Capítulo 2: Pescador
En las cercanías del mar había un pueblo. No era demasiado pequeño, pero sí lo suficiente para que todos sus habitantes se conocieran. Nada ocurría sin que se divulgara antes de que terminara el día o sin que más de una persona decidiera modificar un poco la historia, siempre asegurando que se decía la verdad.
Debido a la cercanía con el mar, la pesca era la principal fuente de ingreso de sus habitantes. Los pescadores solían emprender largos viajes, por lo general estos duraban más de un mes y cuando regresaban, era poco el tiempo que pasaban en tierra firme antes de surcar los mares nuevamente.
Marco era el más joven de los pescadores y el que menos tiempo tenía ejerciendo ese trabajo. Desde que nació su hermana compró un barco con el dinero que había ganado limpiando zapatos, y se lanzó al mar en busca de peces. Sus viajes solían demorar semanas, a veces incluso meses, pero siempre que regresaba lo hacía con un cargamento bastante pesado.
El pescado que obtenía era repartido en tres sitios. Un cargamento de considerable tamaño era entregado en el palacio. Era una regla en ese pequeño pueblo, todos los habitantes, sin excepción, debían pagar un tributo al rey, en el caso de los productores como pescadores, artesanos, cocineros o agricultores debían entregar parte de su trabajo.
La mayor parte del pescado era entregado a la fabrica que se había instalado allí cinco años atrás. Todos los pescadores vendían allí su mercancía y esta era transportada al resto del país. Cuando la pesca era buena incluso se llegaba a comerciar con otros países.
Lo que sobraba era vendido en la tienda de los padres de Marco. Como la mayoría de los habitantes de ese pueblo se dedicaban a la pesca, el pescado no era el producto fuerte del local, pero Angie había encontrado la solución a ese problema y comenzó a vender el pescado cocinado. Varios negocios comenzaron a imitar la idea por lo que tuvieron que continuar buscando formas de que la tienda prosperara.
La vida era tranquila.
Y a veces Marco lo odiaba.
No porque deseara que una tormenta destruyera la zona o que ocurriera un desastre que cambiara completamente la vida tal y como la conocía. Amaba a su familia y realmente se preocupaba por su hermana. Desde el momento en que supo de su existencia se prometió que sería el mejor hermano mayor del mundo. Tampoco se consideraba como alguien solitario, tenía amigos, pocos quizás, pero no cambiaría a Alfonso y a Ferguson por nada en el mundo.
Era solo que se aburría.
Todos los días le parecían lo mismo, una rutina de la que no podía escapar y que lentamente lo estaba consumiendo. Su rutina se dividía en dos módulos, cuando estaba en el mar y cuando estaba en el pueblo, días tan parecidos que podrían pasar por una copia del anterior. Si no estaba pescando o hablando con sus amigos, estaba en la casa o en la tienda de sus padres.
Muchos lo llamaban "chico seguridad" y lo odiaba". No lograba entender el motivo de ese sobrenombre. Si bien solía ser cauteloso, con su trabajo y su vida laboral, creía que exageraban. Marco consideraba que tener sus herramientas de trabajo dentro de su estuche, especialmente los cuchillos era una medida que debería ser considerada obligatoria para todos y que el barco de un pescador, más que una herramienta debía ser considerado como una extensión de su cuerpo y ser tratado como tal.
Él quería ir más allá de lo que nadie más había llegado.
Quería vivir aventuras, conocer nuevas tierras y descubrir a creaturas inimaginables. Pelear contra monstruos y rescatar a princesas. Estaba cansado de ser el chico seguridad y anhelaba ser conocido por alguien más, que la gente lo viera como a alguien intrépido y temerario.
Estaba cansado de ser solo un oyente, quería contar sus propias historias durante las fogatas que solían organizar los pescadores. También quería probar el ron pues estaba cansado de que los demás lo trataran como a un niño.
Cierto día escuchó un rumor que llamó peculiarmente su atención.
No solía participar de los chismes de barrio, a no ser que estuvieran relacionados con su trabajo o con su familia. Pero en esa ocasión escuchó algo que no pudo ignorar. Algo que llamó su atención como si se tratara de un imán y él una pieza de metal incapaz de controlar sus acciones.
—¿Estás seguro?
—Totalmente —respondió el padre de Ferguson —, estaba navegando cuando la vi, la creatura más hermosa que haya visto, claro sin contar a mi esposa, y la escuché cantar. Tuve que atarme al mástil para no caer presa de su melodiosa voz.
—Pudo ser otra cosa.
—Sí, todo el mundo sabe que las sirenas no existen.
—Pues parece que nadie le dijo a esa sirena porque no se olvidó de existir.
—El día en que vea una sirena, me como mi sombrero, hasta entonces seguirás siendo un mentiroso para mí.
Marco notó las miradas sobre él y decidió continuar caminando. No quería que agregaran raro o pervertido a su lista de apodos. Caminó rápido pretendiendo tener prisa, hasta que recordó que no contaba con mucho tiempo. Antes de convertirse en pescador solía visitar el dojo del pueblo todos los fines de semana y había pasado mucho tiempo desde la última vez que había ido, tanto que ni siquiera era capaz de recordar la fecha.
—Marco ¡Qué sorpresa verte por aquí! —fueron las palabras de su sensei y Marco pudo notar que era sincero.
—El mar me tenía ocupado.
—Cierto, me pareció escuchar que ahora eres pescador. Las cosas han estado aburridas por aquí.
—¿Puedo unirme al entrenamiento hoy?
—Eso ni se pregunta, Marco, aquí, siempre serás bienvenido.
Marco agradeció con una reverencia y se dirigió a los vestuarios. Tomó el traje que solía usar para entrenar y comprobó que le quedaba un poco ajustado. Mentalmente se preguntó si debería pedirle al sastre del pueblo que lo agrandara o que le hiciera un nuevo traje. Su mirada se posó en su cinta, seguía quedándole, pero estaba dispuesto a cambiarla. Quería obtener la negra y había pasado más de un año, sin incluir el tiempo que estuvo lejos, portando la cinta amarilla.
Marco se dirigió al centro del dojo y buscó un lugar en donde calentar. Estaba estirando cuando escuchó a alguien que lo llamaba. Se trataba de alguien a quien no había visto en meses y cuyo reencuentro lejos de provocarle añoranza o felicidad, le causaban desgrado y amargura.
—¿Volviste? Creí que le habías hecho un favor al karate renunciando.
—Ya ves que no, Jeremy —respondió tratando de ser amable, pero sin lograr ocultar el desprecio en su voz.
Ver que su cinta había cambiado provocó que su molestia aumentara. Una parte de él se dijo que debió haberlo imaginado, que mientras él se dedicaba a trabajar, Jeremy se había dedicado a entrenar y seguir mejorando, pero otra le decía que había obtenido esa cinta al igual que los demás logros en su vida, con el dinero de su padre.
—Y sigues siendo cinta amarilla. No deberías descuidarte o te voy a superar. Sé que siempre gano, pero es aburrido si ni siquiera lo intentas.
Jeremy se marchó y todo lo que Marco hizo fue gruñir. Así habían sido las cosas desde que lo conoció y nada parecía indicar que estas podrían cambiar. El preadolescente, cinco años menor que él estaba acostumbrado a hacer todo lo que quisiera y su posición como hijo del duque lo hacía prácticamente intocable.
Marco trató de respirar profundo y se dijo que debía calmarse. Pronto serían los combates y él podría golpearlo. Sabía que no podría herirlo de gravedad pues el maestro del dojo intervendría en cuanto las cosas se tornaran serias, pero sentía que estaría conforme en cuanto pudiera golpearlo y borrarle la sonrisa de la cara.
Continuó calentando. Sus movimientos erráticos y acelerados terminaron demostrando el mal humor que sentía por lo que el maestro del dojo decidió que debía intervenir.
—Tranquilo, Marco, no querrás destruir el dojo.
La mirada de Marco se posó sobre el poste que había estado golpeando, imaginando que era la cara de Jeremy y notó que comenzaba a astillarse. Sus manos enrojecidas también le indicaban que debía buscar otra manera de serenarse. Eso lo hizo sentirse sumamente avergonzado y maldecir a Jeremy una vez más.
—¿Por qué permite que siga aquí? Todo lo que hace es una ofensa al karate.
—Te lo dije hace poco, todos son bienvenidos a este dojo.
—Pero ¿por qué él? No le interesa realmente y todo lo que hace es alardear de habilidades que no tiene.
—El dojo necesita del dinero de su padre.
Tiempo atrás Marco se hubiera sentido ofendido por esa respuesta y aunque en ese momento también lo estaba, el nivel de enojo que sentía era considerablemente más bajo. Desde pequeño era consciente del valor del dinero. Solía dedicar muchas horas a limpiar zapatos o a ayudar a sus padres con la tienda. Cuando nació su hermana fue aún más consciente y comprendió las limitaciones que venían con la falta de dinero.
—Entiendo que te moleste, pero debes entender que las cosas que usamos no son gratis y que el sensei también necesita comer.
—Lo sé —respondió Marco —, no volverá a repetirse.
Marco no estaba seguro de poder cumplir con su palabra, pero tenía el deseo de cumplir con su promesa. Jeremy solía sacar lo peor de él y eso era algo que no podía controlar.
—Me alegra escuchar eso.
Cuando terminó de calentar, comenzó con su rutina de ejercicio. Comenzó a practicar los movimientos que aprendió durante sus últimas lecciones y se sintió satisfecho al ver que podía hacerlos. Su rendimiento había bajado, no podía negarlo, pero no era tanto como había temido y estaba seguro de que podría recuperarlo con algo de entrenamiento y constancia.
No tuvo la oportunidad de enfrentarse con Jeremy. El maestro del dojo lo hizo luchar contra uno de los nuevos estudiantes y aunque no lo dijo, Marco sospechó que lo hacía para que no pudiera lastimar a Jeremy. Algo que no era su intención hacer y si lo lastimaba sería solo en el orgullo al demostrarle que seguía siendo el mejor alumno del dojo.
Marco no volvió a pensar en el tema de las sirenas hasta que se reunió con sus mejores amigos. Ambos trabajaban como asistentes en la carpintería del pueblo por lo que aprovecharon para reunirse con Marco y ponerse al día sobre los acontecimientos de los últimos días.
—Me gustaría salir con una sirena —comentó Ferguson con expresión soñadora —, dicen que son hermosas.
—Y peligrosas —agregó Marco —, he escuchado muchas historias sobre pescadores que naufragaron tratando de seguir su canto.
—Te preocupas demasiado —le dijo Alfonso, aunque no era su intención, Marco se sintió ofendido —, las sirenas son hermosas y nada que sea hermoso puede ser malvado.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Es lógica común, todo el mundo lo sabe.
—Muchos dicen que no existen.
—Lo mismo decían de las tortugas y como muerden.
—Tú eras el único que decía eso.
—¿Estás seguro?
—Eres pescador, apuesto a que debiste haber visto alguna —interrumpió Ferguson.
Marco pensó en sus viajes al mar. Solía ver muchos peses y otro tipo de animales, pero nunca a una sirena ni nada que se le pareciera. Si bien estaba indeciso sobre qué pensar sobre esas creaturas, se encontró deseando que su existencia fuera cierta y aún más, poder conocer a una.
"Si fuera amigo de una sirena, apuesto a que no estaría tan aburrido", se dijo mentalmente.
