Disclaimer: Shaman King y sus personajes no me pertenecen. Son del gran Hiroyuki Takei. Tampoco son de mi autoría algunos lugares, canciones y/o marcas que aparecen aquí. Sólo la trama, personajes propios y lugares ficticios son invenciones mías. Gracias a Sabr1 por prestarme a su OC (Evolet).

Advertencias: lenguaje soez, gore (leve o moderado), y algunos pensamientos obscenos (Rated T).

Género: General. Tiene un poco de todo.

Pensamientos, comunicación por telepatía, recuerdos, sueños.


12

Demencia


Kaoru corría sin parar. Estaba preocupada porque había una enorme posibilidad de que la vida de sus hermanos peligrara. En sus manos, sostenía el collar de hoz que usaba como arma para las peleas del torneo, el cual parecía estar fabricado de un material muy resistente, pues probablemente lo hubiese partido en dos con su fuerza inhumana. Su combate había terminado recientemente y ya se notaba que iba a oscurecer en cualquier momento. Eso se le hizo extraño, pues aún faltaban horas para que el sol se metiera. Sus padres habían decidido revisar los alrededores de la casa, teniendo la leve esperanza de que los gemelos no se hubieran alejado demasiado de la vivienda que estaban alquilando. Se preguntaba si sus progenitores habían tenido éxito con la búsqueda de sus hermanos, pero carecía de algún medio o poder para comunicarse con ellos.

Un momento… ¿Poder? ¡Claro! Anna poseía la habilidad del Reishi, no tan desarrollada como la de Hao, pero aun así también podía leer los pensamientos de los demás. Nada perdían con intentarlo. De esa forma, sólo se darían cuenta de que todo estaba bien y que se habían preocupado por nada.

—Anna, ¿puedes usar tu Reishi para verificar que estén bien?

Todos tuvieron el impulso de querer golpearse la frente en ese momento, pues olvidaban que la itako poseía ese grandioso don.

—Está bien, lo intentaré —cerró sus ojos, mientras intentaba concentrarse.

Parecía como si el tiempo se hubiera detenido. De repente, Anna abrió sus ojos, completamente asustada. Todos se detuvieron de golpe, esperando lo peor.

—No lo escucho… Normalmente Hao contesta en cuestión de segundos, pero ahora no estoy oyendo ninguna respuesta. Tampoco puedo entrar en sus pensamientos. Hay algo que me está impidiendo leer su mente.

No podía ser posible…

—Podrías intentarlo con la mente de Yoh, ¿verdad? —sugirió Manta, terriblemente asustado por lo que pudiera pasarle a su mejor amigo.

Sólo habían pasado unos cuantos segundos, pero ellos sentían como si la vida se les fuera en ello. Anna no cambió la expresión en su rostro, seguía luciendo igual de preocupada. En cuanto se percataron de eso, supieron que no había necesidad de oír aquellas palabras que iban a salir de la boca de la Kyoyama. Ya sabían lo que iba a responder y no querían que ella les revelara la cruda posibilidad que pasaba por sus mentes.

—Tampoco escucho nada. Es como si no estuviera pensando en nada. Dadas las circunstancias, hay tres posibilidades: Quien sea que se los haya encontrado ha puesto una barrera para impedir que cualquier habilidad mental pueda ser utilizada en ellos, o están inconscientes… —los labios de Anna temblaron ligeramente con tan sólo pensar en la última opción—, o están muertos.

Todos palidecieron al escuchar eso. Se negaban a creer que ese había sido el terrible destino que habían tenido los gemelos Asakura.

—No hablas en serio, ¿verdad? —preguntó una asustada Evolet—. Ellos son poderosos, sabrían defenderse a la perfección.

Sin embargo, incluso ella dudaba de las palabras que había pronunciado. Sabía que sus enemigos podían ser increíblemente fuertes y despiadados… Todo aquello giraba en torno a una sola persona, que parecía ser el único culpable: Darkar Blair.

—…Kaoru, tú eres la única vampiresa aquí —habló Horokeu.

—Oye, de no ser porque tú lo mencionas, no me habría dado cuenta —soltó con sarcasmo. No pudo evitarlo, detestaba que le recordaran que era un ser inmortal. Yami apareció a su lado y abrazó su cuello, intentando tranquilizarla—. Lo siento, no fue mi intención.

—Todos sabemos que este estúpido no sabe hablar claramente, pero creo entender lo que trató de decirte —Len se dedicó a explicarlo—. Eres mucho más veloz ahora. Podrías recorrer toda la aldea en cuestión de minutos… Adelántate.

Anna notó que Evolet parecía contener una mueca de frustración, como si hubiera podido hacer algo al respecto y se estuviera regañando mentalmente por no haberlo hecho. Frunció el ceño. ¿Qué estaba pasando ahí?

—¿Están seguros de eso?

—Descuida… —la tranquilizó Lyserg con una sonrisa—. Nosotros estaremos bien. Ellos podrían necesitar ayuda.

No había logrado calmarse del todo al escuchar esas palabras, pero necesitaba estar completamente segura de que no les había pasado nada malo a sus hermanos mayores. Corrió lo más rápido que le permitía su nueva condición. Se habría emocionado de lo veloz que era, pero no era el momento para estar pensando en eso. Yami flotaba a unos metros de ella, ayudándola a buscar con la mirada al par de gemelos. Sin embargo, no encontraban nada… Sentía que recorría los mismos lugares cientos de veces, mas no encontraba ningún indicio de que sus hermanos hubiesen salido de la casa siquiera. No llevaba la cuenta de las vueltas que había dado por los alrededores del coliseo y cuando estaba a punto de darse por vencida, fue que se percató de algo.

Estaba un poco alejada del estadio, pero eso no impidió que alcanzara a ver un gran cubo de poder espiritual flotando cerca de la edificación. Las paredes de esa barrera eran enormes. Quien sea que estuviera canalizando su furyoku de esa manera debía ser un sujeto extremadamente poderoso. En cuestión de segundos, desaparecieron esas enormes paredes, permitiéndole ver lo que había en su interior. Se trataba de un par de personas que estaban gravemente heridas o eso era lo que ella presentía. Quería ayudarles, pero los gemelos eran su prioridad ahora… Razón por la cual se sintió culpable. Estuvo a punto de darse la vuelta y seguir recorriendo el lugar, de no ser porque logró distinguir a tres espíritus que le resultaron muy familiares.

—¡YOH! ¡HAO!

¡Maldición, maldición, maldición! ¡Esto no puede estar pasando!

Se dirigió hacia donde se encontraban sus hermanos y sintió que se le desgarraba el alma al verlos. Yoh y Hao yacían inconscientes en el suelo con sus ropas rasgadas y cubiertos de sangre.

—¡¿Qué diablos pasó aquí?! —quiso saber una alterada Kaoru. Amidamaru se le acercó poco a poco con un semblante triste—. Se supone que tenían que protegerlos, por algo son sus espíritus acompañantes. ¿Cómo pudieron permitir que esto pasara?

Tomó el cuerpo inerte de Yoh y lo abrazó contra su pecho, sintiendo que sus manos temblaban en el proceso. Tardó un par de segundos en darse cuenta que un par de lágrimas recorrían sus mejillas.

—No pudimos hacer nada para evitarlo… Fue muy extraño, no recuerdo qué fue lo que pasó exactamente. Sólo sentía que necesitaba estar al lado de su hermano, pero había una fuerza que me lo impedía. Hasta que, por fin, esa barrera desapareció y pudimos aparecernos al lado del amo Yoh y el joven Hao. Fue entonces que reparamos en que estaban muy heridos.

El Espíritu de la Tierra miraba culpable a su amo, pues no pudo hacer nada para evitar lo que había sucedido. A unos cuantos metros, el Espíritu del Fuego intentaba despertar a su propietario, sacudiéndolo con mucho cuidado, sin lograr nada. En ese momento, la menor de los Asakura notó las heridas en su pierna. Abrió los ojos enormemente cuando notó los feos moretones y abultamientos… ¡¿Le había fracturado la pierna?! ¡QUÉ MALDITO ENFERMO!

—Tenemos que sacarlos de aquí —sugirió Amidamaru, a la vez que giraba su cabeza para asegurarse que nadie más se acercara a esa zona—. Necesitan ver a un médico cuanto antes, o a este paso…

—Ni lo menciones —demandó Kaoru, acomodando al gemelo de cabellos cortos en su regazo. Se le puso la piel de gallina al percibir que respiraba débilmente, como si algo se lo impidiera. Lo revisó con cuidado, pues no quería lastimarlo más de lo que ya estaba. Llevó una mano al torso del muchacho y jadeó cuando sintió una protuberancia en dicho lugar—. ¡Maldita sea! Ese malnacido le rompió un par de costillas… Amidamaru, ve por mis padres. Ellos nos ayudarán a sacarlos de aquí.

—Cuente conmigo, señorita Kaoru.

El samurái desapareció de la zona. Estaba decidido a ayudar a salvar la vida de los hermanos.

—Anna ya habrá leído mi mente a estas alturas… Espíritu del Fuego, necesito que hagas alguna señal para que sepan en dónde estamos y se apresuren. Entre más seamos, mejor. Si esos desgraciados buscan darnos pelea otra vez, eso es lo que tendrán.

A continuación, el Espíritu del Fuego lanzó un par de llamaradas en el aire, las cuales podían verse a varios metros alrededor del sitio donde se encontraban. Esperaba que, con eso, sus amigos lograran ubicarlos y fueran en su ayuda. La gente empezó a salir de las casas, topándose con la espeluznante escena. Algunos gritaban, otros corrían para proteger a sus seres queridos y muchos la miraban con cierta furia y temor. ¿Acaso pensaban que ella era la culpable de que Yoh y Hao se encontraran en ese estado? ¿Cómo podía haberlos atacado, siendo su hermana? Claro, ahora era un vampiro. Sin embargo, eso no quería decir que atacaría a alguno de sus seres queridos a propósito. Al contrario, ella daría su vida por protegerlos… Esa gente no sabía absolutamente nada.

Un grito ahogado llamó su atención, sobresaltándola ligeramente. Sus padres por fin habían llegado, acompañados de Fausto y Amidamaru. Segundos después, Anna y los demás fueron aproximándose de igual manera. Su reacción fue la misma que la de Keiko.

—¿Qué pasó aquí? ¡¿QUIÉN ES EL RESPONSABLE DE ESTO?! —demandó una furiosa Keiko.

Tomó a Hao entre sus brazos. Sus ojos brillaban como si fuera a llorar en cualquier momento. Kaoru sabía que su madre hacía un increíble esfuerzo por contenerse. Sin embargo, dudaba que pudiera hacerlo por más tiempo.

—Tranquila, Keiko. No conseguiremos nada enojándonos…

—¿Cómo puedes pedirme que me calme, Mikihisa? Esos malditos han atacado a mis bebés. ¡OJALÁ Y ME LOS ENCUENTRE! DESEARÁN NO HABER NACIDO ESOS… —su querido esposo le tapó la boca antes de que armara un escándalo, sabiendo que podía ser peligroso que el clan de Darkar se diera cuenta que eran sus principales sospechosos.

Kaoru comprendía a su mamá, ella también estaba igual de molesta con esos vampiros de cuarta. Al ver que Mikihisa abrazaba a su sollozante madre, recordó que sus hermanos le habían dicho que su reacción fue igual cuando a ella la habían convertido. Su progenitora amaba demasiado a sus hijos, por lo que no dudaba que en ese momento se estuviera culpando por no haber podido proteger a los gemelos.

—Fausto, ¿crees que hay alguna forma de salvarlos? ¿Cómo ves esto?

—Han perdido demasiada sangre, además de tener un par de huesos destrozados. Yoh es el que más me preocupa, esas costillas rotas podrían complicar su estado de salud. No sé si una trasfusión de sangre y una cirugía bastarán para que sanen completamente —abrió los ojos a más no poder cuando vio un par de pequeños agujeros en los cuellos de ambos Asakura. Se acercó a Hao, viendo detenidamente las heridas en el proceso. Tocó la piel alrededor de las perforaciones, teniendo cuidado de no infectar las heridas—. Fueron mordidos.

—Ni siquiera ellos saben cómo pasó —informó Kaoru, haciendo un gesto con la cabeza para referirse a los espíritus acompañantes.

—No quiero dar malas noticias, pero hay algo mucho peor… —murmuró Fausto.

Se acercó más para comprobar que una sustancia casi transparente rodeaba las pequeñas perforaciones.

—Maldición, es ponzoña —Mikihisa tomó el cuerpo de su hijo mayor y lo colocó cuidadosamente en su espalda, siendo ayudado por su esposa—. Sobrevivirán al ataque, de eso no hay duda, pero renacerán como vampiros.

Todos se sorprendieron al escuchar las palabras del Asakura. Ocurrió lo que tanto temían y probablemente no existía nada que pudiera evitarlo.

—Tal vez la ponzoña no ha entrado a sus sistemas —supuso Keiko, después de haber tomado a su otro hijo en brazos. Revisó los diminutos agujeros en el cuello de Yoh, encontrando el mismo líquido alrededor de ellos—. Aún tenemos una posibilidad de que conserven su humanidad.

—Espero que tengas razón —suspiró Mikihisa, mientras intentaba acomodar al inconsciente Hao en su espalda—. Debemos irnos, para que Fausto pueda hacer su trabajo.

—Nosotros nos haremos cargo de las ratas que quieran acercarse —aseguró Len, formando su oversoul.

No pasaron más de cinco segundos para que los otros hicieran lo mismo.

—Chicos… —musitó una conmovida Kaoru.

—Tus padres no podrán luchar contra esas sanguijuelas… Sin ofender… —la menor de los Asakura se echó a reír ante las palabras del ainu—. No podrán pelear si están cargando a tus hermanos. Propongo que vayamos lo más rápido que podamos a la casa para evitar inconvenientes. Si nos toca pelear, Len, Lyserg, Anna, Fausto y yo iremos adelante. Chocolove, Kaoru, Evolet, Jun y los demás vigilarán desde atrás. Los padres de Len estarán atentos a los costados, así tendremos cubiertos todos los posibles lugares de ataque si hay alguna emboscada.

Kaoru asintió con firmeza.

—Vámonos. No hay tiempo que perder.

Dicho esto, cada uno se posicionó en el lugar que le correspondía y fueron rumbo a la casa que alquilaban. Como los progenitores de los Asakura no podían darse el lujo de avanzar tan despacio, los otros tenían que aumentar un poco su velocidad, sintiendo que se quedaban sin aliento. Aquello parecía más una forma de entrenamiento que una barrera defensiva humana.

Kaoru no podía dejar de pensar en que Kurozawa era el culpable. Era bastante obvio, pues el vampiro estaba obsesionado con ellos. Además, él ni siquiera se encontraba entre los espectadores cuando su equipo estaba luchando. Pensándolo bien, Darkar tenía muchos seguidores… Agh, odiaba todo eso. Odiaba a Darkar y a su séquito por haberles hecho esto a sus pobres hermanos. Levantó un poco la mirada para ver a su padre cargando con el cuerpo de Hao, quien estaba terriblemente pálido. A ella le habían explicado las propiedades de la ponzoña anteriormente, y no es que quisiera ser pesimista, pero no creía que hubiera alguna posibilidad de que siguieran siendo mortales. Después de todo, esos eran los planes de Darkar; aprovecharse de los poderes de los gemelos para seguir con sus planes de dominación mundial. Hablando de él… Le parecía extraño que ningún shaman o vampiro… o shaman-vampiro… se les acercara dispuesto a atacarlos. Pensaba que, tal vez, el mismo Darkar pudiera aparecer para llevarse los cuerpos de sus hermanos o algo por el estilo, pero nada de eso ocurrió y aquello no le daba buena espina. Estaba asustada por no saber lo que iba a pasar de ahora en adelante.

Cuando llegaron a la casa, Mikihisa y Keiko se apresuraron a ir en dirección a los calabozos, lugar que ella recordaba muy bien. Era un sitio muy frío, donde pasó la mayor parte del tiempo durmiendo o intentando controlar un poco su sed. Sólo podía recibir visitas si estas se mantenían fuera del cuarto y la observaban detrás de una pequeña ventana, donde sus vidas no peligrarían. Le entristecía mucho haber pasado alrededor de dos semanas en ese lugar y, al parecer, Yoh y Hao sufrirían el mismo destino.

—¿Es muy necesario tenerlos aquí si están desmayados? No podrían hacer nada en este estado —habló, a pesar de que ni ella misma creía en sus palabras—. Además, tampoco tienen la certeza de que se transformarán.

Mikihisa la vio con lástima, probablemente recordando lo que le había sucedido a su hija menor. Kaoru frunció el ceño ante ese gesto.

—Sabes que no tenemos elección, así como pasó contigo.

Kaoru vio cómo Fausto colocaba los cuerpos inertes de los gemelos en un par de camillas. Al lado izquierdo de estas había cuatro celdas, cuyos barrotes tenían un poder espiritual que harían daño a los ocupantes si las tocaban en un intento por salir. Keiko colocaba los futones para dos de las cuatro celdas, las cuales estaban una junto a la otra y donde lo más seguro era que dejarían reposar a sus hermanos luego de la intervención quirúrgica.

—Será mejor que salgan de aquí —Fausto les regaló una sonrisa amable que logró tranquilizar a los Asakura por un momento—. No quiero que después se sientan culpables si llegaran a perder el control al ver tanta sangre. Sanaré sus heridas, les doy seguridad de ello… Eliza, pásame los catéteres, primero haremos la trasfusión de sangre para evitar complicaciones durante la cirugía.

—Vamos, Kaos —su madre la tomó del brazo, cuidadosamente—. Sólo tienes que tener fe en Fausto. Él sabe lo que hace.

Salieron de la habitación y esperaron fuera de esta, junto a todos los amigos de los gemelos, por lo que pareció haber sido una eternidad. Varias horas después, el alemán salió del cuarto, mientras traía consigo las camillas vacías y era ayudado por su difunta amante, la cual tenía un cuerpo material que sólo le duraba unas horas, gracias al poder espiritual de Fausto.

—Tengo que admitir que no fue fácil, pero tranquilos. Ya están fuera de peligro —todos soltaron un suspiro de alivio. Keiko se escondió en el pecho de su esposo, quien le dio un abrazo reconfortante. Fausto sonrió dulcemente al verlos—. Lamento tener que arruinar su momento de felicidad. También hay malas noticias.

Todos tornaron el gesto inmediatamente.

—No comprendo. ¿Qué sucede?

—Acaso… ¿Hao perderá la movilidad de su pierna?

—¿Qué? No, nada de eso —se apresuró a decir el médico, nervioso por la pregunta que le había hecho Mikihisa—. Es sobre la ponzoña. Les realicé una prueba de sangre a ambos y, efectivamente, hay ponzoña en sus organismos. Es una cantidad pequeña, pero la suficiente para que renazcan como vampiros. Lo siento mucho.

—Espera un momento. No tengo muy en claro eso de la ponzoña —Horo-Horo lucía confundido, al igual que los demás—. ¿Podrías explicárnoslo?

—Pensábamos que la mordida de vampiro era suficiente para convertir a un ser humano en uno de ellos —confesó Manta, algo confundido.

—Bueno, tampoco es que sea un experto en el tema. Sólo he investigado un poco, lo necesario para poder llevar a cabo mi proyecto de alimentos artificiales —Fausto llevó una de sus manos hasta la nuca en un gesto de nerviosismo—, pero creo que puedo despejar sus dudas.

Todos escucharon atentamente cada una de las palabras del shaman.

—A ver… Antiguamente se creía, gracias a Hollywood, que la mordida de un vampiro bastaba para transformar a alguien en un neófito. Les adelantaré que todo eso es completamente falso… O, al menos, una gran parte. Nos hacían creer que cuando un vampiro se alimentaba de la sangre de un ser humano, provocaría cambios en su cuerpo que lo volverían en un ser igual que su atacante y es ahí en donde se equivocan. Los vampiros son capaces de segregar ponzoña, que es una sustancia venenosa que permite el acto de la transformación; el hecho de drenarle la sangre a una persona no tiene nada que ver en el proceso.

—Entonces si el atacante de Yoh y Hao sólo hubiera bebido de su sangre, ¿no se hubieran transformado? —preguntó Keiko, llevando una mano a su pecho.

—Así es, en ese caso no habría pasado nada. Seguirían siendo humanos. El error que cometió el atacante fue haber permitido que ese veneno ingresara a la yugular… A menos, claro, que todo esto de la ponzoña haya sido a propósito.

—¿Piensas que no sólo quería alimentarse de ellos? —quiso saber Mikihisa.

—Estoy casi seguro de que no era eso lo que buscaba.

—Darkar los quería para formar parte de su ejército —expresó una fría Kaoru, cruzando los brazos—. Sé que tuvo mucho que ver en esto.

—Sólo podemos esperar a que despierten para confirmar nuestras sospechas.

Luego de haber dicho esto, se marchó acompañado de su novia, dejando a los restantes en qué pensar. El mensaje de Fausto parecía estar grabado en sus cabezas.

A menos que todo esto de la ponzoña haya sido a propósito.


•❈•


Hao Asakura

Me sentía extraño… Como si mi cuerpo fuera más ligero. No supe cuánto tiempo estuve inconsciente, pero imaginé que fue por muchas horas. Mi cuerpo había estado sedado, pues aún lo sentía un poco entumecido. ¿Por qué me habían dormido con medicamentos? ¿Acaso intentaban evitar que sintiera algún tipo de dolor? Bueno, si ese era el objetivo, lo habían logrado. Me sentía perfectamente bien, sin dolor alguno. Ninguna extremidad de mi cuerpo me dolía, ni siquiera mi pierna.

Ni siquiera mi pierna…

Fue entonces cuando recordé lo que había pasado. Poco a poco los recuerdos regresaron a mi mente. Estábamos rumbo al estadio, para presenciar el encuentro entre Xtreme Fatality y el otro equipo cuyo nombre no recordaba en ese instante. Casi lográbamos llegar a nuestro destino a tiempo, de no ser por la interrupción de Kurozawa… Qué extraño, pues recordaba tener un inmenso dolor en la pierna debido a que me la habían fracturado. A lo mejor y Fausto encontró alguna manera de arreglar ese problema. Abrí los ojos con un poco de pesar, sorprendiéndome por el sitio en el que me encontraba.

Parecía una especie de celda. Frente a mí, había unos travesaños con unas extrañas inscripciones en una lengua que desconocía. Toqué las paredes, que parecían estar hechas de un material lo suficientemente resistente como para evitar escapes. Era una mazmorra extraña, tenía que admitirlo. Sólo dos muros estaban construidos con un material parecido al concreto. La pared de la entrada y la que dividía mi celda con la siguiente eran puros barrotes. Cuando avancé para tocar la pared, me percaté de que todo estaba mal.

Mis manos estaban increíblemente pálidas. ¿Por qué demonios veía mi tez mucho menos bronceada de lo normal? En su lugar, tenía ese color enfermizo… De pronto, sentí que algo largo y suave me rozaba por debajo de los codos. Llevé una mano a las puntas de mi cabello, sorprendido. ¿Cómo era posible que hubiera crecido unos cuantos centímetros de la noche a la mañana? Eso no era normal. Tampoco era normal que los cardenales que debían estar en mi piel, debido a los golpes propinados por el vampiro de ojos color sangre, no estuvieran. Había recibido un montón de golpes en ese momento. ¡¿Qué rayos estaba pasando?!

No tuve que esperar mucho tiempo para encontrar una contestación. En el piso había un charco de agua que reveló las respuestas a mis dudas. Observé detenidamente mi propio reflejo. Toda mi piel ahora tenía un tono pálido. A simple vista, eso era lo único que había cambiado, sin incluir la ausencia de moretones y el largor de mi cabello. Lo demás parecía conservarse; ojos marrones profundos, cabellera castaña, peso normal, pero… ¿Cómo podía estar seguro de la estatura? A pesar de estar sentado, analizaba la posibilidad de haber crecido un par de centímetros, lo cual era un horror a mi parecer, pues no me gustaba ser tan alto a causa de las odiosas bromas de mi hermana. Esto es extraño, me decía a mí mismo. ¿Realmente podía asegurar ser el mismo de siempre? Por inercia, llevé los dedos a mis labios, donde venía sintiendo un pequeño dolor punzante y noté que los caninos me habían crecido de tal manera que abultaban un poco mis encías, causando ese dolor.

—Veo que ya despertaste, hijo.

Keiko entró con cierto sigilo y noté que traía un cambio de ropa en las manos. Seguramente era por lo arruinadas que habían quedado las mías. Junto a ella, venían Mikihisa y Kaoru, que lucían igual de angustiados. Fruncí el ceño, molesto por todo lo que estaba pasando.

—¿En dónde está Yoh? —quise saber, sin dejar de torcer el gesto.

Por dentro, me moría de la preocupación por no saber nada sobre el estado de mi hermano. No tuvieron necesidad de responder a mi pregunta. Yoh estaba en la celda contigua a la mía, justo a unos metros. Podía observarlo gracias a los barrotes que conformaban la separación entre ambos espacios. Mi gemelo aún seguía recostado en su futón en un estado de inconsciencia.

—Así que ahora somos vampiros —murmuré, intentando aceptar la realidad que nos tocaría vivir, pero todo fue en vano. Por más que tratara de convencerme que podía seguir siendo yo mismo, no lo lograba—. Maldita sea.

—Hao…

—Basta, Kaoru. No intentes hacer que me calme porque no quiero hacerlo —mascullé, notando que mi hermana temblaba ligeramente por mi tono de voz.

—Sé cómo te sientes —empezó Mikihisa—. Después de todo, nosotros también pasamos por lo mismo…

Hizo una breve pausa al escuchar movimiento en la celda que estaba a la par; al parecer, Yoh estaba despertando. Abrió los ojos lentamente para darse cuenta que todos lo mirábamos con detenimiento. Parpadeó confundido, pues toda la familia estaba reunida en un mismo cuarto. Jamás olvidaré su expresión de horror al verme. Estaba demasiado asustado… Me sorprendía no haber reaccionado de la misma manera que él. Aún seguía impresionado, claro, aunque ahora ese sentimiento había sido remplazado casi en su totalidad por el nerviosismo y el enojo. Enojo hacia Kurozawa, por ser el maldito que nos había transformado en esto.

—¡Te han convertido!

—Y a ti también —resoplé, entretanto pensaba en mil maneras de acabar con el maldito ese.

—¿Qué? —se mostró sorprendido ante tal declaración. En ese momento se percató de las pequeñas diferencias en su cuerpo. Sonreí amargamente al verlo. Todo eso había pasado porque era débil. Como hermano mayor, tuve que haberlo protegido y evitar, de algún modo, que pasáramos por eso—. Sé lo que estás pensando… —noté la intención en sus palabras. Quería tranquilizarnos, tanto a él mismo como a mí—. Esto no es tu culpa.

—Claro que es mi culpa, todo esto pasó por pretender que era alguien fuerte. No quería aceptar que ese maniático era más poderoso que nosotros.

—No podíamos hacer nada…

—¡Claro que podíamos! —di un golpe contra la pared trasera, a la cual no le pasó absolutamente nada. Mis padres habían pensado en todo al construir esa habitación-cárcel, pues con ese golpe pude haberle abierto un hoyo al muro—. Si tan sólo hubiera incrementado más mi furyoku, pero me equivoqué al confiarme. Te juro que voy a acabar con él por habernos hecho esto, Yoh.

—No hablas en serio, ¿o sí? —preguntó, sabiendo que no estaba bromeando.

—¿Crees que estaría jugando con un tema tan delicado? Cuando lo vea, lo mato. No es broma. El día que logre salir de aquí y me lo encuentre, deseará no haber nacido… ¡LE ARRANCARÉ SU MUGROSA Y DIMINUTA ALMA Y SE LA DARÉ COMO ALIMENTO AL ESPÍRITU DEL FUEGO! ¡NADIE SE METE CON HAO ASAKURA Y VIVE PARA CONTARLO!

—Tranquilo, Hao —intentó calmarme mi hermana y como era de esperarse, no obtuvo el resultado que deseaba.

Debía admitirlo, en ese momento no estaba en mis cabales. Mi hermano se acercó un poco al muro que nos dividía para decirme algo, palabras de consolación supongo, pero se vio interrumpido en el acto cuando escuchó un gruñido feroz… parecido al de un animal salvaje. Todos abrieron los ojos como platos al escuchar aquel terrible ruido. Tardé unos segundos en darme cuenta que ese sonido provenía de mi propia garganta. Lo único que quería hacer era lanzarme hacia él para atacarlo y lo hice… O intenté hacerlo, de no ser por la "minúscula" defensa que le habían colocado a los barrotes que nos separaban. No contaba con que estos se activarían.

Las inscripciones lanzaron destellos dorados, mientras las letras comenzaban a cambiar de lugar. Las desconocidas palabras se separaban y adquirían otro significado en un par de segundos. Una luz cegadora me impidió seguir viendo… En ese instante, sentí un inmenso escozor en las palmas de mis manos. Entre gemidos, comencé a frotar mis palmas contra el futón en un intento por desaparecer esa horrible sensación. Si se suponía que no estaba vivo, ¿cómo era posible que me estuviera ardiendo hasta el alma el ataque que, indirectamente, me habían lanzado mis padres?

—P-perdóname, Yoh. Soy un puto monstruo —confesé, pues esa era la realidad.

Ahora era un monstruo devora-personas.

—Entiendo que estés enojado, Hao —continuó Mikihisa, interrumpiendo la conversación que tenía con mi gemelo. Por un segundo, olvidé que ellos también estaban en el mismo lugar que nosotros—. Sin embargo, no lograrás nada poniéndote así, y antes de que empiecen a reclamarme que no había necesidad de tenerlos a los dos en este cuarto, les voy a explicar todo lo que tienen que saber sobre su nueva condición vampírica.

—Genial —comenté, desganado.

No podía dejar de sentirme culpable. De no ser por mis padres y su idea de construir este lugar, le habría arrancado la garganta a mi hermano.

—Bueno… Creo que ya han notado que los barrotes de su celda tienen un poder espiritual, así que me ahorraré esa explicación. Sus cuerpos han sufrido nuevos cambios para poder adaptarse a las nuevas necesidades que tienen ahora que son vampiros. Por ejemplo, ya no será tan fácil que los hieran. El cuerpo de un ser inmortal es mucho más resistente que el de cualquier persona.

Dudé un momento en revelar el nombre de nuestro atacante. No quería que ellos se encargaran de hacérselo pagar. Yo anhelaba tener el honor de arrebatarle la vida con mis propias manos, si es que podía considerarse que estaba vivo.

—Nuestro atacante bebió de nuestra sangre y mencionó algo sobre que no creía que fuéramos a sobrevivir a la agresión que nos hizo, a pesar de que había liberado un poco de ponzoña… ¿Qué es la ponzoña?

No entendía cómo habíamos resistido al ataque de Kurozawa. Considerando el estado en que nos dejó, las posibilidades de supervivencia eran mínimas. Observé mis manos por un momento. El ardor había desaparecido casi por completo, pero las inscripciones que estaban en los barrotes de metal aún seguían grabadas en las palmas de mis manos.

—Es la sustancia encargada de transformar a alguien en un vampiro.

—Eso quiere decir que, si un vampiro se acerca sólo a beber de la sangre de un ser humano, sin liberar el dichoso veneno, ¿no lo transformaría? —inquirió Yoh.

—Si fuera así, esta aldea estaría abarrotada de vampiros… Creo que ni siquiera el diez por ciento de los shamanes que están aquí seguirían conservando su humanidad —hizo una breve pausa, esperando alguna clase de interrupción por parte de nosotros. Al ver que no íbamos a hacer ninguna pregunta, retomó la palabra—. En cuanto a la sed… No podrán vivir sin beber sangre. Ese será su alimento a partir de ahora. Si queremos evitar que esta plaga, o como quieran llamarla, siga propagándose, los vampiros de esta aldea deben alimentarse únicamente de sangre animal.

—¿…Sangre?

Tan sólo mencionar aquel líquido carmesí, hizo que me invadiera un intenso picor en la garganta. No me habría dado cuenta del ligero ardor que sentía si Miki no hubiera mencionado esa palabra que, anteriormente, no hubiera provocado ninguna reacción en mí. Sangre… Tenía mucha sed. Sentí como si estuviera tragando fuego o algo parecido, pues mi garganta ardía terriblemente. Repugnante.

—Por el momento, se han agotado las reservas de sangre animal que había en la aldea. Goldva mencionó algo acerca de traer más animales y ubicarlos en el bosque que está cerca de aquí, para que todos podamos abastecernos.

—Fausto tiene unas cuantas bolsas de sangre humana que consiguió gracias a la ayuda que a veces brinda al pequeño hospital que manejan los apaches. No obstante, no podemos permitir que beban de ellas, al menos no en el estado en que se encuentran ahora. Son neófitos y no tienen control alguno sobre su sed por la sangre. Si la beben, podría generarles una seria adicción y ahí sí habría problemas —explicó Keiko, dejándome percibir el nerviosismo en sus palabras.

—¿Y? Siempre veo a Kaoru bebiendo de esas bolsas con toda la tranquilidad del mundo.

—Ella ya superó su etapa de neófita. Generalmente dura alrededor de dos o tres semanas. Luego de ello, los vampiros ya tienen un poco más de control sobre sus acciones: la sed, su fuerza, los poderes que adquieren por haberse convertido… si es que se presenta alguno —prosiguió mi padre.

—También recuerdo haberla visto durmiendo durante el día, cuando ya no se encontraba encerrada aquí —comentó Yoh, burlón—. Tenía todas las ventanas de su cuarto cerradas con las cortinas cubriéndolas. Parecía un oso hibernando.

—¡Oye, estoy aquí! —exclamó un poco enojada.

Yoh le sacó la lengua, acción que fue devuelta a los pocos segundos.

—Se supone que los vampiros no duermen de noche. Ustedes no lo hacen.

—De hecho, sí que lo hacemos —Keiko nos sonrió levemente. Me sentí un poco estúpido. Todo este tiempo pensé que mis padres no dormían para nada—. Una vez que acabe su etapa de neófitos podrán controlar su reloj biológico, de manera que logren dormir de noche, como cuando eran mortales.

—Así es, los que han sido transformados en vampiros recientemente necesitan dormir de día. Su cuerpo se los pide, aunque ya no tenga los mismos beneficios que tenía cuando aún estaban vivos. Aunque intenten mantenerse despiertos, no lo lograrán… Despertarán cuando el sol se oculte y empezarán a sentir sueño cuando este aparezca. Lo bueno de eso, es que así no tendrán ganas de salir durante el día.

—¿Qué hay de malo con salir durante el día? —pregunté, extrañado por lo que había dicho mi padre.

—Digamos que, si los fuertes rayos del sol hacen contacto con su piel, sentirán como si estuvieran ardiendo en el mismo infierno…

—¡Mikihisa! —reclamó mi madre.

—¿Qué? Necesitaba hacer una comparación para que lo entendieran —se defendió, riendo un poco—. Se presentará un ardor que los dejará vulnerables y podría causar severos daños en la piel si se exponen por mucho tiempo bajo el sol. Luego de las dos o tres semanas de haberse adaptado a su nuevo estado, tendrán una tolerancia de hasta dos horas. Como ahora es peligroso, las ventanas que ven aquí están cubiertas con enormes y pesadas cortinas. La luz del sol entrará con menor intensidad, para que no les haga daño. Recuerden que ya estamos en pleno setiembre, y los rayos del verano son fuertes.

—¿Cuántos días tendremos que estar aquí? —solté la pregunta, aunque ya imaginaba la respuesta—. No serán las tres semanas, ¿verdad?

—No lo creo —intervino Keiko—. Antes veremos cómo responden en los primeros diez días. Dependiendo de eso, decidiremos si tienen que permanecer más días aquí o si ya pueden salir al mundo exterior.

El sonido de la puerta abriéndose hizo que tanto Yoh como yo nos pusiéramos en alerta. Alguien cometió el error de querer entrar.

Unos mechones de cabello rosa se asomaron por la puerta y enseguida vimos que Tamao hacía acto de presencia. Por sus ojos curiosos, supuse que estaba buscando a alguien. Pensé que les habían dicho a los demás que por nada del mundo se nos acercaran, pues nos habían advertido lo mismo cuando Kaoru era neófita. Pude escuchar las voces de los que se encontraban en la primera planta. El viento se encargó de permitir la entrada a ese dulce aroma que despedían, tentándonos. ¿Por qué ese olor era tan embriagante? Era como si se tratase de algún tipo de hipnótico. Sentí que mis colmillos se asomaban entre mis labios, al igual que mi sed incrementaba. La quemazón en mi faringe se hacía más fuerte, siendo cada vez más difícil de ignorar.

—¿Otra vez aquí, Tamao? ¡Cierra la puerta y vete! —exclamó una asustada Kaoru, haciéndole señas con la mano.

No hacía falta explicar lo que ocurrió, pues la escena volvió a repetirse. Quisimos lanzarnos hacia ese delicioso aroma y acabamos impactando contra los barrotes. El ardor ahora se concentraba en una parte de mi pecho. A mi lado, Yoh se encontraba en las mismas condiciones.

—Se supone que estamos muertos. ¿Por qué sentimos este dolor? —cuestionó Yoh con dificultad, después de una breve pausa.

—Bueno, no están del todo muertos… Ni del todo vivos —corrigió Mikihisa, luego de asegurarse que la puerta estuviera bien cerrada de nuevo—. La verdad, ni siquiera nosotros podemos responder a esa pregunta —quise darme un golpe contra los súper barrotes, pero recordé que no soportaría la quemazón y se me quitaron las ganas de hacerlo—. A ciencia cierta, no sabemos por qué podemos tener esa sensación. Silver y Kalim pudieron brindarnos un poco de su furyoku para crear la defensa… pero es posible que contenga algo de la esencia de los Grandes Espíritus, lo cual suena un poco lógico. ¿Alguna otra pregunta?

—Supongo que nuestra audición y visión se han agudizado. Ahora puedo ver todo como si estuviera en HD… No lo sé, esto me asusta. ¿Cómo es posible que logremos distinguir las cosas si ya casi se ha ocultado el sol por completo? Antes no hubiéramos podido hacerlo.

—Sorprendidos, ¿verdad? —Kaoru sonrió, dejándome ver las puntas de sus blanquecinos colmillos. Era increíble que pudiera percibir hasta el más mínimo de los detalles ahora—. Muero por ver su combate cuando ya puedan volver a pelear en el torneo.

¿…El torneo? Demonios, lo había olvidado por completo. ¡Nos descalificarán!

LOS ODIO A TODOS. ¡KUROZAWA, DATE POR MUERTO!

—¿Nos van a descalificar? —inquirió mi preocupado gemelo, exteriorizando la pregunta que, en ese instante, me tenía intranquilo.

—No lo creo. Yo no tuve ninguna pelea cuando estaba en esa etapa de neófita. ¿No lo recuerdan? —Kaoru sonrió tranquilamente—. Dudo que no tengan la misma consideración con ustedes. Además, lo quieran o no, son como la atracción turística de este lugar —rio suavemente al decir aquello—. Vamos, saben que tengo la razón. Cuando ustedes pelean, el coliseo casi revienta de tanta gente que va a verlos.

—No creo que Goldva quiera perderse la oportunidad de recolectar dinero con los bocadillos y demás cosas que vendan a los que van a ver sus enfrentamientos —comentó un divertido Mikihisa.

—¿No se supone que son los Grandes Espíritus los que deciden qué equipos pelean y todo eso?

—Aunque no lo crean, ellos son justos. Si tuvieron consideración con Kaoru, también la tendrán con ustedes.

Estuvimos hablando un rato más hasta que decidieron dejarnos solos, pues dijeron que necesitábamos descansar un poco. ¿Descansar de qué? ¿De estar inconscientes dos días enteros? Me acurruqué en el futón y me tapé con las tibias sábanas, aunque ya no era necesario utilizarlas. Actualmente el clima era caluroso… y, aunque no fuera así, este ya no volvería a afectarme nunca más por mi nueva naturaleza inmortal. Por el rabillo del ojo, observé cada uno de los movimientos que realizaba mi gemelo. Se abrazaba a sí mismo, tratando de olvidar aquel delicioso aroma que había entrado a la habitación hace unos momentos. Al igual que yo, él no lucía como si estuviera sintiendo la intensa quemazón en sus manos. Podía observar unas finas líneas blancas en las palmas de estas, pero yo sabía muy bien que aquellas representaban un extraño conjuro en un idioma totalmente misterioso; ninguno de nosotros lo conocía.

—Esto es una locura —confesó Yoh. Levantó la mirada, viéndome con asombro—. ¡Tu cabello está más largo! Creo que antes lo tenías hasta la espalda baja, ahora se ve como que tiene cinco o seis centímetros más.

—¿En serio? —me aterré de tan sólo pensar el tiempo que tomaría lavármelo. Por tenerlo largo, siempre me lo lavaba con mucho cuidado, tomándome el tiempo necesario para hacerlo… Ahora sería mil veces peor—. Bueno, si se ve más hermoso que antes, lo dejaré así, sin importar el sufrimiento que pasaré por cuidar de él.

—Lo tratas como si fuera un ser viviente —comentó mi hermanito con diversión.

—Ahora que me doy cuenta, a ti también te ha crecido… No te queda mal, debes admitir que esos auriculares no se te veían tan bien que digamos.

—No digas eso, Yohmei me los regaló cuando tenía seis años. Eran valiosos para mí —aclaró, un poco triste—. Creo que antes apenas y me rozaba el cuello. ¿Qué tan largo lo tengo ahora?

—Lo tienes por debajo de los hombros, tal vez.

—Tendré que cortármelo.

—No lo hagas, no se te ve mal…

—Lo sé, pero será incómodo. Sé que así será… —admitió, echándose a reír—. ¡Qué conversación tan rara!

—Pues acostúmbrate, estaremos aquí por muchos días sin hacer absolutamente nada… Salvo morir de la sed.

Ninguno de los dos volvió a pronunciar una sola palabra. Entendía lo que Yoh estaba pensando, pues no había necesidad de utilizar mi Reishi con él. También tenía miedo de morir… Morir de verdad por la falta de sangre que se había extendido por toda la aldea. Ahora que lo pensaba, ¿era mejor morir que vivir como una sanguijuela por el resto de mi vida? No lo sabía y hasta cierto punto, esa solución se veía tentadora, pero no me atrevería a dejar a mi familia como si nada, así dolida por mi pérdida. Ni modo, tendría que aguantar un par de horas más para ver los resultados.

…O días…

Solamente esperaba que la sed no acabara conmigo antes de que mis padres volvieran.


•❈•


En un lugar alejado de la casa que alquilaban los Asakura y compañía, se encontraba un hombre de cabellos violetas, contemplando el enorme y elegante reloj que estaba frente a él, como si quisiera destruirlo. Eran cerca de las once de la noche y esa sabandija aún no aparecía. Deseaba tanto verlo, así podría desquitarse de una vez por todas. Merecía el peor de los castigos por haberlo desobedecido. Ya sabía que era un tanto rebelde, pero eso no le había importado en lo más mínimo cuando lo reclutó. No le interesaba su actitud, pues sabía que él era muy poderoso. No cualquier shaman tenía la habilidad de crear muros que absorbieran el poder espiritual de los demás. Así es, Kurozawa era uno de los shamanes más fuertes de todo Japón. Era por eso que había llamado su atención. Cuando se enteró de sus poderes, no dudó en convertirlo. Sin embargo, jamás pensó que fuera a hacer algo tan estúpido como lo que hizo dos días atrás. En especial, cuando le había dicho que no lo hiciera.

—Buenas noches, amo Darkar —¡Ah! Por fin se dignaba en aparecer. Darkar sonrió con sorna al ver que el vampiro se acercaba a él, sigilosamente—. No se hubiera molestado en esperarme, me entretuve buscando a alguien para…

—La excusa del día, cómo olvidarlo —Darkar lo interrumpió, echándose a reír—. Me encantaría que me pagaran por cada vez que escucho eso en esta casa. Tendría más riquezas de las que ya tengo.

—¿Qué se le ofrece, mi señor? Normalmente está disfrutando de su lectura a esta hora o investigando a los shamanes más poderosos que están compitiendo en este tonto torneo.

—Es curioso que pienses así, cuando fui yo quien te ordenó competir en él —sonrió macabramente—. Todo es parte de mi plan, pero… Dejémonos de rodeos, iré al punto. Recuerdas lo que te ordené estrictamente hace unos días, ¿verdad? Que por nada del mundo te fueras a acercar a los Asakura. Tenías prohibido alimentarte de su sangre hasta casi matarlos y esa prohibición también incluía el hecho de convertirlos… ¡¿EN QUÉ DIABLOS ESTABAS PENSANDO, IDIOTA?!

—P-pero amo, usted quería que fueran vampiros de todos modos. También era parte de su plan.

—Aún no era el momento. ¿Qué parte no entendiste? ¿Nadie en esta residencia entiende que todo está fríamente calculado? —odiaba tener que explicárselo como si fuera un niño de tres años—. Necesitaba un poco más de tiempo.

—…Lo siento mucho.

—Oh, claro que lo sentirás. ¿Sabes qué les pasa a los que osan desobedecerme? Ahora que lo recuerdo, tú nunca habías sufrido ese destino: estar amarrado a una silla por horas, mientras alguien te hiere las manos y pies con instrumentos de tortura que contienen adytheranian. Debo admitir que jamás pensé que recibirías ese castigo. Hablé muy pronto, supongo.

Chasqueó los dedos fuertemente, invocando a sus seguidores. Un vampiro que usaba una máscara sonriente para cubrir su rostro lo sostuvo fuertemente de un lado, mientras que el otro brazo era sujetado por un vampiro de cabello estilo militar y cuerpo musculoso. Jeanne rio quedamente al entender lo que estaba pasando en ese momento.

—Así que la ratita no pudo aguantarse más, ¿eh? —se burló ella—. Pobre e indefensa ratita, no se imagina lo doloroso que será estar en esa ratonera, sufriendo como nunca antes.

Ayato Kurozawa apretó los dientes, aguantando las ganas de abalanzarse sobre la vampiresa que tenía su mismo color de ojos.

—Por lo menos yo admito que soy un maldito, y no ando fingiendo ser alguien que no soy por todo este puto pueblo. No finjo ser una entidad santa que viene a salvar el mundo.

—¡Eres un maldito!

—Lo sé. ¿No es eso lo que acabo de decir? —se burló el vampiro.

Permitió que lo arrastraran en la oscuridad, guiándolo hacia el cuarto de torturas. Darkar los seguía muy de cerca, pues no quería perderse de nada. Jeanne y los demás avanzaron por esos peculiares pasillos, los cuales estaban adornados con decoraciones que lucían muy costosas. Por supuesto, si allá en Japón estaban habitando una casa con muchos lujos, tenía que ser igual en ese asqueroso pueblito. Al llegar al final del pasillo, la subordinada abrió una puerta que se mimetizaba con la elegante pared… sólo para dar paso a una verdadera mazmorra de horror. Finalmente, llegaron al piso donde estaban los calabozos. Había muchísimos shamanes y neófitos encerrados ahí dentro. Observó, por el rabillo del ojo, que obligaron a Kurozawa a entrar en una de esas celdas.

Mientras los demás se encargaban de prepararlo todo, el vampiro líder desvió momentáneamente la mirada para fijarse en la celda más próxima a la de Kurozawa. Allí yacía un cuerpo inerte, que se encontraba tirado sobre el frío piso. Tenía un enorme tajo cerca de su estómago, por el que habían salido los intestinos; esos órganos vitales que estaban esparcidos a su alrededor. Sonrió burlonamente al verlo. Se trataba de un shaman que no había querido colaborar con él, cuando necesitó una donación 'voluntaria' de sangre. Darkar no había dudado en sacarle las tripas ante la negativa del hombre.

Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando oyó unos fuertes golpes. Notó que el escándalo venía de la última celda al fondo del pasillo, una que estaba reforzada y cuya puerta de metal era especial. Se sorprendió un poco, pues había olvidado, por un momento, la existencia de la persona que se encontraba encerrada allí. Caminó lentamente hasta la celda y notó ese pequeño cartel que había ordenado poner unos días después de que la celda fuera ocupada. En ella podía observarse una frase corta, pero muy explícita: "Prohibido el paso". Acercó su rostro a una pequeña ventanilla que se encontraba en la parte superior de la puerta. La oscuridad parecía engullirlo todo, a excepción de unos hermosos ojos magentas. Tuvo la necesidad de hacerse para atrás cuando la prisionera se abalanzó contra el portón metálico. Se echó a reír al verse tomado por sorpresa. Oyó que la persona que se encontraba dentro soltaba gruñidos, gritos y rugidos muy fuertes, mientras golpeaba y rasguñaba la puerta con todas sus fuerzas.

—Tranquila, querida —dijo él, entre risas—. Aún no es tiempo de salir.

No importaba que no pudiera verla; él recordaba a la perfección cada una de sus facciones y cómo olvidarla, si él mismo había halagado lo hermosa que era la primera vez que la vio. Tampoco sabía por qué, pero sentía que ya había conocido a alguien con características similares. No obstante, por más que lo intentara, no podía recordar de quién se trataba. Se encogió de hombros, intentando restarle importancia al asunto. Tenía otras cosas más importantes que hacer, por lo que entró a la celda de Kurozawa, quien gritaba adolorido. Por supuesto que era más importante encargarse él mismo de la tortura de su aliado.


•❈•


Esa quemazón que sentía en la garganta desde que desperté se había intensificado a tal punto que ni siquiera me dejaba conciliar el sueño. Estaba intentando dormir, pero no estaba logrando descansar. Fue entonces cuando oí que abrían la puerta del calabozo con lentitud, como si estuvieran accediendo a escondidas. No quise abrir los ojos, porque todavía me sentía adormilado. Quería que me dejaran en paz, necesitaba dormir. Mi cuerpo me lo pedía.

—Hao —me llamó esa dulce voz que conocía tan bien.

Por favor, no…

Abrí los ojos con lentitud y alcé la cabeza, sorprendido de ver a Evolet a unos cuantos pasos de mí. Estaba arrodillada frente a la puerta de mi celda, viéndome un poco aliviada a través de los barrotes. Al lado, Anna estaba frente a la prisión de Yoh, quien parecía dormir profundamente. Escuché que lo llamaba, a la vez que abría una bolsa negra de dudoso contenido.

—¿Qué hacen? Es peligroso que estén aquí.

Me cubrí la nariz cuando empezó a invadirme ese delicioso aroma. Ese dulce olor que una parte de mí detestaba, pero la otra se moría por probar.

—Lo siento… —se disculpó la protegida de mi abuelo, sosteniendo dos barrotes con las manos. Qué extraño, supuse entonces que el poder espiritual sólo actuaba contra el mismo prisionero—. Tuvimos que entrar a escondidas para verlos, estábamos preocupadas. ¿Cómo estás? ¿Tu pierna…?

—No te preocupes, Fausto ha hecho un gran trabajo —me las arreglé para contestarle como pude. Su aroma estaba causando estragos en mí—. Tienen que salir. Nuestros padres no tardarán en bajar…

—Tus padres no están. Han salido a buscar alguna fuente animal para que ustedes puedan alimentarse, dada la escasez de sangre —me miró, preocupada—. No creo que puedan estar así por más tiempo. Necesitan alimentarse.

Era verdad, me sentía horrible. Tenía una jaqueca espantosa, cosa que me sorprendía, pues no tendría que sentir esos dolores, ya que no estaba del todo vivo. Mi garganta también ardía, sentía que me quemaba por dentro. Necesitaba sangre, aunque no lo admitiera.

—No puedo verte sufriendo así… Quiero ayudarte —temí que continuara con esa oración. La vi sonrojarse levemente, avergonzada—. Puedes beber de mi sangre, si quieres. Te calmará por un momento…

—¡No! ¡De ninguna manera, Evolet! —exclamé, pasándome las manos por el cabello en un gesto de desesperación—. ¡Es peligroso! ¡Podría convertirte a ti también! ¡Vete, por favor! —le pedí, intentando mantener la cordura. Sentía que la demencia se apoderaba lentamente de mí.

Evolet me sonrió con ternura.

—Descuida… La ponzoña no está bien desarrollada en un neófito. No hay peligro de que me transformes, Hao.

—Y puedo matarte. ¿No lo entiendes?

Vi que Anna invocaba a un espíritu que pasó a través de la cerradura de la celda de mi gemelo, pudiendo así abrir la puerta sin ningún problema. La itako miró a su mejor amiga.

—Lo siento, pero viendo el estado en el que está y por tu bien, no abriré su jaula —supuse que se refería a mí, así que agradecí ese pequeño gesto.

La vi asentir, y luego metió la mano en el bolsillo trasero de sus jeans. Me puse un poco nervioso al verla sacar un objeto cortopunzante. Metió ambas manos a través de los barrotes y la vi cortarse la muñeca. Al instante, una gran cantidad de sangre comenzó a brotar, hipnotizándome. Me encogí en mi futón, deseando mantener controladas mis acciones. Estaba enloqueciendo por el intenso olor.

—Vamos, bebe. Te sentirás mejor.

No noté que había dejado de presionar mi nariz. Observé con deseo la sangre que resbalaba por su muñeca. Me relamí los labios y me acerqué tan rápido que Evolet pareció sorprenderse por eso. Sujeté con fuerza su brazo y lo atraje hacia mí. Debió dolerle, por supuesto, pero ningún sonido salió de su boca. Rocé mis labios contra la herida, sintiendo que el líquido carmesí se pegaba a ellos. Lo saboreé, dándome cuenta que era mucho más delicioso de lo que pensaba. Ese sabor metálico me encantó, pero su sangre tenía algo más que me revitalizaba. Sentía que, poco a poco, las fuerzas regresaban a mi cuerpo. Nunca había probado algo tan delicioso. Cerré los ojos, disfrutando de tener el placer de calmar mi sed y de compartir una unión tan íntima con ella.

—H-Hao… —oí el débil murmullo, pero ni siquiera eso pudo detenerme.

Bebía y bebía, sin darme cuenta que Evolet estaba perdiendo fuerzas. Horas más tarde, me sentiría terriblemente culpable por lo que estaba haciendo.

—¡Suéltala, Hao! ¡Vas a matarla!

No hice caso a las palabras de mi cuñada, ya que lo único que quería era aplacar mi sed. Oí un estrepito en la celda de al lado, por lo que supuse que Anna había cerrado de golpe la puerta de la celda de Yoh. También oí que mi hermano menor intentaba hablarme para que volviera a mis sentidos y soltara a Evolet. Entonces, sentí que una fuerza invisible me lanzaba lejos. Pude sentir, por tercera vez, que era aturdido por las descargas que liberaban los barrotes. Esa magia antigua me estaba quemando la espalda.

Lo último que vi, fue a Evolet caer desmayada en brazos de Anna, mientras ella intentaba detener la hemorragia de su brazo. Luego de eso, perdí la consciencia.


•❈•


¡Hola! ^^

Bueno, los gemelos se convirtieron… Era un poco obvio que eso pasaría, ¿no? xD ¿Qué les pareció?

A partir de este capi, comprenderán por qué el fic se llama "Pesadillas de un vampiro". Yoh y Hao pasarán por muchas cosas y todo por culpa de los villanos de esta historia. No haré ningún spoiler, más adelante sabrán a lo que me refiero.

Muchas gracias por leerme. Si tienen alguna duda, sugerencia o comentario, pueden dejarme un lindo review. Ya saben que los leo encantada n.n

¡Nos vemos! ^^