Primero, vi todo negro, si a eso se le puede decir ver. De a poco fui recuperando los sentidos, el olfato, el oído, el gusto. Estaba rodeado de flores, al menos eso era lo que el olfato me indicaba; pude oír un eco a lo lejos, aun no sé si era agua o mi propia circulación; cuando al fin sentí el gusto a sangre en mi boca fue cuando al fin recupere el tacto. Me dolía todo, literalmente. Junte fuerzas y me gire, mi cuerpo protesto pero el olor de las flores aplastadas combinadas a mi sangre era espantoso. Abrí los ojos lentamente, pero no vi nada. Todo seguía oscuro, todo menos una luz que se veía a lo lejos.
Intente levantarme, pero no pude, el cuerpo me pesaba demasiado. De a poco comencé a sentirme mejor, y con el alivio llegaron las preguntas:
¿Dónde estaba? Esa era fácil, tirado sobre un montón de flores en algún lugar casi a oscuras, lo difícil era decir DONDE era eso exactamente.
¿Por qué estaba allí? Eso… no tenía respuesta. No recuerdo haber estado haciendo nada raro, pero el hecho de no saber donde me encontraba dejaba en evidencia cuan poco recordaba.
¿Cómo llegue aquí? Ahora que me encontraba algo más despejado, esa pregunta salió a flote como un cubo de hielo en el agua, y con ella un recuerdo.
Estoy en el puesto de vigilancia del Monte, un puesto creado exclusivamente para vigilar la entrada a una cueva especifica. En ella hay un enorme hueco, aunque es difícil verlo, la luz del sol poco y nada ilumina el interior. Normalmente eso no supondría problema alguno, el Monte está lleno de cuevas como esa, pero esta cueva era especial: cualquiera podía llegar hasta ella, incluso los niños pequeños, y por eso mismo se había colocado el puesto.
En los últimos dos años desaparecieron seis niños en la zona, eso era más que suficiente para que se tomaran medidas, aunque tardías. La última desaparición, que se sepa, fue la prima de un amigo mío. La ciudad entera la busco de una punta hasta la otra. No sería exagerado decir que se movieron todas las piedras, y que se escarbo en los lugares más peligrosos, todo con tal de no pensar en el Monte. ¿Y quién los culparía? Una vez que alguien desaparece en el, nunca regresa, podrían estar vivos, o muertos, pero jamás lo sabrían. Desaparecidos era el nombre que se les daba, y el nombre llevaba consigo tanto una tristeza profunda como una estigma.
Mi amigo, como el resto de su familia, sufrió mucho por la desaparición, y sabiendo que jamás la volverían a ver, la familia decidió celebrar un entierro sin cuerpo. No sé si eso era lo correcto, pero les sirvió para poder pasar de pagina, aun cuando el dolor seguía latente. No mucho después de eso se coloco el puesto en el que ahora estoy. Nadie lo quería, así que lo tome yo, algo hay que hacer por la patria.
Y ahí es donde mi historia se torna triste. Era mi primer día de trabajo, faltaban pocas horas para que mi relevo, mi amigo, llegara. No voy a negarlo, casi me quedo dormido, pero una rama rota fue más que suficiente para despabilarme. Levante la vista lo más rápido que pude, y tuve que frotarme los ojos porque no daba crédito a lo que veía: un niño entraba a la cueva. Corrí tras él lo más rápido que pude, que no es mucho, pero fue lo suficiente.
*¡Oye tu!
*¿¡Acaso no sabes leer!? El niño se freno en seco, y me miro.
*Este lugar es peligroso, así que será mejor que salgas.
*Y ten cuidado donde pisas.
El niño se quedo mirándome por unos segundos. Parecía no entender a que me refería. Tome una piedra del suelo y la arroje hacia el hueco. El niño se quedo mirando la piedra, hasta que esta desapareció en la ahora casi total oscuridad de la cueva, y la vio caer por el hueco. Con eso abrió los ojos de par en par, algo más que asustado, algo normal teniendo en cuenta que el hueco estaba a tres pasos de su cuerpo.
*¿Ahora entiendes a que me refiero? El niño asintió, y se giro lentamente solo para salir corriendo.
Yo, entonces, cometí la mayor estupidez que jamás se me podría haber ocurrido: me agache frente al hueco. Desde ahí, todo paso muy rápido, escuche un ruido detrás de mí, algo se choco conmigo, perdí el equilibrio y caí.
Cuando termine de recordar, mi dolor corporal solo era superado por el dolor de cabeza que me estaba asaltando. Bueno, al menos ahora recordaba que había sucedido. Suspire con fuerza y me estire. No sé en qué momento cerré los ojos, pero así los tenía cuando escuche aquella voz.
*Oye, ¿te encuentras bien? La voz era tranquila, aunque cargada de algo que la verdad, no sabría decir que es.
*Pareciera que necesitas ayuda.
*Y al parecer soy yo quien debe darte auxilio.
*Mi nombre es Flowey, Flowey la flor. Con eso abrí los ojos de par en par.
Mire de un lado a otro. Flor. Flor. Flor. Flor. Flor. Flor. Flor. Flor. Flor. Flor. Flor. Flor. Flor con cara. Flor. Flor. Flor. Flor. Flor. Flor. Espera un segunda… Flor. Flor. Flor. Flor. Flor. Flor con cara… ¿Qué?
*Pareces algo confundido, pero no te preocupes, yo te ayudare. La flor se movía, casi como bailando.
Parpadeé varias veces, pero la flor seguía allí. Me toque la cabeza con las manos, no, no había fiebre. La flor seguía hablando, pero yo no escuchaba. Lo único que pasaba por mi mente eran las ganas que tenia de ahorcar a Miles, ya sabía yo que ese cigarrillo tenía un sabor muy raro.
