¿Había algo más perfecto que besar a Raichi?
Sanada estaba seguro que no, porque besar a Raichi era como probar el mejor dulce del mundo y tampoco se le acercaba.
Besar a Raichi hacía que su pulso se acelerara y el calor inundara cada particula de su cuerpo. Sus labios hormigueaban en cada roce, haciéndole consciente que tenía la dicha de besar a aquel ser tan maravilloso y vergonzoso.
Era feliz cada vez que sus labios probaban los ajenos.
Sanada suspiró viendo la hora en el reloj de muñeca, su pequeño novio estaba retrasado casi media hora, no era como si el menor no llegara tarde a sus citas, Raichi era algo despistado. A veces pensaba que no era muy consciente de las cosas que sucedían a su alrededor.
Bebiendo lo poco que quedaba de su café, releyó el periódico que amablemente el mozo había traído para él, no hizo más que pasar de páginas para hacer algo de tiempo, recibiendo minutos después una notificación en el teléfono móvil, sonrió al ver el mensaje.
"Sanada-senpai, lo lamento. Estoy cerca"
No pasó mucho tiempo en el que Raichi entró a la cafetería con ojos curiosos, recorriendo toda la tienda, hasta que lo vio y sonrió.
Sonrió de aquella manera tan maravillosa que hacía que todo malo se volviera bueno.
¿Había algo más hermoso que la sonrisa de Raichi?
No, estaba seguro que no.
Sintió los labios del menor sobre los propios en un roce suave y luego otro y otro más. Hasta que Raichi se sentó a su lado algo avergonzado, riendo nervioso repaso sus pequeños dedos callosos en su flequillo rebelde, mirándole con una sonrisita torcida.
— Se me paso la hora, senpai.
Sanada asintió, estaba acostumbrado. No le molestaba, no recordaba ni una vez en la que su novio hubo sido puntual y no le molestaba porque era Raichi.
— Pedí para ti, te extrañe.
Raichi alzó una ceja con diversión diciendo algo como "Sanada-senpai, nos vimos hace tres horas".
¿Tres horas? Parecía un millón de horas.
¿Un millón de horas? Parecía una eternidad.
Se encogió de hombros restándole importancia, Raichi río rodando los ojos con un pequeño rubor en sus mejillas. Sabía lo que pensaba, que era cursi y sí lo era. Pero no importaba, no importaba ser cursi, su novio lo hacía sentir así, embobado.
Lo hacía sentir enamorado ¿Y cómo no estarlo? Nunca había conocido a alguien tan maravilloso. Deslizó los nudillos por la mejilla ajena, siendo consciente de la suavidad de su piel, rozando el pulgar por el labio regordete que este poseía.
¿Cómo los labios de Raichi podían verse tan apetitosos?
Eso realmente no lo sabía.
— ¿Qué tanto ves? senpai, me pones nervioso.
Sanada alzó la vista hacia él, no era consciente que había quedado hipnotizado viendo su boca, riendo apenas se agachó para dejar un pequeño beso sobre aquellos labios.
— Pensaba en que eres maravilloso.
Raichi enrojeció dándole un golpe en el pecho, ocultándose tras sus manos sonreía haciendo que sus pómulos se marcara, haciéndole ver aún más tierno y pequeño. Envolvió uno de los brazos por sus hombros y lo atrajo a su pecho acunando.
Siempre que decía algo bonito a Raichi le daba vergüenza.
Pero no podía evitarlo.
¿Acaso había algo más lindo que Raichi?
Sanada tenía la certeza que no podría encontrar en todo el mundo alguien más perfecto que Raichi, alguien que se acoplara perfectamente a su lado, que encajara en sus brazos y que lo viera con tanto anhelo y amor como lo hacía Raichi con él.
¿Qué otra cosa podía pensar?
Era un hombre enamorado.
