Disclaimer: Shaman King y sus personajes no me pertenecen. Son del gran Hiroyuki Takei. Tampoco son de mi autoría algunos lugares, canciones y/o marcas que aparecen aquí. Sólo la trama, personajes propios y lugares ficticios son invenciones mías. Gracias a Sabr1 por prestarme a sus OC (Evolet/Alyss, Cedric y Leia).

Advertencias: LEMON, lenguaje soez, gore (leve o moderado), y algunos pensamientos obscenos (Rated T).

Género: General. Tiene un poco de todo.

Pensamientos, comunicación por telepatía, recuerdos, sueños.

Conversación en otro idioma.


28

El inicio del fin


Hao Asakura

Me aseguré de que nadie estuviera viéndome y llevé los dedos índice y medio a mi boca para retirar todo rastro de sangre fresca. Acababa de terminar mi cacería junto a Yoh, tras lo cual él decidió que tendría una tarde tranquila con Anna. Era muy buena idea si lo pensaba bien, por eso decidí que me tumbaría a ver varias películas y estrenos que me había perdido durante este interminable torneo, ya que estaban disponibles en la web. Abrí la puerta sin cuidado, pues sabía que la mayoría no estaba en casa. Fue entonces cuando me detuve al oír una discusión que apenas era aplacada por los muros. Eran las voces de dos personas que no creí que podrían discutir, o al menos, no tan pronto. La curiosidad me superaba, por lo que subí las escaleras para ir al cuarto de estudio.

—Creo que no eres consciente de la situación, Alyss —se oía hasta ofendido—. Lo que me pides es inaceptable.

La puerta estaba entreabierta, así que pude acercarme a ver.

—Es que no te estoy pidiendo permiso —respondió ella, manteniendo el contacto visual con Cedric—. Ya soy lo bastante mayor para tomar mis decisiones.

—¡No deberías tomarlo a la ligera, jovencita! —insistió él. Supuse que notó que estaba gritando, así que se calmó y tomó un respiro—. Desde que naciste, no he hecho más que luchar para que sobrevivieras. Te puse a salvo de mi padre y sus espías y hui durante dieciséis años… ¿Tú crees que es justo que me pidas que te quite esa vida que tanto juré proteger? Entiéndelo, eres parte de dos mundos.

—Ese no es el problema —refutó ella, soltando un suspiro—. Justamente porque quiero vivir es que necesito que me vuelvas vampiresa. Soy la única que sigue como mortal. ¿O acaso quieres verme muerta más adelante?

—¡¿Cómo me preguntas una cosa así?!

Por la expresión que había puesto, supe que eso le había dolido. Quise entender ambos puntos de vista. Cedric sólo quería que ella tuviera una vida normal como cualquier otra persona: crecer, tener hijos, envejecer. Nunca iba a tener que lidiar con su sed y tampoco se quedaría estancada a sus dieciséis años. Sin embargo, Alyss tendría más posibilidades de sobrevivir si se volvía inmortal. Darkar había intentado asesinarla dos veces… nadie podía asegurar que no lo intentaría una tercera. Supuse que recordar ambos sucesos terminó por convencerlo.

—…no puedo hacerlo —susurró el vampiro, a punto de tener una crisis. Pareció que iba a decir algo más, cuando, de repente, hizo una mueca y rodó los ojos—. Hao, si vas a entrar, hazlo de una maldita vez.

Muy bien… no fui tan sigiloso como yo creía. Terminé por abrir la puerta con algo de vergüenza. Alyss, por otro lado, se sorprendió al ver que estaba ahí.

—Lo siento, no pude evitarlo —me disculpé, pero luego me decidí a hablar—. Si el problema es que no puedes convertirla… puedo hacerlo yo.

—Genial, sólo viniste para embarrar más la situación —era evidente que Cedric iba a estar molesto por mi ofrecimiento.

—Papá —reprochó mi novia.

—Me alimenté hace unos minutos, así podré detenerme a tiempo y no la mataré. Te prometo que tendré cuidado —su semblante seguía sin cambiar, por lo que seguí hablando para hacerlo entrar en razón—. Entiendo que sea doloroso para ti, pero… al final, el futuro es incierto y yo tampoco quiero perderla.

Alyss pareció entender mi punto, pues ablandó su semblante y se le acercó a su padre, cuidadosamente.

—Sabes que no es por mi condición. En este poco tiempo, aprendí a quererme tal y como soy… pero tengo miedo, igual que tú —explicó ella, tristemente—. Ya estuvimos separados por muchos años, no dejes que la muerte lo haga otra vez.

Ese testimonio pareció darle en donde menos se lo esperaba, pero no se molestó ni se puso triste, más bien pudo abrirle los ojos. Eso debió preocuparlo aún más.

—¡Está bien! Ustedes ganan —resopló, arreglándose la camisa—. Iré a buscar a Fausto y a preparar la celda. No se tarden.

Una vez que Cedric salió de la habitación, Alyss cerró los ojos y suspiró.

—No me gusta herir sus sentimientos —confesó.

—Tranquila, sólo hay que darle tiempo —aunque era lo que menos teníamos: el tiempo. La miré a los ojos, preocupado—. ¿…Estás segura de querer esto?

Desvió su mirada hacia el piso. Claro que no lo quería, pero no tenía opción. Así como pasó con todos nosotros. Estaba nerviosa, y era bastante entendible.

—Está bien, vamos al cuarto —musité, para luego tomarla de la mano.

Fuimos a la habitación que compartíamos para evitar cualquier interrupción. Era inútil pedirle que se tranquilizara, así que opté por distraerla yo mismo. Cerré la puerta una vez que entramos y la miré, sonriendo de lado. No podía creer lo que estaba a punto de hacer.

—Antes que nada, creo que podríamos aprovechar que estamos solos —ella me miró, confundida. No perdí el tiempo y me acerqué—. Ya sabes, podríamos hacer cosas que no deberíamos —le guiñé un ojo.

—¿…Qué?

Estaba muy sacada de onda por mi comportamiento y no la culparía si me daba una cachetada luego de esto.

—¿Qué te parece si nos damos un baño relajante juntos? —noté que los colores se le subieron a la cara. Para entonces ya había retrocedido hasta toparse con la pared—. Me vuelve loco tan sólo pensar en verte sin nada puesto.

—¡Eres un pervertido! —exclamó, abochornada.

No pude evitar reírme, logrando contagiarla.

—Está bien, me conformo con un beso —fingí derrota, sonriendo levemente.

La vi negar, mientras sonreía. Quizá pensaba que era un caso perdido, lo cual tampoco era mentira. Unimos nuestros labios en un beso, y entonces noté que estaba visiblemente más relajada. No tenía la piel crispada y se entregó completa y absolutamente a mí. Dejé de besarla para bajar mi boca hacia su cuello donde continué apaciguándola con pequeños besos. Su piel era tan suave que morderla no me supondría ningún problema. La sentí tensarse un poco cuando perforé su delicada piel, pero lejos de ahogar un lamento, la oí jadear… casi extasiada. Eso me hizo perder un poco el control, y que su sangre tuviera un sabor tan único no me ayudaba mucho. No tardé en empezar a sentir un sabor ácido en la lengua, la primera señal. Unos segundos después, dicha acidez se tornó asquerosa y se liberó mi veneno. Mi novia quedó inconsciente entre mis brazos cuando separé mis colmillos de su cuello. Saqué un pañuelo de tela de mi bolsillo para cubrir la herida abierta.

—Espíritu del Fuego —lo llamé y apareció ante mí—. Ve por Fausto, por favor.

El desmayo era completamente normal, y luego de verlo tantas veces decidí que estaría calmado y actuaría con prudencia. El dolor era terrible y era probable que tuviera una sensación de mareo. No me resultaba agradable saber que le hacía daño, pero era parte del proceso de conversión. Fausto no tardó en llegar y, entre los dos, la llevamos a los calabozos donde estaría encerrada por unos días, tal vez hasta menos. Sin embargo, tuve malas noticias al día siguiente. Primero, no iba a poder visitarla en los primeros días, y segundo, me enteré que mi novia se había despertado a media noche y, como era de esperarse, sufrió terriblemente con el dolor físico. Fausto me contó que, afortunadamente, Cedric había estado a su lado toda la noche. Sentí su sufrimiento por ella, pues su llanto llegó hasta ciertas partes de la casa… incluido nuestro cuarto.

Al día siguiente, volví a intentarlo… pero siempre se me adelantaba alguien más, o llegaba cuando ella estaba dormida. Maldecía mi suerte, pero no iba a desistir. Era el sexto día de su etapa de neófita, y por fin se me presentó una oportunidad. Alyss pareció aliviarse de verme y me señaló la puerta de su celda, pidiéndome que entrara. Debido a mi condición, no había ningún peligro así que lo hice. Tan pronto llegué a su lado, me puse cómodo en el futón y ella pasó sus brazos a mi alrededor para abrazarme, cosa que correspondí con mucho cuidado.

—Perdóname por no haber venido antes. Eres muy solicitada, ¿sabes? —sonreí juguetonamente, contagiándola—. ¿Cómo estás? ¿Te sientes mejor?

Al instante, quise darme un golpe en la frente por preguntar semejante estupidez. Era obvio que no estaría mejor. Acababa de convertirse en vampiresa y al inicio era horrible. El malestar físico era casi una tortura, sin mencionar que uno tenía demasiado tiempo a solas para pensar en todo lo malo que venía con ser alguien inmortal: tendríamos la misma edad por siempre, sin poder crecer o formar una familia. Sin embargo, su pequeña sonrisa me tomó desprevenido.

—Creo que ya estoy mejor, sólo lo pasé mal en los primeros días.

—Bueno, según lo que me comentó Fausto, el proceso de conversión antes de que despertaras definitivamente sólo duró un día —comenté asombrado, pues aún me sorprendía que sus días de neófita fueran notablemente menos que los de cualquiera—. Me pregunto si… Abre la boca.

Parpadeó confundida, pero me obedeció. Una risa escapó de mis labios y obvio que le molestó. Me callé al sentir un golpe en el brazo, fingiendo que me había dolido. Su fuerza claramente iba a ser superior, pero no esperaba que me igualara.

—¡Oye! Casi me rompes el brazo —bromeé entre risas.

—¡Te estabas burlando de mí!

—Es que te ves tan adorable —admití, sin poder dejar de reírme—. Tus colmillos no tienen ni la mitad del tamaño de los míos. Pareces una pequeña gatita.

La verdad era que se veía preciosa. Sus colmillos eran algo pequeños, como los de toda vampiresa. El tono de su tez también había cambiado, tornándose más pálida. Incluso podía apostar que también había crecido un poco y era más alta. No tenía demasiadas diferencias, y para mí siempre se vería hermosa.

—Deja de molestarme, Asakura —me advirtió, frunciendo el ceño—. Tengo un par de colmillos nuevos y no dudaré en usarlos.

—Me parece bien, suena divertido —me burlé, sonriendo de lado. Abrí la mochila que llevaba, sacando mi laptop. Me apresuré a explicárselo cuando vi la duda en su rostro—. Sé que estar aquí encerrada es muy aburrido, así que traje algo para animarte. Pensé que podíamos pasar el rato viendo alguna película o una serie… Y como me siento tan generoso, dejaré que tú la escojas.

—Qué caballero, no esperaba menos —rio, queriendo molestarme.

—Lo sé, soy maravilloso.

Nos reímos juntos. Ese detalle pareció conmoverla mucho, pues me sonrió con dulzura y depositó un beso en mi mejilla. Estuvimos así por una hora, disfrutando de la compañía del otro, mientras la película nos sacaba un par de risas. Era una comedia romántica, y aunque he de admitir que no eran mis favoritas, era casi perfecta para el momento. Bajé la mirada, esperando que mi novia no se hubiera dormido. Me perdí en su perfecto perfil, detallado cada parte de su rostro. No fui nada discreto, ya que ella pareció sentirse observada y volteó a verme. Sus ojos dorados se encontraron con los míos, conectándose entre sí.

—¿Sucede algo? —preguntó.

—En realidad… —me adelanté a bajar la tapa de la laptop, sin dejar de verla—. No puedo concentrarme en la película teniéndote tan cerca.

Sin permitirle decir nada más, y dejando que mi cuerpo actuara por sí solo, me acerqué a ella, pasé una mano por detrás de su nuca y la besé con cariño. Quizás era ridículo que no pudiera aguantarme cuando había pasado seis días lejos de ella, pero no era algo que pudiera evitar. Cada día sentía que la necesitaba más. Ella tomó mi rostro entre sus manos, besándome con ternura. Me dejé llevar por los suaves movimientos de nuestros labios. Besarla era como viajar hasta el cielo y quedarme entre las nubes. Sus manos bajaron hasta posarse alrededor de mi cuello. Por mi parte, coloqué una de las mías en la parte superior de su cabeza para acercarla más a mí, queriendo profundizar el beso. Tal vez no se lo había dicho a nadie, pero me aterraba la idea de convertirla y perderla por un descuido. Nuestros labios siguieron con ese dulce juego, con esas caricias que luego se volvieron más apasionadas. Creí que nada podría encenderme más, pero estaba equivocado. De un momento a otro, sentí que los botones de mi camisa estaban siendo desprendidos uno por uno.

—Alyss… —su nombre se me escapó en un jadeo ronco.

No me había quitado la camisa por completo, pero sus manos se paseaban tan libremente por mi pecho que me costaba mantener la cordura. Decidí que quería más y, poco a poco, fui tumbándola sobre el futón con delicadeza. Sus dedos se enredaron en mi cabellera, como si intentara contener ese deseo carnal que iba creciendo en su interior. Por mi parte, bajé mis labios a su cuello, mordiendo con locura su piel. Llegué a uno de los tirantes de su blusa, el cual bajé por su hombro con mis dientes y continué besando el nacimiento de sus senos.

—Hao… —gimió, aplicando mayor presión en su agarre.

Al contrario de pensar que me dolería, me excitaba que jalara de mi cabello así. Sus manos volvieron a posicionarse en mi nuca, acercándome a ella. Volvimos a besarnos con pasión. Sin controlarme, alcé una de sus piernas y, debido a que estaba usando una falda, pude acariciarla sin medir mi atrevimiento. Ella seguía acariciando mi pecho, mientras nuestras bocas seguían en una danza ardiente. Ninguno era consciente de lo que estaba haciendo… y claro que nada podía ser perfecto. Nos detuvimos cuando oímos voces que se acercaban. Alyss pareció entrar en pánico y, como acto reflejo, me hizo retroceder con una patada. Había sido tan fuerte que me golpeé contra una de las paredes.

—¡Lo siento! —exclamó asustada y llevándose las manos a la boca.

Supuse que no lo había hecho a propósito, así que negué con la cabeza y le di a entender que me encontraba bien. Estuve a punto de hablar, pero el sonido de la puerta nos interrumpió. Tanto Cedric como Leia nos lanzaron una mirada algo extrañada. Alyss seguía cubriéndose la boca en vergüenza, con el tirante abajo. Por mi parte, me había apresurado a abotonarme la camisa, pero seguía contra la pared.

—¿…Qué sucedió aquí? —preguntó Leia, casi asustada.

Mi respuesta se vio interrumpida por una risotada de parte de Cedric. Creí que debió darse cuenta de que su pequeña me había dado una patada.

—Bien hecho, hija. Se lo merecía —su risa murió cuando su esposa lo miró mal.

Puse los ojos en blanco antes de levantarme.

—Vamos a fingir que nada pasó, par de pillos —musitó Leia, divertida.

—Aquí no pasó nada —fingí demencia, sacudiéndome los pantalones.

—Claro, Hao —intervino Cedric, arqueando la ceja—. Eso explica tu camisa mal abotonada.

Bajé la mirada y me puse rojo al notar que la evidencia estaba ahí. Maldición.

—En fin, no vinimos a discutir los pésimos gustos de mi hija —respiré profundo y conté hasta diez para no decir nada—. Fausto nos ha dado permiso para ir de caza contigo, Alyss.

Mi novia se sorprendió por lo dicho por su padre, bajando sus manos.

—¿Qué? ¿Ya puedo salir?

—Así es, creo que Fausto ya te explicó que tu proceso iba a ser más rápido por obvias razones, ya tenías la mitad de la inmortalidad —comentó Leia, radiante como siempre—. Y como ya puedes salir, lo mejor será que saciaras tu sed, mi pimpollo. ¿Qué dices?

Vi a Alyss sonrojarse por el sobrenombre. Me volteó a ver levemente, y la animé con la mirada. No habría mejores maestros de caza que sus propios padres.

—Claro, me encantaría.

Tanto Cedric como Leia se pusieron felices y salieron en compañía de su hija. Al menos, Alyss ya estaba cooperando. Me apresuré a meter mi laptop otra vez en mi mochila y salí de los calabozos, regañándome mentalmente. ¿Qué demonios había pasado ahí abajo? Estuvimos a nada de quedar sin ropa y hacerlo ahí, en la celda. Quería muchísimo a Alyss, pero no era la forma de sentirnos más cerca. Jamás me perdonaría que nos hubieran pillado en algo tan íntimo.

Bueno, ya puedes estar contento —la voz del Espíritu del Fuego invadió mis pensamientos, fastidiándome—. Ah, no. Espera… No puedes.

—Cierra la boca, maldita sea —repliqué.

Cuando subí a la planta baja, alcancé a ver que los tres se alejaban… como una verdadera familia. Tuve sentimientos encontrados, debería estar feliz por el lazo que se estaba formando entre ellos, pero a la vez tenía miedo. Me sentía egoísta al pensar que esa cercanía podría terminar por separarla de mí. Ninguno podía asegurar que ella no querría irse a vivir con sus padres luego de todo esto. Esa simple idea hacía que se me revolviera el estómago.

—Cambia la cara, o se te va a notar.

La voz de Anna a mi lado me sobresaltó. La volteé a ver, preguntándome cuánto tiempo estuvo ahí. Ella también se encontraba viendo hacia mi misma dirección.

—¿De qué hablas? —quise desentenderme del tema.

—Lo sabes muy bien —dejó de cruzar los brazos y me miró—. Ella tiene todo el derecho de hacer su vida como quiera… y nosotros no podemos interferir.

Me quedé callado, pues con Anna no era necesario hablar. Aunque no quisiera admitirlo, ella era quien más podía entenderme. Ambos teníamos en común una relación con Alyss.

—No eres el único que tiene miedo de perderla —la vi desviar la mirada. Sabía que podía entenderme a la perfección. Ella también estaba dolida—. Ella se lo merece más que nadie… y si llegara a encariñarse lo suficiente con Cedric y Leia, lo único que nos queda por hacer es respetarlo.

—Lo sé, pero no me imagino una vida sin ella.

Mi voz denotaba la desesperación que sentía.

—Tampoco yo, pero la vida es así. A veces nos tocará vivir sin las personas que más amamos.

La rubia soltó un suspiro, entretanto ordenaba las ideas en su mente. La mía era un completo caos. Su mirada también cambió, mostrándose compasiva.

—Sólo nos queda estar preparados por si eso ocurre —admitió, tomándome por sorpresa—. No sólo tú perderás a tu novia, yo perderé a mi hermana… e incluso los abuelos a una hija. Pese a ello, sería muy egoísta no permitirle disfrutar de la oportunidad que la vida le quitó.

—Anna…

—Si eso es lo que ella quiere —me interrumpió—. Deberíamos animarla.

Sentía que mi corazón se había roto en mil pedazos, mas tenía razón. Al menos haría un esfuerzo por ocultar esa tristeza que guardaba en lo más profundo de mi ser. Si la quería tanto como pensaba, su felicidad debía ser lo más importante. Puse una de mis manos sobre su hombro, brindándole mi apoyo. Anna parpadeó repetidamente, como si estuviera intentando no echarse a llorar ahí mismo. Le regalé una pequeña sonrisa que fue correspondida casi de inmediato.

—Gracias, Anna —consideraba necesario hacérselo saber.

—No te acostumbres —habló, volviendo a su típica frialdad—. Hago esto por mi mejor amiga.

Solté una pequeña risa, agradecido por recibir apoyo de quien menos esperaba.

—Lo sé.


•❈•


Yoh Asakura

Estaba seguro que, si aún fuera mortal, mi salud estaría en pésimas condiciones. Desde que supe que Hao sería mi oponente en la final del torneo, mi sistema se alteró un poco. Como si eso no fuera suficiente, la situación se había agravado en los últimos días. Por muy cansado que estuviera, no lograba dormir de forma correcta. Si tenía suerte, podía dormir al menos tres horas diarias… Se lo debía a mi cerebro que ahora tenía por hobbie martirizarme con el combate, y me tenía preocupado que esta noche no fuera diferente, pues la pelea sería mañana. No quería destruir el sueño de Hao, ya que implementar la ideología shaman en los humanos también era una excelente idea, así aprenderían a respetar al planeta y a los espíritus. Solté un suspiro, al tiempo en que volvía a frotarme ambos ojos, para intentar despabilarme. Volteé a ver a Hao, notando que estaba tan destruido como yo. Tenía feas ojeras bajo sus ojos. Me devolvió el gesto con cansancio, a lo que yo sólo sonreí.

—Opacho ya quiere ver la pelea de mañana —exteriorizó la niña, reflejando esa emoción en sus ojitos.

Ojalá pudiera decir lo mismo, pensé.

Algunas veces, desayunábamos todos juntos. Mi familia y la señora Leia habían decidido acompañarnos esta vez. Todos parecían notar la incomodidad que los dos sentíamos, menos Leia. La mujer acarició dulcemente el cabello de Opacho, mientras estaba sentada en su regazo. En el poco tiempo que había pasado, la pequeña se mostró muy apegada a ella y a Cedric.

—Opino igual, cariño. La Shaman Fight sólo ocurre cada quinientos años, ambos lograron llegar muy lejos. Es una oportunidad única, y sé que van a dar lo mejor de sí mismos mañana. Ya saben lo que dicen: "Si la vida te da limones…".

—¿Por qué alguien regalaría limones? —no me sorprendí cuando Cedric ingresó a la habitación con su ya usual sigilo, a diferencia de los demás—. Seguramente están podridos, nadie regala cosas porque sí.

Su incapacidad para comprender frases tan populares me sorprendía. ¿Era eso posible con la edad y el conocimiento que tenía? A veces creía que lo hacía casi a propósito. Vi a Hao de soslayo, quien estaba intentando contener la risa al ver que Leia se golpeaba la frente con la palma de la mano. Su frustración no le duró mucho, porque alguien más soltó un comentario que nadie se esperaba.

—Tienes razón, papá —concordó Alyss, descansando su mentón en la palma de su mano—. Yo tampoco lo entiendo.

—Es una broma, ¿verdad? —mi hermano estaba casi tan sorprendido como su suegra.

Alyss lo miró, confundida. Quizá pensaba que no tendría sentido mentir con eso.

—Oh, no. Tú también… —murmuró la amiga de mamá—. Por todos los espíritus, debo ser la única normal en mi familia.

—¿Normal? ¿Tú? —repitió mi burlona madre—. Estás más loca que una cabra. Podría jurar que la escuela celebró cuando nos graduamos, por fin se libraron de ti.

—Lo dice la mujer con el esposo que solía jugarle bromas a los maestros —ella intentó defenderse, haciendo un pequeño mohín.

—Dije loca, no problemática —Keiko se encogió de hombros.

Mientras mamá y Leia discutían, Cedric parecía estar analizando la comparación con la cabra. Decidimos cambiar de tema para evitar que esto siguiera frustrando a la pobre Leia. Nichrom y Redseb eran excelentes trayendo temas triviales a la mesa. La mayor parte de la conversación era incomprendida por Opacho, y era entendible, sólo era una niña de cuatro años. Sin embargo, aún existía un tema indispensable a discutir, debido a que los días pasaban, y él seguía sin aparecer.

—Creo que lo único que podemos hacer es estar preparados —sugirió Mikihisa.

—Pondría mis manos al fuego porque lo hará mañana —declaró mi gemelo, casi con rabia—. Ese maldito de Darkar Blair sólo está jugando con nosotros.

Un suspiro de agotamiento llamó mi atención y noté que Cedric parecía estarse lamentando en silencio. Mamá también lo notó y le dio un golpe en la cabeza a Hao, a modo de reprimenda.

—Lo siento…

—No me molesta que hables de él —habló nuestro mentor, volteándolo a ver—. Sólo… No me gusta que el apellido de mi madre sea expresado con tanto odio.

—¿El apellido de su… madre? —preguntó Kaoru, confundida.

—Así es —aseguró él, confundiéndome más—. El linaje real de los Blair era por parte de mi madre, no por él. No se merece tener el prestigio de un apellido que se robó.

—…No entiendo —expresó Horo-Horo, atónito—. Si el apellido era de su madre, entonces ella tenía que ser la reina, ¿no?

Cedric asintió con pesar. Sentí lástima por él, pues podía notar en sus ojos ese dolor que le causaba hablar de su mamá. A veces olvidaba que, a pesar de ser un vampiro, él tenía los mismos sentimientos que cualquiera de nosotros.

—Darkar no pertenece al linaje real de los Blair por sangre, sino que pasó a serlo cuando se casó con mi madre, la verdadera reina de Ascantha —explicó—. Por ende, la fortuna, las influencias y todo lo que conlleva, pasó a su poder… No se engañen, mi madre fue obligada a casarse con él. Todos los monarcas del país eran sumamente estrictos con que el sucesor y futuro gobernador debía ser un hombre. Para mis abuelos, fue vergonzoso tener una hija, que además creía en el amor y la piedad. Fue por eso que le buscaron un esposo.

—Eso es muy sexista —opinó Anna, sin poder ocultar su molestia—. Pienso que una mujer tiene los mismos derechos que un hombre.

—Estoy de acuerdo contigo —concordó Cedric—. Por desgracia, sus padres no lo veían así. Claro que la futura cabeza de la familia debía tener cualidades muy buscadas por vampiros sádicos y estrictos como lo eran ellos: fuerte, serio, con capacidad de dar órdenes y que no tuviera miramientos en conquistar pueblos… y lo encontraron en él. Lo único que sé, es que era huérfano. Los niños que están solos son criados como guerreros más que otra cosa, y mi padre fue el mejor de todos. Eso bastó para que declararan que él sería el siguiente en la línea.

Siempre que Cedric mencionaba a Darkar, lo hacía con demasiada calma, como si no le importara tenerlo como padre. Sin embargo, ese día era diferente. Nos relataba todo con un sutil tono de desprecio que jamás pensé que tendría.

—No puedo creer que lo hiciera sólo por su fortuna —murmuró Manta.

—Tenía mucho en juego, supongo —el vampiro apretó el puño derecho—. Todos los bienes, la posición, el poder sobre mi pueblo… incluso tuvo una máquina de matar. Sigo sin poder creer todo lo que ella tuvo que aguantar hasta que la mató.

Los rostros de todos se descompusieron al escuchar eso último. Tamao se cubrió la boca con sus manos, sintiendo tristeza por todo lo que sufrió esa pobre mujer.

—Darkar merece pagar por todas las atrocidades que cometió —juzgó Lyserg—. No es justo que siga manchando su apellido como si nada.

—No entiendo qué quiso decir con eso de "máquina de matar" —Len no titubeó en indagar, aunque noté que ya tenía la mirada desviada hacia el piso.

—…Me refería a mí —no se atrevió a vernos cuando lo dijo, y más de uno ahí lo miró con cierta angustia—. Mi madre tenía prohibida mi educación, así quedé en manos de mi padre. Gracias a él, nunca entendí de lo que se trataba el amor o la misericordia. Como mis padres eran tan distintos, no era capaz de distinguir lo que era correcto… hasta que conocí a Leia —miró a su mujer, quien lo tomó de la mano para que tuviera fuerzas de seguir hablando, o eso creí—. Ahí entendí lo que significaba proteger y velar por el bien del ser amado. Luego de conocerla y cuestionar mi forma de ser, me di cuenta de que mi madre sólo fue una víctima. Llegué a odiar a Darkar por haberla matado. Por haber despreciado a Leia… y también por intentar asesinar a Alyss.

—Papá… —estaba seguro que ni ella sabía qué decirle.

—Esperemos que todo esto termine pronto —declaró Leia, para finalizar.

El desayuno no había acabado de la mejor manera, pero el sabor amargo de la conversación me había dado ganas de ir a tomar un baño. Bueno, eso y que el cansancio no me dejaba en paz. Esperaba que fuera suficiente para que el sopor se esfumara por completo. Minutos después, salí del cuarto, mojado y sonriendo porque había funcionado. Así aguantaría el último entrenamiento que tendríamos en la tarde. Estaba a punto de ponerme la ropa, cuando sentí que alguien abría la puerta súbitamente… Era mi madre. Solté un grito que debió escucharse en toda la casa, casi ordenándole que saliera. Estaba desnudo y podía apostar que mis mejillas le harían competencia a un semáforo. Era una suerte que mi ropa aún estuviera en la habitación que antes compartía con Hao, para no levantar sospechas. Luego de que Keiko saliera, no sin antes reírse claro, me vestí a toda velocidad y salí al pasillo para saber lo que quería.

—Toca la próxima vez —reclamé, abochornado.

—No te pongas así, hijo —ella rio con suavidad—. No es la primera vez que veo tu pene.

No puede ser… ¡Lo dijo en voz alta!

Grandes Espíritus, soy yo de nuevo. Mátenme ahora, aún están a tiempo.

—¿Mamá vio tu pene? —se burló Kaos. Lo malo del asunto, era que ella, Hao y papá estaban en el pasillo y lo habían escuchado todo—. Además de incestuoso, ahora eres un exhibicionista.

Escondí el rostro tras ambas manos, torturándome con las risas de mi familia y claro que incluían las de mi propio hermano gemelo.

—Tú no te rías, Hao. Recuerda que también vi el tuyo —agradecí internamente al karma, cuando vi que mi hermano también se apenaba—. De hecho, he visto todos los penes en esta familia. No se hagan los delicados, que no tienen nada que ocultarme.

—¿…Era necesario decirlo en voz alta? —le preguntó Mikihisa, con un leve rubor en las mejillas.

Siempre creí que mi familia era muy peculiar, y no me equivocaba. No era normal que Keiko hablara de ese tema con tanta parsimonia. Si bien eso era como para mudarme de país y cambiarme el nombre, muy en el fondo sabía que era uno de los tantos momentos familiares que debía atesorar con todo el corazón. Más aún cuando no tenía idea de las sorpresas que me depararían los Grandes Espíritus.


•❈•


El entrenamiento había terminado tarde. Había sido intenso, ya que practicamos todas las técnicas que sabíamos, para asegurarnos que las dominábamos muy bien. Tuvimos que unir fuerzas para enfrentarnos al mismo Cedric. El único gran avance que tuvimos fue un golpe que pudimos darle en el brazo… Sin embargo, aún creía que nos faltaba mucho. Supuse que un mísero golpe no ganaría esta guerra y no teníamos idea alguna de lo que Darkar iba a traer consigo desde su país de origen.

Nos sentamos en el suelo, frente a una fogata que mi hermano había hecho. Vi que las llamas chisporroteaban, mientras consumían las ramas con lentitud. Mi mente no podía dejar de atormentarme con el sentimiento de culpa y decepción. Me sentía débil a comparación de alguien tan poderoso. No podría vivir con esa culpa de saber que todos fueron asesinados por mi culpa. Cedric pareció notar mi tormento mental, por lo que habló.

—Tranquilos… Todo va a estar bien —al parecer, había tomado en cuenta aquel consejo que yo siempre solía dar—. El entrenamiento fue perfecto. Nadie había logrado darme un solo golpe.

—¡Ese es el maldito problema! —exclamó mi hermano—. ¿No lo ves? Fueron ya varios meses de entrenamiento y, si no podemos derrotarte a ti, ¿Qué nos hace pensar que podremos con él?

—Hao tiene razón —pronuncié con tristeza—. ¿El entrenamiento sirvió de algo?

Cedric permaneció en silencio un momento. Quizá meditando lo que iba a decir. Finalmente, alzó la mirada hacia nosotros. Noté un extraño brillo en sus ojos que me sorprendió. Su expresión también cambió, tornándose más segura.

—Tal vez, el entrenamiento no era sólo para pelear con él.

Tanto mi gemelo como yo nos miramos sin entender. ¿Para qué otra cosa podría entrenarnos? En ese momento, estábamos lejos de saberlo.

—¿Qué quieres decir con eso? —inquirió Hao.

—…Ya lo verán mañana.

No necesitaba estar en la mente de mi hermano para saber que pensaba que mi mentor estaba loco. Por mi parte, pensé que era un buen gesto de su parte.

—Nada ha sido en vano. Mañana será un día clave… Es ahí donde uno obtendrá el verdadero poder —murmuró, viendo fijamente el fuego—. Uno que podrá ser de gran utilidad.

El verdadero poder… Tal vez ahora lo entendía. El entrenamiento no sólo iba a ayudarnos a llegar ahí, sino que le daría la ventaja a uno de los dos cuando deba estar dentro de los Grandes Espíritus. Sería suficiente para hacerle frente a Lord Darkar… Antes de poder decir otra cosa, noté que el mayor buscó algo en ambos bolsillos. Nos tendió un pequeño frasquito a cada uno, a la vez que nos obligó a cerrar las manos en torno a ellos. Hao quiso mirarlo, pero Cedric lo negó.

—Sólo les diré que hagan lo que tengan que hacer para que uno de ustedes sea coronado rey shaman, eso es de vital importancia. ¿Quedó claro? —asentimos, algo preocupados por su repentina seriedad—. Miren, el mundo no necesita un rey, necesita un héroe… Así que no tengan miedo en ir más allá de donde deben —definitivamente, era el día de frases en clave que no podía entender—. Ah, y una última cosa. No se olviden que son hermanos, y eso está por sobre cualquier título.

—…Cuenta con ello —respondió Hao, sonriendo de lado.

Hubo una frase más que no logramos comprender del todo. Cedric tenía aquella costumbre de decir las cosas de un modo inusual, sabiendo que nadie podría entenderle. No sabía si lo hacía a propósito, pero decidí ignorarlo de momento. También nos comentó que no era el primer torneo que presenciaba. Había tenido la oportunidad de asistir al evento anterior, llevado a cabo hace quinientos años atrás. Eso era sorprendente. Pese a que mi gemelo y yo le estuvimos rogando, no logramos que nos relatara lo que sucedía después. Por alguna extraña razón, se puso triste.

—Será mejor que duerman ya. Mañana tendrán el combate más importante de sus vidas, por lo que necesitan estar descansados.

Casi creí que escuchaba la risa mental de Hao. Lo entendía, pues Cedric estaba pidiéndonos algo imposible. Nos despedimos de él, volviendo juntos a la casa. Una vez estando ahí, cada quien fue por su lado. Ambos necesitábamos estar solos. Sentía que, de esa forma, mi mente no me torturaría tanto por esa noche. Una vez más y con ustedes, el iluso más grande del planeta.

Deberías acallar la tormenta de tu mente.

Volteé a ver, sorprendiéndome al encontrar al Espíritu de la Tierra flotando a mi lado. No esperaba verlo ahí, mirándome con sus enormes ojos grises. Aproveché que Anna aún no llegaba al cuarto para responderle en voz alta.

—Lo sé, pero no puedo. Me estás pidiendo algo difícil. ¡Pelearé contra mi propio hermano! —expliqué, al borde de la desesperación—. No quiero hacerle ningún daño y tampoco destruir sus sueños. No se lo merece.

Entiendo tu punto, pero no deberías desaprovechar esta oportunidad —intentó animarme—. Te has esforzado mucho por este momento y debemos dar lo mejor de nosotros mañana. Además, será genial enfrentarme al Espíritu del Fuego en un combate como este.

Negué con la cabeza. Sabía que le emocionaba mostrar sus poderes contra su espíritu hermano. Sonreí de lado al verlo tan emocionado. Ojalá también pudiera sentirme así. Se despidió de mí cuando Anna entró al cuarto. La vi entrar al baño para cambiarse y regresó unos minutos después, vistiendo un camisón de color gris que le quedaba algo corto. Se sentó en su lado de la cama, mirándome con preocupación.

—No podrás dormir, ¿verdad?

Negué con la cabeza, logrando que dejara escapar un pequeño suspiro de sus labios. No sabía por qué, pero sentí la necesidad de contarle todo. Ella tomó una de mis manos entre las suyas, escuchándome con atención. Me concentré mejor en aquellos hermosos ojos mientras hablaba, logrando tranquilizarme un poco. Cuando terminé, llevó una de sus suaves manos hasta mi cabello, acariciándolo con ternura.

—Soy patético, ¿verdad? —musité, ocultando una sonrisa.

Anna me la devolvió.

—Entiendo que no es fácil lidiar con la presión de la final, y menos si tu oponente es tu hermano. Sé que no quieres lastimarlo, pero estoy segura que a él no le gustaría que te contengas. Demuestra mañana lo fuerte que te has vuelto —me regaló una pequeña sonrisa que me derritió por dentro—. No importa cuál sea el resultado, tú ya eres un rey para mí.

No esperaba que intentara animarme con palabras tan bonitas. Sentí algo cálido en mi interior. Alcé una mano para acariciar su mejilla con cariño. Mi prometida entrecerró los ojos al sentir el dulce tacto de mi mano.

—Gracias —le respondí, sonriéndole enternecido—. Me esforzaré y le mostraré a Hao de lo que soy capaz.

—Así se habla —habló, divertida—. Ahora… Necesitas relajarte.

Dicho esto, acortó la distancia entre nosotros, besándome con dulzura. Cerré los ojos, entregándome a ella. Mis labios imitaron sus movimientos de forma casi automática, como si se hubieran memorizado ese hermoso compás. Mis manos recorrieron sus brazos con lentitud, disfrutando darle ese delicioso placer. Sentí que Anna temblaba y se separó de mí. No pude evitar preguntarme si la había incomodado, aunque no me dejó que exteriorizara aquella duda. Me sorprendí al sentir que me empujaba contra la cama con delicadeza. Una sonrisa traviesa se dibujó en sus labios, al tiempo en que se colocaba sobre mí, quedando en una posición bastante… provocativa. Algo se estremeció dentro de mí. Jamás pensé que ella podría hacer que mi cuerpo experimentara tales sensaciones.

—¿Estás más relajado?

Era como si no tuviera fuerzas para responderle, así que sólo asentí. Anna soltó una risita, volviendo a unir nuestros labios en un beso que fue convirtiéndose en algo más apasionado. Mis manos acariciaron sus delicadas piernas, trasero y espalda baja. Mi prometida soltaba pequeños gemidos, pero no se quedó atrás e hizo lo mismo con mi pecho. Una ola de placer estaba recorriendo mi cuerpo. No quería que ella se detuviera.

De pronto, la ropa parecía estar de más. Volvimos a separarnos, permitiendo que le quitara su camisón con cuidado. No podía creer que llegaría el momento en el que, por fin, la vería desnuda. No llevaba nada más que sus bragas debajo de su ropa. Observé sus senos, embelesado, y aprecié cada uno de los detalles. Ella soltó una risita. Aprovechó ese momento de distracción para quitarme los pantalones. Apenas y me di cuenta que mi mano derecha se movió sola hasta su seno izquierdo y comenzó a darle delicadas caricias. Anna dejó escapar un gemido que causó estragos en mí. Repetí la misma acción con el seno restante, para después jugar con sus pezones. Aprisionó mis manos con las suyas, deteniendo mi placentero juego. Se deshizo de mi camiseta con suma rapidez, quedando ambos en ropa interior.

—¿Estás segura de querer hacerlo? —pregunté, recordando nuestra experiencia previa.

—Yoh…

…Creí que era una pregunta tonta, pues ya estábamos en ropa interior. Ella incluso me había dejado tocarle el pecho. Anna me sonrió, e interpreté eso como una señal para continuar. La tomé entre mis brazos para intercambiar nuestras posiciones. Con ello, pude confirmar que se veía igual de hermosa sobre mí. Fue entonces cuando volvimos a lo nuestro, retirando las prendas que quedaban. Al fin, quedamos como vinimos al mundo y, a pesar de ello, no sentía vergüenza alguna.

—Hazme tuya, Yoh —me pidió, con un tono de voz ronco—. Quiero ser tuya.

Por todos los espíritus, incluso su voz me hacía temblar. Separé un poco sus piernas, para colocarme entre ellas. La abracé por la espalda, y ella rodeó mis caderas, tocando mi trasero con absoluta confianza. Me adentré en ella con gran delicadeza. Temía que sintiera dolor alguno, ya que sería normal en esa primera vez. Olvidé que ahora era inmortal, por lo que no sufriría de esa manera. Parecía intentar mantener la cordura, aunque aquello era muy difícil. El hecho de estar en su interior amenazaba con volverme loco.

—Hazlo —repitió.

Sus deseos eran mis órdenes. Empecé a darle suaves estocadas, haciendo un esfuerzo por mantener ese ritmo. La vi arquear la espalda, mientras sus gemidos resonaban en mis oídos. Amaba escuchar mi nombre con ese timbre de voz tan sensual. También gemí, en medio de todo el éxtasis que me embargaba en ese lapso de tiempo.

—Anna…

—No te detengas —rogó entre jadeos—. ¡Yoh!

Eso fue suficiente para terminar de encenderme. Aumenté la velocidad de mis movimientos, convirtiéndose en un vaivén apasionado. Jadeé cuando sentí una mordida en mi cuello. Unos colmillos que penetraban mi piel, bebiendo la sangre contenida en mi yugular. Eso, sumado al movimiento de nuestras caderas, fue suficiente para provocar una sensación de calidez que no tardó en liberarse. Casi de inmediato, Anna también se corrió cuando alcanzó el clímax.

Me retiré lentamente, contemplándola. Se veía muy exhausta, pero, aun así, me devolvió la mirada. Sonrió con cansancio, gesto que fue correspondido. También me sentía agotado, aunque sabía que esa sensación era peor en ella. Deposité un tierno beso en su frente, cubriéndonos con la manta. Ella se acurrucó en mi pecho, como si estuviera buscando el calor de mi cuerpo.

—Este también era tu regalo de cumpleaños —me confesó entre susurros. Bajé la mirada, notando que sus ojos luchaban por mantenerse abiertos—. Intenté dártelo el mismo día, pero esos imbéciles te embriagaron. Te quedaste dormido antes de que pudiéramos siquiera comenzar.

…Demonios, eso no lo sabía. Pensé que escuchar tocar a mi grupo favorito era mi único regalo de su parte, siendo también lo único que recordaba de nuestra fiesta sorpresa. No recordaba que ella hubiera intentado que lo hiciéramos. Me sentí culpable al imaginar lo frustrada que debió sentirse.

—Lo siento mucho, no fue mi intención —musité.

Ella murmuró algo, a punto de caer en brazos de Morfeo. Me reí en silencio sin poder evitarlo.

—Gracias por el regalo. Fue hermoso.

Asumí que se había quedado profundamente dormida al no escuchar respuesta alguna. Sonreí suavemente y cerré mis ojos, dejando que este agotamiento me dominara por completo.


•❈•


Hao Asakura

Estaba harto. Escuché el mismo maldito consejo de parte de medio mundo: "Oye, Hao. Tranquilízate, sabes que todo irá bien mañana". Sabía que todos lo hacían con la mejor de las intenciones, pero no podía evitar pensar que no tenían ni puta idea de cómo me sentía. Luego de que mi mente me atormentara un buen rato, logré encontrar algo de paz. Llegué a la conclusión de que, en realidad, todo se resumía a una probabilidad igual al cincuenta por ciento. Pese a que ya no sentía tanto miedo por lo que ocurriría, un nuevo temor apareció para sembrarme caos. No tenía idea de qué era, simplemente sentía un pánico irracional a… algo. Tuve intenciones de recordar lo que había sucedido esos últimos días, pero casi todo fue en vano. Esa sensación de terror me recorría por completo, provocando que temblara de forma incontrolable. Sentí que Mizu alzó su cabeza, completamente asustado, para luego bajarse de mi cara y acostarse a mi lado. Había adquirido la extraña costumbre de dormir sobre mi rostro; era como tener un antifaz peludo puesto.

—¿Hao? ¿Estás bien?

Cerré los ojos cuando pasó lo que más temía, terminé por despertar a Alyss. Mi cuerpo temblaba de una manera extraña y no podía detenerse. Vi a mi novia dar una vuelta al costado, para luego verme con preocupación. Sentí que una de sus manos recorría mi hombro, queriendo transmitirme confianza.

—N-no lo sé —admití, y me sorprendí al notar que mi voz me delataba—. Yo… Ni siquiera estaba pensando en el combate de mañana. Al fin y al cabo, ambos tenemos las mismas posibilidades. Me encantaría ganar, pero tampoco sentiría que es el fin del mundo si no ocurre. Yoh también se lo merece.

—¿Por qué estás temblando entonces? —inquirió ella, subiendo su mano hacia mi cabello para acariciarlo.

—Tengo un mal presentimiento —solté, desviando la mirada un momento—. No sabría decirte por qué, pero creo que algo muy malo sucederá. Ni siquiera sé si será durante el combate, sólo tengo la sospecha de que será… grave —alcé la mirada, encontrándome con la de mi chica—. Muy grave.

—Oye, no me asustes así —me pidió, casi con miedo.

—Lo siento.

Alyss soltó un suspiro, bajando su mano. Me observó durante un momento, quizá pensando en lo que debía decir para tranquilizarme. Intenté hablar, pero ella se adelantó para abrazarme. Le devolví dicho gesto, sintiendo que mis temblores disminuían. Eran increíbles los efectos que ella provocaba en mí.

—Todo saldrá bien —me aseguró, con absoluta confianza. Me soltó para verme a los ojos—. Sé que darás tu mejor esfuerzo. Confío en ti… Tú vas a ganar, así harás un mundo mejor para todos… y créeme, estaré muy orgullosa de verte ahí.

Cerré los ojos y dejé que una pequeña sonrisa se me escapara. Alyss era única en su especie, y no lo decía de forma literal. Cada vez que sentía que mis fuerzas me abandonaban, ahí estaba ella para no dejarme caer. Eso terminó por calmar la vibración en mi cuerpo. Ella me regaló una pequeña sonrisa, mientras acortaba la distancia entre nosotros. Me pidió que cerrara los ojos y me pusiera cómodo. Una vez que lo estuve, sentí que depositó un pequeño beso en mi cuello que no tardó en convertirse en algo más. Sus nuevos colmillos terminaron por perforar mi piel, pero lejos de molestarme, sentí un extraño calor placentero que me hizo soltar un jadeo. Pensé que ella lo disfrutaba de igual forma, ya que no se detuvo en un buen rato. Su lengua terminó por sellar la herida abierta, apartándose no sin antes retirar los restos de sangre de sus labios con sus dedos. Extrañamente, eso me excitó.

—Eso fue grandioso —murmuré, un poco atontado—. ¿Cómo supiste…?

—Digamos que, de tanto andar entre vampiros, mamá se aprendió unos cuantos trucos —me guiñó un ojo—. Sólo no le digas a mi padre, se pondrá como loco.

—Prometido —sonreí de lado.

Noté que la alegría se reflejaba en sus orbes dorados. Supuse que se sentía feliz por haber logrado detener mi paranoia.

—¿Sabes? Aún dudo que puedas dormir esta noche —declaró con un semblante pensativo—. ¿Qué te parece si damos un paseo por el bosque?

—¿Ahora? —pregunté, extrañado.

La vi asentir y estuve a punto de negarme, pero luego recordé la existencia de la zona despejada a la cual fueron Nichrom y Kaoru para su picnic. Tampoco temía por Alyss, pues ya era tan inmortal como yo. Luego de aceptar y cambiarnos de ropa, deduje que estaríamos un buen tiempo afuera, contemplando las estrellas o algo por el estilo. Por eso, pensé que sería buena idea llevar una manta para cubrirnos –por costumbre, no por necesidad–. Alyss soltó una risita ante aquella proposición, lo cual me dejó un poco confundido.

Salimos del cuarto, y luego de la casa, en completo silencio. Caminamos un par de minutos hasta que llegamos. No importaba cuantas veces lo veía, ese lugar no dejaba de sorprenderme. Los árboles rodeaban el claro, dejando la laguna de aguas cristalinas en el centro mismo. A su alrededor, el césped estaba tan corto que parecía cuidado por los mismos Grandes Espíritus que se alzaban a unos pocos kilómetros de la orilla. Me mordí el labio con nerviosismo y Alyss lo notó.

—Hazme un favor, y olvídate de todo por esta noche —me pidió con una ligera sonrisa.

La vi buscar algo con la mirada. Iba a preguntárselo, cuando ella se me adelantó y se acercó a un árbol. Se hincó y parecía estar recogiendo algo. Me extrañé al verla volver con un montón de piedras pequeñas en las manos.

—¿Has jugado esto alguna vez? —preguntó, volteando a ver hacia el lago, en lo que sostenía su propia piedra.

Supuse que se refería al juego de hacer rebotar la piedra en el agua, juego que todos los niños habíamos jugado alguna vez. Me retó a que jugáramos, y quien saliera victorioso tendría un premio, el cual era el derecho de poder decidir qué sería lo primero que haría yo al convertirme en rey shaman. Arqueé una ceja, sin poder evitarlo y me reí por sus ocurrencias. Acepté el desafío sin ninguna duda, preparándome para la victoria… O eso creí. Diez piedras más tarde, ella pateó mi trasero sin medirse. Fingí lamentarme por haber perdido ese divertido juego. Soltó una risita, acercándose a la laguna para lavarse las manos. Hice lo mismo, sin dejar de contemplarla en ningún momento. Estaba tan absorto en sus rasgos que no noté que se había quedado viendo al agua con atención.

—Mizu, Espíritu del Fuego… ¿Podrían ir a vigilar, por favor? —una mirada bastó para que tanto mi espíritu acompañante como el suyo la obedecieran sin chistar. Los vi alejarse sin prisa—. ¡Gracias!

—¿A dónde van? —quise saber—. Hoy estás demasiado misteriosa.

La oí reírse, y pareció ignorar mi pregunta. Volteó a verme, divertida.

—¿Quieres entrar al agua? El clima está perfecto para la ocasión.

—…Somos vampiros. No es como si este calor de primavera nos afectara, Alyss —comenté, divertido.

—Tienes razón.

De repente, sentí un extraño escalofrío al ver que su sonrisa de lado no se iba, pero me sorprendí al ver que llevó sus manos a los extremos de su blusa y se la quitó frente a mí. Alyss soltó una pequeña carcajada.

—Ay, vamos. No te pongas así, es igual que tener puesto el traje de baño, sólo que está hecho de otro material —en realidad, tenía razón. Comenzó a bajar sus shorts, sin quitarme la vista de encima—, pero si tienes miedo, puedes quedarte aquí. Nadie te está obligando.

Oh, mi querida Alyss, te equivocas si crees que me da miedo tu pequeño reto.

Devolví su juguetona sonrisa, quitándome la camiseta y los pantalones, un poco lento para su gusto. Era curioso que ninguno sintiera vergüenza por estar semi-desnudo frente al otro. Sin embargo, me detuve en seco al verla lucir un sostén y unas bragas de encaje color rojo oscuro. ¡Maldita sea! No podía negar que le quedaba endemoniadamente bien. La vi morderse el labio inferior, y se apresuró a tomarme de la mano para entrar.

—…No pensé que sería tan profundo —comentó, viendo a la oscura profundidad con nerviosismo—. Espero que no haya nada extraño aquí.

—¿Quién tiene miedo ahora?

Me aguanté una risotada cuando me miró mal. Era verdad que no me imaginaba este lugar tan profundo, pues yo apenas podía tocar el fondo con la punta de los pies, y era más alto que ella. Algo voló por encima de nosotros e hizo sombra en las aguas, cosa que obviamente asustó a Alyss y la obligó a abrazarme. La sujeté de la cintura y sonreí levemente.

—Vamos hacia aquella roca, seguro podrás pararte —sugerí, señalando con la cabeza hacia una enorme roca que sobrepasaba los niveles del agua y estaba a unos metros.

Una vez allí, Alyss estuvo más tranquila y aproveché para relajarme un buen rato y flotar boca arriba. La mayoría pensaría que era un desquiciado, pero yo no lo diría así. Simplemente amaba sentirme limpio a todas horas. Quizás no era buen momento para asearme, pero eso no me impedía disfrutar de un baño nocturno. El contacto con el agua relajó mis músculos. Noté que Alyss se apoyó por la roca y se quedó viendo el cielo, como si algo le preocupara. Alcé la cabeza, me erguí y me acerqué.

—¿Todo bien? —pregunté con suavidad.

—Es sólo que… Es muy raro —me vio, permitiendo que los húmedos mechones de cabello le cayeran en las mejillas—. No sentir absolutamente nada.

—Te acostumbrarás —respondí, divertido.

Me sonrió de vuelta, acercándose a mí. Sentí que cerró sus brazos alrededor de mi cuello, atrayéndome a ella. Cerré los ojos cuando nuestros labios empezaron a acariciarse… pero sus movimientos eran un poco torpes, a diferencia de otras veces. Puse mis manos alrededor de su cintura, apegándome más a su cuerpo. Mis dedos recorrieron su espalda, arrancándole un par de suspiros. Eso terminó de relajarla, ya que sus manos comenzaron a jugar con mi cabello, acariciándolo con lentitud. Nos separamos luego de unos minutos, sin dejar de mirarnos. Noté, asombrado, que sus manos se acercaron a su brassier e intentó desabrocharlo. La detuve, sujetando ambas manos.

—¿Qué pasa? —preguntó, sorprendida.

—¿…Estás segura de querer hacer esto? —musité, nervioso.

Ella bajó la mirada, avergonzándose.

—¿Tú no quieres?

—No dije eso —me apresuré a aclarar—. Sólo quiero que estés consciente.

—Lo estoy —afirmó, sonrojándose—. Además, te lo debo. Este era tu segundo regalo de cumpleaños —sonrió.

¿Segundo regalo? ¿A qué se refería…?

No tuve tiempo para seguir preguntándome a mí mismo, puesto que logró quitar el broche de la prenda, logrando que cayera lenta y provocativamente justo frente a mí. No podía creerlo… Era la primera vez que la veía desnuda, bueno en parte. Parecía haber entrado en una especie de trance, porque quedé boquiabierto. Mi novia tomó mis manos y las puso en sus caderas, indicándome que podía seguir desnudándola. Obedecí, retirando las bragas con lentitud, dejándolas flotar junto a la otra prenda en el agua.

Volvió a besarme, esta vez de manera más apasionada. Sus manos juguetearon con mi bóxer por un rato, hasta que decidió retirarlo con lentitud. Una vez que lo quitó por completo, y casi con vergüenza, sentí que sus manos tocaron la parte más sensible que yo tenía. Una nueva sensación se apoderó de mí y dejé salir un gruñido de placer. El deseo se abría paso por mis venas, pidiéndome que sucumbiera a él. Acorralé a Alyss contra la roca, besándole el cuello. Formé un camino con mis besos, bajando de su cuello hasta sus senos. No pude resistirme cuando llegué ahí, y mordí esa zona tan suave y sensible, justo por encima del corazón. Alyss dejó de tocar mi sexo y escuché que jadeó, extasiada. El placer era tanto que me arañó la espalda, casi sin percatarse de ello. Estuve bebiendo su sangre por un rato, sintiendo que me volvía la fuerza. Separé mi boca, no sin antes asegurarme que la sangre ya no salía y me relamí los labios para degustar lo último que quedaba de ella. La miré a los ojos, notando un brillo que no había visto anteriormente. Ella me miraba con deseo. Enredó sus piernas alrededor de mis caderas, en una pose bastante… sugerente. El roce de su sexo contra mi piel fue suficiente para provocar estragos en mi interior.

—Te necesito, Hao —susurró, muy cerca de mi oído—. Déjame ser tuya.

Por los Grandes Espíritus, ni siquiera era capaz de resistirme a su tono de voz. Ese tono tan sensual que me pedía que le hiciera el amor. Decidí complacerla, ya que también sentía la necesidad de hacerlo. Me aseguré que estuviera bien sujeta a mí, con las piernas alrededor de mi cintura, mientras que yo la sujetaba por las caderas.

Agradecía enormemente que ambos fuéramos inmortales. De esa manera, no le dolería cuando me estuviera adentrando en ella. Fui muy cuidadoso cuando me introduje en su interior, pero, a la vez, la lentitud me estaba matando. Ese deseo carnal me exigía que la tomara como una bestia. Me sorprendía que nuestros cuerpos encajaran a la perfección, como si estuviéramos hechos el uno para el otro. Alyss gimió al sentir que me abría paso en su interior. Debido a la posición en la que estábamos, ella sería quien debía moverse. Me tomó de los hombros para sujetarse mejor, comenzando ese suave vaivén. Ambos gemimos, al borde de la locura. Cielos, era una sensación que jamás olvidaría. Cuando aumentó el ritmo de su balanceo, creí que ese enorme placer terminaría por matarme. Tenía tantas ganas de besarla, pero los gemidos no dejaban de salir de mi boca, ni de la de ella. Sentí entonces que me iba apretando cada vez más.

—No aguantaré…

—¡Hao! —Alyss gritó mi nombre, sin poder contenerse.

Lo conveniente del lugar donde nos encontrábamos era que podía gritar tanto como quisiera, sin temor a que alguien nos escuchara. Solté un gruñido cuando me corrí dentro de ella. Segundos después, ella pasó por lo mismo, dando por finalizado ese acto tan especial. Salí de ella lentamente, contemplándola en todo momento. Lucía hermosa bajo la luz de la luna. Su cabello estaba alborotado y tenía los labios humedecidos. Era una imagen preciosa para mí.

—Eso fue… perfecto —murmuré con cansancio y sonriéndole dulcemente.

Mi gesto fue correspondido, pues obtuve una mirada de infinito agotamiento. Nos tardamos un rato en recuperar la cordura. Recogimos la ropa interior que yacía flotando por ahí y nadamos hacia la orilla, sin poder pensar en nada en particular. Estábamos tan cansados que no nos importaba nada más. Nos tumbamos los dos sobre la parte más alta del césped, donde sería más cómodo. Pasé la manta por encima para cubrirnos de cualquier mirada indeseada, especialmente a ella, pues era solamente mía de ahora en más.

—También me encantó hacerlo contigo —musitó, con una sonrisa dormilona—. El día de tu cumpleaños intenté que lo hiciéramos, pero creo que recuerdas cómo terminaste.

—Perdón por haberlo arruinado. Esos tontos no debieron embriagarnos así —no pude evitar poner los ojos en blanco, haciéndola reír—. Al final, me encantaron los dos regalos, pero… ¿Sabes cuál es mi favorito?

Ella negó con la cabeza, causando que soltara una risa.

—Tú. Eres el regalo más hermoso que pudieron darme los Grandes Espíritus.

Me miró, completamente enternecida. Se acercó más a mí, acomodándose en mi pecho. Intentó sostenerme la mirada, mas era un tanto difícil. Parecía que se quedaría dormida en cualquier momento.

—Te amo, Hao.

Me sorprendí al escucharla. No esperaba que alguien me dijera que me amaba. Eso era tan… lindo. Sentí algo cálido dentro de mi pecho, y me di cuenta que yo también le correspondía. Alyss hizo tantas cosas por mí que atesoraba en lo más profundo de mi corazón. Actos que, por supuesto, quería compensar de la misma manera. Ella se lo merecía en verdad.

—Yo también te amo, Alyss.

Rodeé su cintura con ambos brazos, para después caer dormido, casi al mismo tiempo que ella. Esa noche, la luna y las estrellas fueron testigos de aquella unión y velarían por nuestro sueño.


•❈•


Fruncí el ceño cuando sentí que algo suave me tocaba la cara. Aún tenía los ojos cerrados y no quería abrirlos, estaba demasiado cómodo. El sonido del ambiente se intensificó, e incluso, creí que la luz del día intentaba colarse a través de mis párpados. Esto me molestó y, a regañadientes, abrí los ojos.

—Creí que seguirías durmiendo…

Alyss ya se encontraba despierta, al parecer desde hace un rato, y era quien me tocaba la mejilla con su delicada mano, seguro para despertarme. No podía con su ternura, por eso terminé sonriéndole. La expresión en su rostro me confirmaba que sentía lo mismo que yo: una sensación de completa paz.

—No puedo cuando juegas con mi cara —me reí, acomodándome. Sentí un picor extraño, y supuse que tenía pasto en todos lados—. Por un momento, pensé que todo fue un sueño.

—Fue mucho mejor que un sueño —declaró ella, mientras yo intentaba quitarle los mechones ondulados que tenía por encima del cuello—. Lo importante para mí era que pudieras dormir.

—Ni tú te crees —respondí, desafiante. Ella rio—. …Gracias, por confiarme algo tan preciado. Soy realmente feliz.

—Mereces ser feliz —afirmó, meneando su nariz contra la mía. Eso me puso un tanto nervioso—. Precisamente es lo que quiero que hagas cuando seas rey: ser feliz, al lado de tu familia y amigos.

—También a tu lado, no lo olvides.

—Si es lo que usted quiere, su alteza —bromeó ella—. Obedeceré con gusto.

Nos reímos, felices por habernos demostrado lo mucho que nos amábamos. Sin embargo, un estruendo inesperado terminó por asustarnos.

—¡¿QUÉ ESTÁ OCURRIENDO AQUÍ?!

Mierda…

El grito nos obligó a sentarnos, mientras intentábamos encontrar al responsable. Alyss se cubrió más con la manta, pero a mí me daba exactamente igual. Temía más por lo que pasaría, pues el dueño de la voz no era nadie más que el mismo Cedric. Este rechinaba los dientes y se acercaba a paso casi amenazante hacia nosotros. También alcancé a ver a Mikihisa a su lado, quien intentaba, por todos los medios, de detenerlo. Esto estaba mal… Nuestras cabezas rodarían. Mikihisa logró que mi mentor no diera un paso más, pero me lanzó una mirada que capté al instante: estaba decepcionado. Había utilizado a Imari y Shigaraki para que el padre de mi novia no cometiera una locura.

—Puedo explicarlo… —intenté hablar.

—No digas una sola palabra, Hao —me ordenó papá, frunciendo el ceño—. Será mejor que se vistan de inmediato. Los esperaremos en la casa para hablar.

Hizo su mejor esfuerzo para sacar a un emputado Cedric de la escena. Una vez solos, no nos atrevíamos a mirarnos. Simplemente nos vestimos en silencio y lo más rápido que pudimos, para que nadie nos viera.

—Van a matarnos —susurró Alyss.

No podía estar más de acuerdo. Mizu y el Espíritu del Fuego se nos acercaron a toda prisa. Seguramente se sentían culpables por no habernos avisado, pero no era así. El claro era demasiado grande para vigilar desde todas las entradas. La orden de mi padre era clara, e igualmente nos tardamos un poco en llegar. Tenía mucho miedo, y Alyss también. Llegamos a la casa y entramos con cierto temor, caminando por los pasillos. Veía las paredes con detenimiento, preguntándome en cuál de ellas Cedric colgaría mi cabeza. Llegamos al punto de reunión… y no pudimos evitar sentirnos peor. Nuestras madres también estaban ahí. Keiko casi sacaba chispas por los ojos; por otro lado, Leia lucía preocupada.

—Oh, dios… —susurró mi novia, bajando la mirada.

De un momento a otro, Cedric desató su furia.

—¡¿Cómo te atreviste a arrebatarle la virginidad a mi bebé?!

—¡Papá! —exclamó ella, visiblemente indignada.

Su molestia se esfumó cuando su padre le dirigió la misma mirada colérica.

—Tú tampoco te libras, jovencita. ¿Cómo pudiste dejar que este imbécil te tocara así? Fue contra tu voluntad, ¿verdad? ¡Admítelo!

¿…Qué? ¿Me llamó imbécil frente a mis padres? Pensé que me defenderían de inmediato, pero estaba equivocado. Ni siquiera parecían haberlo escuchado. Los dos me miraban bastante molestos. Especialmente mamá.

—No esperábamos esto de ti —habló Mikihisa, quien había cruzado los brazos.

—¡¿Te das cuenta de la vergüenza que nos estás haciendo pasar?! —mamá me reclamó, colérica—. ¿Cómo has podido pervertir de esa forma a la pobre Alyss? ¡No tenías que haberla forzado a que tuviera relaciones contigo!

Me puse pálido, no podía creer que todos pensaran que yo la había forzado.

—Oigan, ¿Por qué todos asumen que fue su idea? —inquirió mi novia, sonrojada de la rabia—. ¡Fui yo quien insistió! Era la única forma para que él pudiera dormir.

—¿En serio? ¿Esa es tu excusa? —Cedric no le creía.

—¡Es la verdad! —suspiró—. Sé que no fue muy inteligente de mi parte, pero no sabía qué más hacer. Tenía que ayudarlo.

—…Aun así, Hao tuvo que haber pensado con la cabeza fría —insistió Mikihisa, suspirando—. Están muy jóvenes para andar haciendo esas cosas.

Pareciera que nada de lo que decíamos iba a apaciguarlos.

—No sean tan duros con ellos. Les recuerdo que son los menos indicados para hablar sobre el tema —Leia cambió su expresión, sin decidir si se mostraba entre divertida o frustrada. Volteó a ver a mis padres, quienes se veían confundidos—. ¿Acaso olvidaron a qué edad empezaron ustedes? No olviden que tuve la gran desgracia de topármelos así.

¿…Por qué? ¿Por qué tenía que sufrir con esa desagradable imagen? No quería ver a mis padres, porque sabía que me lo iba a imaginar. Ellos no cabían en su vergüenza. Eso sólo me hacía sentir aún más apenado por lo que ocurrió con mi novia y yo. Dios… Esperaba que se hubieran deshecho del mueble. Si no, yo lo quemaría por mi cuenta cuando regresáramos a Tokio.

Leia se acercó a nosotros y se hincó levemente para quedar a nuestra altura, ya que estaba usando unos tacones que la hacían lucir más alta.

—Puedo ver que ustedes se tienen un gran cariño, y eso es genial… pero, como dijo Miki, realmente no están en edad de hacer esas cosas. Son jóvenes, apenas están empezando su relación, tienen tanto que vivir, tanto por conocer y también por compartir. Les recomiendo que disfruten de algo tan puro e inocente, y luego sabrán si están hechos el uno para el otro, porque este tipo de relación es algo más profunda. Pudieron haberse lastimado… ¿Me entienden?

…Si bien su manera de hablar era linda y dulce, temía por mi vida que nos diera una lección de cómo protegernos para tener sexo. Ya tuve suficiente con lo que papá hizo hace unos meses. Por suerte, ella entendió cómo nos sentíamos… y logró tranquilizar a su furioso esposo. Bueno, Leia lo conocía mejor que nadie. Era la única capaz de calmar sus nervios; algo que Alyss tampoco había logrado. Nos dejaron ir después de darnos otros consejos que, según ellos, eran igual de importantes.

Regresamos a nuestra casa para desayunar. El momento pasó volando entre las anécdotas divertidas y los extraños comentarios… como algo que contó Kaoru. La pequeña monstruo aseguró que apenas había podido dormir aquella noche, porque escuchó mucho ruido en la habitación que estaba a la par. Fue entonces cuando recordé que mi hermano y cuñada dormían al lado. Sus mejillas rojizas y la sonrisa burlona de Kaos confirmaban lo que había sucedido.

¿'Duro contra el muro'?, me burlé, a través de la conexión mental que tenía con Yoh. Quién lo diría.

Tú tampoco te quedas atrás, me sonrió con fingida inocencia. Ya me enteré del jueguito que tuvieron anoche.

Escupí la sangre que estaba bebiendo. Yoh se echó a reír al verme, causando que los demás nos vieran sin entender nada. Ese maldito me las iba a pagar. Me desquitaría en la pelea que tendríamos en un par de horas.

Puta madre… la pelea.

Ese pequeño e insignificante pensamiento ocasionó que el nerviosismo y el terror quisieran apoderarse de mí. ¿Cuándo dejaría de traicionarme mi propia mente? Era una pregunta que no tenía respuesta. Pronto sabría lo que me depararía el destino. Por desgracia –y como casi siempre–, no sería nada bueno.


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—Entonces, ¿nos vemos luego? —se despidió Yoh.

—Sí, claro —respondí, algo desganado—. Hasta entonces.

Decidimos salir un poco antes que los demás, pero cada quien fue por su parte. No queríamos vernos las caras hasta la temible hora, para que no fuera tan difícil. Habían pasado varios minutos desde entonces, y ya me encontraba en el centro de la arena, con los nervios a flor de piel. Esa terrible sensación había regresado con más fuerza. ¿A qué diablos se debía tanto pavor? No podía ser que le tuviera miedo al combate. No… Era algo más. No necesitaba ver directo a mi hermano para notar que estaba en la misma situación que la mía. Sin embargo, tenía que dar lo mejor de mí. Se lo debía especialmente a Yoh.

—Sean todos bienvenidos a la final de la octava edición del Torneo de Shamanes —si aún fuera humano, mi corazón estaría galopando en mi pecho al escuchar la voz de Goldva a través de los parlantes, la cual era aplacada por los aplausos y gritos del público—. Fue una competencia muy reñida entre los sesenta y tres equipos inscritos, que luego se redujeron a doce participantes. Luego de varios meses, por fin tendremos la batalla final entre los más poderosos del torneo: Yoh y Hao Asakura.

El público gritaba completamente emocionado. Ojalá pudiera sentirme igual que ellos, en lugar de tener este inexplicable miedo. Fingí una sonrisa, deseando que el discurso de la líder de los apaches no se extendiera tanto. Así podría terminar con esto de una vez.

—Muchachos, como saben, tener el título de 'Shaman King' conlleva a una serie de responsabilidades, puesto que uno de ustedes tendrá la posibilidad de realizar la fusión de almas con los Grandes Espíritus… y, como había mencionado hace mucho tiempo, esto requiere de un gran sacrificio.

Creí recordar vagamente esas mismas palabras a comienzos del torneo. No iba a darle tanta importancia cuando, repentinamente, me percaté del motivo de esa paranoia que tenía. Poco después, le seguiría una frase que me destruiría.

—Por ese motivo, los Grandes Espíritus han declarado que el ganador del torneo deberá asesinar a su oponente para reclamar su derecho como rey.

De pronto, el estadio fue invadido por un silencio sepulcral. Ninguno fue capaz de pronunciar una sola palabra… Ni yo mismo podía creerlo.

—¿Qué…?

—El ganador será aquel que…

—¡No es necesario que lo repitas! ¡Escuché lo que dijiste! —exclamé, sintiendo que los temblores amenazaban con controlar nuevamente mi cuerpo—. ¿Cómo pretendes que uno de nosotros mate al otro? ¡¿Qué clase de crueldad es esta?!

No me importaba que Goldva fuera la jefa de la tribu apache, o estuviera a cargo de este puto torneo. Lo que nos estaba haciendo era una injusticia.

—Tiene que haber un error —soltó Yoh. Jamás lo había visto tan perturbado—. No pueden obligarnos a hacer eso. Somos hermanos.

Noté que estaba conteniendo sus lágrimas.

—Un verdadero rey tiene que priorizar el bienestar de su pueblo antes que el de su propia familia —declaró ella, en tono solemne—. Además, es una decisión de los Grandes Espíritus. Es la condición para convertirse en rey… en esta edición.

—Te equivocas si piensas que cumpliré con esa jodida regla —farfullé, sintiendo la ira viajar por todo mi organismo—. Vámonos, Yoh. Larguémonos de aquí.

Estuvimos a punto de dar un paso, pero su voz nos detuvo.

—Como es la batalla final, no tienen opción de retirarse como en las otras. Desde el momento en que pisaron la arena, se volvió una obligación. Son las reglas…

—¡Me tienen sin cuidado sus estúpidas reglas!

Fue como si los hubiésemos invocado. Los oficiales rodearon el perímetro de las gradas que nos separaban del público. Por las caras que tenían, ninguno de ellos parecía saber lo que estaba sucediendo, pero tenían que cumplir con las órdenes de Goldva. En medio de todo el caos, oí gritos desde las gradas. Supe al instante que se trataba de mi madre. Alcé la mirada para ver que Mikihisa hacía esfuerzos para sujetarla y ella lloraba desesperadamente. Esa desesperación reflejada en cada rostro de un familiar o un amigo me hizo sentir peor.

Tiene que haber otra forma de solucionar esto, pensé.

Finjamos tener una pelea como cualquier otra. Tal vez encontremos una manera de resolverlo sin recurrir a tanto.

Asentí, observando cómo se alejaba para tomar su respectiva posición. Lo imité, entretanto formaba mi posesión de objetos, sujetándola con más fuerza. Radim se acercó a nosotros, viéndonos con sorpresa.

—¿En verdad piensan continuar con esto?

—No es como si tuviéramos opción —intervine, sin despegar la mirada de Yoh.

No podía creer que los Grandes Espíritus nos estuvieran haciendo esto. Era cruel y sanguinario, no tenía sentido.

—El combate entre los Asakura está a punto de iniciar —comentó Radim, sin su usual tono de júbilo—. El vencedor se convertirá en el rey de los shamanes, por los próximos quinientos años. ¿Están listos?

¿Listo para qué? ¿Para morir o convertirme en asesino? En verdad odiaba estar metido en este embrollo. Pese a mi molestia hacia Goldva y su extraña regla, asentí, preparándome para el combate que lo definiría todo.

—Muy bien, en ese caso… ¡Que comience la pelea!

Yoh se lanzó velozmente hacia mí, dispuesto a asestarme un golpe. Las armas chocaron, despidiendo pequeñas chispas por el impacto. Ninguno parecía querer dar su brazo a torcer, queriendo golpear al otro sin dañarlo a muerte… porque, al final, eso era lo que buscábamos. Que uno de nosotros fuera el vencedor, sin tener que cumplir con el dichoso reglamento.

Si teníamos que fingir para convencer a Goldva y a los Grandes Espíritus, tenía que ser en serio. Por ello, mis ataques serían diferentes. Decidí usar fuego azul, el cual era más poderoso y peligroso que mis poderes normales. Sin embargo, no había de qué preocuparse. Yoh no correría peligro alguno por su condición inmortal. Formé un torbellino de gran tamaño, lanzándoselo a mi hermano, quien no dudó en protegerse. Alzó unas rocas de gran tamaño para que se adhirieran a su cuerpo, sirviendo como una armadura impenetrable. Por ello, no le ocurrió absolutamente nada.

—¿Es todo lo que tienes? —habló de una manera tan extraña que no parecía él mismo—. Nunca imaginé que alguien como tú llegaría tan lejos en este torneo. Preferiría haber peleado contra cualquier otro shaman, porque tú no cumples con las expectativas para convertirte en el próximo rey.

¿…Qué diablos? No me dio tiempo para seguir pensando en lo que dijo, porque creó varios pilares de tierra con un movimiento de su mano. Todos se dirigían hacia donde me encontraba, a una velocidad increíble. Los esquivé como pude, pero aparecían más y más, complicando la situación. Decidí correr entre ellos, prendiendo ambos brazos con ese fuego azulado. Cuando lo tuve cerca, le di un puñetazo que no pudo esquivar, ocasionando que se tambaleara un poco.

—Te odio, Hao —mi gemelo seguía sin borrar esa expresión de su rostro—. Me repugna ser tu hermano… No debiste haber nacido.

—¡Basta! —lo corté, propinándole un golpe con una bola de fuego que lo envió directo al suelo. Me las arreglé para hablar sin que se me quebrara la voz, pues sus palabras me habían lastimado—. ¿Qué rayos te pasa? Tú no eres así… ¿Por qué me lastimas de esta manera? ¿Dónde está mi hermano, el que siempre vela por mi bien y hace lo posible por verme feliz? —hice una pausa para tragarme las lágrimas que amenazaban con brotar de mis ojos—. ¿Dónde está mi Yoh?

Escuché que empezó a sollozar, volviendo más difícil mi tarea por mantener la calma. Se levantó muy despacio, sin atreverse a cruzar su mirada con la mía.

—¿Por qué no lo entiendes? Tú serías un mejor Shaman King que yo… Tu sueño es digno, es algo por lo que merece la pena luchar —me explicó, atreviéndose a verme a los ojos. Apreté mis labios, intentando no llorar ahí mismo—. Mi sueño es egoísta al lado del tuyo; sólo busco una vida sin preocupaciones. Tú quieres cambiar el mundo. Por eso, estaba intentando que me mataras.

—No digas eso, tú también lo mereces —hablé, tras haberme asegurado que no se me quebraría la voz—. Eres la persona más bondadosa que he conocido. No quieres vengarte de nadie, y tienes una actitud positiva. Crees que las personas pueden cambiar y los apoyas todo el tiempo… y por eso tienes tantos amigos. Esas sí son las cualidades que un rey debe tener.

No voy a matarte, insistió él, al tiempo en que se secaba las lágrimas.

Yo tampoco.

Tiene que haber otra forma.

Tenía que existir alguna solución. Algún detalle que se nos estuviera escapando. Mi mano se movió por sí sola, tocando sin querer uno de mis bolsillos. Me extrañé al sentir algo en su interior, por lo que metí la mano para buscar el dichoso objeto. Se trataba del frasco que nos dio Cedric la noche anterior. Entonces no lo había notado, pero el color se me hacía conocido… ¡Claro! Era adytheranian. Lo pensé un momento y recordé aquellas palabras que no había entendido ayer.

La muerte sólo es una vieja amiga… podría convertirse en su más grande aliada.

No fue difícil atar los cabos en unos segundos, y por la cara que había puesto mi hermano, él también lo había entendido. Busqué a Cedric entre los espectadores y lo vi. Su mirada era firme y nos daba a entender que debíamos actuar ya. Fue ahí cuando lo entendí… Él lo supo todo este tiempo.

Aceptando nuestro destino, vaciamos el contenido de los frasquitos en nuestras armas. Estas brillaron por un instante, mientras absorbían el líquido. Susurré una disculpa a mi espíritu acompañante, pensando que aquello había sido doloroso. Sujeté mi espada con fuerza, mirando a los ojos a mi gemelo… a mi querida otra mitad. Yoh me miraba de la misma manera, y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. Eso me bastó para saber que estaba de acuerdo.

Corrí hacía él, blandiendo mi espada con ambas manos. Todo pasó tan rápido, apenas me di cuenta que lo había atravesado con mi posesión… él había hecho lo mismo con la suya. Fue como si el tiempo se hubiera detenido. Caí a su lado, contemplando cómo la sangre salía a borbotones a través de su herida. Aquella sustancia era muy poderosa, capaz de herir de gravedad a un vampiro… y de matarlo, si la sustancia llegaba directo al corazón.

Mi audición comenzó a fallar, al igual que mis demás sentidos. Sin previo aviso, una serie de imágenes pasaron frente a mis ojos: los momentos más preciados –y también los más dolorosos– de mi vida. Vi a mi familia, amigos… y a mi novia. Entre esos recuerdos, estaba el de la noche anterior. Ella pidiéndome que fuera feliz, al lado de mis seres queridos. Oí gritos a lo lejos, intentando regresarme a la realidad. Un par de lágrimas escaparon de mis ojos, sin que pudiera evitarlo. No iba a poder cumplir mi promesa.

—Lo siento… —musité una disculpa, dejándome arrastrar a ese oscuro abismo.


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—¡¿Cómo se atreven?! —exclamó una exaltada Keiko—. ¡No tienen derecho de acercarse cuando acaban de asesinar a mis hijos!

Habían pasado unos minutos desde la tragedia. La familia, amigos y allegados de los gemelos se habían reunido alrededor de ellos en la arena. Goldva y Silver se habían acercado, informando que debían llevarlos ante los Grandes Espíritus. Cabe mencionar que ninguno se tardó en hacer la posesión para protegerlos.

—Keiko, espera…

La mujer parpadeó confundida cuando Cedric se interpuso entre los Apaches y ella. No tardó mucho en notar la incomodidad del vampiro para entenderlo.

—Tú lo sabías —musitó, aterrorizada—. Sabías que esto iba a pasar.

—En realidad, yo lo planeé —tuvo que hacerse para atrás cuando la mujer casi se le fue encima, pero fue detenida por Leia. Todos tenían la misma expresión—. Puedo explicarlo… Lo cierto es que la profecía siempre tuvo razón en que Yoh y Hao podrían contra mi padre, pero eso sólo sería con un poder increíble como lo es el del rey shaman. Como las reglas del torneo implicaban a un solo ganador, tuve que recurrir a los Grandes Espíritus para negociar por una solución.

—El vencedor de cada torneo cae en una pseudo-muerte para lograr fusionarse con los Grandes Espíritus —explicó Silver, quien, por la cara que traía, estuvo al tanto de todo siempre—. Ese era el motivo real de los entrenamientos mentales y físicos de Cedric, para que pudieran resistir hasta despertar… juntos.

—Fue por eso que se introdujo la regla de acabar con el oponente en la final, era sólo un incentivo para que ellos lo entendieran —musitó Goldva.

—Digamos que tuve que hacer una ligera trampa para que funcionara —Cedric buscó algo en sus bolsillos y lo sacó. Un frasquito de adytheranian—. Esperaba que lo entendieran y afortunadamente, lo hicieron.

—¿Cómo se supone que detendrán la guerra? —quiso saber Redseb, serio—. Ambos están muertos.

—Desde el interior de los Grandes Espíritus —respondió Goldva—. Necesitarán aproximadamente ocho horas para terminar de asimilar sus poderes, y entonces podrán intervenir… desde donde sea que estén.

—Lamentamos su duelo, pero es necesario llevarnos los cuerpos —intervino el oficial Chrom—. Como el torneo no se realizó en el Continente Mu, tendrán que permanecer en Territorio Sagrado.

—¿Ni siquiera podremos darles un entierro digno? —preguntó Mikihisa, casi con rabia. Seguía intentando calmar a su esposa para que nada malo pasara.

—Me disculpo con ustedes por los problemas que ocasioné al tomar esta súbita, pero necesaria decisión —Cedric inclinó levemente la cabeza—. Estoy dispuesto a asumir las consecuencias de mis acciones… y entenderé por completo su odio.

Vieron a Chrom y Silver cargar los cuerpos de los gemelos, para después formar sus posesiones y dirigirse al sitio que sería su sepulcro. Odiaban sentirse de esa manera ante los deseos de los Grandes Espíritus. Era un hecho que los habían perdido para siempre. Jamás podrían volver a verlos… Habían pasado ya un par de horas desde que los oficiales se fueron y ninguno se había movido del lugar. Todos estaban igual de deprimidos. Un aura oscura y triste rodeaba a la familia Asakura y también a los amigos. Keiko seguía sin entender los motivos que tuvo el vampiro para hacer lo que hizo, cuando decía tenerles tanto cariño. Incluso la misma Alyss no cedía a perdonar a su padre. De repente, y como si hubiera sido invocado, un sismo en el suelo hizo que Cedric levantara la cabeza, nervioso. La presencia se acercaba cada vez más, y vaya que venía acompañada. Se vieron obligados a salir del estadio para encontrarse con la peor de las vistas. La guerra iba a iniciar antes de lo previsto.

—Disculpen la pequeña demora. Mis planes requirieron de más tiempo y energía de la que pensé.

Cedric rechinó los dientes al ver llegar a Darkar con un ejército bastante grande. El rey chasqueó los dedos, provocando que la niebla detrás de él se disipara. Un grupo conformado por vampiros nacidos que luchaban contra su voluntad, pero no eran los únicos. Había soldados hechos de energía oscura y esqueletos, sin alma por supuesto. Cedric los reconoció.

—No puedo creer que me haya perdido la muerte de ese par de inútiles —sonrió de forma escalofriante. Más de uno ahí se puso furioso con eso—. Bueno, mejor para mí. Así arrasaré más rápido con la humanidad.

—¿Cómo pudiste? —preguntó su hijo—. Convertiste a soldados y civiles en tus marionetas, y te metiste con mis ancestros para transformarlos en soldados que no tienen corazón ni sentir.

—Al menos son más fieles que tú —pronunció Darkar—. Me ayudarán a destruir a esos seres asquerosos que, según tú, merecen vivir —frunció el ceño—. Sentí humillación cuando mi propio heredero abandonó todo lo que tenía por un par de humanas —volteó hacia Leia y Alyss, mirándolas con desprecio—. Eso hizo que creciera mi odio hacia la humanidad. Estaba decepcionado, pero ya no importa. ¿Sabes por qué?

Su ejército empuñó sus armas, listos para el combate.

—Porque desde ese momento dejaste de ser mi hijo.

Sólo bastó un movimiento para que todo estallara.


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…No sé qué decir xD Este capítulo fue muy difícil de escribir. Jamás había escrito lemon… y tampoco había asesinado personajes cruciales de una historia. Los gemelos se han ido :c Entenderé si me odian por adelantar la hora sad. En el siguiente capítulo veremos qué ocurre en la tan esperada guerra. ¿Cómo se las arreglarán si ellos no están? Yo sí sé, pero ustedes tendrán que esperar para saberlo.

Gracias por leerme. Les repetiré lo de siempre: si tienen alguna duda, comentario, queja, sugerencia, intento de asesinato por homicidio doble xD, pueden hacerlo llegar a través de un review. Los leo encantada… ahora más que nunca, para saber sus opiniones acerca de este capi tan intenso. Espero que haya sido de su agrado.

¡Nos vemos! ^^