3. La Ladrona Amatista.

Prompt 3.- He had beautiful eyes. The kind you could get lost in.


Así que allí estaba de nuevo, en medio de la noche, agazapada entre un montón de tupidos arbustos que la mantenían al resguardo de cualquier mirada indiscreta.

No es que hubiera demasiadas miradas casi a la media noche, pero su no tan honrosa profesión exigía un estricto y perfecto sigilo.

Allí estaba de nuevo, como muchas otras veces, aguardando el momento exacto en que pudiera llevar a cabo su cometido.

Llevaba tiempo inactiva luego de aquella infructuosa misión en la que casi pierde a uno de sus mejores colegas, cosa de varios meses, pero no los suficientes para hacerla olvidar el dulce regusto de la adrenalina corriéndole por las venas.

No podía evitarlo, eran "gajes del oficio", como decía su madre, y ser una ladrona profesional conllevaba muchos de ellos.

Su nombre era Tomoyo Daidouji, aunque la gente del mundillo, la sociedad y sobre todo la policía, la conocieran por el apodo de Amatista (un mote que le había dado su abuelo debido a sus exóticos ojos). Tenía apenas 24 años, y pese a su juventud contaba ya con la reputación de ser la ladrona más escurridiza de todo Tokio.

Mentiría si dijera que odiaba su trabajo, pues era más bien lo contrario.

Y es que al final no había conocido otra cosa. Mientras algunos nacían en familias de doctores, otros en familias de abogados, Tomoyo Daidouji había nacido en una familia de ladrones.

No olvides que tienes cinco minutos para ingresar antes de que los guardias nocturnos lleguen —escuchó una voz masculina hablar en su oído a través de un discreto intercomunicador. Era su ingeniero en sistemas, un habilidoso hacker de 22 años que se encargaba de infiltrarse en los sistemas de seguridad de los lugares que ella atracaba—. Desactivaré las cámaras por otros cinco para que vayas por el botín. Ni un minuto más, Amatista.

Ella rodó los ojos, limitándose a hacer un sonido con la garganta a forma de entendimiento. Ese muchacho era menor que ella, pero se comportaba como el hermano mayor de todo el equipo. Si le preguntaban, era un poco fastidioso en ocasiones.

Se dedicó a observar una última vez la fachada de la casona a la que entraría.

Era el lujo arquitectónico occidental en todo su esplendor, con aquellas molduras exageradas, los adornos delicados y los colores suaves.

A Tomoyo no le extrañó. Los habitantes eran extranjeros después de todo.

Es la hora, Amatista —dijo la voz del intercomunicador—. Entras en tres... dos... uno... ¡ahora!

La chica se movió con audacia por entre los arbustos que cercaban toda la residencia hasta llegar a uno de los costados. El pequeño balcón del segundo piso y que daba directo a uno de los muchos estudios, sería su entrada y su salida.

Había sido la ruta más viable, pues era justo ese balcón el único que no contaba con una guardia fija durante la noche. Los muy idiotas esperaban que hiciera su aparición por la entrada trasera, donde casi había acampado un batallón de guardias armados hasta los dientes.

La entrada principal era otra historia. No la consideraban tan estúpida como para hacer su atraco por esa vía, por lo que habían dispuesto una cantidad mucho menor de guardias, que, además, hacían un relevo justo en ese instante, a las doce en punto de la noche.

Eran apenas cinco minutos en los que el frente de la casa quedaba vulnerable, eran apenas cinco minutos los que ella tenía para salir de los arbustos y cruzar un tramo de jardín hasta llegar al enorme árbol que estaba en una de las esquinas de la casa y que sus largas ramas conectaban con el balcón en cuestión.

No habría sido un problema, pues las ramas permanecían en ese punto ciego que era el costado de la casa; la dificultad la presentaba el tronco del árbol, que había crecido torcido y la base se encontraba parte en el frente, parte en el costado.

De ahí que tuviera que valerse de esos importantes cinco minutos en donde los guardias desaparecían.

Trepar la base del árbol la dejaba totalmente expuesta.

Te quedan tres minutos —dijo su colega por el intercomunicador en el momento mismo en que comenzaba a trepar el árbol.

Tenía que subir todo un piso por un árbol viejo que crujía escandalosamente cada vez que ella hacía un movimiento demasiado brusco.

Que no hubiera ojos que la miraran, no significaba que no hubiera oídos que la escucharan.

Dos minutos.

Puso más empeño en la subida, diciéndose internamente que cuando acabara con aquella misión, hablaría seriamente con su colega acerca de la presión laboral.

Un minuto.

Tomoyo brincó el cerquillo del balcón en el momento justo en que unas voces gruesas se escuchaban en la planta baja.

Era la guardia nocturna y ella no necesitó la voz del intercomunicador para confirmarlo.

Sonrió satisfecha. La primera parte estaba hecha.

Se acercó a las puertas de cristal y no pudo evitar ensanchar su sonrisa al ver el tipo de perilla que la custodiaba.

Si existía algo muy gracioso de los ricos, era que dejaban toda su seguridad en manos de los matones que contrataban y obviaban hechos tan sencillos y básicos como lo era una buena cerradura.

Bastó quitarse un pasador de su apretada cola de caballo, unos cuantos movimientos precisos, y pronto un suave clic se dejó escuchar.

—Estoy dentro —dijo en un susurro mientras se deslizaba a paso sigiloso entre los muebles victorianos que adornaban el ostentoso lugar.

Arrugó la nariz. Le gustaba la cultura occidental, pero su opulencia la abrumaba y...

Se detuvoapenas un segundo a contemplar en penumbras un gran cuadro pintado al óleo, colgado encima de una enorme chimenea. Era un retrato altanero del señor de la casa, uno que captaba a la perfección la mezquindad de su gesto y la soberbia de su porte.

Tomoyo lo conocía en persona. Era un extranjero que había llegado con su familia haría cosa de unos dos años. Había montado un negocio de bienes raíces y había hecho ventas a bajo costo. Al cabo de unos meses, las ventas habían resultado ser fraudes, dejando a un par de familias en la calle y a él con los bolsillos lo suficientemente llenos como para construirse semejante mansión.

Resultaba que la opulencia de la cultura occidental no la abrumaba, lo que la abrumaba era el descaro con el que aquel hombre podía tener todos aquellos lujos a costa del dinero de otros.

El hombre había quedado impune, pues nunca se había conseguido reunir la evidencia suficiente en su contra. Así, se paseaba como si nada por las calles y asistía a las reuniones de la más alta sociedad, pavoneándose.

Date prisa, Amatista, no tienes mucho tiempo —la voz de su colega la trajo a la realidad, apresurándose a salir del estudio y a internarse en los laberinticos y solitarios pasillos de la casona.

Tomoyo Daidouji era una ladrona, desde luego, pero no le robaba a cualquiera.

La famosa Ladrona Amatista se encargaba de hacer atracos única y exclusivamente a otros ladrones de cuello blanco, a aquellos que por su estatus o por sus influencias, conseguían librar la ley de manera impávida.

Su abuelo solía bromear con ella, diciéndole que era una especie de justiciera de bajo perfil.

Ella solo rodaba los ojos y lo ignoraba.

No estaba de acuerdo, no era así de buena.

Los robos casi siempre eran de joyas, de objetos de suma valía o de efectivo (los millonarios tenían una extraña tendencia a tener grandes sumas de dinero en efectivo en sus casas).

La situación era que, después de hacerse con el motín y de repartirlo entre ella y su equipo, destinaba una pequeña parte a las víctimas del delito de cuello blanco. Pero siempre era la ínfima parte.

Por eso es que ella no era una justiciera, ni una suerte de Robin Hood moderna, como le decía su madre.

Tomoyo Daidouji era una ladrona, y estaba orgullosa de serlo.

Luego de dar varias vueltas entre los pasillos, llegó a la puerta que buscaba, una de madera tallada, bastante grande.

Era la salita donde resguardaban el collar de diamantes que era su objetivo esa noche.

Tenía que agradecer la reticencia del hombre a tener guardias dentro de la casa, eso tan solo le había facilitado el trabajo.

Abrió el picaporte de la misma manera en que lo hubiera hecho con la puerta del balcón, y entró sin más.

Ahí estaba en todo su esplendor, el collar que era la posesión más preciada de aquel ladrón de cuello blanco.

Estaba en una vitrina al fondo de la habitación, sobre un soporte de terciopelo negro que solo realzaba su delicadeza. Tomoyo no era una gran partidaria de las joyas ostentosas, pero mentiría si dijera que aquella no era una belleza.

Caminó despacio hacia la vitrina, con la seguridad de quien sabe que todas las alarmas y cámaras están desactivadas. Lo contempló apenas un segundo antes de abrir con presteza el cristal y sin dudar, lo tomó entre sus delgadas manos enguantadas.

Lo que pasó después fue demasiado rápido.

Alcanzó a escuchar la voz del intercomunicador murmurando un "te quedan tres minutos", antes de que el aparatejo saliera disparado de su oído, consecuencia del brusco movimiento evasivo que, por fortuna, solo había alcanzado a rozar su brazo.

Ahora tenía una herida de bala menor, pero que sangraba escandalosamente y escocía como el demonio.

Tomoyo se sintió fuera de forma por un momento.

—Esa fue una advertencia. A no ser que dejes ese collar en su sitio, la próxima vez no fallaré.

Una voz profunda y masculina se dejó escuchar de entre las sombras, revelando al cabo de un momento a la figura del hombre que la poseía.

Llevaba una gabardina café que le llegaba a las pantorrillas, el cabello negro prolijamente peinado y la mano derecha sostenía con firmeza la pistola con silenciador que acababa de herirla.

Tomoyo sonrió complacida. Este hombre era todo un personaje que la ponía en alerta tanto como la hacía sentir interesada, pues con su aspecto, sus modos, y su forma de llevar a cabo las cosas, siempre la hacía sentirse dentro de un extraño film noir.

—Detective Hiragizawa, cuanto tiempo sin vernos.

Observó con complacencia la manera en que el hombre frunció el ceño. Siempre lo hacía cada que ella dejaba escapar su apellido de esa forma aterciopelada, casi sensual.

Eriol Hiragizawa, se llamaba. Según la investigación que había realizado con su equipo, tenía 29 años, era el mejor en el departamento de policías y era el detective a cargo del caso de la Ladrona Amatista desde hacía algunos meses.

Había sido todo un deleite encontrarse con él durante su penúltima misión, una antes de aquel fiasco que la había dejado inactiva.

¡Y es que el hombre era digno de ver! Hacía mucho tiempo que Tomoyo no se encontraba frente a alguien que la atrajera de aquella manera, no solo era su atractivo físico, si no ese poderío que emanaba desde cada poro de su piel y que a ella la hacía vibrar internamente.

Además, el detective siempre le ponía el trabajo difícil, no como los inútiles que habían estado anteriormente.

Había sido Hiragizawa quien estuvo a punto de capturarla la última vez, después de todo. Tomoyo había conseguido escaparse a duras penas.

En definitiva, Eriol Hiragizawa representaba un reto en todos los sentidos.

—No lo diré de nuevo —dijo el inglés sacándola de sus pensamientos y sin dejar de apuntarla con el arma—. Regresa el collar.

Tomoyo cerró los ojos, alargando preciados segundos que solo ponían en riesgo la misión, pero lo cierto es que no le importaba. Eriol Hiragizawa la había dejado fuera del juego dos largos meses y era su turno de vengarse.

Abrió los ojos y alzó las manos con derrota, ondeando el collar con descuido, casi como si fuera la bandera de la rendición.

—Usted gana detective, no puedo luchar contra un arma de fuego —dijo falsamente apesadumbrada.

Claro que Hiragizawa no era ningún crédulo, pues entrecerró sus ojos con sospecha y cauteloso, sin dejar de blandir el arma, caminó paso a paso hacia ella.

Un poco más... solo un poco más.

Al final, todos los policías tenían la misma formación, y tal como Tomoyo esperaba, fue cosa de estar lo suficientemente cerca para que Eriol bajara la guardia.

Aunque tenía que concederle que era rápido, pues en un parpadear había guardado la pistola, le había arrebatado el collar y ya se disponía a someterla con unas esposas que había sacado de uno de los bolsillos.

Claro que ella era mucho más rápida.

Había bastado un ágil movimiento para invertir los papeles y tal era el asombro del detective, que apenas si había puesto resistencia cuando Tomoyo lo había dejado esposado a uno de los muebles cercanos.

—Debo darle crédito, detective —dijo Tomoyo mientras pasaba una de sus manos dentro de la gabardina, por la cadera del hombre, y sin titubeos le arrebataba el arma. Fue consciente de la manera en que Eriol se tensó ante su contacto—. Casi me atrapa de nuevo... casi.

Él no respondió nada, a lo que ella se dio el lujo de observarlo atentamente, pues seguramente no volvería a tenerlo así de cerca. No le preocupaba ser reconocida, pues el antifaz negro que llevaba, el maquillaje y el peinado la hacían irreconocible.

Se tomó un tiempo que no tenía, se dio el lujo de sentir su respiración entrecortada, seguramente producto del enojo que lo carcomía por dentro. Apreció sus cejas pobladas y su nariz recta, su fuerte mandíbula y sus ojos... ¡que ojos!

Tomoyo no los había notado del todo, pues en las ocasiones que lo había visto siempre había sido de lejos, sin mencionar que aquellas gafas cuadradas (y que le daban ese aspecto de intelectual) solían cubrirlos parcialmente.

Resultaba una grata sorpresa darse cuenta que el detective Hiragizawa tenía unos ojos hermosos, del tipo en el que podrías perderte.

Eran de un profundo y basto azul hipnótico, tan misteriosos y elocuentes que acababan de erizarle la piel por completo.

Y ya fuera por eso, o por el hecho de que muy en su interior seguía resentida por la última misión fallida, fue que Tomoyo decidió que su venganza no terminaría solo en dejarlo en ridículo al verse tan ingenuamente engañado.

Acababa de tener una idea.

—Si no le molesta, me llevaré esto —dijo triunfante mientras le arrebataba el collar.

—¿Cuánto tiempo crees que te queda? —preguntó él burlón. Era de admirar que aun cuando se sabía derrotado, el hombre no perdía la altanería—. Me tomé la libertad de llamar al cuerpo de policía en el instante en que ingenuamente desactivaste las alarmas. ¿En serio creíste que no lo notaría? Ellos deben estar a la vuelta de la esquina.

Tomoyo sonrió, verdaderamente asombrada. Así que todo había sido una treta, él la había estado esperando todo ese tiempo.

Ya decía yo que estaba resultando demasiado fácil, se dijo a sí misma.

—Bueno, detective, una vez más no me lo pone nada sencillo, pero estimo que tengo el tiempo suficiente para cobrarme el desaire de la última vez.

Y dicho esto, Tomoyo no esperó a que el inglés le diera una respuesta, simplemente se lanzó contra él en un beso enfebrecido.

Un beso que al principio le supo a rechazo, pero que en el momento mismo en que ella estaba a punto de separarse, lo sintió correspondido de una manera igual de apasionada.

Eriol Hiragizawa tenía los labios delgados, sabía a café y a un regusto de tabaco.

Y besaba condenadamente bien.

Las alarmas comenzaron a sonar y un revuelo se escuchó en la planta baja y dentro de la casa. A lo lejos, las sirenas de las patrullas de policía ya venían haciendo un escándalo por la colonia.

Tomoyo se separó de él con una sonrisa altanera y con una molesta sensación de desilusión.

—Es momento de irme, detective Hiragizawa —hizo una reverencia exagerada mientras retrocedía—. Nos veremos después.

Y con un guiño coqueto, echó a correr como desquiciada por los pasillos de la mansión, que iban encendiendo los focos de uno en uno, dejándola sin opciones y con todas las de perder.

Claro que no la llamaban la ladrona más escurridiza de Tokio por nada.

Con unos movimientos agiles y precisos y uno que otro uso del arma que llevaba en mano (siempre en lugares inofensivos, pues, aunque era una ladrona, Tomoyo no era una asesina), consiguió salir de la mansión justo por el mismo balcón por el que entró, internarse de nuevo en los arbustos y llegar a la camioneta que ya la esperaba con la puerta abierta y un pie en el acelerador, listos para desaparecer en el instante en que ella estuviera adentro.

—¿¡Qué demonios fue lo que paso!? —fue la pregunta histérica y apresurada de su colega apenas estuvieron un poco alejados del área del crimen. Tendrían que conducir por lo menos una hora más sin rumbo fijo, solo para asegurarse no haber sido seguidos y poder llegar tranquilamente al punto de reunión—. ¡Un minuto estaba todo bajo control y al siguiente ya no tenía comunicación y los malditos policías estaban entrando a la casa! ¡Cinco minutos! ¡Habíamos dejado claro que eran solo cinco minutos!

—Déjala que respire, Ryuu —dijo la voz de Satoru desde el volante de la camioneta. Era un tipo corpulento de 29 años que era todo tranquilidad y carisma. Era un experto conduciendo y sacándolos de las persecuciones más críticas—. Además, está herida.

Ryuu suspiró mientras tomaba su brazo sin preguntar y comenzaba a analizar la herida en el brazo que seguía escociéndole. Se había abierto un poco más debido al esfuerzo de bajar del árbol.

—No creí que ese bastardo fuera a llamar a Hiragizawa —murmuró con molestia, al tiempo en que comenzaba a limpiar la herida con los instrumentos que había sacado del botiquín que siempre llevaban en la camioneta—. Uno creería que con las decenas de gorilas en las puertas, iba a ser suficiente.

—No es la gran cosa, Ryuu. Un par de puntadas y estará como nuevo —lo tranquilizó Tomoyo. El chico era un histérico de primera, pero se preocupaba honestamente—. Además...

Su pequeño equipo le dirigió una sonrisa enorme en el momento en que ella, victoriosa, alzaba el collar de diamantes en su mano derecha.

— ¡Es nuestro!


2.

La Ladrona Amatista vuelve a hacer de las suyas.

Lanzó el periódico con fuerza encima de la mesa de aquella cafetería, mientras dejaba escapar un suspiro y cerraba las manos en puños.

Ese era el maldito y sensacionalista encabezado de los diarios de la mañana. Todos explicaban con detalle cómo es que la ladrona que había desaparecido por dos meses, ahora estaba de vuelta, y ¡vaya vuelta! Pues había asegurado su regreso de una manera bastante espectacular, hurtando nada más y nada menos, que el collar de diamantes de la esposa del vendedor de bienes raíces más reputado de la ciudad.

La estúpida joya estaba valuada en millones.

—Recuérdame de nuevo —escuchó una voz fastidiada frente a él—, ¿Por qué caminamos ocho cuadras para venir a almorzar si tenemos un restaurante bastante decente frente a la oficina?

Eriol Hiragizawa se tomó su tiempo para responderle a Li Shaoran, un chino bastante huraño y su compañero.

—Me gusta la comida, y el café es el mejor de todo el centro.

Y casi como para reafirmar sus palabras, dio un largo trago a su café negro.

Li puso los ojos en blanco mientras descansaba la barbilla en la palma de su mano.

—Claro, y la bonita camarera (la misma que pides que nos atienda todos los días) no tiene nada que ver.

Eriol hizo caso omiso a los berrinches de su amigo y por el contrario, centro su mirada en la puerta blanca detrás de la barra, esa que se iba abriendo y dejaba a la vista a una encantadora muchacha con una bandeja en las manos.

De repente, sus labios empezaron a cosquillear.

La chica era exquisita, con un cuerpo delgado y delicado, una piel nívea y un cabello negro largo y espeso, siempre recogido con pasadores.

Era el espectáculo de la mañana, verla caminar grácilmente hacia su mesa con esa sonrisa de muñeca que tenía.

—Disculpen la tardanza —fueron sus palabras en el momento en que estuvo frente a ellos. Depositó un plato de huevos con tocino frente a Li, y frente a él un esponjoso omelette—. Si se les ofrece algo más, háganmelo saber. Buen provecho.

A punto estaba de irse, cuando la grande mano de Eriol salió disparada y sostuvo su muñeca, haciéndola girar de nuevo. El brillo del sol que entraba por los ventanales arrebató un reflejo de la plaquita que llevaba al pecho y rezaba su nombre: Tomoyo D.

Li enarcó una ceja, curioso. Sabía que al inglés le gustaba esa chica (por más que lo negara), pero generalmente se limitaba a pedirle la comida, observarla de lejos, y dejarle buenas propinas. Aquella interacción era algo nuevo.

—¿Qué te ha pasado en el brazo? —preguntó entonces, pero había algo en su tono que más que genuino interés, parecía de dobles intenciones.

Tanto la chica como Li dirigieron sus miradas hacia el brazo de ésta, ahí donde había un trozo de gasa cubriendo lo que seguramente era una herida.

Ella no contesto de inmediato. Educadamente se zafó del agarre de Eriol y volvió a darles una encantadora sonrisa.

—Ha sido un accidente. Ayudaba a acomodar los cuchillos en los estantes altos y sin querer uno me ha caído encima.

Eriol asintió, dándole una mirada intensa.

—¿Fue profunda?

La chica negó.

—Lo esquivé bastante bien. Soy ágil para esas cosas.

—Deberías tener cuidado, Tomoyo... la próxima vez podría herirte en serio.

—Confío en salir bien librada las próximas veces —dijo ella finalmente. No obstante, había algo en su sonrisa que había cambiado, se veía igual de astuta que la mirada del inglés—. Ahora si me disculpan, tengo que seguir atendiendo las mesas.

Y sin más ella se alejó y el acostumbrado ruido de la cafetería llenó el silencio.

Eriol comenzó a comer su omelette.

—¿Qué demonios fue eso? —preguntó Li alzando una ceja y demandando una explicación.

—¿Qué fue qué?

—¡Lo que acaba de pasar! ¿Es una especie de lenguaje clave para coquetear o algo así?

—No sé de qué estás hablando.

Eriol continuó su comida aun a pesar de los interrogantes y posteriores berrinches de su amigo. Dejó el pago en la mesa como todas las mañanas además de una cuantiosa propina.

Aun cuando sabía que ella no la necesitaba.

Había sucedido hacía varios meses, y casi por casualidad.

Encontró la cafetería en uno de sus rondines en solitario y casi pasaba de largo, de no haber sido por el feroz gruñido de su estómago que le recordaba que no había ingerido un solo alimento y ya pasaba de medio día.

No había nada de diferente, era la típica cafetería con sus típicos platillos (aunque el café realmente era bueno), y la cosa hubiera quedado ahí, de no haber sido por la peculiar camarera que había ido a tomar su orden.

Todavía recordaba el tono aterciopelado con el que le había hablado, uno que le había hecho girar la cabeza con tal brusquedad que estaba seguro que su cuello lo resentiría en algunas horas.

Y es que la cosa era que... ¡Era la misma voz que le había hablado apenas unos dos días atrás! La misma voz encantadora y con un dejo de sensualidad que había escuchado de la famosa Ladrona Amatista, el caso del que ahora estaba al mando.

Claro que podría estarse equivocando, pensó en aquel momento, las voces eran fáciles de confundir. Pero en el momento en que alzó la vista para ver sus ojos y se dio de lleno con aquellas orbes amatistas, tan exóticas como encantadoras, no le quedó duda.

Decir que estaba sorprendido era poco.

Y la chica parecía estar igual de estupefacta que él.

Pero al final, no era como si Eriol poseyera una evidencia contundente con la que pudiera acusar a la camarera Tomoyo de ser la Ladrona Amatista, aun no la tenía a la fecha incluso, por lo que no había tenido más opción que aquella, asistir todos los días religiosamente a pedir el mismo desayuno, la misma taza de café y ser atendido por la misma camarera.

Cosa de mantenerla vigilada, se dijo al principio, pero lo cierto es que con el tiempo había desarrollado una especie de atracción por Tomoyo que se estaba volviendo difícil de controlar.

¡La chica era un encanto!

Sin mencionar que le entraba una genuina curiosidad el abismal contraste que había con ella y con la ladrona. Era casi como si fueran dos personas totalmente diferentes.

Pero por supuesto que no lo eran, y eso lo había reafirmado una noche anterior, cuando ella con una tenacidad y un atrevimiento que no se esperaba, le había robado un beso. Un beso que había correspondido y que odiaba admitir, le había gustado demasiado.

Y no lo había reafirmado por el beso en sí mismo, si no por el hecho de haberla tenido tan cerca. Había sido capaz de ver de nuevo esos llamativos e inconfundibles ojos.

Eriol sonrió mientras salía de la cafetería y echaba un último vistazo a su interior.

Ahí estaba ella regresándole la mirada, con la misma expresión pícara de la noche anterior y mordiéndose el labio provocativamente.

Él amplió su sonrisa y Tomoyo volvió a guiñarle el ojo antes de que giraran en la esquina.

Después de todo, pensó el inglés, el caso de la Ladrona Amatista estaba resultando más interesante de lo que esperaba.


Notas de la autora: Y es que yo simplemente no puedo dejar a esta pareja. Hacía mucho tiempo que no me llegaba la inspiración de manera tan fluida como hoy y me he sentado un buen par de horas a escribir este one-shot que he querido compartir con ustedes. Inicialmente iba a ser una viñeta corta, pero cuando quise darme cuenta, ya tenía un one-shot bastante extenso, pero que aun así me he negado a publicarlo separado del proyecto. Sé que la situación en la que he puesto a los personajes es algo extraña, pero me gustó mucho el resultado, espero que a ustedes también.

Tengo la esperanza de pasar por aquí más seguido, pues no puedo negar que extraño bastante escribir. En fin, apreciaré mucho sus opiniones y ojala que esta pequeña historia sea de su agrado. Un saludo a todos!