El camino hasta debajo de la entrada es un camino largo, un camino que nunca parecía más corto, un camino que ella no deseaba caminar. Pero sabía que no importa que mal se sintiese al hacerlo, peor sería si no lo hiciese.
Al principio es tranquilo, pasar por los lugares habituales, ahí estaba el camino a la plaza, ahí está el camino a lo de las arañas. Hasta el portal, el puente, el pasillo, más allá no queda otra, más allá no hay nadie, solo ella. Sintió su garganta dando una vuelta sobre sí misma en anticipación.
Todo empezó hace tiempo, no era la primera vez que iba por ese camino, pero esa vez fue diferente. Esa vez se encontró con algo que quizás pareciera obvio, pero que lo sea no cambia que fuera terrible. Especialmente habiendo sido ella madre.
Saliendo del último pasillo ya se puede ver la grieta que sirve de entrada desde el mundo exterior. Verlo tan claramente es engañoso, hace que uno piense que falta poco. Pero bien sabía que aún estaba a mitad de camino. Al lado del fin del pasillo, apoyado contra la muralla, esperaba un bolso de herramientas. El nudo en su garganta terminó de hacerse.
Hay algo que nadie sabe, algo que nadie preguntó y en lo que ella no podía ni pensar. Fue madre, de sangre una vez, por amor… no sabia si podria llamarlos hijos, pero los amo. Y aun así ellos no sabían. Ni esos siete chicos, que entraron a su mundo solo para irse, buscando una salida, supieron la verdad, la suerte.
Se detuvo al borde del claro, entre el punto en que termina el terreno que ella despejo y donde empieza el césped. Intentaba no ver las incontables piedras alineadas a sus espaldas, todo aire, y avanzó.
El césped en esa zona crece sin control, hay hierbas que le llegan más allá de la cadera. De cerca es difícil ver el suelo sin agacharse, de lejos aun las grandes piedras que pueblan el suelo son invisibles. El último tramo lo hizo despacio, con cada paso sentia que el nudo en su garganta se ajustaba, quería volver, prefería quedar con la duda a la certeza. Pero fue muy tarde. Hoy cayó otro niño.
Las piedras cubren todo el lugar, excepto un pequeño espacio a metro y medio del punto bajo la entrada. Lo que nadie sabe, ni los monstruos, ni los niños, en lo que nadie piensa es la suerte que hay que tener, lo difícil que es caer en ese espacio. La diferencia es abismal, entre esos niños que intento retener, esos que se fueron de su casa con raspones y moretones por la caída. Y todos los demás, niños que caen en mala posición, o en un lugar especialmente malo, cuya mejor esperanza es que el fin sea rápido. Este fue el caso.
Quiso llorar, pero no era momento. Llevó al niño al campo despejado, junto a los demás. Hoy hay otra tumba que cavar.
