6. En otra vida.
Prompt 6.- —If you're truly meant to be together, universe will find a way to make it happen.
Eriol escuchaba el galope de los caballos con fuerza, sentía el estruendo que hacían contra la tierra blanda del bosque, misma que vibraba con cada nueva pisada.
Decir que estaba preocupado era poco. Estaba aterrado. Lo sabía por el sudor frío que corría por entre sus ropas debajo de la armadura, por la manera en que sus manos temblaban aun cuando sostenía con fuerza las riendas del caballo.
Por la manera en que su corazón palpitaba con una intensidad mayor al galope de los animales.
Eran tiempos difíciles en el reino. Con la explosión de la guerra hacía algunos meses, el latente riesgo a un ataque sorpresivo tenía al rey en un perenne estado de alerta, y con él, a todos los soldados y al resto del pueblo, sumiendo a la nación en una densa paranoia en donde hasta el canto de un pájaro era sospechoso.
Y es que al final, las exageradas reservas del rey eran totalmente justificadas.
El rumor había empezado como una desagradable historia tergiversada entre las bocas de los mercaderes que iban de nación en nación, muchos años antes de dar inicio a la guerra. Una historia que hablaba de una profecía y de un grupo de encarnizados guerreros, amaestrados en magias oscuras, que iban en busca de aquella persona que resguardara en su interior el último destello de magia primigenia.
Había sido por muchos años tan solo una leyenda que contar en las noches de fogata, o a los niños más pequeños que no querían ir a la cama. Después de todo, la magia había desaparecido hacía tanto tiempo, que ya era imposible saber si realmente había existido o solo era un cuento más de los ancianos del pueblo.
Todo había estado bien en la nación por una década entera, años prósperos y pacíficos en los que el problema más grande del reino había sido la construcción de un puerto comercial que conectara con las naciones más alejadas del norte.
Todo había estado en calma, hasta que un día de primavera, de manera totalmente sorpresiva, sucedió lo imposible: la hija única del rey, la princesa y heredera al trono, había manifestado un acto de magia.
Recordaba ser en aquel entonces apenas un muchacho de 15 años, aprendiz de caballero. Había corrido con la suerte de ser el hijo del consejero del rey, por lo que gozaba de las comodidades de vivir en el palacio y, además, tenía el honor de ser el guardián de la princesa... o al menos lo sería en un futuro, cuando hubiera terminado su formación.
Pero mientras aquello sucedía, y cuando no estaba en los arduos entrenamientos, fungía de acompañante principal de la inquieta princesa, que en ese entonces no tenía más de 10 años.
—Ya no tienes tiempo para jugar conmigo —en las memorias de Eriol, el puchero de la princesa aquel día aún se mantenía intacto—. Siempre estas entrenando.
—Entreno para ser fuerte y poder cuidarla algún día.
La niña rodó los ojos, aburrida, en un gesto que seguramente hubiera crispado los nervios de su tutora de etiqueta.
Estaban en los jardines del palacio, a petición de la niña, y a lo lejos Eriol recordaba las imponentes figuras de su padre y del rey, observándolos.
Más de cerca, un par de damas de compañía los seguían a cada paso que daban.
—Hoy quiero enseñarte algo —dijo ella con una sonrisilla traviesa, mientras lo incitaba a seguirla hacia un grande y viejo árbol seco al fondo del jardín. Según recordaba, había oído decir al jardinero que lo talarían dentro de poco—. ¿Verdad que es bonito?
—Está muerto, princesa. La última helada lo congeló por completo.
—Te equivocas. Te equivocas como todos. Por dentro sigue lleno de vida —dijo bajito, casi como si fuera un secreto nacional—. Quería enseñártelo primero, porque eres mi amigo... además de que mi padre no me creyó cuando le he dicho.
Eriol recordaba el palpitar emocionado de su corazón cuando ella le había dicho que lo consideraba su amigo, pero la emoción había mutado rápidamente a sorpresa cuando la niña, con la misma sonrisa, había posado su pequeña mano derecha sobre el viejo árbol y de ella había emanado un resplandor dorado, precioso, que había envuelto rápidamente el tronco y las ramas.
Y entonces solo paso: el árbol seco y marchito pronto comenzó a reverdecer y a llenarse de un montón de florecillas lilas, y la vida volvió a hacerse presente, ante la risa emocionada de la princesa y el total asombro de él mismo.
Lo que sucedió después fue historia, según recuerda Eriol, pues las doncellas habían terminado desmayadas, y el rey, junto a su padre, habían corrido a su encuentro con los rostros totalmente lívidos y angustiados.
La princesa Tomoyo, la pequeña hija única del rey, poseía magia. Y con ella venía el recuerdo de una vieja leyenda en donde una profecía anunciaba la muerte violenta de aquella persona que contuviera el último resquicio de magia.
Eriol recordaba el desquicio del rey los primeros meses, en los que movido por una desesperación desconsolada, había mandado a construir un enorme muro alrededor del reino, a las doncellas se les había impedido hablar del asunto y a la princesa se le había prohibido volver a mostrar sus poderes ante nadie, convirtiéndolo en el secreto mejor guardado de la nación.
Habían pasado siete años de aquello, siete años en los que el rey no había podido dormir tranquilo ante el temor de que lo que contaba la leyenda fuera real. Siete años desde que él, Eriol, capitán de la guardia real, se había convertido prácticamente en la sombra de la princesa Tomoyo.
Siete largos años preparándose para lo peor y habían bastado tan solo un par de meses y unos cuantos rumores, para que una zozobra aterradora cubriera al reino. Los rumores hablaban de un grupo de guerreros sin compasión ni escrúpulos que aparecían de la nada, declarándole la guerra a las naciones con el objetivo de encontrar a una persona, hombre o mujer, poseedora de la magia primigenia.
Los rumores contaban que además de ser totalmente habilidosos en combate, los guerreros poseían talentos "especiales".
Magia oscura, decía la gente entre susurros.
Y es por eso que Eriol no culpaba al rey de su angustia, ni de sus medidas drásticas, como lo eran mandar todos los días, al alba, durante la tarde y al anochecer, a un grupo de caballeros a hacer patrulla fuera del muro del reino, a lo largo de todo su perímetro. Ni tampoco cuestionaba aquella medida en la que había confinado a la princesa únicamente a los muros del palacio, siempre acompañada, en un intento de mantenerla vigilada y estar al tanto de su paradero.
Es por eso, pensaba Eriol mientras seguía montando a su caballo, que la repentina desaparición de la heredera al trono había puesto de cabeza al reino durante aquella mañana, y a él mismo lo llenaba de un miedo que le helaba la sangre.
La sola idea de que algo hubiera podido pasarle...
—¡Capitan! —uno de sus mejores hombres se puso a su lado en el galope. Era de la cuadrilla que había mandado hacia el este—. Hemos encontrado algo que debe ver. Es en un claro que se encuentra algo apartado.
Eriol asintió sin decir nada, en una muda orden para que lo guiara. El caballero así lo hizo, llevándolo a él y a otros hombres hacia el lugar mencionado.
Se trataba de un gran claro en medio del bosque, un área donde las ramas de los árboles se abrían lo suficiente para dejar pasar una gran cantidad de luz dorada del sol.
Lo más llamativo del lugar, sin embargo, eran la muchacha dormida en la base de uno de los enormes árboles, y el ciervo muerto en el otro extremo.
Aun cuando ella llevaba una capa que cubría parte de su rostro, Eriol no necesitó acercarse demasiado para saber que era la princesa a la que estaba buscando.
De repente, la opresión que le atenazaba el corazón había desaparecido. Ella se encontraba bien, o al menos eso parecía.
—Regresen al palacio e infórmenle al rey que la hemos encontrado —ordenó mientras se bajaba de su caballo—. Yo me encargaré de llevarla de vuelta.
Los hombres no se atrevieron a desafiar las ordenes de su capitán, por lo que emprendieron el galope de nuevo, alejándose rápidamente.
Eriol esperó hasta que el sonido atronador desapareciera del todo, para acercarse a la figura femenina y arrodillarse a su altura.
—Ya se han ido, puede abrir los ojos —dijo despacio, en un tono contenido que le ayudaba a modular bastante bien el enojo y la preocupación que sentía en esos momentos.
Observó la manera en que la muchacha comenzó a desperezarse, al tiempo en que se sentaba con delicadeza.
—¡Pero si me he quedado dormida! —musitó inocente. Desde esa perspectiva, a Eriol le era imposible verle el rostro debido a la capa, pero aun y con eso, sabía bastante bien que mentía.
Puso los ojos en blanco.
—Con todo respeto, su alteza, no le creo absolutamente nada. Deje de fingir que dormía.
Una risa divertida se dejó escuchar y él no pudo evitar que su corazón se saltara un latido. Siempre era lo mismo cuando ella reía.
—Y tu deja los formalismos cuando tengamos compañía, Eriol. Estamos solos —respondió de una manera obvia, mientras echaba la capucha de la capa hacia atrás y revelaba su rostro al fin.
Eriol tuvo que contener el aliento cuando la imagen de la princesa Tomoyo se mostró en todo su esplendor.
Aquella chiquilla inquieta de diez años había crecido para convertirse en una bella muchacha de diecisiete. Un cabello largo y negro como el ébano enmarcaba su rostro lechoso y terso de porcelana. Tenía la nariz pequeña y respingona, y unos labios rosados y apetecibles.
Pero sin duda alguna, lo más cautivador en el rostro de la princesa eran aquel par de ojos del color de la amatista más pura. Esos ojos que siempre se mostraban alegres y serenos.
Los mismos que en esos momentos resplandecían con un brillo surreal, dejándola en evidencia.
—Has usado tu magia —dijo Eriol con reproche. No era una pregunta, no necesitaba hacerla. Cada vez que ella usaba su magia en grandes cantidades, un resplandor extraño llenaba sus ojos, haciéndolos más hermosos y más irreales.
Ella no contestó de inmediato, si no que desvió la mirada hacia el ciervo que estaba a lo lejos. Cuando habló de nuevo, el tono divertido había sido remplazado por uno de tristeza.
—Estaba agonizando, Eriol. Pude sentirlo desde el palacio. Estaba solo y asustado. Tenía que ayudarlo.
—Sabes que no puedes revivir a seres que han exhalado su último aliento.
—¡Aun vivía cuando llegué! —respondió alterada, volviendo la atención a él, los ojos llenándose de lágrimas no derramadas—. Todavía seguía vivo, pero el pobre sufría tanto que no resistió. Cuando traté de ayudarlo ya era tarde.
Eriol no dijo nada, pero se puso de pie y le extendió la mano.
Salvar moribundos se había convertido en la misión personal de la princesa, desde que hacía tres años había sido imposible para ella salvar a su madre, la reina. Desde entonces se había dedicado a ir en la ayuda de cualquier ser al borde de la muerte.
Era un acto bastante noble, pero bastante riesgoso dado los tiempos que corrían. En más de una ocasión ella y sus poderes habían estado a punto de quedar expuestos.
—Regresemos al palacio —dijo regalándole una media sonrisa—. Ya han sido demasiadas imprudencias por hoy.
Ella no objetó, aceptó la ayuda para ponerse de pie y accedió a ser guiada hacia el caballo, pero antes de que Eriol sirviera de apoyo para poder montarlo, se puso de puntitas y depositó un fugaz beso en los labios masculinos.
Él se quedó quieto, sorprendido.
—Gracias por cuidarme siempre —susurró.
—Es mi trabajo.
—Los dos sabemos que es más que eso —dijo guiñándole el ojo, cómplice, mientras terminaba de subirse al caballo.
Eriol no pudo contestar nada. Y es que al final, ella tenía bastante razón.
No sabía ni como, ni cuando, ni mucho menos por qué. Solo había ido sucediendo de a poco, entre las largas mañanas encerrados en la biblioteca estudiando, entre las tardes en que lo acompañaba a sus sesiones de entrenamiento, entre las pocas noches que ella conseguía escabullirse para compartir la cena con él.
Había sucedido de a poco, se había enamorado de la princesa Tomoyo y con deleite, tiempo después se había enterado que su amor era correspondido.
Pero al final, seguía siendo un imposible. Ella era una princesa, y él un simple sirviente, aun cuando fuera el mejor caballero del reino.
Pero aquello no importaba realmente en esos momentos. Su prioridad en esos tiempos era mantenerla a salvo, costara lo que costara.
Y con ese pensamiento en mente, volvieron al palacio.
2.
Entró a los aposentos sin ninguna reverencia. En otros días aquello habría sido una total falta de respeto y motivo suficiente para ser arrestado, pero justo en esos instantes no había tiempo para eso.
Dentro, dos doncellas ya lo esperaban, como había mandado a ordenar.
No se detuvo a observarlas dos veces, si no que caminó con presteza hacia la enorme cama al fondo de la habitación y sin pensarlo demasiado, corrió el dosel, dejando a la vista la figura dormida (esta vez de verdad) de la princesa.
Le dolía despertarla a media madrugada, pero el caos que se había desatado a las afueras lo ameritaba. Eran órdenes directas del rey, además.
Colocó una mano enguantada en su menudo hombro y la sacudió con delicadeza.
—Tomoyo... Tomoyo, despierta. Tenemos que irnos.
La observó abrir los ojos con lentitud, desorientada. Cuando fue capaz de enforcarlo, la sorpresa se cinceló en su rostro.
—¿Eriol? ¿Qué haces aquí?
—Están atacando el reino. Debemos irnos —soltó de golpe, con la tranquilidad de quien habla del clima—. Tus doncellas te ayudarán a vestirte, no tardes.
Y sin una palabra más, salió de la habitación y se postró a un lado de la puerta, esperando.
El caos se había desatado justo a las dos en punto de la madrugada. Los intrusos habían traspasado sin ningún problema el muro del reino y acababan de asesinar a toda la primera línea de defensa. Todo eso sin haber recibido apenas un rasguño.
Al paso que iban, dejarían al reino sin soldados en menos de una hora, y era solo cuestión de tiempo para que alcanzaran el palacio.
Iban por ella.
Era desconocida la manera en que habían alcanzado la nación tan rápido y por qué parecían saber exactamente que ahí se encontraba la persona que buscaban. Pero aquellas razones ya no le interesaban a nadie, ni siquiera al rey, que lo había mandado a llamar hacia algunos minutos atrás, en una audiencia improvisada.
Eriol nunca había visto al monarca del reino tan desamparado.
Aquellos desquiciados iban a asesinar a su única hija, la luz de sus ojos, y él no podría hacer nada por evitarlo.
El hombre casi le había suplicado por alguna solución, una ínfima esperanza que le diera un último halo de tranquilidad. Algo que le dijera que la destrucción del reino, su propia muerte, no iban a ser en vano.
Entonces Eriol le había soltado el pequeño secreto que había guardado desde que la guerra diera comienzo. La libertad que se había tomado al hacer un trato con una mujer excéntrica que vivía a las lindes del bosque y se hacía llamar La Bruja de las Dimensiones.
—¿Es la única forma? —había preguntado el rey, mirándolo de una manera tan intensa, que a cualquiera hubiera intimidado.
—Lo es, señor —fue la respuesta inmutable de Eriol.
Y no se había objetado nada más.
Le dio la orden de sacarla del reino, mientras él mismo y el resto de soldados les daban algo de tiempo. Antes de que Eriol saliera por completo de los aposentos del rey, éste le había agradecido infinitamente sus servicios y le había mostrado su admiración y respeto al saber el precio tan alto que tendría que pagar por aquel trato.
—Es nuestra única esperanza, más vale que no sea una charlatana —había escuchado murmurar al rey antes de que las puertas se cerraran a sus espaldas.
Y entonces ahí estaba, con el cuerpo en tensión y la mano firmemente tomando la empuñadura de su espada.
La puerta se abrió y del lugar salió la princesa Tomoyo con un vestido ligero, una capa y unas zapatillas de piso, prendas totalmente alejadas a los vaporosos vestidos y a los tacones coquetos que usaba a diario.
—Gracias por sus atenciones, vayan a buscar refugio. Yo me encargo desde aquí —fue la orden de Eriol hacia las doncellas, quienes dieron una última reverencia y echaron a correr ante el estruendoso sonido de una explosión en las afueras.
—¿Ellas estarán bien? —preguntó Tomoyo angustiada.
—Lo estarán. Ellos no vienen por los sirvientes, ¿recuerdas? —murmuró Eriol mientras la tomaba de la mano sin pedir permiso y comenzaban a andar en el sentido contrario al de las doncellas—. Tendremos que correr para salir por la puerta trasera del palacio. Quédate siempre detrás de mí, ¿de acuerdo?
—¿Qué hay de mi padre? ¿Él está a salvo, Eriol?
Se detuvo de repente a observarla. No tenían tiempo para eso, cuantos más minutos pasaban dentro del palacio, menos posibilidades tenían de salir de éste. Pero conocía muy bien a la princesa, sabía de su terquedad y de su astucia, era inútil intentar persuadirla con otro tema, tanto como lo era el tratar de mentirle.
Entonces suspiró y la observó de lleno a los ojos. Solo podía decirle la verdad, decírsela en ese instante y seguir con su camino.
—El rey debe estar en estos momentos en batalla, dándonos algo de tiempo para que puedas escapar.
Los ojos amatista de la muchacha se llenaron de lágrimas que no alcanzó a derramar, y Eriol casi escuchó su pequeño corazón quebrándose.
Ella sabía lo que aquello significaba: su padre, el rey, se sacrificaría por ella.
Así como el mío lo hará por mí, pensó de repente Eriol, al recordar el abrazo apretado que le había dado el consejero del rey, antes de que partiera a la habitación de la princesa.
—Debemos aprovechar ese tiempo, entonces —escuchó la voz de la princesa. Se veía destrozada, pero en su mirada un brillo de determinación se reflejaba con la luz de la luna que entraba por los ventanales.
Él asintió, y tomados de las manos de nuevo, echaron a correr hacia la planta más baja del palacio.
Atravesaron la cocina vacía y afuera, en el jardín trasero, un caballo blanco ya los esperaba junto a un guardia tirado en el piso, muerto.
Las cosas sucedieron demasiado rápido; el grito de terror de la princesa, el golpe de energía en uno de sus costados, atravesando la armadura, llenándolo de un dolor lacerante y horrible.
Y finalmente, los gritos endemoniados de un grupo de hombres (o bestias), que anunciaban el encuentro de la chica a la que habían ido a buscar.
Todo sucedió demasiado rápido, pero no se quedó a contemplarlo. Eriol siguió corriendo, casi arrastrando a la princesa, y sin ninguna delicadeza la hizo subir a la montura del caballo, haciendo él lo propio.
Tiró de las riendas y salieron disparados de ahí.
El caballo corrió a una velocidad increíble dentro del bosque, y con cada nuevo movimiento el dolor en su dorso se hacía más insoportable, pero Eriol no estaba pensando en eso, lo único que estaba en su mente era la imagen de una casa tradicional, una bastante grande a la que había entrado por accidente hacía algunos meses en una de sus rondas.
Llegaron a las lindes del bosque y ahí estaba, una casa con fachada de madera que parecía ajena a todo el desastre que se estaba sucediendo en el pueblo.
La casa no estaba oculta realmente, por lo que era curioso que aun a esas alturas, hubiera sido el único que había encontrado su paradero.
Bajaron del caballo, y sin perder tiempo incitó a Tomoyo a seguirlo dentro. Por alguna razón sabía que ella los estaría esperando.
—¿Nos quedaremos aquí, Eriol? —preguntó la princesa un tanto desconfiada.
—La dueña de la casa te ayudará a esconderte de aquellos que te persiguen.
—¿Tu vendrás conmigo?
Eriol volvió la mirada hacia ella, que con una expresión anhelante esperaba su respuesta. Él no tuvo el valor de ser tan tajante como lo había sido antes.
—Te alcanzaré después.
La princesa abrió los labios para refutar aquello, pero la puerta corrediza de una de las habitaciones contiguas se abrió de repente, y de ella emergió la figura estilizada de una mujer.
Era bellísima de una manera un tanto exótica.
Su cabello largo, lacio y negro, lo llevaba suelto como una cortina tras su espalda, no lucía ningún adorno, pero en su cuello alargado, hacía gala de una ajustada gargantilla roja.
Sus facciones angulosas enmarcaban unos labios pequeños, pero astutos, y una nariz larga y estilizada. Sus ojos, del color del carmesí, eran parcialmente cubiertos por un par de parpados caídos, dándole a la mujer una expresión de eterno misterio.
Unas curiosas ropas tradicionales cubrían su alta figura y para terminar, entre sus dedos llevaba una pipa alargada que comenzaba a llenar el ambiente de un denso humo.
—Bienvenidos a mi tienda, los estaba esperando —fue su saludo cordial.
Eriol, hizo una ligera reverencia.
—Princesa Tomoyo, ella es Yuuko Ichihara, La Bruja de las Dimensiones.
—Tan solo dígame Yuuko, su alteza —dijo la mujer con una sonrisa alagada, mientras que hacía un curioso aspaviento con la mano libre—. Es un placer.
—El placer es mío, señorita Yuuko —respondió Tomoyo.
—Por lo que veo, has venido a solicitar el deseo del que hablamos la última vez —dijo Yuuko como si tal cosa, dirigiéndose a Eriol—. ¿O preferirías que curara esa herida que llevas en el dorso?
A la mención de esto, la princesa giró el rostro hacia él, angustiada, y Eriol quiso maldecir un poco. Creía que había conseguido disimularlo, pero la mirada aguda de Yuuko Ichihara lo había descubierto.
—¿Por qué no me dijiste que estabas herido? Déjame curarte —se apresuró a decir Tomoyo, mientras se acercaba a él ya con ambas manos alzadas.
Eriol la detuvo.
—No tenemos tiempo para esto —le sostuvo las manos con delicadeza—. Mi prioridad ahorita es tu seguridad, y por eso tienes que irte. Yo estaré bien.
—¿Irme? ¿A dónde?
No fue capaz de explicarle a Tomoyo que ella tendría que marcharse a un lugar incierto, y que aquella sería probablemente la última vez que se verían.
Afortunadamente, la voz de Yuuko fue la que intervino.
—Mi trabajo es conceder deseos, su alteza, y Eriol ha solicitado mis servicios para resguardar su integridad. La única manera de hacerlo, es llevándola a un mundo donde sus captores no la encuentren.
Un silencio llenó la habitación. Uno donde la princesa Tomoyo pasaba su mirada de la figura de él a la de Yuuko, y viceversa. Eriol sabía que su aguda percepción le había indicado ya que aquello era una despedida, y aun así, ella volvió a formular la misma pregunta.
—¿Tú vendrás conmigo?
Él sonrió. Era una sonrisa triste, un poco de consuelo, un poco de resignación.
—Te alcanzaré después. En otra vida, quizá.
Ella parpadeó varias veces, sus bonitos ojos llenándose de lágrimas de nuevo, unas que dejó correr libremente por sus mejillas esta vez.
—¿Te reconoceré?
—Tu corazón lo hará —respondió él, bastante seguro. Lo cierto es que no sabía si existían otras vidas, otras oportunidades, pero en esos momentos prefería creer que sí lo hacían, de lo contrario, el saber que nunca más podría encontrarse con ella, lo desquiciaría por completo.
Unos sonidos a lo lejos, fuera de la casa, alertaron a todos. Los habían alcanzado.
—Es hora —dijo Eriol a Yuuko, y ella solo asintió, acercándose lentamente a la figura de Tomoyo.
—Te estaré esperando, Eriol —murmuró la princesa, antes de rozar sus labios con los de él en un pequeño beso que a ambos les supo a poco.
Cuando se alejaron, Tomoyo fue al encuentro de Yuuko, quedando frente a frente.
—¿Me dolerá? —preguntó ella inocentemente, a lo que la mujer esbozó una ligera sonrisa.
—Para nada. Será como caer dormida.
Y nadie dijo nada más, ni cuando Yuuko Ichihara posó la mano sobre la frente de la princesa y de ella emanó un resplandor dorado, ni cuando los ojos amatista se cerraron y el delgado cuerpo de la heredera fue a caer desvanecido en los brazos de la bruja.
Solo hasta entonces, fue Yuuko la que rompió el silencio.
—No le hablaste del precio de tu deseo.
Eriol compuso una sonrisa forzada, su frente estaba perlada en sudor frío y ya podía comenzar a sentir los efectos de la fiebre provocada por la herida sin tratar.
—Si le decía, jamás habría accedido a irse. Ella no me habría permitido renunciar a mis sentimientos.
Yuuko estuvo de acuerdo con eso.
—Comprenderás que he tenido que sellar sus poderes y dormir sus recuerdos, de lo contrario, no importará la dimensión a la que la envíe, ellos la encontraran siempre. Cuando despierte, ella no recordará que posee magia, ni que pertenece a la nobleza... tampoco te recordará a ti.
Eriol asintió, sabiendo que si con aquello conseguía preservar la vida de la mujer que amaba, el hecho de que ella lo olvidara era algo sin importancia.
—Sé que moriré hoy. Sé que tendré que pagar con mis sentimientos su seguridad —dijo él en un tono sereno—. Pero... ¿podré verla de nuevo? ¿En otro tiempo? ¿En otra vida, quizá?
Yuuko no dijo nada por unos momentos, y Eriol supo que había pedido demasiado.
No le temía a la muerte, pero al menos como consuelo necesitaba saber que vería a su princesa en otra ocasión.
Resignado a irse con la zozobra, comenzó a caminar hacia la salida de la casa, pero antes de que pudiera llegar a la puerta, la voz de la Bruja de las Dimensiones lo detuvo.
—Si realmente están destinados a estar juntos, el universo encontrará una manera de hacerlo realidad.
Él se giró a medias, sin entender del todo el significado de aquella frase.
—¿Qué quiere decir?
La mujer sonrió.
—Quiere decir que si sus esencias, esas que nunca cambian a pesar del tiempo, realmente están destinadas a permanecer juntas, no importa cuantas vidas tengan que pasar, se encontrarán de una manera u otra.
Eriol le devolvió la sonrisa, mucho más tranquilo.
Había visto tan solo a la mujer una vez antes, pero aun con eso, sabía que podía confiar en sus palabras, podía confiarle la seguridad de su persona más importante.
Y sin una despedida, sin una última mirada, abandonó la casa.
Afuera, ya los guerreros bajaban de sus caballos.
Él desenvainó su espada y cuando volvió la mirada, no le sorprendió darse cuenta que la tienda de los deseos ya no estaba.
Sonrió.
—Te alcanzaré después, Tomoyo. En otra vida, quizá.
3.
Decir que estaba preocupado era poco. Estaba aterrado.
Había corrido casi por medio pueblo en su búsqueda y no había conseguido encontrarla.
Un nuevo temblor se había dejado sentir en el centro de Tomoeda, uno mucho más fuerte que el de la semana pasada, y los lugareños habían entrado en un pánico colectivo que solo ayudaba a hacer más destrozos.
Eriol Hiragizawa estaba seguro que aquellos temblores no eran normales.
Había algo de magia involucrada, y cuando lo había platicado con Sakura y con Li, ellos no lo habían refutado.
Entonces ahí estaba, corriendo como desquiciado, buscando a la mejor amiga de la dueña de las cartas.
Habían quedado de verse todos en el centro comercial del pueblo y la muchacha de cabello negro había estado hablando con Sakura por teléfono, algo de ir un poco retrasada, cuando el temblor había comenzado.
La comunicación se cortó de inmediato, y eso había dejado a los tres con una preocupación evidente.
No lo pensaron dos veces, se dividieron para encontrar a la muchacha y asegurar que estaba bien.
Sin embargo, conforme pasaba el tiempo y ella no aparecía, un miedo irracional había comenzado a hacer mella en su interior. Eriol no entendía por qué.
Ciertamente consideraba a la chica su amiga, pero su relación era más bien la de una amistad secundaria, al tener ambos a Sakura como amiga en común. Y esto se dejaba en evidencia desde que aun a pesar de tener dieciocho años, ninguno de los dos había sido capaz de dejar los formalismos, llamándose aún por sus apellidos.
¿Entonces por qué...?
Era un déjà vu bastante molesto, si le preguntaban.
Iba pasando por el viejo Parque Pingüino, cuando por fin la vio.
Ahí estaba ella, Tomoyo Daidouji, sentada en el maltratado pasto con los ojos llenos de lágrimas no derramadas. Al otro extremo de ella, el cuerpo de un perro muerto yacía tendido.
—¡Daidouji! —gritó mientras se acercaba a ella corriendo—. ¿Estás bien? Nos tenías a todos preocupados.
Ella pareció salir del trance en el que estaba, y desde su posición asintió, aturdida.
—Lo lamento —dijo despacio, entonces volvió su atención al pequeño cuerpo del perro—. Estaba agonizando, Hiragizawa. Pude sentirlo por la forma en que chillaba. Estaba solo y asustado. Cuando traté de ayudarlo ya era tarde.
Eriol se le quedó viendo sin decir nada, la maldita sensación del déjà vu haciéndose más intensa.
—Hay veces en las que no podemos hacer nada, y exponernos así solo hará que también salgamos heridos —murmuró de repente, sin entender del todo las palabras que salían de sus propios labios.
De repente, como si fuera un autómata gobernado por otro ser que no era él mismo, extendió la mano hacia la muchacha.
—Regresemos —dijo regalándole una media sonrisa—. Ya han sido demasiadas imprudencias por hoy.
Ella no objetó, aceptó la ayuda para ponerse de pie, y cuando estuvieron frente a frente, le regaló una tímida y tierna sonrisa.
—Gracias por preocuparte por mí —susurró.
—Es mi trabajo.
Ambos compusieron sendas caras de sorpresa ante aquellas últimas palabras fuera de contexto y que sin embargo, se habían sentido tan correctas.
Y entonces sucedió. Fue apenas por un segundo, pero Eriol pudo verlo claramente en los ojos amatista de Daidouji. Fue un reconocimiento, un sentimiento familiar hacia él que le aceleró el corazón, sin tener del todo claro por qué.
—¿Eriol? —preguntó ella, pero de repente, ya no parecía la misma Daidouji en absoluto, era diferente de una manera tan conocida para él, que lo asustó.
Y en un instante, tan rápido como vino, el momento se desvaneció, y él volvió a ser el mismo Eriol Hiragizawa y ella la misma Tomoyo Daidouji.
—Yo... ¡Lo siento! —comenzó a balbucear la chica, con un gracioso sonrojo en sus pálidas mejillas—. No sé qué me pasó, lo siento tanto, Hiragizawa. No pretendía ser descortés.
Eriol sonrió ante el atolondramiento de la chica.
—Eriol está bien —dijo divertido—. Siempre y cuando tú me permitas llamarte Tomoyo.
Ella lo observó con los ojos bien abiertos, antes de volver a su acostumbrada expresión serena. El sonrojo se iba desvaneciendo de a poco.
—Puedes llamarme Tomoyo —le devolvió la sonrisa.
No dijeron nada más en el trayecto de regreso, y cuando por fin se encontraron de nuevo con Sakura y Li, Eriol fue capaz de desprenderse de aquel sentimiento de déjà vu.
No lo entendía, pero él mejor que nadie sabía que adentrarse en las complicadas aguas oscuras de la mente, era muy peligroso.
Lo dejó estar por el momento, y por el contrario, se permitió deleitarse en un hecho que también lo desconcertaba.
Al fin eran solo Eriol y Tomoyo, y eso, por alguna razón, le provocaba un sentimiento cálido en el pecho.
Un reconocimiento que su mente no alcanzaba a entender, pero que su corazón, por otro lado, lo hacía a la perfección.
Notas de la autora: Y he vuelto! Antes de una semana, es un récord, jajaja. En fin, con este one-shot (porque de viñeta, una vez más, no tiene nada), quise hacerle honor a esa imagen de caballero de cuentos con la que pintaban a Eriol y que leí en algunas otras historias hace algunos años. Me gustó mucho desarrollar esta historia con ese toque de fantasía, y deliberadamente dejé un final abierto porque he contemplado la idea de embarcarme de nuevo en un long fic (no hay que dejar morir al fandom!), aunque si he de ser honesta, todavía no sé si esta historia en particular tenga la madera de convertirse en una historia larga, porque por otro lado, también le he echado el ojo a la historia de "La Ladrona Amatista". Ya me dirán ustedes, si así lo desean, cuál de las dos preferirían ver en desarrollo.
Y después de esta nota tan larga, paso como siempre a agradecerles tanto por los reviews del capitulo pasado! Fue super emocionante saber que mi primer intento de lemon, no fue un fracaso. Tal vez siga escribiendo escenas de ese tipo en el futuro. Finalmente, doy respuesta a las personas a quienes no puedo responderles en privado, y con esto me despido. Gracias de nuevo por leerme, espero volver pronto, abrazos!
James Birdsong: Thanks! And thank you for giving my stories a chance :D
Nozomi: Quise invertir un poco los papeles entre este par, una Tomoyo más segura de sí misma y un Eriol más humano que se deja llevar de vez en cuando por sus inseguridades. Sobre las historias largas... bueno, no puedo quedarme quieta mucho rato, así que espero traer pronto una historia con más desarrollo.
Guest: Muchas gracias! :D
Kara: Esta pareja de por sí es intensa, debido a sus personalidades, pero como dices, mi tendencia al drama en las historias siempre los pone en aprietos. Aun así, espero traer en el futuro algunos otros OS con temas más complejos. Ya me dirás que te van pareciendo.
Camile B: Definitivamente el tipo de relación en la que se vieron envueltos este par, no es nada típica, algo toxica, más bien, me atrevería a decir, pero probablemente en un futuro volvamos a ver como se desenvolvieron, y saber si realmente pudieron sobrellevarse juntos o fue mejor seguir separados.
