Chat noir pegó su espalda a la pared como si tratara de atravesarla, con los puntas de sus pies apenas apoyadas en la estrecha cornisa que lo sostenía, rezando porque el escrutinio de la chica hacia uno y otro lado concluyera antes de terminar por precipitarse inevitablemente hasta el suelo de su balcón.

Cerró los ojos, conteniendo la respiración. Cuando volvió a abrirlos, ella por fin se estaba dando la vuelta para volver a entrar a la habitación. Y, entonces, llegó a sus finos oídos un leve susurro que amenazó con paralizar su corazón: «Oh, Chat, mi gatito tonto... ojalá hubieras estado aquí de verdad». Y sus piernas temblaron, sus botas se deslizaron, y tuvo que improvisar una rápida pirueta para aterrizar con un mínimo de dignidad en vez de caer como un fardo a los pies de la chica.

Marinette retrocedió un paso, sobresaltada.

--¿Chat... noir? --balbuceó.

--Ehmmm... ¿Me llamabas, princesa? --rascándose la nuca, ensayó una sonrisa inocente, luchando contra el impulso de recorrer su cuerpo con la mirada... y fallando miserablemente en su propósito.

Ella trató con todas sus fuerzas de recomponerse y regresar a su plan inicial de indignarse con él. Aferró la toalla y cruzó los brazos para mantenerla en su sitio, sintiéndola como el último escudo que se interponía entre ellos y el desastre total. Su propio gesto elevó sus pechos, haciendo asomar una parte por encima de la tela, y Chat clavó su mirada en ellos, como hipnotizado, y tragó saliva ruidosamente.

--¿Qué... qué estás haciendo aquí?

--Yo... ¿Una visita de cortesía?

--Pues no resulta especialmente cortés espiar a una señorita --se dio la vuelta con ademán ofendido--. Y no te atrevas a negarlo: te escuché en mi ventana.

--No voy a negarlo, pero... --se acercó a su espalda, colocó una mano en su cintura y susurró, travieso, cerca de su oído--: no te estabas comportando precisamente como una señorita cuando te vi.

Ella se dio la vuelta, enfrentándolo con un brillo furioso en los ojos y las mejillas totalmente coloradas.

--¿Y se puede saber como qué me estaba comportando exactamente?

«¿Como una niña muy mala? ¿Como una pequeña pervertida?» ¿Por qué no se le ocurriría ninguna respuesta que no lo hiciera merecedor de una buena bofetada? ¿Y si la besaba? ¿Respondería, o lo apartaría de un empujón? No, mejor no acercarse tanto hasta estar seguro de la chispa de deseo en aquellos ojos tan azules no era solo producto de su imaginación.

--Yo... --adelantó la mano para acariciar su barbilla--. No tengo excusas, no debí mirar. Pero... de alguna manera sentí como si lo hicieras para mí. Ridículo, ¿verdad? --se acercó despacio, con la respiración acelerada--. Pero cuando dijiste mi nombre... --se interrumpió, alzó su rostro para mirarla de frente, y recortó la escasa distancia que aún los separaba para susurrar contra su boca--: si quieres que me detenga, solo dilo.

Pero ella no quería que parase. Puede que todo aquello fuera una mala idea, pero realmente no deseaba detenerlo. Así que guardó silencio y le ofreció sus labios entreabiertos, aferrándose a su cuello casi con desesperación, y respondiendo intensamente a su beso. Sus labios eran cálidos, y el sabor de su saliva, embriagador; él acunaba su rostro, disfrutando de su entrega, su lengua buscándola cada vez con mayor vehemencia, reclamando cada rincón, exigente. Ella dejó de sujetar la mullida tela que la cubría para entrelazar los dedos tras su cuello, atrayéndolo todavía más hacia sí.

La toalla resbaló, deslizándose entre ambos hasta caer al suelo, y fue el cuerpo de Chat el que se convirtió en su único escudo frente al resto del mundo, separándola de una realidad que no deseaba enfrentar por ahora. Él no era el chico del que estaba enamorada, y ella no llevaba el traje de heroína que a él le fascinaba. Había muchos secretos entre los dos; pero aquella noche solo deseaba destruir las barreras que los separaban hasta hacerlas añicos, y simplemente amarlo hasta fundirse en uno solo.

Sin dejar de besarlo, tiró de él hacia el interior de su habitación. Retrocedieron juntos, con los cuerpos muy pegados, como si Chat ansiara percibir el calor de Marinette a pesar de la tela de su traje. Sus manos la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en sus pechos, arañando su espalda, aferrando sus caderas para asegurarse que no existiera el más mínimo espacio entre ellos.

--¿Estamos solos? --quiso saber, entre besos.

Ella asintió, y ahogó una exclamación de sorpresa cuando el chico la hizo caer sobre el colchón, colocándose encima suyo, fuego contra fuego. Emitió un leve murmullo de protesta cuando sus labios abandonaron su boca, pero pronto se convirtió en un gemido acalorado cuando recorrieron su cuello, para centrarse luego en sus pechos, haciéndola arquear la espalda. Jadeó cuando los dedos del chico se colaron bajo su ropa interior, murmurando satisfecho al notar su humedad.

--Chat...

--¿Mmmmm?

Cualquier cosa que fuera a decir se perdió entre gemidos, al sentir aquel roce sugerente que despertaba todos sus sentidos. Él la observaba, atento a sus respuestas, llenándola de besos, haciéndola sentir deseada, plena. Olvidó su timidez y, siguiendo su instinto, acompasó el movimiento de sus caderas al de los dedos del chico para abrirse a caricias más profundas. Y justo cuando pensaba que no podía haber nada más delicioso que aquello...

--Me encanta sentirte, Marinette --su voz sonaba ronca, seductora--. Ojalá pudiera tocarte piel con piel; pero me temo que nadie pensó que el traje de un héroe pudiera necesitar una cremallera --sonrió--. Aunque, quizás...

Un brillo travieso adornó su mirada mientras deslizaba sus labios, y luego su lengua, por la suave piel de la chica. Cuando su recorrido ya lo había llevado más allá de su ombligo se detuvo a retirar sus braguitas, dejándola totalmente desnuda por fin. Y luego continuó besando, chupando, lamiendo.

Ella se aferró a las sábanas con fuerza, abrumada por la intensidad de las sensaciones, que fue aumentando progresivamente hasta que pensó que no podría soportar más. Los gemidos escapaban de su garganta, incontrolables, hasta que el clímax la dejó agotada y temblorosa, como si todas sus fuerzas se hubieran desvanecido de golpe. Chat noir recorrió el camino inverso en una decena de pequeños besitos que salpicaron su cuerpo y terminaron en sus labios. Cuando reunió voluntad suficiente para abrir los ojos, se encontró de frente con la sonrisa del chico.

--Uhm, vaya... ¿Así que me salvaste de la influencia del akuma para poder venir luego a pervertirme personalmente? --protestó, mimosa, haciendo que su sonrisa se ampliara.

--¿Alguna queja respecto a mi servicio heroico personalizado? Porque no parecía que te desagradara precisamente hace solo un momento.

Ella enrojeció notablemente, pero sostuvo su mirada.

--Ha estado... bien --reconoció con algo de timidez.

--¿Solo bien? ¡Demonios! Tendré que esforzarme más la próxima vez.

¿La próxima vez? ¿De verdad él había dicho que habría una próxima vez? Y además la estaba mirando de una manera... Como si estuviera dispuesto a saltar sobre ella en ese mismo instante.

--De acuerdo... quizás debería haber dicho «muuuy bien». Y deja de mirarme con esa cara de depredador dispuesto a devorar a su presa.

--¿Por qué, Marinette? --susurró, acercándose aún más--. ¿Es que acaso te pongo nerviosa?

--No es por eso --ella entrecerró los ojos con una sonrisa de suficiencia que le pareció arrebatadora--. Solo es que ahora... me toca a mí.

Para su sorpresa, la chica se levantó de la cama, rebuscó entre las telas que atestaban su mesa de trabajo, y regresó con un largo pañuelo de seda, que le ofreció.

--Puedes vendarme los ojos y quitarte ese traje. Te prometo que no miraré --propuso, sin preocuparse en cubrir su desnudez, tentadora. Demasiado como para negarse.

--Sé que puedo confiar en ti, Marinette --le dijo. Y se estremeció al pensar solo había otra persona en el mundo, aparte de ella, de la que podía decir lo mismo.

Tapó sus ojos con el pañuelo, anudándolo con suavidad.

--Habrá un resplandor cuando me destransforme. No te asustes --ella asintió levemente--. Garras fuera.

Plagg revoloteó frente a él, y le guiñó un ojo. Adrien le señaló la ventana sin contemplaciones, indicándole que se marchara cuanto antes. El kwami refunfuñó por lo bajo, pero obedeció, dispuesto a buscar a Tikki. Planeaba pasar un rato agradable charlando con su amiga, y luego protestar ostensiblemente frente a Adrien hasta que le diera un buen montón de queso.

Marinette adelantó sus manos, y Adrien las tomó para guiarlas hasta su pecho. El corazón de la chica se aceleró al comprobar que la fina tela de una camiseta sustituía al habitual traje ceñido. Con los ojos tapados, el resto de sus sentidos parecieron agudizarse; el tacto de su piel, la potencia de los músculos de su torso, su abdomen bien formado... acarició su rostro también, ahora desenmascado, conteniendo la respiración. Su cabello parecía todavía más suave de lo habitual.

Entre los dos, se deshicieron de las prendas del chico, y la pasión contenida se desbordó como un torrente. Los besos se volvieron profundos, hambrientos; las caricias aumentaron de intensidad. Sus cuerpos se buscaban, ardientes. Marinette gritó al sentir los dientes del chico en su hombro, sus manos apretando sus glúteos, su virilidad rozando su entrepierna. Apartándose ligeramente para recuperar el control, recorrió su pecho con los labios, de arriba abajo, hasta quedar arrodillada frente a él.

Adrien gruñó de placer al sentir la cálida humedad de su boca rodear su miembro. Enterró los dedos en su cabello, acompañando aquel vaivén que lo estaba volviendo loco. Resistió el impulso de cerrar los ojos: no quería perderse un solo detalle de aquella escena.

Esa noche, cuando llegó a la ventana de Marinette y la vio frente al espejo, pensó que era la imagen más excitante que jamás había tenido frente a sus ojos. Más tarde, cuando la tuvo entre sus brazos, gimiendo para él, deshaciéndose de placer bajo sus labios, elevó mentalmente su listón de «experiencias más increíblemente calientes» de una firme patada que lo hizo perderse en algún lugar entre las nubes. Y ahora, tenerla de rodillas frente a él, con el pañuelo de seda cubriendo sus ojos, y moviéndose de aquella manera... ufff. Improvisó una muda plegaria de agradecimiento a los dioses del caos por regalar sus sentidos de tal manera que, a partir de esa noche, le costaría incluso ordenar el ranking de «las mejores diez».

Jadeó cuando ella aumentó el ritmo, estimulándolo con su boca y con su mano. Era... demasiado... delicioso.

--Marinette, por favor, no aguanto más...

--Bien... porque no pienso parar hasta que estés satisfecho --replicó ella, sensual, antes de continuar.

Sus manos se crisparon entre su oscuro cabello, su espalda se tensó, y echó el cuello hacia atrás mientras un largo y profundo gemido abandonaba su garganta, acompañando su liberación de aquella dulce tortura. Las piernas le temblaban, y se dejó resbalar hasta el suelo hasta quedar frente a ella.

Marinette sonrió, barriendo con su dedo pulgar una gota furtiva que todavía resbalaba por la comisura de su boca, mientras se pasaba la lengua por los labios. «Oh, dios. Reordenando ranking...». La abrazó con fuerza contra su pecho.

--Desde luego, yo sí que no tengo la más mínima queja acerca de cómo me perviertes tú a mí --aseguró con vehemencia, haciéndola reír.

La ayudó a levantarse para tenderse juntos sobre la cama. Se entregaron a un juego lento de besos, susurros y caricias que ninguno deseaba que llegara a su fin. Poco a poco, la llama fue volviendo a prender, ambos embriagados de sensaciones, con el mundo real como mero telón de fondo de su pasión. La oscuridad era completa, así que el pañuelo pasó de ser venda a juguete para acariciar la piel, e incluso ligadura para sus muñecas.

--Chat...

--Dime, princesa --musitó él, entretenido en llenar de besos cada centímetro de su cuello.

--Quiero hacerlo. Quiero sentirte dentro de mí --su voz sonaba suave, pero decidida.

Él detuvo su recorrido para tomar sus labios. Él también lo deseaba más que nada en este mundo. Pero saber que ella se estaba entregando totalmente sin ser consciente de que quien compartía su cama era también su compañero de clase, su amigo, le hizo sentir amargamente desleal.

--¿Estás segura, Marinette? Tú no sabes... no sabes quién soy en realidad --tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para formular aquella pregunta.

--Claro que sé quién eres --susurró ella, dejándolo boquiabierto y con el corazón a cien por hora. ¿De verdad lo había descubierto? Escuchó su risilla cantarina--. Eres el chico con el que deseo hacer el amor --susurró con aquella mezcla de sensualidad y dulzura que lo desarmaba.

Adrien soltó de golpe el aire que estaba conteniendo sin darse cuenta. El cuerpo de Marinette se pegaba al suyo, sus piernas rodeándolo, su centro buscando su propio calor, preparada para recibirlo.

--Iremos despacito, ¿de acuerdo? No quiero hacerte daño.

--¿Mmm? ¿Y por qué das por sentado que eres el primer chico con el que estoy? --se extrañó ella.

«Ventajas de ser tu mejor amigo» pensó él. Pero se limitó a contestar:

--Porque lo soy.

--Lo eres --confirmó ella en voz baja.

Marinette estaba algo nerviosa, pero la actitud atenta y cuidadosa del chico le proporcionó la seguridad que precisaba. Notaba sus músculos en tensión, conteniéndose para no profundizar hasta que ella no estuviera lista, permitiéndole acomodarse a las sensaciones antes de avanzar más, moviéndose con una parsimonia torturante. Se aferró a él, adelantando sus caderas para ir a su encuentro, emitiendo sin querer un pequeño quejido al sentirlo abrirse paso en su interior.

--Despacio, mi pequeña impaciente --resopló él.

Continuó cediéndole por completo el control, dejando que fuera ella la que marcara el ritmo, hasta que estuvo completamente dentro. Luego comenzó a acompañar sus movimientos, atento a sus reacciones, ahogando sus gemidos con besos. El ritmo aumentó hasta que el calor se volvió insoportable, y luego todavía un poco más.

Sus movimientos se coordinaban por puro instinto, y ambos fueron ganando en confianza, atreviéndose a variar la postura, el ritmo, la intensidad, y acompañando el vaivén de sus cuerpos unidos con un millón de besos, susurros y caricias. La manera en la que ella repetía su nombre se clavó en su pecho, grabándose a fuego en su corazón.

Marinette mantenía los ojos cerrados, dejándose arrastrar a la deriva por las placenteras sensaciones que la envolvían, abrumada por la intensidad de la tormenta que cada roce, cada húmeda caricia de su lengua, cada firme estocada de su miembro provocaba en su interior.

Movió las caderas en rítmica cadencia, buscando el contacto pleno, sintiendo su interior contraerse una y otra vez, y jadeando sin control cuando el ritmo de las embestidas aumentó en respuesta. Se aferró al firme trasero del chico, presionando sus glúteos hasta sentirse totalmente colmada por él, y el calor se volvió insoportable.

--Mmmm creo que... vas a hacer que... otra vez... --jadeó Adrien, poco antes de que una serie de intensas oleadas de placer lo recorrieran como pequeñas descargas eléctricas, mientras se derramaba en su interior, con el rostro refugiado en su cuello.

Ella se apartó despacio, buscando recuperar el resuello. Todo su cuerpo temblaba. La conexión había sido tan intensa, tan placentera, tan real... que le costaba recordar que, realmente, él no la amaba. Y que quizás era mejor así.

Se estremeció bajo sus dulces besos, sintiendo un nudo en la garganta al entender que aquel sueño tenía que llegar a su fin. Y Adrien, aun sin poder imaginar lo que pasaba por la cabeza de la chica, sintió el impulso irresistible de acariciarla, de decirle algo bonito, de transmitirle lo importante que era para él. De intuir su sonrisa en la oscuridad.

--Marinette... --comenzó--. Tengo que decirte algo.

--Lo sé, Chat. No hace falta --lo cortó ella.

--Pero quiero... necesito... --prosiguió, desconcertado. ¿Por qué aquella dureza repentina en su voz? ¿Acaso había metido la pata? ¿Se arrepentía ella de lo que acababan de compartir? ¿Qué era lo que estaba yendo mal?

--¡No hace falta, Chat! --interrumpió ella con cierta violencia--. Ya sé que la quieres a ella, no a mí.

--¿Qué? ¡No, no es eso! Yo...

--No tienes que decirlo. No te he pedido nada, ya sé lo que hay --intentó mantenerse firme a pesar de lo vulnerable que se sentía.

--Pero yo...

--Basta, por favor --su voz se quebró en un sollozo.

--Marinette... no llores. No llores, preciosa. Mi amor... --la abrazó con desesperación, sintiendo su corazón romperse al notar las lágrimas mojando su pecho, y entendiendo sus dudas por fin--. No estaba pensando en ella, sino en ti, y en mí. ¡Te lo prometo! Hablaré con Ladybug, ¿de acuerdo? Le diré que me he enamorado de otra chica. Y, si tú quieres, podríamos intentar... algo --propuso.

Marinette se refugió en sus besos, confundida. «Enamorado de otra chica...». ¿De verdad estaba él dispuesto a renunciar a su versión heroica para quedarse con la chica común, torpe e imperfecta? ¿O solo eran cosas que se decían tras una noche de sexo?

No podía evitar que cada una de sus mitades se sintiera algo celosa de la otra; si le daba muchas vueltas, acabaría por volverse loca. Y luego estaba el asunto de Adrien... Chat noir siempre había sido sincero con respecto a sus sentimientos, mientras que ella no podía decir precisamente lo mismo.

Los besos y caricias con las que él la seguía arropando terminaron por calmarla. Se relajó en sus brazos, tratando de dejar la mente en blanco.

--Me encantaría amanecer a tu lado, princesa, pero me temo que dentro de poco me tendré que ir --apuntó él en un triste susurro.

Ella se espabiló de golpe, sin saber bien cómo ofrecerle algo para que su kwami recargara energías sin que él notara que sabía demasiado.

--¿Necesitas algo? ¿Algo de comer, o lo que sea, antes de irte? ¿Unas galletas, quizás?

--Ehm... ¿Tendrías un poco de queso, por favor?

--Claro. Enseguida lo traeré.

Pasó la bandeja a través de la puerta, aguardó a que Chat noir se transformara de nuevo, y lo despidió con un largo beso, y la promesa de volver a verse pronto.

«No tengo ni idea de cómo vamos a gestionar esto sin que nadie acabe con el corazón destrozado. Ni la más mínima idea», pensó, mientras lo seguía con la mirada hasta que desapareció tras el horizonte.