthe —subrayé mi afán por darle cierre a tan imprevisible caso. Quería centrarme de una vez en Franziska y lo que ambos determinaríamos hacer más adelante—. Además, el programa indica que no habrá ninguna interpretación de las aborrecidas por mi compañera, sino un repertorio de Ernesto Lecuona. Si bien ella desconoce su magnífica obra, eso no impedirá que disfrute de la música y el ballet. Así olvidará un poco el asunto de la moneda que perteneció a Yarini."
—"¿Lecuona? —el señor Baró alzó una ceja meditativo y su expresión se tornó radiante— ¡Oh, sí, ese del "pam-pam pam-pampam", claro! Por supuesto, quién se olvidaría de la memorable Comparsa. Mi pobre Catalina no llegó a disfrutarla en vida, pero hace unos años la llevé al concierto de piano que ofreció el ilustre Frank Fernández ¡El mejor aporreo del instrumento que había oído en siglos, qué habilidad y profesionalismo!"
—"¡¿Cómo puede alguien ser habilidoso y profesional si aporrea las teclas?! —Semejante contradicción me sobresaltó— ¡Protesto!"
—"No lo sé, pero funciona. El hombre la emprende con el piano como si fuera su enemigo… Y logra que la música le ponga la sangre a hervir a uno —Pedro Baró sonrió para después encogerse de hombros—. Bueno, cordialmente ansío que su noche en el teatro sea mejor que la nuestra del 1906, cuando fuimos víctimas de la moralidad aristocrática."
—"¿Le importaría narrar los hechos que —detuve la mecedora, inclinándome para lograr menos distancia entre ambos y mayor intimidad —…"
De improviso, la casera se presentó en la sala, interrumpiendo nuestra plática. El señor Baró tuvo a bien desaparecer y así evitarse la molestia de compartir otro recuerdo amargo.
—Señor Edgeworth, voy a salir por unas horas —la mujer se había vestido como para ir de cita. Reparé sin embargo en un detalle único; de la cadenilla dorada que rodeaba su cuello, pendía el dije más inusual—. Quería saber si hay algo que necesite ahora mismo, porque demoraré un poco.
—Tal vez ha llegado el momento… ¡de revelar la verdad! —me levanté de la mecedora, señalándola con el índice. La casera dio un paso atrás, visiblemente asustada— Ese botón que cuelga de su cadena, no es el típico adorno que usan aquí las damas en sus gargantillas. Diría que se trata de un yugo de oro legítimo y despierta mi curiosidad… ¡Porque ya nadie utiliza botones de semejante material en su ropa! ¿De dónde proviene?
—Ay, última vez que le alquilo a un fiscal, por mi madre ¡Ustedes le meten cada sustos a la gente! —Suspiró mi arrendadora, llevando la mano sobre el corazón y luego se dedicó a jugar con la cadena— Tranquilícese que aquí nada es ilegal. Esto es un recuerdo de mi bisabuela, ella siempre lo tuvo como un tesoro y decidí quedármelo. No sé si perteneció a su esposo, porque se ve algo masculino… ¡Pero le aseguro que no es un objeto robado!
—¿Sabría decirme si su antecesora vivió en la época de Alberto Yarini?
—¿Qué época es esa?
—Entre 1882 y 1910, aunque me interesaría más desentrañar si estuvo presente durante su velorio y entierro.
—Oiga, quién se acuerda. La conocí de niña, murió al yo cumplir los nueve años. Una que otra vez dijo algo sobre el chulo, pero las mujeres de aquel tiempo lo tenían en un altar. Aún muerto conservaba su fama de bien dotado, hágase una idea —reveló con supuesta indiferencia—. De acuerdo, era bonito pero nada excepcional. Hasta mi Leyvita es más atractivo.
—Em, claro… "Si los hijos fueran como los ven las madres, dejarían de existir los mal parecidos en este mundo —pensé, conociendo la enorme diferencia entre ambos. Aunque se lo propusiera, su "Leyvita" jamás llegaría a poseer la increíble psicología del rufián y menos aún el porte—." No tiene por qué asustarse, le creo. Sin embargo, ¿está segura de que nunca relacionó a ese personaje con el yugo dorado?
—Lo único que me viene a la cabeza es ella gritándole a mi hermano veinte cosas por ser igual de mujeriego que Yarini.
—¿Sabe usted? La mayoría de los fiscales reconocemos la mentira o cuándo se nos oculta una información —observé con agudeza, cruzándome de brazos—, le ruego me cuente la verdad.
—¡Ahora por su culpa llegaré tarde! —hizo un clásico gesto de los cubanos, abriendo los brazos y dejándolos caer fuertemente hasta palmear los muslos— ¿Puede aguantar un poco hasta mi regreso? De todas formas, nadie va a desaparecer, esta es mi casa.
—Lamentablemente, no puedo… ¡Argh! —sentí el fustazo traicionero del cuero en mi espalda— ¡Franziska! ¡¿Es imposible acaso que te contengas?!
—¡Miles Edgeworth! —Escuché reclamar a la yegua desbocada, que por el tono de voz, llegaba suelta de riendas— ¡Tienes muchas agallas para dejarme sola, en vez de convidarme a un refrigerio! ¡Y resulta que has perdido todo nuestro precioso tiempo embelesándote con esa minucia de joya!
—¡No me apuntes con el látigo solo porque abrigas una idea errónea! —intenté revelarle mi descubrimiento y de paso, hacerle olvidar su impulsiva naturaleza por un segundo—.
—¡Tú eres el único equivocado! —Normalmente Franziska solía reaccionar de esa forma cuando sentía celos, pero aquello era ilógico— ¿Debo entender que el dije NO era en realidad lo que admirabas, sino algo como sus pechos?
—¡G-Gaaah! ¡¿Pero de qué demonios estás acusándome?! ¡Eso es ridículo!
—Eh… Si me disculpan, yo tengo que irme. Permiso —la dueña levantó sus palmas, rehuyendo de lo que para ella lucía como batalla conyugal—… Me niego a estar en el medio de una controversia de pareja.
Y sin darme tiempo a cuestionar otro punto referente al yugo, salió a toda prisa del salón, perdiéndose de vista.
—¿Cómo puedes suponer que me interese por la casera, siendo bastante mayor que yo? ¡Por causa de los estúpidos celos infundados, perdí la oportunidad de indagar más sobre el botón! ¿Es que no te das cuenta, Franziska? ¡Usa las neuronas primero y tu arma después!
—Tsk, acabas de conseguir el veredicto de "condenado a morir soltero", Miles Edgeworth —dijo colocando ambos puños en sus caderas y me observó irónica—… El hombre que pretende conocerme, siquiera logra diferenciar los celos banales de una interrupción por conveniencia —hizo restallar el arma contra el suelo, provocando un eco molesto en la habitación— ¿Recuerdas al menos cómo logro saber dónde se hallan las personas que me interesan?
—Mediante los dispositivos de rastreo que colocas al sujeto perseguido en una de sus prendas —no salía de mi asombro ante su insólita manipulación de las circunstancias—. ¿Hiciste lo mismo con nuestra arrendadora?
—¡Por supuesto! Al escucharlos discutir me percaté de que su botón puede ser auténtico. Pero éste no es un caso oficial, Miles —refrescó mi memoria, satisfecha por haber tomado la ventaja—. Y eso limita nuestro derecho a exigirle que reconozca el vínculo de su antecesora con Yarini. Las autoridades aquí son bastante severas en cuanto a las atribuciones que se puede tomar un extranjero sobre los habitantes. No puedes obligarla a declarar, todo lo que conseguirás utilizando esos métodos es que nos veamos con las maletas en la calle ¡y me niego rotundamente a cambiarme de sitio!
—Confieso que fui contra las reglas, pero estaba seguro de que debía tomarla por sorpresa y así encontrar la verdad. Tienes razón…, una vez más demuestras lo formidable que eres, Franziska von Karma —le sonreí ampliamente, como premio a su inteligencia—. Vamos tras ella.
Hace unos años, hubiera dicho que jamás me liaría a investigar un caso tan extravagante como éste de conjunto con Miles. Algo que rompía toda lógica, donde los entes del Más Allá no requerían canalización y terminaban metiéndose en los asuntos mortales, aunque nadie los llamara. Verdaderamente, nos dejamos subyugar por sus historias del modo más inexplicable, y creo que gran parte de la culpa la tuvo que no hubiésemos disfrutado una adolescencia normal; para nosotros eran prohibitivas las insubordinaciones características de la edad, soñar con absurdas aventuras ni otra cosa que no fuera concentrarnos en nuestro halagador porvenir como fiscales ¿quizás permitimos entonces que aflorara ese romanticismo largo tiempo reprimido?
—No pusiste reparos cuando te propuse ir tras ella —lo miré un tanto asombrada, la mayoría de las veces cuestionaba mis decisiones— ¿Tanto crédito le diste a mi deducción? ¿Ya siquiera osas insinuarme 'de seguro tu GPS nos lleva a interrumpir un encuentro verdadero y la casera nos pondrá de patitas en la calle'?
—Admito que al inicio me resultó extraño, pero comprendí enseguida tu línea de razonamiento. Hoy es cinco de febrero, si algún lazo une a esa mujer con el villano de Alberto Yarini —advertí cómo fruncía el ceño al pronunciar el nombre del chulo—, no dejará pasar los otrora felices natales del proxeneta sin un merecido tributo. Eso probaría que su botón es legítimo y no tendremos que molestarla, corriendo el riesgo de ser lanzados fuera de la renta.
—Oh, eres un hombre muy listo. Ahora, ¿te fijas qué área más interesante señala el mapa en la senda izquierda de la avenida, Miles? Si no lo habías visto, te sugiero que lo hagas —le mostré sobre la pantalla del tablet una zona cercana a la que nos hallábamos, donde se veía el titilar de un punto rojo—. Con la nueva información de que disponemos y viendo hacia dónde va, ya no hay lugar para la duda, ¿cierto?
—Zapata y 12, Necrópolis de Colón. El GPS muestra que la dueña entró en la zona del cementerio —asintió meditativo y sus manos oprimieron el volante, cauteloso al enfrentarse con el tráfico habanero—. Todo parece indicar que has dado en el clavo, Franziska.
—Guárdate los halagos, como dije antes, soy perfecta —deslicé la yema de los dedos por la superficie cristalina, obteniendo una mejor resolución de las minúsculas arterias de la necrópolis—. Si amplío la imagen…
—¡Eh, los turistas del auto color flamboyán! —Gritó un hombre bastante grueso que se hallaba junto a la entrada y vino trotando hacia el coche— ¡Tienen que bajarse a pagar!
—Ve con él, no estoy de ánimo para trocar la climatización por el sofocante calor —entorné los ojos, a la par que me acomodaba en el asiento, deslizándolo hacia atrás —, y de paso, averigua dónde sepultaron al endemoniado proxeneta.
Miles fue tras el guardia, y luego de unos breves minutos regresó con un mapa. Apenas entró al auto, me soltaba el plano del cementerio, desposeyéndome a cambio del tablet.
—Bien, nuestra casera se detuvo en este sitio ¡Eureka! Justo la misma dirección —lo vi tan animoso, que lo exoneré del castigo por haberme confiscado el tablet—. Calle 5, entre F y G.
—Son impresionantes las esculturas de la avenida principal, esos monumentos costarán hoy en día su peso en oro ¡Mira el del ángel sosteniendo a un bombero! Debe ser el más alto de todos.
—Sí, rivaliza tan solo con las palmas que se hayan al frente. Por cierto, qué curioso… De repente sentí como si conociera ese mausoleo —me señaló el bloque de níveo mármol con puertas de granito negro tallado y un dulce aroma de tallos en flor inundó el entorno— ¿Huele a rosas o estoy imaginándolo?
—¡Miles Edgeworth, ya basta de querer asustarme! ¡No soy una niña para temerle a los cementerios! —Apreté los puños, maldiciéndolo en mi fuero interno por su pueril tentativa. Sin embargo, tenía razón—… Hmph, sí, perfume de rosas. Rosas amarillas…
—Según el plano, este camposanto es el tercero más importante del mundo. Quizás venga otro día y le presente mis respetos a Capablanca, el gran maestro de ajedrez —sonrió nostálgico, hacía buen tiempo que no tocaba una pieza del juego ciencia—. Doblaré por esta calle y ahora…, mantengámonos a la distancia de una cuadra por algunos minutos, como las bóvedas no son altas se puede ver bien desde aquí.
Alberto Manuel Francisco Yarini Ponce de León, posiblemente no existía un chulo a nivel mundial tan cuestionado y que a la vez, trascendiera como alguien capaz de llegar a los pobres, nacionalista e incluso un paradigma del hombre nuevo, al defender tanto a los negros como a los homosexuales. En su época, se consideraba descalabro y había que poseer buenas agallas para enfrentarse a la sociedad por tales causas. Su entierro se registró como evento de gran revuelo, no obstante, yacía en aquella modesta cripta de mármol enaltecida con una cruz. Los girasoles cubrían buena parte de la bóveda y alguien había dejado varias botellas de bebida. La reja que la bordeaba precariamente contenía al público. En el silencio, los toques del tambor, profundos y de un misterio ancestral, me dieron escalofríos. A juzgar por quiénes hacían sonar el instrumento, debían pertenecer a la religión abakuá, de la que Alberto Yarini fue miembro, según el libro de Dulcila Cañizares. Yo conocía muy poco sobre la Sociedad Abakuá, excepto que sólo admitía hombres y era secreta.
—¡Es inaudito! ¿Por qué hay tanta gente alrededor de su tumba? ¡A este ritmo, perderemos al objetivo a causa de la muchedumbre!
—No lo creo, ahí está y con un buen ramo de flores —me indicó una silueta que se abría paso entre la multitud—. De cualquier modo, solo necesitamos corroborar si no es una simple visita de admiración. Esto prueba que al muy truhán le sobran los devotos —Miles llevó los brazos atrás, recostando la cabeza sobre las palmas de las manos, decidido a observar más cómodamente la parafernalia en torno al sepulcro—… Y te lo ruego, Franziska, si ves que nuestra arrendadora pretende ofrendarle parte de su lencería, házmelo saber para dar marcha atrás e irnos por donde mismo vinimos.
—¡¿Cómo puedes acordarte de algo tan grosero y asqueroso?! — dije, rechazando el terrible cuadro que me ofrecía— Yo misma suspiré aliviada cuando vi que su botón era un yugo y no de los que usaba en sus calzones.
—Apariencias y prejuicios, mi bien. Cuando logres arrojarlos de tu vida, garantizarás el camino a la dicha —musitó cerrando los ojos, resignado, siempre a la espera de mi buena voluntad—. Existe una gran contradicción entre tus pensamientos de índole carnal y el rechazo a la insinuación erótica ¿Por qué no intentas vencer al temor, como en la chocolatería?
—Quizás lo haga, cuando estemos fuera del camposanto…
—Quizás, quizás, quizás —remedó irónicamente la canción—…
—Recién comenzamos la etapa del 'Amor del alma de la cintura para arriba' ¿y ya pretendes saltar a la otra?
—Esa clase de afecto parece haber estado implícito en mí desde que te conozco, Franziska. No es para nada reciente —mirándome intenso, buscó incorporarse y luego hizo correr su índice arqueado por mi mejilla; con gran turbación me sorprendí anhelando un beso. Debió notarlo en mis labios húmedos, entreabiertos a la espera de que pudiese ocurrir… Sin embargo, decidió retraerse y a cambio, me devolvía bruscamente a la realidad—. Observa, la casera depositó el ramo y por el movimiento de sus labios, está susurrando... ¿Una rogativa o dedicatoria?
—¿Rezarle plegarias a un chulo, en serio? —lo miré incrédula y retorné mi atención a ella, que se persignaba— ¿Está besando el yugo? Bueno, tenemos una prueba que vale más que mil palabras —orgullosa de haber alcanzado el objetivo que me había propuesto, volví el rostro hacia él, sonriendo invicta. Miles asintió con un gesto de cabeza y trocó la sonrisa que me devolvía en una expresión de total desconcierto. Solo entonces noté cómo una muchacha enzarzaba un brassier en la cruz de mármol blanco— ¡¿Pero qué haces, Miles Edgeworth?! ¡Arranca de inmediato y vámonos a casa! ¡Me niego a contemplar esa desvergüenza!
—Ugh, si te digo la verdad, pensé que lo de la ropa interior era solo parte de su mito, ¡nunca real!
Puso de inmediato el auto en función de dar marcha atrás y si bien su maniobra fue un tanto desmañada, logramos retornar a la avenida sin causar estragos en ninguna bóveda.
—Entonces —intenté analizar los argumentos del proxeneta, mientras observaba la rígida expresión de Miles, que parecía no atender a nada sino al camino—… ¿Crees que Yarini se fijó en mí, porque no aceptó la idea de que su favorita reencarnara como una mujer ordinaria e insípida?
—¡Quién sabe! Pero al menos, ya descubrimos otra pieza del puzzle —dijo, muy seguro de que pronto le daría al proxeneta un ¡Toma ya!—. Y esta noche, será muy interesante averiguar qué información puede brindarnos la famosa corista.
—Si llegas a perder la compostura, no tendré piedad de ti —dije, medio en broma, medio en serio, abriendo la guantera y mostrándole mi látigo. Él se encogió de hombros, acostumbrado a que lo celara sin motivos…, al menos ninguno fue una prueba categórica de su interés por otra persona—. Si ya dejamos atrás el cementerio, bien puedes animar este frío ambiente con una melodía.
—Bueno, veamos qué nos ofrece la radio —suspiró con alivio al notarme relajada y se dispuso también a dejar en el tintero las preocupaciones.
Oye la historia que contóme un día / El viejo enterrador de la comarca / Era un amante que por suerte impía / Su dulce bien le arrebató la parca. / Todas las noches iba al cementerio / A visitar la tumba de su hermosa / La gente murmuraba con misterio / Es un muerto escapado de la fosa…
—¡Muy a propósito, como para llorar en tus brazos! —Protesté irritada; no era la primera vez que Miles hacía trizas un instante romántico— ¿Viniste a la Tierra sólo para volverme un infierno la existencia?
—Nada más lejos de mi voluntad, Franziska. De seguro tu admirador etéreo está divirtiéndose a expensas mías con estas bromas infantiles —ignoro si lo dijo por justificar su mala suerte o en verdad lo pensaba—… Y no caí del planeta vecino, como pareces inferir.
—¡Pues regálame algo que no sea un bolero macabro!
—Mi bien, si pudiera vaticinar qué temas musicales van a poner en las emisoras, no hubiera escogido esa canción deprimente —alegó disculpándose, mientras buscaba entre las pésimas opciones que la radio nos hacía oír. La voz grave de un locutor lo hizo detener el sondeo, congelándolo en el sitio—. '…aquí con nosotros la periodista y fotógrafa extranjera Lotta Hart, que visita nuestra ciudad respondiendo a la invitación del Centro de Prensa Internacional. Antes de comenzar la entrevista, ella pide un tema romántico —Sentí que mi presión cardíaca se disparaba y el rostro quería estallarme de rabia, Miles frenó tan bruscamente en un semáforo que el auto soltó los tapacubos de las llantas delanteras— …'
—'¡Estoy donde está la noticia! Salúos pa' todos ustedes, quiero agradecer a dos amigos míos, muy fiscales ellos, que me dieron la oportunidá de ser llamá la Reportera de los Juzgaos. También están aquí disfrutando sus amoríos y quiero dedicarles una tonadilla bien sensiblera y así les cae buena suerte para que se casen pronto —los coches que se hallaban detrás nos obsequiaron buen recital de claxonazos, discrepando fuertemente con la delicada música en el interior del vehículo—…'
Amor, por entregarte el alma mía/Fiel a mi corazón y a mi querer/ Te he dado yo en la flor de mis caricias/La aurora de mi cuerpo de mujer/ Qué noche tan hermosa nos quisimos/ Mentiras y temores aparté/ Qué pura fue la entrega que vivimos/ Soles y estrellas de luz y amor/ Cayeron a nuestros pies./ Por qué si fue tan dulce nuestra dicha/ Lo amargo de la vida te alejó/ ¿Por qué, por qué un abismo de falsías/ Condenará por siempre nuestro amor?
—Franziska —suspiró, apretando los puños contra el volante y luego alzó el rostro con un ademán orgulloso que hubiera envidiado el propio Yarini—… Por mucho que nos esforzáramos en ocultarlo, no iba a servir de nada. Esa reportera ya se disponía a publicar un artículo sobre nosotros.
—¡¿Es que te has vuelto loco?! ¡Oíste lo que dijo la muy estúpida! —clamé señalando el radio. Miles ya se bajaba del auto, en busca de los tapacubos que salieran rodando por la calle 12. No tuve más opción que acomodarme otra vez y crucé los brazos impotente; como se hallaba lejos, pude recapacitar y musité para mis adentros— Creo que no te falta razón, la batalla por el derecho a la intimidad recién comienza.
