Disclaimer: Shaman King y sus personajes no me pertenecen. Son del gran Hiroyuki Takei. Tampoco son de mi autoría algunos lugares, canciones y/o marcas que aparecen aquí. Sólo la trama, personajes propios y lugares ficticios son invenciones mías. Gracias a Sabr1 por prestarme a su OC (Evolet).
Advertencias: lenguaje soez, gore (leve o moderado), y algunos pensamientos obscenos (Rated T).
Género: General. Tiene un poco de todo.
Pensamientos, comunicación por telepatía, recuerdos, sueños.
15
Lazos rotos
Hao Asakura
Mi mente no hacía más que repetir la escena de nuestra última pelea una y otra vez. Estaba preocupado, en cierta forma. Normalmente no solía importarme lo que los demás pensaran. Sin embargo, debía admitir que la opinión de mi familia y amigos sí que la tenía muy en cuenta. Durante esa pelea contra Kurozawa, cuando vi sus rostros de horror… Me sentí un poco mal. Era verdad que tenía toda la intención de asesinar a ese vampiro, por lo que nos había hecho a Yoh y a mí. En incontables ocasiones recalqué que, de tener la oportunidad, no dudaría en hacerlo. No obstante, y conociéndome, a lo mejor sólo lo hubiera dejado muy golpeado o malherido por alguna lesión de la que no pudiera recuperarse tan fácilmente. ¿Qué fue lo que hice? Lo maté sin siquiera dudarlo, pero eso no me había bastado. Lo había hecho de la manera más oscura posible. En mi opinión, no era algo que yo habría hecho de haber estado en mis cabales.
—Deja de culparte por cosas tan insignificantes —habló el Espíritu del Fuego, dentro de mi cabeza.
Volteé a verlo, poniendo mala cara.
—Como si fuera tan fácil —lancé un resoplido. Me sentía demasiado frustrado—. ¿Qué haces en mi cuarto? Pensé que estabas jugando con los demás espíritus.
Él había decidido quedarse con los otros espíritus acompañantes a jugar póker… Seh, los espíritus jugaban póker. Tampoco lo creí cuando me lo dijo. Era curioso, pues ellos se veían muy tranquilos, a pesar de que el Espíritu del Fuego se había devorado las almas de Kurozawa y su espíritu acompañante. No obstante, en mi caso era todo lo contrario. Los chicos sí que me tenían miedo. Al sentirme tan inseguro de mí mismo, no había dudado en encerrarme en la habitación que estaba compartiendo con Yoh. ¿Por qué había vuelto a compartir habitación con mi gemelo? Él pensó que sería lo mejor, al ver que los demás aún me temían. Pensaba que tal vez su compañía me haría sentir mejor. Mi familia también había dejado de sentir miedo muy rápido, ya que sólo fue una reacción momentánea. En el caso de mis amigos, sabía que no era así.
—Estaba muy aburrido, así que vine a ver cómo seguías —sus ojos verdes brillaban intensamente en la penumbra del cuarto.
—Aww, qué tierno —me burlé, sonriendo de lado—. Fifi-chan se preocupa por mí.
—¡CLARO QUE NO!
El Espíritu del Fuego jamás lo admitiría, pero la verdad era que sí le preocupaba lo que me pasaba. Por más que intentara ocultarlo, no podía engañarme.
—Como sea, supongo que en algún momento tendré que salir de aquí —suspiré con derrota—. ¿Hay alguien afuera?
—Creo que no.
No tenía otra opción… Así que me levanté y me dirigí hacia la puerta. La abrí despacio y asomé la cabeza, entrecerrando los ojos al percibir la claridad que había en el pasillo. Quizá todos se encontraban en la cocina, pues percibía que sus aromas venían desde esa dirección.
—Por fin saliste de ahí —me sobresaltó una voz que conocía demasiado bien.
Vi que Yoh se acercaba hacia nuestro cuarto, sonriendo enormemente. Imité un poco su gesto. Su inmensa alegría a veces podía ser muy contagiosa. Lo envidiaba por la facilidad que tenía de expresar sus emociones.
—Eso creo —me encogí de hombros—. ¿Y los demás? ¿Están en…?
—…La cocina, sí —completó mi frase. Tornó el gesto, con rapidez—. Sé que te preocupa lo que piensen, pero puedes estar tranquilo. Ya hablé con ellos y todo estará bien a partir de hoy.
—Eso espero —susurré para mí mismo, porque ni siquiera mi gemelo me escuchó.
De repente, noté que alguien más se acercó a nosotros.
—Chicos, por fin los encuentro —Evolet nos dirigió una gran sonrisa al vernos. Admiraba lo mucho que se parecía a mi hermano en ese aspecto. Ambos tenían personalidades muy alegres—. Los abuelos quieren hablar con ustedes…
Iba a responder, cuando Yoh se me adelantó.
—¡Por favor, no! ¡Más entrenamientos no! —mi gemelo empezó a lloriquear, pensando en lo peor.
Verlo en ese estado me hizo reír levemente.
—No creo que sea para eso. Despreocúpate, Yoh —ella intentó animarlo, dándole un par de palmaditas en el hombro—. Bueno, nos vemos luego —sonrió con diversión, para luego volver a retomar su camino.
—¡Espera! —la detuve, pues aquello me tenía algo desconcertado—. ¿No te han dicho nada más?
Evolet detuvo su paso y la sorpresa se vio reflejada en sus ojos.
—Pues no… Quizá sea algo que sólo les concierne a ustedes —comentó, un poco confundida. Mizu apareció a su lado, soltando un largo bostezo. Ella no parecía tan interesada en el tema—. Tranquilos, no debe ser tan grave… Saldré con los chicos por un momento, iremos a comprar los víveres para la cena —indicó, volviendo a retomar su humor—. ¡Haremos yakisoba! Espero que nos quede delicioso.
—Yakisoba… —me lamenté, recordando lo exquisito que era. Definitivamente odiaba haberme convertido en un vampiro, pues ahora tenía que alimentarme exclusivamente de sangre para poder sobrevivir—. Lo extraño tanto.
—Oh, lo siento. No era mi intención —se disculpó, cubriéndose levemente los labios—. Olvidaba ese pequeño detalle.
—No te preocupes, no es nada —la tranquilicé, sonriéndole despreocupado.
Ella me respondió al regalarme una sonrisa radiante, que la hacía lucir aún más hermosa si eso era posible. Se despidió de nosotros con un gesto y se alejó a través del largo pasillo. Pude ver cómo Mizu andaba a su lado con una elegancia propia de su esencia. Volví a la realidad por un leve codazo que me dio mi hermano menor.
—¿Nos vamos o qué? —su sonrisa pícara lo delataba.
Simplemente decidí ignorarlo.
Nos dirigimos al lugar donde se encontraban nuestros abuelos, para no darle largas al asunto. El encuentro sería en la habitación que ambos compartían, dado que no teníamos una sala de reuniones ni nada por el estilo. Entramos al cuarto luego de tocar la puerta y recibir el debido permiso. Yohmei y Kino estaban sentados al borde de su cama. Alrededor de ella, había seis sillas, pero ya sólo quedaban dos libres. Nuestros padres, Kaoru y Anna voltearon a vernos cuando llegamos. Pensé que ellos tampoco sabían nada, pues se les veía igual de confundidos. Tragué duro, intentando que los nervios no se apoderaran de mí. No sabía por qué, pero tenía un mal presentimiento.
—Gracias por venir… Tenemos que hablar sobre un asunto muy serio —seguramente lo era, pues tanto Kino como Yohmei tenían un semblante sombrío.
—¿Podríamos ir directamente al grano? —les pedí, a sabiendas que podía ganarme un bastonazo de mi abuela—. No me gusta nada todo esto, así que no lo alarguen tanto, por favor.
—Bueno, saben que uno de ustedes será la cabeza de la familia en algún momento, ¿verdad? —dijo Yohmei, mirándome a mí y a mis hermanos.
Así que de eso se trataba… ¿Cómo no pude habérmelo imaginado antes? Tal vez me estaban buscando una prometida, y ya debían suponer que me negaría rotundamente. ¿Me iba a negar? Por supuesto que sí.
Dos años atrás, cuando Miki y yo nos habíamos ido a vivir a Izumo, conocí a Evolet e inmediatamente me llamó la atención. Al principio, me pareció una chica muy hermosa, por lo que pensé que quizá sólo me sentía atraído por su físico, pero… Luego reparé en que me gustaba cada una de las cálidas sonrisas que regalaba con tanta facilidad, su personalidad tan dulce y alegre, sus hermosos ojos dorados. No me tomó mucho tiempo darme cuenta de que me había enamorado. Sabía que no soportaría tener que alejarme de ella para comprometerme con otra persona. Aunque tampoco podía obligarla a que me quisiera, ya que aún no sabía si correspondía a mis sentimientos.
—Tú eres el mayor, Hao —señaló Kino, frunciendo un poco el ceño—. Por lo que hay muchas posibilidades de que seas el sucesor de la rama principal, dentro de algunos años.
—Ni siquiera sé si me gustaría ser el líder de la familia —admití. Crucé los brazos, mientras los retaba con la mirada—. No pueden obligarme a ocupar un puesto que no sé si quiero…
—Es verdad, no es certero que vayas a ser el jefe del clan Asakura, pero, aun así, necesitamos comprometerte.
Lo sabía, pensé, sonriendo sarcásticamente. Mi abuela siempre era tan directa.
—Papá, mamá, no creo que sea conveniente hacer esto… —intervino Keiko.
Mis padres nunca habían estado de acuerdo con los compromisos, debido a que ellos se habían conocido en la escuela, cuando Mikihisa se había mudado a Tokio. Se conocieron, fueron amigos, se enamoraron y fueron una pareja hermosa… Claro, hasta que se separaron y nos separaron a nosotros también. Ellos creían firmemente que el amor se daba de forma espontánea, por eso, y según lo que me había contado mi madre, ella se opuso cuando los abuelos habían comprometido a Yoh con Anna. Aunque, todo cambió cuando la conoció mejor y se dio cuenta que ambos correspondían a los sentimientos del otro.
—Es necesario, Keiko —la cortó Yohmei, sin borrar esa expresión seria de su rostro—. Es una tradición que viene cumpliéndose desde hace muchísimo tiempo… Si bien no escogimos un prometido para ti, igualmente te comprometimos con Mikihisa al cabo de un tiempo.
Mamá no pudo responder nada ante lo dicho por mi abuelo. Los habían comprometido luego de un tiempo de ser pareja, pero… eso había sido mucho después de que tuvieran una relación formal.
—Pensábamos en comprometerte con alguien perfecta para ti —Kino volvió a dirigirse a mí—. De hecho, ella tuvo que haber sido tu prometida. La habíamos criado para ser la prometida del primogénito…
Estuve al borde del colapso al escuchar lo que había dicho la abuela. Sólo había una persona de la que podían estar hablando.
—¡AH, NO! ¡ESO SÍ QUE NO LO VOY A PERMITIR! —exclamé, levantándome de forma precipitada de mi asiento—. ¿QUÉ DIABLOS LES PASA? ¿CÓMO PUEDEN PENSAR EN COMPROMETERME CON ANNA?
Sabía que no era la mejor forma de reaccionar ante la situación, pero esto era demasiado. Los abuelos se estaban pasando.
—¡Hao! —una irritada, pero dolida Anna me llamó la atención. Noté que estaba apretando los puños—. Tienes que respetar la decisión de los abuelos… ¡Por mucho que no lo queramos!
Ella también estaba haciendo un gran esfuerzo por contenerse, por eso no estaba gritando de la manera en que yo lo hacía. En eso sí nos parecíamos.
—¡¿ACASO ESTÁS DE ACUERDO CON ESTO?!
Ella apretó los labios con fuerza, a la vez que desviaba su mirada. Quedé pasmado al notar su semblante, pues parecía que se echaría a llorar en cualquier momento. Anna Kyoyama, la chica con el carácter más fuerte que había conocido en toda mi vida, lucía como si no pudiera mantener la compostura por mucho más tiempo. Yoh la abrazó, mientras besaba su mejilla con mucho cariño. Luego, mi mirada y la suya se encontraron. Me di cuenta que él tampoco estaba conforme con lo que los abuelos nos estaban imponiendo. Sin embargo, y al igual que Anna, él también estaba acostumbrado a obedecerlos.
—¿Por qué no dicen nada? Ninguno de ustedes está de acuerdo con la decisión que están tomando los abuelos… No puedo creer que no defiendan su compromiso.
—Anna tiene razón, Hao —replicó mi hermano, tristemente—. Sólo nos resta aceptar lo que ellos decidan.
—¡Por favor! ¡Ustedes están enamorados! —solté, como si fuera obvio… Bueno, quizá no era tan obvio para los viejos, porque si no, no estarían haciéndonos esto. Me dirigí nuevamente hacia ellos—. No pueden obligarnos a hacer esto. Tampoco entiendo cómo se les pudo cruzar por la mente esa idea tan descabellada.
—Entendemos perfectamente que contradigas nuestras decisiones, ya que no has crecido bajo las tradiciones de esta familia, hijo —comenzó Kino.
—Aunque no deberías… —la interrumpió Yohmei—. Yoh y Anna respetan las decisiones que tomamos y es así como deberías comportarte tú también, y más siendo el mayor de tus hermanos. Es tu deber dar el ejemplo.
—¡Es que todo esto es una mierda! —me desesperé. Decidí sentarme con pesar, ya que noté que Mikihisa me miraba con furia. Mi padre me había regañado pocas veces en toda mi vida de manera fuerte; y era seguro que me ganaría una buena reprimenda de su parte por haberle faltado el respeto a Kino y Yohmei. Suspiré, intentando calmarme. Haría lo posible para razonar con ellos—. Lo siento, pero esto es absurdo. Ellos dos se aman… ¿Cómo pueden romper su compromiso? ¿Acaso no les importa? —pregunté, señalándolos. Mi hermanito y mi cuñada me veían con cierto asombro y con un poco de agradecimiento, ya que ellos no se veían capaces de enfrentarse a los abuelos—. Están enamorados desde que son niños y fueron ustedes los que los comprometieron. No pueden pretender que se separen sólo para que Anna se case conmigo, y no lo digo porque ella me caiga mal ni nada, pero no tiene por qué estar a mi lado si ella ya ama a mi hermano. ¿Es tan difícil de comprender?
—Hao… —susurró ella, visiblemente confundida.
—Además, yo quiero a otra persona —confesé, mirando el piso—. Estoy enamorado de…
—Evolet, lo sabemos —Kino me interrumpió con una ligera sonrisa.
¿…Qué?
—Eres demasiado obvio, Hao —soltó Yohmei, entre risas—. Puedo apostar que todos lo saben… Tal vez, hasta ella misma lo sepa.
—No lo entiendo —los miré, como si estuvieran locos—. Si ya lo sabían, ¿Por qué están haciendo esto?
—Porque Anna fue educada para ser la honorable prometida del primogénito de esta familia —Anna ocultó su rostro en el cabello de Yoh, quien sonrió levemente. Mi cuñadita estaba avergonzada—. Luego de que Mikihisa y Keiko se pelearan y… pasara lo que pasó… —omitió los detalles, pues sabía que yo aún sentía algo de resentimiento por lo que había pasado—, decidimos criar a Yoh como si fuera nuestro nieto mayor y el principal sucesor. Los habíamos comprometido a ambos teniendo esa idea en mente. La idea de que Yoh sería el heredero, porque honestamente no sabíamos si tú y tu padre regresarían a esta familia. Era nuestro mayor deseo, pero eso estaba fuera de nuestro alcance.
Probablemente, me hubiera molestado al saber que no pensaban que nuestra familia volvería a estar unida de nuevo, pero lo que no terminaba de comprender eran los motivos de la supuesta ruptura del compromiso.
—No los comprendo, en serio —expresé, sintiéndome demasiado confundido.
—No estábamos intentando deshacer el compromiso. Sólo queríamos asegurarnos de que Yoh y Anna estuvieran de acuerdo con él —me aclaró la abuela.
—También queríamos escuchar, de tu propia boca, que amas a nuestra Evolet —añadió Yohmei, pronunciando esas palabras con un tono de voz burlesco.
Mientras los escuchaba, sentía que los colores se me subían al rostro. ¡ME HABÍAN TOMADO EL PELO!
—Mamá, papá… —suspiró Keiko, llevándose una mano al pecho—. No era necesario que bromearan con algo tan delicado como eso para escuchar qué opinaban los chicos.
—Lo sabemos… y nos pone muy contentos que respeten nuestras tradiciones —se alegró el abuelo.
Se dirigía a Yoh y a Anna, por supuesto. Porque a mí, las tradiciones me importaban un carajo.
—…Muchas gracias —habló suavemente Anna, viendo que Kino le dirigía una sonrisa un tanto maternal.
—Si no estaban de acuerdo con esto, debieron haberlo dicho —les aconsejó ella—. No tengan miedo de confesar lo que sienten.
Si todavía fuera humano, habría muerto de un paro cardiaco. Se lo estaban tomando muy a la ligera… No lo podía creer.
—Aw, tuviste que confesarles que estás embobado por Evolet. ¡Qué romántico! —se burló el Espíritu del Fuego.
Aunque las facciones de su rostro no estaban bien definidas, sentí que me sonreía con sorna.
—¡TÚ CÁLLATE! —le grité, completamente fastidiado.
Todos en la habitación me miraban con gotitas de sudor en la frente. Seguramente se preguntaban si mi espíritu acompañante me había dicho algo o si ya había enloquecido. ¿Qué había hecho para merecer una familia tan extraña? …En realidad, sólo estaba siendo un poco dramático. La verdad era que los amaba demasiado y estaba muy feliz porque habíamos vuelto a ser una familia muy unida.
—Bueno, si Hao está tan enamorado de Evolet, ¿por qué no los comprometen también a los dos? —propuso Kaoru, sonriendo inocentemente.
¿En qué diablos estaba pensando ese pequeño monstruo? No sabía si amarla u odiarla. Era algo que me preguntaba constantemente, pues siempre estaba buscando una forma de molestarme. Ante lo dicho por mi hermanita, Yohmei volteó a ver a su esposa. Kino, a pesar de que no podía ver, había puesto la misma expresión pensativa. Como si ambos estuvieran debatiéndose esa posibilidad… ¿Qué los hacía pensarlo tanto? Sin embargo, aproveché esa oportunidad para exteriorizar mi pensamiento antes de que mi abuelo hablara.
—¡NO! —exclamé, sintiéndome muy nervioso. Todos voltearon a verme con sorpresa y, ante eso, cerré la boca por un momento. Había hablado sin pensar—. Quiero decir, no… porque no quiero que ella esté a mi lado por obligación —señalé, por lo bajo—. Al menos, quisiera saber si siente lo mismo por mí.
Vi que todos se golpearon la frente con la palma de la mano. Me enojé un poco con dicho gesto. ¿Qué diablos significaba eso?
—Por favor, tú eres el único que no se ha dado cuenta —indicó Kaoru con voz cansina.
Los demás tenían la misma expresión en el rostro. Sentí que volvía a sonrojarme por enésima vez en el día. ¿Por qué tenían que hacerme pasar por tantas vergüenzas?
—Bueno, mi explosivo nieto, has madurado bastante desde que regresaste con nosotros. Estamos muy orgullosos de ti —Kino hizo una pausa, mientras su sonrisa se ensanchaba más—. Respetaremos tu decisión y esperaremos hasta saber si eres correspondido, aunque nosotros ya lo sepamos.
—Más te vale que la cuides con tu vida. Ella es uno de nuestros tesoros más preciados. Si llegas a hacerle daño, no nos importará que seas nuestro nieto y te castigaremos terriblemente. ¿Entendiste, Hao?
—Por supuesto —le devolví la sonrisa—. No dudes que siempre la protegeré, abuelo.
—Lo mismo va para ti, Yoh —agregó la abuela, señalando a mi hermano con su bastón, cosa que lo hizo sobresaltarse—. Anna es como nuestra hija, así que mucho cuidado, jovencito.
—Lo que tú digas, abuela —murmuró mi hermano, ganándose una ligera risita de parte de su prometida.
Una vez finalizada la dichosa reunión, Yoh y yo tuvimos cierto antojo al sentir esa incómoda quemazón en la garganta, por lo que nos encaminamos hacia la cocina. Cuando puse un pie en ese lugar, quise que la tierra me tragara en ese mismo lapso de tiempo. Todos se encontraban en ese lugar, charlando sobre cosas triviales. Al darse cuenta de mi presencia, inmediatamente callaron. Los chicos quedaron paralizados al verme. Estaba tentado a usar mi Reishi con ellos. Quería saber qué rayos pensaban sobre mí; pero, por otra parte, me dolería enterarme de cosas que seguramente no serían agradables. ¿Aún me tenían miedo? Yoh me había dicho que había hablado con ellos. No obstante, ni siquiera eso había logrado tranquilizarme. Aún seguía creyendo que, quizás, ellos jamás volverían a dirigirme la palabra.
—Oh, ya volvieron —Evolet parecía ser la única dispuesta a ser cordial—. ¿Qué tal estuvo la reunión?
—Por favor, ni siquiera la menciones —murmuré bajito, sintiendo que mis mejillas volvían a traicionarme un poco.
—Sólo digamos que Hao es aún más despistado de lo que parece —se burló mi hermanita, encogiéndose de hombros.
Volteé a verla, colérico. Era un bendito milagro de los Grandes Espíritus que Evolet no hubiera entendido nada de lo que hablábamos. De lo contrario, estaría aún más apenado que ahora. Los demás nos veían con curiosidad. Sin embargo, nadie se atrevía a decir nada.
—Chicos, ya habíamos hablado de esto —Yoh parecía un poco decepcionado—. Hao no le hará daño a nadie, pueden estar tranquilos.
—Olvídalo, Yoh.
Traté de que mi gemelo dejara de darle tanta importancia a la situación. En el fondo, no los culpaba por tenerme miedo. Había asesinado a Kurozawa de una forma muy sádica. Hice ademán de retirarme, pensando en ir a la habitación que compartía con mi hermano, pero no contaba con que el más pequeño del grupo fuera a detenerme.
—No te vayas, Hao —giré sobre mí mismo, para toparme con un dubitativo Manta. Parecía estar pensando en lo que diría—. Nosotros… le prometimos a Yoh que las cosas volverían a ser como antes. No te tenemos miedo, únicamente nos sentimos un poco incómodos por la situación. No todos los días ves a tu amigo asesinando a uno de sus peores enemigos de la manera más cruel.
—Lo sé, también soy consciente de eso —admití. No sabía por qué, pero de pronto, me pareció buena idea sincerarme con ellos—. A pesar de que quería matarlo, no creí que lo fuera a cumplir… Fue todo muy extraño.
—Quizá tu condición vampírica te está afectando —conjeturó Lyserg, acomodándose en su asiento.
Abrí los ojos como platos, ante esas palabras. Yoh tenía razón, Lyserg era muy bueno intuyendo cosas.
—¿Tú crees? No había pensado en eso.
—Tiene sentido —Len se cruzó de brazos. Sus labios se curvaron hasta formar una sonrisa de lado—. Después de todo, no eres más que un debilucho. Cuando eras humano, ni siquiera eras capaz de matar una mosca.
—Mucho cuidado con lo que dices, Tao —le devolví la sonrisa, pues era con quien mejor me llevaba en todo el grupo.
Al final, logré sentir nuevamente el apoyo de todos los muchachos. Era un alivio, pues en el fondo me preocupaba que ya no me dirigieran la palabra. Se sentía muy bien estar en compañía de amigos. Llegué a pensar que Yoh tenía razón y que por fin se cumpliría aquella frase que solía decir: "Todo saldrá bien".
…Qué equivocado estaba.
•❈•
Jeanne no se había dado cuenta de que estaba dando vueltas alrededor del mismo lugar, impacientemente. Sentía que no había sido de mucha ayuda para su amo últimamente. Tenía que hacer algo, pero no sabía qué. Se le estaban acabando las ideas y eso no podía ser así.
—No puedo permitir que Lord Darkar me reemplace por ese par de idiotas —farfulló, sintiéndose impotente en ese momento.
¿Qué podía hacer para evitar que eso sucediera?
—¿Qué demonios te pasa hoy? —le preguntó un curioso Ashil. El francés dejó a un lado la copa de vidrio que sostenía en su mano, la cual contenía una cantidad generosa de sangre humana—. Estás actuando extraño… Más extraño de lo usual, he de decir. Ya de por sí eres una rarita y ahora te ves mucho peor.
—¿Por qué no te mueres de una vez, Ashil? —espetó, a la vez que le lanzaba una mirada envenenada.
El muchacho arqueó una ceja.
—No sé si lo has notado, pero ya estoy muerto —Ashil sonrió burlonamente—. Y tú también.
—Piérdete.
—Vamos, no seas aguafiestas. ¿Por qué no me dices qué sucede?
Jeanne suspiró. Odiaba admitirlo, pero a veces Ashil y Marco parecían ser los únicos que se preocupaban por ella. Aunque su compatriota y ella se insultaran constantemente, en el fondo eran muy buenos amigos.
—¿Tienes miedo de ser desplazada del pedestal en el que te tiene el amo?
La Renault abrió los ojos como platos al escuchar a su compañero.
—¡MALDITO! SI YA SABES QUÉ ME PASA, ¿POR QUÉ DEMONIOS LO PREGUNTAS?
—Tranquila, o él se dará cuenta —le aconsejó, sonriéndole con burla.
Jeanne optó por ignorarlo, dejando escapar un suspiro que había estado conteniendo desde hacía un buen rato. Había decidido rebuscar en uno de los cajones del antiguo mueble de ese pasillo, tratando de encontrar algo que la ayudara. Ashil, por otro lado, desistió de intentar razonar con ella al ver que no le haría caso.
—Creo que sería conveniente que…
La vampiresa había dejado de oír a su compañero cuando encontró algo que tenía guardado desde hacía un par de años. Había olvidado que lo tenía en su poder. Una sonrisa sardónica se apoderó de sus labios cuando lo tomó.
—Ya sé qué hacer…
El vampiro francés no cambió su semblante aburrido.
—Qué cambiante eres, te pareces tanto al Asakura mayor.
—Iugh, no me compares con ese idiota de Hao —Jeanne hizo una mueca de asco. Ashil seguía preguntándose cómo era capaz de fingir repulsión, cuando en un principio se sintió atraída por el muchacho de cabellos largos—. ¿Sabes qué? No importa. Tengo el plan perfecto para destruir una buena confianza de años.
El joven francés la miró con suspicacia. Conocía demasiado bien esa sádica sonrisa de su compañera. Estaba tramando algo… Algo que probablemente afectaría a más de un shaman, y creía saber de quiénes se trataba.
•❈•
Habían pasado varios días desde que los abuelos la habían asustado con el casi rompimiento de su compromiso. No había podido evitarlo, se sintió mal cuando le dieron aquella horrible noticia. No quería alejarse de Yoh, el chico que tanto amaba.
Bajó la mirada hacia su muñeca, observando la pulsera que llevaba puesta. Se trataba de un accesorio de plata; consistía en una pequeña placa que contenía un mensaje grabado en ella: "His queen". Al lado de aquellas palabras escritas en cursiva, tenía una corona y un pequeño cristal color rosa. Cuando Yoh le había obsequiado aquel presente, sintió que se derretía por dentro. Era tan hermoso que lo guardaba en un cofre que poseía, donde almacenaba sus pertenencias más preciadas. Sólo lo usaba en ocasiones especiales, como esa. Estaba tan feliz de que, al final, todo resultara ser como una prueba para ellos. Los abuelos únicamente querían saber si habían hecho bien al comprometerlos. Quizás había hecho alguna buena acción en alguna de sus vidas pasadas y por eso había sido recompensada con un novio/prometido tan especial como lo era Yoh.
—¡Anna!
La joven volteó para encontrarse con Silver. El oficial venía hacia ella y traía algo en sus manos. La rubia se sorprendió un poco cuando vio la pequeña caja plástica que traía el apache. Dentro de ella, podía observarse un pedazo de repostería que se veía muy delicioso.
—Qué bueno que te veo, quería entregarte esto.
—Oh, casi lo olvido —se disculpó ella, sin cambiar su semblante serio—. Te lo había encargado ayer, y no pasé por tu restaurante a buscarlo. Lo lamento.
—No hay problema —le sonrió, para tranquilizarla—. A cualquiera puede olvidársele, no te preocupes… Te traigo el mejor Coulant de chocolate que encontrarás en toda la aldea. ¡Te aseguro que está exquisito!
Recordó lo mucho que Yoh le había recomendado aquel postre de chocolate, así que cuando supo que Silver prepararía unos cuantos, para venderlos en su restaurante, no dudó en encargarle una porción. A Yoh le encantaba el chocolate, al igual que a su gemelo. Sentía lástima, pues en verdad le habría gustado que su novio probara esa repostería que, sin duda, lo haría delirar de tan rico que estaba.
—Muchas gracias —Anna le agradeció el gesto, sonriendo un poco.
Le pagó a Silver, tomó la caja y se dispuso a continuar con su camino a la casa. Se sentía muy tranquila, ya que iba acompañada de Zenki y Goki, aquellos shikigamis que se habían convertido en sus más fieles sirvientes. Detuvo su andar cuando sintió que su pie chocó contra algo. Bajó la mirada y notó que estaba semi enterrado en la arena. Se detuvo a recoger el objeto y lo inspeccionó cuidadosamente. Se trataba de una cámara digital de color rojo metálico. ¿Qué haría tirada en medio de la Aldea Apache? Aquello la tenía algo confundida, y pensó que tal vez su propietario la habría perdido… Aunque, luego de revisarla con más cuidado, notó que tenía un diminuto papel pegado en una esquina, pero estaba tan desgastado que no se podía leer lo que supuso que sería el nombre del dueño. No supo qué hacer. ¿Debía entregársela a Silver, por si su dueño se presentaba? ¿O debería llevársela? A pesar de que la idea la ponía un poco nerviosa, decidió tenerla consigo y buscar ella misma a la persona que la perdió. No sabía si alguien más la reclamaría y eso no sería justo para el propietario.
Llegó a la casa, sintiéndose un poco cansada. Subió las escaleras, dejó sus cosas en el escritorio que tenía en su cuarto y tomó la cámara que encontró minutos atrás. Se sentó en su cama, entretanto se debatía si debía ver las fotos que habían tomado con ella. Tal vez, si lo hacía, podría saber a quién le pertenecía dicho objeto.
—Veamos quién es tu dueño…
Encendió el artefacto y no le sorprendió encontrar únicamente un video. La cámara debía tener varios años, así que el dueño quizá ya ni usaba ese dispositivo y ahora tomaba sus fotografías con su teléfono móvil.
—Vamos, sólo es un video —se dijo a sí misma, animándose a ver el archivo que estaba grabado en la memoria de la cámara—. No le harás daño a nadie si lo ves —respiró profundamente y se dispuso a reproducir el video.
Vaya que quedó impactada.
En el video aparecía una chica de cabellera color esmeralda claro, quien se veía un poco incómoda y estaba sentada en una banca. Al parecer esperaba a alguien… Ese alguien era nada más y nada menos que un joven de cortos cabellos castaños. Aunque el video había sido grabado desde lejos, reconocía muy bien al chico. Era Yoh… El Asakura se sentó en la banca y estuvo platicando durante un buen rato con la joven. Sintió un pinchazo en el corazón, pues ambos muchachos se miraban como si tuvieran muchísimos años de no verse. Definitivamente no estaba preparada para lo que vería a continuación y terminó desgarrándole el alma. Los dos chicos habían decidido acortar la distancia que los separaba, para fundir sus labios en un tierno beso. Al menos, eso parecía ya que Yoh estaba dándole un poco la espalda a la cámara. Trató de mantenerse fuerte, pero aquello se le hacía muy difícil. Era su Yoh, después de todo. El chico del que había estado enamorada desde que era una niña. No sabía si era tonta porque, aunque tuviera ese video en sus manos, una parte de su mente se negaba a creer que era cierto. Para ella, era imposible que él la hubiera engañando con otra. Así que tendría que buscar alguna fuente de información que lo confirmara.
Salió de su cuarto y fue directo a la habitación de la única persona que creía que podría resolverle esa duda. Tocó su puerta, entrando al cuarto cuando escuchó la voz de la chica, invitándola a que pasara.
—¿En qué puedo ayudarte, cuñadita?
Kaoru le regaló su mejor sonrisa. Dio unas palmaditas en su cama, indicándole que podía sentarse a su lado. Anna obedeció, inspeccionando cada detalle de la habitación. Era la primera vez que entraba a su cuarto y, a pesar de eso, no le extrañó ver que lo tenía decorado con muchos peluches, pinturas y figuras relacionadas al Halloween. Las paredes del cuarto eran de un color morado y la cabecera de la cama tenía un diseño muy particular, pareciera que fuera una telaraña gigante. Las almohadas eran negras, al igual que las colchas y la alfombra. Había varias lamparitas con forma de calabazas sonrientes por cada esquina del cuarto. Tenía un escritorio en el cual estaban una laptop negra con calaveritas blancas, un póster de la última película de "Halloween" pegada en la pared detrás y encima de él, un decorado con lucecitas navideñas de color naranja. Imaginó que inclusive el baño tendría decorados muy parecidos. Sonrió al ver que, en una de las repisas, estaba colocado el squishy que Evolet y ella le habían obsequiado. La Asakura menor había cumplido con su palabra, pues lo tenía guardado en su empaque.
—Quería preguntarte algo… —Anna no quería admitirlo, pero sentía que se le estaba dificultando encontrar las palabras correctas para exteriorizar su duda—. De casualidad, ¿Conoces a una chica de pelo esmeralda y ojos del mismo color?
Kaoru se sintió un poco confundida, debido a que la rubia había sacado el tema de la nada. Intentó hacer memoria por un momento.
—Bueno, sólo conozco a alguien con esas características. Tenemos una amiga de la infancia que también vive en Izumo, solíamos ser vecinos —explicó Kaoru—. Pertenece a una familia de shamanes más pequeña y menos antigua que la nuestra. Su nombre es Mei.
—Mei… —repitió aquel nombre, como si con ello pudiera recordar a la chica. No obstante, no se le hacía conocido—. ¿Sabes si ella tiene mucho trato con Yoh?
—No tanto, en realidad… Creo que Yoh era más amigo de su hermano mayor, que de ella —reconoció Kaoru.
Anna notó que apretaba fuertemente uno de los bordes de la mesa que tenía a su lado. Si seguía así, la vampiresa partiría el mueble. Ese gesto le pareció un tanto sospechoso.
—Dime la verdad, Kaos. ¿Qué relación tenían esos dos? —cuestionó la Kyoyama, utilizando un tono de voz demasiado tranquilo.
Kaoru tragó duro. Sabía que Anna no le creía.
—¡Ya te lo dije, Anna! Para Yoh, no era más que su vecina —habló la chica, intentando que su nerviosismo no la delatara—. No ha pasado nada entre ellos.
Anna no se conformaría con aquella respuesta. Quería confiar en Yoh, mas… si su hermana se había puesto tan nerviosa, era por algo. Se despidió de su cuñada y decidió buscar a alguien más que le confirmara lo que había visto en el video. ¿A quién más podría preguntarle? ¿A la abuela Kino? Aunque ella fuera su maestra y prácticamente se hubiera convertido en su madre, no tenía valor de interrogarla sobre la vida amorosa de su nieto. Sería extraño.
Sin darse cuenta, había llegado hasta el pasillo que conectaba con el comedor. Se detuvo al escuchar voces muy conocidas para ella. Se trataba de Kino y Keiko Asakura. Las únicas mujeres, además de Kaoru, que conocían muy bien a Yoh.
—Mamá, aún no puedo creer que tú y papá hayan decidido venir hasta aquí. Saben lo peligroso que se ha vuelto este lugar —Keiko regañó dulcemente a su madre.
Anna se acercó con sigilo a la puerta y se escondió detrás.
—Ya se los dijimos antes. Tu padre y yo sólo queríamos apoyar a nuestros niños —repitió Kino con voz cansina. Soltó un pequeño suspiro—. No tienes por qué preocuparte, Keiko. Aunque ya seamos un par de vejetes, ambos podemos cuidarnos.
—No digas eso.
Las dos mujeres parecieron quedarse calladas durante un momento, quizá cada quien estaba meditando acerca de todo lo que estaba sucediendo en la aldea.
—¿Qué tal están los Tsukihara? Desde que llegamos aquí, ya no he podido comunicarme con ellos.
—Oh, todo bien. Sus hijos siguen con su entrenamiento —explicó Kino con una ligera sonrisa.
—Pensé que tal vez Mei y sus hermanos participarían en el torneo… Supongo que su madre es demasiado estricta con ellos —Keiko soltó una risita.
¿Había dicho Mei? Anna no lo podía creer, pero se dedicó a escuchar. Tal vez estaba a punto de descubrir la verdad.
—¿Sabes, mamá? Hace unos días estuve recordando que Yoh y Mei solían llevarse muy bien… Iban a todos lados juntos. Eran muy tiernos.
—¿Mi nieto? —cuestionó la mayor, pues nunca se había percatado de la dichosa amistad que su sucesor sostenía con la hija de los vecinos—. No lo había notado.
—No sé si ya lo sabías, pero él estuvo enamorado de ella por un tiempo…
Sintió como si un balde de agua fría le acabara de caer sobre todo el cuerpo. Anna dejó de escuchar a las dos mujeres y se llevó una mano al pecho. No era posible… Yoh estuvo enamorado de esa chica. Aún lo estaba, lo sabía por el video que acababa de ver. Esos dos se habían besado hacía varios meses, justo la última vez que habían visitado la mansión de los Asakura en Izumo.
Anna regresó a su cuarto y se puso a llorar como nunca. Jamás se había sentido tan mal en toda su vida. Nunca pensó que Yoh llegaría a hacerle tanto daño. Siempre lo vio como su futuro esposo, el chico que siempre estaría a su lado. Había sido una tonta por confiar en él. Estaba tan triste que apenas notó que alguien tocaba su puerta.
—Ya terminé con el entrenamiento, Annita —le informó un alegre Yoh, mientras entraba a su habitación.
El chico cambió su expresión de forma repentina al notar el estado de ánimo de su prometida. La itako lo miró con rabia. No le importaba que ese tonto acabara de terminar con su infernal entrenamiento… El verdadero infierno lo conocería justo ahora, pues Anna iba a demostrarle que nadie debía jugar con ella.
•❈•
Me quedé viendo el techo, algo distraído. Yoh aún no había vuelto al cuarto y eso me extrañaba. Únicamente había ido a avisarle a Anna que ya había terminado su entrenamiento. ¿Por qué se demoraba tanto? ¿Acaso estarían besuqueándose de nuevo en su habitación? …Podía hacerme una idea de la enorme sonrisa que traería mi hermano cuando volviera.
En verdad era un alivio que todo saliera bien. No me veía siendo el futuro esposo de Anna. Tan sólo pensarlo hizo que se me pusiera la piel de gallina. Era la prometida de mi hermano y aún si no lo fuera… La verdad no era nada mi tipo. Estaba consciente de que siempre elegiría a Evolet, aun cuando no supiera si mis sentimientos eran correspondidos. Mi familia decía que sí, pero lo dudaba mucho. Quería escucharlo de sus propios labios. Entonces, recordé que un par de semanas atrás me había hecho la promesa de confesarle lo que sentía. Intenté acercármele un par de veces, pero el miedo podía más conmigo. Terminaba sacándole plática sobre algún tema trivial, para que no se notara que le estaba ocultando algo. No obstante, si en verdad quería saber si sería rechazado o no por la joven de ojos dorados, tenía que apresurarme a preguntárselo. No era ningún tonto, sabía que era preciosa y no tardaría en llamar la atención de cualquier otro shaman.
Mis pensamientos fueron interrumpidos por el sonido de la puerta golpeándose contra la pared. Sorprendido por el portazo, alcé la vista para saber quién había entrado. No esperaba encontrarme con la mirada furiosa de Yoh. Sus cabellos estaban embadurnados con lo que parecía ser… ¿Chocolate derretido?
—Oye, no sabía que eso era bueno para el pelo —bromeé, sonriendo un poco.
Sin embargo, aquello no le había hecho gracia a mi gemelo.
—¡¿Cómo pudiste, Hao?!
—¿Eh? ¿Qué te pasa?
Yoh sonrió con burla al ver la expresión que tenía en mi rostro.
—No te hagas, deja ya de fingir que no sabes nada.
—Es que estoy hablando en serio —miré a Yoh con extrañeza—. No sé de qué estás hablando.
—Bueno, tal vez esto te refresque la memoria.
Me mostró una cámara digital de color rojo, la cual reconocí al instante. Esa era mi vieja cámara… Recordé que la había perdido un tiempo atrás en una visita a Izumo, allá en Japón. No entendía cómo podía estar en un lugar como este. ¿Por qué demonios la tendría Yoh?
Aunque ahí no acababa todo. Mi hermano encendió el dispositivo y me enseñó que únicamente contenía un video, lo cual también me pareció raro. Podría jurar que había eliminado todos los archivos antes de que se me perdiera. Sin más, reprodujo el video. En él aparecían Yoh y Mei, una vieja amiga de la infancia y la chica que le gustaba cuando eran niños. Me sorprendí enormemente cuando me pareció ver que se besaban. Recordaba a la perfección lo que había sucedido ese día, y por supuesto que eso nunca ocurrió. Tragué duro, al notar que estaba envuelto en un GRANDÍSIMO malentendido.
—Anna acaba de ver este video. ¿Sabes qué? Decidió terminar conmigo… ¿Cómo fuiste capaz de editar esto y enviárselo? No pensé que fueras a caer tan bajo.
—No sé si estás escuchando los disparates que estás diciendo. ¿De verdad me crees capaz de editar un estúpido video sólo para dejarte mal parado con Anna? —reclamé, sintiéndome dolido. Sus acusaciones me lastimaban—. Soy tu hermano.
—Pues no lo parece —habló, frunciendo el ceño—. Un hermano no haría eso.
Suspiré, tratando de calmarme. Aunque tuviera las pruebas suficientes como para acusarme de ser el responsable de este enorme problema, tenía que hacerle ver que todo era un error. Mi temperamento no era el mejor, pero tenía que hacer lo posible para que me creyera. Uno de los dos tenía que estar tranquilo y, en este caso, debía ser yo.
—Esta es tu cámara, Hao. ¡El video está en TU CÁMARA! Además, sólo tú sabes que yo me sentía atraído por Mei. No entiendo cómo puedes seguir negándolo.
—Lo sé, pero…
—Tú estabas ahí ese día —me interrumpió, sin darme tiempo a que siguiera explicándole—. Estábamos paseando por el bosque y me llegó un mensaje de ella, pidiéndome que nos encontráramos. Tú te fuiste… o eso me hiciste creer. Ya lo tenías todo planeado, ¿verdad?
—Yoh, yo…
—Todo eso que dijiste hoy, para defender nuestro compromiso, fue un simple teatro. Quizá y sí quieres quedarte con Anna.
—Esto no es lo que parece. Tienes que creerme —me mordí ligeramente el labio, tratando de no desesperarme—. Sé que esta situación es una mierda, pero…
—¿Mi compromiso con Anna te parece una mierda? ¿Eso es lo que estás diciendo? —inquirió Yoh, con furia.
—¡DEJA DE MALENTENDER TODO, MALDITA SEA! —grité, sin poder contenerme más.
Ocurrió lo que tanto temía.
—¿CÓMO TE ATREVES A INTENTAR MENTIRME CUANDO HAY SUFICIENTES EVIDENCIAS QUE TE INCULPAN?
—¡PUTA MADRE, YOH! ¡QUE NO FUI YO!
—¡ESTO QUE HAS HECHO ES UNA PUTADA Y LO SABES, HAO!
En ese momento no reparé mucho en ello, pero Yoh debía estar lo suficientemente enojado como para usar ese lenguaje que él tanto detestaba.
—¡LO QUE ES UNA PUTADA ES QUE ME CREAS CAPAZ DE HACER ESTO, SIENDO YO TU HERMANO!
—¡PUES NO TIENES PRUEBAS QUE DEMUESTREN LO CONTRARIO!
Un sonido muy extraño me tomó por sorpresa. Yoh me estaba gruñendo, parecía como si se me fuera a saltar encima en cualquier momento. No me sorprendí al escuchar el mismo sonido gutural saliendo de mi garganta. Mi condición vampírica estaba reaccionando ante una posible amenaza. Si no hubiera sido por Kaoru, quien se apresuró a entrar a la habitación al escuchar tantos gritos, tal vez esa pelea verbal se hubiera convertido en una pelea física.
—¡YA BASTA LOS DOS! —vociferó nuestra hermanita, igual de molesta que nosotros. Hizo su oversoul en forma de guadaña y sostuvo a Yoh por la cintura con la cuchilla de su arma, impidiendo que me saltara a la garganta—. ¿QUÉ DEMONIOS LES PASA?
Mi hermano y yo nos mirábamos con furia. Ninguno de los dos seguía teniendo instintos homicidas hacia el otro.
—¡SUÉLTAME, KAORU! —demandó Yoh, lanzándole una mirada envenenada a la susodicha.
—¡NO, HASTA QUE ME DIGAN POR QUÉ DIABLOS ESTÁN PELEANDO!
Miré de soslayo hacia la puerta entreabierta, encontrándome a los chicos fuera de nuestro cuarto. Estaban amontonados unos sobre otros y algunos de ellos temblaban. Probablemente nuestra discusión les estaba causando cierto miedo. Yoh decidió salir de la habitación, caminando fuertemente. Kaoru intentó detenerlo yendo detrás de él, igual que todos los demás, y dejándome solo. No iba a quedarme ahí parado como un idiota.
Decidí salir al pasillo y bajé las escaleras. Salí directo al jardín, mientras pensaba que tal vez el aire fresco me tranquilizaría un poco; mas estaba equivocado. Por más que lo intentara, no podía dejar de pensar en la acusación de Yoh y aquello me dolía demasiado… a pesar de que, en ese instante, no demostraba ni una pizca de tristeza. La furia seguía controlando mi cuerpo.
—¡QUÉ MIERDA! —exclamé, sintiendo ganas de desquitarme con algo.
Me quedé viendo unos segundos hacia los árboles de sakura y no pude evitar sentir unas inmensas ganas de quemarlo todo. Oí que abrían la puerta corrediza de uno de los cuartos detrás de mí, pero no presté atención. Hice aparecer una enorme bola de fuego en mis manos.
—¡Hao! ¡Detente! —reconocí la voz de mi abuelo a mis espaldas, pero lo ignoré.
Sin embargo, no contaba con que el agua de la fuente del jardín se alzaría por sí sola para chocar violentamente contra mí, dejándome completamente empapado. Extinguió por completo el fuego de mis manos y me quité el cabello de la cara para voltear a ver al responsable de dicho ataque. Me detuve al ver a Evolet a unos pasos y detrás de ella, estaban mis padres y abuelos igual de preocupados.
—Tranquilo, cabeza volcánica. No puedes desquitarte con todo lo que veas a tu paso cada vez que te molestes.
El regaño de la chica que me gustaba me hizo volver a la realidad y caí en cuenta de que estuve a punto de cometer una barbaridad. Cerré los ojos.
—Hijo, cálmate —me pidió mi padre.
—…Lo siento —me disculpé entre susurros.
Evolet soltó un suspiro y les hizo una seña a mis padres para evitar que se acercaran. Titubeando un poco, me acarició con suavidad el brazo. Sentí que mis músculos se relajaban y suspiré. Tanto mi familia como Evolet parecieron recuperar el aliento luego de eso.
—No tenía intenciones de mojarte así, perdóname —negué con la cabeza, intentando desviar la mirada—. ¿Qué fueron todos esos gritos? ¿Qué sucedió? —me preguntó.
Me vi reflejado en esos hermosos orbes dorados. Sentía que me faltaban fuerzas para explicárselo.
—No tengo muchas ganas de hablar de ello —le sonreí con amargura.
—Por favor, Hao —me pidió Keiko, sin acercarse—. Explícanos qué sucede.
—Mamá… —la interrumpí, seriamente—. Dije que no quería hablar de eso.
Ninguno de ellos volvió a abrir la boca ante mi respuesta mordaz. Volví a observar a Evolet, quien había dejado de acariciarme el brazo.
—Te lo diré cuando me sienta preparado —susurré para que sólo ella lo escuchara. Me miró con preocupación—. Estaré bien, tranquilos —esta vez, me dirigí a todos.
Decidí que debía salir de ahí, así que volví a subir las escaleras para ir a mi cuarto. Me encontré con la mirada colérica de Yoh. Ninguno de los dos dijo nada. Sólo observé cómo se llevaba sus cosas. Supuse que regresaba a su antigua habitación. Parecía no importarle que tuviera unas enormes goteras y que estaba junto a la habitación más ruidosa de todas, la de Horo-Horo. Una vez que se llevó todas sus pertenencias, entré al cuarto. Noté que había algo en el piso y lo recogí. Era el primer álbum de AeroException, el cual pertenecía a Yoh. El empaque se había roto con la caída. Una sonrisa burlona se dibujó en mis labios. El muy tonto no volvería por él, su orgullo era mayor. Eso le pasaba por acusarme de algo que obviamente no había hecho, así que se lo merecía.
•❈•
Había pasado un buen rato, y luego de cambiarme la ropa mojada, decidí bajar a la cocina. No quería hacerlo, pero estaba sediento. Necesitaba mi dosis de sangre. Cuando entré a la habitación, me encontré con todos los demás. Al parecer, se había convertido en un "punto de encuentro" dentro de nuestra casa. No era necesario que volteara para ver los rostros de cada uno de ellos. Apenas entré a ese lugar, sentí todas las miradas furiosas. Decidí utilizar mi Reishi, sintiendo curiosidad por saber qué pensaban.
Qué maldito, cómo fue capaz de hacerle eso a su propio hermano…
Es un idiota, después de todo lo que Yoh ha hecho por él…
Yoh y Anna sufrieron mucho por su culpa, y él no siente ni una pizca de remordimiento…
…Quizá sí es un monstruo. Todo lo que hizo lo confirma…
Ninguno de sus pensamientos me dolió tanto como el último… pero claro que fingiría que no me había afectado para nada. Era Hao Asakura, no demostraría debilidad ante esos idiotas de primera. Si ya no éramos amigos, no me tomaría la molestia de aparentar algo que no era con ellos. Tomé una de las bolsas de sangre y le abrí un hoyo con mis colmillos. Empecé a bebérmela frente a todos, sabiendo que aquello les daría asco. Los miré de reojo, sintiéndome satisfecho al ver a cada uno de ellos temblar, debido a la repulsión que sentían.
Subí nuevamente a mis aposentos y me dejé caer en el frío piso. Era increíble lo bien que podía ocultar mis emociones, pues en verdad me sentía fatal. Había sido incriminado injustamente por algo que no había hecho y no me esperaba que fuera Yoh quien me tratara así. Estaba contrariado.
Sin poder evitarlo, recordé la pelea que habíamos tenido dos años atrás, tres meses después de haber conocido a Yoh, para ser más exacto. En esa ocasión, había sido mi culpa. Me sentía rechazado por el grupo de zoquetes que eran amigos de mi hermano, y a la vez, creía que Yoh me traicionaba por dejarme de lado. La verdad era que envidiaba a Yoh por ser capaz de hacer tantos amigos, cuando yo, en ese entonces, tenía problemas para socializar con los demás. Esa vez me había dejado llevar por esos sentimientos, e Yoh, al ver que no dejaba de insultarlo, en algún punto se molestó y me siguió la corriente. Pensé que nunca más volveríamos a hablarnos. Esa vez, nuestro distanciamiento había durado un día… Todo un día en el que me sentí muy mal… No era muy diferente a esta ocasión; sólo que en este caso había sido más grave. Era odiado por todos los chicos, aunque la opinión que ellos tenían de mí me importaba menos que la de mi hermano. Para mí, la amistad más valiosa que tenía era la de Yoh, la cual pensaba que jamás volvería a recuperar.
Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas. Volteé a ver la mesita de noche que estaba a la par de la cama. Sobre ella, había un retrato de tres chicos, en el cual cada uno rodeaba con su brazo el hombro del otro. Al final, quizás ellos eran mis únicos amigos. Mi mente viajó a ese día soleado en Osaka. El día en que los conocí.
Un pequeño castaño de cinco años se encontraba sentado cerca de una fuente que estaba de camino a la escuela en la que estudiaba. Estaba disfrutando de un enorme helado de chocolate con almendras, ya que el ambiente estaba terriblemente caluroso. Ese pequeño era yo, cuando aún no tenía al Espíritu del Fuego a mi lado. En ese entonces era un simple niño indefenso.
—¡MIREN! ¡AHÍ ESTÁ EL CHICO DEMONIO!
¡Maldición! Mis compañeros de la escuela me habían encontrado.
—¡VAMOS! QUIEN LO MATE, PODRÁ GANARSE TODOS LOS DULCES QUE PUEDA COMER POR UN AÑO —gritó el líder de ese grupo de estúpidos—. CORTESÍA DE LA DULCERÍA DE MI PADRE.
Siempre les proponía lo mismo. Él se sentía demasiado popular sólo porque su papá era dueño de la dulcería más grande que existía en Osaka.
—¿DULCES? ¡YO QUIERO GANARME ESOS DULCES!
—¡YO MATARÉ A ESE DEMONIO Y COMERÉ DULCES HASTA EXPLOTAR!
No dudé en salir corriendo de ahí para intentar salvarme. Mi vida peligraba y no era ninguna broma. Esos chicos iban en serio. Poco me importó haber tirado mi helado. Corrí como alma que llevaba el diablo, buscando con la mirada algún lugar que pudiera servirme como escondite. Sin embargo, no había nada ni nadie que pudiera ayudarme.
Después de un rato, sentí que empezaba a cansarme. No entendía cómo esos niños podían tener tanta energía. Los pulmones me dolían por la falta de aire, y las piernas empezaban a temblarme. Creía que no llegaría tan lejos esa vez y que ese día sería brutalmente asesinado por ese grupo de niños de mi escuela. Caí contra el suelo, llenando mi ropa de polvo. Aun así, no supe cómo lo hice, pero obtuve fuerzas de alguna forma y seguí huyendo. Sentí las lágrimas caer sobre mis mejillas. Me dolía tanto ser rechazado por todos los niños que asistían a la misma institución que yo. Su desprecio me dolía mucho más que mi rodilla, la cual era muy probable que estuviera raspada.
—¡NO DEJEN QUE ESCAPE ESE HIJO DEL DIABLO! —gritaba otro de los niños—. ¡NO PERMITAN QUE SE SALGA CON LA SUYA!
No entendía qué les había hecho para que me trataran así. Sentí un ligero alivio cuando vi unos árboles y arbustos muy grandes a unos pasos de donde me encontraba, y estaban muy bien ubicados. Aprovecharía esa oportunidad que me estaban dando los Grandes Espíritus y los usaría como escondite. Me oculté tras los arbustos, cubriéndome la boca para que no escucharan mis jadeos. No quería que aquello me delatara.
—¡CREO QUE SE NOS ESCAPÓ!
—¡NO ES POSIBLE! DEBE ESTAR POR AQUÍ.
—¡TENGAN LISTAS SUS ARMAS! CUANDO LO ENCONTREMOS, LO MATAREMOS A PEDRADAS.
Pensé que ese sería mi fin, dado que ese estúpido grupito se encontraba demasiado cerca de mi escondite. Me eché a llorar en silencio, temiendo lo peor. Intenté secarme las lágrimas, aunque todo era en vano, pues no paraban de salir. Me quedé helado cuando sentí que alguien me tocó el hombro. Estuve a punto de soltar un grito, pero una mano me cubrió la boca, impidiendo que delatara nuestra posición. Se trataba de un chico que tenía más o menos mi estatura. No podía distinguir sus facciones, pues una máscara de kitsune cubría su rostro. Vestía una sudadera color verde, cuya capucha llevaba puesta para cubrir su cabello. Se llevó el dedo índice a sus labios, indicándome que guardara silencio. Asentí, sintiendo que las lágrimas se acumulaban en mis ojos. Al verme más tranquilo, el niño misterioso me tendió una sudadera roja y una máscara de Hyottoko. En ese momento no lo sabía, pero aquello era de lo más irónico. Hyottoko era considerado en algunas regiones de Japón como el dios del fuego, el cual más tarde se convertiría en mi elemento. Vaya coincidencia.
Dudaba un poco del misterioso chico, mas no era como si tuviera otra opción. Tomé la máscara y la sudadera, y me las puse. Traté de no pensar en el terrible calor que sentiría luego, debido a que estaba abrigado cuando el clima era muy caluroso.
—Tranquilo, te sacaré de aquí —me susurró el encapuchado. Aquellas palabras me transmitieron la suficiente confianza como para aceptar su mano, cuando él me la ofreció—. Ya estás cubierto, no te reconocerán. Ahora, confía en mí y sígueme.
Corrimos por lo que pareció un buen rato. Apenas y había recuperado el aliento, y ya estaba huyendo de nuevo. Me pareció increíble que los demás ya no me estuvieran persiguiendo. En mi interior estaba un poco feliz, pues cubrir mi cabello y rostro había funcionado. Cuando llegamos al lugar, detuve el paso. El chico se extrañó al notar que me quedé pasmado frente a la entrada del cementerio que estaba más próximo a nuestra escuela. Tomó nuevamente mi mano y me condujo por el sendero que había entre las lápidas. Miré a mi compañero con desconcierto. Me extrañaba que no estuviera asustado por estar caminando entre un montón de tumbas, sin la compañía de sus padres.
—Puedes estar tranquilo, esos tontos no vendrán a este lugar. Mojarían sus pantalones con tan sólo pensar que se les puede aparecer un espíritu maligno.
—Sí, lo sé —coincidí, sin salir de mi asombro.
Llegamos hasta el centro del cementerio, donde otro chico estaba sentado frente a una fogata. A su alrededor había muchos espíritus, los cuales conversaban con alegría, recordando los buenos momentos que habían podido disfrutar cuando aún vivían. El chico interrumpió su plática con el espíritu de una geisha, quien buscó la compañía de los demás fantasmas. Era, nuevamente, un chico de mi edad. Tenía la tez clara, sus cabellos eran castaños –más claros que los míos–, y sus ojos eran azules. Una máscara de Tengu yacía a su lado, al igual que una sudadera de color azul. Al notar a mi escolta, sus ojos se iluminaron y su sonrisa se ensanchó.
—¡Nichrom! Por fin llegaste. Estábamos a punto de comenzar el banquete.
—¡Genial! Qué bueno que no me lo perdí —se alegró mi acompañante.
El enigmático niño se deshizo de las vestimentas que utilizaba para escabullirse entre los de la escuela, dejándome ver su verdadera apariencia. Se trataba de un niño de piel morena, ojos verdes y cabellera café. Sus largos cabellos los tenía amarrados en una trenza.
—Puedes quitarte tu disfraz —me aconsejó Nichrom, sonriéndome con sinceridad—. Aquí nadie te hará daño.
Le obedecí y me quité el suéter y la máscara. El otro castaño se mostró un poco atónito al verme.
—Lo ayudé a escapar de esos estúpidos de la escuela. Podemos confiar en él… Es como nosotros —confesó Nichrom, haciendo una pequeña mueca.
—¿…Como ustedes? ¿De qué hablan? —quise saber, pues no entendía nada de lo que estaba pasando.
—Mi nombre es Redseb —el de ojos azules me sonrió de manera cálida—. Puedes decirme Red, si quieres y este de aquí es Nichrom.
—Me llamo Hao —susurré, sin quitar esa expresión de extrañeza de mi rostro.
Volteé a ver a los espíritus y noté que habían comenzado el festín sin los niños. Hacían mucho escándalo, pues más de alguno ya estaba ebrio. Algunos reían fuertemente y otros sólo se dedicaban a charlar de forma tranquila.
—Es un placer conocerte, Hao —el chico llamado Nichrom me sonrió, igual que su amigo—. Cuando dije que eras igual que nosotros, es porque así es, ¿no?
—¡Nosotros también somos shamanes! —exclamó un alegre Redseb—. Pertenecemos a familias de shamanes que decidieron instalarse aquí en Japón, hace ya muchísimos años atrás.
Me impresionaba lo felices que estaban de ser shamanes, pues yo en algunas ocasiones detestaba serlo. Pensaba que, si fuera humano, los demás niños no querrían matarme… Tal vez, ni siquiera sería excluido.
—¡Sí! Lo cual es genial, nos encanta ser shamanes —admitió Nichrom.
—¿Por qué? ¡Los demás nos tienen miedo! —hablé, confundido por la alegría de los chicos—. No los entiendo. ¿Es que acaso a ustedes no los tratan mal?
—Claro que sí —afirmó Redseb, torciendo un poco el gesto—. Es algo con lo que hemos tenido que lidiar. Es por eso que nos cubrimos así cada vez que salimos de la escuela, para venir aquí. Es nuestra rutina diaria.
—Así que, si tú quieres, puedes acompañarnos a este lugar, después de las clases —Nichrom me sonrió, a la vez que me tendía un poco de mochi.
—Todo esto es tan extraño… ¿Por qué me están ayudando? Ni siquiera me conocen —señalé, mientras tomaba el mochi que me ofrecía el niño de cabello trenzado.
—Porque somos shamanes —explicó Nichrom, como si fuera lo más obvio—. Somos iguales, Hao. Es por eso que debemos de ayudarnos, porque todos pasamos por lo mismo. Todos sufrimos el rechazo de los demás alguna vez en nuestras vidas, así que, entre nosotros, nos entendemos mejor que nadie.
—Podemos ser amigos si tú quieres —me propuso Redseb—. Nos ayudaremos entre nosotros, tal y como dijo Nichrom. Podremos jugar, disfrutar de deliciosos postres y hablar sobre programas de televisión divertidos. Te prometemos que no estarás solo nunca más y nadie te volverá a lastimar. Eso te lo aseguro.
Aquello bastó para que me echara a llorar copiosamente. Los dos pequeños shamanes se asustaron un poco al ver mi estado, pero de inmediato, trataron de animarme con palabras de aliento, pensando que me sentía mal. Esa fue una de las pocas veces en que me había sentido tan conmovido en mi vida. No pensaba que, a pesar de todo el maltrato que recibía en la escuela, fuera a conocer a esos niños que luego serían mis mejores amigos de la infancia.
Sin embargo, ahí estaba yo. Encerrado en mi cuarto y llorando como esa última vez. No podía evitarlo… me sentía tan solo. Nunca me sentí del todo aceptado por los amigos de mi hermano. Al que sí consideraba como un verdadero amigo era a Yoh, mi gemelo. No obstante, ahora me odiaba por algo de lo que no tenía culpa. Esperaba que las cosas pudieran solucionarse y que Yoh se diera cuenta de que todo había sido un gran malentendido.
Había perdido a Redseb y a Nichrom. Cada quien se había ido por su lado. Ahora Nichrom estaba muerto, pues lo había asesinado aquel día que nos atacó e intentó matarnos a mi gemelo y a mí. Así que sólo me comunicaba con Redseb, aunque a veces llegaba a pensar que quizá nuestra amistad ya no era la misma, dado que tenía mucho tiempo de no verlo. No quería perder también a Yoh. A mi hermano… A mi preciada otra mitad.
•❈•
¡Hola! ^^
Escribir este capi me dio cosita :( Desde que mencioné una pelea que hubo entre los gemelos unos cuantos capítulos atrás, quise incluirla en algún capítulo de este fic. Así podían leer lo mucho que sufre Hao, al no tener a Yoh a su lado :c Espero que haya plasmado bien esos sentimientos. Este capi iba a ser más largo, pero… si seguía así, seguramente llegaría a las 16,000 palabras. Mejor decidí dividirlo en dos partes, así no omito tanto detalle importante.
Además de explicar un poco sobre el capi, quería disculparme con ustedes :( Tenía bastante tiempo de no actualizar. La universidad me lo impedía… Bueno, y ahora que finalicé mi carrera, estoy aprovechando el tiempo libre que tengo. Finalizaré esta historia, no se preocupen xD y esta vez sí me tendrán con más frecuencia por aquí. Como disculpa, pensaba decirles el nombre del siguiente capi, pero ahora que decidí partirlo en dos, aún no sé cómo se llamará el capítulo 16.
Otra cosa que quería mencionarles… No sé si se habrán pasado por los demás capis, pero si no, les recomiendo hacerlo. Luego de muchos años, he decidido editar la pésima redacción que tenía, modificar los diálogos que me daban vergüenza y agregar más escenas, para que la trama de esta historia mejore. Le agradezco a Sabr1 por ayudarme con la edición de los capis, y las ideas que me dio para el fic. ¡Gracias, nee! ^^
Espero que les haya gustado. Cualquier sugerencia, crítica o comentario que tengan, pueden dejármela en un review. Los leeré encantada.
¡Nos vemos! ^^
