Pasaba de a una las páginas del enorme libro, leyendo los párrafos con cautela, como si estos fueran a desaparecer. Ya sabía de memoria lo que aquel libro decía, pero últimamente leer era lo único que podía hacer. Eso y esperar. Y si hay algo que le sobra a Asgore, es paciencia
* Que libro más raro ese que tienes ahí.
Esa voz, la conocía muy bien. Un corazón amarillo le vino a la mente, y no pudo evitar sonreír.
* Cuando lo termines, préstamelo. Ya me leí los que me diste ayer.
Giro la cabeza para responderle, pero no vio nada. De repente se le fueron las ganas de leer.
Se paso la tarde intentando cocinar. Aun no entendía como todo terminaba prendido fuego. Después de veinte minutos discutiendo con los pocos monstruos que aun habitaban el castillo junto a él, decidió dejar la cena en manos más capacitadas.
Risas. Al principio creyó haber escuchado algo, pero lo ignoro. Risas. Esta vez estaba seguro, había oído algo. Risas. El sonido era cada vez más fuerte, que parecía provenir de la sala del trono. Cerró los ojos, y vio dos manchas: una rosa y otra purpura. Al llegar, vio entre las flores dos figuras. Ambas reían y acariciaban las flores que crecían en aquella habitación.
Intento acercarse, verlas bien, pero en un parpadeo las figuras ya no estaban. Con la mano estirada en la dirección en la que se encontraban, Asgore cerró los ojos, y lentamente se retiro de la sala del trono.
Inquieto, así se encontraba el rey. La cena ya estaba lista, pero Asgore no tenia apetito, solo quería descansar. Se acerco nuevamente a su cuarto, vació y solitario, cuando de repente se detuvo en seco. Intento calmarse, decirse a sí mismo que no era nada, que apenas abriera la puerta de su cuarto aquella tos
Estaba parado frente a la puerta, su mano en el picaporte, pero por alguna razón no se atrevía a girarlo. Podía escucharla, esa voz enferma y débil, como si hubiese sido ayer, el día en que había encontrado a aquel niño.
Suspiro, y retiro su mano lentamente. Mientras volvía, sintió la música de un piano llenar el ambiente.
Pensó en ir a la tumba del último niño que había caído al subsuelo, pero desecho la idea casi de inmediato, ya había tenido suficiente del pasado para largo rato. En cambio, fue hacia la barrera, y allí se sentó, contemplándola. No supo muy bien cuando, pero de a poco sintió las lagrimas cayendo sobre su rostro. Era inútil, lo sabía, ya no había nada que él pudiera hacer, y eso solo empeoraba su tristeza.
Y así, en esa soledad que lo rodeaba, en ese espacio al que nadie más que el accedía ya, y en frente de aquellas almas humanas que tanta esperanza le habían dado, el rey lloro.
