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"Si Eva hubiera escrito el Génesis, ¿Cómo sería la primera noche de amor del género humano? Eva hubiera empezado por aclarar que ella no nació de ninguna costilla, ni conoció a ninguna serpiente, ni ofreció manzanas a nadie, y que Dios nunca le dijo que parirás con dolor y tu marido te dominará. Que todas esas historias son puras mentiras que Adán contó a la prensa"
(Eduardo Galeano. Patas arriba: La escuela del mundo al revés)
Después de la fatigosa eventualidad mañanera, el siguiente paso consistiría en oír a la prestigiosa corista su testimonio. Esperanzada con la idea de que nos guiara hacia el siguiente objeto, y así rematar el círculo de quiénes eran las probables reencarnaciones de la petite Berthe, dispuse con rapidez sobre la cama todas mis opciones para lucir esa noche. Repasé las prendas, sin lograr decidirme por una ¿La espalda muy descubierta, el escote pronunciado, la falda corta en demasía? ¿Cuál iba a ofrecerme la ocasión de privarlo del soplo vital, haciéndolo contener el aliento y enmudecer, como debió sucederle al mismo Adán en presencia de Eva?
—"¡Tu carácter y esos ridículos vestidos alejarían a cualquier hombre! —creí que yo era el blanco de tal frase y estuve a punto de volver a enfrentarme a Catalina. Exhibir mi ropa era lo mismo que invocarla; cuando apareció acompañada por otro ente que debió seguirla, inmersa en una discusión enojosa. Entonces comprendí, aquello iba dirigido al espectro que la importunaba. Las dos armaron tanto escándalo que me vi persuadida a olvidar los trajes e ir por mi látigo— ¿Recuerdas el aspecto de cotorra que adquirías al mover el abanico? Después de todo, navegaste con suerte no quedando solterona ¡Ese marido tuyo podría ser muy bueno haciendo negocios, pero jamás otras cosas! Y que conste, no lo decía yo, sino quienes lo conocieron mejor…"
—"Por supuesto, una mujerzuela como tú sin un título decente que presentar ante la sociedad, excepto el de 'Bígama de poca monta'" —la aristócrata, mayor que la señora de Baró, exteriorizaba el aire petulante y desdeñoso característico de la nobleza… Pero a mi buen ojo no escapó que debajo de tanta rimbombancia había un pasado turbio. A diferencia de Catalina, ilustre por naturaleza y con buena cuna, esa dama parecía tener la necesidad de reafirmar a gritos su condición linajuda— "¡No te bastó calentar el tálamo de Pedro, sino también el del señor Baró!"
—"Lamento mucho la envidia que eso te ocasione, Condesa de Revilla Qué-Amargo. Dudo que Juancito se fijara en ti; de hecho, a veces descubrí a tu esposo Agapito mirándome con disimulo —soltó la primera sin ambages. Catalina jamás dominaba su lengua por muy fina y elegante que fuera, ¡incluso aquellos modos, lejos de hacerla ver grotesca, le daban un toque increíblemente simpático!— ¿Sabes que las damas de sociedad lo conocen por su nombre achicado? Vaya cosas de las que una se entera ¡Oh,'Pito', quién lo diría!"
—"¿Tienen idea de lo que pasará si no escojo a tiempo una prenda? —les avisé, irrumpiendo entre ambas e hice restallar mi látigo. Volví a contemplar la repugnante perspectiva del éter siendo atravesado— ¡Las dos están en el medio! ¡Ahora, muévanse!"
—"¿Por casualidad estás dándome órdenes, meretriz exótica? —La supuesta condesa hizo un estudiado gesto de insulto alzando la nariz y masculló— De mirar tu ropa ya sé la clase de perdularia con la que trato. Añado que Dios las cría y el diablo las junta…"
—"¡Ese criterio bien lo puedes arrojar a la basura, porque no me interesa! ¡Una perdularia! —molesta no sólo por el retraso, añadí también la rapidez conque los espectros pasaban de lo material a lo etéreo y viceversa, eso me limitaba de infringirles cualquier daño— ¡Te golpearé tantas veces que no volverás a tener forma! ¿Cómo te atreves a hacer tales suposiciones?"
—"Vaya cubil de áspides en el que he caído —farfulló la de Revilla Camargo, dándonos la espalda y observó a su rival por encima del hombro—. "Por cierto, Catalina, debió agradarte mucho ver expuesto en mi casa uno de tus vasos Lalique. Ese opalino con las rosas…"
—"¡Estúpida con estúpidas ropas que luego actúa estúpidamente!" —siquiera dejé a la esposa de Baró contestarle. Hasta yo me sentí ofendida por el modo cruel de su tono, ¿acaso podía luchar contra ese destino?— "¡Escuché hablar de usted y me reservé las opiniones! ¡Si bien Catalina se identifica con una rosa, la señora condesa es una detestable mosca que revolotea en torno a ella!"
—"Yo no lo hubiera dicho mejor; gracias, Franziska —la sonrisa perfecta que tanto le alabaran, retornó a sus labios y me dedicó una elegante genuflexión—. Tranquila, hace mucho tiempo que superé tales cosas ¡Pueden exhibir a Lalique donde más les convenga, su arte debe admirarse! Igual, siempre habrá una persona que vaya más allá y descubra los misterios guardados en la historia de las piezas."
—"Uhmph, incluso las flores galanas terminan marchitas y se tornan polvo. Siquiera tu apuesto proxeneta consiguió evadir a la muerte… Por cierto, me dijo que hoy estará por el café del Louvre" —sonrió mordaz la condesa para luego desaparecer.
—"¿Puedo saber qué tratos y contratos mantienes con ese chulo del infierno? —Encaré a la esposa de Baró— Suponía que no lo apoyabas."
—"Alberto Yarini es un alma tortuosa, busca la verdad tanto como ustedes —me observó de frente y me di cuenta de que no mentía—. Por supuesto que ya conoce de la existencia de su yugo, también quién lo tiene. Soy la mediadora entre las dudas y sus ansias de amar otra vez —dijo arreglándose unos mechones de cabello que se le habían escapado del moño—. Digamos que actúo de conciencia para él."
—"Si se halla tan agobiado, es mejor que no demoremos —lancé mi arma sobre la cama, decidiéndome por un vestido color negro del tipo strapple—. Ya me retrasé más de lo debido, Miles estará tocando esa puerta en unos minutos."
—"De guiarte por una recomendación de la condesa, irías al teatro vestida como Madame Pompadour en pleno siglo XXI —Catalina tomó otro de los trajes y se lo colocó superpuesto, haciendo un coquetón giro—. Qué desperdicio no haber podido exponer mis piernas. Suerte la tuya de vivir estos tiempos, Franziska."
—"¿De verdad? Pues yo creo que hay muchas cosas perdidas y que no se recuperarán fácilmente" —aseveré, pensando cómo el placer vulgar había hecho a un lado la época del romance. A medio vestir, ella me detuvo con un gesto de la mano.
—"Fuera ese túnico negro, nada de tonos lúgubres. El plateado te sentará mejor —dijo, tendiéndome aquel con que había estado jugando—. La tela es fina, el modelo tiene un buen corte, amén de magnífica hechura. Sobre todo, enfatizará tu busto y el derriere. No hay hombre, por formal que sea, capaz de resistir la tentación de mirar una cola."
—"¡No puedes estar hablando en serio! —exclamé perturbada, pero me dispuse a acatar su consejo. Si algo no le faltaba a Catalina era buen gusto— Después de todo, hay que darte la razón."
—"¡Claro que la tengo! —Sonrió con su coquetería innata, lo estaba disfrutando— Y lleva tu abanico, él verá que aprecias su regalo ¿Aprendiste ya a moverlo y mirar con malicia? ¡Debes ser más presumida!—negué con la cabeza, al mismo tiempo que admiraba mi silueta en el espejo— Bueno, o aprendes o adiós galán ¿Quién gusta de una torta sin un buen relleno?"
—"Esta época es muy diferente a la tuya —mientras escogía unas joyas a tono, inquirí curiosa— ¿Puedo saber por qué la señorona y tú se piden la cabeza?"
—"Mi querida rival en sociedad y yo estábamos invitadas a un sarao. Ella, que pretendía siempre humillarnos a todas con su 'buen gusto', invirtió una suma ridículamente alta en cierto modelo exclusivo. El modisto francés era muy reputado, así que no consentiría repetirlo —Catalina suspiró como si estuviese cansada, para luego sentarse en una esquina del lecho—. La muy teatral hizo correr la bola, por supuesto. Esa noche sería ella quien atrajera las miradas de cuantos estuvieran presentes ¡Y así fue! Solo que yo soborné a una mucama de su servicio para que me diera copia del modelo. Cuando la ilustre condesa entró al sarao, ya mi vestido había sido visto y elogiado ¡Si pudiera mostrarte el ataque de histeria que manifestó delante de todos, para después retirarse inmediatamente de la fiesta!"
—"Con el rabo entre las piernas —dije por lo bajo. Tampoco me había caído bien esa dama— ¿Qué ocurrió después?"
—"Pues yo continué muy satisfecha de haber castigado su orgullo y me divertí sin que nada me apagara el buen humor ¿Qué iba a hacer sino? —Respondió encogiéndose de hombros y de inmediato cambió el tema— Olvidemos los viejos tiempos, concentrémonos ahora en tu cita nocturna."
—"Vamos a encontrarnos con la tal Amalia Sorg, ¡a eso nadie le llamaría cita!"
—"¿No piensas disfrutar entonces del ballet? ¿Deleitarte con la sensual música de nuestro Lecuona? —se levantó de la cama para luego arrodillarse a mi lado, apoyándose con las manos en la cómoda. Podía decir que era hiperquinética— Si te agrada su obra, te lo presentaré más adelante."
—"¿A… Lecuona?"
—"El mismo. Tuvimos una noche muy divertida cuando invadimos el Museo de Artes Decorativas. Habían traído un piano, alguien iba a tocar al día siguiente y por supuesto, aprovechamos la madrugada entre canciones y bailes. Claro, el sereno terminó amonestado por salir dando gritos al patio y casi logra escalar la reja, luego él mismo solicitó marcharse. Imagínate que de repente comience a sonar el piano con esa brillante pieza que es 'En tres por cuatro' y luego rompa el silencio la popular 'Damisela Encantadora', cantado por la propia Esther Borja ¡Maravillosos los dos! Qué personas más extraordinarias, me gustará mucho repetir la experiencia de…"
—"¿Acaso pretendes mandar a todos los vigilantes camino al psiquiátrico? —la observé grave por segundos, y no pude mantener la expresión. Tuve que sonreír ante su afán de permanecer alegre, sin preocuparle que fuera solo un alma. Volví el interés al peinado de mi cabello— Déjame terminar con esto, no me desconcentres."
—"Fuiste tú quien preguntó —dijo en un tono divertido, incapaz de mostrarse disgustada por culparla de algo que no era su culpa—. Sé que te apasiona mi vida, y también doy gracias por eso."
—"¡Ack, no, para nada me interesa el chismorreo! —advertí, ruborizándome. No tenía caso fingir ante Catalina, si podía leer claramente mis verdaderas intenciones—. Ya estás aquí molestando, mejor te doy una ocupación, ¿quieres contarme lo que te sucedió en el teatro al que vamos?"
—"No querrás oírlo, te amargaría la noche —tragó en seco pero de inmediato se rehízo y me devolvió una sonrisa—. Piensa que al menos tú verás con placer ese ballet. Me gustaban mucho los rusos, creo que Tchaikovsky era un genio. Éste es un programa concierto muy criollo, pero igual lo disfrutarás; no importa qué pueda ocurrir, si el hombre que amas está a tu lado."
Era imposible no detenerse a elogiar el gigantesco edificio que tras continuas remodelaciones, albergaba la sede del Ballet Nacional de Cuba. Imponente en su estilo renacentista español o francés, con elementos del barroco, su fachada principal lucía cuatro grupos escultóricos en mármol blanco que representaban alegorías de la Beneficencia, la Educación, la Música y el Teatro. Los elementos dispuestos de forma equilibrada, balcones, ventanas, cornisas, la proporción de sus torres y la unidad de las molduras lograban un ritmo elegante.
Según la guía turística, en septiembre del 2015, el Consejo de Estado de la República de Cuba acordó, con carácter excepcional y en reconocimiento a los aportes de la bailarina Alicia Alonso a la cultura cubana y universal, denominar el actual Gran Teatro de La Habana como Gran Teatro de La Habana «Alicia Alonso».
—¿En qué estás pensando? —no habíamos permanecido ni tres minutos contemplando el sitio, y Franziska rompía el hechizo de investigar aquel portento arquitectónico. Por supuesto, ella lo había observado ya con velada fascinación desde que atravesábamos el Parque Central— Deja de perder el tiempo pensando, ¡hay que seguir adelante!
—Llegamos con el suficiente para observar todo el panorama. Franziska, estos lugares son nuevos para los dos y la puerta del recibidor no va a salir corriendo ni se va a cerrar antes de la hora indicada—cubrí su mano, que yacía sobre mi brazo, con la mía, rozando levemente sus nudillos— ¿Puedes relajarte y darle una oportunidad a la dicha?
—No estoy acostumbrada a salir contigo de esta forma.
—¿De qué forma estás hablando? —Empezaba a impacientarme que estuviera tan reacia conmigo— ¡Dados los estándares de la Habana, no lucimos como una pareja siquiera!
—¿Por qué los estúpidos habaneros tenían que reproducir algo tan tonto como el Capitolio? —hizo un perfecto giro en el tema, que acompañó con su sonrisa irónicamente dulce; mientras observaba el edificio a mano izquierda, justo cruzando la calle— ¡Debieron ser más originales!
—No iban a imitar el edificio del Reichstag ¿Cierto, Franziska?
—¡Argh! ¿Te estás burlando de…? —creí que sería fulminado por su mirar perspicaz y la vi hurgar en el bolso.
—Definitivamente, huelo problemas —emití un pequeño suspiro. Pese a todo Franziska no extrajo su arma, sino el abanico, abriéndolo molesta. El varillaje cedió con un sonido áspero, todo su país descubierto ante el impulso—. Mi bien, solo estaba bromeando.
—Entremos de una vez —dijo cortante, a la vez que me arrastraba hacia el interior del teatro. Le ofreció las invitaciones a la joven portera, que de inmediato fue toda sonrisas cuando notó que nuestros asientos pertenecían al área de la Presidencia. Con un gesto del índice nos mostró la gran alfombra roja que llevaba a la escalera principal y de allí a los balcones.
Sin dudas, aquel palacio lleno de luces y estatuas de gran acabado, con escaleras de mármol y personalidades de la sociedad cubana, mantenía su prestigio con el paso de los años. Distinguí algunas figuras importantes de la cultura nacional, que compartían sus copas junto a la pequeña barra situada a la izquierda de la entrada. En el extremo contrario se amontonaba un gran tumulto de personas frente a cierta vidriera. Guié a Franziska para comprar los programas y quizás cualquier souvenir que se le antojara sobre la temática del ballet.
—"Giselle o las Willis" interpretado por la prima ballerina assoluta Alicia Alonso —tomé un segundo el disco y observé la cubierta—. Era el ballet favorito de mi madre.
—También el mío —pareció agradarle que compartiéramos ese gusto y sonrió—, aunque sea bastante lúgubre ¿Quieres llevarlo, Miles? Puede que tengamos la ocasión de echarle un vistazo más adelante.
Escucharla y pedir que lo añadieran a las biografías de María Elena Llorente y Viengsay Valdés, más el poster de la primera bailarina de nombre Alia M. Lorenzo ataviada como el Cisne Negro, fue todo uno. Por lo visto, Franziska quería tener algo más para hojear en el viaje de regreso que sus casos. Mientras pagaba, la vi contemplar la escalera de mármol y estremecerse. Cruzó los brazos abrigándose el pecho, mientras sus manos asían los antebrazos en un ademán protector.
—¿Qué ocurre, mi bien? —la sostuve al verla sudar frío— ¿Cuál es la causa de tu estremecimiento?
—M-me pareció verla… Esa corista.
—¿Segura que se trataba de Amalia Sorg? Tan siquiera la conoces.
—Iba vestida según la vieja usanza, ninguna mujer en su sano juicio lleva esa ropa tan fuera de moda —manifestó confiada, indicándome la escalera con un gesto—, y subió los escalones tan rápido que no logré seguirla con la vista.
—Bueno, me pregunto si pudieras haberte equivocado ¿A un espectro le gustaría deambular por el salón con esta muchedumbre? —medité, creyéndolo improbable—. Hay muchas personas…
—¿Acaso noto cierta incredulidad en tu rostro, Miles Edgeworth? —escapó de mi abrazo, notablemente disgustada— ¡Nadie se viste así hoy en día!
—Franziska, no tiene caso que…
—¡Ahí está, Miles! ¿La ves? —volvió a indicarme la parte superior de la escalera.
Subimos rápidamente los escalones hasta la entrada a la zona de Presidencia, donde una mujer con moño gigantesco, nariz respingona y estereotipo de bailarina se arreglaba los pliegues del vestido. Otra dama se colocó junto al espectro materializado y fluyó la conversación.
—¡Sade, qué gusto verte de nuevo por aquí! Desde que te retiraste de la compañía, estás haciendo vida de reina.
—Ugh, n-no es ella —consciente de su equivocación, dio un respingo y sorprendida, abrió los ojos—. E-es de verdad ¡Pero quién lo hubiera imaginado, si lleva esa ropa tan…!
—Cálmate, Franziska —intervine rápidamente, arrastrándola del brazo hacia las puertas de acceso a la zona Presidencial. Sabía cuanto le molestaba errar en sus deducciones.
Primera fila de la izquierda; la Embajada me había ofrecido las invitaciones para el mejor sitio. Nadie que nos molestara delante, únicamente la baranda de seguridad que limitaba el balcón. Aquella sala principal, llamada Federico García Lorca, tenía una capacidad para aproximadamente mil quinientas personas y contaba, por supuesto, con una lujosa araña que bien podía compararse a otras, igualmente majestuosas, colocadas en los teatros europeos o americanos.
Franziska terminó sentándose a mi diestra. Sin molestarse en leer su programa, bajo el pretexto de haber olvidado los lentes, me pidió que lo hiciera yo.
—Primer Acto: pas de quatre "Tarde en la siesta". Obra homenaje a Lecuona, con interpretaciones al piano del autor. (Crisantemo, Vals en Si Mayor, A la Antigua, Bell Flower, En 3 por 4, Preludio en la noche y Vals azul) Este ballet representa estampas de las mujeres cubanas a principios del siglo XX, en una atmósfera señorial y donde ellas manifiestan sus contradicciones por la vida conformista, ociosa y gris que el medio les impone, encerradas en el patio de una residencia colonial del Cerro. Esto se expresa en las relaciones entre esas cuatro hermanas cuyos nombres, usuales en la cultura hispanoamericana es una sugerencia de la psicología de cada una de ellas. Consuelo, Soledad, Dulce y Esperanza. Es una referencia también al célebre lienzo de Miguel Collazo.
—Qué interesante. Catalina Lasa habla mucho del compositor, veamos cuán meritoria es la música.
—Lo es, no te quepa duda, Franziska —le aseguré, conociendo de antemano que Lecuona recibiría su aprobación en cuanto lo escuchara—. El tercer timbre acaba de sonar, llamando a los espectadores para que ocupen los asientos. Pronto se apagarán las luces.
—Miles Edgeworth, no es la primera vez que acudo al teatro. Déjate de tonterías.
El ya reconocido como "grand pas de quatre" cubano logró trasladarnos verdaderamente al escenario representado por aquellas muchachas, que con espléndidos movimientos ofrecían al espectador la tristeza de su encierro. Perfectamente coordinadas, hacían sus giros, se alineaban o compartían el espacio tomándose de las manos, como el único divertimento que les era permitido en la soledad de aquel patio colonial. Después, los complejos despliegues del pas de quatre dieron paso a las variaciones. Cada una dibujaba el carácter de la joven que iba ejecutándolo y así pudimos conocer de sus empeños, contradicciones o anhelos.
—Qué curioso, a veces los personajes representan más a una misma de lo que hubiese podido imaginar —afirmó, mientras aplaudía gustosa el final de una complicada interpretación—. Es impresionante cómo Soledad encarna su angustia ¡y la melodía se mantiene acorde al estado de ánimo! ¡Miles Edgeworth, es tu culpa que antes no comprara un disco del maestro Lecuona!
—¿Y quién no lo pidió cuando adquirimos el programa y demás souvenirs? —Rebatí sarcástico, mirándola de soslayo. Al ver que se irritaba, le devolví una sonrisa— Personalmente, creo que la interpretación de Consuelo es magistral. Unifica y ofrece alivio a sus hermanas cuando mayor es la desdicha.
—Todas hacen buen papel, Dulce y Esperanza son la perfecta contraparte de las otras dos.
—… Mi bien, estamos incomodando a nuestros vecinos de palco —dije al percibir la mirada furibunda de quienes compartían nuestra diestra y siniestra; una mujer estirada que tenía el aspecto de maître de ballet y un hombre calvo, por lo visto gran entendido del mismo. Abrigué la mano de Franziska con mi palma, estrechándola suavemente—. Creo que será mejor compartir las opiniones en el tiempo del entreacto.
—¡Nadie me da órdenes! ¡Primera vez que me deleito viendo este ballet y tengo derecho a comentarlo! —musitó cruzándose de brazos, con infantil arrebato. No le duraría mucho su actitud, ya que pronto acabó la danza y olvidó el requerimiento para sumarse al mar de aplausos. La bailarina que personificara a Soledad fue desde aquel instante su favorita.
Cerró el telón y al abrirlo, aquel patio con fuente y enredaderas se había transformado en un pequeño bar. Acompañado únicamente por la música sublime de Lecuona, el barman limpiaba las copas. Repentinamente, la voz de Esther Borja, intérprete maravillosa de los años 30, se dejó escuchar cantando 'En la noche perfumada'. El joven barman, aprovechó la soledad del recinto, para solicitar graciosamente a su escoba que lo acompañara en el baile, imaginándose a una bella muchacha. Pobre hombre, me admiró el entorno festivo creado por su ilusión, donde no sólo bailó con ella, sino que además hizo como que brindaban por su dicha.
—Interesante fusión del contemporáneo y el ballet clásico —le susurré al oído—. La escenografía me recuerda los pequeños bares de Los Ángeles.
—Y me pregunto qué hacías tú en esos tugurios, para conocerlos tan bien —Franziska me devolvió una mirada escéptica—. No sería extraño que hubieses acompañado al estúpido de Phoenix Wright a emborracharse.
Mi defensa iba a ser categórica, sin embargo, el murmullo indignado de mis vecinos impidió que manifestara cualquier desacuerdo. Resolví concentrarme de lleno en el escenario. La quimera del mesero con su escoba, había sido interrumpida por otro joven que portaba un ramo de flores. Hablando del Rey de Roma, el recién llegado bailarín era muy parecido a Wright, incluyendo su amor platónico por una dama. El barman lo invitó a sentarse y al dirigirse a la mesa la réplica de Phoenix, una de las flores cayó de sus manos.
—Qué hombre más atolondrado, esa cara estúpida me recuerda a… —masculló Franziska y acto seguido, noté que la supuesta maître le había golpeado el brazo disimuladamente con su abanico. Mi compañera se turbó ante la osadía, y valiéndose del suyo, le devolvió la amonestación. Varios minutos después, ambas proseguían su mudo altercado a golpe de abanico.
—Mi bien, te lo ruego, evita que nos echen del teatro —volví a susurrarle. Aunque me observó de mal talante, optó por calmarse y continuar disfrutando la obra.
El joven parecido a Wright se quitó el saco, pidiéndole al barman que le sirviera una copa. Varió entonces la música, Esther Borja iniciaba su éxito 'Para cantarle a mi amor' y el barman hacía el intento de recoger la flor que antes cayera de las manos del joven cliente. Una muchacha vestida de rojo irrumpió en el sitio y corriendo fue hasta la réplica de Wright, que continuaba sentado, abrazándolo por la espalda. Éste, feliz de verla junto a él y obsequiándole una de las flores del ramo, imploró porque le concediera el baile. Contrario al pas de quatre anteriormente disfrutado, los pasos tenían menos del rigor clásico y más la sensualidad del baile contemporáneo, adecuado para un ambiente popular. Esto se percibía en la forma que los amantes se deslizaban por el escenario, muy cerca de una danza moderna. Cuando terminó aquel pas de deux romántico, la joven condujo a su amado a sentarse a la mesa, donde terminaron besándose.
—¿Por qué será que estos bailarines me hacen recordar a dos estúpidos conocidos nuestros? —manifestó Franziska con natural desagrado— ¡Convirtieron el baile en un merengue dulzón!
—Déjame que adivine —sonreí mordaz. Ambos estábamos de acuerdo, Phoenix y Maya de seguro se comportarían idénticamente a ellos, cuando decidieran concretar su noviazgo—...
Llegó al escenario del bar otra chica de rojo, que obviando las atenciones del pobre mesero, fue a sentarse a otra mesa, completamente sola. Junto al tema 'Lloviendo', hizo entrada un hombre que remedaba estar empapado por la lluvia. Dejó su chaqueta al barman, para bailar melancólicamente, hasta que llegó una tercera joven de rojo con paraguas, entregándolo al servicial mesero y corrió a taparle los ojos al muchacho que bailaba. Él, reconociéndola, le invitó a danzar, solo que a diferencia de la pareja que los precediera, el ballet se había tornado nostálgico.
—Qué gracioso, ahora el bailarín desgreñado se me asemeja a Cutre. Ese aspecto mugriento y el sobretodo —sonrió maliciosamente, a la par que observaba a la vecina de palco por encima del hombro. Fue una suerte que la mujer esta vez la ignorara por completo—… ¡no le vendría mal que le cayera un chaparrón encima, ya que odia bañarse!
—Por desgracia puedo corroborar su mal hábito.
Habían culminado el baile, ella junto a la mesa y él con las manos dentro de los bolsillos del pantalón, luciendo nuevamente aquel aire pesaroso. Al ir juntos a sentarse, entró de súbito un hombre vestido de negro. Apenas irrumpió en el bar, la joven solitaria que aguardaba en su mesa corrió hacia él para abrazarlo efusivamente, al compás de 'Al fin, amor'. El baile de aquella pareja era el más sensual, primaron los abrazos y mientras ella le acariciaba el rostro, él la sostenía del grácil talle. Finalmente, la joven terminaba con un split o apertura de piernas en el suelo, de las cuales recogía una de forma sutil. Así permaneció durante varios segundos, colocando su rostro entre las manos de él, que a su vez estaba arrodillado.
—Los dos encajan muy bien, al menos en apariencia —musitó Franziska guiñándome un ojo, lo que me tomó por sorpresa. Cuando usaba ese tono ladino, era señal de que debía estar sobre aviso—. Y a éste solo le faltaba el cravat para ser idéntico a cierto fiscal insoportable.
—Nngh… Será mejor que lo estés diciendo en broma —refuté sólo por mantener las apariencias. De haber sido él, creo que hubiese disfrutado bailar una pieza tan emotiva con Franziska.
Cuatro muchachas llegaron al establecimiento, logrando que el barman se dispusiera a danzar con todas. Vaya que al final tuvo suerte, luego de haber sido rechazado por las que tenían pareja. Podía modificar el dicho para él 'Si quiere caldo, le damos cuatro tazas'. Oí con mucha satisfacción ese tema que me agradaba por encima del resto, la 'Damisela Encantadora'. Bella por su ritmo, elocuencia y la voz de la Borja, que le ponía un toque muy lírico y apasionado a la letra del maestro Lecuona.
Por tus ojazos negros llenos de amor
Por tu boquita roja que es una flor,
Por tu cuerpo de palmera lindo y gentil
Se muere mi corazón.
Si me quisieras, figurina de abril,
Mi vida entera yo te daría a ti.
Si tus labios rojos yo pudiera besar,
Moriría de amor.
Damisela encantadora,
Damisela por ti yo muero,
Si me miras, si me besas,
Damisela, serás mi amor.
Cuando a mi voz galanes sin distinción
Me dedican requiebros con gran pasión.
Con mi aire de princesa bello y juncal,
Les destrozo el corazón.
Si yo te diera mis caricias de amor,
Tu vida entera se abrazará a mi ardor.
Si mis labios rojos tú pudieras besar
Sabrías lo que es amor.
Damisela encantadora,
Damisela por ti yo muero,
Si me miras, si me besas,
Damisela, serás mi amor.
Una de las jóvenes se había subido a la mesa a danzar. El bailarín de negro que Franziska relacionaba conmigo, le ofreció a su compañera la rosa que antes recogiera el barman; mientras el ballet, próximo a su fin aunaba todas las parejas en el centro del escenario. Luego de varios giros y finas ejecuciones, las muchachas terminaron alineadas en dos filas, con la escolta de sus hombres.
—Aprovechemos el intermedio para ir en busca de la corista —sostuve a Franziska del brazo, para evitar su pérdida entre la multitud que nos llevaba hasta la puerta como una corriente de río—. Aunque no creo probable que aparezca.
—Hombre de poca fe, si fallas en tu cometido… Quién sabe lo que haga ese proxeneta con mi persona —se detuvo junto a la escalera, mirándome intensa. Luego me señaló con un gesto resuelto la puerta de los lavatorios masculinos—. Te ordeno ir a la toilette ahora mismo y buscarla, tal como nos dijeron. Yo no puedo entrar, vas a estar solo ¡Intenta mantener la compostura!
De mala gana, se retiró hacia la pequeña barra en el salón principal, mientras yo la observaba mezclarse con el resto del público. Sin embargo, no la perdí de vista; sin dejar de ser femenino, su caminar distaba mucho del voluptuoso movimiento que las criollas tenían o ponían en su andar y esto marcó la diferencia.
—"'La cubana parece que camina en el aire, no por el pavimento. El cubano igual. Somos seres dotados para la felicidad pasajera' —escuché cierta voz de mujer en mi mente y luego risas—. ¿La tuya, durará mucho tiempo?"
Si bien los aseos masculinos se hallaban a unos cuantos pasos, la resonancia de sus palabras hizo que me doliera la cabeza. Resolví concentrarme por completo en Franziska y la necesidad de ponerle fin al problema del maldito proxeneta. Abrí determinado la puerta y avanzando hasta la instalación más próxima, esperé a que su voz estuviera cerca de mi oído para darle una respuesta.
—"¿Y entonces, vida mía? No te vi aliviar el peso de tus riñones —pude distinguir al espectro materializado cuando se acercó. Se trataba de una muchacha de cabello negro, cejas gordas que parecían dibujadas a carboncillo, sombreando unos ojos más bien saltones pero muy expresivos. A la nariz larga y afilada, seguían los labios rojos, todo el conjunto sobre una piel marmórea. La figura, tan voluptuosa como se pedía a las cupleteras de aquellos años. Contemplándome sardónica de pies a cabeza, humedeció sus labios con la lengua de forma bastante impúdica, conforme se llevaba las manos a la cintura—, me pregunto si viniste para cumplir un propósito más… retorcido."
—Nngh… ¡¿Cómo puede insinuar semejante…?!
—"A mí no vas a engañarme, tienes pinta de chulito francés —dijo enfurruñando la nariz—, como los cabrones que mataron a Yarini."
—"Le aseguro, señora, que ni soteneur ni francés. Mi nombre es Miles Edgeworth, soy fiscal y americano, a mucha honra —le respondí sin vocalizar, cruzándome de brazos, e intenté defender mi postura de hombre digno—. Vengo precisamente a informarme sobre Alberto Yarini."
—"Macho lindo, a él nunca le gustaron los americanos ¿entiendes?, los detestaba —su voz adquirió un tono amenazador—. Faltaría a la memoria de ese caballero si ahora te suelto la confidencia que buscas…, aunque me tienta cambiarla por un buen revolcón ¿Qué dices?"
—"Tengo como propósito liberar a mi futura esposa de sus tretas. Él comenzó a importunarla porque cree firmemente que la petite Berthe reencarnó en ella. Sin embargo, por más urgencia que tengo de saber la verdad, comprenda que aceptar semejante oferta me haría un villano a sus ojos."
—"¿La inocente prometida se dejó engatusar por él y aún quieres guardarle respeto? ¡Ja! ¡Estás haciendo el papel de bobo! —rió a carcajadas. Las mujeres de su profesión solían mostrarse agresivas y yo me vi teniendo que lidiar con su desfachatez— ¡Vamos, hombre! No imaginas lo fácil que es para mí poseer el cuerpo de una de las chicas del teatro y resolver el asunto. A cambio, te soltaré todo sobre la petite Berthe ¿no es eso lo que buscas? ¡Pues a una, otra!"
—"Me da la sensación de que no escuchó lo que dije. Franziska detesta los asedios del proxeneta. Es Alberto Yarini quien está empeñado en asociarla con esa cortesana, y no ella quien sucumbe por su atractivo —afirmé, notablemente molesto por sus acusaciones hacia mi compañera—. Si le sorprende tanto que haya una mujer capaz de resistirse a él, debido a que su alma pertenece a otro hombre, entonces… ¿por qué insiste en hacerme una propuesta inconcebible? No pago fidelidad con traición, señorita."
—"Uhm, para mí que tú eres medio cundango —musitó divertida, buscando humillarme—. Sí, cundango… Mariquita, da igual."
—"¡Agh! ¡Eso es algo intolerable!"
—"Las buenas hembras morimos por los hombres altaneros, a ninguna le chiflan los puritanos cobardes. Y me parece que a tu novia sí le picó el chulo —deslizó el índice por mi espalda, ojeándome insolente— ¿Qué harías si resulta ser la Berthe reencarnada?"
—"¡Sus preferencias son irrelevantes en este momento! —le hice ver, descargando mi puño contra el muro del aseo— Y antes de arribar a cualquier decisión, primero quisiera oír su testimonio. Le ruego que me cuente la verdad."
—"Lo primero es que desprecio a las personas capaces de juzgar a Yarini. Su tiempo fue convulso para todos, la sociedad le abrió las puertas de San Isidro y él vio en la prostitución un buen negocio. Todas las cortesanas querían someterse al chulo de categoría, ¿qué de malo tiene? Claro que si yo hubiese pertenecido a ese mundo y me hubieran dado a escoger, preferiría trabajar para un hombre joven y hermoso —masculló, encogiéndose de hombros, las manos descansaron en sus caderas a la par que hacía un sugerente contoneo—. Dudo que se volviera loco por la Berthe, podía ser muy linda, pero Yarini jamás llegó a enamorarse de ninguna. Ella fue quien lo buscó, arrojándosele a los brazos para que la sacara de la casa de Letot. Alberto Yarini sólo vio en esa meretriz la posibilidad de hacerse aún más notorio, al quitarle la joya favorita a su rival."
—"Esa parte de la historia ya la conozco, mejor saltemos al velatorio y entierro del proxeneta, si no le importa."
—"A su entierro prácticamente asistió la Habana completa. Después hubieron otros, de personalidades notables de la cultura… Pero como el del chulo de categoría, ninguno —suspiró al recordar, quizás no fuera de sus más grandes admiradoras, y aún así reparé cuánto lo estimaba—. Petite Berthe se mantuvo siempre junto a la caja, desde el funeral. Luego iba a la cabeza de la procesión, cuando los franceses irrumpieron en aquel molote de gente, dando puñaladas. A ella la hirieron en un seno, pero con todo, llegó sangrando al cementerio. Eso es lo que yo llamo una mujer."
—"Lo cierto es que hay algo que me inquieta y no lo ha mencionado —esa última observación, ponía en el mismo plano a Franziska y a la joven meretriz. Las dos eran capaces de soportar dolores mayúsculos, cuando éstos se volvían el impedimento básico para lograr sus propósitos—. Se rumorea que la petite Berthe retiró un objeto perteneciente al difunto antes del sepelio."
—"Recuerdo el diálogo que tuvo con otro periodista famoso, ya entradita en años. Declaró que Alberto había dejado un luis, un centén y cinco pesos. El amigo que preparó el cadáver, le puso la corbata con su alfiler, lo peinó y afeitó, vio en el bolsillo del traje aquel luis. No dudo que la Berthe lo tomara consigo ¿quién iba a extrañar una moneda común, de la que nadie se acordaba?"
—"¿Puede asegurarlo?"
—"En este caso, no se puede asegurar nada, mi chino. Cuando se abrió la caja por última vez, Berthe lanzó encima del cadáver, herida y sangrando. Tras ella fueron las demás; el amigo de Yarini dijo que le habían arrancado desde mechones de pelo hasta el alfiler de la corbata. Las mujeres acabaron con el difunto antes de que bajara a tierra, quitándole incluso los botones. Se comenta que al inclinarse, Berthe le manchó el pecho del traje con su sangre y le dejó un buen recuerdo; luego se rehízo, echó a las mujeres que la sofocaban y volvió a cerrar el féretro —dejó caer estas palabras acercándose a mi rostro, violando el espacio personal que hasta ese momento había entre los dos. Aproximó sus labios a mi oído mientras susurraba altanera— ¿Satisfecho? Ahora vete, un bonito semental viene a los aseos y estoy segura de que podré divertirme a gusto. Si te asquea el sabor de la papaya, más nada tenemos que hablar… y no vas a malearme la fiesta."
—Grr… —la vi perderse tras la puerta del último baño, cantando para incomodarme 'Alberto, tú eres cundango y Teodoro también lo es, caballero, dos machangos pa que vea usté'.
Justo al abandonar el sitio y hallarme otra vez en la parte superior de la escalera, me sorprendió la llamada estridente del segundo timbre para volver a los asientos y vi retornar a Franziska.
Solo cuando estuvimos de regreso en los palcos, ya más cómodos ante la evidente ausencia de nuestros vecinos, me atreví a sondearlo respecto al intercambio. Había dominado la curiosidad al ver su expresión iracunda y resolví esperar hasta entonces para sonsacarle los detalles.
—¿Ocurre algo? Pareces aturdido —le sonreí burlona, pegándole suave con el abanico— ¿Era tan hermosa la corista?
—Hmph…, uno aprende algo nuevo cada día…, 'cundango'… ¡Arngh! —creí oírle decir entre dientes— Mujerzuela rústica.
—¿De qué hablas, Miles? ¿Qué palabra extraña es esa? —lo miré atónita. Sus mejillas adquirieron el color del telón, y se limitó a contemplarlo en silencio. Ante mi porfía decidió hablar, pero cuando lo hizo, el tema difería del misterioso vocablo.
—Insisto en que seas paciente con esto, mi bien —suspiró y aquello me dio mala espina—. No tienes que inquietarte, la cupletera es el espectro más vulgar y frívolo que haya visto jamás. Conste que no he avistado muchos —accedió a tomar mi mano y besarla, intentando componer su hosquedad—. La tan renombrada belleza de la corista debería ser tu menor preocupación.
—¡¿Y quieres decirme, por ventura, cuál es el mayor problema?! —le solté a toda voz, recibiendo los murmullos desaprobatorios del resto de los allí presentes. Alguien nos devolvió un '¡Tssshhhhhh! ¡Niña, esto es el teatro, no la carpa del circo!'. Miles se giró hacia mí, tirándome de la muñeca para que volviera al asiento. La sangre, de repente, me subió a la cabeza— Espera… siquiera tienes que decirlo. Se trata de la moneda, ¿verdad? ¡El dichoso luis!
—Parece que acabas de comprender la situación. Aunque todavía no debemos apresurar las conclusiones —me advirtió, a la par que se tocaba la sien con el índice—. Recuerda, nuestra casera también puede ser la petite Berthe reencarnada.
—¿Y si el chulo no quiere admitirlo?
—Empeñó su palabra, mi bien. Aquí no vale un capricho, sino la verdad. Mal que le pese, tendrá que aceptarla.
—No obstante, aún queda este conflicto por solucionar… ¿recuerdas que mañana es nuestro último día para conseguir la respuesta definitiva? —Imposible que pudiera contenerme ante la proximidad del término— ¡El último…!
—La encontraré a tiempo, lo juro por mi honor —aseguró, mirándome a los ojos para después dedicarme una sonrisa tranquilizadora—. Esa cupletera me proporcionó cierto dato, banal en apariencia; que debiera proyectar luz sobre cuál de los tres objetos es el que Berthe se quedó.
—¡Muéstramelo!—demandé amenazadora, poniéndole mi abanico bajo el mentón — ¡Apúrate y dilo ya! Pero si resulta que es una tontería, no sobrevivirás a...
—Lo siento, mi bien. Te lo haré saber cuando sea el momento, confía en mí —no solo me había interrumpido, sino que ojeándome grave, apartó mi mano con gesto firme—. Puedes golpearme todo lo que desees, al final solo vas a lograr que nos arrojen puertas afuera. Escucha el tercer llamado, pronto empezará la función.
—¡¿Cómo te atreves a esconder una pista crucial?! ¡Miles Edgeworth, ahora mismo exijo que compartas ese pormenor!
—Franziska, disfruta la puesta en escena. Después del intermedio, según el programa, viene una coreografía de ballet contemporáneo llamada Flora —¡el muy estúpido me ignoró aún sabiendo mi desvelo! Ya se lo haría pagar más tarde— '…Basada en la obra del artista plástico René Portocarrero y su serie de óleos, en la cual es la mujer el tema frecuente. Sin narrar una historia específica, la escenografía y diseños de vestuario pretenden recrear también a manera de homenaje, la atmósfera de las Floras del pintor, e intenta ser como los óleos, un símbolo de lo femenino cubano y universal'.
Respondí a su lectura mirándolo de soslayo, indignada por no entender los motivos al negarme la información. Hasta ese momento lo habíamos compartido todo, si yo era la víctima, ¡razón de más para que me comunicara sus avances en la pesquisa!
Como si abrir el telón fuera obra de magia, así mismo las luces eclipsaron y vi desfilar por el escenario a la Flora Morada o del Sombrero, tan severa, a la Flora Azul o del Abanico, criolla típica, luego la Amarilla o del Paraguas, alegre como el sol. Apenas hizo entrada con su enigmática danza la Flora Verde o de la Máscara, sentí que perdía la noción del tiempo. Repentinamente, nuestros asientos eran en platea, muy cerca del escenario. Miles había estrechado mi mano con fuerza, instándome a no dudar y olvidarnos de que todo el teatro nos abucheaba. Las exclamaciones del público inundaron la sala, los señores de la República, engalanados con sus trajes de lujo, se levantaron de los asientos.
—¡Vergüenza! ¡Libertinos! —chillaron unas damas que se hallaban en los balcones— ¡Mujerzuela impúdica y liviana!
—¿Creyeron que nadie sabría la verdad sobre ustedes? ¡La desvergüenza no se puede ocultar ni con dinero!
—¡Abandonemos el teatro, vamos a dejarlos completamente solos! —coreó media platea— ¡Castiguemos su osadía! ¡Presentarse juntos en público, después de tantos artículos hablando sobre la pecaminosa!
¿Todo aquello era por nosotros? ¿Acaso me juzgaban a causa de haber ocultado mi relación con Miles? ¿Tal sería nuestro destino cuando los supuestos admiradores de los fiscales genios leyeran la noticia de la reportera metiche? ¿Y si tanta insidia ponía fin a nuestras carreras?
—¡Mejor que hubiesen ocultado su relación, pero no, la exhiben como si fueran Julio César y Cleopatra!
—Por supuesto, la desvergonzada y el sinvergüenza…
Debía valorar lo que sentía, cuánto me importaba la opinión pública y si me hallaba dispuesta a lidiar con ella. Observé a Miles por un segundo, sus ojos, llenos de odio e inclementes, no se apartaban de la multitud en su boicot, que nos gritaba injurias e iba marchando hacia la salida. Alguien observaba escondido tras las bambalinas. Creí reconocer a Yarini, que me guiñó un ojo e hizo una sutil reverencia, como advirtiéndome "esto es lo que te espera". Nos quedamos sentados, inmutables, tanto como los artistas italianos que actuaban, y continuaron su función sin tan siquiera importarles que su público se hubiese retirado.
—'Así es la aristocracia. Adentro todo, pero cuando algo se descubre, a correr y tapar. Es una falsedad que no tiene nombre' —escuché la risa teatral de Amalia Sorg en mi mente.
Pero yo había elegido, y en un gesto de profundo agradecimiento, me deshice de mis prendas más queridas y lanzándolas hacia los artistas, decidí que nuestro show debía continuar aún sin otro auditorio aparte de nosotros.
