-INFINITAMENTE-
Capítulo tres: El celo de un alfa
Eren nunca obtuvo el autógrafo que Levi le prometió, pero no se lo mencionó.
Eren fue detenido cuando quería abrir el armario y frotar su glándula omega en cada una de las bonitas ropas del capitán.
Eren quiso construir un nido con las almohadas de la sala, pero Levi dijo que era sucio y destruyó la plataforma de mantas.
Eren quería montar a caballo, pero Levi lo llevó a casa y Eren, que hasta ahora había tratado de ser el bonito omega recatado que enamoraba al alfa guapo en los libros de su hermana, simplemente explotó.
Escapó del auto para volver a casa, pero las calles eran extrañas y solo pudo correr hacia la entrada del departamento ante la mirada de las personas que pasaban, Levi lo alcanzó justo a tiempo y le obligó a entrar al departamento a pesar de los golpes y patadas que lanzó gritando para que le liberara hasta que entraron a casa y se largó a llorar sobre la alfombra.
Eren estaba enojado.
Su alfa ni siquiera quiso tocar su nuca o compartir sus preciosas feromonas con él. Papá siempre frotaba la marca de mamá y en las películas los alfas grandes acariciaban a sus omegas llenándolos con su aroma cuando sentían dolor y miedo, sin embargo Levi no compartió nada de eso, ni una pizca de olor, solo la potente voz alfa que le gritaba con violencia y la segunda dinámica de Eren gimió contrariada al sentir el rechazo de su par.
Se sintió completamente desgraciado, abandonado por el mundo junto a un dictador que lo había reclamado como su omega, pero no acariciaba su nuca ni olía a tranquilidad cuando él se sentía asustado.
No debía ser así, mamá le había explicado el largo y complicado mundo de las parejas destinadas y las reglas que un omega obediente debía seguir para ser alguien en el mundo y que su alfa no lo considerara un estorbo, mamá le había enseñado a construir un nido y a perfumar todas las cosas de su futura pareja, pero Levi rompía todos los esquemas, no olía a calma y era tan diferente al imponente alfa de su revista que rescataba omegas y niños.
Lloró, mordió y rompió lo que estuvo a su alcance, golpeando la alfombra y llenándola de mocoso y lágrimas de impotencia.
Su instinto dolía como si faltara algo y se encontrara incompleto. Eren sintió que su segunda dinámica quemaba dentro de su pecho, mucho más fuerte y excitable que su débil razón. Dolió y su confundida mente se detuvo como un enorme tren de carga a punto de caer por sus rieles astilladas cerrándole los pulmones.
Entonces Levi logró alcanzarlo, sujetando su pecho con una mano y cubriéndole la cara con la otra, introduciendo dos dedos dentro de su boca para empujar un par de pastillas como las que papá Grisha siempre cargaba consigo, luego le oprimió la garganta para que tragara y lo liberó.
La calma volvió cuando su omega interior ya no tenía la fuerza suficiente para dar pelea por el desconsiderado uso de la voz alfa sobre ella.
Sus brazos cayeron entumecidos y su lengua se sintió tan blanda como una esponja de mar cuando Levi lo cargó hasta la cama mirándole con esos ojos azules tan brillantes y contrariados como si no supiera que hacer con un niño omega o con un omega enojado en general.
Los dedos del mayor cepillaron su cabeza y él cerró los ojos, arrullándose a sí mismo con la bestia adormecida en su interior.
Al día siguiente despertó con la garganta entumecida y tuvieron que visitar el hospital.
Levi no llamó a mamá y Eren no tenía fuerzas para pedirle que lo hiciera.
Visitaron el hospital y Levi contó el episodio que tuvo, omitiendo la parte donde lo había sujetado por los hombros para sacudirlo opresivamente.
Una enfermera procedió a quitarle toda la ropa y otra lo subió sobre la báscula, le sacaron sangre y tomaron muestras de su glándula de olor colocando un pegajoso parche sobre su nuca. Eren abrió las piernas cuando el médico le dijo que se recostara en la camilla e introdujo un pequeño tubo blando en su ano, un cosquilleó recorrió su columna cuando el médico le dijo, con la voz de alfa, que lubricara y el conocido calor bajo por su vientre hasta empapar el tubo. Su segunda dinámica se retorció y Eren pegó un pequeño grito cuando el médico sacó el instrumento sin delicadeza y le dijo que se mantuviese quieto.
Sus feromonas de miedo habían llenado la habitación.
Luego de eso una enfermera omega lo cargó en brazos hasta la sala de espera y se quedó con él hasta que Levi volvió con los papeles de sus resultados y una nueva carga de pastillas rojas.
La omega habló con su alfa en voz baja cuando él ya estaba en el auto y cuando Levi entró no se atrevió a mirarle a los ojos, concentrado en el camino y, para su sorpresa, conduciendo lentamente.
Eren sabía que algo estaba mal con él, tenía ligeros surcos de calor que molestaban a las demás personas. Apestaba a feromonas y los alfas solían evitarle, los omegas más territoriales le bufaban y nadie quería jugar a su lado en el patio de recreo. Su padre le había dicho que cuando encontrara a su pareja destinada los surcos se detendrían, pero como era de esperarse había mentido. Levi ni siquiera quería tocarlo y los surcos no se detuvieron.
Ya en casa Levi dejó que entrara en la tina de baño e incluso colocó mucha de esa espuma con burbujas y aroma a omega que le gustaba, apoyado en el borde y con la camisa doblada hasta los codos, por primera vez, su alfa le lavó el cabello.
—¿Te conté que cuando tenía tu edad solía utilizar champoo para omegas? —murmuró Levi rompiendo el silencio que él mismo había impuesto.
Eren estiró las piernas, aliviado de que el dolor donde el médico le había hecho sangrar se fuera gracias al agua caliente.
—Pero son para omegas —le dijo.
—Lo sé.
—¿Por qué los usabas entonces?
—Olía a mi madre.
Eren sabía que la madre del capitán estaba en el cielo, conocía toda su historia o por lo menos la que habían escrito en la biografía. La madre de Levi se llamaba Kushel Ackerman y él la había amado mucho, como hacen todos los niños alfa con sus madres. Eren también sabía que su alfa había vivido con su tío por mucho tiempo hasta que también murió y luego se unió a la milicia, pero ninguna revista especificaba como o porque.
Eren pensó en Carla.
—¿Extrañas mucho a tu mamá?
El alfa dejó escapar un profundo suspiro y retiró su mano de la bañera.
— ¿Extrañas a la tuya?
Las burbujas estallaron y Eren permitió que su tristeza saliera a flote.
—Mucho —confesó.
—Cierra los ojos —ordenó Levi, moviendo la cebolleta sobre su cabeza para que agua limpia se llevara los restos de espuma.
Puso una toalla alrededor de su cuerpo para secarlo y lo recostó dentro de la cama.
—Este fin de semana —comenzó Levi— puedes quedarte con tus padres durante cuatro días, luego vendré por ti.
Eren abrió los ojos con incredulidad, animándose lo suficiente para ver las insondables orbes azules de su esposo.
—¿Habla enserio, señor?
—Porque te mentiría, Eren.
—¿Y que hará todo esos días sin mí?
—Tengo trabajo —es todo lo que dice y Eren se muerde el labio, contento por la atención que el alfa le proporciona en ese momento y para mostrar su agradecimiento voltea el cuello para presentar la glándula de la nuca como el buen omega que su madre le enseñó ser.
En parte porque quiere que sus padres puedan oler el aroma de Levi en él cuando sea el fin de semana y lo feliciten, pero por supuesto no se lo dirá, es un deseo egoísta y especial, pero Levi tarda muchos segundos más de lo esperado y el corazón de Eren comienza a palpitar con frenesí así que mira por sobre su hombro con un solo ojo bien abierto para vislumbrar la silueta del alfa que está petrificado junto a la cama.
De repente siente una pesadez en su corazón y tal vez no lo estaba haciendo bien, tal vez era muy pequeño u olía demasiado fuerte como para llamar la atención del capitán Levi a pesar de que el hombre lo había reclamado aquel día como su compañero y los confusos sentimientos que se asentaban en el centro de su vientre no eran correspondidos como se suponía debían de ser, sin embargo la fría palma de Levi presiona su nuca y todos sus sentidos se encienden como una linterna de baterías cuando esos labios besan de manera casi etérea la fina piel cicatrizada de su cuello...y el instinto en él se encuentra satisfecho.
Los adultos son difíciles de entender, decide antes de dormir con la cabeza oculta en el pecho de su alfa.
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—Obediencia —dijo la maestra Nanaba, una omega con el cabello demasiado corto y lo suficientemente alta como para pasar como una alfa, aunque su inconfundible aroma delataba su dinámica.
Así era la maestra omega con apariencia de beta, durante veinte años se había hecho cargo de los niños de los tres cursos de primaria. Viuda y sin hijos, dedicó su vida a la docencia y se había ganado el respeto de mucha gente.
—Obediencia —repitió la mitad de los alumnos de su clase, la mitad que olía dulce y era omega como ella.
—Amor.
—Amor —volvieron a repetir.
—Entrega.
—Entrega —el coro de voces infantiles se dejó escuchar, entre ellas la voz de Eren.
—Los alfas no creen en el amor, dicen que solo un mito de betas —caminó entre los alumnos— pero para los omegas como nosotros —acarició el cabello de Christa—, es algo que nos mantiene con vida, es por eso que todos los alfas —dijo mirando a Jean— deben ser considerados con nosotros. Somos dos dinámicas que se necesitan, es por eso que alfas se aparean con omegas y viceversa.
—¿Y los betas? —preguntó Connie.
—Los betas se casan con otros betas, son más versátiles y libres de elegir.
Entonces Jean levantó la mano bastante alto para que la maestra le viera.
—¿Y porque nosotros tenemos que emparejar con apestosos omega? —preguntó, codeando a Eren que se sentaba a su lado.
—Tu madre también es omega, Jean —cantó Nanaba— ¿Ella apesta?
Toda la clase rio en voz alta y las mejillas regordetas de Jean se tornaron rosas.
Nanaba tosió.
—De cualquier manera es una buena pregunta, quizá en algún futuro logremos superar nuestras diferencias y logremos emparejar con quien en verdad quisiéramos hacerlo.
—Pero no somos iguales, maestra Nanaba —espetó alguien.
—Claro que lo somos.
—Mi mamá dice que no y ella es alfa, ella conoce muchas cosas.
—Papá dijo lo mismo una vez.
—Mi hermano es omega y piensa diferente.
—Armemos una cartulina —propuso la maestra— cada uno escribirá la dinámica que le gustaría ser y porque.
Todos los niños estuvieron de acuerdo.
Christa fue la primera, arrastrando a Ymir con ella. Jean siguió a regañadientes para ganar una sonrisa de la maestra Nanaba y demostrar su superioridad ante toda la clase, aunque no era el delegado de grupo, Marco permanecía quieto en su rincón y cuando tocó su turno negó con la cabeza. Su familia era demasiado conservadora como para que aquello fuera visto con buenos ojos, y para sorpresa de Nanaba otro omega tampoco salió de su pupitre.
—Eren —ella miró al niño de ojos verdes— ¿No vas a participar?
Compungido, su pequeño alumno se mordió el labio, indeciso.
—Levi dijo que solo la gente descarriada hace este tipo de cosas —dijo al fin.
Varios ojos voltearon a verle y la sonrisa de Nanaba s tensó durante unos segundos, pero sus bonitos ojos azules no dejaban de brillar.
—¿Quién es Levi? —preguntó forzando una amable mueca.
—Mi marido —contestó Eren—, es mi alfa, señorita Nanaba.
Algunos maestros no estaban al tanto del hecho, solo unos pocos, otros miraban la marca que adornaba el cuello del niño y se alejaban de él. Por lo general, los omegas masculinos llevaban tatuado el nombre de sus alfas, las marcas de mordedura estaban destinadas a omegas.
Nanaba pestañeó observando la dentadura completa sobre la glándula de olor del niño, hecha por un alfa adulto, bastante profunda y casi curada por completo. Tragó en seco y no dijo nada, no estaba permitido imponer cualquier tipo de comentario sobre el asunto ya que no era su negocio, aun así apretó los puños hasta que sus nudillos se volvieron blancos.
Nunca lo diría en voz alta, pero ella odiaba a los alfas.
—No somos liberales —corrigió tragando la bilis que subía por su garganta— es una actividad en grupo de la cual me gustaría que participaras. Eren asintió y salió para escribir sobre la cartulina, pero…¿qué quería? Nunca lo había pensado.
Quería a Levi, quería los caballos y quería entrar en la policía militar cuando fuera grande.
Pero era un omega, ¿acaso era posible cambiar la dinámica?
Eren pensó en los pros y contras de ser un omega, sabía que algunos omegas sufrían abusos por parte de sus alfas, pero algunas las mujeres betas también eran golpeadas Sin embargo los omegas eran débiles y buscaban atención constante, a Eren le gustaba el pecho de Levi, le gustaba entrar en el despacho del capitán y subir sobre sus piernas para ocultar el rostro en ese lugar y quedarse dormido, no habría logrado nada de eso si no fuera un omega.
Los betas eran rápidos y trabajadores, los alfas eran fuertes e inteligentes y los omegas eran débiles, había dicho Levi, pero cuando encontraban a su alfa explotaban todo su potencial y eran capaces de hacer grandes cosas.
Eren se esforzó y tenía mejores notas, Eren corría rápido y tenía a Levi. Mamá dijo que era especial, que era un omega especial y fuerte que sobresaldría entre los de su dinámica. Levi dijo que un omega que no aceptaba su lugar en la cadena, era un cobarde y no merecía sobresalir.
Así que Eren escribió que estaba contento con su dinámica para disgusto de Nanaba.
—Omegas son la casta más débil.
—Los omegas no somos débiles —respondió ella, con un tono menos melódico que de costumbre— si nos dan la oportunidad y si la sociedad progresa se darán cuenta de que nosotros también…
—Levi dice que los que piensan así nunca…
—¡Suficiente! —gritó ella, quitándole el marcador de colores y expeliendo feromonas de furia—. No es algo que un niño deba saber.
Toda la clase se congeló cuando ella zarandeó a Eren, enojada, amenazando con llevarle al despacho del director si no volvía a su asiento.
Eren se sobó el brazo en la hora del almuerzo y no quiso jugar con nadie hasta la hora de salida cuando Carla fue por él y cenaron en familia.
Había tenido un fin de semana intenso, pero no recibió noticias de Levi en tres días, ni siquiera una llamada.
A Levi si le hubiera contado lo que hizo la maestra Nanaba, pensó, mientras Carla le obligaba a comer todas sus verduras.
Levi pensaba que la escuela a la que asistía era estúpida y había insistido en pasarlo a una escuela privada, pero Carla se opuso fervientemente y Eren continuó asistiendo a ese lugar.
Necesitas amigos, dijo su padre y Levi hizo que el hijo del vecino anciano viniera a pasar las tardes con él. Se llamaba Armin y parecía niña, veían televisión por cable y Armin le enseñaba sus aburridos libros y Eren mostraba los aeroplanos a escala que Levi había comprado.
Jugaban en la azotea y comían helado en verano.
Lamentablemente Armin estudiaba en una escuela privada, de lo contrario estarían en la misma escuela y él habría sabido que decirle a la maestra Nanaba.
—Terminé —dijo, soltando el plato con brócoli y bajando de la silla.
Grisha le dijo que fuera a dormir y Carla desordenó sus cabellos con una mano, dándole un beso en la mejilla. A sus padres les encantaba tenerlo en casa, pero Mikasa permanecía encerrada en la habitación porque estaba en celo y no quería ver a nadie.
No importa, pensó el omega, mañana visitarían un parque y todo saldría mejor.
Carla le había prometido que si se portaba bien dejaría que llamase a Levi.
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—Eren es débil y juegas con los niños pequeños porque eres un marica —exclamó Jean, pateando el castillo de bloques que Eren había construido.
Este frunció el ceño y se levantó, saltando para enfrentar a Jean.
—Cállate o te golpearé como aquella vez.
Jean hizo caso omiso y aprovechó que las cuidadoras y las madres estaban lejos del área de juegos para empujar a Eren con fuerza.
La caja de arena era grande y Jean había seguido a Eren hasta ahí, burlándose porque este prefería armar bloques en lugar de jugar a las luchas con los otros. Eso no era normal para Jean, esos eran juegos de niños chiquitos y él solo quería arrastrar a sus amigos hasta el acuario, llevar a Eren con él y ver los peces y tiburones.
Que esos ojos le miraran solo a él.
Quería gritar, Eren olía y apestaba dulce, más que todos sus compañeros omega. Y la maestra le obligo a sentarse junto a esa mofeta en el autobús donde Eren no quiso ver el nuevo juego de cartas que había comprado y paso todo el trayecto mirando por la ventana.
Nadie ignoraba a Jean.
Mucho menos el enfermo de Jaeger, cuanto lo detestaba, hacía que le doliera la cabeza y le diera fiebres extrañas que su madre quitaba con sopas calientes que sabían a orina de perro y nunca lograban llenar el vacío que inundaba su pecho.
Era culpa de Eren, Jean lo sabía y nadie quería creerle.
Lagrimas pincharon las esquinas de sus ojos cuando Eren se limpió el uniforme y no quiso enfrentarse a él sino que lo ignoró y se fue a jugar en los columpios, mirándole únicamente para sacarle la lengua.
—Lo odio tanto —dijo el chico alfa de cabello bicolor, mordisqueando una de las galletas que Marco, su mejor amigo, trajo en su mochila.
Marco era un beta con muchas pecas en el rostro, Marco trató de animar a su amigo contándole que uno de sus numerosos gatos había parido una camada nueva y que su madre dejaría que todos se quedaran con cada gatito…
—Marco —interrumpió Jean, pensativo.
—…¿Qué?
—Nada.
Marco sonrió.
—¿Quieres jugar videojuegos conmigo esta tarde?
—Ya que.
—Ah, tendrás la consola de mando solo para ti…papá compro…
Jean deseó ser como él, un beta que no pudiese oler las feromonas de Eren, el olor dulce que expelía todo su cuerpo, pero los otros alfas no parecían notarlo, solo él.
Todo por culpa de Eren y su sonrisa estúpida, Eren quien había hecho llorar a la maestra Nanaba. Eren que olía tan bien hasta que emparejó con ese señor tan viejo y ahora todo estaba contaminado y eso hacía que la garganta de Jean doliera y unas tenazas invisibles le oprimieran el pecho, cada vez con más fuerza. Ahogándose en un profundo mar que el mismo desconocía.
Tiró la galleta a medio comer y fijó la vista en ese asqueroso omega que pasaba corriendo con Reiner, jugando a las carreras.
Su nariz picó por el dulce olor que solo él podía
No pudo contenerse. Grito y se abalanzó contra él, rodando lejos del pasillo ante los gritos y gritos de los niños más pequeños que fueron aplastados y la madre de Eren que se levantaba y corría para separarlos.
Jean mordió y pateó, le arañó la glándula de olor y recibió duros golpes en el proceso porque Eren se defendía como una fiera.
Tiró de su cabello y logró asestar un golpe en el ojo izquierdo, pero el dolor no cesó, nunca cesaría.
Entonces Jean, desesperado, gritó.
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II
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La gente siempre hablaba del celo de un omega, en las revistas se escribían tip para sobrellevar esa especial carga que aparecía cada seis meses y los libros de ficción construían altares alrededor de ella. La gente no sentía la misma simpatía por el celo de un alfa.
Por supuesto que no.
A ningún alfa le hubiera gustado aquello, Levi prefería mantener su intimidad a salvo y sencillamente dejaba de ir al trabajo utilizando sus días de vacaciones acumulados siguiendo la misma rutina de siempre, tomar supresores alfa y usar un juguete sexual cuando fuera estrictamente necesario, alguna beta si la ocasión así lo ameritaba.
Sin embargo este año no pudo hacer lo mismo, tenía un compañero y los supresores no hicieron efecto como de costumbre.
Jodida suerte.
Cuatro días después encendió los ventiladores especiales en casa, para eliminar la sobrecarga de feromonas, y sobrevivió como pudo gracias a la nueva mediación que su suegro le suministró días antes.
Los últimos surcos de su calor hacían que su cuerpo sudara y la ropa le picaba en la piel, aun así se puso uno de los pijamas de seda cuando tocaron la puerta del departamento.
—Carla… —vaciló con los ojos grises bien abiertos al ver a la omega de pie con Eren pegado a su falda.
—Te ves bastante compuesto —saludó ella sin ánimo de cruzar el umbral, aunque Levi no le dejaría hacerlo, y empujó a su retoño hacia adelante para presentárselo—. Disculpa, Levi, no tuve otra opción. Además es el último día ¿cierto? Podrás controlarlo.
Levi tomó la barbilla de su omega, admirando el daño.
—¿Qué demonios le pasó?
—Verás, él…
Eren, que estaba callado hasta ahora, se sonrojó y enfrentó a la omega.
—¡Cállate, mamá!
Levi chasqueó la lengua, frunciendo el ceño. La cabeza le daba vueltas y necesitaba volver al calor de las cobijas pronto.
—Cierra la boca y entra —ordenó a Eren y volvió a mirar a Carla que se apresuró a contar lo sucedido.
Eren estaba sentado con las piernas sobre el sofá cuando su madre se fue y Levi cerró la puerta.
Ninguno de los dos dijo nada por un tiempo.
—¿Estas en celo? —se animó a preguntar Eren.
—Si.
—Mmm…él empezó a pegarme, solo me defendí.
—Lo sé.
—Lo siento, Levi.
El alfa suspiró profundo, frunciendo el ceño al ver marcas rojas sobre la mordedura de la nuca de Eren. ¿En verdad el niño no paraba de meterse en problemas? No era algo que hubiera previsto cuando emparejó con él, se suponía que los niños omega eran tranquilos, amables y callados. Eren era todo lo contrario, Eren metía la pata cada dos por tres y no dudaba en usar sus puños.
—Hiciste algo malo, Eren, nunca debes recurrir a la violencia —reprendió haciendo que el chico se encogiera de hombros—, pero hoy no tuviste la culpa de nada. ¿Fue alfa el que te hizo eso?
—Sí —admitió—, pero ni siquiera me dolió, y le di su merecido Levi ¡Yo demostré mi valor...señor!
—Levi —rectificó— solo llámame Levi, somos compañeros.
A Eren le brillaron los ojos y asintió con fuerza.
Solo era un pequeño niño omega que no entendía nada, Levi nunca había sido bueno con los niños y estaba en celo y Eren le era tan útil como un perol en esa situación
Se acercó al chico pensando en que hace durante el resto de día que quedaba, entonces se le ocurrió una idea.
—Necesito que hagas algo por mí, Eren.
—Si.
—Ve a la cama —le dijo— y frota todas las cobijas con tus feromonas.
—Pero, a ti no te gusta cuando hago eso. ¿Es por tu celo? —lo miró expectante— ¿vas a usarme? Si estas en celo ¿Por qué yo no lo estoy? Armin dice que las parejas destinadas entran en celo al mismo tiempo y los supresores ya no funcionan en ellos.
Ojala y dejara de hacer tantas preguntas.
—Eres demasiado pequeño, Eren.
—No soy pequeño —exclamó.
Levi extendió la mano y pasó el pulgar por la nuca del omega, frotando en círculos para que se relajara.
—Solo haz lo que te pedí.
Eren se sonrojó otra vez y sonrió, corriendo hacia la habitación para cumplir su pedido.
Al menos era obediente con él.
Entonces Levi ordenó un poco y preparó todo para que el niño pasara la tarde ocupado en la sala sin asomar las narices por la puerta de la habitación.
Necesitaría encender la tv y buscar algunos videos, pero no tenía videos infantiles. ¿Quizá le gustaran las películas, pero de qué tipo?
Superhéroes, claro.
Puso varios snack en la mesa y una pila de película que él y Erwin, su jefe, solían mirar en días donde era obligado a socializar con el mundo.
Todo estaba en perfecto orden, solo esperaba que Eren no ensuciara nada.
—Levi —gritó desde la habitación— ¿Cómo es que tienes tanto control? Armin dice que si los alfas no están con sus compañeros destinados el celo les duele mucho.
Ese tal Armin no podía ser una buena influencia, pensó y fue a echar al chico de la cama.
—Tengo autocontrol porque entrene en la milicia.
Eren se bajó de la cama, su cuerpo oliendo dulce y la glándula de olor bastante roja por haberla frotado demasiado.
—¿Como un superpoder? —preguntó con sus ojos verdes mirándole fijamente.
—Algo así, ahora ve y se un buen chico durmiendo en la sala esta noche.
Eren corrió a ver lo que le había preparado, chillando al ver la pila de películas y dándole las gracias.
Por su parte Levi cerró la puerta y le puso el seguro, cerrando los ojos al sentir la erección apretándole los pantalones.
Joder, el olor a feromonas era demasiado fuerte, pero le calmaba el dolor un poco.
Buscó las pastillas rojas y azules para alfas viudos o sin pareja y las tomó todas con lentitud, humillando su orgullo al hundir la cabeza para oler las feromonas de Eren y mordiendo las sábanas por reflejo.
Se bajó los pantalones y la ropa interior al instante, arrullando su polla ente sus manos tibias y masturbándose un poco, asqueado por el líquido preseminal y la necesidad de hacer un nudo en su mano.
Recostado de espaldas y con la mandíbula apretada esperó el orgasmo, recogiendo cada mota de olor dulce del niño entre sus fosas nasales para evadir al instinto que rechazaba todo aquello con fiereza.
Eren era su omega.
Él no creía en el destino, no dejaría que el destino guiara su vida sino que tomaría las decisiones por sí mismo y Eren era una de ellas, su mejor decisión.
Duele, la medicina sabe a mierda de perro y su cuerpo tiembla, pero no estaba arrepentido.
Inhaló y exhaló lentamente, gruñendo cuando su nudo se rompió y las cobijas se cubrieron con semen.
Eren era un rayo de sol, una ventana, un omega que le gustaba mucho porque era independiente como él y le amaría por lo que era.
Las feromonas del omega le arrullaron y su instinto asomó la cabeza para tomar su propia parte.
Levi despertó en la madrugada, cuando un par de ojos centelleantes le observaban desde la oscuridad.
—Tienes una cicatriz en el pecho —susurró el niño— ¿Cómo pasó'?
Levi se hizo a un lado para que trepara.
—Una bala —le dijo con la voz ronca, ajena a su cuerpo.
—Cuéntame por favor.
Eran las tres de la mañana, el reloj digital parpadeó y Levi relajó sus músculos completamente libres del dolor y el celo en medio de la oscuridad.
—No le contaré historias de guerra a un niño.
El dedo del omega repasó la cicatriz y la pequeña boca se abrió, sorprendida.
—Eres como iron-man.
Sonrió para sí mismo.
—Yo no soy un héroe, mocoso.
No lo era.
Eren se quedó callado y apartó la mano, haciendo un puchero para que le contara.
Y por primera vez él cedió, sintiendo cierta fuerza desconocida que le obligaba a confiar en ese niño que era su compañero.
—Teníamos una misión, pero yo quería hacerlo solo —quería mantenerlos a salvo— y les dije que se quedaran atrás. Cuando volví ya no estaban, se fueron y las balas nos alcanzaron a todos. Murieron.
Era joven en esa época, jóvenes y tontos creyendo que podían tomar al mundo en la mano.
El omega se quedó callado, Levi pensó que le decepcionaría saber que no era perfecto.
—¿Qué hiciste después de eso? —preguntó Eren.
Sus labios se tensaron, pero la respiración del omega le llenó de confianza.
—Sobrevivir.
Eren acarició la cicatriz y le dio palmaditas en el pecho.
—Buen trabajo —susurró apoyando la cabeza en su hombro y cerrando los ojos.
Levi no se tensó y su instinto, vacilante, le dijo que ese omega era el correcto.
Y de pronto, todo el dolor se detuvo.
Continuará…
