Disclaimer: Shaman King y sus personajes no me pertenecen. Son del gran Hiroyuki Takei. Tampoco son de mi autoría algunos lugares, canciones y/o marcas que aparecen aquí. Sólo la trama, personajes propios y lugares ficticios son invenciones mías. Gracias a Sabr1 por prestarme a su OC (Evolet).
Advertencias: lenguaje soez, gore (leve o moderado), y algunos pensamientos obscenos (Rated T).
Género: General. Tiene un poco de todo.
Pensamientos, comunicación por telepatía, recuerdos, sueños.
8
Fuego, menta y chocolate
Hao Asakura
A pesar de que tenía alrededor de diez años conviviendo con el Espíritu del Fuego, aún seguía sin poder creer que él me hubiese elegido a mí entre cientos de shamanes. Bueno, sí… era el más apuesto y el más fuerte, pero… se me hacía extraño. Debía ser cosa de los Grandes Espíritus, o al menos eso era lo que Miki me decía. De lo que sí estaba seguro, era que jamás olvidaría esa noche, al igual que el día en que supe que tenía un hermano gemelo. Ambos fueron sucesos que me cambiaron la vida y que me habían hecho la persona que era.
Esa noche me encontraba viendo la televisión. Estaba aburrido porque mi papá aún no llegaba del trabajo. Como sólo éramos él y yo, había tenido que conseguir un mejor empleo para poder subsistir. Se negaba a aceptar la ayuda monetaria que mi abuelo –su padre– le ofrecía, pues en ese entonces Mikihisa aún le guardaba rencor. En cuanto a mis abuelos maternos, pasé catorce años de mi existencia sin conocerlos, dado que mis padres aún no se habían reconciliado. Tal vez me hubiera quedado a vivir por más tiempo en Osaka, pero la realidad era que los demás niños de mi edad me odiaban. Me hacían la vida imposible… Trataba de ignorarlos, intentaba fingir que no era a mí a quien le hacían tanto daño, pero no era fácil. Cualquier niño de seis años se traumaría con facilidad. Me resultaba difícil interactuar con los demás. A pesar de que tenía dos amigos que también eran shamanes, me la pasaba encerrado en mi casa casi todas las tardes, mientras los otros jugaban en el parque.
Mikihisa llegó a eso de las ocho de la noche. Estaba feliz porque, además de que se había dignado a llegar a casa, acababa de estrenarse en MTV el nuevo video de AeroException… Exacto, mi trauma comenzó cuando apenas era un niño de seis años… Cuando vi su primer video musical, Empty Euphoria. ¡Fue como si una parte de mí hubiera muerto y otra acabara de nacer! Aquella fue una sensación increíble.
—Traje hamburguesas —papá sonrió, viendo cómo brincaba sobre los muebles de la emoción—. Bájate de ahí. Te puedes caer y tendré que llevarte al hospital.
—Iugh —funcionó, pues al instante me bajé del sillón con una expresión de asco. Odiaba los hospitales—. ¿Por qué las hamburguesas?
Mikihisa se encogió de hombros, aun manteniendo su gesto divertido en el rostro.
—No lo sé, pensé que no nos vendría mal algo de comida rápida de vez en cuando.
—Eso no es nada saludable —le informé. Él me miró con asombro antes de echarse a reír con ganas—. Así nos lo dijo Yuu-sensei.
—Es verdad, y le doy toda la razón a tu maestra. Aunque… ¿Realmente te gustaría comer ramen todos los días? —hice una mueca, horrorizado de tan sólo pensar cómo sería comer lo mismo todos los días—. Bueno, por mí no hay problema si no quieres… ¡Hey!
No pudo replicar porque ya me había abalanzado sobre la bolsa de papel que contenía nuestra cena.
Aún era muy joven, pero siempre había sido exageradamente paranoico. Constantemente, tenía la sensación de que alguien me estaba vigilando o de que querían matarme… Nunca hubo un año en el que no tuviera esa clase de pensamientos y ese día era uno de ellos. Sin embargo, no estaba totalmente seguro de lo que me iría a ocurrir. Fuera cual fuera ese presentimiento, igual me ponía de lo más nervioso. Gracias a eso, no disfruté demasiado la comida. Traté de ignorar esos pensamientos. ¿Me irían a hacer algo en la escuela otra vez? ¿Mi propio padre comenzaría a odiarme y me echaría de la casa? Dirían que era una persona exageradamente pesimista, pero –repito– sólo era un niño de unos cortos seis años. Si había algo que extrañaba de vivir sólo con mi padre, era que teníamos más tiempo para conversar juntos. Hacía el intento de regañarme cuando me portaba mal o cuando veía algún programa de televisión que era indebido por mi edad; aunque al final terminaba dándose por vencido. Suponía que era porque, una parte de él, actuó de la misma forma en la que yo lo hacía cuando era un niño.
—Ya es hora de ir a la cama, Hao —habló Mikihisa, entretanto me cargaba lentamente contra su fornido pecho.
Enterré mi rostro en su cabellera castaña, muriéndome del sueño. No quería acostarme todavía, pues sentía que aún era muy temprano y yo quería pasar más tiempo con mi papá.
—Apenas son las ocho y media —protesté entre balbuceos, casi sin recordar que, momentos antes, mi mal augurio no me dejaba ni respirar tranquilo.
—Tal vez, pero no podrás mantenerte despierto por más tiempo —replicó él, sin decidirse si lo decía bromeando o con seriedad.
Dicho esto, me llevó escaleras arriba rumbo a mi habitación.
Seguía sin estar muy seguro de lo que ocurrió después de que me fui a dormir. Sólo recordaba haber visto unos enormes ojos verdes entre la penumbra. Estuve a punto de soltar un grito, pero una mano –o lo que podría hacerse pasar por una mano– me lo impidió. Hice varios intentos por zafarme de aquel agarre, aunque no lo logré. Por muy extraño que pareciera, no me incomodaba el hecho de que aquello podía hacerse pasar por un secuestro a un niño indefenso. Contemplé con curiosidad el aspecto del que sería mi futuro espíritu acompañante: cuerpo pequeño de color rojizo, manos que terminaban en garras y; lo primero que me llamó la atención, una serie de tatuajes que cubrían todo su cuerpo. Sus ojos verdes estaban abiertos de par en par, probablemente sorprendidos de que ya no le tuviera pavor. Podía verme reflejado en aquellas enormes pupilas.
—¿No me tienes miedo, niño? —escuché su voz burlona, la cual tenía un tono chillón que no logró pasar del todo desapercibido para mí.
En otras circunstancias, me habría parecido hasta divertido.
—¿Puedes hablar? —susurré, haciendo un enorme esfuerzo para mirarlo con aire superioridad.
Su cuerpo brilló intensamente y toda la habitación se llenó de una gran calidez. Aún seguía sin comprenderlo. Era como si pudiera saber lo que pensaba en ese momento. Qué curioso, pensé… porque ni siquiera se veía que tuviera una boca. ¿Me estaría hablando mentalmente o qué?
—Así es —musitó, un poco inseguro de qué tanto lograría comprenderlo—. Puedes escuchar mi voz gracias a que puedo comunicarme mentalmente contigo. Sólo tú puedes escucharme, pequeño humano. Nadie más que tú tiene la capacidad para escuchar lo que digo.
—No soy un humano —solté con cierto enfado—. Soy un shaman… o lo seré algún día, y mi nombre no es niño ni pequeño, es Hao —le expliqué, como si se tratara de algún otro niño de mi edad—. Además, será mejor que te vayas si no tienes nada bueno que decir. O si no, llamaré a mi papá para que te patee fuera de mi casa. Imari y Shigaraki son los dos espíritus más fuertes que he visto hasta ahora.
—¿Estás seguro de que quieres llamarlo? —esa conversación empezaba a irritarme—. ¿Te tomarías la molestia de despertarlo sólo porque no puedes con un Espíritu Elemental como yo? Por favor, actúas como si fueras un niñito indefenso de seis años… Oh, espera —en mi cabeza resonó su tono de voz burlón—. Eso es lo que eres.
—¿Indefenso, dices? Espera a que te saque de pataditas a la calle.
—No digas tonterías, niño.
No tenía caso corregirlo. De todas maneras, parecía que en verdad disfrutaba reírse de mí. Estaba divirtiéndose con mi actitud.
—Bueno, y si se puede saber, oh gran Espíritu Elemental… —si creía que era el único que podía mofarse, estaba muy equivocado—, ¿Qué haces en mi casa a esta hora de la madrugada?
—Hmph, veo que no eres como cualquier otro chico de tu edad. Me agradas, Hao. Estoy aquí porque fui enviado por los Grandes Espíritus. ¿Ya has escuchado de ellos? —asentí y pareció aliviarse al saberlo. Al menos, eso creí percibir, pues su semblante no demostraba emoción alguna—. Piensan que eres un niño con muchas habilidades y con la capacidad necesaria como para poder controlar a uno de los Cinco Grandes Espíritus Elementales.
—¿Por qué yo? —quise saber—. Hay tantos otros en el mundo… ¿Por qué me elegirían a mí?
—No hay tantos shamanes como crees. Probablemente sean unos cuantos miles, pero eso es poco, a comparación de los que había hace milenios —me informó. Esta vez pude percibir un tono afable en su timbre de voz—. Son pocas las familias que aún conservan este tipo de tradiciones. La sociedad misma se ha encargado de cambiar sus ideologías, y el número de personas que poseen este tipo de… don, por así decirlo, se ha reducido con el paso de los años. Tu familia es uno de los pocos clanes que se ha mantenido perfectamente. Aunque no sé si ya lo sabías, puesto que dudo que conozcas a algún familiar, aparte de tu padre.
—Seguramente tengo familiares por parte de mi padre, pero no conozco a ninguno de ellos —solté, un poco decepcionado. A pesar de que nunca había visto a mis primos, tíos y a mi abuelo paterno, estaba más o menos enterado de cómo se llevaba Miki con ellos—. No sé nada de parte de mi mamá. De modo que… ¿Cuál de los dos es el que sigue manteniéndose a la perfección?
—Ambos —admitió, entretanto se encogía de hombros—. No puedo hablar mucho sobre tu familia materna, dado que no puedo ser yo quien te revele esas cosas antes de tiempo. Son asuntos familiares que no me conciernen. No obstante, lo que sí puedo decirte, es que la familia por parte de tu madre es conocida por ser uno de los clanes de shamanes más poderosos que han existido en el mundo. Así que… Es un honor para mí ser tu espíritu acompañante.
—¿Hablas en serio? ¿O es que acaso te estás burlando de mí otra vez?
—…Un poco de ambos.
Casi me caí de la cama con esas simples palabras. Vaya suerte la mía.
—En ese caso, le diré a papá que estás aquí…
—Son las tres de la madrugada. ¿De veras crees que no te pegaría como a una piñata si lo levantas a esta hora?
—Él no es así… o al menos eso creo.
Juraría que lo oí riéndose por lo bajo, aunque en ese entonces aún creía que todo era un invento de mi imaginación por estar tanto tiempo solo. Negó con la cabeza, mientras se cruzaba de brazos y adoptaba esa actitud arrogante de nuevo.
—Mejor duérmete. Ya pensaremos en algo por la mañana.
Obedecí sin chistar. Cerré los ojos, muy contento porque tenía a un espíritu acompañante muy poderoso. ¡Tal vez podría llegar a convertirme en el próximo Shaman King después de todo! Aunque tenía los párpados cerrados, podía percibir la luz que despedía su ser. Me puse a pensar, mientras sentía que el sueño trataba de dominarme de nuevo, que era el niño con la mayor de las suertes en todo el mundo. Ya le dejaría en claro a esos tipitos de la escuela quién era Hao Asakura.
•❈•
—¿Estás seguro de que no existe ninguna otra forma de decirle?
—…No.
Estaba que no cabía en mi asombro. El Espíritu del Fuego, quien se suponía que era una de las "Esencias Sagradas" del planeta… ¿Me estaba aconsejando que tomara ideas de esa cosa que se hacía pasar por una revista?
—Es que suena como si le fuera a confesar que soy gay… ¿Quién es el que escribe esta porquería?
De repente, sentí un dolor de cabeza insoportable. Ya sabía lo que me estaba pasando. Según mi espíritu acompañante, era porque estaba desarrollando mi Reishi. Se suponía que era un poder que me permitiría leer los pensamientos de los demás y que era algo de nacimiento, pero que aparecía en la niñez. En ese entonces, todo me era difícil de entender.
—Debes de decirle lo más pronto posible a tu padre —me aconsejó, observándome fijamente con sus ojos verdes—. Antes de que la situación empeore.
—¿Por qué? ¿Qué tan malo podría ser? —cuestioné, sujetando mi cabeza con las dos manos.
El dolor era demasiado, jamás me había sentido así.
—…Si no te ayudan a controlar esa habilidad a tiempo, incluso podrías llegar a crear un Oh-Oni, inconscientemente.
Tragué duro, incapaz de poder alejar aquella ola de pensamientos que no me pertenecían de ninguna manera. La mayoría eran cosas tontas y sin importancia. Sin embargo, el estrepitoso sonido de las gotas cayendo… Maldije en silencio a la tormenta, mientras buscaba a Mikihisa con la mirada. Estaba sentado cerca del jardín, hablando con alguno de sus amigos por teléfono. ¿Es que no se percataba de mi estado? ¿Ya no le importaba su único hijo? Tenía que aprender a manejar mi nueva habilidad rápidamente, antes de que alguna catástrofe ocurriera a causa de ello. Ya sabía más o menos qué eran los Onis, y no pretendía tener a un demonio que midiera aproximadamente diez metros en casa. Suspiré cuando mi padre cortó la llamada como si nada. Por todos los espíritus. ¡La temible hora ha llegado!
—Pa… ¿Puedo hablar contigo?
Miki se volteó inmediatamente, y estuve cien por ciento seguro de que le dio un ataque de preocupación al verme.
—¿Estás bien, Hao? —se acercó—. Desde hace días te noto… distinto. Como si algo te estuviera cambiando.
—O alguien —musité, creyendo que lo decía para mis adentros.
Los ojos de mi papá se abrieron como platos al escucharme. Podría apostar que no era la respuesta que esperaba.
—…No tiene caso que siga ocultándote todo esto, papi —dije sin más rodeos—. Sólo espero que no dejes de quererme, porque pase lo que pase yo seguiré amándote… Hace unos días, a eso de las tres de la madrugada, alguien me visitó —el Espíritu del Fuego apareció a mi lado, en su forma miniatura por supuesto. Aún no se atrevía a materializarse en su forma original, pues quería evitar que su verdadero aspecto me asustara—. Él es mi espíritu acompañante, el Espíritu del Fuego. Los Grandes Espíritus lo enviaron aquí porque, según ellos, poseo las cualidades necesarias para controlar a un espíritu tan poderoso como él. He estado practicando mucho y ya conseguí formar una pequeña llama en la palma de mi mano. ¿Lo ves? —hice aparecer una esferita de fuego para que Mikihisa se diera cuenta de que decía la verdad—. También dicen que tendré otro tipo de poderes, como el Reishi.
Fui con más cuidado al notar que me contemplaba con algo de horror.
—Ahora puedo leer los pensamientos y sentir las emociones de los demás. Por ejemplo, en este momento estás pensando que todo esto no es posible y te preocupa que me pase algo malo… El Espíritu del Fuego me dijo que no podía seguir guardándome este secreto, ya que podrían ocurrir cosas malas. La verdad es que… Yo… Nada más quería que no pensaras que me he convertido en un monstruo. No quiero causarle ningún daño a nadie. Entenderé si te doy pánico, al igual que a los demás niños de la escuela…
No pude continuar con la frase, porque mi padre se me acercó más y me abrazó con toda la fuerza del mundo. Ya no aguantaba más, así que me eché a llorar copiosamente, mientras él me estrechaba contra su pecho. No soportaría que él me rechazara y no quería ni imaginar qué habría sido de mí si hubiera tenido que valerme por mí mismo, a pesar de mi corta edad.
—He hablado con los padres de Redseb y Nichrom. Mañana mismo nos mudamos, y ellos también están dispuestos a irse de la ciudad.
—¿S-se irán a vivir al mismo lugar que nosotros? ¿Qué hay de tu trabajo?
—Ya me ofrecieron un buen puesto en una de las mejores empresas del país —me sonrió, en un intento por subirme los ánimos. Trató de hacerme el típico jueguito de "Tengo tu nariz". El resultado fue de lo más terrible, consiguiendo arrancarme una risa por un breve momento—. Y a los padres de tus amigos también les he conseguido excelentes cargos. Además… ¡Viviremos cerca de la playa! ¿No es lo que siempre quisiste?
—¿No lo estás haciendo para alejarme de esa escuela?
—En parte sí, porque no tolero que esos niños te traten así —confesó, sorprendiéndome. Recordé que, unos días atrás, él había tenido una discusión muy fuerte con el director, porque no impedía que eso sucediera—. No tienes de qué preocuparte. Solucionaremos esto en muy poco tiempo. No voy a permitir que nada te pase. Encontraremos una forma para que puedas manejar a la perfección tus nuevos poderes y para que te conviertas en el futuro Shaman King.
—¿Para que pueda convertirme…? —torné el gesto de inmediato y sonreí con algo de burla—. Si ese puesto lo tengo ganado desde que nací.
—¡Así se habla! Tus abuelos estarían orgullosos de ti.
—¿Quiénes? ¿Tu padre o los de mi madre? —inquirí, curioso.
Vi un destello en sus ojos y noté que hizo una mueca llena de tristeza. ¿Qué le pasaba?
—Ambos.
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¡Amaba mi nueva casa! Era muy espaciosa y bonita… ¡Adoraba perderme en mi propio hogar! Era tan grande que Miki y yo no lográbamos llegar siquiera a la cocina. Íbamos a parar al baño, a la sala de estar, al garaje o al jardín. Tuvimos que usar walkie-talkies para no extraviarnos en tantas habitaciones vacías. Mis amigos también vivían cerca de nuestra casa. Escogimos Yokohama porque era un lugar muy agradable. La mayoría de las personas eran buenas y no nos miraban de mala manera. Tampoco nos acusaban de practicar brujería. Había un grupo más o menos numeroso de shamanes refugiados ahí y probablemente, ese era uno de los motivos. Sin embargo, y conforme pasaba el tiempo, noté que mi padre lucía cada vez más afligido, como si algo lo estuviera atormentando. Pensé que le gustaba Yokohama, pues días atrás parecía igual de emocionado que yo. Le encantaba su trabajo, tenía un buen salario, mi escuela no era mala… pasábamos más tiempo juntos. Entonces, ¿qué podría tenerlo tan decaído?
Decidí acercarme al cuarto de estudio, al ver que me ignoró por completo y continuó viendo la televisión. Su celular yacía sobre el elegante escritorio de madera, a la par de un montoncito de papeles y una carpeta a medio abrir. Agarré el teléfono, pero no había recibido ninguna llamada. Revisé cuidadosamente las hojas, mas no había nada importante escrito en ellas. En la carpeta había una vieja foto de cuando papá era adolescente. Una hermosa chica de cabellera castaña estaba a su lado. Él la estaba abrazando por la cintura, mientras ambos le sonreían a la cámara… ¿Acaso ella sería mi mamá?
Justo en ese preciso instante, escuché unas fuertes pisadas. Oh-oh… ¡Venía subiendo las escaleras! Maldición, era mi fin. Así que, como no tenía de otra, me escondí debajo del escritorio recién comprado. Olía a barniz y tenía un compartimiento secreto para esconder cualquier cosa. Hasta armas… Bueno, si alguien intentaba matarme, ya sabía cuál sería el primer lugar donde buscaría con qué defenderme. Claro, era obvio que no lo iba a hacer. Otro estúpido pensamiento de un niño de seis años.
—¿Hao? —me encogí en mi escondite, ocultándome más entre las sombras. Escuché que Mikihisa chasqueó la lengua—. Seguramente está en su habitación.
Dicho esto, se sentó en la silla ejecutiva que a mí tanto me encantaba. Aquella de cuero negro, cómoda y… ¿Por qué estaba pensando tonterías en momentos como este? El eco del sonido de las teclas de un teléfono me sacó de mis pensamientos. Estaban siendo oprimidas a toda velocidad. Tragué duro, entretanto me encogía más en mi incómodo refugio. Deseaba tanto no ser descubierto.
—…Sólo te llamo porque es una emergencia —escuché la voz de mi padre.
Sonaba más serio de lo usual y eso me preocupó. Tenía un ligero presentimiento de saber con quién hablaba y, si estaba en lo correcto, aquel era motivo suficiente para explicar su actitud. Apenas alcanzaba a oír la conversación.
—Lo sé, perfectamente —respondió mi abuelo con tono serio. Noté, por debajo de mi amado escritorio-escondite, que mi padre se tensaba—. El asunto es sobre mi querido nieto, ¿verdad? Debe estarle pasando algo sumamente grave, como para que hagas una llamada a miles de kilómetros de distancia a un vejete como yo…
—No pongas palabras en mi boca —suspiró con pesadez—. No me arrepiento de haberme quedado aquí en Japón, mientras que tú preferiste tu trabajo como egiptólogo antes que a tus propios hijos —habló seriamente.
En aquel entonces, no me sabía esa pequeña parte de la historia… ¿Mikihisa prefirió quedarse en otro país? ¿Por qué no había querido irse con él a Egipto? De haber estado en una situación similar, yo habría aceptado. Sin embargo, tenía la leve sospecha de que papá tenía otros motivos. Algo me decía que la historia estaba incompleta, por lo que decidí que seguiría escuchando.
—Sabes que, de otra forma, no hubiéramos estado económicamente bien. Decidiste quedarte en Japón con tu tía… y cuando ella falleció, tuviste que buscar otro lugar. Te acogieron en uno, en el que tampoco duraste demasiado. Al conocer a Keiko, fuiste adoptado por su familia, pero dejaste que una tonta pelea los separara. No me sorprende que mi ex nuera te haya abandonado. Ni siquiera hiciste el intento por arreglar las cosas.
—No metas a Keiko en esto —le exigió, elevando un poco la voz.
Tragué duro e inmediatamente tuve miedo de que me hubiese escuchado. ¿Qué tenía que ver mi madre en todo ese asunto?
—…Ella no me abandonó. Yo me fui por mi propia cuenta y tenía mis motivos. No importa lo que digas, yo sé perfectamente por qué tomé esa decisión. Traje a Hao conmigo y he sabido cómo criarlo, siendo un padre ejemplar para él. Quizá las cosas no resultaron del todo bien en Osaka, pero ahora que nos mudamos a este lugar, nuestras vidas han mejorado. ¡Yokohama es grandiosa!
—¿Es que acaso no echas de menos a tu familia?
…
—¡Eso no viene al caso! …En fin, te llamaba por la situación de mi hijo. Pasé una semana entera preguntándole si se sentía bien, sin obtener respuesta alguna. Hay algo que me preocupa. Sufre constantemente de migrañas a causa del Reishi, todo el tiempo anda paranoico o demasiado triste. Ya no sé qué hacer con él.
—Debe de ser porque su pequeño cuerpo está asimilando la aparición repentina de ese poder. Recuerda que, para un shaman de tan corta edad, recibir una cantidad de furyoku inimaginable y un poder como lo es el Reishi, provocaría un fuerte impacto en su salud física y mental.
—No entiendo por qué Hao tiene el Reishi. Sabes que ese poder no se le presenta a cualquiera. ¿Por qué a él? —se le oía muy confundido—. Antes de mudarnos, me había dicho que era decisión de los Grandes Espíritus, pero me resulta demasiado extraño. Espero no haberlo entendido mal.
—Bueno, ellos siempre han tomado decisiones extrañas. Yo diría que no habría que descartar esa posibilidad —sugirió mi abuelo, empleando un tono de voz misterioso—. Aunque… Quizás aquella adivina tenga razón.
—Tú y tus creencias extrañas. ¿Todavía sigues desperdiciando dinero con esas estafadoras? ¡El futuro no se puede predecir con tanta exactitud!
—"Tu familia estará llena de prodigios. Todos ellos conformarán el nuevo ejército que está por venir. Dos generaciones después de la tuya, recibirán dones otorgados por los mismos dioses. Serán separados por errores que cometerán sus progenitores, y si no se reúnen, grandes catástrofes ocurrirán en este mundo que alguna vez conocimos".
—¡Esas son tonterías!
—¿Él ya sabe lo que hiciste hace cinco años?
—No, pero…
—Cometiste un error, hijo mío. Sin embargo, aún hay tiempo para encontrarle una solución al problema. No deberías pensar únicamente en ti. Mi nieto está sufriendo a causa tuya, ya no lo atormentes más —habló con voz tranquila, tras la breve pausa que hizo al notar que Miki permanecía en silencio—. A mí tampoco me gusta el curso que está tomando todo esto. Lo único que podemos hacer es evitar, a toda costa, que esa predicción se vuelva en su contra.
—¿Volvemos de nuevo a esas predicciones baratas?
—Él tiene que afrontar su destino.
Abrí los ojos a la desmesura, sintiendo que esas palabras resonaban en mis oídos. ¿Tendría que enfrentarme a algo terrible? ¿No les importaba que muriera en el intento? No podía creerlo. Ya estaba predestinado lo que iría a ocurrir en mi vida. Mi versión miniatura no lo sabía, pero lo más probable era que todo ese lío estuviera relacionado con los vampiros, seres cuya existencia se creía que era sólo un mito. Por alguna razón, me había sido otorgada la compañía del Espíritu del Fuego. Probablemente, mi espíritu acompañante estaba a mi lado por mi protección. Era como un guardaespaldas, pero… ¿De quién se suponía que iba a defenderme?
Noté que mi padre trataba de acomodarse en su confortable asiento, fracasando en el intento. No encontró una posición cómoda.
—Ayúdale a que se adapte a sus nuevas habilidades. Cuídalo y enséñale todo lo necesario, porque sólo él podrá salvarnos de ese terrible futuro.
•❈•
Yoh Asakura
—¡No vuelvas hasta que hayas traído los víveres para la cena!
¿Por qué tenía que ser torturado de esta manera?
—Si llega a faltar algo de la lista…
—Lo sé, lo sé. Dos días sin comer y triple entrenamiento —sentía una inmensa frustración al no poder replicarle—. Lo tendré en cuenta, Anna.
Me di la vuelta para encontrarme con mi hermosa prometida, a unos metros de distancia de donde yo estaba. Sentí que mis mejillas empezaron a enrojecer, así que desvié la mirada. Mi Annita vestía un kimono extremadamente corto, que resaltaba su figura. La prenda era de color blanco y tenía estampadas unas notas musicales negras. Su calzado consistía en un par de sandalias de madera blancas, y su cabello caía con elegancia por su espalda. Le lucía muy bien tener el cabello largo, faltando pocos centímetros para que este llegara a la altura de los codos. Aunque dos años después lo llevaría corto y se le vería bastante bien así, extrañaría aquellos días en los que su reluciente cabellera era larga.
Este recuerdo ocurrió dos años atrás. Exactamente siete meses después de haber conocido a mi hermano. Ninguno de nosotros cambiaría en nada. Ni siquiera Anna, que seguiría pareciendo fría por fuera. Sin embargo, sabía que muy en el fondo ella tenía buenos sentimientos para con los demás…
—¿No me escuchaste? También necesito que traigas pastillas para la fiebre. Mira nada más cómo está tu hermana… ¡Pareciera que ni te preocupas por ella!
Bueno, una parte de mí se esforzaba en seguir creyendo que Annita era una buena persona. Aunque a veces dudaba de ello.
—Claro que me preocupo por el bienestar de Kaos —le reclamé en voz baja.
—¡Entonces deja de estar baboseando en el vestíbulo y apresúrate!
Fue así como ya estaba de camino a la farmacia, luego de haber ido al supermercado. En todo el camino, fui muy preocupado. Mi hermanita se había puesto muy grave de la nada. Tenía una fiebre de treinta y nueve grados, la cual apenas y lográbamos controlar, pues surgía nuevamente. Estuvimos llamando a nuestros padres todo el tiempo, pero nunca respondieron. ¡Por todos los espíritus! Decidieron irse fuera del país en el peor momento. Tampoco era como si el supermercado estuviera tan lejos de casa, pero no podía agilizar demasiado el paso por temor a que los víveres se estropearan por lo frágiles que eran. Me preocupaba dejar solos a Hao y Anna al cuidado de ella. Ninguno de los chicos estaba en la ciudad, ya que habían decidido ir a pasar el fin de semana en un centro vacacional que estaba algo lejos. En realidad, íbamos a ir todos juntos, pero la enfermedad espontánea de Kaos lo cambió todo. Igual les insistí a los demás que fueran porque el viaje estaba todo pagado y no tenía caso que permanecieran ahí, ya que pensamos que Anna, Hao y yo podríamos contenerla solos. Qué equivocados estábamos…
De pronto, una escena en particular me llamó la atención. A lo lejos, vi a un pobre hombre de avanzada edad, que parecía querer cruzar la calle; mientras un camión de carga pesada se dirigía hacia él, y el hombre parecía no notarlo. Traté de gritarle, pero no me escuchaba. Así que decidí dejar las bolsas en el suelo y corrí hacía él, dispuesto a salvar su vida. El anciano se había detenido a mitad de la calle y el camión estaba cada vez más cerca. Llegué hasta ese lugar y no dudé en realizar mi posesión de objetos, la cual sirvió de escudo para protegernos ante el impacto. El camión chocó contra nosotros, desviándose un poco de su carril. Sin embargo, el conductor volvió a tomar control del vehículo y condujo a toda velocidad por temor a la multa de tránsito que probablemente tendría. Deshice mi oversoul y le ayudé al anciano a regresar a la acera. Una vez que se dio cuenta que estaba fuera de peligro, me dirigió una dulce sonrisa.
—Muchas gracias por ayudarme, jovencito —agradeció cálidamente, mientras comenzaba a buscar algo dentro de la maleta que cargaba—. Déjame darte algo como recompensa.
¿Ese pobre señor estaba pensando en darme algo a cambio? No podía creerlo. No pude evitar sentirme mal al ver lo que hacía, pues no esperaba que me diera nada. Lo ayudé porque lo vi en problemas, no era nada del otro mundo.
—Oh, no. No se preocupe —negué, tomando las bolsas que contenían los víveres que había comprado minutos atrás—. No fue nada, en serio.
—Tengo algo muy especial para ti —insistió—. Sólo déjame encontrarlo.
—Por favor, no…
Dicho esto, sacó un objeto y lo puso entre mis manos, a pesar de repetirle que no quería aceptarlo. Me sorprendí mucho al verlo. Era un huevo muy extraño. Tenía un tamaño enorme, casi parecía un huevo de avestruz… y hasta me atrevería a decir que, quizás, era aún más grande. Pensé que era muy raro e inmediatamente ese pensamiento fue reemplazado por otro peor. ¿Y si el viejito no tenía nada más que comer, y me estaba obsequiando su cena?
—Muchísimas gracias. Es un gesto muy noble de su parte, pero quizás esto era lo que usted iba a cenar —se lo devolví con mucho cuidado—. No puedo aceptarlo, señor.
Probablemente, tenía razón y aquella era la cena de ese pobre anciano. No se veía que tuviera mucho dinero, pues sólo cargaba con esa vieja maleta y su vestimenta lucía muy desgastada. El hombre se echó a reír con ganas, lo cual me asustó por un instante. Fue entonces que se quitó su viejo poncho y finalmente dejó ver su verdadero aspecto. No tenía nada que ver con su apariencia longeva. Se trataba de un hombre alto, delgado y un poco musculoso. Llevaba puesto unos lentes de sol que parecían de marca, acompañado de una brillante sonrisa.
¡¿Qué demonios…?!
—Vaya, los rumores son ciertos después de todo —comentó, riéndose un poco—. He escuchado mucho sobre ti. Estaba ansioso por conocerte, Yoh Asakura.
—¿Cómo sabe mi nombre? —quise saber, mostrándome ligeramente desconfiado por unos segundos.
—Mi nombre es Radim, y soy uno de los diez oficiales apaches —me explicó con una sonrisa—. Sabes quiénes somos, ¿verdad? —asentí a su pregunta.
—Mi abuelo me comentó que ustedes son los organizadores del Torneo de Shamanes.
—Así es —afirmó, mientras guardaba su vestuario anterior dentro de la maleta—. Nosotros somos parte de una tribu que, desde hace milenios, se encarga de organizar la Shaman Fight. Veo que sabes mucho. Tu familia debió haberte explicado todo sobre este evento. No dudo que deseen que su heredero sea coronado como el próximo Shaman King.
—No soy el único heredero. Mis dos hermanos participarán en el torneo también —le sonreí, un poco más confiado—. ¿Qué hace aquí en Tokio? ¿Pronto comenzará la Shaman Fight?
—De hecho, aún no lo sabemos —admitió, mientras se rascaba la nuca con nerviosismo—. Estoy aquí para entregarte esto —señaló el huevo que sostenía entre sus manos—. Los Grandes Espíritus quieren que lo tengas. Has demostrado que eres apto para poseerlo… Pasaste la prueba.
Dicho aquello, volvió a entregarme el huevo, cuya procedencia ahora no era tan misteriosa. Parpadeé, visiblemente confundido.
—¿Eh? Pero si sólo es un huevo… ¿O me equivoco?
Radim volvió a reír, al tiempo en que tomaba sus cosas y se disponía a marcharse.
—Cuídalo, y verás que será la solución a cualquier problema que tengas.
•❈•
—Ya era hora de que llegaras.
No me sorprendió tan 'alegre' recibimiento por parte de mi prometida. Suspiré, aliviado por estar ya en casa.
—Perdón —me disculpé, entretanto me dirigía a la cocina para dejar los víveres.
El misterioso huevo seguía en su puesto, rodeado por mi brazo izquierdo. Dejé las bolsas sobre la mesa y puse al enorme huevo entre ellas. Ahora ya podía contemplar cada uno de sus detalles, puesto que había mucha más iluminación de la que había en la calle. El objeto gigante tenía como decoración un sinfín de rayas gruesas y diagonales de dos colores: el café y el verde iban intercalados, logrando así una mezcla perfecta. La combinación se veía de lo más deliciosa, porque le daba la apariencia de ser algún caramelo gigante de chocolate y menta. No pude evitar pensar que quizá se trataba de algún dulce, pues tenía un severo problema con ellos, en especial con los chocolates. Sin embargo… También pensé en otra opción. ¿Y si en su interior realmente había algo que podría ayudarme en algún momento?
—¡Yoh!
Mis pensamientos fueron interrumpidos cuando escuché una tos muy fuerte. Volteé y me dirigí a la habitación contigua, que era la sala de estar. Abrí la puerta y vi a mi hermanita menor. Estaba acostada bocabajo sobre un futón blanco, que se extendía por un buen pedazo del piso de madera. En comparación a como estaba hace unas horas, parecía estar mejor. Su rostro había recuperado un poco de color y sus ojos lucían menos cansados. Yami estaba a su lado, abrazando uno de sus brazos con preocupación.
—Le dije que regresara a su habitación —me informó Hao con una sonrisa. Ambos sabíamos a la perfección que ella nunca nos haría caso, por muy graves que fueran las condiciones—. Burra —la llamó, siempre con su expresión divertida.
—Tonto —se la regresó, justo cuando le sacaba la lengua. Hao se acercó para revolverle el cabello, riéndose en el proceso—. ¡Déjame, imitación barata de Adonis!
—¿Adonis, dices? —repitió, con burla—. Sabes quién es Adonis, ¿o no?
—Pues claro, mitología griega. ¿Quién no sabe de eso? —le respondió, en tono juguetón—. Era un joven extremadamente bello.
—Ajá, y dices que soy su imitación barata —le recordó, a la vez que ponía un semblante de extrañeza—. Entonces, me estás diciendo que soy guapo.
Kaoru se sorprendió demasiado y pareció analizar las palabras de mi hermano.
—…Supongo que sí. Yoh y tú son muy guapos. Es algo que tengo que admitir, aunque probablemente eso suene raro, pues soy su hermana y podría considerarse como un comentario incestuoso… ¿Qué diablos estoy diciendo? ¡Si ustedes tienen escenas incestuosas todo el tiempo! No es nada extraño.
Anna arqueó una ceja en confusión.
—Debes estar demasiado enferma para andar diciendo tonterías.
Reí por lo bajo para luego contestarle.
—Hao y yo lo hacemos por jugar, Kaos… No es más que una simple broma.
—¿De qué hablas? ¿Estás rechazando lo nuestro? —soltó Hao, haciendo un pequeño mohín.
—Tú eres el que rechaza lo nuestro con tanta chica que se ha enamorado de ti —en contadas ocasiones, solía seguirle el juego para fastidiar a los demás.
Reí un poco más fuerte, regresando a la mesa donde coloqué los víveres. Ponía en duda que Kaoru se hubiera recuperado así de repente, así que empecé a buscar su medicina. Pronto oí nuevamente su tos.
—¿Estás bien? —inquirió un ansioso Hao, preocupándose.
—Sólo es un poco de tos. No es nada grave.
¡No encontraba el medicamento! ¿Dónde diablos lo había puesto? …Oh no, no podía estarme pasando esto a mí. ¿Y si lo había dejado en el supermercado? Tendría que ir a buscarlo.
—Demonios… —susurré, sacando el contenido de cada bolsa con desesperación.
Entonces recordé que nunca fui a comprar dicho medicamento. Iba a ir después de salir del supermercado, justo cuando me encontré con el anciano, que resultó ser Radim. Nunca lo compré. Todo este tiempo, creí que llevaba la medicina en una de las dos enormes bolsas que tenían los víveres en su interior. Maldición… De improviso, se escucharon unos gritos en la sala de estar. Corrí hacia la habitación para ver qué pasaba, dejando el huevo sobre la mesa. Kaoru estaba llorando debido al inmenso dolor que sentía, mientras que Anna y mi hermano trataban de calmarla. Anna salió a buscar un trapo húmedo y yo me arrodillé al lado de mi hermanita, para ayudarle a Hao con la tarea de tranquilizarla.
—¡Ve por la medicina!
—No la traje… Lo siento, Kaos. Todo esto es culpa mía —me disculpé, notando que Kaoru comenzaba a sudar debido a la temperatura.
—¿No la trajiste? ¿Cómo que no la trajiste? ¡Sabes cómo lo ha pasado todo el santo día! En ese caso, yo la hubiera ido a comprar hace horas…
—¡Me topé con un apache a medio camino! Me olvidé por completo de ir a la farmacia, pero no fue mi culpa. ¿Qué hubieras hecho tú si hubieras visto a un anciano a punto de ser arrollado por un camión?
—¡Dejen de gritar! —Anna llegó con un semblante angustiado—. No lograrán nada con estarse vociferando el uno al otro… Tú… —le ordenó a Hao—. Ve por el termómetro. Creo que lo dejamos en su habitación, busca ahí. Yoh… —esta vez se dirigió a mí—. Vuelve a revisar el botiquín de emergencias. Tal vez no hemos revisado bien y hay algo que pueda bajarle un poco la fiebre.
Fui directo al baño a buscar el dichoso medicamento, esperando que estuviera ahí. Cuando no encontré absolutamente nada, me dirigí a la cocina a buscar de nuevo. Ahí había un segundo botiquín, pues éramos muchos los que habitábamos en la pensión. Ya estando ahí, me percaté de que el huevo brillaba intermitentemente. Unas frágiles ramas habían empezado a crecer desde su interior. Sus hojas estaban llenas de un líquido color aguamarina, que resbalaba de forma elegante por cada una de ellas. Me acerqué al mueble para observar con mayor atención, casi sin estar consciente de que mi hermanita estaba cerca de la muerte. Había un poco de tierra húmeda que estaba esparcida por toda la mesa, dándole un aspecto sucio al mueble. Asombrado, noté que unas letras se habían formado, casi como si alguien las hubiese escrito tan pulcramente en aquella fría superficie de madera.
INYÉCTAME… cincuenta mililitros serán suficientes.
No estaba seguro si hacía lo correcto o no. Sin embargo, no perdía nada con intentarlo. Corrí por el botiquín, para buscar una jeringa. Cuando la encontré, regresé junto al huevo y tomé exactamente los cincuenta ml del líquido con precisión. Después de eso, salí a toda prisa de la cocina hasta llegar a donde estaba Kaos, quien yacía inconsciente sobre el futón. Tanto Hao como mi Annita estaban a su lado, presos de la aflicción.
—Háganse a un lado —les pedí, empujando suavemente a mi hermano para quedar de frente a Kaoru.
Era una emergencia y estaba demasiado asustado. Así que, sin mucha delicadeza, le enterré rápidamente la aguja; mientras veía cómo el líquido misterioso iba disminuyendo dentro del tubo plástico. Tenía la esperanza de que tuviera algún efecto positivo en ella. Tienes que recuperarte, Kaos.
—¿Estás demente? No sabemos qué diablos es eso. ¡Podría ser mortal para ella!
—…Oigan, creo que le está volviendo a bajar la calentura —Anna interrumpió los reclamos de mi gemelo.
Coloqué una mano sobre la frente de Kaoru y, efectivamente, noté que estaba menos caliente que antes. Luego de unos minutos, ella abrió lentamente sus ojos, señal suficiente como para que todos soltáramos un suspiro de alivio. La ayudé a incorporarse, casi atónito de que hubiera funcionado.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó por milésima vez mi aterrorizado gemelo.
Kaos lo miró con ojos somnolientos.
—¿Qué?
—¿Cuántos dedos tengo aquí? —quise saber, mostrándole dos dedos de mi mano derecha.
—¿…Cinco? Porque son cinco en cada mano, ¿o me equivoco?
—En ese caso, no estás tan mal —sonreí con diversión.
Kaoru me dio un puñetazo amistoso en el hombro, sonriendo de manera cansina.
—¿Cómo supiste que eso la ayudaría? —cuestionó un muy sorprendido Hao.
Me levanté y caminé rumbo a la cocina. Parpadeó con confusión, al ver lo que traía entre mis manos.
—¿Me creerías si te dijera que todo fue obra de este huevo?
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—¿En serio te lo dio un apache disfrazado de anciano? ¿Así de la nada?
—¡Hermano! —lo reprendió Pilika con un zape. Por poco y nuestro amigo se quedó viendo estrellitas en el techo—. ¿Qué te he dicho de ser mal educado?
—No tiene caso —se burló Len, quien era el único que estaba de pie en una esquina del cuarto—. Hmph, ahora comprendo por qué te asemejas tanto a un erizo de mar, y no es sólo por el cabello. El tamaño del cerebro de los dos es igual de minúsculo.
—¿Qué dijiste, cabeza de pincho?
—¡NO ME LLAMES ASÍ!
—¡Y TÚ DEJA DE HACERTE EL SABIONDO, CHINO DE M…!
—¡A CALLAR LOS DOS! —no me sorprendió en lo más mínimo que fuera Anna la que los detuviera—. Recuerden que están en mi casa, así que puedo dejarlos sin sus habitaciones y echarlos de pataditas directo a la calle. ¡Son increíblemente molestos! ¿No pueden comportarse civilizadamente? ¡Traten de llevarse bien de una vez por todas!
—¿Así como tú te llevas con todos los que te rodean?
Auch…
—Eso no viene al caso. De todas formas, no me conocen lo suficiente como para juzgarme, así que cállense.
—Ya llevan meses de conocerte, Anna. Tendrán alguna noción de cómo eres —mi prometida fulminó con la mirada a mi hermano, quien decidió guardar silencio por su propio bien—. Bueno, yendo al punto… Han pasado casi dos semanas desde que te dieron ese huevo, Yoh. ¿Crees que se abra pronto?
—¡Yo propongo que lo cocinemos ya!
¡PAF!
El golpe fue tan fuerte que Horo terminó volando directo a la floristería más cercana de la pensión. Es decir… y según mis cálculos, más o menos a una cuadra de distancia de la casa.
—¿Por qué no le pones un nombre a lo que sea que esté ahí dentro? —inquirió Kaoru. Su espíritu acompañante estaba a su lado, contemplando el objeto que ahora era el centro de atención. Era como si la presencia del huevo que me dio el apache le causara desconfianza—. Si el Espíritu del Fuego se llama Fifi-chan…
—¡Hey! Tenía seis años. Qué iba a saber de nombres para ponerle a un espíritu —Hao se cruzó de brazos, avergonzado de que hubiese hecho mención de aquel asunto privado.
—¿Qué tal si le pones Floffy-chan? ¡Suena tan lindo!
Me quedé mirándola con extrañeza por unos breves segundos.
—¿Estás segura de que te sientes bien? No habrás comido muchos caramelos de nuevo, ¿verdad?
—Pff, ¿yo? Sabes que sé controlarme perfectamente —le sostuve la mirada hasta que sonrió con nerviosismo. Siempre funcionaba ese truco, aunque ya hubieran pasado varios años desde que lo ponía en práctica—. Bueno, tal vez unos cuantos.
—A ver, jamás le pondré ese nombre a lo que sea que esté en el interior del huevo. No sabemos con seguridad si se tratará de algún espíritu; o, como dijo Chocolove, una especie de pterodáctilo ya extinto hace millones de años —todos los presentes ignoraron el falso llanto del shaman afroamericano—. Y se supone que detestas las cosas lindas. ¿Cómo es posible que plantees un nombre tan bonito para un ser vivo o no vivo que ni siquiera conocemos?
—Sí me gustan las cosas lindas —admitió ella con cierto pesar—. Aunque son mejores los objetos tenebrosamente lindos. En todo caso, ¿serían los objetos lindamente tenebrosos?
Literalmente, todos nos fuimos de espaldas, entretanto Kaoru empezaba a susurrar en voz baja para sí misma. ¡Por todos los espíritus, ya había enloquecido!
—Es lo mismo, Kaos —le explicó Hao, sobándose las sienes con ambas manos. Mi gemelo suspiró dramáticamente—. Ahora comprendo a la pobre de nuestra madre… Cuánto tuvo que haber sufrido cuando estabas pequeña —Kaoru le lanzó un almohadón directo a su rostro. Hao hizo una mueca de burla por su supuesto ataque—. ¿Auch?
—Por nada, hermanito —le sonrió, divertida.
—No saben decir nada más que puras tonterías, me avergüenzan —comentó de pronto Anna con la vista clavada en el televisor.
Estaban transmitiendo su telenovela preferida.
—¡Oye! ¿No te sientes mal por decirle eso a una enferma? Imagínate que me hubiera pasado algo. ¿No te remordería la conciencia…?
Justo en ese preciso momento, empezó a surgir un extraño sonido desde el huevo. Por tenerlo entre sus manos, Hao casi lo soltó debido al susto que le produjo el hecho de que, lo que sea que estuviese dentro, estaba a punto de nacer. Incluso Anna, que estaba viendo su novela coreana, apartó la vista abruptamente del televisor y se acercó a ver el acontecimiento. Cada uno de los rostros de los presentes reflejaba cierto temor y, también, desconcierto. El color chocolate se apoderó de casi todo el huevo, exceptuando por las líneas verde menta que cambiaban de forma, pasando a ser rombos. Luego, se repitió el sonido, una y otra vez. Era un ruido muy peculiar, como si la cosa que estaba dentro intentara moverse por falta de espacio. Fue entonces cuando el cascarón comenzó a romperse.
—¡Oh, por los Grandes Espíritus! ¡Se te rompió la fuente! —exclamó Chocolove, haciendo un gesto exagerado.
Mic, su espíritu acompañante, contempló atónito cómo Horo le daba una paliza, dejando a su amo semi-inconsciente. El cascarón se rompió lo suficiente como para que la criatura pudiera asomar su pequeña carita.
—Es…
—¿Un espíritu? —preguntó un confundido Manta.
El espíritu sacó su pequeña cabeza, curioso por ver quién sería su dueño. A pesar de que no tenía una boca, pude sentir que estaba sonriéndome con mucha emoción. Sus grandes ojos metálicos se cerraron por unos segundos, esforzándose por salir de la que parecía ser su pequeña prisión. Su cuerpo era de color marrón y sus manos terminaban en diminutas garras. Se parecía al…
—¿Espíritu del Fuego? —lo llamó Hao, desconcertado por la situación que estaba ocurriendo.
Ambos espíritus se observaban como si tuvieran milenios de no haberse visto.
—¡Mucho gusto, Yoh! Soy el Espíritu de la Tierra —me saludó con un tono de voz alegre.
Me quedé callado por un momento.
—¡¿PUEDES HABLAR?!
—¿De qué hablas, Yoh? —Horo se veía confundido por mi reacción.
—¿Qué? No me digan… ¿Acaso no lo escuchan? —aquello definitivamente me había tomado por sorpresa.
—Déjalos, no lo entienden —comentó un divertido Hao, mientras se cruzaba de brazos—. Los Espíritus Elementales pueden comunicarse a través del pensamiento y únicamente lo hacen con sus dueños.
—Así es —confirmó el Espíritu de la Tierra, viendo con curiosidad el lugar donde se encontraba—. Somos espíritus tan sagrados, que sólo a nuestros dueños se les concede el honor de poder comunicarse con nosotros. Ni siquiera Hao puede escucharme, así como tú tampoco puedes escuchar al Espíritu del Fuego.
—Pues no me lo creo. Pruébalo —lo retó Horo-Horo.
—Bueno, tú lo quisiste de esa forma —Hao sonrió con burla—. Te transmitiré el mensaje del Espíritu del Fuego… Dice que te estás comportando como un verdadero idiota.
Vi como el ainu casi se abalanzaba sobre mi hermano, quien no dudó en realizar su oversoul. Lyserg y Chocolove intentaban detenerlos como podían.
—Ahora que lo recuerdo, Radim mencionó algo sobre que yo había pasado una prueba de los Grandes Espíritus o algo así —le mencioné al espíritu, ignorando por un instante la pelea que casi se desata en la pensión—. ¿Es cierto?
—Sí, tú has sido elegido para hacerte cargo de mí —habló el Espíritu de la Tierra. Me caía muy bien por su personalidad alegre—. Como bien sabrás, soy una de las cinco esencias sagradas, proveniente de los mismísimos Grandes Espíritus. Ellos te han escogido a ti, pues saben que estás predestinado a cumplir con una misión muy importante —volteé a ver a los chicos, quienes miraban al espíritu completamente confundidos. Probablemente porque aún no creían que podía comunicarme con él—. Claro que ser el dueño de uno de los Cinco Grandes Espíritus Elementales tiene sus responsabilidades, no obstante, todo trae sus beneficios. Ahora se incrementará tu furyoku, podrás controlar el elemento tierra y la habilidad que te fue concebida en el pasado se desarrollará mucho mejor.
—Todo esto es tan extraño. Los shamanes podemos hablar con toda clase de espíritus… —comentó un asombrado Horo-Horo—. Luego, aparece el Espíritu de la Tierra y nos demuestra lo contrario.
—Ya conocían al Espíritu del Fuego y nunca habían dicho nada —Hao se mostró algo confundido.
—Sí, pero pensábamos que no podía hablar —admitió Manta.
—Sin embargo, el misterio más grande de todo esto es… ¿Por qué demonios fue encerrado en un huevo del tamaño de un ave gigante? —inquirió Lyserg con cierta sospecha.
Sin previo aviso, mi mente pareció desconectarse de esa realidad. Una imagen vino a mi mente. En ella, veía que Len se estaba acercando a la escalera metálica plegable que estaba en una esquina de la sala de estar. Se le veía un poco distraído, por lo que no se fijó que había un balde de pintura en el escalón más alto, el cual se desparramó sobre él.
—Ten cuidado con la pintura, Len —le advertí, sin estar consciente de lo que estaba hablando.
Mientras mi mente aún vagaba en esa extraña visión, mi amigo me miró algo extrañado.
—¿Qué tonterías estás dicien…?
Todo sucedió exactamente como lo vi. Len chocó contra la escalera y quedó completamente cubierto por la pintura blanca. Furioso, trató de caminar hacia el baño más próximo, pero se resbaló a mitad del camino. Cayó de bruces, ante las risas de todos. Pobre…
—¿Qué rayos fue eso? —preguntó mi gemelo, luego de recuperar el aliento por haberse reído tanto.
—¿De qué estás hablando? —lo miré, confundido.
—¡Eso! —me tomó de la cabeza y me obligó a mirar hacia el camino de pintura que dejó Len—. Le dijiste a Len que tuviera cuidado con la pintura.
Parpadeé, sorprendido por lo que me estaba diciendo.
—¿En serio hice eso? —Hao se golpeó en la frente con la palma de su mano—. Yo… No lo sé. Mi mente estaba en otra parte, ni siquiera me di cuenta de lo que dije.
—Se nota —le empujé la cabeza con mi mano libre, pues con la izquierda aún sujetaba los restos del cascarón roto—. ¡Oye!
Repitió el gesto para molestarme. Se lo regresé, él me lo devolvió… para ahorrar palabras, estuvimos así durante un buen rato.
—¡Suéltame! —forcejeé, queriendo liberar mis manos de su agarre. A juzgar por su expresión maniática, tenía ganas de hacerme cosquillas o algo así—. ¡No! Ja, ja. ¡Hao, déjame!
—¡Libérame tú primero! —exigió, aguantando la risa como podía—. Tu pierna está enganchada con mi tobillo. Grandes Espíritus, tengan piedad de mí. ¡Mátenme!
—Esto sí que es un verdadero enredo —admití entre risas—. ¡Agh! ¡Qué desastre!
—…Ustedes y sus payasadas —comentó Kaoru, mirándonos con diversión. Una sonrisa despectiva se formó en su rostro—. Yoh ya daba pena siendo sólo él. Ahora que te tiene a ti, Hao… Pues, dan vergüenza ajena por sí mismos.
No supe de dónde sacamos fuerzas para hacerlo, pero entre los dos la jalamos del pie para atraerla hacia la maraña que teníamos. Al final, se nos unieron casi todos. Fue un día de locos: recibí un huevo de uno de los oficiales del Torneo de Shamanes. El Espíritu de la Tierra, que estaba en el interior del mismo, le salvó la vida a mi hermana. Al parecer, tenía una misión que cumplir y, hasta la fecha, seguía sin saber cuál era. El Espíritu de la Tierra y yo nos habíamos vuelto inseparables desde que lo conocí… Bueno, otra lección que aprendí fue que bromear con Hao a veces significaba terminar en un verdadero enredo. Luego de eso, malgastamos dos horas de nuestro tiempo intentando separarnos.
Estaba muy emocionado por la aparición de mi segundo espíritu acompañante, pero mi nueva habilidad me tenía muy preocupado. ¿Qué problemas me traería tener la capacidad de ver el futuro mediante visiones? En aquel momento no lo sabía, pero podría ayudarme a prevenir lo que sea que fuera a suceder unos años después.
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¡Hola! ^^
Este es un capi de transición, así que no sé qué tal les pareció xD, Pero me parecía interesante mostrarles cómo fue que los gemelos conocieron a sus respectivos espíritus acompañantes.
Espero que les haya gustado mucho. Pueden dejarme un lindo review con sus comentarios, dudas, críticas o sugerencias ^^ Ya saben que me gusta saber sus opiniones sobre el capi.
¡Nos vemos! ^^
