Apenas si había ruidos en aquel lugar. Los monstruos habían aprendido, a veces de la peor manera, a guardar silencio. A ELLA no le gustaba el ruido, por poco que sea. En las ruinas se respiraba una atmosfera tétrica, algo deprimente, pero así lo quería ELLA. Todo eso cambio cuando el niño cayo, ella lo tomo y se lo llevo a su casa, poco hubo que aquel niño pudiera hacer para evitarlo.
De eso ya habían pasado unas horas. Los monstruos andaban nerviosos ya que de la casa casi no habían salido sonidos, cuando minutos antes se podían escuchar gritos coléricos, provenientes de ELLA. Pobre el alma de aquel que la enojara.
Desde fuera, todo parecía indicar lo peor, pero por dentro la historia cambiaba. Se había enojado, si, pero el niño la había convencido para que se calmase, y además para que lo dejara ir, aunque esto solo después de prometer que regresaría si las cosas parecían ponerse demasiado peligrosas.
Y ahí estaba ELLA, antaño reina de los monstruos, ahora alejada de todo en la parte más abandonada del mundo subterráneo. Sentada en su sillón, mirando el libro que tiene sostenido con sus manos, mirándolo pero no leyéndolo. Su mente no le permite concentrarse, el sonido del reloj le molestaba, como un constante recordatorio de que su niño no estaba en casa.
Lo había dejado salir, no estaba del todo segura porque, pero le había abierto el portal, le había dejado atravesarlo. Y ahora solo podía esperar a que el volviera. Paso de pagina, tratando de que las palabras le llamaran la atención, así no tendría que prestarle atención al ruido del reloj, así podría no tener que pensar que ya pasaron horas desde que EL salió por ese portal, así podría dejar de lado sus nervios que lentamente la consumían por dentro.
Al final cerro el libro, y lo dejo sobre la mesa. Se froto los ojos con las manos, estaba cansada, tanto esperar la ponía los nervios de punta. ¿Por qué no había regresado aun? Ya le había dicho ELLA que era peligroso irse, pero El había insistido, y ELLA no pudo negarse.
Se paso el resto de la tarde intentando distraerse. Si leer no servía, tal vez cocinar si lo hiciese. Tres pasteles quemados después le recordaron porque ya no se acercaba a la cocina, ese maldito horno tenía vida propia.
Se encontró a si misma sentada de nuevo en el sofá, solo para darse cuenta que se encontraba atravesando la puerta principal de su casa. Recorrió las Ruinas sin destino aparente, sin cruzarse con nada ni nadie, hasta llegar a aquel montón de flores que tanto le gustaban. Las miro, las acaricio, y los viejos recuerdos fluyeron.
No supo bien si fue la nostalgia, o la tristeza, pero se dio cuenta de que ya no podía esperar más. Había prometido esperar, pero ese niño travieso no regresaba, así que era el deber de mama el ir a buscarlo. Lo reprendería, pero no demasiado, no quería que hubiera más accidentes. Regreso pues, a su casa, y descendió lentamente por las escaleras.
Abrió el portón lentamente, y camino con seguridad por el camino. No había dado ni dos pasos cuando lo vio, un bulto rodeado de nieve roja. Tardo varios segundos en reconocerlo. En meros segundos, la nieve de los alrededor se derritió.
