El primer golpe bajo

- Arthur! Tengo un nuevo trabajo para ti. Es en el hospital de niños. Quieren que hagas payasadas...a ver si alegras a los niños. Aparentemente andan deprimidos por algo, qué sé yo...

- Hospital de niños? En serio?

- SÍ! Acaso estás sordo?!

- No, es que...ah, muchas gracias! Me encantará hacer ese trabajo!

- Si si si, cállate y date prisa con el maldito maquillaje. No me hagas perder el tiempo y no llegues tarde!

- Si, señor.

Es el mejor lugar al que me podría haber asignado Hoyt! Me siento delante del espejo y comienzo a aplicarme la pintura. Siempre me quito la camisa para hacer esto, así evito manchar el cuello.

- Hola Artie!

- Hola Gary!

- Estás de buen ánimo hoy!

- Sí, Hoyt me acaba de asignar al hospital de niños. Es fantástico, no crees?

- Me alegro, Artie! A mí me tocó el centro comercial. Adivina qué! Hay una tienda de electrodomésticos que se jacta de tener los precios "más bajos", entiendes? Más bajos! Y aparentemente creen que yo represento muy bien ese eslogan...

- JAJAJJAJAJJAJA... genial, Gary. Perdón, pero esta vez sí es gracioso!

- Jajaja...supongo que sí...

- Oye Gary...

- Sí?

- Conocí a una chica...muy linda por cierto! Dice que quizás vaya a verme en Pogo's! He decidido presentarme el jueves. Tengo algunos chistes preparados.

- Artie, eso es genial! Me alegro por ti.

- Gracias, Gary! Tú crees que ella vaya?

- Claro! Por qué no lo haría? Seguro la harás reír.

Gary me levanta el ánimo.

- Lo dijo por lástima.- interrumpe una voz.

No me di cuenta de que Randall estaba cerca, escuchando. Se para detrás de mí y nuestras miradas se cruzan en el espejo. Randy no es como Gary, es mi colega pero no es realmente mi amigo.

- Vamos, solo mírate! Quién podría quererte? Qué mujer podría estar interesada en ti? Las mujeres buscan hombres fuertes, musculosos y apuestos. Hombres seguros de sí mismos, alguien que pueda protegerlas.

Observo mi figura en el espejo. Mi torso escuálido, mi piel pálida y cubierta de moretones. Veo mi cara demacrada y mis ojos cansados, mi pintura de payaso... una capa blanca, el azul alrededor de los ojos y la boca roja. Una sonrisa falsa. Randall tiene razón... quién podría quererme? Ciertamente no una mujer tan especial como Sophie.

- Lo ves? Te tiene lástima. No eres más que un triste payaso.

Una lágrima brota de mi ojo derecho y cae por mi mejilla, corriendo el azul y manchando el blanco.

- Cállate Randy!- dice Gary.

- Pero si se lo digo para ayudar. No es así, Art?

Randall pone un brazo alrededor de mi hombro y me sonríe a través del espejo. Bajo la mirada. No me gusta su sonrisa. Me pone muy incómodo. Randall puede ser intimidante.

- No quiero que mi muchacho se ilusione y salga lastimado.

Siento como su mano aprieta mi brazo.

Mi muchacho...

Odio como se oyen esas palabras. No sé por qué, solo sé que las odio.

- No es cierto, Artie?!- insiste Randall.

Su voz se vuelve amenazante. Sus dedos se clavan en mi brazo. Me lastima.

- Déjalo, Randy!- dice Gary intentando defenderme.

- No te metas, duende malformado!

Randall me suelta y se va.

- Artie estás bien?- pregunta Gary asustado.

- Si, Gary. No pasó nada...

El hospital de niños es un lugar extraño donde los sentimientos se mezclan. Hay niños sin cabello, niños en sillas de ruedas, otros conectados a un tanque de oxígeno, otros que no se pueden levantar de sus camas. Es un lugar triste.

En sus caras veo todos los demonios de este mundo. El abandono, la desesperanza, la resignación. Hay una luz que se apaga en esos ojos. Esas pobres almas que comienzan a entender que no hay sueño que no esté destinado quebrarse, flor que no nazca sino para marchitarse, ni inocencia que perdure sin corromperse. Siento que una enorme angustia se apodera de mí, algo mucho más grande que yo, que es ese espantoso miedo universal.

Pero a pesar de eso, todos estos niños se alegran cuando me ven entrar. Los que pueden se levantan y se me acercan, los otros solo miran. Pero todos sonríen. Les enseño canciones y juegos y trucos de magia. Bailo para ellos y les cuento chistes. Les presto mi nariz de payaso y mi peluca. Y yo, que no puedo ayudarme ni a mí mismo, me conmuevo al saber que soy de ayuda para estos pequeños angelitos.

- Tengo un trabajo nuevo...uno que amo.

- Me alegra oír eso...

- Le traigo una buena noticia por primera vez desde que comenzé está terapia y usted no dice nada más?

La terapeuta baja la mirada, suspira y vuelve a mirarme.

- Arthur, esta será la última vez que hablemos...lo lamento.

- ...

- Están cortando los programas sociales. Dicen que no hay suficientes fondos. Lo lamento...

Es un golpe bajo. No me esperaba esto...

- De dónde se supone que consiga ahora mis recetas?

- Lo siento mucho...debes entender que a ellos no les importa nada de ésto. No les importan las personas como tú...y sinceramente tampoco les importan las personas como yo.

Qué otra cosa puedo hacer más que encenderme otro cigarrillo? Aunque no disfrutaba de estas sesiones, creo que sí me ayudaban. Y sin las píldoras me sentiré peor de lo que ya me siento. Ni siquiera sé a quién reclamarle...ellos no tienen un rostro. No hay fondos dicen...pero para los Thomas Wayne de este mundo hay abundancia.

Con la miseria de los pobres se cimentan los palacios de los ricos.

- Quién me ayudará ahora?- pregunto abatido.

- Intenta seguir con tu diario, Arthur. Intenta salir adelante sin las píldoras. Dios te ayudará.

- Dios? JAJJAJAJAJJA...Ese es el peor comediante de todos.- me río amargamente.

- El mundo no es más que un pésimo chiste. Una broma de mal sabor.

- No crees en Dios, Arthur?

- Sí creo. Creo que Dios es un tipo bastante despistado...cuando creó al hombre no se dio cuenta de que creaba también al diablo.

Al sentarme a escribir mi diario por la noche siento que mi mente está en blanco. Mis pensamientos parecen livianos, flotando casualmente de un lugar a otro. No anoto nada. Tomo las últimas píldoras que tenía de reserva. La pistola que guardaba en mi bolso está ahora sobre la mesa. La contemplo. Mis dedos acarician su cuerpo frío. La tomo en la mano. Miro mi reflejo en la ventana. La coloco sobre mi sien. Cierro mis ojos. Mi cuerpo se estremece.

Hay una voz en mi cabeza, pero no es la mía.

Arthur es mi amigo...lo quiero mucho...te gustaría tomas una taza de té?...por favor, quédate...eres un buen hombre, Arthur...

Abro los ojos. Bajo la pistola. La regreso al bolso de donde nunca la debí sacar.

Mis manos vuelven hacia el cuaderno abierto sobre la mesa. Busco una hoja en blanco y la arranco con cuidado. La estiro sobre la mesa y comienzo a plegarla hasta formar una flor de papel. Son cosas que aprendí a hacer, cosas de payasos. Saco un poco de mi pintura roja con la que dibujo mi sonrisa y pinto los pétalos. Luego aplico un poco de verde al tallo y a las hojas.

Cruzo el pasillo y me detengo delante del apartamento 8B. Acomodo mi cabello y arreglo el cuello de mi camisa. Tengo una flor de papel en la mano. Oigo la voz de Sophie, mezclándose con el ruido del televisor. Levanto la mano para tocar la puerta pero algo me detiene. No puedo.

Te tiene lástima...mírate...quién podría quererte?...nada más que un triste payaso... quién podría quererte?...quién podría quererte?

Bajo la mano. Guardo la flor en mi bolsillo. Doy media vuelta y regreso a casa.