Adrien no dejó de dar vueltas en la cama en toda la noche, absolutamente incapaz de dormir. Los recuerdos de la intimidad compartida con Marinette aceleraban su pulso, trayendo a su rostro una sonrisa de tonto enamorado. Pero luego se hacía presente también todo lo demás, y el gesto se congelaba en sus labios: ella no sabía quién era él bajo la máscara, y se sentía totalmente incapaz de predecir cómo reaccionaría al enterarse. ¿Cómo iban a construir algo sólido sobre tantos secretos, sobre tantas mentiras? Al día siguiente la vería en clase, todavía con el recuerdo de su sabor en los labios, del tacto aterciopelado de su piel, del sonido de su voz entrecortada mientras hacían el amor. ¿Cómo demonios iba a mirarla a los ojos y fingir que no había pasado nada?

Y luego estaba la parte de enfrentarse a Ladybug. Bueno, ella le había rechazado al menos un centenar de veces, así que decirle que iba a empezar a salir con otra chica era más un acto simbólico para con él mismo que algo que realmente le debiera. Pero le había dicho a Marinette que lo haría, y pensaba cumplirlo. Se lo contaría, ella se alegraría por él, quizás le tomaría un poco el pelo, reirían juntos y él pasaría página por fin, ciñéndose a la relación amistosa y profesional a la que su compañera de batallas siempre había aspirado.

Plagg roncaba suavemente a su lado, ahíto de queso, mientras él frotaba sus ojos por enésima vez, envidiando la despreocupación del kwami. Realmente, daría lo que fuera por saber qué estaría pensando ella en ese momento; ¿se habría desvelado también, o estaría durmiendo tranquilamente? Esa duda que creía haber visto en su mirada, y que no sabía cómo interpretar, corroía su alma. Y la electricidad que todavía percibía en el aire, unida a sus recientes --e intensos-- recuerdos, no lo dejaban descansar.

Marinette tampoco había conseguido dormirse hasta el amanecer. Había sido todo tan intenso... sus besos, sus caricias, sus palabras, el peso de su cuerpo sobre ella. Aquella extraña sensación, a caballo entre el dolor y la urgencia por que continuara, que la había atravesado cuando la penetró por primera vez.

La oleada de sentimientos había sido tan fuerte que había terminado por superarla, y cuando pensó que él iba a recordarle que no era ella a quien amaba, los celos se clavaron en su vientre como un puñal, cuando fue dolorosamente consciente de que su mitad imperfecta nunca sería suficiente para él. Y había llorado en sus brazos como una niña pequeña, arrancándole promesas que no sabía si él quería formular, y que, desde luego, ella no sentía merecer.

--Chica, ¡tienes una pinta horrible! --exclamó Alya tras su tercer bostezo.

--Vaya, gracias... La verdad es que no he dormido muy bien.

--Tus padres estaban fuera, ¿verdad? ¿Pasaste miedo durmiendo sola en casa?

--La verdad es que no estuve mucho rato sola --susurró Marinette, bajando la mirada.

Necesitaba desesperadamente desahogarse y contar con el consejo de su mejor amiga, aunque no pudiera ser sincera con respecto a todos y cada uno de los matices de la situación. Llevaban un buen rato compartiendo confidencias sobre la velada que había pasado con Nino, y ahora iba a ser ella la que correspondiera a su confianza, la que le abriera su corazón.

--¿Qué quieres decir? --Alya entornó los ojos, escrutándola como un sabueso tras una pista prometedora.

--¿Recuerdas cuando bromeamos ayer...? --se interrumpió, sin saber bien cómo plantearlo.

--Básicamente, bromeamos durante toda la mañana. ¿No puedes ser más clara?

--Cuando nos preguntábamos si Chat noir besaría bien. Y cuando dijiste que quizás él se acercaría a mi ventana...

La chica abrió mucho los ojos, incrédula.

--Su-él-ta-lo. YA --exigió.

--Vino, Alya. Sí que vino.

--¿En serio? ¿Fue a verte, o pasaba de casualidad? ¿De qué hablásteis?... ¿Besa bien? --tanteó ella, intentando sonsacarle todo lo que pudiera en la menor fracción de tiempo posible.

--En serio. Vino a verme. No hablamos demasiado --enumeró la azabache--. Y, respecto a lo último... bueno, creo que prácticamente cada centímetro de cada una de las partes de mi cuerpo puede dar testimonio de que... sí.

Alya la miró de hito en hito, boquiabierta.

--¿Te acostaste con él? --indagó, curiosa, acercándose a su oído.

--Sí --reconoció la azabache, muy bajito.

Alya rio, asombrada, tapándose la boca con las manos.

--¡Pero chica, menuda sorpresa! Tienes que contarme todos los detalles, ¡absolutamente todos!

--Tranquila, te lo contaré. ¡Aunque quizás no tooodo!

--Bien, ya veremos. Y... ¿qué tal...? --completó la pregunta con un gesto de sus manos, separando las palmas primero poco, después un montón--. ¿Así? ¿O más bien... así?

--¡Alyaaa! --se ruborizó Marinette.

--¡Qué! No puedo evitar entusiasmarme. ¡Mi mejor amiga acaba de perder su virginidad con uno de los héroes de París!

Horrorizada por el poco discreto tono de voz que había empleado, Marinette echó un vistazo a su espalda para cerciorarse de que nadie las hubiera escuchado... solo para encontrarse de frente con unos ojos verdes que le dedicaban una mirada tan intensa como indescifrable.

--A-Adrien... --tartamudeó.

--¿Alguien ha pasado una buena noche por aquí? --preguntó él, alzando una ceja, y confirmando sus peores temores.

--Solo estábamos bromeando, Agreste --intentó arreglarlo Alya.

--Ya, claro.

--Sin duda, hoy es un día extraño: Marinette llega temprano, tú llegas tarde, y ambos podrían competir en un concurso de disfraces de zombies. ¿Tampoco dormiste bien? ¿Quieres que te improvise también alguna de mis locas, y absurdas, y totalmente falsas teorías sobre el motivo?

--Sería interesante. A ver si eres capaz de sorprenderme con algo tan original como lo que has «inventado» para ella.

--Mmmm, a ver; ¿un ataque de mosquitos mutantes que no te dejaron pegar ojo con sus terroríficos zumbidos?

--Desde luego, imaginación no te falta --el chico resopló, hizo un gesto de despedida y se alejó, sonriente, hacia la clase.

--Creo que se lo ha tragado --susurró Alya--. Aunque... te ha mirado de una manera muy rara. ¿Estará, quizás, un poquitín celoso?

--No lo sé --suspiró Marinette, abatida--. Venga, vamos a clase nosotras también.

Adrien mantuvo la vista fija en el suelo mientras ella pasaba frente a él para dirigirse hacia su sitio. Así que se lo había contado a Alya... Se removió, nervioso, mucho más concentrado en captar cualquier palabra suelta entre las chicas que le diera una pista sobre qué estaba pasando por la cabeza de Marinette que en cualquier otra cosa. Él también era su amigo; ¿confiaría tanto en él como para contarle abiertamente algo al respecto? Y, si se atrevía a preguntarle aprovechándose de su amistad para ello, ¿contaría eso como una nueva traición a añadir a su lista para cuando pudiera revelarle su identidad por fin?

En el descanso entre clases las dos chicas permanecieron apartadas, hablando en voz baja. Hubo risas y sonrisas, algún abrazo y un momento en el que Alya parecía consolarla y que le rompió el corazón.

--Tío, estás muy raro. Y no dejas de mirar a Marinette. ¿Es que me he perdido algo?

--Necesito hablar con ella, Nino. ¿Podrías intentar distraer a Alya para que podamos estar a solas? --le rogó.

--Puedo intentarlo. ¿No vas a contarme por qué?

--Todavía no lo tengo claro ni siquiera yo mismo. Solo... un amigo me pidió que averiguara algo sobre ella.

--¿Un amigo? --se sorprendió Nino.

--Algo así.

--Bueno, está claro que no me lo quieres contar. Pero que sepas que prácticamente arriesgo mi vida si Alya se entera que hemos conspirado para apartarla...

--Gracias, tío. Eres el mejor --cortó sus protestas con una sonrisa distraída.

Chocaron las manos, y Nino se dirigió hacia donde hablaban las chicas. Rodeó el hombro de su novia con un brazo, y prácticamente la arrastró de regreso al aula, gesticulando ostensiblemente. Marinette todavía miraba sorprendida hacia la puerta por la que acababan de desaparecer cuando él llegó a su lado.

--Ehm... hola.

--Hola, Adrien.

Ella sonrió, con un leve rubor coloreando sus mejillas. Un buen puñado de imágenes acudieron a su mente de inmediato; la mayoría pertenecientes al ranking de «las mejores diez». Y eso no favoreció precisamente su concentración.

--Eehhhh...

--¿Estás bien? Te estás poniendo un poco colorado --parecía algo azorada.

--Sí, bueno...

--Adrien, ¿qué ocurre?

«Que no puedo dejar de recordar lo que te hice anoche, ni lo que me hiciste tú a mí. Tu cuerpo, tus labios; cómo te estremecías cuando te tocaba; y cómo te movías cuando estaba dentro de ti, volviéndome loco»

--Yo... solo... no pude evitar escucharte hablando con Alya.

--Era una conversación privada, Adrien --dijo ella, molesta.

--Lo sé. Lo lamento.

--Está sonando el timbre. Deberíamos volver a clase.

--Por favor, quédate un momento más. Necesito saber si es verdad. Si estuviste... con él.

--¿Por qué quieres saberlo?

Adrien tragó saliva. Debería haber trazado un plan, haber decidido qué quería decirle antes de abordarla, tener paciencia. Por ahora solo había logrado incomodarla y que se cerrara en banda. Se había metido tanto en el barro con tan pocas palabras que la excusa de que Chat noir era su amigo ni siquiera sonaría creíble a esas alturas. Solo le quedaba... improvisar. Dado que competía contra sí mismo, muy mal tendría que hacer las cosas para perder. ¿Verdad?

--Porque me gustas, Marinette --soltó de golpe--. Y temo que él pueda hacerte daño.

Ella boqueó, sorprendida, como si se hubiera quedado sin palabras de repente.

--¿Por qué me dices esto... justo ahora?

--Solo me preocupo por ti.

--Sé cuidarme sola --cruzó los brazos sobre su pecho, y él tragó saliva, sintiendo la garganta seca.

--No lo dudo. Tú... ¿le quieres? ¿Confías en él? --trató de mantener firme la voz.

--No lo sé. Y sí.

--¿No lo sabes? Entonces, ¿aún tengo una oportunidad?

«¿Qué parte de mí eliges, Marinette?»; la pregunta resonó en su mente. Ella pasó la lengua por sus labios, pensativa. Su boca lo atraía como un imán. Casi sin darse cuenta, se inclinó hasta quedar muy cerca. Ella lo miraba con los ojos muy abiertos, inmóvil. ¿Qué ocurriría si la besaba? Simplemente, se sentía incapaz de pensar con claridad, y menos aún de decir algo coherente. De repente, un destello en sus ojos azules, un jadeo nervioso escapando de sus labios.

--Quiero besarte --susurró él.

--No lo hagas --rogó ella--. Adrien, yo... no voy a mentirte. Me gustas. Me gustas mucho; y había soñado muchas veces con este momento. Pero ahora no puedo. No puedo traicionar a Chat.

--Lo entiendo --aseguró el rubio, apartándose. Por un lado, se sentía absurdamente dolido por su rechazo; pero por otro su lealtad a su «otro yo» lo hacía sentir pletórico. Tomó su rostro entre sus manos con dulzura--. Él tiene mucha suerte de tenerte.

--No lo sé, Adrien --sollozó ella--. Él está enamorado de Ladybug, y me dijo que iba a hablar con ella, y ni siquiera sé si... Y estoy muerta de miedo, y quizás cometa el peor error de mi vida confesándote todo esto en lugar de decirte que te quiero y tratar de olvidar a ese gato tonto.

Una lágrima resbaló por su mejilla hasta llegar a la mano del chico, mojando su anillo. Y ella frunció el ceño al reparar en el frío del metal sobre su piel, y tomó su mano para apartarla de su rostro. Estudió la joya plateada, y luego el fondo de sus ojos verdes, y sus labios, y... lo besó despacio, y luego con ansia, y lo estrechó con fuerza, y susurró a su oído:

--Eres tú. No puedo creerlo, ¡eres tú!

Él sonrió, con el corazón bailando en su pecho, devolviendo cada beso, cada caricia. La abrazó con toda su alma, tan abrumado como feliz. Bueno, puede que Ladybug lo asesinara por no haber guardado convenientemente el secreto de su identidad, pero en ese momento le embargaba la euforia de poder compartirlo por fin con la chica que había terminado por ganarse su corazón.

--Eres demasiado lista, princesa. Y no tienes que tener miedo de nada, ¿de acuerdo? Me dijiste que confiabas en mí.

--No puedo creerlo, Adrien. ¿Es esto un sueño? ¿Me despertaré en un instante en medio de la clase de Ms. Mendeleiev mientras ella me grita, indignada?

--No es un sueño, Marinette. Siento no habértelo dicho anoche. ¿Estás enfadada conmigo? ¡Dios mío, ha sido una auténtica tortura tratar de concentrarme en cualquier cosa que no fueras tú!

--¿Por qué, gatito? --cambió su tono a otro registro más juguetón--. ¿Acaso recordabas... cosas?

--Lo reconozco. Y también pensaba en que estoy ansioso por continuar pervirtiéndote...

--Esto es... --ella enrojeció de golpe. ¡Había estado con él sin saberlo! Todo lo que hizo con Chat noir... ¡en realidad era Adrien con el que lo había compartido! Y todas las veces que lo había rechazado como Ladybug... ¡era al amor de su vida al que apartaba, terca, de su lado!

--Increíble, lo sé. Pero quizás todo sea más fácil una vez reconozcas... esto.

La besó con fuerza, tan apasionadamente como durante la noche anterior. Tomó su mano para arrastrarla hacia los vestuarios, cerrando la puerta tras ellos. Y continuó besándola una y otra vez, murmurando junto a su oído:

--Quiero hacértelo a plena luz, Marinette. Sin pañuelo que cubra tus ojos, sin secretos. Quiero ver tu cara cuando te toque y oirte gemir mi nombre real.

Sus manos la recorrían, ansiosas. Los besos se sucedían, sus cuerpos buscándose con vehemencia.

--Deberíamos ir a casa --jadeó ella--. ¡Nos van a pillar!

--No sé si quiero parar ahora...

La giró de manera que quedó apoyada contra el lavabo y mordisqueó su cuello, disfrutando de la excitación de saltarse las normas en aquel encuentro prohibido. La observó a través del espejo, sus manos perdiéndose bajo su camiseta para desabrochar su sujetador.

Estaba preciosa, con las mejillas ardiendo y los labios entreabiertos. Mordió su labio inferior cuando él comenzó a masajear sus pechos, jugueteando con sus pezones endurecidos, besando su esbelto cuello, y apegando su cuerpo para hacerla notar el efecto que aquel contacto estaba teniendo en ciertas partes de su anatomía. La chica respondió restregando sensualmente su trasero contra su erección, volviéndolo loco.

La giró con brusquedad para tenerla de frente, perdiendo la mirada en sus labios tentadores antes de atacarlos apasionadamente. Ella lo rodeó con las piernas, apoyando parte su peso en mueble del lavabo, sintiendo su dureza a través de las prendas y su propia humedad en respuesta.

Un ruido inesperado los sobresaltó: la campana que anunciaba el cambio de hora. Marinette recolocó su ropa a toda prisa: pronto algún alumno entraría para ir al baño durante la pausa. Encontrarían la puerta cerrada, traerían la llave de conserjería, y más les valía encontrar una buena excusa para explicarlo o se meterían en un buen lío.

--No te preocupes; saldremos por la ventana. Encontrarán el vestuario vacío, y pensarán que la puerta solo estaba atascada. El traje de héroe tiene algunas desventajas, pero es práctico en muchas ocasiones.

--Encantado, señorita --saludó Plagg, asomando desde su bolsillo y haciendo una reverencia. Ella procuró fingir la sorpresa adecuada.

--¿Y puedes usar tus poderes en beneficio propio? ¿No está prohibido, o algo así? --dudó Marinette.

Adrien se encogió de hombros.

--Lo consideraremos una emergencia.

--Si yo fuera la kwami de Ladybug, os daría una aburrida charla sobre tener cabeza y afrontar las consecuencias, y luego me escondería a disfrutar del espectáculo. Pero como lo mío son el caos y la destrucción... considero que sería estúpido no tomarnos algunas licencias --explicó su punto de vista Plagg.

Marinette sonrió al sentir a Tikki removerse en su bolso. Pero realmente era una emergencia: Gabriel Agreste no toleraría una llamada de atención por algo así sin tomar medidas serias con su hijo. Así que cerró los ojos y se dejó llevar, disfrutando del vértigo de saltar de un tejado a otro aferrada a su cuello. Y se aseguró de agradecerle convenientemente el rescate en cuanto estuvieron en su habitación.

Marinette cubrió sus ojos con sus manos y luchó por ordenar sus pensamientos. Él acababa de marcharse, con la promesa de que esa misma noche hablaría con Ladybug. Y ahora ella se sentía extrañamente inquieta.

Adrien no le había dado ningún motivo para desconfiar. Había sido comprensivo con sus «celos», la había tranquilizado con dulzura, y se había propuesto zanjar cuanto antes aquella cuestión. Le había hablado con cariño de su parte heroica, e incluso le había narrado, sin acritud, alguno de sus rechazos. Había sido comedido al hablar, cuidando no hacerle daño con sus palabras, y por lo que ella podía valorar, también sincero.

En unos instantes se reuniría con él --con Chat noir-- para escuchar sus palabras, ahora desde el otro lado de la máscara.

Había planificado ponerle las cosas fáciles, reafirmarle su amistad en una breve conversación, y seguir atesorando el secreto de su identidad hasta que derrotaran por fin a Lepidóptero. Pero ahora ya no estaba tan segura: por un lado, se sentía mal por tener que continuar mintiendo. Por otro... una idea cruel removía sus inseguridades, sin permitirle descansar. Él contaba con su rechazo. Él se conformaba con Marinette, no la elegía realmente. Y esa idea la estaba destrozando.

Y si... ¿y si preparaba una prueba un poquito más dura para él?