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Louis Bonnefoy es un hombre respetable. Es un buen marido, que besa a Oliver por las mañanas, sin excepción; es un buen padre, que nunca se olvida de darle las buenas noches a sus dos revoltosos niños; también es un buen jefe, que nunca duda en ser misericordioso y perdonar los fallos de sus subordinados. Louis Bonnefoy usa traje con corbatas impecables, utiliza un coche de último modelo, tiene excelentes relaciones con los vecinos. Es un hombre realmente agradable.
Pero todos los hombres tienen secretos. Louis Bonnefoy es un hombre que esconde un secreto que podría arruinar a su familia, a su reputación, y la vida perfecta que ostenta. Es un secreto que involucra el deseo ardiente de sangre que se apodera de él y le obliga a hacer cosas que los hombres respetables no hacen. El deseo que ha estado presente, básicamente, durante toda su vida; que lo hace cometer crimen tras crimen, para saciarse y no volverse loco por las voces de su cabeza. Claro está que ni su esposo Oliver ni los niños saben de que las manos del padre y marido idílico están manchadas de sangre inocente.
Ó al menos cree que puede salirse con la suya durante toda su vida hasta que comete una equivocación, el error viene de la mano de unas manchas que no han sido borradas de su pulcro traje empresarial. Cuando se da cuenta que no ha limpiado toda la evidencia, es muy tarde. Sabe que al menos un miembro de su familia verá la sangre seca, impregnada en la ropa, y le hará preguntas al respecto. Probablemente, sea Oliver quien la descubra.
Oliver, quien ha sido el más amoroso esposo que Louis puede pedir. La frustración se acumula en sus entrañas y tiene que detenerse a sí mismo antes de verse con las manos alrededor del cuello de una mujer que pasa peligrosamente cerca. Las ganas de desquitarse solo aumentan, junto a sus ansias; contando el tiempo que falta para terminar el día laboral y poder volver a su casa.
La noche arriba y Louis Bonnefoy regresa a su hogar, con los ojos entornados de incertidumbre. No ve a sus hijos por ningún lado, lo cual es conveniente para él. En cuanto se asoma a la habitación donde recuerda haber dejado la ropa utilizada para el crimen, no la encuentra, pero sí puede oír la voz de cierto inglés cantando una canción.
Se dirige a donde proviene la voz, se pregunta si tendrá que asesinar a la persona con la que quiere pasar el resto de sus días mortales, alguien por el cual no puede sentir amor (no recuerda haber experimentado «amor» en todos los años de vida que lleva, como lo describen los libros, como lo ilustran las películas) pero sí puede decir que le ayuda a mantener su camuflaje de hombre respetable. Mira de espaldas a Oliver, están en el cuarto de la limpieza, el británico mueve las manos incesantemente. Está lavando ropa.
—Llegaste temprano, tesoro —dice Oliver. Louis no le quita la vista de encima, a la expectativa de verse descubierto por su marido—. Estoy lavando la camisa que manchaste —agrega, y se gira. El rostro del británico luce una sonrisa de oreja a oreja—. Creí que nunca tendrías la confianza para permitirme lavar las ropas que usas para hacerlo. ¿Tuviste que luchar mucho esta vez? —al término de las preguntas, el francés luce desconcertado.
—¿Lo sabes? —no puede evitar cuestionar, y Oliver aumenta la sonrisa todavía más.
—¿Que eres un asesino? Desde el inicio, amor. ¿O pensabas que esta es la primera vez que te olvidas de sacar la sangre de tu traje?
