Capítulo 3: La aprendiz de bruja


Star amaba la magia. Desde que había tenido uso de la memoria había soñado con el momento en que su madre le entregara su varita. En cuanto la tuvo en sus manos no dudó en desatarse por completo. Probó todos los hechizos que conocía, los cuales no eran muchos y probó otros que, hasta entonces, solo habían existido en su imaginación.

—¡Hey! —se quejó cuando su madre le retiró la varita de las manos.

—Star —le dijo su madre con tono molesto —. ¿Eres consciente de lo que has hecho?

—¡Magia! —respondió Star, su voz y mirada denotaban orgullo.

—Prueba de nuevo.

—¿Vas a felicitarme por haber inventado nuevos hechizos?

—¡Esa es mi niña! —la felicitó River.

Moon le dedicó a su esposo una mirada severa por lo que este se apresuró en callar. Llevó sus manos hasta su frente y comenzó a masajearla en un intento por calmar su enojo. En el fondo ella sabía que las cosas terminarían de ese modo si le entregaba una varita a Star, pero tenía una pequeña esperanza de que las cosas fueran diferentes y sabía que se trataba de una tradición que no podía romper.

—Star, cariño, mira a tu alrededor.

Star obedeció y entendió de inmediato a lo que se refería. Las paredes se encontraban cubiertas de cenizas y de huellas de guerricornio. La mesa se encontraba patas arriba y de las sillas no quedaban más que astillas. El techo no estaba en mejores condiciones. Un enorme agujero cubría más de la mitad de este y el resto poseía varias marcas de los hechizos que había realizado.

—Creo que entiendo de lo que hablas —respondió Star en un intento por minimizar lo que había hecho. La felicidad que experimentó al tener su propia varita fue tan grande que no pensó en lo que hacía.

—¿Y?

—¿Me devolverás mi varita?

—Claro —Star se emocionó al escuchar esas palabras —, cuando arregles el desastre que provocaste.

—En ese caso necesitaré mi varita.

—Sin magia —respondió Moon y su voz dejaba en claro que no aceptaría ninguna réplica.

—Pero, pero…

—Sin "peros" —la interrumpió Moon —, debes aprender a hacerte responsable de tus actos. Entender que no puedes hacer lo que quieras por el simple hecho de poder hacerlo. Un gran poder conlleva una gran responsabilidad. No podrás tener tu varita hasta que demuestres ser digna de ella.

—Star —le dijo River —, obedece a tu madre.

Star, consciente de que no tenía otra opción más que obedecer si quería tener su varita de vuelta, comenzó a limpiar. Buscó una escoba y se dedicó a pasear por la habitación sin tener una idea de por dónde debería empezar. Después de unos minutos decidió rendirse. Se apoyó sobre los restos de una silla y, con la cabeza baja y las piernas alzadas, se distrajo observando el vuelo de una mosca.

El aburrimiento que sentía era tal que se quedó dormida. Cuando despertó, siendo regañada por su madre, habían pasado varias horas y la casa en la que vivían, seguía igual o más desordenada que cuando había comenzado a limpiar. La aprendiz de bruja no supo si fue su imaginación o algo más, pero le pareció ver uno de sus calcetines arrastrarse fuera de la casa.

—Star —la llamó Moon —, creí haberte dicho que limpiaras.

—Y lo intenté, pero todo está tan destruido que sería mejor botar todo y reemplazarlo por cosas nuevas.

—¡Star! —la regañó Moon —, no me importa cómo lo hagas, pero arregla este desastre cuanto antes, de lo contrario, no te devolveré tu varita.

Star bufó a modo de respuesta.

—Ten cuidado con ese vocabulario, jovencita. River y yo saldremos por unos días, iremos en busca de algunos ingredientes que faltan. Espero que cuando regresemos todo esté en su lugar, porque de lo contrario, solo te diré que no quisiera estar en tu lugar.

—Pero, mamá —se quejó Star nuevamente.

—¿Cómo esperas que te confíe un objeto de gran poder como lo es una varita si no eres capaz de limpiar tus propios desastres?

—Pero esto no es solo un desastre —Star señaló el techo —. ¿Cómo esperas que me encargue de todo yo sola?

—Ese es tu problema —Moon le extendió la escoba a su hija.

Star observó a Moon ponerse su capa de viaje y ser seguida por River. Normalmente para la aprendiz de bruja el que la dejaran sola en casa era motivo de diversión, pero en ese caso no lo era. Sabía que su madre hablaba en serio cuando le advirtió que no le devolvería su varita y que contaba con poco tiempo para reparar el daño que había hecho, pero no sabía cómo ni por dónde empezar.

—Todo sería más sencillo si tuviera mi varita —se quejó Star.

Pateó una de las estanterías y no tardó en comprobar que fue una terrible idea. Los frascos que esta contenía cayeron al suelo y provocaron un cráter de considerable tamaño que ella tendría que limpiar.

Después de observar los escombros por más de una hora y comprobar que todavía no poseía la habilidad para hacer magia sin varita, decidió ir al pueblo en busca de ayuda. Su madre le había dicho que no podía usar la varita y que debía arreglar el desastre que provocó, pero no que debía hacerlo sola.

—¡Marco! —gritó en cuanto lo vio.

—¿Qué hiciste esta vez? —le preguntó Marco, más que enojo lo que su cara y voz denotaban era resignación.

—¿Por qué crees hice algo? —Star río de manera nerviosa, al ver que Marco no le creía supo que no tenía más opción que decir la verdad si quería que él la ayudara —, hoy me dieron mi varita y puede que haya hecho un desastre.

—¿Qué tan grande?

—Uno que debo limpiar si quiero recuperar mi varita.

—Entonces deberías estar limpiándolo y no aquí.

—Lo intenté —se quejó Star —, pero no puedo hacerlo.

—Inténtalo más.

Cuando Star notó que Marco planeaba retirarse, volvió a pedirle ayuda. Ver a su amigo detenerse le hizo saber que había logrado convencerlo de ayudar.

—Muéstrame el desastre.

Cuando Marco observó el desastre que Star había causado, estuvo a punto de desmayarse. Se había hecho una idea de lo que pudo haber pasado, pero su imaginación no era tan grande como para siquiera calcular una parte del daño que su amiga había provocado en tan solo unos minutos.

—Puede que necesite más tiempo del que pensaba.

Star observó a Marco comenzar a trabajar de inmediato. Lo primero que hizo fue sacar las cosas que consideraba inservibles y le ordenó ir al pueblo en busca de Alfonso y de Ferguson. Las sillas fue lo primero que se desechó y poco le faltó a la mesa para tener el mismo destino. El techo tuvo que ser reemplazado en su totalidad.

—En todos mis años como aprendiz nunca he visto algo así —fue lo primero que dijo Alfonso cuando llegó.

—Es un milagro que la casa siga de pie.

Star río de manera nerviosa al escuchar esas palabras. Era consciente del daño que había causado, pero no se sentía culpable. Su pecho estaba demasiado lleno por la ansiedad que le provocaba no tener su varita. Pese a lo poco que la había tenido, sentía que necesitaba recuperarla.

—¿Por dónde comenzamos?

Alfonso y Ferguson se dedicaron a reparar los muebles dañados mientras que Star y Marco se encargaban de la limpieza. Reemplazar el techo fue algo que hicieron entre los cuatro. Después de dos días de largo trabajo, la casa nuevamente fue habitable y el desastre que Star había provocado había desaparecido en su totalidad.

—Gracias —Star abrazó a sus amigos —, quiero que sepan que cuando necesiten algo, sin importar lo grande que sea, pueden pedírmelo y yo lo haré. Pronto me convertiré en una bruja y no habrá nada imposible para mí.

—Lo tendremos en cuenta —respondió Ferguson.

—Sabes que te queremos, pero este favor ha sido demasiado grande —agregó Alfonso.

—¿Pueden hacerme otro favor? —los tres hombres se escandalizaron al escuchar esa pregunta por lo que se apresuró en agregar —, no es nada grande, solo quiero que me guarden el secreto.

—Eso haremos.

Moon y River regresaron poco después de que los amigos de Star se habían marchado y ninguno de ellos parecía creer que su hija hubiera podido salir del apuro en el que se encontraba. Ambos esperaban encontrar un desastre, no la casa limpia y, probablemente, en mejores condiciones que las que había tenido antes de que Star pusiera sus manos sobre la varita.

—¿No tienes nada que decir? —le preguntó Star a su madre.

—Mañana comenzaran tus lecciones —Moon le extendió la varita a su hija, incapaz de decir algo más. Estaba feliz de que su hija lograra resolver el problema en el que se encontraba, pero tenía la sensación de que se estaba perdiendo de algo importante.