5. Reencuentros.
Prompt 5.- —I want you today, tomorrow, next week, and for the rest of my life.
Advertencia: La siguiente historia contiene referencia a contenido adulto explicito, favor de leerlo bajo propia responsabilidad.
Entró a la habitación con prisa, la respiración agitada y el rostro nervioso y asustado, como de quien acababa de ver un fantasma. Apoyó la frente en la fría madera de la puerta y dejó que el aire se le escapara por los labios, en un vano intento de tranquilizar a su acelerado corazón.
Había sido una muy mala idea eso de ir a la habitación de su mejor amiga a las dos de la mañana, ya lo presentía desde el momento en que, descalza y enfundada en su pijama celeste, un escalofrío le recorriera la espalda, innegable aviso de que algo extraño sucedería, sus corazonadas nunca le fallaban.
Tenía las mejillas sonrojadas, podía sentirlo, así como podía sentir también el incipiente calor que iba apoderándose de su cuerpo poco a poco y que nada tenía que ver con la noche de verano, que para el caso, era más bien fresca.
Oh, y la culpa, no podía despojarse de esa vergonzosa culpa de haber hecho algo incorrecto, algo insulso. En esos momentos se creía el peor ser del planeta.
Pero ¿cómo iba a imaginar ella siquiera la imagen con la que se toparía en la habitación de Sakura? Se la había pasado gran parte de la noche dibujando el diseño de un nuevo vestido, uno maravilloso, que cuando terminó los bocetos fue imposible esperar hasta que amaneciera. Necesitaba urgentemente mostrárselo a Sakura, sin importar que fuera plena madrugada.
Claro que ni en sus más remotos pensamientos hubiera llegado a suponer que su amiga no dormía sola, sino que estaba acompañada… ¡y de qué forma!
Sacudió el rostro y cerró los ojos mientras, aun en contra de su voluntad, la imagen de hace unos momentos se reconstruía poco a poco en su mente.
Un par de respiraciones acompasadas, una enredadera de brazos y piernas, espaldas desnudas, al descubierto, y unas sábanas color crema que a duras penas cubrían lo necesario pero que no ocultaban ni siquiera un poco el hecho acontecido.
Ahogó un gemido lastimero. Nunca había sido su intención invadir la intimidad de Sakura y Li.
Y aun a pesar de que no era ningún secreto (con tantos años de relación lo raro sería que ese par no hubiera dado "el siguiente paso"), todavía seguía siendo demasiado sorprendente y un poco chocante el ver a sus dos amigos en aquellas condiciones.
Respiró profundamente varias veces, permitiendo que un par de minutos transcurrieran antes de poner de nuevo sus nervios bajo control. Ella no era ninguna puritana tampoco, y pensándolo con la cabeza fría, hacer un escándalo de la situación era completamente absurdo, sobre todo desde que nadie se había dado por enterado.
Con aquella nueva resolución en mente, asintió para sí misma al tiempo en que una sonrisilla traviesa, de ánimos renovados, se dibujó en sus labios.
Dispuesta a volver a la cama con la mente mucho más tranquila, giró sobre sus talones; claro que a punto estuvo de irse de espaldas cuando vio la imagen que tenía justo frente a sus ojos.
Y es que por lo que recordaba, la habitación que le habían asignado en aquella bonita casa playera no contaba con semejante (y hermosa) vista al mar, ni con la cama de monstruosas proporciones, y definitivamente no incluía tampoco al hombre dormido encima de ella.
Tomoyo se mordió el labio inferior con fuerza, reprendiéndose mentalmente por menudo paso en falso.
No solía ser una persona descuidada, pero en medio de la carrera por no ser descubierta y el asombro que le había causado ver a Sakura y a Li en semejante situación, no había sido capaz de recordar que su habitación no era esa, sino la que estaba justo en frente.
Quiso resoplar ante su situación; dos despistes en menos de media hora no era precisamente algo común en ella, aunque por supuesto, Tomoyo culpaba de su terrible estado de distracción al sujeto que en esos momentos se encontraba completamente inconsciente: Eriol Hiragizawa.
Verlo tan tranquilo en sueños le retorció el estómago de una forma totalmente desagradable.
Ahí estaba él ajeno a cualquier disturbio exterior, mientras que ella, con cinco días en aquella casa, apenas si había sido capaz de pegar los ojos durante un par de míseras horas diarias.
Verlo dormir de forma tan apacible, le traía además un montón de recuerdos que solía mantener bien encerrados en el fondo de su mente, allá donde no recibían nunca la luz del sol y que sin embargo, se habían empeñado en salir a la superficie durante el último tiempo, arruinando la tan preciada tranquilidad que le había costado demasiado esfuerzo conseguir.
Y la situación, como lo de Sakura y Li, seguramente no habría pasado de ser un pequeño secreto para ella misma, donde se recordaba como una intrusa que había irrumpido en dos habitaciones ajenas, pero movida ya fuera por los repentinos recuerdos que invadieron su mente o por la adrenalina que empezó a correr por sus venas sin que se diera cuenta, Tomoyo se atrevió a dar un primer pequeño paso en dirección a la figura de Hiragizawa, y luego otro y luego otro, siempre cautelosa, siempre con cuidado, dándose la oportunidad de retroceder en cualquier momento.
Pero no lo hizo, y cuando quiso darse cuenta ya estaba postrada justo a un lado de la cama, observando con ojos grandes y brillantes el cuerpo dormido de Eriol Hiragizawa.
Entonces llegó a la resolución de que tenía tendencias masoquistas y que, en realidad, hacía mucho tiempo que no veía el rostro sereno y vulnerable que adoptaba Eriol al dormir.
Solía ser una de las imágenes favoritas de Tomoyo. Recordaba con detalle aquellas mañanas en las que despertaba en su cama y se daba el lujo de observarlo durante unos minutos antes de marcharse.
Nada había sido correcto en aquel entonces, pero aun con dieciocho años sabía perfectamente bien en lo que se estaba metiendo y lo había aceptado de buena gana.
Claro que ahora las cosas habían cambiado totalmente y ella nada tenía que estar haciendo en aquella habitación, de nuevo no era correcto, así como tampoco era correcto alzar una de sus manos con la intención de apartar los mechones de cabello que cubrían la frente de Hiragizawa, manía que había tenido antaño y que él fingía molestarle.
Detuvo la mano en el aire y contuvo la respiración un momento mientras un torrente de preguntas asaltaba su ya de por sí atormentada mente. ¿Qué demonios estaba haciendo? ¿Por qué estaba ahí? Y no solo se refería a por qué se encontraba en aquella habitación ajena, que ya de por sí planteaba un montón de preguntas más, sino que la cuestión más grande de todas era ¿Por qué había accedido a ir a ese viaje a la playa en primer lugar?
Habían sido suficientes el regreso de Hiragizawa a sus vidas dos meses atrás, una graduación universitaria y los ojos de cachorro de Sakura, para que pronto se viera a sí misma sentada en el asiento trasero de un auto alquilado, entre el sonriente rostro de su mejor amiga y la escandalosa algarabía de Nakuru Akizuki, quien se había colado, junto con Kero y Spinel, a aquel viaje que hacían bajo la patética excusa de celebrar su reciente graduación.
Creyó poder manejarlo, pero en el instante mismo en que pusiera un pie en aquella casa playera que había visitado muchas veces dos años atrás, supo de inmediato que había cometido un terrible error.
Esas paredes contenían tantos recuerdos como ella bocetos en su cuaderno de dibujo.
Cerró los ojos una fracción de segundo, y para cuando volvió a abrirlos, la determinación de marcharse de ahí brillaba en su mirada amatista.
Giró dispuesta a irse, pero no contaba con el firme agarre que sintió en aquella mano que había dejado en el aire.
De repente, las cosas sucedieron demasiado rápido.
En un minuto estaba de pie y al otro, era tirada con fuerza a la mullida cama, mientras su cuerpo era apresado por el peso de otro y ambas manos eran sujetadas con fuerza encima de su cabeza.
De repente, tenía los brillantes ojos de Eriol Hiragizawa observándola con intensidad.
Tomoyo le sostuvo la mirada, y después de un silencio que se sintió eterno, donde ninguno de los dos parecía predispuesto a decir nada, ella fue la que habló:
—Lamento haber entrado sin permiso —dijo con firmeza—. Me he equivocado de habitación.
Una vez que lo hubo dicho en voz alta, la amatista se dio cuenta de lo estúpido que sonaba. Parecía una mentira demasiado patética.
Eriol sonrió.
—Nunca necesitaste permiso para entrar a mi habitación —le respondió de forma socarrona, con la voz algo más grave producto del reciente sueño.
—Eso fue antes, Hiragizawa —murmuró ella, perdiendo algo de la firmeza inicial—. Siento haberte despertado, pero debo volver a mi cama. Déjame ir.
El inglés la observó un momento, como analizándola. Luego de un rato que a ella se le antojó interminable, soltó un suspiro, la intensidad de su mirada disminuyó considerablemente y su agarre dejó de ser tan apretado. No obstante, no dio ni un atisbo de moverse siquiera.
—¿A qué estamos jugando, Tomoyo? —preguntó con una seriedad que preocupaba.
Esta vez, no fue capaz de mantener la conexión de sus miradas.
—No sé de qué hablas.
—Sabes bien de qué hablo. No soy idiota y tu desde luego tampoco.
Fue el turno de Tomoyo de suspirar y darse el lujo de voltear el rostro. No le agradaba el hecho de que Eriol fuera capaz de ver el nerviosismo que se había apoderado de ella de pronto.
¡Claro que sabía de lo que hablaba! Era esa estúpida tensión que no la había dejado dormir tranquila todas esas noches.
Verlo de nuevo después de dos años, había sido todo un espectáculo y toda una sorpresa. Darse cuenta que la atracción entre ambos seguía intacta, lo había sido todavía más.
Había estado engañándose a sí misma creyendo que Eriol Hiragizawa era historia pasada.
Que equivocada estaba.
Y es que había bastado con verlo llegar tan fresco a la mesa de aquel restaurante que solía frecuentar con Sakura y Li algunos fines de semana para que todas sus creencias se vinieran abajo.
Recordaba vagamente las disculpas de Sakura, quien alegaba haber mantenido en secreto su regreso por el simple hecho de querer que fuera una sorpresa. En algún momento, la voz de su amiga se había convertido en un ligero sonido de fondo mientras ella solo podía observar aquella sonrisa socarrona que tanto le había gustado en años pasados.
Era la misma sonrisa que él le dedicaba cada vez que le arrancaba la ropa y ella mostraba ese eterno pudor cuando se quedaba completamente desnuda, aun sin importar que no fuera la primera, ni la segunda, ni la tercera vez que estaban juntos.
Pero de nuevo, aquello había sido hacía mucho tiempo, cuando tenían tan solo dieciocho años y habían estado de acuerdo en involucrarse en una relación sin nombre, una relación secreta que había perdurado hasta sus veintes.
De vez en cuando aún se preguntaba cómo se las habían arreglado para esconderlo durante tanto tiempo.
Y de vuelta a la actualidad, Tomoyo podía decir sin reparos que aquella sofocante atracción no venía solamente de su parte. Lo notaba en la manera en que Eriol se la comía con los ojos cuando iban a la playa en grupo y ella usaba alguno de sus bañadores de dos piezas, o cuando sus miradas se sostenían más tiempo del debido, o cuando por accidente se quedaban solos y comenzaba a surgir entre ellos ese ambiente cargado y excitante.
Justo como estaba sucediendo en ese momento.
Claro que sabía de lo que Eriol estaba hablando, pero deliberadamente prefería ignorarlo.
Era algo que no alcanzaba comprender, pues al final, quien había dicho adiós hacía dos años había sido precisamente el hombre que en esos momentos continuaba encima de ella.
Tomoyo cerró los ojos un momento antes de abrirlos con resolución y encararlo una vez más.
—¿Qué es lo que buscas de mí, Eriol? —preguntó tranquila, notando la manera en que él abría los ojos con ligera sorpresa. Desde que hubiera regresado de Inglaterra, ella no lo había vuelto a llamar por su nombre de pila. Hasta ahora.
No obtuvo respuesta, pero no fueron necesarias las palabras para distinguir el cúmulo de emociones que desfilaban por el rostro del inglés.
Eriol Hiragizawa nunca se había caracterizado por ser una persona que dejara sus emociones al descubierto de cualquiera, por lo que se volvía sumamente sorprendente presenciar el conflicto interno que parecía experimentar en esos momentos.
Tomoyo deseaba hacer tantas preguntas, pero vio en la turbación del hombre la oportunidad perfecta para salir de ahí. Además, no era como si tuvieran el mismo tipo de relación de antaño. Habían dejado de ser el confidente del otro hacía mucho tiempo.
Se incorporó un poco y con delicadeza colocó una de sus manos en el pecho de él. Fue apenas una ligera presión, pero Eriol no opuso resistencia alguna; se hizo a un lado y en menos de un minuto ella ya se encontraba fuera de la cama ajena y a dos pasos de la puerta.
Fue, sin embargo, el último llamado de Eriol lo que le impidió salir definitivamente de ahí.
—Lamento todo esto, Tomoyo —dijo suavemente—. En verdad espero que mi comportamiento no te haga pasar una mala noche.
Ella no giró de inmediato, sino que se quedó meditando apenas unos segundos. Al final, le debía también una disculpa por haber entrado a su habitación con tanta confianza.
Dio la vuelta para aclarar la situación, pero se encontró con que Eriol ya le daba la espalda y eso, irremediablemente, la hizo tener un déjà vu que casi le provocaba una lagrima.
Había sido precisamente esa la manera en que Eriol se había despedido la última noche que estuvieron juntos, dos años atrás.
Ahogó un suspiro cansado y optó por salir de ahí, justo como lo había hecho aquella vez.
Mientras salía y cerraba la puerta con cuidado, se dijo a sí misma, bastante convencida, que lo mejor para ambos era mantenerse completamente alejados del otro.
2.
Una mordida particularmente fuerte entre la base del cuello y el inicio de su clavícula la hizo soltar un quejido que en otras circunstancias habría sido de dolor, pero que en esos momentos había sonado como un gemido ahogado.
En medio de la nébula de placer que la estaba llenando en esos momentos, un resquicio de consciencia volvió a su cerebro, burlándose totalmente de ella y haciéndole saber que era un total fraude.
Y habría seguido con esa línea de pensamiento, de no ser por una nueva mordida que la terminó distrayendo y arrancándole un nuevo gemido, esta vez más fuerte que el anterior.
Eso dejará marca, pensó Tomoyo apenas durante un segundo antes de perderse de nuevo en las caricias de aquellas fuertes manos sobre su cuerpo. En un minuto estaban en sus piernas y al otro ya las sentía rosando sin pudor el pronunciado escote de la blusa que había decidido llevar aquella noche. El atuendo no era para nada su estilo. Era demasiado atrevido, demasiado indecoroso, pero en su fuero interno sabía que la falda ajustada de cuero negro y la blusa ligera de color plateado, habían cumplido con su objetivo: atraer las atenciones del hombre que seguía repartiendo besos y mordidas por todo su cuello.
Nunca se había considerado a sí misma una de esas mujeres, pero en el momento en que lo había visto en la playa, coqueteando con un par de chicas extranjeras y descaradamente invitándolas a su última noche de discoteca, algo en su interior se había removido con furia.
Celos, le llamarían algunos.
Su única intención solo había sido pavonearse por aquella discoteca, bailar un rato con algún desconocido y mostrarse inalcanzable y tentadora.
¡Y vaya que lo había logrado! ¿Cómo, entonces, había caído en semejante situación? Ambos regresando temprano a la casa playera con patéticas excusas; ella alegando un fuerte dolor de cabeza y él demasiado preocupado por no dejarla sola durante la noche.
Suerte que tenían un par de amigos castaños demasiado despistados como para notar los ánimos por demás caldeados y las ganas tremendas que tenían de arrancarse la ropa.
Y es que todo se había salido de control en el momento en que Eriol la había arrebatado de las manos hoscas de aquel hombre desconocido con el que había estado bailando.
Se había pegado a su espalda completamente y aun cuando no podía verle el rostro, sí podía sentir la ira emanando de cada poro de su piel.
El pobre desconocido solo había atinado a alzar las manos en son de paz y murmurar algo como "No sabía que era tu chica, amigo", antes de salir corriendo de ahí.
Decir que estaba molesta era poco.
Había intentado deshacerse del fuerte agarre, había intentado darle un pisotón con sus tacones sin éxito alguno, y cuando Eriol comenzó a balancearse al ritmo de la música, obligándola a hacerlo con él, no le quedó más opción que recordarle al par de rubias que había llevado como invitadas y que en esos momentos estaban acuchillándola con los ojos.
Él había soltado una risita burlona antes de preguntarle si estaba celosa, y sin darle tiempo a responder, había apretado el agarre en su cintura y se había acercado a su oído, susurrándole que lo estaba volviendo loco y que el par de chicas no podían preocuparle menos.
Aquello había detonado todo. Tomoyo Daidouji había sido presa de su propio juego y ni siquiera sabía cómo.
Lo sintió separarse de ella un poco, lo suficiente para alzar la cabeza y dirigirle una mirada del más crudo deseo. Llevaba el cabello revuelto, la respiración agitada y los preciosos ojos color zafiro un par de tonos más oscuros, obnubilados por la excitación que ella sabía que sentía.
A Tomoyo siempre le había encantado la manera en que Eriol Hiragizawa parecía volverse más expresivo cuando estaba en su compañía. No era ninguna clase de azar, estaba al tanto que el enigmático hombre dejaba deliberadamente sus emociones expuestas cuando se encontraba con ella.
"Eres la única que las entiende", le habría dicho alguna vez hacía dos años mientras se hallaban en su propia cama, luego de haber pasado toda la noche haciendo el amor de forma desenfrenada.
Aquellos habían sido buenos días, pensó Tomoyo mientras trataba de regular su respiración y le devolvía la mirada a su acompañante.
—¿A qué estamos jugando, Tomoyo? —formuló él la misma pregunta de la noche anterior. Llevaba en sus ojos la mirada cargada de deseo, pero al mismo tiempo, un tormento que le daba un aspecto asustado y que a ella le hizo recordar su propio pensamiento.
Mantenerse alejados el uno del otro.
¿Por qué le costaba tanto? Le había costado antes, y le costaba ahora, más después de sentir de nuevo la delicia que eran sus caricias sobre su cuerpo.
Al final, la atracción que existía entre ambos siempre había sido difícil de controlar, aun cuando estaban juntos. Ahora, luego de no haberse visto en todo ese tiempo, el ambiente estaba tan cargado que le sorprendía que hubieran tardado tanto en ponerse las manos encima.
La amatista quiso replicar algo, quiso salir de la habitación de Eriol, la misma a la que habían ido a parar apenas hubieron llegado de la discoteca. Quiso tener el temple de seguir su raciocinio y no someterse a ella misma ni a él, a la misma vorágine de emociones intensas, pero dañinas, que siempre había representado la relación entre ambos.
Tomoyo quiso muchas cosas, pero solo siguió a lo único que necesitaba en esos momentos: a él.
Y se lanzó a sus labios sin darle una respuesta articulada, y le devoró la boca como antes no lo había hecho; con furia, con entrega, con anhelo.
Él le siguió el paso a duras penas, aturdido como estaba, pero no fue sino hasta que ella lo guio a la cama y le arrancó los botones de la camisa negra que llevaba, que algo en su conciencia volvió a activarse y le permitió tomarla por las muñecas, impidiendo que lo despojara por completo de la prenda.
—Esto no está bien —dijo el inglés con una escaza seguridad que no convencía ni a él mismo.
—Nunca ha estado bien, Eriol —fue su respuesta obvia mientras se sentaba a horcajadas sobre él y lo empujaba con delicadeza hasta que quedó completamente recostado—. Y es precisamente por eso que nos gusta tanto.
Lo notó a punto de replicar algo otra vez, pero calló sus intenciones con un nuevo beso y justo después, le diría al oído las palabras que ella creía que quería escuchar:
—Descuida, las reglas son las mismas que antes.
Y aquello fue lo que terminó por romper el poco autocontrol que le quedaba a Eriol.
No obstante, si Tomoyo hubiera observado con algo más de atención, si no hubiera estado tan concentrada en saciar sus propios deseos a costa de lo que fuera, habría notado la expresión de conflicto que terminó por esbozarse en el rostro del inglés, misma que duró apenas una fracción de segundo, pues en el momento en el que ella comenzara a mover las caderas sobre su notoria excitación, todo pensamiento, todo sentimiento que no fuera el del más puro deseo, se habría borrado por completo de las facciones masculinas.
Y pronto la cordura de la misma Tomoyo seguiría un camino parecido cuando sintiera las manos de Eriol colarse por debajo de su blusa y sin reverencia alguna, acariciara sus pechos por encima del sostén.
Si existía algo que siempre le había gustado de Eriol Hiragizawa como amante, era que el hombre sabía tomarse su tiempo. Sabía dar la cantidad oportuna de besos, de caricias. Sabía embriagarla y enloquecerla hasta tal punto que perdía la noción del tiempo y el espacio, y todo aquello sin siquiera haberse quitado los pantalones.
Y además, era escurridizo; lo suficiente como para despojarla de la blusa y de invertir los papeles sin que apenas se diera cuenta, como en esos momentos, cuando ya se encontraba recostada en la cama, confundida, exhibiendo su sujetador de encaje negro y con él encima, contemplándola divertido.
—Tan controlador como siempre —murmuró Tomoyo en un tono irónico y ronco.
—Como si no te gustara —fue la única respuesta de Eriol antes de arremeter de nuevo contra su boca.
Ninguno de los dos dijo nada después de aquello, y es que al final, nunca habían necesitado las palabras para compenetrarse de tal manera, que saber lo que necesitaba el otro era más bien cuestión de instinto.
El sexo era demasiado fácil con Tomoyo, recordó Eriol mientras abandonaba los labios femeninos y comenzaba un recorrido de besos por la clavícula y entre los pechos firmes y redondos.
Si bien la chica siempre había sido pudorosa, sus encuentros de antaño habían estado cargados de un "no sé qué", que no había sido capaz de encontrar en ninguna otra amante, ni antes ni después. Con Tomoyo siempre había sentido la necesidad de desvivirse, de entregar todo de sí y exigir lo mismo a cambio, sin el temor de que ella pudiera considerar que estaba aprovechando la situación.
Por eso habían funcionado tan bien antes, por lo transparente que podía ser con ella.
Sin mencionar que era ridículamente sensible a sus atenciones; hacía falta tan solo un beso aquí, una ligera mordida por allá y en un santiamén ya estaría totalmente agitada y con los ojos amatista repletos de deseo contenido, como en esos momentos, cuando él deliberadamente se había detenido al nivel de la pretina de la falda y la observaba desde ahí, divertido por la expresión de frustración que poco a poco se iba formando en sus bonitas facciones.
Claro que no contaba con el arrebato de la amatista, quien al percatarse de que él no tenía prontas intenciones de continuar, había optado por bajar el cierre de la falda por cuenta propia y deshacerse de ella lanzándola a alguna parte olvidada de la habitación.
Y él había tenido que incorporarse un poco para admirar lo tentadora que era aquella mujer ataviada únicamente en esas diminutas piezas de lencería. La observó desde sus largos cabellos oscuros esparcidos en las sábanas blancas, pasando por sus ojos brillantes y las mejillas sonrosadas, hasta esas torneadas piernas abiertas que lo invitaban a continuar.
Ella estaba entregada a él una vez más, y no había sido capaz de darse cuenta lo mucho que la había extrañado hasta ese momento, cuando un regocijo le llenaba el pecho y lo abrumaba a partes iguales.
Entonces volvió a su cometido y Tomoyo sonrió cuando lo vio bajar de nuevo, pero la mueca no le duró mucho, pues sin consideración alguna Eriol había hecho a un lado la lencería y había comenzado a acariciar el punto sensible que se hallaba entre sus piernas.
No le sorprendió el saberse totalmente húmeda y excitada, tanto como le sorprendió lo bien que su cuerpo parecía recibir las atenciones masculinas, pues apenas sentir el tacto de aquellos dedos largos, y sus caderas ya se movían instintivamente, clamando por más.
Fue solo cuestión de tiempo antes de que la osadía de Eriol lo llevara a introducir uno de sus dedos en su interior, tratándola con un mimo casi reverencial mientras ella iba perdiendo poco a poco la cabeza, entre sonoros suspiros y gemidos placenteros.
Claro que en el mismo momento en que el inglés bajara delicadamente la prenda interior por sus piernas y la lanzara al mismo lugar a donde había ido a parar la falda, Tomoyo Daidouji supo que estaba perdida.
Sintió su lengua de lleno en aquel lugar ya tan sensible, y no pudo hacer más que arquear la espalda y soltar un gemido violento, desbordada por las sensaciones que la hábil boca de Eriol le estaba provocando.
Tomoyo había estado solo con dos sujetos después de que Hiragizawa se largara a Londres. Dos mequetrefes que aunque detestara admitirlo, no le habían llegado ni a los talones al hombre que en esos momentos tenía entre las piernas. Ninguno había sabido presionar los lugares correctos, ni acariciar adecuadamente las zonas más sensibles como hacía Eriol. Al final, ella había quedado insatisfecha y con una frustración que hasta apenas era saciada.
Por eso cuando sintió un cumulo de sensaciones en el vientre, no hizo más que cerrar los ojos, deseando que el orgasmo llegara a ella de manera tranquila y placentera. No obstante, en el momento en que sin previo aviso Eriol volviera a arremeter en su interior con uno de sus dedos, sin dejar aquel movimiento cadencioso con la lengua, Tomoyo no fue capaz de sosegar sus emociones, ni los gemidos, ni mucho menos la bomba que explotó en su interior, generándole espasmos violentos que la llevaron de un tirón al cielo y la mantuvieron suspendida ahí por un buen rato, solo para bajarla después al mundo terrenal en forma de una espalda arqueada y una respiración trabajosa.
No había tenido un orgasmo tan intenso desde hacía varios años.
—¿Te encuentras bien? —escuchó la voz divertida de Eriol Hiragizawa. Lo sintió incorporarse solo para ir y ponerse a un lado de ella. Con mimo y en una acción que no se esperaba, comenzó a acomodar su cabello revuelto, despejándole la cara.
Ella no contestó de inmediato, sino que se tomó el tiempo de saborear la sensación que quedaba después de un orgasmo como aquel.
Cuando se sintió capaz de hablar, lo hizo con un tono tan complaciente que hasta a ella le sorprendió.
—Me has dado el orgasmo de mi vida, creo que me encuentro estupendamente —se burló —…o casi estupendamente.
—¿Casi?
Los expresivos ojos de Tomoyo bajaron sugestivamente por el cuerpo de Eriol hasta detenerse en una parte en particular: la erección dentro de sus pantalones que era imposible de ocultar.
Eriol soltó una risa, ligeramente sorprendido por lo rápido que la amatista parecía haberse recuperado, y a punto estuvo de ponerse encima de ella de nuevo, cuando la chica se le adelantó, colocando una mano en su firme y desnudo pecho y obligándolo a recostarse.
Sin decir palabra, Tomoyo comenzó a besarlo. No era un beso apremiante como al principio, era uno más sensual, más apasionado y por ende más excitante.
Llevaba la camisa desabrochada desde hacía rato, por lo que no fue difícil para la amatista quitarla por completo y dedicarse a explorar con sus manos el fornido cuerpo de Eriol.
Cuando estaban juntos él siempre se había mantenido en forma, pero en aquel entonces su cuerpo seguía siendo el de un muchacho; ahora, no obstante, el cuerpo de su amante era el de un hombre joven y se notaban en él las horas de ejercicio que seguramente practicaba. Seguía siendo delgado, sin embargo, y aquello era algo que Tomoyo agradecía, pues nunca habían sido de su agrado los hombres demasiado marcados.
Se entretuvo un rato besando y acariciando las partes que, según recordaba, eran los puntos más sensibles de Eriol. El lóbulo de las orejas y ese hueco que se formaba entre su cuello y la clavícula siempre habían sido sus favoritos.
Lo sintió contener la respiración en el momento en que empezó a desabrochar su pantalón, y a diferencia de él, ella no tuvo tantas consideraciones, pues de un jalón lo despojó tanto de los vaqueros como de la ropa interior que llevaba. Él no tuvo más opción que ayudarla en su asalto, alzando las caderas para facilitarle las cosas.
Tomoyo lo observó detenidamente, sin pudor alguno, casi como hipnotizada, y no pensó siquiera en el momento en que con una de sus manos cogió firmemente el miembro en toda su excitación, comenzando unos cadenciosos movimientos de arriba abajo. El inglés la dejó hacer, asombrado, pero sumamente complacido por el arrojo de la muchacha.
Antaño, nunca había tenido el valor de masturbar a Eriol, pero ya fuera por su propio reciente orgasmo, o por la edad que ahora tenían, o por el simple hecho de continuar extasiada viendo las expresiones de placer que componía el inglés y los guturales gemidos que salían desde su garganta, continuó haciéndolo, variando las presiones y cambiando la velocidad con la que movía su mano.
Después de un rato había conseguido un ritmo perfecto, uno donde la respiración de Eriol parecía entrecortarse de a tanto y donde con la mirada perdida, no dejaba de ver sus pechos, todavía cubiertos por el sostén, bamboleándose por el movimiento de su mano.
Pero entonces él la había detenido de pronto y ella estuvo a punto de replicar, pero su rostro apenado y contenido la hicieron tragarse sus palabras.
—Si sigues así, harás que termine justo en tu mano, cariño —dijo a modo de disculpa y de una manera tan vulnerable, que transportó a Tomoyo a los momentos en que él la llamaba de aquella forma, y a la sensación tan cálida que le invadía el pecho cuando lo hacía.
Cerró los ojos un segundo, negándose en rotundo a que los recuerdos le arruinaran aquel momento tan placentero.
—Dejémonos de juegos entonces —murmuró decidida luego de abrir los ojos — ¿Tienes...?
Le hizo a Eriol una expresión sugerente, a lo que con premura, el inglés abrió uno de los cajones de la mesita de noche y extrajo un paquetito plateado que abrió sin duda, colocando el látex con una habilidad y rapidez que siempre habían sorprendido a Tomoyo.
Ella prefirió no pensar en lo bien preparado que parecía estar siempre aquel hombre y se colocó a horcajas sobre él, sus intimidades rozándose apenas.
Terminó por quitarse el sostén; dadas las circunstancias, llevarlo puesto parecía realmente innecesario.
Se quedaron así un momento, con las respiraciones agitadas y los ojos prendados del otro, queriendo ambos ignorar el hecho de que aquella situación los arrastraba a otros tiempos, a otros momentos cuando habían practicado el sexo tantas veces que ya era normal entre ellos y que sin embargo, parecía nunca saciarlos, parecían nunca tener suficiente del otro.
Ambos querían ignorar deliberadamente el hecho de que en aquel entonces siempre había sido más que solo sexo.
—Tomoyo, ¿estas segura de...?
La amatista no lo dejó continuar. Introdujo de un solo golpe el miembro del inglés en su interior, y ambos soltaron un sonoro gemido por las fuertes sensaciones que aquella acción les provocó.
Tardaron apenas unos minutos en acostumbrarse al otro, pero en el momento en que Tomoyo comenzó a mover las caderas pautando un ritmo lento solo para después acelerar las embestidas, fue la gloria para ambos.
Eriol pensaba que parecía una diosa. Encima de él, echando la cabeza hacia atrás mientras soltaba unos gemidos sumamente deliciosos, mostraba un poderío que no le había visto antes y que sin embargo, le excitaba completamente.
Pero nunca se había caracterizado por ser un hombre sumiso, así que notando la forma en que Tomoyo bajaba el ritmo, vio su oportunidad de recostarla nuevamente, arrancándole una risa traviesa por el movimiento y un par de ojos en blanco.
Él sonrió, y sin decir nada, se colocó una vez más entre sus piernas y arremetió contra su interior, casi con el mismo ímpetu con el que lo hiciera ella al principio.
Y Tomoyo sonrió complacida, jadeando de puro placer al sentir la dureza de Eriol dentro de ella y la manera en que él embestía una y otra vez, casi como si la vida se le fuera en ello.
Sintió el inicio del orgasmo en su vientre y supo que no era la única a punto de llegar a la cima, pues las arremetidas de Eriol se volvieron más fuertes, más rítmicas, y sus gemidos más guturales, así que decidió envolver las caderas masculinas con sus piernas, obligándolo a recostarse encima de ella y volviendo las embestidas más profundas, más certeras.
Fue cuestión de tiempo antes de que ella volviera a ser abrazada por la explosión del orgasmo, seguida al instante por un Eriol que había tensado los músculos de los brazos y había murmurado su nombre una infinidad de veces en su oído.
Él salió de su interior, pero no se movió de inmediato, ni ella estaba por la labor de desenroscar las piernas de sus caderas.
Se quedaron un rato así, medio abrazados, intentando normalizar sus respiraciones. Pronto Eriol encontró las energías de incorporarse y sin preocupación alguna se encaminó al baño, dejando la puerta entreabierta.
Tomoyo compuso una sonrisa perezosa al admirar en todo su esplendor la retaguardia de su...
Suspiró al volver a la realidad con aquel pensamiento, pues luego del encuentro, regresaba a su mente el hecho que había optado por olvidar deliberadamente desde que se habían encerrado en aquella habitación: Eriol Hiragizawa y ella no eran nada, él no era su novio, ni su amigo, ya ni siquiera sabía si era su conocido.
Y con aquello merodeándole la cabeza, comenzó a colocarse de nuevo la ropa interior.
Fue así como Eriol la encontró cuando salió del baño.
— ¿Qué haces? —preguntó confundido, frunciendo el ceño mientras la observaba buscar su blusa por la habitación.
Tomoyo le daba la espalda.
—Recojo mis cosas. Son las tres de la mañana y debo ir a mi habitación. La discoteca cerraba justo hace media hora y los demás no deben tardar en volver.
—Pasa la noche conmigo.
Un silencio abrumador llenó la habitación luego de la petición de Eriol. La amatista giró lentamente solo para encarar el semblante serio y firme del inglés, quien no parecía (o no quería) entender lo que sus palabras significaban.
—Pasa la noche conmigo, Tomoyo. Nadie entra a esta habitación, nadie nos vera juntos, si es lo que te preocupa.
Tomoyo se ahorró las ganas de decirle que a ella nunca le había preocupado que los vieran juntos, a él por otro lado... le había entrado el pánico cuando ella le había propuesto (más bien exigido) que hicieran publica su relación. Tanto que se había ido corriendo a Inglaterra a la primera oportunidad que tuvo.
Pero ya no estaban en aquellos tiempos y si tenía que ser honesta, luego de lo que habían hecho no le apetecía dormir sola, por lo que suspiró y sin decir nada, caminó de vuelta a la cama.
Observó cómo Eriol rebuscaba entre sus cajones algo de ropa interior y una playera de dormir para ella, misma que se colocó de inmediato, causándole gracia la manera en que parecía quedarle como un vestido corto.
Ambos se refugiaron dentro de las cobijas sin decir una sola palabra. Ella dándole la espalda a Eriol y él pegándose a su cuerpo todo lo que era capaz, pasando un brazo por su cintura.
Y antes de caer dormida, relajada como estaba, Tomoyo alcanzó a escuchar a sus amigos llegando a la casa y los pobres intentos de un desesperado Li Shaoran porque su novia ebria no despertara a medio mundo.
3.
Dio un giro en la enorme cama, esperando encontrarse a la figura femenina que lo había acompañado durante la noche.
Dio un giro en la enorme cama, y lo único que encontró fue un espacio vacío; frío y sumamente vacío.
Eriol Hiragizawa abrió los ojos y su mirada borrosa no fue capaz más que de enfocar el azul del mar y la penetrante luz del sol que entraba a raudales por los grandes ventanales de la habitación.
Se colocó los lentes con rapidez y no necesitó inspeccionar el lugar para saber que Tomoyo no estaba ahí.
Suspiró. Había tenido la vaga esperanza de que ella se quedara.
Pero desde luego que no iba a hacerlo, se dijo a sí mismo mientras se incorporaba y buscaba entre sus ropas algo cómodo para usar. Aquel día debían empacar todo y desalojar la casa playera. La vuelta a Tomoeda representaba la vuelta a la rutina para todos.
Entró a la ducha en un perenne estado automático, mientras su mente revivía los sucesos acontecidos durante la madrugada.
Estar con Tomoyo de nuevo, había removido viejos deseos y fantasías, y una necesidad casi enfermiza de volver a tenerla entre los brazos. No solo para hacerla suya una y otra vez como antes, sino simplemente para ser en su compañía; extrañaba retozar entre las sábanas, extrañaba una plática interesante y definitivamente extrañaba al sujeto que él era estando con ella.
Se talló los ojos debajo del agua de la ducha, pensando que era un completo estúpido. Lo era por arruinarlo antes y lo era por arruinarlo ahora, al dejarse engatusar tan fácilmente por aquel cuerpo de ensueño y aquel rostro de muñeca que era Tomoyo Daidouji.
Había vuelto a Tomoeda con la intención de probarse un punto a sí mismo; que el extraño recuerdo de la chica de ojos amatista, ese que lo había estado asaltando a cada momento, cada día, no era nada más que producto de su caprichosa personalidad y su ego herido, pues luego de terminar la extraña relación que tuvieron en sus años de estudiantes, Tomoyo no lo había vuelto a buscar ni una sola vez.
Había querido probarse eso, que no la necesitaba, que no la extrañaba.
Pero entonces la vio de nuevo en aquel restaurante, acompañada de la pequeña Sakura y Li, y todas sus defensas se vinieron abajo como un bonito castillo de naipes. Lo había desarmado por completo.
Quiso golpear el azulejo del baño en el momento mismo en que los gemidos de Tomoyo comenzaron a reproducirse en su mente.
¿En qué estaba pensando?
Había tenido la intención de hablar con ella. Sobre lo que había pasado entre ambos, la manera en que las cosas siempre habían estado difusas, la manera tan cobarde en que había salido huyendo cuando ella le había pedido una relación más seria, una relación verdadera.
Y había pensado mucho en el hecho mientras estaba en Inglaterra, el por qué a su actitud tan esquiva en aquel entonces, y había llegado a la pobre conclusión en la que, en realidad, no era que Tomoyo no le gustara lo suficiente (pues esa había sido su primera justificación), si no que la verdad era que él se había muerto de miedo cuando una joven Daidouji de 20 años, ataviada con nada más que una ligera sábana blanca y la sonrisa serena que deja el buen sexo, murmurara distraídamente que sería buena idea decirles a sus amigos que venían saliendo los últimos dos años.
Eriol no recordaba tan bien el comentario estúpido que había soltado después de eso, como recordaba el ceño fruncido de Tomoyo y su expresión contrariada.
Luego de eso las cosas solo se habían complicado y ella tajantemente le había puesto a decidir, pues no planeaba seguir perdiendo el tiempo en una relación sin futuro; era todo o nada.
Él se había decidido por la nada.
Entonces Tomoyo se había marchado con un portazo y dos semanas después él ya estaba arriba del avión que lo llevaría a Inglaterra.
Decir que había entendido su error de inmediato sería pronunciar una gran mentira, pues apenas pisara tierras inglesas, Eriol se había dado la buena vida, enredándose en placeres mundanos y relaciones casuales que nunca pasaban de una noche.
Sin embargo, cuando a los seis meses en medio de un beso apasionado con la amante de turno, él soltara inconscientemente el nombre de cierta chica de ojos amatista, no pudo más que sentirse en total desconcierto.
Era innecesario detallar la forma en que aquella noche había terminado con una bofetada y sin la oportunidad de compartir la cama. Pero no le había podido interesar menos, pues resultaba cuanto más intrigante el curioso e inoportuno recuerdo de la muchacha japonesa.
Su inconsciente lo había traicionado, y para alguien como Eriol Hiragizawa, que siempre estaba en perfecto control de sí mismo, aquello era toda una revelación.
Y los episodios como ese se habían ido sucediendo de manera gradual; una cierta semana, en medio de una feria acompañado de sus guardianes, se le venía a la cabeza el sonido de las carcajadas que ella soltaba ante sus patéticos intentos de ganar un premio. Al día siguiente, recordaba de repente su comida favorita y sin previo aviso se ponía a prepararla, desconcertando a sus guardianes ante la visión de un plato japones en medio de un día lluvioso en Inglaterra.
Así, un día era su voz regañándolo por sus ocurrencias, otro día eran las caricias inocentes y otros tantos eran los gemidos contenidos, la exquisita sensación de entregarse y que ella hiciera lo mismo. Esos eran los peores recuerdos.
Entonces un día fue suficiente; y el mismo impulso que lo había llevado a empacar todo y a contactar a Sakura para una reunión improvisada, fue el mismo impulso que lo dejó a merced de Tomoyo Daidouji. Y es que con ella siempre había sido difícil contenerse, en todos los sentidos. Era por eso que una posible relación con ella lo había asustado tanto. El no tener control de sí mismo lo aterraba.
Pero mientras salía de la ducha ya vestido, se dijo a sí mismo que podría intentar arreglar las cosas de alguna manera. No sería él mismo si no lo hiciera, después de todo.
Salió de la habitación y se dirigió hasta la cocina, donde el ruido de voces y risas era más notable.
Ahí se encontraban sus guardianes, Nakuru y Spinel, acompañados de un burlon Kero y un Li Shaoran que sostenía contra su rostro hinchado una bolsa de hielo.
—Buenos días, Eriol —saludó Nakuru, al ser la primera en notar su llegada—. ¿Has empacado ya? Nos iremos al medio día.
Nakuru hizo señas a una esquina de la cocina, donde sobre la encimera se encontraban tres hieleras, seguramente llenas de la comida que les había quedado.
—Lo haré en un rato —respondió descuidado, mientras volvía su atención a Li—. ¿A ti qué te pasó?
El muchacho abrió la boca para responder, pero un escandaloso Kero se le adelantó, haciendo aspavientos con las patitas, sin dejar de carcajearse.
—Resulta que ayer en la noche Sakura estaba tan ebria, que cuando el mocoso la llevó a su cama ¡Ella lo confundió con un ladrón! Lo golpeó tanto que me sorprende que no lo haya dejado inconsciente.
Esa fue toda la explicación que fue capaz de dar, pues el posterior ataque de risa lo hizo doblarse totalmente, aun ante la vena irritada en la frente de Li.
Eriol sonrió, apenado por el castaño, pero interiormente divertido con el asunto. No obstante, y aunque le hubiera gustado quedarse a indagar más sobre el episodio, tenía cosas más importantes que hacer.
—¿Sabes dónde está Daidouji? —le preguntó a Nakuru. Ella asintió.
—Afuera, en el frente. ¿Sabes si le pasa algo? Yo desperté temprano e incluso para entonces ella ya tenía todas sus cosas empacadas. Parecía distraída.
El inglés apretó los labios en una fina línea, pero no dijo nada. Sabía que Tomoyo estaba así por lo que había ocurrido la noche anterior.
Salió de la cocina sin responderle nada a su Guardiana y para cuando llegó al exterior de la casa, la encontró ahí, de pie, recargada en la barandilla de la entrada mientras admiraba el mar en calma. Llevaba un ligero vestido amarillo y un sombrero de playa que contrastaba con su cabello color ébano.
Eriol pensó que la imagen era bastante irreal, bastante etérea.
—¿Vas a quedarte todo el día observando? —fue el saludo de la chica, y él no pudo evitar ponerle atención al retintín de molestia que iba camuflado en su burla.
Se aclaró la garganta, repentinamente nervioso.
—Despertaste temprano —se dio un golpe mental ante semejante obviedad.
Entonces fue cuando Tomoyo se giró para encararlo; tenía una sonrisa ladeada en los labios, sarcástica, y una expresión fiera que raras veces le había visto. Estaba bellísima.
—No tienes que pretender ser cordial conmigo, Hiragizawa —dijo tajante—. Ayer acordamos que las reglas eran las mismas, puedes estar tranquilo.
Y el mundo se le vino encima al inglés. Las reglas, las dichosas reglas. Esas que habían dejado en claro, allá cuando tenían 18 años y era la primera vez que se involucraban, que lo que fuera que tuvieran iba a mantenerse en secreto y fuera de la vista de cualquiera, que ante los demás ellos no eran más que dos conocidos que se llevaban muy bien.
Eriol quiso soltar una maldición.
—No estoy tranquilo, Tomoyo, estoy cansado —dijo mientras se quitaba los anteojos y masajeaba el tabique de la nariz, acción que le hacía parecer muchos años más viejo de lo que realmente era—. Estoy cansado de estas absurdas reglas, de aparentar que nada pasa y pretender que no me afecta, porque... porque sí lo hace. Y sé que a ti también.
Esperó a que ella respondiera algo, pero la amatista solo se limitó a observarlo atenta. Al entender que la plática solo sería de un lado, al menos de momento, volvió a colocarse el armazón y a continuar hablando. Se dio cuenta, quizá un poco tarde, que había abierto una llave que no iba a parar hasta que hubiera soltado todo lo que contenía.
—Tenemos que acabar con esto de una vez, Tomoyo. Es enfermizo.
Un silencio abrumador se instaló entre los dos, hasta que el suspiro de la chica se dejó escuchar.
—Esto terminó hace dos años, Eriol. Lo de ayer fue solo... solo...
Él compuso una sonrisa amarga al notar la sorpresa de ella ante su incapacidad de ponerle una etiqueta a lo que había sucedido la noche anterior. Y es que por más que ambos quisieran engañarse, lo cierto es que nada había terminado.
—Sé que antes fui un idiota —dijo sincero—. Me diste a elegir entre todo o nada, y por miedo elegí lo segundo, aun cuando es obvio, incluso actualmente, que ambos queremos lo contrario.
—¿Y pretendes que haga como si nada hubiera pasado? ¿Cómo si no te hubieras ido a la primera oportunidad? —cuestionó ella en un tono dolido.
—Pretendo precisamente eso —respondió sin titubear, ante la mirada sorprendida de Tomoyo—. Me equivoqué contigo entonces y me sigo equivocando ahora. No hay manera de solucionar eso, Tomoyo, y por tal motivo estoy siendo lo más honesto contigo; quiero la oportunidad de hacer las cosas bien esta vez.
La amatista lo contempló un momento, bastante sorprendida e internamente complacida. Así era Eriol; él no iba a disculparse y tampoco estaba pidiendo permiso, él exigía una segunda oportunidad para enmendar su error.
Eso, de una manera retorcida, era de las cosas que más le gustaban de él.
El inglés por otro lado, al notar el repentino mutismo de la chica, no pudo evitar llenar el silencio, movido por los nervios.
—¿Qué más quieres que te diga para convencerte Tomoyo? ¿Qué te jure amor eterno? Que te diga que te quiero hoy, mañana, la próxima semana y por el resto de mi vida. ¿Quieres que te diga eso?
Ella enarcó una ceja, escéptica.
—Nunca has sido así de cursi.
Se encogió de hombros.
—No, pero si es lo necesario para que me des la oportunidad de intentarlo de nuevo, lo hare.
La vio poner los ojos en blanco ante su cinismo y cruzarse de brazos. Cuando volvió a hablar lo hizo con una voz suave y firme, mientras le regalaba su atención al mar azul que se extendía a lo lejos.
—Creo que somos de esas parejas que no pueden estar juntas, pero tampoco separadas —soltó un suspiro, y cuando volvió a centrarse en él, lo hizo con una expresión bastante reflexiva—. Tal vez deberíamos elegir la opción menos dolorosa.
Era una lógica extraña, retorcida, pero a Eriol no le interesaba; ellos no eran Sakura y Shaoran, que desbordaban miel y romanticismo allá a donde fueran, ellos eran diferentes, más realistas, más crudos, y así se entendían.
Se acercó a ella lo suficiente para tomarla de la cintura, pero antes de que pudiera bajar el rostro para besarla, un dedo autoritario lo detuvo.
—Tres meses, Eriol —dijo Tomoyo con el ceño fruncido—. Seremos novios por tres meses y luego decidiremos si vale la pena continuar. Esta vez, además, no voy a esconderme.
El chico de ojos zafiro compuso una sonrisa perezosa mientras tomaba la delicada mano y la abría por completo, entrelazando sus dedos con los de él en una confianza que parecía de años.
A lo lejos, ya venía sintiendo la presencia de ciertas personas acercándose a la puerta. Estarían ahí en cualquier momento.
—No pretendía que lo hiciéramos, cariño —respondió de manera juguetona, para después lanzarse a sus rosados labios y devorarle la boca con pasión justo en el momento en que la puerta era abierta, dejándolos a ellos al descubierto y a los demás petrificados ante la escena.
Eriol sintió a Tomoyo sonreír en medio del beso y él no pudo encontrarse más complacido.
Haría las cosas bien esta vez, al final, no había sido una broma del todo; él la quería hoy, mañana, la próxima semana y por el resto de su vida.
Notas de la autora: Esta viñeta en particular me costó horrores! Aunque por lo extenso que resultó creo que ya no puede clasificarse como viñeta. En fin, es la primera vez que escribo un lemon como tal, aun cuando tenía varios años queriendo hacerlo. Resultó ser toda una complicación no hacerlo sonar como algo vulgar, aun después de releerlo una y otra vez no estoy segura de haberlo logrado. Ya me dirán ustedes que les parece.
Muchas gracias como siempre a todos por sus reviews de la viñeta pasada! Esa en particular fue una que me gustó bastante escribir.
Espero volver pronto, saludos!
