Disclaimer: Shaman King y sus personajes no me pertenecen. Son del gran Hiroyuki Takei. Tampoco son de mi autoría algunos lugares, canciones y/o marcas que aparecen aquí. Sólo la trama, personajes propios y lugares ficticios son invenciones mías. Gracias a Sabr1 por prestarme a sus OC (Evolet y Cedric).

Advertencias: lenguaje soez, gore (leve o moderado), y algunos pensamientos obscenos (Rated T).

Género: General. Tiene un poco de todo.

Pensamientos, comunicación por telepatía, recuerdos, sueños.

Conversación en otro idioma.


22

La última prueba


Definitivamente era una noche gloriosa. El líder de los vampiros se encontraba de un excelente humor: la luna brillaba, el viento mecía los árboles… y su ropa tan costosa se encontraba manchada de sangre. Los cuerpos de sus víctimas yacían inertes a unos metros de él. La rabia que sintió momentos atrás se disipó luego de asesinar a los shamanes responsables de la huida de una de sus prisioneras. Se trataba de la pequeña Opacho, a quien estaba reservando para una ocasión especial.

Lástima…

—Me hubiera gustado retenerlos por más tiempo —se lamentó—. Su muerte pudo haber sido más lenta y dolorosa, tal y como a mí me gusta.

Entró a su recámara y se acercó a un espejo de cuerpo completo que tenía junto a su enorme armario. Contempló su reflejo y una sádica sonrisa se dibujó en su rostro. De alguna forma, aquel líquido carmesí podía arruinar la tela de su traje, y a pesar de eso, no le molestaba. Solía ser muy pulcro cuando cometía los asesinatos, pero esta vez se le había pasado un poco la mano, pues una parte de su rostro también estaba manchado.

—…Creo que me veo mucho mejor así —comentó, relamiéndose los labios, para así disfrutar del sabor metálico de la sangre.

Alzó la mano que tenía ocupada, para ver la espada con la que asesinó a ese par de desafortunados. La hoja metálica también se encontraba ensangrentada. Sonrió de lado, inspeccionando su arma favorita con mucho cuidado.

—Finalmente, luego de tantos años, estoy muy cerca de lograr mi cometido —susurró. Sus ojos azules brillaban con cierta emoción—. Llegué a pensar que no conseguiría la sangre que necesito para activar ese maldito pergamino, pero los Asakura acaban de ponerme la solución en bandeja de plata. Sólo necesito llevar a cabo una última prueba. Si mis sospechas son ciertas, los humanos ya pueden considerarse una raza extinta.

La puerta de su cuarto se abrió de golpe, deteniendo la plática que tenía consigo mismo. Miró con fastidio al responsable de dicho acto.

—Creí haberles dicho que tocaran antes de entrar, Reiheit —reclamó, frunciendo ligeramente el ceño.

El susodicho tragó duro al notar el arma que tenía en la mano, pero el susto le duró muy poco. Soltó un suspiro de alivio cuando su jefe dejó la espada sobre la pequeña mesa que tenía al lado.

—Lo lamento, mi Lord. Venía a decirle que hemos podido localizar a la niña que escapó el otro día —informó Hans Reiheit—. Según los espías, está viviendo en casa de los Asakura. ¿Quiere que vayamos por ella?

—No será necesario —habló con calma, dirigiéndose hacia la ventana—. Tengo otras prioridades en este momento. Necesito que vigilen de cerca a mi objetivo, y avísame cuando se encuentre sola. Yo me encargaré de lo demás.

Hans asintió a modo de respuesta, para luego cerrar la puerta y desaparecer. Darkar alzó la mirada a través del cristal de la ventana, notando la luna llena en lo alto del oscuro cielo. Apretó el puño, inconscientemente.

—Todos tus esfuerzos serán en vano, Cedric… Vas a pagar muy caro tu traición hacia mí. Eso te lo juro.


•❈•


Hao Asakura

Desde que inició el torneo, nos mentalizamos para cuando llegara ese momento de enfrentarnos entre nosotros. La probabilidad de que eso pudiera ocurrir había aumentado cuando los chicos también clasificaron a la etapa final de la Shaman Fight. Hasta el momento, los únicos de nuestro grupo que habían tenido que enfrentarse fueron Evolet y Manta. Sin embargo, ese día le tocó a otro par de amigos míos: Horo-Horo había sido elegido para pelear con Kaoru. Mi hermanita logró defenderse muy bien, pero sus ataques no fueron suficientes para ganarle al Usui. Por suerte, ella no se veía tan afectada por haber sido derrotada. Aceptó el apretón de manos que le dio Horo, y con una enorme sonrisa, lo felicitó por haber pasado a las semifinales. No la vi durante el resto de la tarde, por lo que supuse que había salido a distraerse un rato.

Los adultos quisieron hacer una parrillada, para celebrar que habíamos logrado llegar tan lejos en el torneo. Además, creían que era una buena manera de comenzar el año. Entre todos colaboramos con los preparativos. Yoh y yo estábamos en casa de los adultos, ayudándole a papá con la ensalada. Como éramos varias personas, nos necesitaba para preparar dicho platillo.

—No entiendo por qué no has explotado por el noviazgo de tu hija —comenté casualmente, entretanto cortaba el tomate en pequeños trozos.

Mi gemelo me lanzó una mirada de advertencia que fingí ignorar. No quería que Miki se pusiera celoso por el hecho de que Kaos tuviera novio y se preocupara en vano. Papá ni siquiera se inmutó ante lo que dije.

—¿Por qué habría de hacerlo? —respondió con una sonrisa, dejando la lechuga que había troceado en un recipiente—. Nichrom es tu amigo de toda la vida. No es un desconocido y sé que es un buen muchacho.

Me parecía extraño que no fuera sobreprotector con ella, como era de esperarse. Conocía demasiado bien a mi padre, por lo que ese comportamiento me sacaba de onda.

—¿Pensarías lo mismo de cualquier otro sujeto? —insistí.

Mikihisa dejó de partir las hortalizas, deteniéndose un momento a pensar en lo que había preguntado.

—…Tendría que conocerlo, antes de poder juzgarlo —soltó él, vacilando por un instante—. Me aseguraría que cuide a Kaoru mejor que nadie.

La expresión de su rostro no terminaba de convencerme. Había fruncido un poco el ceño. Retomó lo que estaba haciendo, sin torcer el gesto. Decidí hacer una última pregunta, queriendo comprobar sus límites.

—¿…Y si fuera Ashil? —inquirí entre susurros.

Mi padre dejó caer con fuerza el cuchillo sobre su mano, provocando que Yoh y yo nos lleváramos un buen susto. Creímos que se había cortado los dedos debido a su fuerza vampírica. No obstante, sólo tenía un par de heridas. Su rostro carecía de emoción alguna. Dejó a un lado las verduras y limpió la sangre que corría sobre su pálida piel.

Quizá no debí mencionarlo.

—Papi, invité a Rutherfor y a Mati a cenar —informó Kaoru, asomándose por la puerta de la cocina. Pareció percatarse de lo que ocurría y se acercó, un poco preocupada—. ¡Por los Grandes Espíritus! ¿Qué pasó?

—No te preocupes, hija. Estaré bien —la tranquilizó, sonriendo fingidamente.

Terminamos de preparar la ensalada, tal y como papá nos lo pidió. En ningún momento cambió su actitud, preocupándome un poco. Sabía que eso no duraría mucho, pero no podía evitar sentirme culpable.

Como éramos demasiados, tuvimos que unir varias mesas. Matilda y Rutherfor se ofrecieron a ayudarnos con los cubiertos. Supuse que se habían vuelto muy amigas de mi hermana por sus peculiares gustos hacia el Halloween y los Aliens, respectivamente. La apache y mi hermana eran el contraste de la otra. Algo me decía que acabarían por volverse mejores amigas. Me alegraba por ambas… Rutherfor necesitaba a alguien tan loca como Kaos para poder dejar de lado su timidez. Luego de un rato, Lyserg salió al jardín con las bebidas, y cuando vio a la chica de cabellos naranjas, no dudó en intentar huir de la escena.

—No seas así, Lyserg —me burlé con toda la intención—. Deberías ser más atento con nuestras invitadas —reí al sentir que me fulminaba con la mirada.

Unos minutos después, la mesa se encontraba repleta de diversos platillos que me encantaban… y que no podía consumir, por mi condición de inmortal. Maldita sea, parecía un castigo. Tan tentador y a la vez tan lejano a mí.

—Te odio, Kurozawa —farfullé el nombre del culpable de mi transformación.

Los vampiros teníamos que conformarnos con beber la insulsa sangre, mientras los demás degustaban la exquisita comida.

—¿Por qué la cara larga? —preguntó Fausto, sentándose a mi lado—. Tranquilo, tengo la solución a tu problema.

Dejó un plato frente a mí, con lo que parecía un postre de cobertura transparente que lucía algo extraño. Tomé el tenedor y lo piqué un poco, notando que tenía una consistencia blanda. Contenía un líquido rojizo en su interior. Ese platillo se parecía a las BloodPillex, las pastillas que el médico había inventado.

—Es sangre sintética —me contó con una ligera sonrisa. Sus palabras llamaron la atención de todos, especialmente de los inmortales—. Pruébala, te va a gustar.

Parecía muy seguro de su nueva creación. Como pude, reuní el valor suficiente para partir un trozo, llevándomelo a la boca.

—¡Esto sabe a carne! —exclamé, abriendo los ojos como platos.

Los demás me vieron con sorpresa, y decidieron comprobar lo que había dicho. Todos tuvieron la misma reacción.

—Fausto, eres un puto genio —lo felicité, ganándome un par de regaños de parte de mamá por mi sucio vocabulario.

El aludido rio por lo bajo. No pude evitarlo, era algo increíble. Por si fuera poco, el alemán se había tomado la molestia de crear más platillos elaborados con sangre sintética. Algunos tenían sabor a pollo y otros a mariscos asados. Incluso Cedric se mostró sorprendido por el invento de Fausto, diciendo que jamás había visto algo parecido. Sin duda, la cena se había vuelto más amena. Decidimos dejar de lado la sangre y disfrutar de aquellos alimentos que nos hacían creer que podíamos disfrutar de una comida normal. No faltaron pláticas triviales durante la pequeña celebración.

—Cariño, has pasado tanto tiempo fuera de la casa que pensé que ya tendrías novia a estas alturas —la madre de Lyserg lo regañó dulcemente, causando que el Diethel se avergonzara.

—Estás quedándote atrás —comentó Horo, tomando su tercera ración de sangre sintética saborizada—. Hasta el antisocial de Hao tiene novia, y tú sigues soltero. ¿No te da pena?

—Oye, cierra la boca —le lancé una mirada envenenada.

Sentí que mis mejillas me traicionaban ligeramente. Mi semblante provocó las risas en todos los presentes.

—No te preocupes, Lyserg. Te ayudaré con ese pequeño detalle —le aseguró mi hermana, sonriendo de lado—. Sé de alguien que es perfecta para ti.

Por el rostro que había puesto él, supe que no estaba para nada de acuerdo con lo que había propuesto Kaoru. Pobre…


•❈•


La cena transcurrió con normalidad; nos pusimos a bromear entre todos, como solíamos hacerlo. Los adultos pensaron en todo al organizar esa pequeña fiesta, pues hasta se tomaron la molestia de poner un poco de música para amenizar la ocasión. Como eran canciones lentas, algunos se levantaron de sus asientos para bailar con su pareja. Eso me puso ligeramente incómodo, pero el motivo era otro. Si bien amaba estar con Evolet… aún me apenaba un poco que nos vieran juntos públicamente.

Noté que mi novia estaba charlando amenamente con Rutherfor, por lo que la llamé mentalmente. Ella desvió la mirada para encontrarse con la mía, y le hice un ligero gesto con la cabeza, dándole a entender que quería estar con ella a solas. Asintió con una pequeña sonrisa y se disculpó con la apache, antes de levantarse para ir a encontrarse conmigo en la casa.

—¿Estás bien? —preguntó, preocupándose.

—Por supuesto, sólo quiero aprovechar el tiempo para estar juntos… donde haya menos gente —hablé, para luego darle un pequeño beso en los labios—. Aunque no sé dónde. Cualquiera podría vernos en los pasillos de la casa… y tampoco puedo llevarte a mi cuarto. Yoh podría entrar en cualquier momento.

Ella pareció pensarlo un rato.

—¿Y si vamos a mi cuarto?

No creí que unas cuantas palabras lograrían que me sonrojara fácilmente.

—¿…Estás segura?

Evolet asintió, dándome a entender que no era gran cosa y que me relajara. Si tan sólo fuera así de fácil… Era la primera vez que pisaría su habitación.

Intenté disimular los nervios que sentía, mientras nos acercábamos. Abrió la puerta, dejándome ver su interior. El cuarto era bastante femenino a mi juicio. Las paredes estaban pintadas de color rosa pálido. Una puerta corrediza de blindex daba paso al balcón de afuera. Las sábanas de la cama contrastaban con las paredes, pues eran de un tono más oscuro. A los pies de la cama, había una camita más pequeña donde creí que dormía Mizu. Cuando bajé la mirada, me di cuenta que estaba parado sobre una alfombra blanca, la cual parecía una enorme nube de algodón. Hice un esfuerzo por contener las ganas de lanzarme al piso, para verificar su suavidad.

Había algo en particular que llamó mi atención. En la pared detrás de la cama, justo encima de la misma, estaba colgado un atrapasueños blanco con plumas rosadas. Estaba decorado con pequeñas cuentas blancas y flores doradas. Sonreí levemente. Su cumpleaños había sido cuatro meses atrás, y unos días antes fui a la tienda de Rutherfor a buscar el regalo perfecto. Sin embargo, en lugar de comprarlo, ella creyó que sería más "romántico" que lo hiciera yo mismo. Acepté el desafío, pensando en la satisfacción que sentiría al terminarlo… Nunca me había estresado tanto por un regalo, pues tuve que rearmarlo muchas veces. Supe que mi esfuerzo valió la pena cuando vi su carita de emoción al quitarle el envoltorio al obsequio.

—Fue el mejor regalo de todos —su voz me trajo a la realidad.

Noté que se había quitado el abrigo, quedando sólo en una blusa mangas largas.

—Me alegra que te haya gustado —susurré.

—Me encantó, incluso lo presumí en Instagram —me guiñó un ojo, provocando que una suave risa escapara de mis labios—. Muchas me preguntaron dónde lo compré. Espera, te lo mostraré.

Mientras inspeccionaba su recámara, noté que tenía un marco de fotos digital sobre su escritorio. Tomé el dispositivo para observar las fotos que mi chica había tomado. Algunas eran de paisajes y animales, aunque también había unas cuantas de todos nosotros. Me avergoncé cuando vi una en especial. Evolet me había fotografiado en nuestro viaje a Persia. Aparecía dormido en el autobús junto a Yoh, abrazando a mi espíritu acompañante.

—Rayos, no encuentro mi teléfono —se lamentó ella, ganándose mi atención.

Dejé el marco justo donde lo encontré para disponerme a ayudarla. Reí por lo bajo al ver que estaba buscando su celular en el armario. Dudé que ella lo hubiese dejado ahí. Fue entonces que me percaté de un detalle que no había notado. Era la primera vez que se amarraba el cabello y dejaba a la vista su nuca, donde vi una pequeña marca. Parecía un… ¿Tatuaje? Sí, era un tatuaje que tenía la forma de una flor de loto. Me pareció extraño, pues no recordaba que ella se hubiera hecho otro tatuaje ese día. Decidí que se lo preguntaría luego.

—Podría llamarte. Creo que así lo encontraremos más rápido —propuse.

Mi novia me sonrió, un poco apenada.

—Por favor…

Busqué su número y le marqué, esperando que ella no lo hubiera silenciado. De pronto, oímos una graciosa melodía resonar en toda la habitación. Continuamos con la búsqueda, guiándonos por el ringtone. Me tomó un par de segundos darme cuenta de que el sonido provenía desde la cama. Me agaché para buscar debajo de ella, y sonreí victorioso al encontrarlo. Al leer la pantalla, no pude evitar soltar una risotada.

—¿…Yoh de pelo largo?

—Vaya bromita, ¿eh? —comentó, aguantándose la risa—. Ese día realmente me tomaste el pelo, Hao.

—Lo siento, tenía que hacerlo —me excusé, encogiéndome de hombros.

Era un recuerdo especial que ambos teníamos. Ese día en que nos conocimos…

Estaba algo nervioso, pues Miki y yo llegamos a Izumo luego de trece años de estar separados de mamá y mis hermanos. Mis abuelos, al enterarse de que mis padres se habían reconciliado, propusieron que los visitáramos durante las vacaciones de verano. No sabía qué esperar, pues mis hermanos me habían dicho que Izumo era bastante tranquilo. Esperaba que estuvieran exagerando… No quería morir del aburrimiento.

Iba tan perdido en mis pensamientos que no noté cuando me separé de papá. Llegué a preocuparme, pues la casa era tan grande que podía perderme con facilidad. Recorrí los largos pasillos durante un buen rato, llegando a distintos puntos de la residencia menos a la sala, donde mi familia me esperaba.

Genial, no han pasado ni cinco minutos y ya me perdí —me quejé en voz baja, para luego lanzar un resoplido.

Envié al Espíritu del Fuego para que les avisara dónde estaba. Sentía demasiada vergüenza por no encontrar siquiera la entrada. Después de unos minutos, salí al amplio y hermoso jardín. Ahí había un numeroso grupo de jovencitas en pleno entrenamiento, y eran guiadas por una chica de cabellera azabache y unos hermosos ojos dorados. Las animaba con toda la energía del mundo… No lograba entender cómo demonios podía estar tan feliz con algo tan simple como un entrenamiento. Nuestras miradas se cruzaron por unos segundos y una sonrisa apareció en su rostro. Les indicó a las chicas que podían retirarse, felicitándolas por su excelente desempeño.

Qué alegría verte, Yoh. No venías de visita desde que fuiste a Tokio.

¿Yoh? —repetí, confundido. Entonces comprendí que me había confundido con mi gemelo—. Ah, sí. Ha pasado mucho tiempo. ¿Cómo has estado?

No supe cómo diablos había logrado contener la risa, pero no podía dejar pasar esa oportunidad de jugarle una broma. Ella creía que estaba hablando con Yoh, así que decidí seguirle la corriente. Encontraba divertido hacerme pasar por mi hermanito, y quería ver cuánto tiempo podía fingir ser él hasta que ella se diera cuenta.

No habíamos hablado tanto, pero me sirvió para darme cuenta de que era una de las pocas personas que ya no existían. Era muy alegre, y era un poco difícil para mí comprender su actitud que, en cierto modo, se parecía tanto a la de Yoh. Era una personalidad colorida que llamaba mi atención y que quería tener cerca, así como me había pasado con él. Quería ser un chico igual de feliz y, por un instante, deseé que ella me enseñara a sentirme de esa manera. No obstante, no contaba con que Yoh interrumpiría nuestra conversación.

Ahí estás, hermano —se acercó a nosotros, quedando junto a mí.

La chica miró a mi hermano y luego a mí, y viceversa. Lo hizo un par de veces más, logrando que nos riéramos.

¡Por todos los espíritus! —exclamó Keiko, llegando detrás de Yoh. Se le veía muy aliviada por haberme encontrado—. Ese irresponsable de Mikihisa. ¿Cómo pudo descuidarse? Sabe muy bien que tú no conoces esta casa.

¿Tía Keiko?

Hola, cielo —saludó ella, cariñosamente—. Mira, te presento a mi hijo mayor. Es el gemelo de Yoh —habló, mirándome con severidad.

¡¿Qué?! ¡Creí que Yoh se dejó crecer el cabello! —confesó, al tiempo en que sus mejillas se coloreaban. No pareció gustarle que estuviera lagrimeando por reírme tanto—. ¡No es gracioso! ¡Me engañaste!

No es para tanto, niña. No seas aguafiestas —le respondí con tono brusco.

En ese momento, no era capaz de socializar correctamente con los demás, por lo que no podía evitar hablar feo cuando algo me molestaba. Yoh suspiró y negó con la cabeza, mientras me miraba. Keiko, por otro lado, me decía que así nunca tendría amigos.

Los días pasaban, y no pude evitar darme cuenta de que no volví a ver esa chica. Llegué a pensar que hasta me tenía miedo, cosa que no me sorprendería luego de todo lo que había pasado en las distintas escuelas a las que fui. Yohmei insistía que era por el entrenamiento de sus aprendices, pero yo sabía que no era así. Luego de varias semanas, finalmente la vi de nuevo en el jardín, justo en la entrada del templo. Sentí ganas de acercarme a hablarle, y entonces noté que no estaba sola. Un chico de mi edad la acompañaba, y no parecían tener una plática amigable. No sabía qué demonios le había dicho, pero debió ser muy grave como para hacer que comenzara a llorar.

¡¿Qué le hiciste, imbécil?!

Si había algo que odiaba, era a los estúpidos que no sabían respetar a las mujeres. Él me miró con sorpresa por un momento, aunque luego su expresión cambió por una igual de furiosa y volvió a dirigirse a ella.

¿Así que es por este que me has estado evitando? ¡Tú sabes bien que eres mía y de nadie más!

Me acerqué hacia él, propinándole un golpe en el rostro. De esa manera, inició una pelea física entre ambos. Esto llamó la atención de más de uno en la casa, y de no haber sido por Mikihisa, quien se apresuró a separarnos, hubiera logrado tirarle los dientes a ese tipo. Mi familia guardó un poco de distancia, viendo con confusión la escena. Yohmei abrazó a su protegida, que continuaba llorando.

Escúchame bien, idiota. Déjala en paz, si no quieres que te mate —le aclaré, apretando los puños con fuerza—. ¡Me importa un carajo quien seas!

Mi abuelo le exigió una explicación a Allen cuyo nombre me dirían luego–, y él no dudó en inventarse una excusa que nadie creyó. Sonreí cuando Yohmei lo echó de la casa, diciéndole que jamás volviera a aparecer por esos terrenos.

Me habían castigado a pesar de todo, y tenía un ojo morado y un labio partido que me dolían bastante. Esa noche, estaba sentado en las escaleras que daban al patio. No podía dormir por el dolor agudo. Llevé la mano a mi rostro, queriendo tocarlo con cuidado. Sin embargo, unas pisadas detrás de mí hicieron que me sobresaltara y, por el susto, metí fuertemente el dedo en mi ojo lastimado.

¡Lo siento! No quise asustarte —se disculpó la protegida de Yohmei, viéndome algo afligida. Lanzó un ligero suspiro—. Yo… Quería agradecerte por haberme defendido. Te debo un favor.

Sólo hice lo que me pareció que era correcto —sonreí de lado—, pero puedes agradecerme diciéndome tu nombre, chica misteriosa.

Ella soltó una ligera risita. En ese momento no sabía que, en el futuro, amaría tanto su risa.

Me llamo Evolet —se presentó con una sonrisa—. ¿Y tú? ¿Cuál es tu nombre, Yoh de pelo largo?

Me eché a reír al escuchar ese nuevo apodo. Sabía que mi gemelo también lo encontraría divertido.

Hao Ma-… Asakura —me corregí, apenado.

Era una costumbre para mí usar el apellido de mi padre, aunque ahora supiera que era un Asakura. Ella pareció divertirse por eso. Dejé de sonreír, cuando volví a recordar ese día en que empezamos con el pie izquierdo.

Oye, perdóname por lo que pasó hace unos días. No quise ofenderte con mi estúpido malhumor. Lamento haberme portado como un idiota.

Descuida, Hao.

Nos mantuvimos en un silencio cómodo por un momento. La miré de reojo, notando que era una chica muy bonita. A pesar de eso, no sabía si podía confiar en ella. Decidí utilizar mi Reishi para averiguarlo. Mi habilidad mental también me permitía ver el aura de los demás, para saber cómo era realmente una persona. Me sorprendí enormemente al ver que su aura era blanca. Lo mismo ocurrió cuando conocí a Yoh. Gracias a mi poder, supe que podía confiar plenamente en él, dado que era alguien de noble corazón. Justo ahora, mi Reishi me estaba confirmando que su energía era muy parecida a la de mi hermano. Pensé, con alivio, que era alguien de fiar.

¿Te duele mucho? —supuse que preguntó por mis heridas, por lo que asentí. Lo pensó por un momento y finalmente sonrió—. ¿Me acompañarías al bosque? Hay algo que quisiera mostrarte.

Aunque era alguien con muchísimos problemas emocionales, decidí dejarme guiar por lo que había visto anteriormente. Nos adentramos al bosque, que estaba detrás de la mansión de los abuelos, hasta llegar a un estanque de aguas cristalinas. Creí que esa masa de agua no era normal, y acerté. Evolet me dijo que tenía propiedades curativas. Luego de ayudarme a lavar las zonas heridas con muchísimo cuidado, me aseguró que al día siguiente estaría como nuevo.

Ninguno de los dos se dio cuenta, pero nos sorprendió que una bola de lodo le diera al árbol que estaba detrás de mí. Alcé la mirada y vi a unos espíritus alados. Evolet sonrió y me contó que esos espíritus eran muy juguetones. Al instante, uno de ellos me tiró lodo a la cara, enfureciéndome. Antes de darnos cuenta, estábamos jugando abiertamente con ellos. Terminamos cubiertos de lodo por completo, pero tuve que admitir que pasamos un muy buen rato.

¿Qué harás mañana? —le pregunté, curioso.

Nos aseamos antes de regresar a la mansión. Estábamos a punto de llegar al pasillo que conducía a su habitación. Evolet se mostró un poco triste por la pregunta.

—…Iré al Monte Osore con el resto de aprendices, por un entrenamiento anual que nos imponen los abuelos —me explicó, bajando la mirada—. Por eso, antes de irme, quise agradecerte por defenderme. Probablemente, no nos volvamos a ver… Tú vives en Tokio, y creo que tus vacaciones acaban en unas semanas.

Es verdad —me lamenté, desviando la mirada hacia el pasillo—. Bueno, quizá podamos coincidir la próxima vez que vuelva. Podríamos ir a pasear o algo así.

Suena bien —me sonrió y no pude evitar imitarla.

En ese momento, no sabíamos que nos volveríamos a ver dos años después. A veces solía pensar en ella, preguntándome si había encontrado a alguien que le robara el corazón… así como ella había empezado a robarse el mío.

—Fuiste mi héroe —confesó, regalándome una sonrisa—. Me protegiste de él… y aunque tal vez saldé mi deuda, en ocasiones siento que no es así.

—No digas eso —la regañé con dulzura—. Sabes que haría cualquier cosa por ti.

—¿…Sabes? Cuando Allen llegó al templo y el abuelo me dijo que quería pedir mi mano, estaba dispuesta a conocerlo —confesó, tomándome de las manos y acariciándolas lentamente. Quizá pensó que me pondría celoso—, pero luego fui notando algunas actitudes que no me gustaban: se enfadaba seguido, me reclamaba por pasar poco tiempo juntos… Incluso llegó a molestarse porque prefería estar con Anna. Era muy extraño.

—Debiste decírselo a Yohmei. No hubiera dudado en intervenir —mencioné.

—Lo sé, pero ese día me amenazó para que nos comprometiéramos. Sabía que su familia era influyente, y no quería que los abuelos pagaran las consecuencias. No dudé en creerle, y por eso estaba llorando.

—Jamás te obligaría a estar conmigo, si no quieres —le aseguré, devolviéndole las caricias—. Para mí, tu felicidad es lo más importante. Siempre te protegeré.

—Te creo —susurró, sonriendo tiernamente.

Nos centramos en otros temas más interesantes, como mi Reishi. No esperaba que Evolet me preguntara si alguna vez me molestó escuchar tantas voces en mi mente. Claro que era molesto, pero Mikihisa y mi abuelo paterno me habían ayudado a controlar esa habilidad en pocos años. Me alegraba que, aunque sea por un momento, Miki había dejado de lado el odio hacia su padre para evitar que algo malo me sucediera. La conversación se alargó tanto, que apenas y nos dimos cuenta cuando ya era un poco tarde.

—Creo que deberíamos irnos a la cama —habló ella, levantándose de su lugar.

Me sorprendí durante unos breves segundos.

—Diablos, señorita… Yo creí que Pilika era la más atrevida —sonreí de lado.

Evolet se sonrojó mucho al darse cuenta del doble sentido de la frase e intentó retractarse. Me reí de la situación sin poder evitarlo. Cuando me controlé, noté que había hecho un pequeño mohín. Se veía tan tierna de esa forma, que no pude resistirme y uní mis labios con los suyos. Parecía que la había tomado desprevenida, pero se relajó casi al instante, correspondiendo al dulce beso.

No habíamos tenido un momento a solas para besarnos a gusto como ahora. Sentía unas terribles ganas de tocarla, así que lo hice. Rodeé su cintura con las manos y ella se estremeció. Tal vez porque mis manos estaban heladas y esa blusa tan corta me permitía tocar la piel de su espalda. Evolet mordió ligeramente mi labio inferior, y enloquecí con ello. Me encantaba que se dejara llevar así conmigo. Profundicé el beso, sintiendo que la temperatura de nuestros cuerpos aumentaba. La dejé respirar y aproveché para dejar un camino de besos hacia su cuello. Al llegar a su yugular, sentí la necesidad de morderla. La sensación de mis colmillos rozando su piel me forzó a separarnos y precipitarme a morderme la muñeca para que se me quitaran las ganas. Justo como lo indicó Cedric.

—L-lo siento… No quise… —intenté disculparme en voz baja.

Evolet también me miraba con cierta pena, como si pensara que era la causante de lo que había ocurrido. Se formó un silencio incómodo, y me disculpé para luego salir de su cuarto. Su aroma todavía no permitía que volviera a mis cinco sentidos. Me llevé las manos a la cabeza, maldiciendo por dentro. Empezaba a notar lo grande que era mi atracción hacia ella, pero no podía permitirme un descuido así.

Nunca me lo perdonaría.


•❈•


Me giré por décima vez en la cama, intentando conciliar el sueño, pero me fue casi imposible. Lo ocurrido la noche anterior no me dejaba tranquilo. Sentía mucha culpa, a pesar de que no pasó a mayores. No quería ni imaginarme a mí mismo quitándole la mortalidad a mi novia por no saberme controlar. Me resigné a que no podría seguir durmiendo y me levanté, para salir de mi cuarto e ir a saciar mi sed de sangre. No encontré a nadie de camino a la cocina. Qué raro, a los chicos les gustaba madrugar. Me encogí de hombros, entrando a la cocina.

Yoh estaba apoyado contra el refrigerador, bebiéndose un vaso de sangre con toda tranquilidad. Noté que su cabello estaba seco, lo cual me dio una brillante idea. Aproveché que no había notado mi presencia para salir de nuevo e ir a buscar algo. Regresé cuando él estaba terminando de lavar el vaso que utilizó. Notó que escondía algo detrás de mi espalda, y no pudo evitar mirarme con curiosidad.

—¿Qué traes ahí? —quiso saber, colocando el vaso en la parrilla de soporte donde se secaban los platos.

—Oh, no es nada —mentí, sonriendo de lado—. ¿Ya te bañaste?

—Aún no… Amanecí con sed luego de la fiesta de ayer. Quise venir a desayunar primero —me explicó.

Sus mejillas se sonrojaron levemente.

—Genial.

Estaba claro que no veía venir mi siguiente movimiento. Cuando se volteó y me dio la espalda por unos segundos, saqué el recipiente que estaba escondiendo, vertiéndole su contenido encima. Yoh se llevó una mano a la coronilla, dándose cuenta de la textura pegajosa del producto.

—¡¿Qué demonios me echaste, Hao?!

—Sólo te puse un poco de mi maravilloso champú —le informé, dejando ver el bote del mismo—. Ahora no tienes excusa para postergar tu baño.

Solté una risita cuando pasó a la par mía, golpeándome ligeramente. Sabía que no se había molestado; sólo estaba fingiendo. Me dediqué a desayunar, mientras esperaba que Yoh regresara. Luego de haber probado el invento de Fausto, me entristecía la idea de volver a beber sangre así nada más, pero no tenía opción. No podíamos aprovecharnos del pobre amigo de Mikihisa. Tenía otras cosas que hacer, además de estar experimentando con sangre sintética. No debíamos abusar de su buena voluntad.

—No puedo creer que esté a punto de decir esto… pero tenías razón —Yoh entró nuevamente a la cocina, mientras se peinaba—. ¡Mi cabello está más sedoso y brillante!

—Claro, sólo compro cosas de calidad —reclamé, haciéndome el ofendido.

Mi gemelo me dio un pequeño coscorrón en la cabeza, que obviamente no me dolió. Aunque, igualmente, fingí enojarme con él.

—¡Oye! Más respeto, que soy tu hermano mayor.

—Por tres minutos —se burló él, quitándome el recipiente de las manos—. Aún no puedo creer que fuiste hasta Los Ángeles para comprarlo, con ese dinero que ganaste en la apuesta de hace unos meses… ¿Gastaste doscientos cuarenta dólares en esta cosa? Es demasiado dinero.

—En realidad, no fue tan caro. Compré la presentación más grande para que me durara más tiempo. Como mi cabello es muy largo, necesito muchísimo champú para lavármelo —le expliqué, sintiéndome un poco frustrado.

—Bueno, si no quieres gastar tanto en champú, entonces córtatelo —me sugirió con burla.

Lo miré con profundo horror, sin poder creer lo que me estaba diciendo.

—¡No digas eso! ¡Podría escucharte! —exclamé, acariciando mi cabello como si lo estuviera protegiendo. Mi gemelo se echó a reír al verme tan paranoico—. Yoh sólo estaba bromeando. Me ha costado que crezcas tanto. Jamás te cortaré.

Mi hermano se burló de mí hasta que los demás bajaron. Todo transcurrió con normalidad, entre risas y burlas. Una vez que terminaron, les pedí a mis mejores amigos que nos apartáramos del resto por un rato. Nos sentamos en las escaleras de la entrada principal, buscando un poco de privacidad. Ambos notaron que traía dos enormes paquetes. Intentaron ocultar sus semblantes de extrañeza, mas no lo lograron del todo.

—¿Estamos celebrando algo? —inquirió Red, señalando ambos obsequios.

Sonreí de lado al ver que no torcían el gesto.

—Son para ustedes, par de tontos —entregué su regalo a cada uno. Aceptaron, no sin antes dudarlo—. Desde que nos conocimos me han ayudado mucho. Siempre estuvieron ahí cuando más los necesité. Fui un tonto por no comunicarme tanto con ustedes… especialmente contigo, Nichrom —miré a mi amigo, sintiéndome un poco mal por ello—. Tal vez no sea mucho, pero quería agradecerles por ser los mejores amigos del mundo. Espero que les guste.

Retiraron el empaque con emoción, preguntándose qué contenían. Sonreí al ver sus reacciones. Había pensado que sería un lindo detalle regalarles, a cada quien, una versión adulta de los disfraces que teníamos cuando éramos niños. El suéter y la máscara que usaban cuando salíamos de la escuela, para después ir al cementerio. Hace unas semanas, había decidido buscar ambas cosas en Persia. Fue una suerte que tuvieran el mismo diseño, pero en unas tallas más grandes.

—Te pasaste, Hao —susurró Red, mirando con nostalgia su máscara de Tengu.

—Pensé que sería bueno recordar los viejos tiempos —confesé, restándole algo de importancia—. Y también actualicé mi disfraz, así no sería el único y diferente del grupo.

Ambos me golpearon amistosamente en cada hombro, sacándome un par de risas. Estuvimos hablando durante un buen rato sobre tonterías, como solíamos hacerlo. Cambiamos el tema al recordar que le prometimos a Redseb que lo ayudaríamos a conquistar a Marion. Él se echó a reír, admitiendo que no estaba muy seguro sobre nuestros planes. ¿Cómo osaba pensar algo así de nosotros? Nuestros planes eran a prueba de tontos.

—No creo que sea una buena idea disfrazarse de ladrones, para que yo pueda salvarla —señaló entre risas.

—¡Es el plan perfecto! —Nichrom trató de hacerlo entrar en razón—. La "salvas" de nosotros, ella te agradece y empezará a fijarse en ti. Cualquier chica se enamoraría del chico que la salvó de un aprieto.

—¿De quién están hablando? —se escuchó una voz, llamando nuestra atención.

Se trataba de mi mamá, quien parecía estar de salida para pasear con Opacho. Le explicamos nuestro plan, sin omitir ningún detalle. Al final, nos miró con duda.

—¿…Eso es todo lo que han pensado? —inquirió, sin saber qué más decir. Cuando supo que no teníamos otras opciones, soltó un suspiro—. No quiero hacerlos sentir mal, pero no creo que eso funcione. Marion parece ser el tipo de chica que no dudaría en darles una paliza, si se ve amenazada. En lugar de que se fije en Red, pensará que son unos raritos.

—Mi propia madre me llamó rarito… Eso dolió —musité, llevándome una mano al pecho.

Keiko rio dulcemente, encogiéndose de hombros.

—Lo que ustedes necesitan es una opinión femenina. A las chicas les encanta que les regalen chocolates.

—Eso es lo que a ti te gusta —la interrumpí, mirándola con diversión.

Los chicos y yo nos reímos por mi comentario, pero fuimos callados al ver que ella me miró con cierta furia. No quería sufrir la ira de mi madre, así que no volví a abrir mi bocota.

—Bueno, si no te parece esa opción, Red… Creo que se me acaba de ocurrir una mejor idea —sonrió, mirando a Opacho con complicidad.

Ella la vio con inocencia y nosotros con confusión. Mamá nos relató su plan, el cual no sonaba nada mal. Sin embargo, Redseb estaba un poco inseguro. Gracias a mi Reishi, supe que le daba vergüenza que mi madre lo estuviera aconsejando. Ya después lo molestaría con ese tema.

Caminamos por toda la aldea, buscando a Phauna. Luego de un rato, pudimos verla cerca de un puesto de helados. Era el momento perfecto, pues se encontraba sola. Keiko le dio un pequeño empujón a Opacho, dando inicio a su plan. Ella corrió hacia Mari, y se escondió detrás de sus piernas. La chica italiana se mostró confundida ante el juego de la niña.

—¿Opacho? ¿Dónde estás? —exclamó Red.

Fingió mirar detrás de cada arbusto y banca, buscando a la pequeña. Opacho fingió encogerse en su escondite y reírse, mientras Mari veía la escena confundida. Red se acercó hasta la shaman, haciendo un esfuerzo para no demostrar sus nervios.

—¡Hola, Mari! —la saludó él—. ¿Has visto a Opacho? No la encuentro por ningún lado, y ya llevo rato buscándola.

Red se asomó hacia el lado izquierdo de Mari, y la niña se movió del lado contrario. Estuvieron así un buen rato, jugando tiernamente hasta que ella decidió salir de su escondite y comenzó a correr, alejándose. Él no tardó en alcanzarla y la atrapó en un abrazo. Ambos rieron, de lo más divertidos. Noté, asombrado, que incluso lograron contagiar a Mari.

—Pensé que eras un inmaduro, pero es lindo que juegues a las escondidas con ella —dijo la rubia, mirando con ternura la escena—. No sabía que te gustaban los niños.

Nichrom y yo chocamos los cinco, felices por nuestro amigo.

—Mi trabajo aquí está hecho —sonrió Keiko, sintiéndose satisfecha al ver a Mari y a Red teniendo una pequeña conversación.

Llamé a Opacho mentalmente, para que se apartara. Decidimos dejar a los tortolitos solos, esperando que todo resultara muy bien. Esperamos con ansias a que Redseb llegara a casa, queriendo que nos contara todo. Regresó un par de horas después, y nos relató que todo había ido de maravilla.

—¡Estamos putamente orgullosos de ti! —el apache le dio un par de palmaditas en la espalda, provocando que mi amigo de ojos azulados se echara a reír.

Nos alegraba que todo hubiera salido a la perfección. Ya sólo quedaba acercarse de una manera más íntima a ella, con confianza. Estábamos seguros que, luego de un tiempo, acabaría conquistándola por completo.


•❈•


Solté un suspiro de aburrimiento. Incluso podría apostar que Yoh, quien era el más tranquilo entre los dos, estaba en las mismas. Hacía hora y media que esperábamos a Cedric porque teníamos que entrenar. Nos encontrábamos sentados en las escaleras de la entrada, y así esperamos un buen rato hasta que él volvió. Por alguna razón, me pareció verlo un poco cohibido. Nos preguntó a cada uno si habíamos visto su capa negra. Al no encontrarla, tuvo que salir sin ella. Me imaginé que más de una lo había piropeado en el camino. De lo contrario, no estaría tan apenado. Me aguanté una risa, pero decidí no comentar nada.

—¿Y el sol no le hizo daño? —inquirió Pilika.

—No sobrepasé el límite de dos horas, por eso no sucedió nada —a pesar de responder a la pregunta, Cedric tornó el gesto—. Y aunque así fuera, los rayos del sol tampoco me matarían. Si acaso, sólo lograrían hacerme quemaduras de segundo grado.

—No se ofenda, tenemos creencias particulares sobre los vampiros —explicó Manta, nerviosamente—. ¿Podría confirmarnos si son mitos o verdades?

—…Hasta ahora no sé qué es lo que piensan los mortales sobre nuestra raza —susurró Cedric, sintiendo cierta curiosidad—. A ver, pregunten lo que quieran.

—¿Es cierto que pueden transformarse en murciélagos? —se adelantó Horo, sonriendo.

Probablemente le alegraba que el vampiro hubiera accedido a la petición que habían hecho. Cedric lo miró como si estuviera loco.

—¿…Qué? Por supuesto que no. Salvo que el inmortal en cuestión tenga la habilidad para cambiar de forma, los demás no podemos transformarnos en algo tan pequeño. Lo que sí podemos hacer es comunicarnos con ellos —respondió, haciendo una pequeña mueca pensativa—. Los murciélagos entienden nuestra lengua por ser del mismo linaje. Actúan como mensajeros para los vampiros y son capaces de recorrer largas distancias. Además, en Ascantha son vistos como mascotas, al igual que las arañas. No hay una sola casa donde no tengan un murciélago o una araña. Los niños los adoran.

Estaba seguro de que más de uno se había mirado entre sí, dudando. Por la cara que estaba poniendo Tamao, la idea no parecía gustarle tanto.

—¿Es verdad que el ajo puede matarlos? —preguntó un curioso Lyserg.

—Eso también es falso. El ajo y la cebolla sólo nos irritan la garganta —respondió con voz cansina.

—¿Y las estacas de madera? ¿O los crucifijos?

Esa pregunta por parte de Chocolove pareció colmar la paciencia del vampiro.

—¿Cómo es posible que los humanos se hayan inventado tantas tonterías? —soltó Cedric, visiblemente indignado—. ¿En qué se basaron para preguntarme todo esto?

—Hollywood —respondieron los chicos al unísono.

—…No puedo creer lo bajo que han caído los cineastas —susurró, llevándose una mano a las sienes—. Mejor empecemos con el entrenamiento, antes de que cambie de opinión y vaya a Hollywood a destruirlo todo.

Una vez que entró a la casa y salió con la capa que había perdido, lo seguimos al lugar donde siempre entrenábamos. La Rebelión ya estaba practicando por su lado, teniendo pequeños combates. Al menos, no teníamos que preocuparnos por eso. Todo marchaba sobre ruedas.

Su majestad nos ordenó que peleáramos en parejas, siguiendo el ejemplo del resto del grupo. Los chicos formaron sus equipos, dejándonos a Yoh y a mí solos. Debía encantarles la idea de que nos matáramos entre nosotros.

—Míralo de esta forma. Así podremos prepararnos para cuando tengamos una batalla en el torneo. En ambas peleas resultaré victorioso —presumió.

Sonreí de lado ante su reto. No quería admitirle a Yoh que esperaba no tener que luchar con él. Mi hermano también tenía un sueño que anhelaba cumplir, y no quería ser yo el responsable de que ya no pudiera llevarlo a cabo. Pensé que, si el destino o "Los Grandes Espíritus" querían que nos enfrentáramos en esta maldita competencia, aun así, le ayudaría a cumplir su sueño. Si mi hermanito quería tener una vida tranquila, haría lo posible para que eso se volviera una realidad.

—Por cierto, ¿cómo sigue Opacho? ¿Está mejor? —preguntó, algo preocupado.

—…No la he visto en todo el día. Espero que sí.

Empezamos nuestra batalla, mas no podía concentrarme. No dejaba de pensar en lo sucedido la noche anterior. Opacho llegó a nuestra habitación a media noche; se le veía muy asustada y nos contó que había tenido una pesadilla. La pequeña había soñado que seguía encerrada en el tétrico calabozo de Darkar. Llegué a odiar aún más a nuestro enemigo. Era increíble que hubiera llegado al punto de capturar niños y encerrarlos en celdas como animales. De pronto, y no sabía por qué, pero tuve un mal presentimiento relacionado al tema. Sentía que el padre biológico de Cedric podía hacer su próxima jugada pronto. Ignoraba si mi miedo era por Opacho, o si era por alguien más… No iba a permitir que se metiera con mis seres queridos.

—¡Hao! —exclamó mi mentor, regresándome a la realidad.

Tardé mucho en reaccionar. No pude evitar que una enorme roca me golpeara justo en la cara. Yoh detuvo su ataque y corrió a auxiliarme. Se sentó en el suelo y luego revisó mi rostro, como si de verdad estuviera adolorido.

—Estoy bien —susurré, sonriendo un poco.

Cedric se acercó a nosotros. Tenía el ceño ligeramente fruncido.

—Ten más cuidado. Sé que piensas que sólo es un entrenamiento más, pero eso no justifica que estés tan distraído —me regañó, cruzando los brazos—. Tendrías que tomártelo más en serio —aconsejó, suavizando su expresión facial—. Si hay algo que te preocupa, no dudes en decírmelo. Exteriorizar tus temores podría ayudar a relajarte un poco. Debes permanecer en calma para enfrentar cualquier situación que se te presente.

Me sorprendía que estuviera hablándome de esa forma. Me aconsejaba… como si fuera mi padre. A veces no creía que alguien tan sarcástico y serio como él nos cuidara tanto. ¿Lo hacía porque éramos los elegidos? ¿O de alguna manera había logrado tenernos cariño? Lastimosamente, no tenía una respuesta a esa inquietud.

—Creo que sería un excelente padre —comentó Yoh con simpatía—. Siempre está velando por nosotros.

Sin embargo, noté que Cedric se puso rígido. Incluso su mirada cambió a una más seria. Supuse que no debía agradarle el tema, o tal vez le afectaba un poco. Aunque sintiera curiosidad por la situación, no le preguntaría por respeto a su privacidad.

—Si tú lo dices, Yoh.

El vampiro decidió omitir el tema, y nos tendió las manos para ayudarnos a ponernos de pie. De repente, se me quedó mirando algo sorprendido. Noté que observaba un punto en particular en mi pecho, así que bajé la mirada, pero no vi nada más que el collar que mi novia me había regalado.

—¿Sucede algo malo?

—¿Dónde lo conseguiste? —quiso saber, atropelladamente.

Tomó la mitad del yang, inspeccionándola con cuidado.

—Evolet me lo regaló en mi cumpleaños —dije, viéndolo con extrañeza—. ¿Por qué lo preguntas?

—…Por nada en particular, es sólo que este es un tipo de metal muy raro. Difícil de encontrar —me explicó—. Me sorprendió que tuvieras algo así en tu poder. Me imagino que, por la forma, deben ser dos mitades. ¿Evolet tiene la otra?

—Así es… Espera. ¿Cómo sabes eso?

Cedric no me contestó, y por la mirada que me lanzó, no estaba dispuesto a seguir con la conversación. Se disculpó, diciendo que iría a buscar algo a la casa. Le lancé una mirada a Yoh, quien se encogió de hombros. Él tampoco entendía su forma de actuar. No sabía por qué, pero algo me decía que no estaba diciendo toda la verdad. Regresó luego de unos instantes, y traía consigo una tetera gigante y unas tacitas muy pequeñas.

—Escucha, Hao. Eres un shaman de fuego excepcional, pero como tal, debes tener un muy buen enfoque. Me refiero a tener una concentración absoluta.

—¿Perdón? Mi concentración siempre es absoluta —repliqué, casi ofendido.

Yoh y Cedric se voltearon a ver, y luego a mí.

—Muy bien, entonces demuéstramelo —me retó, divertido—. Se me ocurrió un pequeño entrenamiento para ti.

Le pidió a mi gemelo que utilizara sus poderes para hacer aparecer una roca, de modo que sirviera como mesa. Colocó los recipientes sobre ella, dejando una taza frente a cada uno. Mi hermano se sentó, tal y como Cedric se lo pidió. La confusión se reflejaba en su rostro, al igual que en el mío.

—¿Qué? ¿Acaso vamos a tomar el té? —me burlé, provocando que Yoh riera a la par conmigo.

Cedric sonrió de lado.

—Si quieres verlo así, supongo que no importará —comentó, mientras levantaba la tapa, permitiéndonos ver su contenido—. Tu entrenamiento consiste en servir el té en estas tres tacitas que ves aquí. Suena sencillo, pero se requiere absoluta concentración para no derramar ni una sola gota. Recuerda que una tortuga puede alcanzar su meta, sin importar lo lento que sea su caminar.

—El cuento de la liebre y la tortuga, de Esopo —señalé, viéndolo con sorpresa—. Es la primera frase extraña que logro comprender. ¡No puedo creer que entendí la referencia!

Cedric no dijo nada, pero pareció divertirle mi repentina emoción.

—Muy bien, pero esta es una pérdida de tiempo —musité. Levanté la tetera sin gran dificultad y, tomándome mi tiempo, logré servir un poco de té en la primera taza—. ¿Lo ves? Totalmente concentrado.

—Pff, ¿Qué haces, Hao? —noté que Horo, Len y Chocolove se acercaban. Los tres intentaban aguantarse las muecas de burla—. ¿Ya es hora de la merienda?

—¿Harás galletitas también? —preguntó Chocolove—. ¡Ven, Mic!

Los fulminé con la mirada. Sus estúpidos comentarios llegaban en mal momento.

—Sigue sirviendo, Hao —Cedric me recordó la tarea, y eso hizo que los brazos me temblaran de rabia.

—Ya que estamos aquí, ¿por qué no nos sirves un poco a nosotros también? —inquirió Len, sentándose.

Gruñí por lo bajo, pero Cedric volvió a llamarme la atención. No sabía que las distracciones venían gratis con la tarea. Sentí que una venita en la frente se me hinchó.

—Debes aislar todas las distracciones, silenciar la tormenta de tu mente —soltó el vampiro, señalando su cabeza—. Sólo entonces alcanzarás la concentración total.

Me estaba desesperando entre las advertencias de Cedric y las provocaciones de los demás. Yoh me miraba con preocupación, mas no le presté atención. Rechiné los dientes, mientras intentaba cumplir con la tarea de llenar la otra taza. Claro que, esta vez, un par de gotas salieron de la misma, pues mis brazos no encontraban la estabilidad necesaria.

—Sólo te queda una.

Las risas de esos imbéciles no me ayudaban en nada. Incluso se habían atrevido a beberse el té y exigir las dichosas galletas en mi cara. Estaba a punto de terminar con la última taza, cuando el celular de Horo vibró. Eso provocó que la tetera se me resbalara un poco. La boquilla de la misma se hundió en la taza, dejando caer parte del té sobre la mesa. Me asusté tanto que no se me ocurrió otra cosa que lanzar la tetera lejos, para que no se siguiera derramando. Todo pareció ir en cámara lenta, en tanto me daba cuenta de lo que hice. La tetera acabó rompiéndose en pedazos a los pies del mismo Cedric.

Todos permanecieron en silencio y mi mentor sólo atinó a verme, para luego negar con la cabeza.

—Maldición… —susurré.

Sin decir nada más, Cedric tomó sus cosas y se retiró. Muy en el fondo, y sin saber por qué, me sentía muy decepcionado. Los chicos no volvieron a emitir palabra. Creí que todos ahí sabían lo susceptible que estaba, y sería capaz de quemar vivo a quien se me cruzara por el camino. Me fui directo a mi habitación, esperando que una buena sesión de música fuera suficiente para calmarme.


•❈•


—No esperaba tener que enfrentarte, Hao —admitió mi oponente.

Ese día había amanecido con una sensación muy extraña en el pecho. Estaba como ansioso, y horas más tarde entendería el motivo. Finalmente, los Grandes Espíritus me habían seleccionado para que tuviera mi primer combate en esa dichosa etapa final. La espera me había parecido casi eterna… Me impacientaba estar sin hacer nada.

—Yo tampoco, pero así es la vida. Hay que aceptar que sólo habrá un vencedor en esta batalla… y ese seré yo —lo reté, al tiempo que formaba mi oversoul—. Espero que te hayas preparado para asimilar tu derrota. De esa manera, no te sentirás tan mal cuando acabe este combate.

Mi adversario tenía razón en algo, jamás esperé luchar contra él. Lyserg era alguien que se hacía agradar muy fácil. Es más, lo consideraba como alguien a quien acudir en caso de necesitar un oído que me escuchara. Estaba curioso por saber si tendría algún as bajo la manga, pues parecía ser un requisito para todo aquel que clasificó en la siguiente ronda.

—Ese consejo te servirá más a ti que a mí —soltó una risita—. Porque seré yo quien clasificará a las semifinales.

Imitó mi acción, realizando su posesión de objetos. Sin embargo, era la primera vez que veía ese péndulo. Era de color dorado, y se veía un poco más grande que el otro que usaba anteriormente. Estaba seguro de que me lo iba a poner difícil, pero era comprensible. Quería continuar en el torneo, igual que todos. Deseaba convertirse en Shaman King para cumplir su sueño, el cual no era el mismo tras haber conocido a Cedric. Quería destruir a los vampiros, pero sólo aquellos que eran malvados.

—¡Este combate será entre Hao Asakura y Lyserg Diethel! —anunció Radim, a través de su micrófono. El público veía la escena con emoción—. ¿Están listos?

Ambos asentimos, con la adrenalina corriendo por nuestras venas.

—¡QUE COMIENCE LA PELEA!

—¡Péndulo en forma de torpedo!

Lyserg se apresuró a atacarme con su posesión. Morphine piloteaba el cristal a una velocidad increíble. Incluso parecía que sus movimientos eran más rápidos que de costumbre. Sin embargo, no iba a permitir que me venciera tan fácil. Pude esquivar cada uno de los ataques que me lanzaba. Le agradecí mentalmente a Cedric, pues debido a sus "odiosos" entrenamientos, mi agilidad había mejorado bastante.

—Maldición, eres bastante escurridizo —farfulló Lyserg, mostrando una sonrisa forzada.

—O tú eres muy lento —lo reté, mirándolo con diversión.

Prendí ambos brazos en fuego y corrí hacia él. El inglés enrolló el cable de su arma por mis brazos, impidiendo que pudiera atacarlo. Me eché a reír al ver que trató de prevenir mi ataque. A pesar de ello, mi amigo había olvidado un pequeño detalle.

—Buen intento, pero… ¡Aún tengo mis piernas libres!

Lancé una patada hacia su brazo izquierdo, donde cargaba el dispositivo que contenía su péndulo. El aparato se activó, soltando el alambre y enrollándolo en su interior. Lyserg lo sacudió con fuerza al notar que las llamas estaban envolviéndolo. Estuve tentado a usar mi Reishi para descubrir qué estaba pensando, aunque no era tan necesario, pues bastaba con ver la expresión de su rostro. Parecía no saber qué hacer. Volvió a intentar golpearme con su péndulo, obteniendo el mismo resultado.

—¡Ataque Fantasmagórico del Big Ben!

Ahí estaba, el ataque que esperaba con ansias. Muchos de los shamanes a los que Lyserg se había enfrentado, no habían podido evadir la imponente estructura que formaba el cable. La famosísima campana del reloj donde, según la historia de mi amigo, su padre escondió la llave de la jaula de Morphine. Gracias a ella, el Diethel desarrolló sus poderes como radiestesista. Esperé hasta el último segundo para esquivar su ataque. Di un salto hacia atrás, en tanto preparaba mi contraataque. Aspiré cierta cantidad de aire y lo liberé, dejando salir así mi aliento de fuego. El cordón se prendió en llamas. El inglés se apresuró a sujetar el cristal antes de que cayera al suelo. Un sonido extraño provino desde el interior del aparato, provocando una sonrisa en el rostro del shaman. Cambié mi semblante, preocupándome. No me gustaba para nada ese gesto sarcástico.

—Gracias, Hao. Acabas de asegurarme la victoria —habló con sorna, a la vez que conectaba el cristal en, lo que parecía ser, otro cable nuevo—. Mi padre me regaló este péndulo hace unos días, para que pudiera ganar esta competencia. Lo mandó a hacer especialmente para mí. El hecho de que lograras quemar el cordón anterior sólo anticipó mi ataque final.

—No puede ser… —susurré, sujetando con fuerza mi posesión de objetos.

Tenía pensado lanzar otro ataque, pero Lyserg se me adelantó. Ese cordón lucía más grueso que el anterior, y también se extendía increíblemente rápido. Traté de evadirlo, pero el péndulo parecía ser más veloz que yo. Apenas y pude notar que el cable iba encerrándome a medida que pasaba a mi alrededor. Pronto me vi atrapado en una esfera gigante hecha por el cordón. Al principio, no entendí el motivo… hasta que noté que dicho cordón era tan grueso que ni siquiera permitía el paso del aire. Por ende, no había oxígeno ahí dentro.

—¡Mierda! —exclamé, nervioso.

No muchos sabían que mi medio de posesión era el mismo oxígeno. Mi elemento era completamente inútil sin la presencia de este. Perdería mi oversoul en este momento, y mi pase para clasificar. Observé a mi alrededor con desesperación. Intenté cortar el cordón con mi espada, pero no parecía dañarlo siquiera. Era una suerte que fuera un vampiro… De lo contrario, estaría al borde de la muerte. Tenía que pensar rápido, antes de que mi posesión desapareciera. Mi gran audición me permitía escuchar las risitas de Lyserg, y los comentarios de los espectadores. Algunos estaban preocupados por mí, como mi familia y amigos, mientras que otros se atrevían a burlarse con descaro.

Debes aislar todas las distracciones, silenciar la tormenta de tu mente, resonaron las palabras de Cedric en mi mente. Sólo entonces alcanzarás la concentración total.

Cerré los ojos, intentando despejar mis pensamientos. Exhalé un par de veces, aunque no lo necesitara realmente; lo hacía más para tranquilizarme. Luego de un rato, dejé de escuchar el bullicio del exterior, concentrándome sólo en dejar mi mente en blanco. Estaba encerrado en esa prisión y mi posesión se debilitaba con el paso del tiempo, ya que no había tanto oxígeno para mantenerla. Necesitaba encontrar ese elemento tan vital para los seres vivos. Si el péndulo impedía el paso del oxígeno por el aire…

—Claro… La tierra también tiene pequeñas cantidades de oxígeno —musité, feliz por haber recordado lo que aprendí en la escuela años atrás—. ¡Eso es!

Hundí ambos brazos con fuerza en el suelo, y los prendí en fuego. Mi plan fue dando sus frutos. Una gran llamarada se extendió frente a mí. Aumenté tanto su poder que fue subiendo por las paredes, hasta alcanzar la parte más alta de mi encierro. Fue así que comenzó a incendiarse.

Por supuesto, Lyserg no tuvo otra opción más que deshacer su ataque, si no quería ser un blanco directo de mis llamas. Pensé que, con un rápido movimiento de su dispositivo, el fuego se extinguiría antes de que carbonizara el péndulo. Antes de que hiciera cualquier otro movimiento, me coloqué frente al cristal y le lancé un golpe con mi espada. El péndulo se rompió en mil pedazos. El inglés cayó al suelo de rodillas. Su espíritu acompañante apareció junto a él, viendo con algo de tristeza a su desilusionado amo.

—¡HAO ASAKURA ES EL GANADOR DE ESTA PELEA!

Me acerqué hacia él, ordenando las palabras en mi cabeza. Me preocupaba un poco cómo se tomaría esta derrota. Extendí una mano frente a él, provocando que alzara la mirada hacia mí. Sin embargo, terminó por sonreír. Aceptó la mano que le tendía, permitiendo que le ayudara a ponerse de pie.

—Lo siento, amigo —me disculpé con una ligera sonrisa—. Diste un excelente combate. Fue interesante pelear contigo. ¿Estamos bien?

—No te preocupes —asintió, riendo—. Si me has derrotado, al menos asegúrate de seguir peleando igual de genial que hoy.

—Dalo por hecho.

Nuestros amigos y familiares bajaron a la arena, para felicitarnos a ambos. Liam y Jane no dejaban de decirle a mi amigo lo orgullosos que estaban de él, pues igual había llegado muy lejos en el torneo. Técnicamente, quedó en sexto lugar.

—¡Felicidades, Hao! —su aparición fue tan repentina, que apenas y pude notar que mi novia me dio un tierno abrazo. Parpadeé un poco, y reí con suavidad. Me puse a corresponder el gesto de Evolet, sintiendo una cálida sensación en mi pecho—. Me tienes muy orgullosa.

—Siempre has estado ahí para mí —dije entre susurros—. Gracias por todo.

Alcé la mirada, sintiéndome algo observado. Cedric me veía un tanto serio, pero su mirada cambió al notar que me había dado cuenta. Suavizó sus ojos y me hizo un gesto de aprobación con la cabeza. Supuse que me estaba felicitando, por lo que le devolví el asentimiento con la cabeza. En parte, gané gracias a su ayuda… En serio, odiaba admitirlo.

Cuando me separé de mi chica, tenía pensado decirle que se adelantara, pues tenía que darme una ducha urgente. Amaba sentirme limpio, aunque todo mundo pensara que era un exagerado. Ella me sorprendió al decirme que tenía unos pendientes con los abuelos y que me vería en la casa. Acepté, pensando que me venía perfecto. Mi novia se despidió de mí con una sonrisa. Contemplé cómo se perdía de vista, luego de cruzar por la salida del estadio.

Dejarla sola fue la peor decisión que había tomado ese día.


•❈•


Evolet caminaba rumbo a la casa, cargando las medicinas y un par de cosas que le habían encargado Yohmei y Kino. Independientemente de lo que los demás pensaran, ella les hacía los favores encantada. Pensaba que era lo mínimo que podía hacer. Ellos la acogieron cuando era una recién nacida y le dieron todo lo que necesitaba para subsistir. Tal vez los abuelos pensaban que era poco, en comparación a lo que recibían otros niños de su edad. Sin embargo, ella estaba agradecida por ello, pero, sobre todo, por el cariño que le daban. Mizu estaba acompañándola fielmente. El pequeño espíritu sintió la mirada de su dueña, y soltó un dulce maullido. Evolet se enterneció por esto y no pudo evitar hincarse a su altura, para acariciarla dulcemente.

—También estoy muy agradecida contigo —aseguró, escuchándola ronronear—. Has estado a mi lado desde que tengo memoria, y siempre me has protegido de todo peligro. No eres un simple espíritu, Mizu… Para mí, eres como un ángel que me cuida todo el tiempo.

Mizu la miró con extrañeza, como si la hubiera ofendido al decirle eso último. Sakurai rio un poco al notarlo.

—¿Por qué te pones así? No tiene nada de malo ser un ángel. Son hermosos… como tú.

Ambas retomaron su camino, aligerando un poco el paso. Evolet supuso que, por el tono de voz que habían empleado, los Asakura tenían cierta urgencia. Así que optó por apresurarse. De pronto, oyó que alguien tarareaba una canción que se le hacía muy familiar, aunque no sabía dónde la había escuchado. Mizu se subió a su hombro derecho, y ella notó que tenía todo el pelo del cuerpo erizado. Comenzó a gruñirle a la nada y mostró sus pequeños colmillos. La Sakurai se dispuso a calmarla y habló.

—¿Se le ofrece algo, señor?

Una figura apareció detrás de ella, logrando que volteara para darle la cara. No se sorprendió de ver a Darkar Blair por ahí, pero le extrañó que se acercara a ella. Este la miraba, mientras una sonrisa divertida se dibujó en la comisura de sus labios.

—Impresionante. Muy pocos logran atraparme así. Soy muy sigiloso —ignoraba los gruñidos del espíritu acompañante. Hasta parecía divertirle—. Es una grata coincidencia. No esperaba encontrarme a la protegida de los Asakura por aquí.

Se detuvo frente a ella y la miró de pies a cabeza. Evolet se sintió algo intimidada.

—Me parece que, a pesar de tener tantos encuentros, no nos hemos presentado tú y yo. No puedo dejar pasar esa falta de cortesía de mi parte —era un poco evidente que sus palabras tenían un toque de burla. Le ofreció la mano—. Darkar Blair. Soberano de Ascantha y, por tanto, rey de todos los vampiros.

La chica no supo qué decir ante eso. Lo miró con cierta duda, y tampoco aceptó la mano que le tendía. El adulto se echó a reír al verla tan confundida.

—No te preocupes, lindura. No muerdo —guiñó el ojo, sonriendo traviesamente. Sus puntiagudos colmillos sobresalían de entre sus labios—. Está bien, lo hago en algunas ocasiones, pero está en mi naturaleza. ¿Qué puedo decir?

Ella se adelantó, interrumpiéndolo.

—¿Necesita algo? —soltó de manera abrupta—. Disculpe, pero llevo prisa.

—Tranquila, sólo quería hablar contigo. No es necesario ponernos… ariscos —comentó casualmente, viendo de reojo al espíritu que la acompañaba—. No pude evitar notar que, en esa última batalla que tuvieron como equipo, mis poderes no te afectaron. Pareces ser más excepcional de lo que te ves, debo admitirlo… Hasta podría jurar que eres una vampiresa.

Evolet se guardó una risa sarcástica.

—Creo que es obvio que no lo soy —declaró, como si fuera una cosa de todos los días—. Soy tan mortal como cualquiera en esta aldea. Salvo por ustedes.

—Tienes razón. No tienes ninguna característica física que te exponga —señaló Darkar, frunciendo un poco el ceño—. Es muy extraño. Eres tan parecida, pero a la vez tan diferente…

Ella ni siquiera entendía por qué le estaba diciendo todo eso. Sólo la confundía más. Darkar, por su parte, alzó la mirada cuando sintió un conjunto de pisadas cada vez más cerca. No estaba en sus planes tener espectadores… pero pensó que sería lo ideal para dar su último paso.

—Escuche, no sé qué quiere de mí, pero desde ya le digo que no me interesa —le aseguró Evolet, tomando a Mizu entre sus brazos para tranquilizarla—. Sólo quiero que sepa que no dudaré en ponerme en su contra si le hace daño a mi familia.

—¿Familia? Me parece interesante que lo menciones, cuando tú no conociste a tus verdaderos padres. Eres una huérfana que fue acogida por los Asakura, ¿no?

La jovencita no pudo evitar sentirse un poco mal por ese tema, del cual no quería hablar. No sabía por qué las palabras de Darkar tenían tanto impacto en ella. No le estaba hablando de forma tan agresiva como lo hizo Jeanne durante su pelea con Yoh, pero, aun así, sentía que el corazón se le rompía. Estaba tan metida en sí misma, que no notó que ya no estaban solos.

—Aléjate de ella —advirtió Hao con su posesión en mano—. No lo repetiré.

Tanto él como todos sus amigos estaban a la defensiva con sus oversouls.

—Estamos teniendo una conversación, Hao —lo calló el vampiro, mostrándose un tanto indignado—. ¿Tus mugrosos padres no te han enseñado modales?

Yoh y Kaoru sostuvieron a su colérico hermano mayor, quien le estaba gruñendo al hombre de cabellos violetas. Darkar sonrió de lado, pero decidió ignorarlo y centró su atención nuevamente en Evolet. Ella ni siquiera estaba prestando atención, pues parecía ensimismada en sus pensamientos. Eso le agradó.

—Alguien muy cercano a mí me comentó que tienes unos modales exquisitos, no hay nada que me llame más la atención —la halagó, obteniendo la atención de la shaman de ojos dorados—. Tal vez los Asakura han hecho un gran trabajo contigo, porque te han enseñado a respetar a los mayores, proteger a tus seres queridos… Sin importar lo que pase.

Evolet alzó la mirada, encontrándose con los ojos azules de su interlocutor.

Dime, querida… ¿Acaso los Asakura te han hablado de tu origen? —soltó, sonriendo con sarcasmo—. ¿Te han dicho quién eres y de dónde vienes?

Ninguno notó que los chicos se vieron entre sí, como si no entendieran nada, pero nada les causó más confusión que lo que ocurrió a continuación.

¿A qué se refiere con eso? —preguntó ella, en un susurro.

La sonrisa de Darkar se ensanchó al ver el rostro de cada uno de los presentes. Los dichosos amigos de la chica la veían con las bocas entreabiertas y los ojos un tanto desorbitados.

Digamos que tengo las respuestas que necesitas. Los Asakura nunca te revelarán nada, por temor a que decidas abandonar a "tu familia" —musitó, riendo con ligereza—. Puedes comprobarlo por ti misma, pregúntales. Verás que no te dirán nada.

¡Ellos jamás me ocultarían nada si lo supieran! —negó Evolet, viendo con desesperación al vampiro—. Son mi familia. Me han cuidado desde siempre.

¿Estás segura de que te lo han contado todo? Si yo fuera tú, lo dudaría —acortó más la distancia entre ellos. Los demás habían dejado caer sus armas por la confusión, y Evolet tuvo que sujetar a Mizu cuando casi se le fue encima a Darkar—. Así como te lo he dicho, sé más de lo que crees. Si alguna vez quieres saber más sobre ello, sólo ven a buscarme. Te estaré esperando.

Empezó a retomar su camino, mientras los chicos se apartaban a un lado. Dio media vuelta cuando recordó un detalle más.

Por cierto, vi que te gustó la cajita de música que dejé para ti. Considéralo como un regalo, Alyss.

¿Alyss? —repitió ella, confundida.

Darkar soltó una pequeña carcajada, y nadie le impidió marcharse. Todos se habían quedado en un silencio sepulcral. Poco a poco, todas las miradas se centraron en la responsable de lo que pudieron presenciar, pero nadie se atrevía a hablar.

—¿Qué acaba de pasar, Evolet? —se aventuró a preguntar Tamao.

—¡Sí! ¿Qué fue lo que te dijo ese sujeto? —añadió Manta, algo preocupado.

Evolet pareció extrañarse por la pregunta.

—¿Por qué me lo preguntas? Estabas aquí, lo escuchaste todo —habló, mas fue sorprendida por la negativa de la mayoría.

—No fue así —intervino Len, mirándola suspicaz—. De un momento a otro, estaban hablando en otra lengua. No sé los demás, pero yo no la conozco.

—¿…Qué? ¿De qué hablas? ¡Estaba hablando en perfecto japonés!

—Que no, pue' —soltó Chocolove, perdido—. Ninguno te entendió, mi chava.

La chica parecía tan sorprendida que confundió más a los demás.

—Oye, ¿hay algo que tengas que decirnos? —quiso saber una tímida Kaoru, pues no quería sonar como si estuviera acusándola.

A pesar de tener que dar explicaciones que ni ella misma tenía, Evolet no pudo dejar de pensar en lo que ocurrió. Si el objetivo de Darkar era llenarla de dudas, lo estaba logrando perfectamente. Suspiró.

—No lo sé —admitió con pensar. No quería hablar, y sentía que la cabeza le daba vueltas. Soltó a Mizu con desgano—. Lo siento… Necesito estar sola.

Dicho esto, les dio la espalda a todos para alejarse a paso lento. Hao quiso avanzar para no dejarla sola, y seguramente más de uno ahí quería respuestas, pero Zenki y Goki impidieron el paso. Hao volteó a ver a Anna, quien tenía los ojos cerrados.

—Déjenla, además… —se volteó, dispuesta a irse también—. Creo que no es la única que necesita pensar. Vámonos.

Los demás desistieron de la idea y accedieron a la orden de la itako. Por otra parte, Hao se mantuvo en su lugar, con un lío en la cabeza. Yoh se acercó para sacarlo de sus pensamientos.

—Hay que irnos —murmuró el menor.

Sin más que decir, el shaman de fuego decidió acompañar a su hermano menor. Era difícil pensar en la idea de que hubiera algo que unía a Evolet con el rey de los vampiros. Algo que hasta ella misma desconocía y que, seguramente, podría traerles muchos problemas en el futuro.


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¡Hola! ^^

…Nos estamos acercando al clímax de la historia, amigos xD Debo admitir que no pensé que fuera posible, luego de tanto tiempo… Estoy muy emocionada, porque se vienen capítulos muy interesantes. Espero que les guste lo que va de la trama y lo que falta por ver, tanto como a mí.

Gracias, nee :3 Por ayudarme, como siempre. Por ser parte de esto y ayudar a darle el toque mágico al fic :P

A ustedes, lectores, muchísimas gracias por seguir esta historia. Me animan a continuarla n.n Cualquier duda o comentario que tengan, no duden en hacérmelo saber :) Saben que sus reviews son bienvenidos.

¡Nos vemos! ^^