Capítulo 4: El príncipe demonio
Tom respiró profundo en un intento por calmar su temperamento. Sabía que como príncipe del infierno no todo sería diversión, pero ciertamente no llegó a creer que llegara a pasar por momentos tan aburridos. Ocasionalmente debía lidiar con almas rebeldes que se negaban a aceptar su destino, pero estas eran muy pocas. Todo lo que había hecho durante la mañana y gran parte de la tarde fue observar a los condenados ingresar al inframundo.
Sus padres se habían ido al limbo, territorio neutral, para reunirse con los ángeles y le pidieron que se encargara de que todo estuviera en orden, asegurando que esa podría ser una gran oportunidad de aprender todo lo que tenía que saber. Tom no entendía de qué podría servirle acompañar al guardián del infierno.
—¿Le gustaría tomar un descanso? —le preguntó Emma.
—Creo que la respuesta es un tanto obvia —respondió Tom sin disimular su mal humor.
—Eso se puede solucionar. Ve a bañar a Cerberos y podrás tomar unas dos horas libres.
Bañar a Cerberos no era una de las tareas más agradables. Independientemente de sus tres cabezas y su tamaño colosal, el perro del infierno era bastante feroz, tal y como debía ser si se tomaba en cuenta el papel que desempeñaba, y desaseado. Solía mancharse con la sangre de los condenados que intentaban abandonar las puertas del infierno o que se acercaban demasiado.
Siendo almas no deberían tener un cuerpo corpóreo que pudiera lastimarse, esas eran principalmente cosas de vivos, pero lo hacían. El infierno era un lugar creado especialmente para castigar a las almas que en vida sus actos fueron despreciables y una forma de hacerlo era privándolos de todos los sentidos, con excepción del dolor y del terror.
Tom podía pensar en muchos motivos por los que bañar a Cerberos no era una idea y solo uno para aceptar, pero el peso de este era el mayor. Continuar cuidando la entrada del infierno le parecía a Tom algo mucho más insoportable por lo que se dirigió al armario más cercano y buscó todos los utensilios que podría necesitar para cumplir con la tarea que Emma le había encargado.
Lo primero que hizo fue ofrecerle a Cerberos una ofrenda. Él podía ser el príncipe del infierno, pero para el perro de tres cabezas ese rango significaba muy poco, especialmente si tenía intenciones de bañarlo. Nadie podía acercarse a Cerberos sin ofrecerle una ofrenda primero, ya se tratara de comida o de música.
En esa ocasión Tom le entregó una galleta. Su primera opción había sido tocar una canción con su bajo-hacha, pero descartó esa idea al considerar que no sería buena idea darle un baño mientras dormía pues, en caso de despertar, existía una posibilidad muy grande de que estuviera furioso y la ira de Cerberos era algo que, incluso los demonios más poderosos temían.
Se colocó una mascarilla, guantes y una capa antes de comenzar con la limpieza. Su experiencia con Cerberos le había enseñado que nunca se podía afirmar que se habían tomado todas las precauciones. Tomó la manguera y se aseguró de mojar a la creatura por completo y luego de aplicar suficiente jabón.
Pese a que a Cerberos no le gustaba bañarse, disfrutaba jugar con las burbujas. Para muchos era difícil de creer que, dos de las tres cabezas, solían distraerse tanto cada vez que veía una burbuja. El guardián del infierno podría ser el más aterrador de los perros, pero en el fondo seguía siendo un perro y disfrutaba de muchas de las cosas que los otros perros solían disfrutar, algo fácil de olvidar tomando en cuenta lo aterradora de su apariencia.
Limpiar los dientes era una de las tareas más agotadoras y complicadas. Tom debía asegurarse de que el guardián no se considerara amenazado y tener mucho cuidado al cepillar pues sus dientes eran demasiado afilados. Un movimiento en falso y perder el cepillo sería el menor de sus problemas.
Cepillarlo era la parte más sencilla. A Cerberos le gustaba que lo peinaran e incluso solía indicar las partes en las que más deseaba que se enfocaran. Ocasionalmente ladrada a modo de aprobación o lamía al demonio que estaba a cargo de su limpieza.
Después de varias horas y de muchos intentos, Tom terminó con la tarea que Emma le había encomendado. Estaba agotado, cubierto de baba, agua y pelo, pero feliz de poder descansar al menos durante dos horas y más aún por poder alejarse de las puertas del infierno. A pesar de lo complicado que podía ser bañar a Cerberos, Tom estaba seguro de que prefería hacer esto último antes que regresar a custodiar la entrada.
Lo primero que hizo con su tiempo libre fue tomar un baño. Estaba seguro de que necesitaba uno y que difícilmente podría hacer algo si no se aseaba un poco. Ciertamente no tenía planes y no era algo que le molestara. Con sus padres fuera de casa y sin deberes que cumplir con dos horas, sentía que podía hacer todo lo que quisiera y más.
Le avisó a Emma de su salida y se dirigió al mercado del inframundo. Sentía que necesitaba un cambio de guardarropas y esperaba ver en ese sitio algo lo suficientemente interesante para poder acabar con su aburrimiento. Contrario a lo que se podía esperar, el mercado del inframundo era un lugar bastante tranquilo y no únicamente por la seguridad con la que contaba sino por el hecho de que era un espacio prohibido para todas aquellas almas especialmente conflictivas. Era un lugar de relajación y neutral del que nadie quería ser expulsado.
Su llegada no pasó desapercibida. Todas las miradas se posaron sobre él y todas las encargadas del mercado se apresuraron en atenderlo. Le hablaron de la nueva mercancía que había llegado y le ofrecieron varias muestras gratis que aceptó encantado. A Tom le gustaba la comida y era algo que no pretendía ni quería disimular.
Estaba probándose un pantalón que llamó su atención cuando sintió una sensación extraña recorrer su cuerpo. No era algo que pudiera describir con palabras, pero lo más cercano en lo que podía pensar era en la sensación de ser tragado por un agujero negro que se encontraba en el interior de su ombligo.
Todo pasó demasiado rápido.
En un momento se encontraba en el mercado del inframundo y al siguiente en una cabaña situada en medio de un bosque en el mundo de los humanos. No tardó en dar con el motivo de su traslado. Frente a él estaban dos brujas que lo veían notablemente sorprendidas. Bajo sus pies había un círculo de los que solían usarse para los rituales de invocación.
—¡Eso es todo! —se quejó la más joven —. Esperaba que mi familiar fuera más impresionante.
—¡Ten cuidado con lo que dices! ¡Soy el príncipe del infierno!
—No lo pareces.
Tom se sintió bastante ofendido cuando vio a la aprendiz de bruja comenzar a inspeccionarlo como si se tratara de una pieza de mercadería. Su mal carácter no tardó en aparecer y en cuestión de segundos se vio rodeado por una barrera de fuego.
—¡Genial! —Star, lejos de estar asustada, parecía fascinada.
Moon por el contrario sabía que Tom no era un demonio que debiera ser tomado a la ligera por lo que se apresuró en recordarle a su hija que estaban en medio de un ritual de gran importancia para toda bruja y que este debía ser terminado.
—Star, tienes que firmar el contrato, de lo contrario no podrás marcarlo como tu familiar ni invocar a nadie más.
Tom apagó las llamas que lo rodeaban. Sabía lo que era un familiar e incluso había conocido a varios, lo que nunca llegó a imaginar es que se convertiría en uno y menos de una aprendiz de bruja que, a simple vista no parecía nada excepcional. No le hacía ilusión convertirse en un familiar, simplemente tenía curiosidad. Salvo situaciones muy limitadas, los demonios no podían acceder al mundo de los vivos.
—Yo, Star Butterfly, te nombro mi familiar —la aprendiz de bruja colocó su varita sobre la cabeza del demonio y una luz lo cubrió —, para que me prestes tu poder, obedezcas y sirvas fielmente a partir de este momento. No podrás rebelarte contra mí ni intentar cualquier tipo de acción que pueda lastimarme, física y emocionalmente. A cambio podrás poseer mi cuerpo cada vez que lo desees y utilizarlo como portal a este mundo.
Tom había notado su incapacidad para moverse desde el momento en que colocó su varita y como cadenas invisibles lo apretaban con más fuerza conforme ella hablaba. En ese momento el príncipe del demonio se arrepintió de haber apagado sus llamas, aunque en el fondo dudaba de que eso pudiera servir de algo para detener el ritual. Los familiares no eran elegidos por la bruja ni seleccionados al azar, era una fuerza mucho mayor la que se encargaba de establecer el vínculo y sus motivos no siempre eran del todo conocidos ni siquiera por las partes involucradas.
—Bien hecho, Star —la felicitó Moon —, cada vez estás más cerca de convertirte en una bruja completa.
—Y ahora ¿qué hago?
—¿Saben que sigo aquí? —Tom nuevamente se vio envuelto en llamas y nuevamente falló en asustar a las dos mujeres frente a él.
—¿Podemos ir a pasear? —sugirió Star notablemente emocionada.
El enojo de Tom no disminuyó al escuchar esas palabras, al contrario, aumentó pues le hizo recordar que se suponía debía estar divirtiéndose no atrapado en medio de un ritual del que no quería escuchar y siendo ignorado por las responsables de este. Sus llamas también crecieron, pero lejos de lastimar a las dos mujeres se apagaron repentinamente, dejándolo con la sensación de haber sido cubierto de agua.
—No tienes por qué enojarte —le dijo Star —. ¡Nos divertiremos mucho, ya lo verás!
Tom no tuvo más opción que dejarse arrastrar. Star se despidió de su madre y lo sacó de la cabaña. Por varios minutos todo lo que vieron fueron árboles y, aunque Tom sabía que podrían llegar más rápido si utilizaba sus poderes demoníacos para volar, prefirió no mencionarlos. Su orgullo se encontraba roto y lo último que deseaba era que la aprendiz de bruja que lo capturó lo utilizara a modo de montura.
—Tienes suerte —le dijo Star, Tom pensó que sí la tenía y que era mala —, hoy es el festival del maíz.
—¿Festival del maíz? —repitió, esperaba haber escuchado mal pues la idea le resultaba ridícula.
Star ignoró el tono que había utilizado y comenzó a hablarle como si creyera que la idea le causaba gran ilusión. Tom intentó callarla, pero ella no se detenía ni por un instante. No dejaba de hablar acerca de las actividades del festival y de la comida. La aprendiz de bruja aseguraba que era la mejor del mundo y que una vez que la probara, no podría dejar de comerla.
Tom lo dudaba e incluso habría apostado, si se le hubiera dado la oportunidad, que ocurriría todo lo contrario. Ver la decoración del lugar donde se realizaría el festival tampoco ayudó mucho. Los globos le parecieron infantiles, pero no tanto como los dibujos de mazorcas de maíz con rasgos humanizados. Había tantos colores que comenzaba a sentirse mareado.
—Yuju —comentó de manera sarcástica —, puedo ver lo mucho que me divertiré.
—Y lo mejor es que tengo tiquetes, mi mamá me dijo que podía tenerlos si completaba todos mis deberes y lo hice.
Star lo tomó de la mano y lo llevó hasta unos barriles con unas mazorcas de maíz flotando. Entregó un tiquete y sumergió su cabeza en el interior del barril. Tom se quedó sin palabras y pudo sentir como su mal humor disminuía al verla sujetar una mazorca con la boca. Quería estar enojado y odiarla por el hecho de haberlo tomado como familiar, pero ella no hacía nada para facilitarle las cosas.
—¡Tu turno!
No fue la magia que lo ataba a Star lo que hizo que Tom intentara sumergir su cabeza en el barril, aunque esa sería la respuesta que él daría si alguien llegara a hacerle esa pregunta, tampoco fue su mal humor lo que le impidió tomar una mazorca sino sus cuernos que no lo dejaron sumergirse en el barril y su mal humor lo que hizo que este se terminara rompiendo.
—Creo que puedo arreglarlo —comentó Star un tanto nerviosa al ver el enfado del encargado del juego. Un movimiento de varita fue todo lo que necesito para reparar el barril y colocarle una nube de la que no dejaban de caer numerosas gotas de lluvia.
Si Star notó el enojo del encargado del juego, Tom nunca llegó a enterarse. Ella había visto un puesto de comida y decidió que ese era el lugar en el que debía estar. En esa ocasión Tom aprendió dos cosas, la primera fue que Star había dicho la verdad cuando dijo que la comida era buena y la segunda era que Star no tenía un estómago sino un pozo sin fondo pues de lo contrario no podía entender cómo hacía para comer tanto.
La velada terminó con ellos dos compartiendo un baile. En ese momento todo el enojo se había desvanecido del cuerpo de Tom y solo quedaba la sensación de que ese día no había sido tan malo después de todo.
