INFINITAMENTE

Capitulo doce: Fragmentos

"Nada nos vuelve tan solitarios como nuestros secretos."

Levi decide permanecer quieto como una estatua, como si ocurriera una desgracia en el instante en el que su cuerpo se mueva un centímetro.

Así que tan solo se queda observando el procedimiento médico a través de la gran ventana de vidrio del cuarto de hospital donde Eren está dormido mientras un par de enfermeras le inyectan antibióticos en el antebrazo.

Puede ver las marcas de aguja, esos pequeños puntitos morados que parecen picaduras de mosquito y afean la piel del omega, pero el doctor dice que está bien y por primera vez él no puede tener el control de todo, así que le cree.

No le gustan los hospitales, tampoco le agrada el incómodo viejo sillón del cuarto de hospital y solo despierta a medianoche cuando Eren pide un poco de agua.

—¿Te preocupas por mí? —susurra el omega luego de beber todo el vaso.

Las drogas lo han vuelto más sensible.

Levi agarra su mano y le frota los mechones cafés, apartándolos de su frente para que no interfieran con su vista.

Ha crecido bien, piensa y pasa la yema de su pulgar por la mejilla de Eren con cariño.

—Por supuesto —dice en cambio, solo para ver la bonita sonrisa que Eren le obsequia.

La habitación está a oscuras, pero distingue los rasgos de su omega y no puede evitar pegar la frente junto a la suya.

—Todo saldrá bien.

El aliento de Eren huele a medicamentos, pero no importa.

Ha cerrado los ojos y solo escucha el rumor del vaporizador y la máquina que tintinea.

Este es uno de esos momentos íntimos que más atesoran y es cuando él se da cuenta de cómo han amoldado sus vidas como si fueran una sola.

Debería sentirse orgulloso, pero no puede evitar pensar en Uri. Sin embargo los recuerdos ya no duelen, no cuando se trata de Eren.

Se siente enojado y se aparta, no sin antes susurrarle al omega que duerma de una vez mientras el vuelve a su incomodo sillón.

La camilla de hospital es muy pequeña para los dos, pero el cuarto es demasiado grande.

Así que cierra los ojos.

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Y los abre cuando la boca mojada de Eren está recorriendo la parte interna su cuello, tan despacio como la caricia tibia de un rayo de sol.

Los cabellos castaños rozan su nuca y cuando inhala solo puede pensar en el aroma embriagador que endulza todos sus sentidos, es un aroma espeso y limpio.

Han pasado dos meses desde la finalización del tratamiento y las feromonas de Eren son magníficas y poder tenerlas de nuevo consigo le hace sentir mejor.

Saca las manos de la cobija y Eren arrulla mientras acomodan sus cuerpos, los dedos del omega empujando y buceando en la oscuridad hasta encontrar la liga del pantalón de seda.

Gime cuando esa palma se envuelve alrededor de su polla y Eren arrulla con su voz de omega.

—¿Estas despierto?

Lo besa.

—Por completo.

La habitación que tienen es cómoda y la sensación de volver a tocar a Eren de nuevo y sacar tantos buenos olores y emociones de él, hace que se sienta como un hombre nuevo.

—He estado esperando esto por tanto tiempo —confiesa Eren y le besa la boca una y otra vez.

Ambos jadean mientras se quitan la ropa.

Apesta a excitación y un escalofrió recorre su cuerpo cuando puede sentir la mancha de Eren mojándole el muslo.

Eren empuja su cara contra la almohada para ahogar su gemido cuando se presiona dentro de su cuerpo, ha volteado al omega y lo sujeta por las caderas. Puede verle la columna y como cada músculo se contrae mientras se inserta lentamente.

Hay una sensación extraña que crece dentro de su estómago a medida que el omega pide más y decide inclinar su cuerpo mientras comienza a moverse lentamente en su interior, aumentando la velocidad a medida que el omega se acostumbra, hasta alcanzar su cuello donde besa la marca de dientes y abre la boca cuando siente el nudo hinchándose y abriéndose camino para dejarlo atrapado.

Es sexo sucio y rápido.

Eren se masturba para darse alivio y decide ayudarlo, entonces se miran a los ojos y los dientes blancos del omega florecen para él. Los ojos llenos de éxtasis y un gemido que hace eco cuando llega al orgasmo.

Es sexo lento y apasionado.

Cuando están tendidos el uno junto al otro Levi puede sentir las manos del omega tocándole las costillas y los dedos subiendo por su pecho hasta el hombro, acariciando las magulladuras de amor tatuadas en su piel, rozando el rasguño que tiene en la clavícula.

Es amor.

Aguanta la respiración y es lo único que puede hacer ahora.

—No recuerdo haberte hecho esto —susurra Eren, pero no lo mira a la cara.

Está feliz y tiene el rostro escondido en su pecho. Su piel cubierta por feromonas de dicha.

Levi solo lo estrecha entre sus brazos y abre la boca, pero las palabras se atascan y mueren antes de siquiera ser pensadas.

Controla la respiración, como le han enseñado en la academia, y no suelta ni una sola feromona que pueda revelar su estado mental.

Desearía permanecer para siempre a su lado, pero la alarma del celular decide que es hora de trabajar y suena por toda la casa haciendo que Eren se estremezca y se contraiga a su alrededor ya que todavía están unidos por un nudo.

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Estira la mano para tomar el celular de la mesa de noche y desarma el aparato, quitándole la batería y guardándolo dentro de su bolso.

Sus movimientos son metódicos y entrenados para no dejar evidencia.

El foco de esa habitación es blanco, pero las cortinas tienen un color verde oscuro y están impregnadas de feromonas con un caldo de diferentes olores.

Sus músculos están doloridos y el agujero negro que crece en su pecho solo logra ensancharse un poco más cuando piensa en sus acciones.

No encuentra su cinturón.

Es abril y las hojas del árbol fuera de la ventana comienzan a deshojarse lentamente, hay un espejo en el techo y la única ventana de la habitación tiene segur, para que a ningún incauto se le ocurre aventarse por ella.

Se coloca los guantes y encuentra el cinturón debajo de la cama, no recuerda cómo llegó hasta ahí, pero cuando levanta la cabeza ve una cabellera negra sobresaliendo de las sabanas y su corazón se enfría una vez más.

Las sábanas se mueven y un brazo blanco sale a la superficie, y al igual que una serpiente atrapando a su presa, esos dedos delgados y largos se aferran a su chaqueta y tiran de él sin cuidado.

—Debo trabajar —dice y es verdad.

—Espera —pide la aguda voz— quédate —escucha como se levanta sin soltarlo, hasta mirarlo a los ojos con un cariño entrañable, pero sabe que con lo único que se encontrara será con sus dos témpanos de hielo—. Tócame.

Hay algo mal en todo esto que no le deja pensar, algo fuera del recuadro.

Un mal sabor de boca.

Nada está bien y todo está mal.

Y él lo sabe.

Así que agarra su chaqueta y tira con brusquedad, volviendo a los movimientos mecánicos habituales para preparar su bolso y salir del hotel sin mirar atrás.

Piensa que donde sea que este Kenny ahora, se está riendo de él.

Pisa el acelerador.

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El acelerador no funciona.

Se cae de la moto cuando intenta patinar en el hielo que se ha formado en la entrada.

Uno de sus compañeros pregunta si está bien y él asiente con la cabeza.

No en nada grave.

Baja y deja que guarden la motocicleta.

El camión llega antes de lo esperado y es el primero en subir recogiendo la porra y el casco con su nombre de uno de los asientos. Los otros van subiendo en cuentagotas hasta que el último hombre da unos golpecitos a la ventana del conductor para que emprendan la marcha.

Algunos de los más jóvenes mantienen la mirada fija en el celular, otros solo cierran los ojos o miran el camino a través de las ventanas blindadas.

Es invierno.

Una bolsa de agua se estrella en la ventana del último asiento, pero nadie se mueve. Han sido entrenados lo suficiente para mantener el orden o lo necesario para no demostrar miedo.

Se coloca el casco y asegura bien el visor antes de llegar a la plaza. Ya todos conocen sus posiciones y sacan los escudos de plástico grueso de los compartimientos del techo.

Como siempre son los primeros en entrar y construir el muro entre los manifestantes y la plaza.

Afuera el griterío aumenta en decibeles alarmantes, hace mucho frio, los omega y beta tiemblan mientras agarran sus carteles con fuerza.

Los beta de su unidad no son fuertes así que los alfas deben construir la primera línea.

Es el primero en avanzar. Sus botas pisan el pavimento y separa las piernas para tener un mejor agarre.

Escucha los insultos y ve las miradas de odio que algunos omega le lanzan, pero ellos no pueden verle el rostro así que no importa.

Los betas de su unidad y la prensa, que se ha apostado en un rincón detrás de todos ellos para protegerse, se tensan, cuando con un movimiento de mano les indica que preparen las balas de goma.

El camión ha estacionado tres cuadras detrás de la plaza, por si requieren de su ayuda, pero Levi sabe que el incipiente chofer comenzara a fumar con los auriculares puestos y no será de mucha ayuda. Jodido cerdo.

El alcalde quiere que dispersen a la multitud si se vuelve violenta, nadie debe ingresar a la plaza, pero Erwin ha ordenado que atrapen a los instigadores. En otras palabras, a cualquiera que no sea lo suficientemente inteligente como para correr lejos.

—Habrá bonos por cada cabeza que traigan consigo —promete Pixiv y le golpea el hombro—. Estás a cargo —dice antes de retirarse a la parte más segura del camión y entregarle su casco a uno de los periodistas que está protestando porque no tiene la seguridad adecuada.

Casi puede oler la euforia de algunos de los alfas de la unidad, pero ninguno se moverá hasta que él lo ordene lo contrario.

Los omegas inician una especia de cántico y ellos tienen que ceder paso a los primeros camarógrafos que se arriesgan a salir del muro de escudos para tomar unas cuantas fotografías o primeros planos.

Hay una tensa calma que dura veinte minutos hasta que uno de ellos, un omega joven, decide que está harto de toda esa farsa y le quita a la beta de su costado el megáfono que lleva colgado al cuello.

—¡Los alfas son el mal de todos los males! —grita y Levi puede ver una sonrisa de ave rapaz en la cara del periodista que sujeta el micrófono en una mano y el casco en la otra.

El chico omega lleva botas militares y un gorro rosa, el abrigo le llega hasta las rodillas y no usa guantes. Sus dedos están muy rojos. Tiene el cabello plateado y los ojos del color de la miel, pero no transmiten amabilidad. Brillan como el fuego y Levi los encuentra entrañables.

Y es que se parece tanto a los ojos de Eren…

—No usen las balas de goma —establece a través de la radio del interior del casco, escucha algunas quejas, pero obedecen—. Levantarán el muro cuando dé la señal y dispersarán a los omegas, encarcelen a los betas, deja a los ancianos en paz.

—Los omegas valen más, pueden tener información secreta —refuta alguien y Levi puede escuchar murmullos de aprobación.

Sabe que seguirán sus órdenes hasta donde tengan que seguirlas, pero él no es Erwin ni Pixiv. No necesita cruzar ciertos límites.

Apaga la radio y se queda mirando al omega de ojos de fuego que levanta más la voz al ver que está siendo grabado por el periodista. Debe de sentirse como un héroe, pero sigue siendo joven y tonto.

La idea de que esos ojos de fuego sean verdes visita su cabeza y vuelve a pensar en Eren.

¿Y si ese omega fuera Eren?

El periodista se ríe de algo que el omega ha dicho y este lo mira con reproche.

Ahora es cuando va a decir algo estúpido, piensa.

Eren también es un chico impulsivo, lo sabe con certeza. Conoce todo de él y la naturaleza omega siempre tiene algo de imprudencia.

Los omegas tienen la idea inconsciente de que deben ser protegidos por los alfas, está en su ADN, así que algunos actúan de manera necia por instinto. Tan solo se les olvida que el truco deja de funcionar si no cuentan con un alfa tras la espalda.

El omega de ojos fieros levanta el dedo medio y al periodista se le colorean las mejillas, pero se recompone lo suficiente para arrojarle el casco que tenía guardado bajo el brazo, pero no posee la fuerza de un alfa así que solo golpea el hombro del chico omega y rebota en el piso.

Levi se queda viéndolo, es un casco muy resistente, la asistente de Pixiv se encarga de limpiarlo cada mañana y sacarle brillo a las abolladuras. A Pixiv le gusta decir que si miras el visor podrás ver tu reflejo como si se tratara de un espejo.

No es que importe ahora.

Levanta la mano y da la señal cuando el omega imprudente lanza un puñetazo al periodista y los demás siguen su ejemplo iniciando la pelea colectiva.

Los pocos civiles que estaban apostados en las esquinas con sus teléfonos celulares, algunos escapan de la estampida, otros son golpeados por los carteles, los camarógrafos más osados graban imágenes y el casco es pateado de un lugar a otro hasta obtener su primera abolladura.

La asistente de Pixiv no estará muy contenta.

Una omega choca contra él, está aterrada y grita al verlo, ha soltado su cartel unos metros más allá.

Levi decide que parece una civil y la deja ir, no le interesa atrapar omegas que apestan a miedo.

El chico de los ojos de fuego se le queda viendo fijo y Levi cree que puede ver a través de su visor, pero eso es imposible, así que vuelve a su tarea y saca la pistola de gas lacrimógeno apuntando hacia el grupo que corre a la plaza.

Para ellos, debe recordarlo, es el enemigo.

La próxima vez que vuelve a ver a ese omega es en el calabozo de la estación. Alguien lo ha atrapado a él y a otros doce sujetos.

Levi piensa que eso significa doce bonos de fin de año para los que trajeron a los omegas y betas hasta aquí.

Están atados en sillas, el tercero de la izquierda grita cuando la asistente de Pixiv acerca acido a su glándula de olor. La mayoría son omegas, la mayoría hombres.

El perro de la estación jadea con la lengua afuera, sentado y alerta por el caldo de feromonas que comienzan a apestar la habitación. Está atado por una cadena a la argolla pegada en la pared. Inquieto.

Afuera comenzó a nevar.

Erwin y su equipo llegarán en cualquier momento, así que tienen que prepararlos. Es lo que se espera de ellos ya que ese es el otro trabajo de la unidad antidisturbios. Uno mejor pagado, pero del que casi nadie quiere participar. Aunque están obligados a hacerlo y se turnan para ello.

Algunos de los prisioneros hablan, otros mienten, la mayoría llora.

El omega de los ojos de fuego se mantiene callado, tiene un gran moretón en la mejilla que comienza a hincharse y ponerse de un color oscuro.

Se parece mucho a Eren, deben de tener la misma edad, pero Levi nunca le ha dejado moretones a su omega.

Arriba se escucha el ruido de un motor y uno de los guardias grita que Erwin acaba de llegar.

El perro ladra y sus oídos se mantienen alerta.

—Será mejor que nos apresuremos —interviene Pixiv y lo mira con ojos cansados.

Así que hoy le toca a él.

Toma la correa del perro y lo trae al frente. Es un animal viejo, Hanji había prometido obsequiarles cachorros nuevos en navidad luego de que considerara que el perro se había vuelto dócil, pero todavía sabe hacer bien su trabajo.

Está entrenado.

Levi se lame los labios, no tiene el casco puesto porque no lo necesita aquí adentro. Respira y una hilera de humo blanco sale por su boca.

Hace frio.

Sus dedos se aprietan alrededor de la cinta de cuero y Pixiv hace las preguntas de nuevo.

Los omegas no entienden que está pasando, pero él puede ver como los ojos de fuego del chico se derriten y su voluntad comienza a debilitarse a medida que comprende la situación actual.

Pero no ha respondido lo suficientemente rápido.

Entonces suelta la correa.

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El perro avanza enseñando los dientes y babeando por la boca antes de detenerse frente a Eren, a escasos centímetros de su rostro.

Puede verle los dientes blancos, punteagudos.

Eren se ríe a carcajadas porque nunca ha jugado con un perro tan grande y le entrega la pelota roja, que ha caído a su costado, como una ofrenda de paz. El perro mueve la cola y acepta el obsequió, corriendo de vuelta hacia su dueño.

Sin darse cuenta ha estado apretando la mano muy fuerte alrededor de la muñeca de su omega, porque Eren se queja y lo mira sin entender.

—Hay muchos mosquitos —se excusa y Eren lo mira arrugando las cejas.

—Suenas como un anciano.

Sus ojos son verdes, grandes y brillantes. Contrastan con las flores amarillas del parque.

Una pareja grita a lo lejos y Eren voltea para ver a una ardilla corriendo apresuradamente con una bolsa brillante en la boca.

—Amo este lugar —exclama ajeno a todo—. Solíamos venir aquí con mi madre, comíamos emparedados y nos tomábamos una fotografía en aquella esquina.

—¿Por eso preparaste emparedados? —decide preguntar hurgando en la canasta llena de chucherías.

—Hice mi mejor esfuerzo.

Su omega se acerca y le toca el hombro, Levi evita saltar, pero eso no le impide seguirle el juego y empujarlo para que caiga de espaldas.

Forcejean largo rato.

—Joder —protesta Eren— me rompiste la espalda.

—Es porque no tienes un equilibrio adecuado.

—Papá y yo fuimos a la montaña —cuenta, quitándole los bordes a su emparedado de queso mientras comen, la jalea resbala por sus dedos—. Hablamos y tomamos vino caliente.

—¿Es algo que está de moda estos días?

Él saca su propia porción, pero no le quita los bordes.

—Tomar vino caliente es lo mejor… prepararé un poco para ti.

—¿Sabes cómo prepararlo?

—Buscaré en YouTube.

La calidez de sus cuerpos se siente bien, la cercanía, el soplo de aire fresco.

—Solo intenta no envenenarnos.

Eren rueda los ojos y le dice que está envejeciendo. Luego le besa los labios, sabe a mantequilla de maní y feromonas.

Los mismos chistes, el mismo juego.

De alguna manera se siente bien. En casa.

Levi atrapa su labio inferior con los dientes, escucha el crujido del mantel y las piernas de Eren se envuelven alrededor de su cintura. El peso del omega en su regazo. Un poco de jalea en su camisa.

No pretenden montar un espectáculo, así que se separan después de un rato.

—Volviste a cambiar el número de teléfono —menciona agarrando otro emparedado para sí mismo—, es costoso.

Siente el cambió de olor en las feromonas de Eren, como endereza la espalda, pero oculta rápidamente aquellos cambios.

—Puedes pagarlo.

Por supuesto, su sueldo se ha incrementado desde que está a cargo del calabozo.

La suciedad en sus manos también, pero se mantiene callado.

No le dice nada a Eren, el psicólogo de la estación le ha dicho que debería, pero no quiere poner preocupaciones innecesarias sobre su pareja.

—¿No puedes? —de repente Eren suena preocupado— ¿Estoy siendo un mocoso de nuevo? Trabajaré…

—No lo harás.

—Claro que sí.

—Todavía no te has graduado.

Las mejillas de Eren se tornan rosas.

—Falta muy poco, mi instructora dice que soy realmente bueno.

¿Haciendo café?

No lo dice.

—Eres talentoso.

Pero Eren sabe lo que está pensando con tan solo verle la cara.

—Sí, pero… —Eren se apagó—. Redacto los mejores documentos.

Levi bajó su emparedado y lo miró a los ojos.

Quiere decirle que lo siente, más las palabras no salen de su boca.

Los alfas no se disculpan.

¿Quién dijo eso? ¿Es una regla impuesta en la etiqueta alfa?

Se queda mirando el emparedado cuando la mano de Eren roza la suya y entrelazan sus dedos.

No hace ningún otro ruido, vuelve a masticar su comida y Eren recuesta la cabeza en su regazo.

—Necesitas vacaciones —dice.

—Me gusta mi trabajo —responde acariciándole los cabellos—. Confían en mí.

—Mamá piensa que continúas obsesionado con atrapar a esos terroristas.

Se detiene.

El psicólogo de la estación le ha dado un bolígrafo y un papel, le ha dicho que dibuje algo, como si fuera un crio. Ha puesto pastillas en su pastillero mientras susurra que esta estresado.

Necesita vacaciones.

Y Eren piensa lo mismo.

—Sabes que podrías volver a postular para capitán.

Siente la lengua pesada, pero responde de todas maneras.

—No cuando te han degradado.

—Estoy preocupado por ti.

Peina los cabellos castaños una y otra vez y tira de ellos con suavidad, Eren se queja y le pellizca el brazo.

—Me gusta mi trabajo actual ¿Entendido? Es perfecto para mí.

No lo es.

A veces, cuando despierta en la madrugada, se mira las manos y tiene las uñas llenas de sangre.

Otras veces despierta, pero no por completo, se mantiene inerte durante horas, amparado por los ronquidos del omega, la opresión en el pecho alacraneándole la garganta.

No lo dice.

Terminan los emparedados, tiran las sobras al contenedor y Eren habla con el dueño del perro.

Levi prefiere empacar las cosas en el auto.

—Mis notas son buenas —cuenta Eren mientras se abrocha el cinturón de seguridad—, los betas de nuestro curso de etiqueta no son amables, saben que somos los mejores, pero eso no importa.

La radio suena a muerto y Levi decide apagarla para seguir escuchando el monólogo de Eren.

Jean ya no le habla mucho y Armin va a casarse, la última vez que se vieron tenía dos meses de embarazo. Su alfa dice que es un niño, Armin piensa que será una niñ se toca el estómago para darle una demostración práctica.

—El cumpleaños de Farlan será en dos semanas….

Nunca pudieron adoptar al chico, la abogada dijo que no podían hacerlo hasta tener su primer hijo.

Afortunadamente Eren no se desanimó.

Pronto tendrían un bebé, estaba casi seguro de ello.

Se detienen frente a una pequeña marcha pacífica y ven pasar a los omegas en silencio.

—Dos de mis compañeros desaparecieron —menciona Eren.

Quiere decirle que no pasa nada, seguramente están en casa con sus alfas, pero la situación ha empeorado tanto estos últimos días que ya no está seguro de nada.

—Esto no va a terminar bien para nadie —cuestiona Eren, reprimiendo su ira.

El semáforo vuelve a estar en verde y los rezagados corren con sus carteles. Las caras cubiertas por bufandas o cubrebocas.

—¿Tú estarías ahí? —pregunta entonces, dejando caer una de sus preocupaciones más frecuentes.

Se miran.

—Tal vez —responde el omega— si no te hubiera conocido.

—Luchando por tus derechos —se burla.

Eren se relaja y hace lo mismo, imitando a uno de los disidentes.

—Para no pertenecer a ningún alfa. Porque puedo valerme solito.

Levi no puede evitar reírse y eso anima al omega.

Llegan a casa y deciden recostarse para tomar una siesta.

Es un fin de semana agitado.

Vieron una película juntos, en cama, pero Eren está roncando antes de los créditos. Levi recoge el tazón de palomitas y apaga la televisión.

Conecta el enchufe del teléfono que Eren siempre mantiene desconectado por alguna razón.

Erwin dice que el gobierno levantara el toque de queda de los omegas cuando todo esto termine, tal vez debería contárselo a Eren. Le gusta cuando su omega chasquea los dedos y se ve animado por alguna buena noticia.

Está lavando el tazón cuando el teléfono suena y se quita los guantes llenos de jabón para descolgar el auricular y ponérselo entre el hombro y la mejilla.

—¿Quién…

—Sabias que tu esposo te engaña.

Reconocer la voz le cuesta unos segundos

Respira y piensa en la falsa sonrisa que Eren ha estado pintando en su cara estos últimos días.

Inhala y cuenta los días en su mente, agrupándolos en semanas y meses que Eren ha tenido que soportar ocultándole esas llamadas.

Exhala y sus pupilas se dilatan, su alfa gruñe, siente las fibras del instinto resquebrajándose.

El sonido del agua corriendo hace que su sangre deje de latir.

—No te atrevas a colgar —ordena y la persona del otro lado del teléfono suelta un respingo.

—Ven al hotel —dice— no has venido en semanas —suplica—. Necesito contarte un milagro.

Cuelga.

Eren está durmiendo con una almohada entre las piernas. Levi apaga la luz y deja una nota diciendo que lo llamaron del trabajo y volverá mañana.

No es cierto.

Ya no sabe lo que es y lo que no. Su vida se ha convertido en una espiral, un marcador, una cuenta regresiva y solo hasta ahora comienza a notar que eso está matándolo por dentro.

Abre la puerta.

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Y apenas entra siente las manos de Mikasa rodeándole los hombros.

Ella parece contenta.

Él no.

—Teníamos un trato —dice, controlando a su alfa interior.

—No te preocupes por eso ahora —sonríe ella—. No tiene importancia.

De pronto se siente enfermo y solo quiere golpearla.

—¿Desde cuándo haz estado llamando a Eren?

—Escúchame, Levi —insiste ella—. Eso ya no tiene importancia.

No está escuchando.

Agarra con fuerza a la omega para empujarla contra la ventana, ella suelta un quejido de dolor, pero ya no soporta su voz así que pone sus manos alrededor de su cuello y aprieta para terminar con todo el dolor, la impotencia, las mentiras.

Las uñas postizas le arañan los brazos.

—¿Desde cuándo haz estado molestando a mi omega?

Afloja el agarre y ella tuese.

—Tenía que decírselo.

No. No tiene.

Está cansado de sus amenazas.

—Eren es mi omega destinado —dice porque sabe que le dolerá. Puede olerlo en sus feromonas y le complace dañarla—. Voy a reportarte, estoy harto de ti.

—Si lo haces voy a contárselo todo.

—Hazlo.

Mikasa levanta la cabeza parar mirarlo con sorpresa.

—Todos querían llevarte lejos de mí, pero no los dejé —comienza—, estuve aquí para ti todo este tiempo, no es algo que quiero, sabes lo que se siente.

—Tu padre tiene medicina.

—No la quiero.

—Si vives o mueres ya no me importa.

—Pero no puedes reportarme —ella lo mira— ¿Es que acaso no puedes olerlo? Eres mío.

La comprensión llega demasiado tarde, demasiado pronto.

Siente el vacío haciéndose cada vez más grande.

La sidra es picante en su lengua, pero Levi la toma de un solo trago. Ha roto la puertita del estante de bebidas y no recuerda de dónde sacó el vaso, pero Mikasa sigue en el piso, mirándolo con cautela.

—Voy a casarme —ofrece ella como último recurso.

—¿Qué?

—Para tener una coartada. Voy a casarme con Jean.

Levi se ríe de ella por primera vez en semanas.

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Arroja el vaso, pero rebota en la pared porque es el vaso de plástico engomado que les obsequiaron en el cine.

Eren está en el suelo, estudiando con Armin.

—Estás borracho —le dice mientras lo lleva al cuarto.

—No tanto —responde, pero se aferra a ese brazo.

Le quita los zapatos y recuesta en la cama.

—¿Qué demonios te ocurre? —es tironeado de un costado a otro, una almohada le roza la cara—. Debemos ir al orfanato mañana, tienes que estar presentable para Farlan. Sabes que esa trabajadora social nos odia.

Dibuja algo, le dijo la psicóloga.

Necesitas vacaciones, recomendó Pixiv.

Pero el continuó trabajando, acumulando bonos, tomando turnos que no le correspondían. Porque tal vez así, quizá, la frágil barrera que ha estado conteniendo todo este tiempo no se rompa.

El teléfono suena y Eren se queda quieto, pero Armin grita que contestará y Eren trata de correr y le duele en el pecho verlo tan asustado, así que le agarra la muñeca y no lo suelta.

Eren salta, intenta liberarse.

—No.

—¿Qué demonios te sucede? ¿Por qué?

—Porque te hace daño.

Se queda quieto.

Armin golpea la puerta con suavidad.

—Ese era Mike —avisa—, vino a recogerme. No peleen ¿Si? Tengo que irme, nos vemos mañana, Eren.

Sus pasos se pierden hasta que ya no se escuchan más.

Eren no responde, puede ver como todo su cuerpo se estremece y una mueca de dolor le cruza el rostro.

De una forma u otra, siempre termina haciéndole daño.

—¿Desde cuándo lo sabes? —Eren niega con la cabeza, retrocediendo y sentándose al borde de la cama. Todavía aturdido.

De alguna manera todo se sentía incorrecto. Se tambaleó incorporándose de la cama para atraer al omega hacia su pecho.

No llores, quería decirle, pero no pudo.

—No te protegí como debía, te he fallado.

Levi no dijo nada más, él simplemente comenzó a correr sus dedos suavemente por el pelo de su omega.

Eren suspira, esconde la cara en el hueco de su hombro.

Se quedan así largo rato.

—Eso no es cierto —Eren lo miro a los ojos—. Debí habértelo contado hace mucho tiempo.

—No importa ahora. No estés triste. Te hace mal.

—Creí que estarías molesto conmigo.

—No lo estoy.

No podría.

Siente frio, una presión en la garganta, crece, se hace más grande, se rompe.

—Vámonos.

Eren jadea, pero no se aparta.

—¿A dónde? —susurra.

Envolvió los brazos alrededor del omega, arrullándolo con las feromonas. Era su última oportunidad.

—Lejos —su voz no vacila y coloca todo el resentimiento en una cesta y lo deja caer—. No necesitamos este departamento, compraré una casa. Todo estará mejor.

Eren sonríe.

—No puedes hablar enserio —dijo—. Estás borracho —sentenció.

—Tenemos que quedarnos —exclamó el omega, atropellando todas las suplicas de su cabeza—. Ahora que lo sabes, puedes hacer algo. Pero tenemos que permanecer aquí, es nuestro nido.

—¿Porqué?

Eren le sujetó la mano y la puso sobre la ropa de su estómago, presionando. La presión de la mano de Eren sobre la suya encima de su vientre era acogedora, la mantuvo ahí. Deteniéndose justo encima de la liga de sus pantalones.

—Tienes que olerlo, ya han pasado dos meses —exigió, casi dudoso—. Así que, vuelve a ser él de antes ¿deacuerdo? Te necesitamos.

El mundo entero comenzó a fracturarse a partir de entonces.

Aquello que estaba protegiendo se rompió y se hizo pedazos, fragmentos.

Irreparable.

De una u otra forma, estaba destinado a hacerle daño.

Continuará…