El valor de un alma
Notas autora: Este es un AU/UA basado en los cuentos "El pescador y su alma" y "la Sirenita"
Capítulo 1: La sirenita
Bajo las profundidades del mar se encontraba un reino de sirenas. Ningún humano podía acceder al mismo, y quienes lo habían intentado, muchas veces motivados por el canto de las sirenas, no habían podido sobrevivir al viaje. Habían muchos corales, cada uno de ellos habitado por sirenas y tritones, pero había uno que destacaba entre los demás por su belleza y por su tamaño. Desde lejos daba la impresión de ser un castillo, idea que se confirmaba al acercarse.
Ese arrecife era habitado por el rey, la reina, las cinco princesas: René, Daniel, Coral, Charlie y Jackie; y la madre de la reina, quien a pesar de no ejercer activamente su título como reina, era considerada la matriarca de la familia y también la persona más sabia del reino. Ninguna sirena o tritón había vivido tanto tiempo como ella, motivo por el que todos la admiraban y tomaban sus palabras como hechos innegables.
La matriarca había decidido que sería ella quien se encargaría de la educación de las princesas. Tarea que había desempeñado desde que estas eran muy pequeñas y que continuaría hasta que considerara que estaban listas para lidiar con lo que implicaba ser una princesa. Se había encariñado de sus nietas desde el momento en que nacieron, pero había una de ellas que era su favorita, era la menor, Jackie.
Todas las sirenas y tritones acostumbraban usar conchas. No eran solo un adorno, la cantidad de conchas que se permitían usar estaba determinada por la cantidad de méritos que cada uno poseía. Jackie solo tenía una y solía llevarla con orgullo colgando de su cuello. De sus hermanas había sido la que la consiguió a más temprana edad. La matriarca era conocida por ser la sirena con más conchas, siendo únicamente superada por la primera reina y fundadora de ese reino bajo el mar.
Había una regla de gran importancia en ese reino y es que nadie menor a los quince años podía subir a la superficie. Después de alcanzada esa edad se podía subir sin ningún tipo de restricción, pero de hacerlo sin alcanzar la idea establecida implicaba un severo castigo del que nadie hablaba, pero que todos conocían. Así había sido desde los tiempos de la reina Michell y nadie había hecho nada para cambiarlo, pese a que algunos no se sentían del todo conformes con esa regla.
—La superficie es un lugar peligroso para las criaturas del mar, especialmente para las sirenitas —fue la respuesta de la matriarca cuando le preguntaron por el motivo de esa ley —. ¿Por qué tan impacientes si podrán visitarla después de que su cumpleaños número quince?
—Es que falta tanto —se quejó Charlie, una de las princesas más jóvenes.
—Y la superficie parece ser un lugar tan interesante —agregó Daniel, la segunda hermana mayor.
—La paciencia es una virtud que toda princesa debe tener.
—Sí, abuela.
—Además —continuó hablando la matriarca —, después de varios viajes a la superficie, esta perderá su encanto. Creanme cuando les digo que les parecerá aburrida.
—¿Cómo puede ser aburrido un lugar capaz de crear cosas tan maravillosas?
De todas las hermanas era Jackie quien más deseaba poder ir a explorar la superficie y ver de dónde provenían las cosas que solía encontrar en los barcos que naufragaron. Todas estas le parecían tan fascinantes que se había construido un no tan pequeño cofre para almacenarlas. Era poco lo que le faltaba para llenarlo.
—Otro motivo más para esperar. Idealizar puede ser peligroso. Cuando menos se lo esperen, alcanzaran la edad requerida —agregó la matriarca antes de continuar con sus lecciones —. ¿Alguna podría repetirme la importancia del intercambio de coral?
Pasaron dos años antes de que la mayor de las hermanas cumpliera los quince años. El día anterior lo había pasado junto a sus padres, quienes no dejaron de repetirle todas las medidas que debía tomar. Aunque René sentía que exageraban, en ningún momento se los hizo saber. No quería que le hablaran acerca de todos los casos en que una sirena o un tritón no regresaba de su viaje.
Sus hermanas la acompañaron al punto de partida. Algunas le pidieron recuerdos, otras información, querían que les contara todo lo que observara. Todas ellas tenían algo en común, una gran curiosidad por un mundo que les era desconocido y el deseo que las cosas salieran bien para la mayor de las hermanas.
—Les traeré recuerdos —fueron las palabras de René —. Y les contaré todo lo que vea, se aburriran de tantos detalles.
—No hagas nada imprudente —le aconsejó su abuela.
—Eso haré —fue la respuesta de René.
Jackie observó a su hermana elevarse hasta desaparecer de su vista. Una a una sus hermanas fueron regresando a casa. Jackie fue la última en hacerlo. Sabía que no podía seguir los pasos de René, pero una parte de ella deseaba poder hacerlo. Disfrutaba vivir en el mar, pero no podía negar sus ansias por saber lo que se encontraba más allá de la vista.
—Jackie —escuchó la voz de su madre, había perdido la noción del tiempo —. Te estamos esperando en casa.
—En seguida voy —respondió Jackie antes de dedicar una última mirada hacia el lugar en donde había visto a su hermana mayor desaparecer.
Nunca había estado fuera del mar. Había escuchado tantas cosas sobre la superficie y sin embargo sentía que no sabía nada. Las historias tan diferentes que había escuchado, en muchos casos contradictorias la hacían sentirse un tanto sabía que no todas esas historias podían ser verdad por lo que anhelaba poder comprobarlo por sí misma.
René cumplió con su palabra. Llevó varias cosas que ninguna de sus hermanas pudo reconocer. Estuvo hablando durante horas sobre lo que había visto y sus deseos por continuar explorando un lugar que le pareció tan fascinante.
—¡La superficie es un lugar extraño! ¿Pueden creer que hay un mar sobre la superficie de la superficie? ¡Creo que se estaba derritiendo porque caían unas cosas blancas y frías que lo cubrían todo! —René señaló su nariz y su cabello —. No es buena idea mirar mucho tiempo al mar de arriba porque se termina con la cara cubierta! ¡Había partes en las que no había agua! ¿Pueden creerlo? Lo que no me gustó es que la superficie es demasiado solitaria.
Las princesas escucharon a su hermana mayor. Ocasionalmente la interrumpían para preguntarle por cosas que no entendían o para que les repitiera algo que les había parecido fascinante. Esto último ocurría con poca frecuencia.
Pasó un año y Daniel fue la siguiente en poder ir a la superficie. Sus hermanas la despidieron del mismo modo en que lo habían hecho con la mayor. Pese a que René contaba con la edad necesaria para poder acompañarla, decidió no hacerlo. René había ido solo y deseaba que su hermana pudiera hacerlo también. Ambas sabían que podrían ir juntas después.
En esa ocasión Jackie no se quedó esperando por el regreso de su hermana o imaginando cómo sería viajar a la superficie. Había escuchado de un barco que había naufragado en las afueras del reino y deseaba poder explorarlo. Hasta que encontrara una manera de poder ir a la superficie, esa era la única forma que tenía de conocer un mundo que le era desconocido e intrigante.
Ingresó por una de las ventanas rotas. El espacio era reducido y los vidrios filosos por lo que tuvo que ser especialmente cuidadosa. Las tablas rotas y restos del barco hacían de la búsqueda algo complicada, pero no lo suficiente para desanimarla. Jackie se deslizó entre los escombros, buscando cualquier cosa que le permitiera conocer más del mundo en la superficie.
Era la primera vez que Jackie ingresaba a un barco tan grande.
Ingresó a una habitación pintada con varios tonos de rosa pastel. Lo primero que encontró fue una caja de música. En ese momento Jackie no sabía lo que era y ciertamente tampoco le pareció especialmente interesante. Todo lo que podía ver era una pequeña caja de madera. La colocó en el interior del bolso que solía llevar a sus exploraciones y continuó buscando. Encontró muchos objetos que le parecieron llamativos, la mayoría de color rosa y joyas.
Como sabía que nadar con un peluche era complicado, decidió guardarlo en un sitio donde pudiera encontrarlo cuando regresara por él. Había mucho que deseaba explorar antes de regresar a su casa.
Los peluches le parecieron fascinantes. No sabía lo que eran, pero su apariencia le pareció tierna y el tacto agradable. Jackie no estaba acostumbrada a encontrar cosas tan suaves bajo el mar, ni siquiera en los barcos hundidos que solía visitar. El más grande no cabía en su bolso, pero eso no evitó que Jackie quisiera llevárselo. Ese elefante de peluche con una cinta de karate en la cabeza le pareció tan bello que no permitió que algo como su peso y tamaño le impidieran conservarlo.
La segunda habitación que visitó fue un poco diferente a la anterior. Los colores pasteles desaparecieron por completo, de hecho no había ningún tipo de pintura en esa habitación. Tampoco había mucho que pudiera llevar, sólo unos papeles que se destrozaron por el agua y una cama en condiciones un poco mejores. Jackie supo que esa habitación había recibido la mayor parte del golpe por el enorme agujero que había en una de las paredes De esa habitación solo tomó un objeto afilado, un puñal, no era la primera vez que veía uno.
Las siguientes habitaciones que encontró eran casi iguales. Encontró muchas herramientas, la mayoría ya las tenía, papeles destrozados. Lo que no encontró fueron los restos de la tripulación. Jackie quería pensar que todos habían logrado abandonar el barco antes de que se hundiera, pero sabía que era poco probable. No sería ni la primera ni la última vez en que la tripulación de un barco desaparecía sin dejar ninguna huella. Eran muchas las historias que Jackie había escuchado, pero la mayoría tenían algo en común y era que señalaban a una fuente mágica. La bruja del mar era una de las principales sospechosas, pero como no se le había podido probar nada, no había sido juzgada por dicho crimen.
Jackie tuvo que regresar a su casa antes de terminar con su exploración. Faltaba poco para la hora de la comida y sabía que su familia la estaría esperando. Ver su botín le hizo saber que había un motivo más para retirarse con lo que tenía. Su botín era bastante grande y tendría problemas para cargarlo. Eran pocas las ocasiones en las que Jackie lograba conseguir tantas cosas.
—Otra vez recogiendo cosas de la superficie —fueron las palabras de la matriarca en cuanto la vio. No era un reclamo, para ella era de lo más normal que su hermana saliera a recorrer los barcos naufragados.
—Encontré muchas cosas interesantes —Jackie le mostró la cajita de música.
—Siempre tan despreocupada —la sirena de mayor edad negó con la cabeza antes de seguir hablando —. ¿Sabes que en unos años podrás ir a la superficie? —Jackie asintió con la cabeza, ir a la superficie era la oportunidad que tanto deseaba para conocer ese mundo —. Debes saber controlar tu curiosidad, tus deseos por conocer al mundo pueden llevarte a sitios peligrosos.
—Sí, abuela. No haré nada imprudente ni me acercaré a los pescadores.
—O a sus redes. He vivido lo suficiente para saber que continuamente están cambiando sus métodos y que cada vez son más peligrosos. Temo que de seguir así la situación, las visitas a la superficie podrían prohibirse en su totalidad.
Jackie esperaba que no fuera así, aunque respetaba y aceptaba los motivos de su abuela. Estaba dispuesta a esperar su oportunidad para ascender a la superficie y poder generar su propio criterio.
Cuando Daniel regresó, les habló de muchos colores. De la gran cantidad de criaturas que había visto nadando en el mar sobre su cabeza y de todos los barcos que vio navegando. También le habló del calor y del gran ruido que provenía de todos los lugares.
—Eso no fue lo que yo vi —le dijo René, sonaba confundida y un tanto molesta.
—No estoy mintiendo, si eso es lo que insinuas.
—¿Cuál fue la última vez que visitaste la superficie? —las interrumpió la abuela.
—Hace unas semanas, menos de un mes —respondió René tratando de disimular su molestia —. Y he ido más veces por lo que sé que la superficie no es como mi hermana dice.
—Yo sé lo que vi y no es como tú dices —se defendió Daniel, un tanto ofendida por las palabras de su hermana.
—Ambas dicen la verdad —continuó hablando la matriarca, provocando que todas las hermanas la miraran sorprendidas. Si alguien más hubiera dicho esas palabras, hubieran creído que se trataba de una mentira, pero era su abuela, la sirena más sabia que conocían —. La superficie está cambiando constantemente, hay momentos en los que se encuentra cubierta por agua sólida y otras donde se llena de colores. A eso se le llaman estaciones.
Jackie notó como sus hermanas mayores parecían avergonzadas y supo que se sentían culpables. Ambas habían estado demasiado ocupadas defendiendo su propia versión que no se detuvieron a pensar que la otra también pudiera estar diciendo la verdad. Bajo el mar el paisaje siempre era el mismo, escuchar que había un lugar que constantemente cambiaba hizo que la curiosidad de Jackie creciera.
La siguiente en cumplir los quince años fue Coral. Su cumpleaños fue durante el otoño por lo que encontró un paisaje diferente al que sus hermanas vieron la primera vez que subió a la superficie. De las cinco hermanas, era la más temeraria por lo que su visita fue la más corta y también quien menos se acercó a la costa.
La matriarca no solía ser una sirena especialmente expresiva, pero cuando Coral regresó, su rostro mostró más de tres emociones en menos de diez minutos. La primera emoción que mostró fue preocupación, de las hermanas había sido la que más se demoró en regresar.
—¿Estás bien? ¿Qué te pasó en la cola?
La herida en la cola de Coral no era demasiado grande, pero tampoco era lo suficientemente pequeña como para pasar desapercibida. La preocupación se convirtió en felicidad al corroborar que ninguna herida era de gravedad.
—Será mejor que vende esa herida antes de que empeore.
Y la felicidad se convirtió en enojo cuando vio lo que estaba en las manos de Coral.
—¿Te acercaste a los humanos? ¡Los humanos son peligrosos, en especial sus armas!
—No dejé que me vieran, si es lo que piensas.
La matriarca señaló el garfio que sostenía en su mano. Tenía más de una razón para desconfiar de ellos y más de una cicatriz que probaban lo peligrosos que podían llegar a ser, la mayoría provocadas por el mismo humano, un pirata que reemplazó una de sus manos por un garfio.
—¿Sabes quienes usan garfios? Los piratas ¿Sabes quienes son los piratas? El peor tipo de humano que hay.
—Exageras.
